Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé

CAP IX: UNA MONEDA DE DOBLE CARA

A la luz de los candelabros, los humeantes platillos inundan el ambiente de sabrosas tonalidades y suculentos olores. Arroces especiados, tallarines finos acompañados de pequeñas albóndigas y verduras, bolas de pollo frito, cerdo agridulce y ternera Kombao. El pato, con su perfume inconfundible de naranja; y el bambú, indispensable en una buena mesa. Sopa de nidos de golondrina y rollitos de primavera bañados en salsa de soja. Todo un festín para los sentidos. Paso los ojos por cada uno de los manjares y se me hace la boca agua decidiendo, cuál sucumbirá primero a mi insaciable apetito.

—Goku. —Oigo a mí alrededor y vuelvo la cara de un lado a otro confundido. Nadie. El suelo comienza a moverse y la mesa se tambalea mientras las viandas saltan peligrosamente sobre el mantel.

¡¿Qué diablos está pasando?! Me pregunto alarmado y la velocidad del movimiento aumenta, volcando estrepitosamente los platos delante de mis narices.

—Goku. —Oigo otra vez, en la que sin lugar a dudas, es una voz conocida.

—¿Chichi? —Interrogo confuso y paso la vista por la habitación, tratando de localizarla. Para mi sorpresa la comida comienza desdibujarse ante mí y alargo la mano, en un gesto desesperado por salvar, al menos, las galletitas de la suerte.

—¡Goku, despierta! —Y las sacudidas se intensifican trayéndome de vuelta a la realidad.

Parpadeo hasta que no queda rastro del banquete, frunzo una mueca de disgusto y reacciono al fin, estirándome para desentumecer el cuerpo y sacarlo del influjo del delicioso sueño.

—¿Qué es lo que pasa? —Contesto desilusionado entre bostezos, al tiempo que, me recuesto en la almohada. Ella no dice nada y se queda mirándome. Al estar aún alelado no me doy cuenta enseguida de que algo no anda bien. La falta de palabras resulta extraña, pero el jugueteo de sus dedos no deja lugar para la duda. Está alterada. Cuando me percato de ello arrugo la frente, preocupado—. ¿Chichi? —la llamo obviando el resto de la pregunta. Se yergue despacio junto al filo de la cama, donde se encuentra de cuclillas, y da un paso atrás.

—Es Bulma. —Dice en voz baja y con la vista puesta en el suelo mientras enlaza de nuevo los dedos que no se quedan quietos. Debí haber supuesto desde el principio que se trataba de ella. Esbozo una sonrisa tierna.

—¿Os habéis peleado? —Aventuro conocedor del temperamento que ambas se gastan. Niega con la cabeza que continúa gacha y alza los ojos clavándolos en mí. Brillan con tanta angustia que el corazón da un vuelco repentino ante la inminente mala noticia.

—Se ha marchado. —Contesta en apenas un susurro audible.

—¡¿Cómo que se ha marchado?! —Exclamo dando un respingo en la cama, e incorporándome por completo de un salto—. ¿A dónde? ¿Cuándo? —La increpo sobresaltado, sin acabar de asimilar sus palabras.

Vuelve a mirar al suelo y parece querer, como los caracoles, esconderse en su concha.

—Anoche. —Confiesa demasiado bajo—. "Dile a Goku que fui a buscar la espada" —anuncia mecánicamente y su tono se torna grave y tembloroso, indicándome que está al borde del llanto—. Eso fue lo que dijo.

A pesar del sueño y el hambre que todavía nublan mi estado de ánimo, al momento lo entiendo todo. La discusión durante la cena, la importancia de ir tras los asaltantes, su enfado. ¡Todo! El remordimiento me obliga a reaccionar y mis relajados músculos se tensan con brusquedad. No debí ignorar su súplica para ponerme del lado de Vegeta y lo que es aún peor; ¡Soy un imbécil por pensar que Bulma lo dejaría pasar! ¿Cuando ha aceptado Bulma Briefs un: no, por respuesta?

—¿Hace cuanto que se ha ido? —Interrogo crispado, tratando de obtener más información. Chichi, levanta la vista. Sus mejillas enrojecen de repente y parece confusa. Tardo en percatarme de que, al saltar de la cama, he quedado desnudo de cintura para arriba, el calor sube hasta colorear mis orejas y tomo torpemente la camisa para cubrirme. Ella se gira aturdida.

—Hace unas cuatro horas. —Responde de espaldas a mí.

Bufo exasperado. ¡Cuatro horas! Puede haberle pasado cualquier cosa durante ese tiempo. Desde luego estas mujeres acabarán por volverme loco. La indignación empaña cualquier otra emoción. ¿A quién se le ocurre largarse así?

—¡¿Y se puede saber porque no has venido a decirme nada hasta ahora?! —La reprendo enfadado, pasando las mangas antes de quedar atascado tratando de ubicar el agujero por donde debe entrar la cabeza—. Soif unas irresponsablef. —Voceo contra la tela, dando tirones en mi afán de localizar el maldito hueco—. Podía efperar algo así de Bulfma… —y la luz se hace de pronto junto a la entrada de aire en mis pulmones— …pero no de ti. ¡¿Cómo se te ocurre dejarla ir?! —Concluyo con acritud, acomodando la dichosa camisa. La encaro y la sorpresa es mayúscula. Me mira con rabia contenida.

—¡Ah, no! —Articula moviendo con energía la cabeza a modo de negación—. Ni se te ocurra echarme la culpa. —Dice elevando el tono, mientras se aproxima—. No fui yo la que decidió ignorarla anoche ¿Recuerdas? —El reproche va acompañado de su dedo índice clavándose, repetidas veces, en mi pecho—. ¿Cómo pretendes que se lo impidiera? Te pidió ayuda y no se la prestaste, así que ahora apechuga con las consecuencias.

Esto es francamente increíble, claro, como no. ¡Bulma se marcha a saber donde! Culpa mía. ¡Chichi tarda varias horas en advertirme! Culpa mía. Al final acabo siendo el responsable de todo. No sé de qué me extraño, las cosas siempre han sido así. Ellas haciendo y deshaciendo y yo acoquinando con los resultados.

—Supongo que eso no tiene importancia ahora. —Admito resignado, consciente que de poco me va a servir tratar de defenderme, a lo sumo para salir peor parado. Deja de martillearme y el gesto de satisfacción que luce, muta con rapidez en uno que roza la angustia.

—¡Tienes que encontrarla! —Ruega al darse cuenta de que discutir no nos ayudará—. Si le ha pasado algo… —y su voz se quiebra al tiempo que baja la vista al suelo de nuevo.

La miro compresivo y pongo la mano en su barbilla para obligarla a enfrentarme. Asiento con la cabeza y bosquejo una sonrisa tímida para tratar de reconfortarla. Ella intenta devolvérmela pero sus labios se fruncen con amargura.

Salimos de la tienda y caminamos con prisa y en silencio hasta los caballos. Un temor opresivo se anuda en el pecho, en estos momentos empiezo a ser consciente de la gravedad de la situación. La idea de que pueda encontrarse en peligro me resulta intolerable y los nervios comienzan a superarme. Con ademanes rudos ensillo mi montura y pongo el pie en el estribo para auparme.

—¿A donde se supone que vas? —Preguntan con ironía y bastante mala leche a mi espalda. Me acomodo en la silla y vuelvo la cabeza. ¡Lo que me faltaba! Vegeta se encuentra plantado justo a mi espalda, con los brazos cruzados sobre el pecho y cara de pocos amigos.

—¡Voy a buscar a Bulma! —Revelo con fingida calma, como si fuera la cosa más normal del mundo. Devuelvo la vista a Chichi que se encuentra paralizada a mi lado y asiento esbozando una mueca de confianza—. La traeré sana y salva. —Murmuro sólo para ella y espoleo el caballo que sale al trote.

Apenas llevo diez minutos cabalgando, cuando el príncipe de los saiyajins se sitúa a uno de mis costados. Sabía que Chichi le daría una explicación y esperaba su aparición. Me preparo para una retahíla de insultos, amenazas y quizás algún que otro intento de detenerme. Antes, lo he ignorado a conciencia y tengo la intención de volver a hacerlo. Lo único que me preocupa en estos momentos es encontrar a Bulma y que no le haya pasado nada. Si para ello tengo que pasar por encima de Vegeta, que así sea.

Para mi sorpresa no dice nada y se mantiene galopando a mi lado, en silencio, con el gesto grave y la mirada perdida al frente.


Las nubes ocultan la salida inminente del sol y una claridad grisácea y fría, presagio de lo que será una mañana lluviosa, se abre paso en la oscuridad. La compacta masa boscosa del antiguo Maborishi no Hayashi, a orillas del cual galopo hace rato, se dibuja a través de la niebla densa que se enreda entre la vegetación. Nunca había estado tan cerca del bosque legendario que cubre casi un tercio de las tierras bajas, extendiéndose desde Chykiyuu a Hyogen, hasta rozar los desiertos de Namekusei y atravesando las elevadas cordilleras para llegar a las tierras de Plant.

Los árboles, de más de veinte metros, se yerguen orgullosos, sabedores del temor que suscitan, meciendo a modo de advertencia sus ahora peladas copas. Las ramas se enlazan en las alturas como una tela de araña, tejida para atrapar la luz que se pierde con la bruma y sobre la corteza resquebrajada, el liquen tiñe de amarillo, rojo y ocre los troncos centenarios de raíces retorcidas y circunferencias imposibles.

Muchas son las historias que circulan sobre su espesura y pocos los que se atreven a penetrar en ella para desaparecer, devorados por su negra leyenda. Dicen, que eran los saiyajins los guardianes del bosque, los que conocían sus secretos y caminos, los únicos que osaban adentrarse en él y atravesarShuradou; la garganta donde el Antei se hunde en la montaña para discurrir bajo ella y aparecer al otro lado, ya en las tierras bajas, formando un gran lago entre los árboles. Pero yo sé, al menos de un hombre que recorrió en la juventud sus senderos intransitables, un hombre de pasado oscuro que, incluso, llego a vivir unos meses arropado por el sonido que nace entre la maleza. Ése rumor confuso y sordo que brota de sus verdes entrañas y reverbera en mis oídos.

Es la voz de Maborishi capaz, como el canto de las sirenas, de atrapar a sus victimas.

Azuzo a Zuki para aumentar el trote mientras un escalofrío recorre mi espalda. La tentación de perderme entre las frondosas tinieblas y dejar todo atrás: la guerra, Shakkotsu, Lord Freezer, es demasiado sugestiva.

Olvidarme de todo y de todos y caminar hasta desaparecer engullida por la arboleda.

Me aferro con fuerza a las bridas tratando de no sucumbir al hechizo y distraigo mi mente de estos pensamientos. Llevo horas cabalgando y a estas alturas, el brillante plan de volver al campamento sin que nadie se haya percatado de mi ausencia hace aguas por todas partes. Cuando fragüé mi estrategia, nunca supuse que resultaría tan difícil. Meditando sobre ello me doy cuenta de que he sido una ilusa.

—"¡¿Cómo pudiste siquiera imaginar que iba a salir bien?!" —Me pregunto un tanto irritada; dándome cuenta de que la frustración y la rabia han menguado mi habitual capacidad de raciocinio, porque si me hubiera detenido a reflexionar sobre ello, lo sensato y lo inteligente hubiera sido buscar la manera de convencer a Goku.

¡Pero no! Yo tenía que hacer un drama de todo, tenía que dejar que el orgullo se impusiera, una vez más, a la prudencia, por algo soy: Bulma Briefs.

—"Pues bien Bulma Briefs, vete buscando una bonita excusa para tu regreso, porque algo me dice que no te van a recibir con los brazos abiertos." —Me digo en un silencioso reproche cargado de ironía. Bueno, quizás Goku y Chichi muestren cierta alegría por mi vuelta, pero ése príncipe amargado montará un escándalo con toda seguridad; capaz de ahogarme con sus propias manos. Eso si logro encontrar el camino al campamento, que creo no resultará fácil.

Suspiro resignada, me ocuparé de ello llegado el momento. Ahora, lo importante es recuperar la dichosa espada, totalmente convencida ya de que debí dejarla en: Chikyuu. ¡Fue una locura traerla conmigo!

La desesperación me recorre hasta formar un nudo apretado en la garganta. Sí el rumor de que existe un metal más tenaz y ligero que el acero llegara a mi futuro y "adorado" esposo, ¡todo estaría perdido! ¡No puedo ni imaginar las consecuencias! Sin importar la destreza en su manejo, el peso de las armas haría a sus mercenarios mucho más rápidos y ágiles y el doble de resistentes. Su ejército sería prácticamente indestructible y todo lo que conozco, y lo que no conozco, perecería asfixiado a sus pies. Sometido a los caprichos crueles del déspota que reina sobre Hyogen.

Esa espada representa quizás, la última esperanza para mi pueblo, la última posibilidad de libertad, el milagro que estábamos esperando y yo, he dejado que me la roben como si se tratará de una banal bagatela, así qué, lo último que me preocupa son las consecuencias de mi escapada. Enmendar el resultado de mi estupidez, eso es lo que verdaderamente importa.

El relinche de un caballo en la niebla me advierte de una presencia cercana. No son jinetes, pues hasta mí no llega el sonido de los cascos sobre el camino. Al parecer la suerte se ha decidido a dar la cara, o mucho me equivoco, o he hallado al fin a los asaltantes. Detengo a Zuki y descabalgo a desgana. El miedo atenaza y entumece los músculos e inhalo pesadamente, infundiendo aire a mis pulmones y valor a mi dudoso espíritu.

—"Vamos Bulma…" —me animo—. "¡No vas a echarte atrás precisamente ahora!"

La calima que cubre el ambiente dificulta la visión, pero a su vez, es la mejor protección que podría encontrar. Me escudo en la bruma para arrastrarme con cautela. La escarcha sobre la pradera moja mis ropas y el frío traspasa la tela del kimono, a pesar de ello, un calor sofocante, consecuencia de la tensión, hace que mi piel transpire.

Agazapada, trato de adivinar las siluetas de los ladrones, entre los bultos desdibujados que se escampan alrededor de los restos humeantes de las hogueras. Todos parecen disfrutar del abrazo de Morfeo después de una noche de celebración por el escaso botín incautado.

Angosto los ojos y recorro los alrededores, para reconocer entre las sombras lo que busco. Más que ver, acierto a descubrirlo en un montón cercano a donde se encuentran los caballos y repto sobre el suelo; impulsándome con los antebrazos, para aproximarme.

Contengo la respiración cuando mi serpenteo, me lleva demasiado cerca, de uno de los hombres. Un relinche rompe el silencio y el corazón se detiene. Literalmente deja de latir por unos instantes al ver como su cuerpo se remueve protestando en sueños. Me freno en seco y aprieto los parpados; estrujando con fuerza la hierba, rogando porque no se despierte. Los segundos transcurren eternos pero no pasa nada y cesa en su incoherente parloteo para soltar un hondo ronquido. Expulso despacio el aire contenido y continúo en mi peregrinar silencioso, a través del campamento. Por suerte para mí, no he errado al suponer que entre la masa informe de fardos se encuentra el baúl.

Me arrodillo frente a él y sonrío aliviada al comprobarlo cerrado. Las monturas se agitan inquietas ante mi presencia y giro, nerviosa, la cabeza alrededor cerciorándome de que nadie se haya percatado de la misma. Abro con cuidado el cofre y rebusco entre las ropas para palpar algo rígido al fondo, los dedos se cierran y asido por la funda, extraigo el objeto de mis desvelos.

Una mueca de satisfacción curva mis labios. Bien, puede que mi plan no fuera perfecto, pero sin duda ha funcionado y eso es lo que importa.

Todo sucede con rapidez. Tan absorta estoy en mis pensamientos que no puedo reaccionar al sentir dos brazos envolviéndome por la espalda que se cruzan, rudamente, sobre mi pecho al tiempo que mis pies dejan el suelo.

—¡¿Quién diablos eres tú?! —Y su aliento tibio y asqueroso golpea mi rostro a la altura de la oreja, perforándome el tímpano con su alarido.


El gusano de la cólera se arrastra en mi interior, carcomiendo todo a su paso. Agujerea mi estomago y sube por la traquea hasta alojarse en la garganta para anidar allí. El martilleo incesante de la sangre presionando el cráneo, me hace ver a través de un velo rojo de indignación y mis músculos se estiran haciéndome pensar que se romperán, fruto de la tensión.

Espoleo a Yasha con furia; en mi afán de ir aún más deprisa, como si necesitara sentir el azote enérgico del viento que corta mi cara, como si la fuerza de éste pudiera acallar esa alarma centelleante que golpea implacable mis sienes. Y por primera vez, desearía no tener esta fe ciega en mi sexto sentido.

Algo no anda bien, lo sé, lo presiento y me desespero.

—"¡Al diablo con la maldita mujer! Prefiero mil veces sufrir la ira de Freezer a tener que pasar por esto." —Y perjuro que cuando la encuentre, la desollaré viva por haber osado desafiarme—. "Eso si es que los ladrones no me han ahorrado el trabajo…" —En un acto reflejo pico de nuevo con las espuelas inclinándome hacia delante para aumentar la velocidad—. "Si le han puesto un solo dedo encima, yo…" —Ahí el curso normal de mis racionamientos se detiene, incapaz de completar la idea. Impactado por la contundente e inminente traición del subconsciente a mi pensamiento. Una infamia que trato de borrar repitiéndome en silencio que no me importa. ¡Nada me importa! Yo soy: el príncipe de los saiyajins y ella… Y de nuevo una pausa que me llena de esa extraña mezcla de ira y ansiedad, con la que convivo hace dos días—. "¡Ella no es más que una insignificante y vulgar mujer, que pagará cara su desobediencia!"

Miro a Kakarotto que galopa muy cerca de mí; tratando de mantener el ritmo. Su semblante, concentrado en el camino, es una alegoría de la preocupación más profunda y no puedo evitar preguntarme, si mi rostro también ha dibujado en algún momento ésa expresión.

Me asquea sólo imaginarlo pero, la sorpresa es mayúscula cuando me doy cuenta del mohín que tengo que forzar en mis labios.

Un vacío amargo se hace en el pecho y la incertidumbre se retuerce en el hueco. Todo carece de sentido, al menos de ese sentido práctico que me ha permitido sobrevivir hasta ahora. Ni sentimientos, ni emociones, esa es la realidad que conozco, la única que quiero que exista, ¡la que debo mantener por encima de todo! Creo que el problema radica en la obsesión. Una obsesión, de seguro provocada por mi odio y sus continuos ataques a mi orgullo, que no tiene ninguna lógica pero ofusca por completo la mente. Si es así, y no albergo duda alguna de que lo es, en unos días seré libre y todo esto, ni siquiera tendrá la entidad de un recuerdo.

El sonido de unos cascos me hace tirar de las bridas para detenerme, al parecer el inútil también los ha oído pues lo veo arquear la cintura para frenar su montura.

De entre la niebla, mucho más ligera que hace un rato, surge lento un corcel tordo, de fondo blanco e inconfundibles crines plateadas.

—¡Zuki! —Exclama mi acompañante con cierta alarma.

Endurezco mis facciones para recibirla, convenientemente, cuando se persone tras su caballo y hago repaso de cada una de las dolientes e insultantes frases que voy a proferir. Pasados unos segundos tengo la certeza de que no va a aparecer. Mi invisible sirena mental se pone en marcha de nuevo, perforándome el cerebro con su cadente advertencia. La respiración se detiene y me vuelvo a Kakarotto cuyas pupilas se dilatan por la angustia y la rabia. Angosto los ojos hasta convertirlos en sendas rendijas desde las que lo observo.

Por nada del mundo dejaría que leyera en ellos lo mismo que él está sintiendo. Azuzo violentamente a Yasha, que retoma su galope frenético y desesperado.

—¡Vegeta! —Grita a mi espalda. No lo escucho, tan sólo aferro con fuerza las riendas y avivo la marcha.


Dejo caer la espada y me revuelvo furiosa, pateando inútilmente el aire en un intento vano de librarme del abrazo de mi captor. Éste, aprieta aún mas su agarre y las costillas se clavan en mi pecho.

—Tranquila, fiera. —Profiere socarronamente—. ¡Mirad lo que he encontrado tratando de robarnos! —Grita entre risas a sus compinches que, sobre el suelo, empiezan a desperezarse por el ruido, restregándose los ojos y emitiendo sonoros bostezos.

—"Veremos si te ríes ahora." —Pienso, al tiempo que, inclino la cabeza para clavar los dientes en sus manos que me ciñen como garras. Suelta un alarido y se escuchan algunas carcajadas estridentes.

—¡Al parecer no le gustas demasiado! —Percibo con burla entre las risas que se multiplican por el comentario.

Saca uno de sus brazos para sujetarme del pelo a la altura de la nuca y tira con fuerza, obligándome a abandonar mi mordisco y ladear la cabeza hacia su hombro, tratando de aplacar el dolor.

—¡Te vas a enterar, perra! —Y su nauseabundo aliento acaricia mi mejilla.

Respiro profundamente y en un intento desesperado introduzco una de mis piernas entre las suyas, que se encuentran entreabiertas; con toda la energía que soy capaz de reunir, pateo arriba para golpear donde es más vulnerable. El resultado es inmediato y cae de rodillas, soltándome, mientras se queja lastimosamente. Ni siquiera me entretengo en comprobar el efecto de mí agresión, por el rabillo del ojo vislumbro las siluetas incorporándose, tomo la espada y hecho a correr a lo loco; tan deprisa como las piernas me permiten.

—¡¿A dónde crees que vas, zorra?! —Oigo cerca de mi espalda y las zancadas se tornan mucho más frenéticas, auspiciadas por la descarga de adrenalina que la sensación de peligro inyecta a cada una de mis células. Huir, escapar sin importar a donde, alejarme de ellos tanto como sea posible, eso es lo único que mi cerebro registra.

Uno de los perseguidores, se lanza a mis píes haciéndome trastabillar y caer, aprisiona el tobillo y lo pateo con furia, arañando con las uñas el suelo, tratando de arrastrarme hacia delante, gritando y sollozando presa del pánico. Golpeo ciegamente, con saña, con la fuerza inhumana que da el miedo hasta lograr que me suelte. El corazón, late desaforado y lo noto en la garganta. Me ayudo de las manos para intentar levantarme, resbalo y caigo de nuevo y me vuelvo a levantar para salir a la carrera mientras sus dedos se cierran en el aire, a punto de volver a atraparme.

Las lágrimas empañan la visión, pero no importa, ¡nada importa! Y continúo, horrorizada, corriendo entre los árboles, sin dirección, sin intención de parar, presa de la locura, enajenada por el terror. Las voces han dejado de oírse y yo sigo corriendo, tropezando con las raíces que sobresalen de la tierra cubierta de hojas y vegetación. Inhalando por la boca y esquivando los troncos entre la niebla.

Evadirme, desaparecer, escapar; todo es demasiado confuso.

El intenso dolor en el abdomen ralentiza la marcha y aún así no me detengo, aunque ésta se hace mucho más torpe y dificultosa. Trato de contenerlo llevando mis manos al costado. El aire ya no llega a mis pulmones y tan sólo inspiro pequeñas bocanadas de oxigeno que me permitan seguir corriendo. Poco a poco los pasos se tornan pesados y lentos hasta que finalmente, me derrumbo incapaz de continuar. De rodillas, con las palmas sobre el suelo y la cabeza gacha. Mareada. Hiperventilo intentando recuperar el aliento y los hipidos del llanto; resuenan ahogando el resto de sonidos. El corazón se contrae y se dilata tan rápido que siento que mi pecho estallará en cualquier momento.

Los minutos, van pasando uno tras otro y yo continúo resollando. Los ojos apretados, la piel húmeda, el calor sofocante y mi lucha por volver a respirar. Miles de minúsculas y delgadas agujas se clavan en los músculos y sé que tengo que estirarlos para mitigar el doloroso espasmo, pero me siento incapaz de hacerlo, porqué el pánico sigue latente en mis sienes, porque no puedo pensar, porque todo lo que quiero es quedarme muy quieta y dejar al tiempo hacer su trabajo.

Noto como el cuerpo se va aflojando, pierde consistencia y comienza a temblar involuntariamente, el pulso recupera su ritmo habitual y el diafragma se relaja, pero no abro los ojos, aún no. Me obligo a mantenerlos cerrados, como si la ausencia de visión pudiera ocultarme y protegerme. Si no ves, no te ven; si no te mueves, no te descubren. Irracional pero eficaz en el intento de serenarme, supongo que la ausencia de voces y pasos ayudan a mi absurdo mecanismo de bloqueo mental.

Los ruidos van tomando forma en mi cerebro que comienza a despertar, abandonando el estado de semiinconsciencia en que ha caído. El silbido de a brisa trayendo sonidos sordos, zumbidos irreconocibles y lejanos y ahogados gemidos.

Enfrento la realidad, entornando los parpados para que mi pupila se acostumbre de nuevo a la luz, mucho más escasa de lo que pensaba. Con la vista fija en el suelo, me descubro sobre un manto blando de hojas en descomposición en las que hundo las palmas para comprobar su resbaladizo tacto. El olor a tierra húmeda y putrefacción invade mi nariz. Alzo la cara a los troncos recios que asoman su negrura entre los líquenes y se entrelazan en la niebla, que comienza a levantarse.

Me incorporo en medio de la selva de árboles donde imperan las sombras. El viento sopla levantando a su paso un remolino de hojas secas y corrompidas y las ramas chocan, golpeándose en las alturas, quebrando el silencio.

Un rumor llega hasta mis oídos, un rumor cargado de ecos ininteligibles. La voz de Maborishi me envuelve en su siniestro abrazo.


Descabalgo y echo a andar con largas y violentas zancadas hasta ellos. La calima se ha disipado dejando ver el cielo plomizo que oculta, bajo nubarrones negros, el sol, solidarizándose con mi espíritu cubierto también de lúgubres y oscuras intenciones. Sin importar el color de la luz cenicienta que nos rodea, el manto escarlata confunde por completo mi visión y un único pensamiento ocupa mi mente, sin dejar un resquicio libre al razonamiento.

Algunos, de la veintena de hombres que se encuentran tranquilamente desayunando alrededor de la hoguera, se levantan alertados por la intrusión. Uno de ellos sale de la nada a mi encuentro, poniéndose en frente para interceptarme.

—¿Qué diablos…? —Desenvaino y giro sobre mí mismo, sesgando el aire con la hoja a la altura de su vientre— ¿… quieres? —concluye la pregunta. Esbozo una sádica sonrisa bajando la vista y él, lleva sus manos al abdomen que se empapan; percatándose, demasiado tarde; de la herida mortal que lo atraviesa de lado a lado y a través de la cual pueden verse los intestinos. Se desploma hacia delante y sigo, imperturbable, caminando hacia el resto.

—¡Maldito cabrón! —Oigo el siseo de las espadas deslizándose fuera de sus fundas y los más rápidos, se abalanzan sobre mí tratando de cortarme el paso. Eso no me detiene. Mi cuerpo reacciona instintivamente, adivinando, en una fracción de segundo, sus movimientos y buscando, con los barridos certeros de mi acero, los puntos que los hacen vulnerables. Blando mi arma mecánicamente de derecha a izquierda, en una danza precisa que detiene cada uno de los envites desesperados y, la mayoría, mal ejecutados de los atacantes, que me rodean tratando de hundir sus filos cortantes en mi carne.

Me sobrepasan en número, pero la burbuja de ira eclosiona y como lava incandescente se desliza, espesa, llevándose con ella toda coherencia, arrasando a su paso lo que encuentra en su camino. Los cadáveres van cayendo, salpicando su sangre que impacta en mi armadura y gotea sobre la pradera, embriagándome con su olor férreo y penetrante que alivia la rabia.

— ¡Espera, Vegeta! —Y la voz de Kakarotto, que al parecer acaba de llegar, se cuela en mis oídos, amortiguada por el zumbido incesante que taladra los tímpanos. No puedo parar, auque quisiera no podría hacerlo, es algo innato, incontrolable. Vencer o morir, no hay nada más. El borde afilado; pasa demasiado cerca, rozando el cuello que ladeo para esquivar la estocada

—¡Si no vas a ayudar, cállate de una jodida vez! —Le grito irritado por haberme hecho bajar la guardia, retrocediendo un paso atrás para interceptar un segundo intento a la altura del pecho.

—¡Así no conseguirás nada! —Clama, adosando su espalda a la mía para cubrirme la retaguardia.

Lo ignoro y avanzo, con la espada extendida que se cuela entre el esfuerzo grotesco de mi rival por salvar la vida. Al parecer, el inútil, se ha decidido a aportar su granito de arena, tal y como anuncia el tintineo metálico que escucho tras de mí. No es que lo necesite, pero en parte todo esto es culpa suya así que, lo mínimo que puede hacer es cerrar la bocaza y colaborar. Las arremetidas se escampan a medida que sus causantes van cediendo al empuje irrefrenable de mi acero.

Con los cinco sentidos puestos en la pelea, avisto una sombra correr hacia los caballos en un intento desesperado por huir. Escurro la daga oculta en la manga del kimono que resbala hasta los dedos, lanzándola con precisión para impactar en uno de sus muslos, asestando en seguida, un mandoble a la derecha que parte el cráneo de mi último adversario.

Recorro con calma la distancia que nos separa, libre ya de cualquier obstáculo. El pobre diablo avanza cojeando, arrastrando pesadamente la pierna en un patético intento de llegar hasta las monturas y dejando un reguero ensangrentado a su paso. Lo empujo furioso sobre la hierba, poniendo mi pie en su espalda, envaino y me inclino para sacar el cuchillo. Lo levanto sujetándolo del pelo y pongo la hoja en su yugular. Él intenta revolverse.

—Yo que tú me estaría quieto. ¡Mi pulso no es demasiado bueno! —Advierto tirando de su cabeza hacia atrás. El tono irónico y burlón de mi voz me anuncia que la orgía de muerte ha servido, al menos, para templar mis destrozados nervios y aplacar, que no eliminar la cólera. Deja de moverse y sus pupilas se dilatan aterrorizadas. Esbozo una sonrisa satisfecha de medio lado. Eso es algo que siempre me ha fascinado, los gestos del miedo, el sudor frío, la rigidez del que se sabe en peligro. Porque cada hombre es diferente a la hora de afrontar el pánico. Algunos convulsionan violentamente, otros palidecen hasta casi trasparentar y los menos, tratan de mantenerse impávidos y arrogantes pero todos, sin excepción, llevan la súplica escrita en sus ojos, todos ruegan a la muerte que pase de largo y no se detenga en su camino—. ¡¿Dónde está la mujer?! —pregunto, hundiendo un poco, el filo que corta parte de la piel. Y éste parece ser de los que tiemblan, pues se agita espasmódicamente mientras trata de balbucear alguna cosa ininteligible que me exaspera—. Tengo poca paciencia y mal oído, así que lo preguntaré de nuevo y esta vez, si aprecias en algo tu vida, procura vocalizar. ¡¿Donde demonios está la mujer?! —Bramo a punto de perder la paciencia.

Kakarotto llega corriendo hasta mí al tiempo que los labios del infeliz se abren en lo que adivino es un esfuerzo penoso de no tartamudear.

—Ma… Ma… Maborishi. —En un primer momento no lo entiendo y me confunden sus palabras, pero cuando mi mente alcanza a comprender su significado; fijo la vista en la espectral formación boscosa que tengo en frente, de la que ni tan siquiera me había percatado, y una mano invisible comprime el estomago.

—¡Vegeta, no! —El puñal secciona el cuello de izquierda a derecha mientras lo suelto con repulsión—. Te ha dicho lo que querías saber. ¡No tenías porque matarlo! —Me reclama enojado, pero no lo escucho, tan sólo mantengo mis ojos clavados en los árboles, hipnotizado por el vaivén de sus ramas meciéndose con el viento.

La estoy oyendo de nuevo.

Él me estudia con curiosidad, tratando de vislumbrar unos pensamientos que no existen pues, al igual que el ambiente que nos rodea, todo se ha vuelto gris y borroso. No hago ningún esfuerzo por salir del trance. No deseo salir.

Silbo y Yasha llega trotando hasta mí. Pongo el pie en el estribo, para darme impulso pero una mano se apoya en mi hombro impidiéndome montar.

—Vuelve al campamento y dile a Nappa que nos veremos al otro lado del Antei. Ordeno haciendo un aspaviento para que me suelte, mientras giro el cuello entornando los parpados a modo de advertencia. Retira su palma con lentitud.

—¿A donde vas? —La pregunta es absurda por lo que no me molesto en contestar y vuelve la cara, siguiendo la dirección de mi mirada. Parece comprender—. ¡Voy contigo! —Dice resueltamente.

—No. —Atajo con acritud y me volteo, enfrentándolo.

—¡¿Crees que te dejaré ir solo a buscar a Bulma?! —Profiere exasperado—. Eso ni lo sueñes. No me fío de ti.

—Bien, yo conozco el bosque y tengo más posibilidades pero si quieres ir tú, por mi no hay problema. —Respondo tranquilamente sin dejar de observarlo.

—¿Y porqué no podemos ir los dos? —Suelta suspicaz.

Resoplo irritado. El imbécil tiene un don para sacar de quicio a cualquiera.

—Porqué uno tiene que volver para avisar a los demás. —Explico en un tono autosuficiente que evidencia su estupidez, aunque parece no percatarse de ello. Frunce el ceño poco convencido y rasca su cabeza simulando pensar, porque desde luego, dudo seriamente de su capacidad para hacerlo—. Lo echaremos a suertes. —Propongo harto del asunto, cuanto antes acabemos con esto, mejor—. Dame una moneda. —Pido y su mandíbula se desencaja por la sorpresa. Lo medita, vacilante, unos segundos y finalmente rebusca en los bolsillos

—Está bien —. Consiente, alargándome una pieza metálica.

—Si sale cara, voy yo. Si sale cruz, vas tú. ¿De acuerdo? —Tarda, pero asiente con la cabeza y ahora parece incluso entusiasmado con el juego. La lanzo al aire, recogiéndola al vuelo y palmeo sobre el reverso de la mano contraria, descubriéndola despacio. Sonrío satisfecho.

—¡Cara! —Exclama y su rostro frunce una mueca desilusionada.

—No hay más que hablar. —Digo tapándola y cambiándola de mano para entregársela. La toma, examinándola poco convencido y la devuelve al bolsillo. Fin del problema—. Ahora, vuelve al campamento. —Exijo, dándole la espalda para montar y acomodarme en la silla.

Me mira receloso antes de partir y angosta los ojos con desconfianza.

—Si le haces cualquier daño… —Advierte en una aptitud que, aunque sincera, no le queda en absoluto.

Suelto una carcajada sardónica a modo de mofa sin dejarlo concluir.

—No se te da bien amenazar a los demás. Pero tranquilo, me conviene que salga ilesa de esto. —Me estudia con atención, pero no dice nada y finalmente, gira sobre sus talones para caminar hasta su caballo. Lo veo alejarse—. Nos encontraremos en la orilla opuesta del Antei. —Le recuerdo mientras, mecánicamente, hago pasar una moneda hábilmente entre mis dedos, jugueteando con ella hasta que desaparece. Me mira una última vez en la distancia antes marcharse. La moneda reaparece y la lanzo, estrechándola en un puño que abro con lentitud para comprobar el resultado. Esbozo una sonrisa sarcástica.

Algo que aprendí hace tiempo, es que nunca debes apostar si no tienes una moneda de doble cara.


"De la turbia charca que duerme en el bosque otoñal,

De la luna que desciende por las abruptas pendientes en el

susurrante crepúsculo,

¡ Agitaos, chispas del día y de las tinieblas, agitaos entre

los negros troncos que en el lodo se hunden!

¡Agitaos con el gemebundo murmullo del seco ramaje!"

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


Maboroshi no Hayashi: El bosque misterioso

Chikyuu: Tierra

Hyogen: Hielo

Antei: Equilibrio

Shuradou: Camino del maldito.

Shakkotsu: Cubito

Yasha: Demonio

Zuki: Luna


Tres horas llevo tratando de subir este capítulo. ¡No hay manera de que coja los guiones para separar las escenas! Al final me he decidido a insentar líneas. De todas formas, si alguién sabe la solución al problema le estaría eternamente agradecida.

Gracias a Midory por el beteo, por ser una gran escritora y mejor persona Gracias a Sakura-dono y a Kurayami K por sus reviews. A Sakura no pude contestarle pero quiero decirte que no tienes nada que agradecer, tus comentarios son importantes para mí. Los besos para el siguiente capítulo, o quizás para el próximo, ya veremos…XD. En cuanto a las descripciones, eso verdaderamente me llenó de alegría, pues es una de mis mayores preocupaciones en este fic, no poder trasmitir lo que ven, oyen, escuchan y sienten los personajes. Gracias por todo.

Gracias a los lectores anónimos, yo sé que están ahí.

Según Erasmo de Rótterdam: "La felicidad consiste, principalmente, en conformarse con la suerte; es querer ser lo que uno es." Así que, ya sea buena o mala vuestra fortuna. ¡Sed felices!

Hasta pronto…