Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé
CAPÍTULO VI: DE IMPULSOS Y MIRADAS
Flexiono las rodillas y doy un corto paso adelante con la espada entre las manos. La blando con lentitud en un amplio barrido horizontal para, seguidamente, repetir el movimiento en sentido contrario y dejarla extendida al frente. Mi mirada se pierde en un punto fijo, más allá del brillo acerado que provoca la luz al incidir sobre la cortante hoja, difuminando su contorno.
Vacío completamente mi pensamiento y dejo caer mi brazo izquierdo a la altura de la cadera, con la palma hacia arriba; sujetando con el pulgar, el anular y el meñique sobre la misma.
Embisto, avanzando por la estancia con pasos rápidos y repartiendo mi peso entre ambas piernas en perfecto equilibrio, al tiempo que, enarbolo el acero oblicuamente de arriba a abajo contra algún supuesto rival, y repito la secuencia hacia atrás, defendiéndome de sus estocadas. Con un certero giro de muñeca, suelto la empuñadura, y la tomo del revés; clavando la punta a mi espalda y manteniéndola paralela al suelo, sin apartar la vista de mi puño izquierdo que, con los dedos corazón e índice levantados, apunta hacia delante.
La pared recubierta de espejos de la sala de entrenamiento devuelve cada uno de mis precisos movimientos. Por un momento, detengo mi solitaria lucha y estudio el resultado del último ataque imaginario. La frente perlada de sudor, los marcados bíceps y la espada firmemente sujeta; como una extensión de mis extremidades.
Siempre ha sido así. Dicen los que me rodean que poseo un talento innato para la lucha. ¡No en vano por mis venas corre sangre de los mejores guerreros que han pisado esta tierra! Y a pesar de que la fortuna me ha regalado una existencia alejada de mi naturaleza, el instinto me arrastra a entrenar sin descanso, a superarme día a día, a dejar hasta mi último aliento entre estas cuatro paredes. Desde que he llegado, mi mente, se ha concentrado únicamente en el supuesto combate y mi cuerpo se ha sometido a este estado de semiinconsciencia, repitiendo una y otra vez los ejercicios. Pero ahora, observando mi reflejo me pregunto impaciente, si acaso ella, se habrá olvidado de mí.
No he vuelto a verla desde esta mañana, cuando abandonó, furiosa, la reunión con los enviados de Lord Freezer. Dejándonos a todos estupefactos. ¡Inclusive el supuesto príncipe parecía desconcertado! Eso me hace pensar en la extraña manera en que el destino ha querido darme a conocer al hombre que nació para gobernar sobre los saiyajins. Si la suerte no hubiera truncado el futuro de mi pueblo, con toda certeza, mi vida transcurriría bajo sus designios y sin embargo, el azar nos ha colocado el uno frente al otro, separados por diferencias irreconciliables.
Nunca pensé en un encuentro con ninguno de los míos y si alguna vez me he permitido soñar con ello, siempre lo imaginé cordial. El día que llegué aquí me propuse olvidar, si bien es cierto que, en ocasiones, la duda me asalta y me descubro a mí mismo preguntándome que fue de mi padre y mi hermano.
Quizás ahora tenga la oportunidad de saber algo más sobre ellos.
El sonido de la puerta abriéndose me hace girar. Relajo, al instante la postura y envaino la espada. Sonrío.
—Llegas tarde. —Reprocho sin poner demasiado énfasis en mis palabras. Sería absurdo tratar de aparentar enojado.
Contengo la respiración mientras la veo aproximarse devolviéndome la sonrisa. Se ha vestido con un kimono hasta las rodillas color esmeralda, con dos altas aberturas laterales por las que asoma un pantalón bombacho de seda negra. El obi, de un verde más intenso sobre el que cuelga la vaina de la espada, ciñe su cintura, delineando la estrechez de la misma y acentuando la curva de sus caderas.
—Tenía un asunto a tratar con mi padre y Gyumao. —Responde deteniéndose frente a mí. Hay algo extraño en la manera distendida en que lo dice. Su gesto y su voz indican una tranquilidad que me cuesta reconocer, pero sus pupilas titilan inquietas, como si estuviera meditando sobre algo. Algo serio.
—¿Qué estás tramando? —Pregunto, bien seguro de que trata de esconderme alguna cosa.
—¡¿Qué te hace pensar qué tramo algo? —Contesta con descaro encogiendo los hombros, sin poder ocultar un destello de malicia en sus iris azules. No puedo evitar reírme, pasando momentáneamente uno de mis brazos por detrás de la cabeza. Sólo por su mal fingida indignación sé que he acertado en mi suposición.
—¡Está bien! —me rindo, divertido—. Si tú, Gyumao y tu padre habéis decidido conspirar a mis espaldas, no insistiré en ello. Tal vez logre que abras la boca durante el viaje. —Desvelo despreocupadamente.
La veo tensarse y arrugar el ceño, mientras angosta los ojos clavándolos en mí. Al parecer he dicho o hecho algo que le disgusta.
—¿De que viaje estás hablando? —Interpela grave, sin dejar de mirarme.
La pregunta me descoloca por completo. No puedo creer que haya olvidado la desagradable escena que hemos presenciado apenas hace unas horas.
—¡Qué viaje va a ser! —Exclamo desconcertado, sin acabar de ver cual es el problema—. ¿Acaso ya no vamos a Shakkotsu? —Interrogo confuso. Con un poco de suerte los acontecimientos han cambiado y como siempre, soy el último en enterarme.
—¡Lo que me faltaba! —Prorrumpe, volviendo la mirada al techo en busca de ayuda divina y emitiendo un sonoro bufido de desesperación—. ¡Otro loco que ha decidido acompañarme! —Pone los brazos en jarra y me enfrenta vehementemente— ¡¿Es qué acaso habéis perdido el juicio los dos? —Clama, fuera de sus casillas.
Enarco las cejas, perplejo por su exagerada reacción y doy un paso atrás, lo mejor es alejarse de ella cuando se pone así. No comprendo bien porqué está furiosa, al fin y al cabo, tenía la convicción de que estaba claro que yo también iría. Ni tan siquiera entiendo como ha podido, por un momento, creer lo contrario.
—Un segundo... —Reflexiono—. ¿Has dicho los dos? —Y sin percatarme de ello, he formulado la pregunta en voz alta—. ¡¿Quién más viene?
Se hace el silencio. Sus manos caen a lo largo del cuerpo y su rostro se crispa con desesperación.
—Chichi. —Revela en un susurro amargo que deja entrever una honda preocupación.
Noto la rigidez de mis músculos y entiendo al momento la ansiedad de Bulma. Conozco a Chichi desde que era una niña y el inmenso cariño que le profeso, hace que la sola idea de verla involucrada en esto, me angustie.
—No… no puedes dejarla venir. —Replico turbado.
—¡¿Crees que no he tratado de convencerla? —Se lamenta alzando la voz—. ¡No quiere escucharme! —Hace un corto silencio—… y tú tampoco, quieres hacerlo. —Acusa exasperada bajando la vista al suelo y cerrando sus puños—. Si te quedas, ella se quedará. —Afirma en un ruego doloroso.
La miro con ternura y alargo mi brazo levantando su cara por la barbilla. Ella respira profundamente y sus ojos suplicantes se fijan en los míos.
—Bulma, no puedes pedirme eso. —Digo tratando de que comprenda—. Sabes que no voy a dejarte. —Y observo sus pupilas centellear impotentes, es consciente de que, quizás por primera vez, no me voy a dejar convencer.
De improviso, entrecierra los parpados astutamente.
—Bien en ese caso, haremos un trato. —Propone con determinación y lleva la mano a su espada.
—Bulma… —Pero ella desatiende mi intención de decir alguna cosa y continua hablando como si nada.
—Habíamos convenido pelear, así que haremos la lucha algo más interesante. —Se aleja de mi contacto dando varios pasos atrás, con la mano aún en la empuñadura—. Si ganas, no pondré ninguna pega a que vengas conmigo, —y desenvaina extendiendo la hoja al frente—. Pero si pierdes, te quedarás aquí y convencerás a Chichi de quedarse contigo —propone—. ¿Trato? —Pregunta frunciendo una amplia sonrisa que ilumina su semblante.
Considero las opciones, pero verla, después de muchos días, tan entusiasmada me hace decidir al instante.
—Trato. —Asiento desenfundando, al tiempo que levanto mi mano izquierda a la altura de la cabeza con la palma hacia fuera, adelantando el pie derecho con el filo hacia delante y paralelo al suelo, preparado para atacar—. Pero no creas que te dejaré vencer por ser tú. —Advierto.
—No esperaba menos de ti. —Contesta satisfecha.
Observo como sus músculos se marcan suaves a través de la ajustada manga. Lleva la pierna y el brazo derecho atrás, poniendo la hoja vertical y extendiendo la mano con el codo flexionado. Admiro el acero en todo su esplendor. Frío, brillante, ligero. La cuidada empuñadura, con ambos dragones entrelazados simbolizando la dualidad de todas las cosas, así como la espada representa el fuego y el agua con que fue templada, la vida o la muerte de quién la sostiene, la derrota o la victoria. No albergo ninguna duda al declarar que es toda una obra de arte y sus dedos delicados, cerrándose sobre el cuero la hacen aún más hermosa.
Con un certero giro de muñeca, asesto una finta a la altura de su cadera, pero ella reacciona interceptándome, tiro oblicuamente de la espada hacia arriba, más, con asombrosa rapidez, ladea el cuerpo quedando de perfil y parando el golpe con su acero horizontal a la altura del pecho. Sonríe al notar mi sorpresa, distrayéndome unos segundos, ocasión que aprovecha para dar un salto atrás y recuperar la postura. Mis labios se curvan correspondiéndole. Realmente su velocidad ha aumentado desde la última vez.
Me lanzo de nuevo sin tregua, avanzando y llevando el peso atrás, sin retroceder, cuando su filo lo hace necesario. Bulma se balancea ágilmente tratando de equilibrarse en todo momento mientras se defiende lo mejor que puede, blandiendo su arma con movimientos livianos pero enérgicos. Me parece encantadora la manera en que arruga el ceño, concentrada, poniendo todo su empeño y aún así, está lejos de poder vencerme.
Acorralada, pierde la serenidad que parecía acompañarla y toma la iniciativa, girando sobre sí misma para asestarme un mandoble furioso a la derecha que deja al descubierto su izquierda. Doy un paso atrás y la dejo hacer, queriendo alargar el momento, hipnotizado por cada uno de sus gestos. Repite el movimiento, una y otra vez, sin descanso, descargando certeras estocadas que yo, evito sin mucho esfuerzo mientras admiro sus carnosos labios, de los que escapan jadeos entrecortados que resuenan entre el tintineo del metal contra metal.
Intercedo su hoja golpeándola con la mía, deteniendo por un instante el combate, quedando enfrentados a pocos centímetros el uno del otro. Veo como el sudor perla su frente sobre la que caen algunos mechones azules que han escapado de su alta cola. Su respiración agitada lame mi rostro. Me empuja con fuerza y aprovecho para dar un salto y caer con las rodillas completamente flexionadas, lo que me facilita un barrido bajo que intenta evitar brincando atrás, pero mi ataque resulta más certero de lo esperado y trastabilla en la recepción, perdiendo el equilibrio y cayendo de espaldas al suelo.
Resignado me levanto, bajando y enfundando mi espada. No quería que terminara tan pronto, pero, sencillamente, mi cuerpo ha reaccionado instintivamente. Ella se remueve en el suelo y me aproximo para ayudarla. Está confusa, puedo apreciarlo en la manera en que su boca se frunce por la sorpresa.
—¿Te hiciste daño? —Pregunto preocupado. Niega con la cabeza y se incorpora con un mohín de disgusto, apoyándose en los antebrazos. Nunca fue buena perdedora—. Buen combate. —Afirmo, tratando de animarla al tiempo que tiendo mi mano. Duda—. Mereció la pena el tiempo que tardaste en forjarla. —Digo, desviando la vista al acero que todavía sujeta—. Nunca vi una espada igual. Es fabulosa. —Ella estudia la empuñadura y afloja su agarre sobre la misma.
—No lo suficiente como para poder vencerte. —Murmura taciturna, apartando sus ojos para hincarlos en los míos. Contemplo los parpados cerrarse sobre el azul en un pestañeo lánguido y largo al tiempo que esboza una mueca desilusionada y la piel, sonrojada por el esfuerzo, adquiere de nuevo su sedosa blancura. El pecho sube y baja recuperando su cadencia normal y el mío, se acelera bajo su atento escrutinio.
—Me diste un buen motivo para ganar. —Respondo en voz baja, con la mano aún extendida. Finalmente, la acepta, asiéndola.
Nervioso por el contacto, no controlo la fuerza con que tiro para alzarla y lo hago con demasiada energía, teniendo que sujetarla por el codo para evitar que rebote contra mi torso. Un escalofrío me recorre al sentir su calor pegado a mí, en un acto reflejo inclino el mentón para hundir mi nariz en su cabello, inhalando su aroma y mis pulmones se llenan de ella. Yo, me lleno de ella.
Noto como levanta su cara, quizás extrañada porque mi agarre dura ya algunos segundos de más y, si por un momento tenía alguna duda de lo que estaba pasando, ahora es consciente de ello pues, el estupor refulge en sus pupilas atrapándome sin remedio. Bajo la vista a sus labios que, entreabiertos, contienen la respiración y renuncio a cualquier intento disuasorio de la razón, rozándolos sutilmente con los míos, cerrando los ojos para disfrutar el sabor y tersura de los mismos.
Me separo lentamente y entonces, la realidad de lo que he hecho me golpea devolviéndome la facultad de pensar. Ella no se mueve cuando me alejo, pero perpleja, clava en mí sus iris en una pregunta silenciosa y siento el bochorno subir por mis mejillas, haciéndome arder hasta las orejas.
—Ten… ten… tengo que irme. —Balbuceo, turbado, antes de tener que dar ninguna explicación y giro sobre mis talones, dándole la espalda y saliendo de la sala como una exhalación.
¡Loco! ¡Me he vuelto total e irremediablemente loco!
Al traspasar la puerta, choco contra alguien.
—Perdón. —Ofrezco aturdido para continuar mi camino, sin prestar, demasiada atención, a la iracunda mirada que me regala el príncipe de los saiyajins.
Lo veo salir de la estancia. Despacio, llevo mis dedos a los labios y cierro los ojos. No reacciono porque no sé como hacerlo. Así que, simplemente, me quedo plantada en medio de la sala sin ninguna idea concreta al respecto.
El tiempo parece haberse detenido a mi alrededor y tan sólo el silencio me acompaña.
Cuando mi mente decide despertar de su letargo, me interrogo, confusa, sobre lo sucedido y por más que intento desenmarañar esta madeja de sentimientos contradictorios que se anudan en mi pecho, la duda se empeña en volver a desordenar las ideas y trato de averiguar en que momento, lo que yo siempre he supuesto y sentido como un cariño fraternal ha desembocado en… "¡¿Un beso?" Me cuestiono, alarmada.
Casi me alegra su marcha antes de darme una explicación que, no estoy preparada, ni quiero escuchar. A veces, nos dejamos arrastrar por impulsos desconocidos y cuando reflexionamos sobre ellos nos damos cuenta de lo absurdos que resultan.
Sólo ruego que éste haya sido uno de esos instantes pero, el temor a equivocarme me reconcome por dentro. ¡No puedo enfrentar algo así! No puedo permitirme perder a las personas que quiero, no en estos momentos.
Sacudo la cabeza intentando espantar estos pensamientos cuando el sonido de unos pasos amortiguados a mi espalda, me hace voltear.
El príncipe de los saiyajins se detiene a cierta distancia, hundiéndome sus impenetrables ojos bajos los cuales siento el vello de mi nuca erizarse.
—¿Qué… Qué...? —titubeo—. ¿Qué haces aquí? —Y logro al fin articular la pregunta, aunque no tan firmemente como quisiera.
Él no contesta y continúa mirándome fijamente. Devorándome, impasible, sin tan siquiera inmutarse mientras yo, orgullosa, trato de no sucumbir a su escrutinio.
Desvía la vista al acero que he dejado olvidado en el suelo y vuelve a clavarla en mí.
—Interesante, todo lo que un enfrentamiento de espadas puede dar de sí. —Declara con aspereza, arrastrando las palabras en algo que sin serlo, bien podría tratarse de un reproche. Y un fugaz brillo de ira ilumina sus ojos. Me tenso ante la clara alusión a lo acontecido apenas hace unos minutos—. Es una empuñadura curiosa. —Dice estudiándola de nuevo en la distancia y aproximándose, invadiendo mi espacio hasta quedar a escasos centímetros.
Mi pulso comienza a acelerarse por la cercanía y su aroma, que no puedo evitar respirar, satura el aire a mi alrededor. Me pierdo, por segunda vez en un mismo día, en su apabullante presencia, en sus músculos perfectamente esculpidos a través de la tela, en la arruga perenne del entrecejo que trasmite esa expresión sombría a su semblante.
Cuando se inclina recobro en parte la cordura. ¡No puedo dejarle asir la espada, su peso delataría mi secreto! Así que, bruscamente, me adelanto para tomarla yo primero. Nuestros dedos se encuentran sobre el frío metal y una descarga salta al roce de los mismos. Mi estómago da un vuelco repentino y las fuerzas parecen abandonarme a través de la piel expuesta a su contacto. Él no se mueve en unos segundos que se me hacen eternos y levanta la cara hacia mí, su aliento acaricia, invisible, mi rostro y trago gruesamente tratando de paliar la sequedad de mi garganta. Finalmente retira la mano, incorporándose.
Lo imito, con la espada, que ahora se me hace muy pesada, apenas sujeta. Angosta los ojos y cruza los brazos frente al pecho, esbozando una sonrisa de medio lado.
—Veo que eres muy celosa con tus pertenencias. —Ironiza, sin dejar de mirarme. Recupera de improviso la seriedad de su gesto y su ceño se frunce aún más—. A mí tampoco me gusta que toquen lo que es mío. —Y el matiz posesivo de su voz se cuela a través de mis oídos, provocando un vivo escalofrío que no puedo controlar.
Por primera vez, soy consciente del poco dominio que ejerzo sobre mi cuerpo frente a él. Eso, reaviva la casi extinta llama de la ira y me obligo a recordar quién es.
—No tienes ningún derecho a entrar aquí. —Declaro irritada, enfundando la espada, lo cual me permite dejar de enfrentarlo y liberarme de su hechizo, momentáneamente.
—Y tú no eres muy hospitalaria. —Contesta con rapidez curvando de nuevo sus labios en una burlona mueca—. Tu padre dijo que podíamos movernos libremente. Así que no veo el problema, —encoge los hombros—. ¡A no ser que tengas algo que ocultar! —Escupe venenoso.
Nos miramos desafiantes en silencio. El iris y la pupila se confunden en el enigma de sus ojos, creando un oscuro abismo entre nosotros hacia el borde del cual camina sin remedio mi voluntad.
Reacciono.
—Bien, si eso es lo que piensas, dejaré que te quedes. —Y hago hincapié en esto último, queriendo aclarar quién manda aquí—. No daré lugar a malos entendidos. Yo ya he terminado y tengo que prepararme para la cena. —Digo dándole la espalda y encaminándome a la puerta un poco atropelladamente—. Supongo que debo ser amable con los "lacayos" de mi futuro esposo.
Al instante me arrepiento, lo he dicho sin pensar, impulsivamente. No es necesario que me gire a comprobar el efecto de mi declaración porque sé, perfectamente, la herida que acabo de infligir a su inconmensurable ego.
Salgo de la sala con un sonoro portazo y descanso mi peso sobre la madera, preguntándome por la repentina culpa que siento y que no debería estar ahí. Al fin y al cabo son sólo palabras y él es sólo mi enemigo.
La estoy mirando.
Cuando soy consciente de ello, desvío los ojos al plato enojado. Enojado precisamente por eso, porque, involuntariamente, no he podido dejar de observarla en toda la noche.
Presidiendo la larga mesa se encuentra el rey, flanqueado por uno de sus hombres, él de más edad, a la derecha y Nappa a su izquierda conmigo al costado. En el extremo opuesto, circundada por el saiyajin y una mujer de pelo negro que me es desconocida, ella. El resto de comensales se distribuyen a ambos lados.
La cena transcurre con aparente normalidad, más teniendo en cuenta la tensión que se palpa en el ambiente.
Un silencio hostil se ha impuesto cuando hemos entrado al comedor. Francamente hubiera preferido comer a solas y en absoluto me hubiera importado resultar descortés. De hecho, estar aquí, rodeado de gente que considero muy inferior a mí en todos los sentidos, me molesta sobremanera. Es simplemente, una cuestión de supervivencia.
No es que desconfíe del hombre que gobierna a estos pobres infelices. No. Desconfío del padre que tiene que entregar a su única hija. La integridad es en opinión de muchos, una honorable cualidad, inútil, según yo, cuando se trata de proteger lo que quieres. Lo he visto muchas veces, individuos pusilánimes convertidos en verdaderas fieras por defender a los suyos, dejando incluso en el intento la propia vida.
Vulnerable, esa es la palabra que mejor define el afecto.
Así que, prefiero sentarme rodeado de imbéciles a arriesgarme a un envenenamiento o ataque. No estoy de humor para que nadie intente hacerse el valiente en su afán de salvar a la heroína.
En realidad estoy de pésimo humor.
Vuelvo a mirarla.
Aparentemente, está manteniendo una charla de lo más interesante con sus vecinos de mesa, pero sus pupilas se pierden más allá del rostro de sus compañeros, absorta en algún escondido pensamiento que hace rato pasea por su cabeza. No habla, sólo escucha o finge hacerlo, asintiendo de vez en cuando.
Retira algunos de los mechones que caen rebeldes sobre su frente, recogiéndolos detrás de la oreja y mostrando la perla, que oscila levemente por el movimiento, colgando de su tentador lóbulo. Adelanta la mano para tomar la copa y la lleva a la boca, contemplo ensimismado como la garganta dibuja el recorrido del vino bajo la piel blanca de su cuello. Una gota liviana se escurre por la comisura de los labios e hipnotizado, veo la punta de su lengua atraparla, humedeciéndolos, incitándome.
A mi memoria, vuelven imágenes de la tarde y mis dedos dejan caer el tenedor que sostienen sobre el plato con un golpe seco. Nappa se gira extrañado; mi ceño fruncido, y sé que está fruncido, le disuade de hacer ningún tipo de comentario así que retoma la conversación que mantiene a su derecha.
Rectifico, no estoy de mal humor, estoy furioso.
No es ira, ni es odio. Es más bien una rabia visceral que tiene su origen en mi estómago y se expande, contaminándolo todo, desde el pecho hasta las extremidades, rígidas e inflexibles.
—… Sí es un saiyajin. —Oigo e instintivamente, presto atención—. Apenas sabemos nada de su vida anterior, llegó siendo un niño de tres años y se quedo entre nosotros. —Explica el rey—. Creo que Kakarotto, era su nombre.
—Kakarotto. —Repite Nappa en un susurro lento y neutro. Pero los años de convivencia me dan la certeza de que sabe de quién se trata, y su vista, fija ahora en él, corroboran mi suposición.
—¿Lo conoces? —Indaga curioso su interlocutor.
—Conocí a su padre. —Contesta escuetamente, devolviendo su atención a la comida y atajando cualquier posible pregunta.
—A él le gustaría saber algo de sus orígenes. —Afirma en una clara sugerencia a la que mi compañero parece hacer oídos sordos—. Tal vez podáis hablar de ello durante el viaje. —Apostilla.
Mi mente asimila con rapidez sus palabras que prenden un fogonazo de incomprensible cólera.
—¡Nadie va a viajar con nosotros a excepción de vuestra hija! —Suelto sin poder contenerme. Todos los comensales cesan en su banal parloteo y clavan los ojos en mí. No debería haber expresado mis pensamientos en voz alta pero no he podido sujetarlos así que, intento reconducir la situación—. Las órdenes son…-
—No creo violar ningún punto de nuestro acuerdo con ello. —Me corta el rey con una voz tranquila que en absoluto refleja la dureza de su mirada—. Bulma es una princesa, es normal que la acompañe su séquito.
—Para eso estamos aquí. —Contestó a punto de perder la paciencia. La discusión resulta absurda y aún así, no puedo evitar sacar las cosas de quicio. Me estoy descontrolando y el hecho de no entender el motivo sólo incrementa la furia. "¿Qué diablos te pasa?" Me interrogo confuso y la cara de sorpresa de Nappa pregunta lo mismo.
—En ningún momento he dudado de vuestras habilidades para llevar a mi hija sana y salva a Shakkotsu pero no se trata sólo de protección. Un viaje así requiere una comitiva y estoy completamente seguro de que Lord Freezer es consciente de ello. —Responde calmado.
El jodido viejo tiene razón y lo sabe. Está intentando darme una salida en una disputa dónde llevo todas las de perder. Así que procuro serenarme y finjo meditar sobre ello.
—Está bien. —Declaró al fin en un tono benevolente, que enmascara la rabia—. ¡Pero la expedición la dirijo yo y se acatarán mis órdenes!
—Por supuesto. —Contesta condescendiente y vuelve la vista al plato, gesto imitado de inmediato por todos, que reanudan sus estúpidas charlas como si nada hubiera pasado.
La busco en el extremo opuesto de la mesa y por primera vez en toda la noche me encuentro con ella. Muerde con fuerza su labio inferior torturándome y bajo la vista al pecho que sube y baja, sensualmente, dibujando el contorno de sus senos contra la seda. Me quedo allí, fascinado, cuando me fijo en una mano masculina que descansa de pronto sobre la suya reclamando atención. Mis ojos se clavan en el azul con calculada frialdad, angostando los parpados y dejando que el rencor centelleé en ellos. Bruscamente, la retira tomando el tenedor y desviando su rostro a Kakarotto que la mira extrañado. Le regala una sencilla y corta sonrisa a modo de disculpa.
Presto de nuevo atención a la comida. Tengo que dominarme y salir de aquí cuanto antes. Antes de que imprudentemente, vuelva a mirarla, antes de que cometa una estupidez, antes de que mi estómago acabe destrozado por la amalgama de sensaciones contradictorias que intenta digerir.
"Ni con este latir y machacar en mis sienes y pulso,
Ni con estas curiosas sístole y diástole interiores que un día
cesarán,
Ni con estos muchos deseos hambrientos que sólo expresan
las miradas,
…"
(Hojas de Hierba. Walt Whitman)
Y aquí está el capítulo VI, espero que lo hayan disfrutado. Es mi primer combate de espadas y no sé como habrá quedado, es difícil narrar algo así, pero tendré que esforzarme porque en este fic no hay ki, ni patadas, ni combates cuerpo a cuerpo, que tampoco es que se me den muy bien, pero como mínimo resultan más sencillos.
Gracias a Midory por animarme a continuar con esta historia, sus comentarios y su ayuda me son imprescindibles. Gracias a aquellos que leyeron entre las sombras.
Dice un proverbio japonés que: "Hay una puerta por la que puede entrar la buena o la mala fortuna, pero tú tienes la llave." Así que cuando la suerte llame al timbre de vuestras casas esta semana, ya sabéis lo que tenéis que hacer.
Hasta pronto…
