Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé
CAPITULO VII: ¡NOS ATACAN!
Los primeros rayos de sol hace rato que despuntan en el horizonte, las extremidades se agarrotan por efecto del frío y el viento gélido, provocado por las nieves tempranas en las cotas bajas de las montañas, se cuela entre la ropa erizando la piel.
Espoleo a Yasha de nuevo y recorro la columna, que aguarda la orden de partida, formada en medio del patio de armas. Unos quince hombres, incluido Kakarotto, que llegó hace rato a lomos de su caballo y se situó, despreocupado, en la cabecera, tres carros cargados con el equipaje y demás enseres necesarios para el viaje y el carruaje, con el cochero sobre el pescante y las portezuelas, con el escudo de Chikyuu labrado en ellas, abiertas por uno de los criados, conforman la caravana.
Hace más de veinte minutos que esperamos la llegada de la maldita mujer que, de momento, no se ha dignado a aparecer. Me detengo junto a Nappa y miro con impaciencia la entrada. Bufo exasperado, por veinteava vez esta mañana, jurándome a mí mismo que si tarda un segundo más, entraré y la sacaré arrastras si es necesario.
El intento de saiyajin que tengo a la izquierda, me mira e ignorando mi estado de ánimo, sonríe alzando los hombros.
—Es difícil para Bulma decir adiós. —Suelta a modo de disculpa, con la intención de aplacarme.
Clavo mis ojos desdeñosos en él. Lo último que me faltaba es escuchar algo como eso. Me asquean las escenas sensibleras y emotivas, con lo cual agradezco que me hayan ahorrado el espectáculo, pero todo tiene un límite y ella lo ha rebasado con creces.
De improviso, la descubro traspasando el umbral, seguida de cerca por la mujer morena; sentada a su lado anoche, cuyo nombre no recuerdo. Mi mal humor parece disiparse y observo en su rostro; demasiado pálido, casi transparente, unas ojeras profundas que destacan bajo los ojos vidriosos destilando tristeza. Camina pausadamente, como si flotara despacio suspendida sobre la escarcha, que se extiende en el empedrado suelo y si fuera vestida de blanco creería ver un fantasma. Sólo su exótico pelo azul, mimetizado con el color del kimono y los bombachos, dan un poco de vida a su figura.
"Ya basta." Me recrimino, enfadado. Desde luego tengo un serio problema de trastorno mental.
Al parecer, las horas de insomnio transcurridas dando vueltas en la cama; renegando de mi estupidez durante la cena, recordando sus insultantes palabras, por las cuales debía haber estrujado entre mis manos ese cuello esbelto que ahora contemplo ensimismado, no han servido para borrar su aliento tibio cuando la tuve cerca o el camino de su saliva a través de la garganta.
Y ahí está de nuevo esa punzada cadenciosa y molesta que no comprendo en el pecho y la imagen de algún que otro sueño candente durante la noche.
Cierro los ojos un instante, buscando frenar el fluir de la sangre que golpea las sienes y otras partes de mi anatomía. Desde el momento en que la presentí, oculta en la penumbra, mis sentidos parecen haber enloquecido bajo su influjo y una nebulosa difusa, en la que únicamente vislumbro su existencia, dispersa mi voluntad. Tengo que dominarme, el problema radica en que desconozco qué escapa a mi control. Inhalo todo el oxigeno posible, pero incluso el aire parece confabulado en contra mía, pues mi único logro es empaparme de su olor y si percibo su aroma a esta distancia, es que en verdad estoy mal, muy mal.
La niebla que empaña mi mente se transforma en una bruma roja de rencor hacia ella. La aborrezco, me auto convenzo y trato de recuperar la serenidad, odio su porte elegante y orgulloso, me indigna su contoneo insinuante, del que ni tan siquiera es consciente. Abomino de todo lo que la rodea, de cómo mi cuerpo reacciona a su presencia y estos pensamientos oscurecen mi semblante devolviéndome la calma.
Ella hace caso omiso a la portezuela abierta del carruaje, para tomar las riendas de un corcel tordo, de fondo blanco y crines plateadas, sobre el que monta con destreza. Eso enardece mi enfado y me destroza, definitivamente, los nervios.
¡Está muy equivocada sí piensa que voy a soportarla galopando junto a mí, a lomos de un caballo!
—¡Nappa! —Lo llamo en voz alta y ronca exhortándolo a aproximarse. Éste, cabalga al paso hasta quedar a mi altura. —La mujer debe ir en el carruaje. —Escupo irritado, sin apartar mis ojos de ella. Él la observa y devuelve su atención a mí.
—Tal vez podrías… —Articula nervioso, poco dispuesto a cumplir mis órdenes. Si las miradas matasen, caería fulminado al suelo retorciéndose por el dolor. Enmudece y resignado se dirige hacia donde se encuentra Bulma.
—Señora. —Saluda con una leve inclinación de cabeza y en tono ambiguo—. No es seguro que viajéis al descubierto, así que desmontad y subid al carruaje. —Exige, sin demasiada convicción.
Ella levanta el mentón y fija la vista por encima de su hombro hasta clavarla en mí. Por unos segundos no dice nada y se dedica a estudiar la expresión de mi rostro.
—No veo el problema. —Contesta finalmente, devolviendo su atención a Nappa.
—Los caminos están plagados de ladrones y podríais resultar herida si nos atacan. Es mejor que viajéis a resguardo. —Explica.
—Entiendo… —murmura condescendiente y Nappa parece respirar aliviado. ¡Es un imbécil! Basta fijarse en como el azul intenso que rodea su pupila se oscurece, para darse cuenta de que las cosas no son tan sencillas. —… y agradezco vuestra preocupación. —Hace una breve pausa y vuelve a perder la mirada en mí—. Pero creo qué, precisamente, ese es el motivo por el que Lord Freezer os envió aquí. Si no puedo confiar en dos de sus mejores hombres para protegerme… —El tono irónico reverbera en el silencio que nos rodea—. Entonces confiaré en Goku y los suyos. —Concluye mordaz y espolea el caballo, esquivando a su interlocutor para dirigirse hacia donde me encuentro.
—No voy a subir en ese carruaje—. Me desafía, deteniéndose a escasa distancia—. Pasará mucho tiempo hasta que pueda volver y mi última visión de Chikyuu, no será a través de una ventanilla.
Definitivamente la odio. Debería acabar con ella en este preciso instante. ¡Al diablo con Freezer y sus planes! Esto es más de lo que estoy dispuesto a soportar. Angosto los ojos con desprecio para contestar, pero sus palabras hacen eco en mi mente.
"Pasará mucho tiempo hasta que pueda volver"… Y esbozo una sonrisa sádica.
—Pasará toda una vida. —Sentencio con crueldad. Regocijándome en la expresión horrorizada de su cara ante mi respuesta. Disfrutando de como, los labios se tuercen en una mueca dolorosa y sus manos aferran con rabia las riendas—. Disfruta del paisaje y guárdalo bien en la memoria. —Azuzo mi caballo, hasta quedar justo a su lado y me inclino un poco sobre el lóbulo de su oreja, percibiendo el leve temblor que la recorre. Mi aliento la golpea empañando la perla—. ¡A ver cuanto dura el recuerdo! —Susurro mientras la veo cerrar los ojos y su pulso se marca a través de la piel en su cuello, provocándome un deseo irrefrenable de morder el palpitar acelerado de sus arterias.
Turbado, me aparto, bruscamente, rodeándola y dando la espalda a la caravana, levanto mi mano derecha y la dejo caer despacio al tiempo que troto hacia la puerta. El sonido de cascos y ruedas sobre el pavimento confirman el movimiento. Ni una sola vez me giro a mirarla y la adivino estática, en medio del patio, digiriendo la angustia que sé, he provocado.
Llevamos más de cinco horas en camino y la tensión suscitada durante nuestra partida todavía se palpa en la atmósfera que nos rodea. Desconozco lo que el príncipe haya podido decirle a Bulma, ya que éste se ha asegurado bien de que los demás no pudieran oírle, pero tengo la absoluta convicción de que las palabras todavía deambulan errantes en su mente.
No ha vuelto a hablar desde entonces; limitándose a cabalgar con la mirada perdida, concentrada, como si quisiera imprimir en su retina todo lo que la rodea y realmente, sé que es así. Chichi no se ha despegado de su lado y la observa de reojo, de vez en cuando, esperando que reaccione. Pero no lo hace y se mantiene erguida a lomos de Zuki, que es como ha bautizado a su caballo, en el más absoluto y desgarrador silencio.
Es una imagen perturbadora.
He preferido montar detrás de ellas, junto a Nappa que, manteniéndose a una distancia prudencial del mismo, parece ignorar a conciencia la presencia de Vegeta y la mía propia. No ha dicho nada en todo este tiempo y, al igual que el resto, se encuentra sumido en sus pensamientos.
—¿Por qué te llaman: Goku? —Pregunta de repente, mirándome directamente a la cara.
Doy un respingo pues me coge desprevenido. Hubiera jurado que no sabía que era yo quién cabalgaba a su lado, así que esbozo una sonrisa alegre, contento de que alguien me saque de mi aburrimiento y se atreva romper el mutismo que se ha adueñado del ambiente.
—Es una larga historia que se remonta a la noche en que llegue a Chikyuu. —Contesto jovial y empiezo a rememorar ese momento.
—Es ridículo para un saiyajin. —Afirma con cierto desprecio en la voz, sesgando cualquier posibilidad de explicarme—. Kakarotto, ése es el nombre que te dio Bardock, deberías llevarlo con orgullo. —Reprocha.
Una punzada dolorosa se clava en la boca de mi estómago ante la mención de mi padre. Por el tono seguro en que se ha pronunciado, adivino que sabe de quién está hablando. Fijo la vista, curioso, en él.
—¡¿Lo conociste? —Demando ansioso, sin poder evitarlo.
Nappa desvía sus ojos, perdiéndolos en la distancia y vuelve a hundirse en sus reflexiones. La mandíbula se endurece y los dedos agarran con fuerza las bridas. Tarda un rato en responder y cuando me armo de valor para insistir, oigo de nuevo su voz.
—A pesar de ser un tercera clase, era un gran guerrero. —Sentencia, sin tan siquiera mirarme—. Uno de los mejores —murmura entre dientes. Tengo la sensación, por la manera en que arrastra las sílabas, como si le costará pronunciarlas en alto, de que no resulta fácil para él recordar.
Gyumaō, me ha hablado con anterioridad de las clases sociales de mi pueblo. No es que en Chikyuu no las haya, lo que hacia tan diferente a Vegetasei del resto del mundo es que éstas no se basaban en riquezas, ni en posesiones, sino en el escalafón militar que ocupara tu familia y en la destreza que hubiera demostrado para la guerra a lo largo de los años. Así que, entreveo en las palabras de Nappa una clara admiración por la figura de mi progenitor
—¿Has vuelto a verlo después de aquello? —Interrogo con la esperanza de que pueda darme alguna información. Cuando su cuerpo se tensa visiblemente sobre el caballo y su semblante adquiere la rigidez y palidez propias de las estatuas, me doy cuenta de que debería haberme tragado la pregunta. Bien, estoy acostumbrado a meter la pata, así que, tampoco me turba demasiado su reacción.
Me observa como si quisiera asesinarme y ralentiza el trote hasta casi detenerse.
—Además de Vegeta, tú eres el primer saiyajin que conozco en diecisiete año —declara seco—, y "aquello"… —escupe lleno de cólera—, como tú lo llamas, supuso el final de Vegetasei. Todos murieron aquel día, entre ellos tu padre y tu hermano. Así que no, no he vuelto a verlos desde entonces, no volveré a verlos nunca. —Y azuza su caballo adelante hasta situarse en la cabecera, justo al lado del príncipe, que lo mira por un instante para volver la vista al frente, sin inmutarse.
¡Vaya! Esta vez si la he hecho buena. Supongo que no volverá a dirigirme la palabra en todo el viaje. Suspiro resignado, clavando los ojos en las figuras femeninas que tengo al frente.
"¿Por qué te llaman: Goku?" Una sonrisa melancólica, aflora en mis labios.
"No sé el tiempo que llevo bajo la llovizna ligera, que parece que no moja, pero estoy calado hasta los huesos. La luna se ha abierto paso entre las nubes, inundando el camino de una luz difusa que se pierde en las copas de los árboles y las torres del castillo brillan plateadas, por efecto de la misma. No puedo precisar con exactitud el trecho recorrido, ni el que aún me queda por recorrer, pues el barro hace más lentos mis pasos, o quizás yo mismo sea el culpable al detenerme, cada cierto tiempo, para volver la vista atrás con la esperanza de que mi padre regrese a buscarme.
Las lágrimas, amenazan con brotar de nuevo en mis ojos.
—No llores. No debes llorar. ¡Eres un saiyajin! —Me repito recordando sus últimas palabras que aún resuenan frescas en mis oídos—. Eres un saiyajin —y continuo caminando hacia delante a pesar de todo.
Sobre las atalayas que flanquean el portón de entrada, los centinelas, me observan curiosos cuando me detengo ante el puente recogido. Jamás había visto un castillo y en la distancia no parecía tan grande, así que, ensimismado, contemplo la sólida pared de piedra, bordeada de agua, que lo rodea y las torres prominentes que sobresalen de la misma y se pierden en las alturas.
La pasarela se extiende, de repente, hasta el borde del camino y puedo franquear el foso. Me detengo a la mitad y alzo los ojos, fijándolos en el blasón esculpido sobre la roca.
El chirriar del rastrillo al abrirse me toma por sorpresa, doy un salto atrás y adopto una postura defensiva para volver la vista al frente. Dos hombres se aproximan, deteniéndose, más o menos a un par de metros de distancia. Me miran incrédulos, como si la visión de un niño de tres años, casi cuatro, en medio de la noche fuera una aparición.
—¿Qué haces aquí a estas horas, pequeño? —Pregunta uno de ellos en un tono más bien cordial.
Receloso, no contesto, me quedo quieto, observándolo—. "Camina en línea recta hacia el castillo" —me ha ordenado mi padre. Pues bien, ya estoy en el dichoso sitio. ¡¿Qué se supone que debo hacer ahora?
—Te has fijado en su pelo. —Oigo que dice por lo bajo, el guardia que, hasta el momento, no ha abierto la boca—. ¡Es un: saiyajin!
—¡Como va a ser un saiyajin, imbécil! —responde con desdén brindándole una mirada de: "Deja de empinar el codo durante las guardias".
Sus ojos se clavan en mí, me estudia atentamente, deteniéndose en mi cabello negro y picudo y abre mucho la boca por la sorpresa. Vuelve la vista a su compañero y frunce una mueca de interrogación tratando de balbucear alguna cosa, éste, simplemente, levanta los hombros y asiente con la cabeza como diciendo: "Te lo dije, es un: saiyajin. ¡Ah! y yo no bebo en las guardias"
El soldado da un paso adelante prudentemente y enseguida, doy un paso atrás para mantener los metros entre nosotros.
—Estás lejos de Vegetasei. ¿Dónde están tus padres? —Y gira el cuello de un lado a otro, nervioso, escrutando los alrededores con cierto temor, gesto que imita, de inmediato, su camarada—. ¿Te has perdido? —Cuestiona tras cerciorarse de que no hay nadie más conmigo.
Ante mi silencio, avanza, aproximándose. Lo dejo hacer. Apenas nos separa su brazo de distancia, aferro el bastón, que llevo a la espalda y lo blando en el aire a gran velocidad para descargar un golpe sobre su casco, se tambalea y cae de rodillas, con las manos sobre la abolladura que he producido en el mismo, quejándose exageradamente. ¡No he podido hacerle tanto daño! Estupefacto, el otro tarda en reaccionar, pero cuando lo hace, desenvaina la espada y se me viene encima. Apoyo el bastón en el suelo para impulsarme y brincar sobre su cabeza, lo sobrepaso y echo a correr adentrándome en la fortificación.
—¡Diablo de crío! —Oigo a mi espalda—. ¡Alerta al intruso! —Grita y sigo corriendo atravesando el patio, esquivando soldados en el camino entre blasfemias y maldiciones.
Un reconfortante calor me invade cuando traspaso el umbral, me detengo, jadeante, para recuperar el aliento y entonces me doy cuenta de que estoy plantado en medio de un amplio vestíbulo; lujosamente decorado, con tapices en las paredes y ricos muebles adosados a las misma. La luz de las lámparas de aceite inunda el ambiente, a pesar de la altura de los techos, reflejándose en el pulido suelo de mármol blanco cubierto por alfombras carmesí marcando los pasillos.
¡Nunca había visto nada parecido!
—¡Ha entrado por aquí! —La voz de mis perseguidores me hace cerrar la boca y tomo rápidamente uno de los corredores. Los pasos resuenan tras de mí, acercándose, así que, antes de que me descubran giro uno de los pomos al azar, colándome en la estancia con intención de ocultarme.
Sentada en un sillón, de aspecto cómodo, frente a la chimenea y con un libro abierto en su regazo, una niña, mayor que yo y con un extrañísimo pelo azul, está leyendo en voz alta. A sus pies, sobre unos cojines y con la cabeza recostada en las rodillas de su amiga, otra, la escucha embobada. Un par de de ojos azules y otros negros, se fijan en mí sorprendidos. Llevo el dedo índice a los labios, demandando silencio y me escondo tras una de las cortinas que enmarcan la ventana.
¡Justo a tiempo!
La puerta se abre y desde mi posición, tan sólo puedo escuchar palabras.
—Princesa. —Y hay una pausa en lo que supongo, por la brevedad de la misma, será una inclinación de cabeza—. ¿Habéis visto un intruso?
—¿Un intruso? —Repite en un tono inusualmente chillón—. ¿Qué clase de intruso? —Pregunta fingiéndose asombrada.
—Un niño.
—¿Un niño? He visto muchos niños hoy —contesta tranquila—. Tendrás que ser un poco más específico.
Se oye un bufido un tanto exasperado.
—No, no hoy. ¡Ahora! —dice irritado—. ¿Habéis visto un niño, ahora? —Precisa levantando la voz.
—Bueno, no hace falta gritar. Chichi está aquí conmigo y ella es una niña. Así que si te refieres a ella…
—Estoy hablando de un niño saiyajin. —Ataja resoplando, lo cual me indica que está a punto de perder la paciencia—. ¡¿Habéis visto un niño saijayin, ahora?
—Hmm… déjame pensar… —por un momento el miedo a ser delatado se apodera de mí—. No, creo que no he visto ningún niño saiyajin hoy —dice— ahora —corrige y respiro aliviado.
—Bien, si lo veis avisadme enseguida. Es peligroso.
¡¿Peligroso? Desde cuando soy peligroso, pienso indignado. Que yo sepa no le he hecho daño a nadie. Bueno, tal vez al guarda de la entrada pero ese no cuenta porque era un blandengue.
Los pasos se alejan.
—Comandante —le llama. Contengo el aliento seguro de que va a traicionarme y me preparo para pelear—. ¿Cómo son los niños saiyajins? Digo, sí veo alguno quiero estar segura de poder identificarlo.
El sonoro portazo retumba en las paredes y hace temblar algunos objetos. Me acuerdo de tomar aire y pasados unos minutos prudenciales salgo de mi escondite.
Ellas se han puesto en píe, la pequeña, se oculta tras su amiga, agarrando fuertemente la tela del kimono de ésta que me observa curiosa desde el azul.
—¿Qué es lo que has hecho? —Pregunta suspicaz.
—Nada. —Respondo sin dejar de mirarla directamente deslumbrado. ¡Nunca había visto con anterioridad un pelo y unos ojos de ese color!
—Pues el comandante parecía disgustado —me recrimina—. Seguro que acaban castigándome por tu culpa —y engurruña un poco el gesto.
—Mi padre me dijo que viniera. —Explico a modo de disculpa, no me gustaría que la castigaran por ayudarme.
—¡Ah! —exclama—. ¿Y puede saberse dónde está tu padre ahora?
Desvió la vista al suelo confundido. ¡Ojalá lo supiera! Pero no lo sé. Mis ojos se cristalizan y aguanto las lágrimas porque soy un saiyajin.
Ella me examina detenidamente y relaja el ceño fruncido.
—Yo soy: Bulma y su nombre es: Chichi —presenta bajando la vista a la niña, con coletas negras, que asoma su rostro para mirarme por primera vez. Frunzo una sonrisa y vuelve, tímida, a hundir la cara en la tela.
—Yo soy: Kakarotto.
—Kaka... ¡¿Qué? — Y suelta una sonora carcajada.
—No sé de qué te ríes. —Digo enfadado sin entender donde está la gracia. ¡Yo no me he reído de sus ridículos nombres!
—Perdona. —Contesta tratando de recuperar la seriedad, aunque no lo logra hasta pasados algunos segundos. ¡Treinta para ser exactos!—. Es que es un nombre difícil. Encantada de conocerte Kacroto.
—Kakarotto. —Corrijo, y de nuevo su carcajada atrona mis oídos. Ahora, el ataque es más corto. Al parecer cada vez le hace menos gracia.
—Disculpa… —dice secándose las lágrimas. No entiendo porqué llora. ¡Si es ella la que se está riendo de mí! Y no es como si le hubiera gritado o algo por el estilo. Definitivamente es rara—. Disculpa —repite. Y vuelve a mirarme detenidamente—. Tendré que buscarte otro nombre si piensas quedarte con nosotras. ¿Verdad, Chichi? —afirma como si eso fuera lo mas normal del mundo. La pequeña, sale tras su falda y asiente con la cabeza—. Bueno, déjame pensar —y muerde su labio inferior, alzando al tiempo una de sus cejas, concentrada.
Chichi, que parece haber perdido el miedo, se aproxima. Es de mi estatura, de ojos negros y expresivos y lleva el pelo recogido en dos coletas, a ambos lados del rostro, con un tupido flequillo que le cae sobre la frente. Se detiene y levanta la mano hasta mi cabello, tratando de aplastarlo con la misma. Cuando éste recupera de inmediato su forma, frunce los labios en un "¡Oh!" silencioso y sonríe abiertamente.
—¡Mira tiene un bastón, como Sun Wukong! —Prorrumpe de pronto, emocionada al darse cuenta del arma que llevo a la espalda—. ¿Será un bastón mágico?
Bulma, sale del trance al que la ha llevado la búsqueda de un nombre, fija la vista en el libro que leía cuando he entrado y lo coge acercándose. Lo abre por una de sus páginas y me muestra el dibujo de un mono con un largo bastón en las manos.
—Te llamaremos: Son Goku. —Sentencia. A su lado, Chichi aplaude entusiasmada dando saltitos.
—¡¿Quieres llamarme como un mono? —Pregunto ofendido.
—¡No es un mono, tonto! —Responde—. Es el rey mono, protagonista de Viaje al Oeste —y me tiende el libro. Lo cojo y ella toma a Chichi de la mano para dirigirse a la puerta dejándome embobado. Se detiene antes de abrir y se gira a mirarme—. ¿Vienes con nosotras, Goku?
—Mi nombre es…
—Ya, ya… —Me ataja sin dejarme concluir—. Vamos a por un vaso de leche y galletas. ¿Vienes o no?
Dudo a pesar del estruendoso clamor de mis tripas, agacho la cabeza y me quedo de nuevo con la vista fija en el suelo.
Una mano se aferra a la mía, apretándola con dulzura. Levanto los ojos para ver a Chichi sonreír.
—¡Mis favoritas son las de chocolate! — Confiesa, arrastrándome con ella hasta donde se encuentra Bulma—. ¿A ti cuales te gustan?..."
No puedo evitar dejar escapar una sonora carcajada. ¡Imagino la cara de Nappa si le hubiera contado todo esto! Nunca debe enterarse de que llevo el nombre de un simio. Bulma y Chichi se giran a mirarme, sin sorprenderse por mi repentino estado de ánimo, me conocen demasiado bien… desde los tres años…
"Pasará toda una vida." El eco de su condena reverbera en mi mente, incapaz de absorber el amargo sentido de la misma. Un temblor ligero recorre el cuerpo hasta alojarse en el centro de mi vientre, al recordar su aliento tibio rozando el lóbulo de mi oreja.
"Pasará toda una vida." Y de nuevo ese nudo áspero en la garganta que dificulta incluso el paso de aire a través de la misma, obligándome a tragar seco para tratar de paliar el agridulce recuerdo de sus palabras. Crueles en su significado, inquietantes en su cercanía.
Me abandono al paisaje que me rodea, a la variedad de colores, a su casi mágico ambiente. Contemplo absorta los pelados árboles, cuyas ramas desnudas, sacudidas por el viento, se abren, confiadas al cielo, esperando la nieve que dentro de poco cubrirá la pradera, enterrando el reguero de hojas secas que anuncian el cambio de estación. Cierro los ojos un instante, para respirar la humedad de la tierra mojada y fresca impregnando las imágenes con su aroma.
Será un invierno largo. El más largo que haya conocido nunca, el más gélido, el más crudo y triste. Lejos de los reflejos azulados del hielo sobre las montañas, lejos del manto blanco que cubre Chikyuu, a kilómetros de distancia de la humeante taza de chocolate caliente, las charlas despreocupadas y las lecturas junto a la chimenea. Tan sólo la esperanza confortará en parte, la dilatada espera, porque albergo la absoluta confianza de que todo saldrá bien. ¡Tiene qué salir bien! Será como jugar una partida de ajedrez, cuando puedes mirar a tu adversario y susurrar "jaque mate" y éste, deja derrotado, caer su rey sobre el tablero, en ese segundo eterno,las piezas sacrificadas en la batalla dejan de tener importancia, porque sabes que has vencido.
Un ligero sopor adormece mis sentidos y el cansancio, junto a las horas de insomnio, intensifica la flojera de mis músculos. Clavo la vista en la ancha espalda de Vegeta, que cabalga al frente de todos nosotros, erguido a lomos de su caballo negro, con la llama de su cabello ondeando levemente por efecto de la brisa. Ajeno a todo cuanto lo rodea. Ni una sola vez, en estas horas interminables de viaje, ha dejado de observar el horizonte y tan sólo cuando Nappa ha trotado para situarse a su lado se ha dignado a mirarlo por un instante. Pero sus ojos no han buscado los míos como en otras ocasiones, devolviéndolos con brusquedad al frente.
"Estúpido engreído", me digo para acallar la conciencia, que empieza ya a castigarme por la mueca de decepción que se ha dibujado en mi rostro. "Cretino, egocéntrico, arrogante…" la retahíla de insultos silenciosos continua, imparable, haciéndome sentir mejor. "¡A ver cuanto dura el recuerdo!" Y la rabia contenida enciende de nuevo la ira, pero el soplo de su respiración, cerca de mí, demasiado cerca de mí, la sofoca de inmediato.
De improviso, veo como levanta su enguatada mano derecha y ralentiza el trote, todos nos detenemos. Sale del camino y cabalga unos metros, estudia los alrededores detenidamente y gira la cintura, volviendo la vista hacia nosotros. Una vez más, sus ojos esquivan, a propósito, los míos que no pueden dejar de fijarse en él.
—¡Acamparemos aquí! —Anuncia en alto, sin ningún matiz concreto en su voz, al tiempo que desmonta.
Desencinta la silla y la deja caer pesadamente al suelo, libera a su montura de las bridas tomándolo por la cabeza y acaricia su cuello. Es la primera vez que veo ese gesto en él, casi me parece humano. Camina dándole una palmada en la grupa y el animal se aleja despacio para pastar tranquilamente en la hierba. Él recoge la silla y se encamina hasta un árbol cercano, la suelta, se deshace de la armadura y se sienta apoyando su cuerpo en el tronco, perdiendo la vista al frente.
Nappa se dirige a los carros para ordenar que armen el campamento seguido de cerca por Chichi, siempre eficaz, y Goku que parece contento de que alguien le regale, por fin, una sonrisa y unos minutos de conversación.
Observo por primera vez el lugar. Un claro al borde del camino, salpicado por alguna que otra encina que mantiene sus hojas, en contraposición con los olmos y robles del bosque que se extiende en el margen opuesto del sendero. A poca distancia de donde nos encontramos un arroyo, fluye ligero entre las piedras, varios sauces extiende sus raíces que se arrastran retorciéndose hasta el borde y las ramas, totalmente peladas, cuelgan rozando el agua.
Descabalgo y tomo las riendas, alejándome del resto, aproximándome con Zuki al riachuelo para que beba y poniendo verdadero empeño en no mirar atrás, a pesar de que, ahora, intuyo sus orbes negras sobre mí. Es un esfuerzo titánico por la fuerza con que presiento sus pupilas incrustadas a mi espalda. De cuclillas en la orilla, me permito, buscarlo con disimulo. Se ha puesto en píe, con una de sus rodillas flexionada y la planta sobre el árbol recostando su peso en éste, los brazos cruzados frente al pecho y el entrecejo relajado, cuando me atrapa en sus ojos, noto el calor subir por las mejillas, él arruga el ceño, alza el mentón y gira la cara hacia otro lado con desprecio.
—"Imbécil." —Me digo y paso mis dedos sobre la superficie fría, reprochándome mi torpeza.
Sumerjo mi mano en el agua y la saco al instante, intentando contener las gotas que se escurren para caer otra vez al arroyo, vuelvo a hundirla y cierro los parpados, serenándome con el murmullo de la corriente. Inhalo despacio, llenando mis pulmones de oxigeno. La piel comienza a amoratarse y adolorida, observo de nuevo hipnotizada el gotear sobre la superficie cristalina.
¡Ojala pudiera retenerla! Pero, el agua parece querer volver siempre a su cauce al igual que, mis emociones, se cuelan por las rendijas de mi pensamiento para volver a él. Es curioso, apenas hace un día que lo conozco y el abanico de sensaciones es inmenso. Miedo, frío, calor, vergüenza, ira, angustia, curiosidad y un sinfín de cosas desconocidas que no puedo explicar. Suspiro y mojo de nuevo las yemas de los dedos.
—¡Nos atacan!
Un grito fuerte me devuelve repentinamente a la realidad. Me volteo, incorporándome y contemplo, aturdida, la confusión que se apodera del campamento. Los soldados y criados corren de un lado a otro tratando de escapar de la lluvia de flechas que se cierne sobre la zona de las carretas, intentando defenderse de los jinetes que aparecen, de la nada, blandiendo sus espadas. En medio del caos logro distinguir a Goku, con Chichi, desarmada, a su espalda, su acero arremete contra uno de los atacantes que cae del caballo y desenvaina lanzándose contra él, pero tiene poco que hacer y en seguida se derrumba a sus píes, seguramente muerto. El alivio es momentáneo pues, de inmediato, otros dos se le vienen encima. Nappa, interpone su hoja, ayudándolo y comienzan un duelo de estocadas, golpes y certeros movimientos acompañados por el tintineo del metal contra metal.
Mis pies me mantienen firmemente clavada a la tierra, como si hubieran enraizado en ella, el terror que me embarga impide cualquier movimiento y apenas si puedo respirar. Cuado veo a Chichi en el suelo, algo despierta en mi interior, y sin pensarlo dos veces hecho a correr despavorida hacia ella. Sin importarme nada ni nadie, corro con toda mi energía hacia el centro de la pelea, ignorando el peligro mientras las saetas no dejan de silbar por sobre mi cabeza.
No oigo, no veo, no atiendo, un único pensamiento lo ocupa todo.
—"Que se levante, por favor. ¡Qué se levante!" —Ruego, mientras mis piernas no dejan de avanzar con la inercia que da el miedo. La veo incorporarse, vacilante y me mira en la distancia. Me detengo un segundo para respirar, una sensación de laxitud se apodera de mis músculos que se vuelven de gelatina tras la tensión y las rodillas tiemblan incapaces de sostenerme.
—¡Bulma! —La oigo gritar y su semblante adquiere, de improviso, una expresión de horror. Atisbo la flecha lanzada directamente hacia mí, cortando el aire a toda velocidad, mis pupilas se dilatan por el pánico. Es tan sólo una fracción de segundo y el tiempo, en cambio, parece haberse ralentizado. Se acerca presagiando el final.
Un fuerte empujón me derrumba sobre la hierba y la punta rasga la tela clavándose en la carne.
Impasible, a mi lado; respirando agitadamente y con la frente perlada de sudor, el príncipe de los saiyajins me mira un instante, para desviar la vista a la flecha que acaba de incrustarse en su hombro.
"Escurríos, gotas! ¡Dejad azules mis venas!
¡Oh, gotas mías! Escurríos, pausadas gotas,
Cándidas, de mí cayendo, gotead, sangrantes gotas,
De las heridas abiertas para liberaros de la que era vuestra
Prisión."
(Hojas de Hierba. Walt Whitman)
Yasha: Demonio
Chikyuu: Tierra
Zuki: Luna
No pensaba comentar nada acerca de este capítulo, pero el review de Marby18 (que agradezco de corazón) me hizo reflexionar. Así que la pregunta de hoy es: ¿Cuántos flechazos creéis que ha recibido el príncipe de los saiyajins en las tres últimas actualizaciones? ;D
Bueno, gracias a Midory por el beteo, por aguantar mis rabietas de buen humor y por las pelotas de media (ella me entiende). Gracias a los lectores misteriosos (y a algunos que no lo son tanto XD) que se mueven sigilosos entre las sombras.
Y trayendo a colación el tema de hoy, Konrad Adenauer dijo: "La suerte es una flecha lanzada que hace blanco en él que menos la espera." ¿Os elegirá la buena fortuna como diana esta semana?... ¡Espero que sí!
Hasta pronto…
