Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé
CAPITULO VIII: JUSTIFICACIONES
Dicen que cuando estás a punto de morir, la vida pasa con rapidez ante ti y, en esos segundos escasos, tu memoria es capaz de evocar hasta el más ínfimo detalle. Si eso es cierto, tal vez aún no era mi hora pues, mientras la saeta volaba directa hacia mi pecho, presagiando el final, yo no podía pensar en nada.
Un vacío blanco y prolongado y una hipnótica punta, pero, ni un solo recuerdo.
Miedo, mucho miedo, aunque no del tipo que hace que la adrenalina fluya a mil por hora y acelera el ritmo cardiaco, despertando el instinto de supervivencia, si no más bien, ese terror que atenaza los músculos y adormece las extremidades, deteniendo el momento y desdibujando el espacio.
Esa es la sensación que aún me embarga, a pesar de que desde el suelo, donde todavía me encuentro, puedo ver como los asaltantes se pierden entre los árboles que les han dado cobijo; a pesar de que ya no se escucha el choque de las espadas, ni se oyen los jadeos entrecortados de los combatientes, ni los gritos de Nappa y Goku, intentando organizar a los soldados para repeler el ataque.
Entre la neblina de la confusión dos brazos poderosos aferran mis hombros, levantándome con cuidado para sostenerme en píe.
—¡¿Estás bien? —Oigo la angustiada pregunta sin acabar de entender, y el tiempo, reinicia con calma su ritmo habitual delineando el entorno de nuevo—. Bulma ¿Estás bien? —El ligero zarandeo me hace reaccionar, tomando ya plena conciencia de donde me encuentro. Clavo mis ojos en los de Goku, que brillan preocupados y asiento; incapaz de articular palabra.
Aspira profundamente y abre las manos, liberándome con lentitud, sin separarlas demasiado, como si temiera que fuera a derrumbarme. Cuando está seguro de que no va a ser así, da un paso corto atrás dejando escapar un suspiro de alivio. A su espalda, Chichi, sofocada por la carrera, lo empuja sin ningún tipo de cuidado, lanzándose sobre mí en un abrazo apretado, al cual, tardo un poco en corresponder.
—No… No ha pasado nada. —Murmuro. Noto, por la cercanía, el temblor crispado de sus músculos y ella me estruja más fuerte, como si no me creyera—. Te vi caer al suelo y me asusté. —Explico, acunando mi cabeza en su hombro. Su agarre se estrecha aún más al escucharme, haciéndose casi doloroso.
—Si sigues abrazándola así, acabaras ahogándola. —Reprocha Goku en un tono distendido que está fuera de lugar—. ¡Déjala respirar!
Se separa despacio y la presión se alivia permitiendo la entrada de aire en mis pulmones. Le obsequia una furibunda mirada de recriminación y él, sonríe tímidamente a modo de disculpa.
A escasos metros de nosotros, Vegeta, observa en la distancia como Nappa reorganiza el campamento. Un rictus serio se perfila en su rostro y su mano derecha aprieta el brazo izquierdo, que cae muerto a lo largo del cuerpo, por debajo de la flecha que sobresale de su hombro, alrededor de la cual, una mancha se extiende oscureciendo y empapando la tela del kimono. Mi mente revive el momento en que me ha empujado bruscamente evitando el impacto, las rodillas se aflojan y el corazón; comienza a latir desaforadamente al entender el verdadero alcance de todo lo sucedido.
Si no hubiera estado ahí, con seguridad, en estos momentos yacería sin vida sobre la hierba. Una sensación de vértigo me embarga y todo se tambalea alrededor. Mareada, camino vacilante para detenerme a centímetros de donde se encuentra, seguida de cerca por Goku y Chichi, un tanto alarmados por mis pasos inseguros.
—Gra… Gracias. —Digo en un susurro que el nudo de mi garganta apenas permite oír.
No se inmuta, tan sólo la mandíbula parece endurecerse. Por un instante, tengo la sensación de que quizás no me ha oído, así que trago espeso para volver a hablar, pero de improviso gira la cara enfrentándome y por primera vez, desde que lo conozco, soy incapaz de sostener esa mirada inyectada en sangre y salvaje, que centellea como el fuego arrasando la mía.
Desconcertada, desvío la vista a la herida, el vértigo reaparece causando estragos en mi equilibrio y una punzada dolorosa aguijonea el estómago, que se aprieta con fuerza.
—Déjame ayudarte. —Ruego en un hilo de voz, alargando la mano hacia él que angosta los ojos, hasta convertirlos en sendas rendijas a través de las cuales me observa sombrío.
—¡No se te ocurra tocarme! —Reacciona en un grito, dando un manotazo violento adelante que sin llegar a rozarme, impacta en mí como la peor de las bofetadas y el estómago se retuerce un poco más.
—Yo… Yo lo siento. —Musito demasiado bajo, apenas vocalizando y con la mano aún extendida—. Vi a Chichi caer y… —Una corriente helada recorre la columna haciéndome estremecer bajo su gélido escrutinio, cargado de odio y algo que, de momento, me es imposible descifrar.
—¡¿Te crees que me importa? —Suelta furioso, en tono alto y despreciativo—. ¡Eres una imbécil! —Escupe su insulto cargado de ira venenosa—. ¡Nadie con un mínimo de inteligencia se pondría a correr en medio de una pelea!
Y un hueco se abre en mi interior, pero la turbación y la cólera se encargan de llenarlo con rapidez y antes de que pueda contestar,
—¡Oye! No hace falta que te pongas así. —Reconozco la voz de Goku saliendo en mi defensa—. Te está pidiendo perdón, además…
Lo silencia con una mirada que no podría contener más rencor y gira la cara ignorándonos por completo.
—¡Nappa! —Lo llama alto y áspero.
El saiyajin, que se encuentra hablando con uno de los soldados, se vuelve para prestarle atención, asiente brevemente confirmando que lo ha oído y voltea la cabeza de nuevo a su interlocutor, dando una última orden. Se aproxima y al llegar, evalúa de un solo vistazo la situación. Haciendo caso omiso del brazo herido de su compañero, le informa, sin necesidad de preguntar y con apabullante tranquilidad, sobre lo sucedido.
—Simples ladrones —revela—. Ninguna baja, algún que otro soldado herido, pero no es grave. Hemos notado la desaparición de parte del equipaje. Por suerte, las provisiones siguen intactas y no se han llevado nada que necesitemos para armar el campamento, que estará listo en un rato.
Vegeta no contesta, ni tan siquiera se molesta en seguir escuchándolo y se encamina hacia el árbol donde todavía se encuentran su silla y la armadura; pasando frente a nosotros, sin dirigirnos una sola mirada, como si no existiéramos. La sangre mancha ya sus manos pero nada indica, en su semblante o en sus pasos firmes, que se encuentra herido.
Nappa lo observa alejarse y le da un poco de espacio, para seguirlo de inmediato.
Lo veo marchar y me quedo allí plantada, sin saber muy bien que hacer, conteniendo la angustia, conteniendo en parte las ganas de correr y repetir que lo siento, pero mi orgullo no puede permitirse otro rechazo. Aprieto los puños impotente e inhalo para aspirar el máximo oxigeno posible. La necesidad de aire es imperiosa y las emociones encontradas forcejean, intentado buscar un vencedor entre la rabia y la pesadumbre. Vuelvo la vista al suelo tratando de calmarme y una mano masculina aprieta mi hombro cariñosamente, entonces pienso en ello.
"Hemos notado la desaparición de parte del equipaje." Ha dicho y todo lo anterior, desaparece.
Con un aspaviento, me deshago del leve agarre y comienzo a caminar apresuradamente hacia las carretas, dejando a Goku y a Chichi, sin ofrecer ningún tipo de explicación.
—¡¿A dónde vas? —Oigo a mi espalda, pero continuo mi marcha sin prestar atención, con una idea fija en la cabeza.
Llego al carro que trasporta mi equipaje, me aúpo al mismo y empiezo a rebuscar desesperada; remuevo pesados bultos y dejo caer otros al suelo. Los soldados me miran atónitos, como si hubiese enloquecido y supongo esa es la impresión que debo dar, pero no me importa.
"Tiene que estar aquí." Me digo en un intento de serenarme y retomo la infructuosa búsqueda que detengo, finalmente, agotada por el esfuerzo y con el convencimiento de que ha desaparecido. Un sudor frío perla mi frente; jadeante, me dejo caer de rodillas en medio de baúles y paquetes, mis ojos se cristalizan por las lágrimas que no voy a dejar escapar y me pregunto, derrotada: ¿Qué diablos voy a hacer ahora?
Camino con suficiencia hasta mi abandonada silla y me arrodillo a los pies de la encina. Ahora que los músculos empiezan a enfriarse, después de la tensión, la quemazón de mi hombro se hace latente y comienza a resultar molesta. Con el brazo derecho, extraigo de las alforjas una daga y una botella de licor que deposito en el suelo. Miro el vástago que sobresale e introduzco parte del filo del cuchillo a través de la rasgadura, moviéndolo hacia abajo para rajar la seda a partir de éste. La tela se abre y deja al descubierto la herida todavía sangrante.
Unas botas se detienen a mi lado y Nappa se acuclilla enfrente de mí, no dice nada, pero tira con fuerza para acabar de separar la manga, dejando mi brazo totalmente desnudo. Levanta una de sus cejas y examina a conciencia la incisión.
—Tienes suerte, no ha llegado al hueso. —Revela indiferente, al tiempo que palpa alrededor del lugar donde se clava la flecha y por detrás de la misma—. Pero habrá que abrir para extraer la punta —y lo veo levantarse para dirigirse a una de las hogueras que los soldados encienden, a cierta distancia de donde nos encontramos.
Me echo hacia atrás, recostando la espalda y la cabeza en el tronco, tomo la botella, sosteniéndola entre mis rodillas para poder sujetarla mientras la descorcho y doy un sorbo largo al fuerte licor, que reseca mi garganta a su paso y abrasa el pecho en su recorrido.
Cierro los ojos ignorando la picazón cada vez más dolorosa y constante y me abandono al sonido lejano del arroyo, concentrándome en su murmullo para no tener que pensar.
Eso es algo que no quiero hacer: pensar. No mientras no tenga una respuesta clara y convincente a lo sucedido. No mientras no pueda explicar el escalofrío desde el cuello hasta las extremidades cuando la he visto avanzar hacia la pelea, no mientras no encuentre el motivo de la desesperación con que he corrido hasta ella, temiendo no llegar a tiempo.
Doy otro trago y el ardor es ahora menor. Mi ritmo cardiaco parece ralentizarse a causa del alcohol y me congratulo por haber podido permanecer impasible frente a todos, pero la realidad es muy distinta y es precisamente ese nudo en las entrañas, esa ansiedad sin causa aparente; la que aguijonea mi mente. La idea de que ella hubiera… Ni tan sólo puedo imaginarlo, sin que el pulso se acelere, sin que mi cuerpo se tense y la mandíbula se apriete involuntariamente. Y tengo la certeza de que toda la ira contenida, las palabras cargadas de desprecio y rencor, iban dirigidas a aplacar la frustración de mis propias emociones. Necesito con urgencia una justificación coherente a la que aferrarme pero no la tengo, así que la ignorancia es la mejor solución que de momento, puedo ofrecer.
Oigo ruido alrededor y abro los párpados con miedo, miedo a que el subconsciente me traicione y los ojos la busquen de nuevo, por suerte, Nappa se encuentra frente a mí y su corpulencia oculta el campamento en su totalidad. Junto a él, un par de soldados han traído agua y están armando una fogata donde calentar el cuchillo.
—Deberías beber un poco más. —Aconseja y llevo el licor a mis labios, paladeándolo. Puedo percibir un resquicio de sorpresa ante mi obediencia y mi visión se oscurece de nuevo.
El susurro del arrollo arrastra cualquier pensamiento, vaciándome por completo.
Los dedos aprietan los bordes de la herida y el siseo del metal al enfriarse me devuelve a la realidad.
—¿Quieres morder alguna cosa? —Pregunta.
Lo miro y niego con la cabeza, apretando con fuerza los dientes y los puños hasta marcar las venas de los brazos y la clavícula. El filo caliente corta la carne con facilidad alrededor de la punta y un hilo de sangre recorre; junto al dolor agudo, mi extremidad hasta la mano donde los nudillos se blanquean por el esfuerzo. Abrasa, aunque no es difícil de soportar, llevo tanto tiempo conviviendo con el dolor físico que el umbral está demasiado alto como para que me afecte. Nappa, tira del vástago con lentitud para evitar que se quiebre y siento la varilla y el metal desgarrar mis músculos en su salida. La sostiene, mirándola hipnotizado cuando la extrae y la deja en el suelo para tomar de una jofaina, un trapo húmedo y templado. Limpia la herida meticulosamente, sin preocuparse por el escozor; asegurándose de no dejar restos en ella y, finalmente, coge unas bandas para vendarme, cuidando sin apretar de juntar los bordes para mantenerla cerrada.
Desde mi posición, puedo observar sus ojos que, sin desatender lo que está haciendo, se clavan inquisitivos en mí. Espera una explicación a mi estúpido comportamiento que no estoy en posición de ofrecerle. La pregunta quema en sus labios, pero sé que no tiene el valor suficiente de hacerla.
—Es un mal menor. —Argumento para mí mismo en un murmullo bajo y él continua como si no le importara—. Esa mujer es la llave que le dará a Freezer la victoria sobre sus enemigos. —Afirmo y dejo de hablar para esbozar una sonrisa sardónica—. ¡¿Sabes que nos hará si nos aparecemos sin ella? —Y el alivio es instantáneo, ahí está por fin el pretexto que acallará mi conciencia, el que he estado buscando con desesperación. Todo se clarifica y el pecho se deshincha y el pulso se normaliza. No voy a cuestionarme si lo creo o no, sencillamente lo acepto con una certeza absoluta.
Respiro y bebo un último trago, disfrutando del calor del licor en mi esófago, liberado por fin de cualquier duda.
Baja los ojos al suelo y ni tan siquiera es consciente de la saña con que aprieta los puños. Supongo que son demasiadas cosas en un solo día, así que, llevo la mano a su hombro y la cierro cariñosamente con el propósito de confortarla. No dice nada y mi posición no me permite ver su rostro, aunque puedo adivinar las invisibles lágrimas de la frustración. Respiro, buscando las palabras, pero para mi desgracia la elocuencia no es mi fuerte, tardaría horas en animarme a decir alguna cosa y al final acabaría metiendo la pata de modo que, ése simple apretón es lo máximo que puedo ofrecer.
De improviso, se deshace de mí con brusquedad, y comienza a caminar rápidamente hacia las carretas.
—¡¿A dónde vas? —Demando en voz alta, un poco confuso por el arrebato. Al parecer no tiene ninguna intención de responderme y continúa su frenética marcha como si no me hubiera oído. La veo alejarse y lo pienso antes decidirme. Cuando se aúpa al carromato y desencadena el caos a su alrededor me dispongo a seguirla, pero Chichi, toma mi brazo impidiéndomelo.
—Es mejor dejarla. —Afirma segura. La miro interrogante y esboza una sonrisa tibia capaz de aliviar al instante la tensión. Giro la cara y observo en la lejanía, como los bultos y paquetes se escampa ya alrededor de Bulma que parece haber enloquecido.
—¡¿Qué crees que está haciendo? —Pregunto alarmado, devolviendo mi atención a Chichi que encoje los hombros, a modo de respuesta.
—Vete a saber. —Murmura, tratando de mantener la calma; lo cual es como mínimo singular viniendo de ella—. Tal vez haya optado por descargar su ira con el equipaje. De todas formas es mejor esperar a que se tranquilice, si le hablas ahora, sólo lograrás enfadarla aún más. —Miro a Bulma que no cesa en su extraño comportamiento y asiento con la cabeza, convencido de que lleva razón.
La presión en mi brazo se afloja y volteo hacia ella; que me suelta segura de que no voy a hacer ninguna tontería. Sus labios fruncen un gesto amable de aprobación y dándome la espalda se dirige a la orilla del arroyo donde se sienta, extendiendo las piernas y recargando su peso en las manos que se posan sobre la hierba. Levanta la cabeza al cielo y cierra los ojos, dejando que los últimos rayos de sol incidan en su rostro. Camino y me dejo caer a su lado, copiando su postura. No se inmuta, no necesita mirarme para saber que soy yo.
Nos mantenemos en silencio un buen rato, disfrutando de la tenue claridad anaranjada que, poco a poco, va sucumbiendo a las sombras de la noche. La luna, apenas visible entre las nubes teñidas por el ocaso, proclama su inminente reinado, frente al astro que desaparece en el horizonte dejando un reguero de luz a su paso. Desvío la vista para observarla, no mueve un solo músculo y se mantiene sumida en sus propios pensamientos. La sangre reseca que marca el contorno de una pequeña brecha en la sien izquierda, seguramente fruto de su caída durante el ataque, llama mi atención. Me incorporo hacia la corriente e introduzco la punta de la amplia manga del kimono en el agua; la escurro y cubro mi mano con la tela acercándome a donde se encuentra. La rozo con suavidad, ella da un pequeño respingo por la sorpresa y abre los ojos clavándolos en los míos. Por un momento, parece cesar en su respiración y sus antebrazos se tensan involuntariamente.
—Te golpeaste al caer. —Explico, mientras continuo limpiando su herida con cuidado. El rubor se arremolina en sus mejillas y define los marcados pómulos, no dice nada pero en mi cercanía, puedo percibir como exhala pesadamente el aire que alcanza mi cara en una caricia invisible. Deja caer los parpados, manteniéndolos cerrados y el corazón da un golpe seco en mi pecho. Me retiro, un tanto descolocado, sentándome de nuevo.
Pienso en lo extraño que resulta su falta de palabras. Chichi, es por naturaleza una persona abierta y jovial, sin embargo, en los últimos días parece haber enmudecido y un velo imperceptible de tristeza empaña permanentemente sus ojos. Creo, al igual que Bulma; cuyo comportamiento también está resultando de lo más inverosímil; se ha visto superada por la situación y me gustaría poder hacer algo para ayudarlas, aunque no se me ocurre qué. No es que a mí no me afecte todo esto, sencillamente, lo acepto porque en mi optimismo, sé que las cosas mejorarán. Aunque en mi fuero interno, me inquieta la certeza de que estoy pasando algo por alto. Las conozco demasiado bien para ignorar esa sensación.
"¡Mujeres!" Me digo. Por mucho tiempo que uno pase a su lado, nunca acaba de comprenderlas.
El sonoro rugido de mis tripas rompe el momento y parece sacar a Chichi de su estado.
—¡Hay alguien que quiere cenar! —Exclama riéndose por lo bajo.
—No hay prisa —Afirmo sonrojándome y de nuevo mi estómago brama hambriento, poco dispuesto a que continúen ignorándolo.
Ella, se incorpora ágilmente dejando escapar una carcajada y sacude las briznas de hierba que han quedado adheridas a su ropa.
—Ve a comer. Yo buscaré a Bulma. —Dice sin dejar de reír. Y el matiz divertido de su voz, hace que recupere en parte la alegría.
La veo alejarse y me levanto animado por la inminente posibilidad de poder cenar alguna cosa. A cierta distancia de donde me encuentro, los criados han improvisado una mesa ante la cual Vegeta y Nappa ya se han sentado. Me dirijo hacia ellos resignado, supongo que puedo aguantar alguna que otra mirada asesina, todo sea por probar un poco de ese guiso; cuyo aroma invade mis fosas nasales haciéndome la boca agua. Y el rugido es ahora que el olor excita mis jugos gástricos, atronador.
—Hola. —Saludo, sentándome tan retirado de ellos como la escasa amplitud me permite. Evidentemente no obtengo respuesta alguna, sólo dos pares de ojos que se clavan desdeñosos. Tampoco entiendo la necesidad de ser maleducado y apunto estoy de hacer un reproche cuando un delicioso platillo es plantado enfrente de mí, haciéndome olvidar al instante, cualquier cosa que me distraiga de saborearlo.
Tan absorto estoy en la comida, que no me percato de la llegada de Bulma, hasta que oigo su voz.
—¡Tenemos que ir tras los ladrones! —Exclama y la cucharada se atora en mi gaznate, atragantándome. Busco la copa y bebo sin dejar de toser.
"¡Confirmado, ha perdido completamente el juicio!"
Recupero la compostura y la observo plantada a mi lado con Chichi; un tanto nerviosa a su espalda, no es a mí a quién mira sino a Vegeta, que parece ignorarla, aunque desde mi posición percibo la fuerza con que aprieta los cubiertos y eso no es una buena señal.
—¡Por supuesto! En cuanto acabemos de cenar enviaré algunos hombres a buscarlos. —Es Nappa quién contesta, burlonamente y con cierta irritación.
Ella hace caso omiso de sus palabras y continúa con la vista fija en el príncipe.
—¡No es ninguna broma! Tenemos que ir tras ello. —Su tono es demasiado imperativo, casi podría decirse que está dando una orden y el ceño del príncipe se frunce en una mueca horrible, apunto ya de partir el tenedor que sostiene.
—Bulma… —Susurro en un intento de aplacar la tormenta que estoy seguro se nos viene encima y desvía momentáneamente su atención a mí, advirtiéndome de que no debo abrir la boca, para devolverla al frente.
Vegeta alza al fin los ojos y la mira intensamente, fulminándola. Las venas se marcan en su sien y aprecio el ligero temblor a consecuencia de la rabia, pero no dice nada.
—Se han llevado algo que necesito recuperar. —Revela sin dejarse intimidar. La inflexión de su voz es quizás más cordial pues ha conseguido ser escuchada. Todos quedamos expectantes, a la espera de que continué hablando. No lo hace.
—Bulma… —Vuelvo a probar hacerla entrar en razón. Ni tan siquiera se molesta en callarme. Es como si no estuviéramos allí, sabe que si aparta la vista perderá la batalla, algo que, claramente, no está dispuesta a permitir—… tal vez si nos dijeras de qué se trata —la animo. Voltea la cara aturdida y en su iris titila por un instante la duda.
—No… No puedo decírtelo. —Confiesa apesadumbrada y devuelve la vista a Vegeta, que ladea los labios en un gesto de superioridad.
—¡En ese caso no debe ser tan importante! —Escupe autosuficiente, para volver a ignorarla y centrarse en la comida.
Las pupilas se dilatan cubriendo el azul en su totalidad, cierra los puños con demasiada fuerza y el pulso late en su cuello a través de la piel.
—He dicho… —Vocaliza, marcando cada una de las sílabas en un tono alto e impertinente—. ¡Qué tenemos que ir tras ellos! —Y ahora, sí es una orden que acompaña con un golpe seco en la mesa.
Él suelta el tenedor sonoramente sobre el plato y los dientes castañean por la presión de la mandíbula. Instintivamente llevo la mano a la espada, al ver el deje de locura con que la enfrenta. Respira sonoramente, como si le faltará el aire y parpadea en un esfuerzo titánico por calmar su acceso de rabia.
—¡Y yo digo que no! —Grita fuera de sí, perdiendo cualquier control. Aferro la empuñadura por debajo de la mesa, seguro que de un momento a otro le saltará encima. La cara desencajada de Nappa no me ayuda demasiado, a recuperar la confianza—. ¡¿No has tenido bastante con lo sucedido esta tarde? Tu estupidez ya me ha costado una herida —y las voces siguen atronando nuestros oídos—. Me da igual lo que quieras. Me da igual lo que se hayan llevado, mientras no lo necesite para llegar a Shakkotsu y a partir de ahora, no vuelvas a dirigirte a mí. ¡Ninguno! —Matiza mirándonos directamente a los tres—. Eres vulgar y me provocas dolor de cabeza. Te detesto, no te soporto. Así que harás lo que yo te diga y cuando yo lo diga. ¡Todos haréis lo que yo diga! Porque si no... —El tono muta a una amenaza baja y peligrosa—…y a pesar de Lord Freezer me encargaré de silenciaros yo mismo.
Bulma, lo observa estupefacta y dolida. Se ha quedado muda y deja de mirarlo para buscarme suplicante.
—Goku… —Susurra, pidiendo una ayuda que no puedo brindarle, no ha hecho más que provocarlo. No tenía porque ponerse así y desde luego se ha excedido, pero en parte lleva razón. Ir tras los asaltantes es una insensatez.
—Es mejor dejar las cosas como están. —Sentencio por lo bajo, muy a mi pesar y la triunfal y descarada sonrisa que esboza Vegeta, al otro lado de la mesa, me quema en las entrañas, pero peor que eso es la decepción que ella dibuja en su rostro. Aprieta los ojos impotentes conteniendo las lágrimas y me da la espalda, alejándose sin tan siquiera contestar.
—Ya se le pasará. —Murmura Chichi, sentándose al lado mío.
—Supongo. —Contesto, encogiéndome de hombros y llevando de nuevo la cuchara a la boca. Por alguna extraña razón, el antes sabroso guiso me resulta insípido, pero lo como porque a pesar de todo, el hambre no ha desaparecido.
"¡¿Cómo he podido ser tan inconsciente?" Me reprocho una vez más mientras me acurruco entre las mantas. "¡Maldita la hora en que se me ocurrió guardarla con el equipaje!" Reniego, castigándome a mí misma y luego esos saiyajins del diablo, prepotentes, arrogantes, cretinos, petulantes… "Los detesto. ¡Incluso a Goku!" Y una punzada de arrepentimiento se clava en mí por éste último pensamiento. Al fin y al cabo, no es culpa suya que yo decidiera guardar la dichosa espada en unos de mis baúles, justo él que los ladrones han decidido llevarse, justo él que tengo que recuperar cueste lo que cueste y por lo visto va a costarme mucho, ya que todos han decidido ignorarme. "¡Imbéciles!" Sobre todo ese príncipe de tres al cuarto.
"… Harás lo que yo te diga y cuando yo lo diga…" Reproduzco en silencio, imitando sus palabras con retintín. "¡Ja! Como si él pudiera ordenarme algo." Y de repente, su desprecio forma un apretado nudo que cierra mi garganta…"Tu estupidez ya me ha costado una herida." Y la imagen de su brazo cayendo muerto a lo largo del cuerpo borra de improviso el rencor.
"Eres vulgar y me provocas dolor de cabeza. Te detesto, no te soporto…" Sin entender el porqué siento unas ganas inmensas de llorar y mis ojos se aguan, forzándome a cerrarlos con rabia para no dejar escapar las lágrimas.
¡Lo odio! ¡Lo odio con todas mis fuerzas! Me digo luchando por contener el llanto. Tengo que calmarme para no echarlo todo a perder y libero mi mente. Por un rato, intento no pensar en nada, concentrándome en los sonidos que se perciben fuera de la tienda. El susurro del viento, algún que otro relinche nervioso de los caballos y el runrún de las conversaciones y las risas que poco a poco van cesando.
El tiempo pasa despacio, ahogo los bostezos y el sueño parece querer vencerme, así que me entretengo en repasar mi plan que, básicamente, consiste en salir sin ser vista del campamento llevándome a Zuki; montar cuando me encuentre a la suficiente distancia, llegar hasta los asaltantes, que probablemente no andan lejos, recuperar la dichosa espada y volver antes de que nadie se percate. ¡Sencillo y eficaz!
A favor, el abundante licor que me he encargado de repartir entre los soldados, en contra, bueno, en los contra prefiero no pensar.
Finalmente parece que todo se queda en silencio, llegando sólo a mis oídos los ruidos característicos y nada halagüeños de la noche.
Espero un poco más, hasta estar segura de que no haya nadie despierto. La respiración pausada de Chichi que ha dejado de moverse, me indica que duerme ya a mi lado y me levanto sigilosa, hecha un manojo de nervios. El corazón late desbocado, como si de un momento a otro fuera a atravesar las costillas. Me felicito por haber tenido la precaución de acostarme ya vestida y con los zapatos puestos. Ha resultado de lo más incomodo pero ha valido la pena. Con cautela camino hasta la entrada.
—¿Bulma? —Cierro lo ojos al escucharla y aspiro una buena bocanada de aire antes de girarme.
—Shisss… —La silencio llevando el dedo índice a los labios—. ¡Vuelve a dormite, Chichi!
Ella parpadea varias veces, se estira y se incorpora perezosa.
—¿A dónde vas? —Pregunta, más por inercia que por interés, en un tono somnoliento que se me antoja demasiado alto.
—Baja la voz. —Susurro, inquieta y temerosa de que alguien pueda oírla—. No tengo sueño, así que voy a salir un rato. —Miento, rogando porque se encuentre lo suficientemente dormida como para no percatarse de ello.
Me mira sin ninguna expresión concreta. Creo que busca hilvanar mi respuesta en su todavía espesa mente y lo mejor es no darle tiempo para pensar, así que me apresuro a salir.
—No estarás pensando ir tras los asaltantes. ¿Verdad? —Demasiado tarde, ya ha reaccionado. Mi mirada lo dice todo—. ¡¿Te has vuelto… —Y me abalanzo sobre ella, tapando su boca para silenciar el grito que está a punto de proferir. Sentada al borde de la improvisada cama, la enfrento directamente a modo de advertencia y retiro la mano con cierta reserva—… completamente loca? —sisea escandalizada.
—No lo entiendes ¡Tengo que recuperar lo que se han llevado! —Explico con desesperación—. Hay demasiado en juego. Mi futuro, nuestro futuro.
—¡Entonces pide a Goku que te ayude! Él… —Su fe inquebrantable en ese hombre, acaba por irritarme.
—¡Ya lo hice y no quiso escucharme! —Atajo, silenciando el grito que estoy deseando dar. Ella me mira directamente, turbada por el deje de rencor que se vislumbra en mis palabras. Tengo que serenarme, enfadarme con Chichi es lo último que necesito en estos momentos. ¡Si tan sólo lograra que me entendiera! Tomo con fuerza su mano y clavo mis ojos en los suyos dejando que la súplica centelle en ellos—. Chichi, dijiste que eras mi mejor amiga, dijiste que me ayudarías. Entonces hazlo. ¡Ayúdame!
Sé que la estoy poniendo en una situación difícil y su frente se arruga tratando de decidir que camino de la encrucijada debe tomar.
—Por favor. —Susurro y aprieto su mano un poco más.
Estudia mi rostro, que supongo es una amalgama de todo lo que siento, con detenimiento y lo piensa.
—Está bien. —Declara, al fin, asintiendo levemente con la cabeza no muy segura.
La abrazo espontánea presa de la emoción y deposito un beso en su mejilla. Me levanto dirigiéndome con rapidez a la salida pero recapacito y me volteo antes de salir.
—Chichi… —ella está aún sentada, con la mirada perdida entre las dudas que le asaltan. Convenciéndose de que ha tomado la decisión correcta. Me atiende expectante, con la esperanza de que haya cambiado de idea—. Si no he vuelto al amanecer, dile a Goku que fui a buscar la espada. —Enarca una de sus cejas, dejando entrever la sorpresa—. Él lo entenderá —y dándole la espalda retiro la cortina que hace las veces de puerta para dejarla caer tras de mí.
"Las agonías no me abandonan;
No le pregunto cómo se siente al hombre herido, yo mismo
soy, ese hombre herido."
(Hojas de Hierba. Walt Whitman)
Vale, de acuerdo, tengo que reconocerlo, un capítulo de escaso interés que espero podáis perdonarme. Lo pensé mucho antes de actualizar, pero es que estoy teniendo serios problemas de concentración con esta historia.
Gracias a los lectores anónimos. Gracias a Midory por betear este capítulo y esperar, pacientemente, a que los nubarrones desaparezcan. Gracias a Sakura-dono y a Marby18 por sus reviews. A la primera no pude contestarle pero quiero decirle, que yo también deseo llegar a la parte de los besos (me gusta esa parte) y puedo asegurarte que la hay ¿Cuándo? Pronto
Sé que este fic va lento, muy lento, incluso mi querida Midory lo dice. Pensé en precipitar un poco las cosas pero he decidido ceñirme a la historia tal y como la imaginé en un principio porque, independientemente de que guste más o menos o me desvele de madrugada tratando de escribir, sin éxito, algo decente y piense en mandarlo todo a hacer puñetas; estoy disfrutando como nunca.
Audentes fortuna iuvat (La fortuna sonríe a los osados) dijo Virgilio. El hecho de que sigáis leyéndome demuestra vuestra valentía, así que ya sabéis, esta semana, esperad el guiño de la buena suerte.
…Nos leemos pronto… o no…
