Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé

CAPITULO X: LA VOZ DE MABOROSHI.

Existía entre los saiyajines la creencia de que una vez te adentras en Maboroshi, sellas tu destino. Poco importa lo que hagas, pues si decide convertirte en una de sus incontables víctimas, nunca saldrás vivo; en cambio, si eres afortunado, su voz te acompañará entre las sombras desvelándote sus secretos.

Yo, hace años que sobreviví a su llamada, al tono sordo que reverbera a mi alrededor y en el cual, la mayoría de los hombres, percibirían sólo sonidos indescifrables entre el reconocible ulular de los búhos y los gemidos de las alimañas.

Es fácil perderse en el laberinto de apretados troncos que se extiende delante de mí; a medida que cabalgo adentrándome en la espesura el camino, en principio complejo, despeja las dudas dibujándose con claridad en mi mente.

El latido del bosque me guía entre el vaivén de los árboles en el silencio y las ramas, se mecen al compás del viento que levanta remolinos de hojas secas, enredándose al trote de Yasha.

Me advierte de que apenas me queda tiempo y su amenaza sobre ella, retumba en mis oídos desesperándome.

A estas alturas resultan ya imposibles de contener las imágenes, agolpadas a las puertas del pasado, empujándose unas a otras en su afán de ser liberadas del largo cautiverio al que han sido sometidas.

Sabía que iba a ser así en cuanto he reconocido mi nombre, pronunciado en un murmullo que jamás pensé volver a escuchar. Nítida como la recordaba, plagada de matices. Surca los rincones de la memoria y abre sangrantes heridas que creía cicatrizadas.

Vuelvo a ser de nuevo el mismo muchacho irreflexivo de antaño, demasiado vanidoso como para entender que no es más que un títere; que son otros los que mueven los hilos y rigen su vida a voluntad. Me había visto obligado a crecer deprisa y la soberbia me acompañó, dominando esa precipitada madurez. A cada humillación, me aferraba a mi orgullo como única tabla de salvación, repitiéndome: "Que era el último descendiente de una noble casta de guerreros, que nunca conseguirían doblegar al príncipe de los saiyajins". Pero no fue suficiente e incapaz de soportarlo, el día que cumplí quince años decidí escapar de Shakkotsu.

Así fue como recorrí, por primera vez, sus senderos en busca de Shuradou y tuve suerte, Maboroshi me aceptó cobijándome en su arboleda. En toda mi existencia no recuerdo haberme sentido tan libre como en aquellos días. Alimentándome de lo que yo mismo cazaba, bañándome en las aguas del Antei, conociendo sus rincones y durmiendo arropado por su melódica voz. No sé si fui feliz, pues el significado de esa palabra escapa a mi entendimiento, pero supongo que me encontraba satisfecho.

¿Por qué quise entonces volver a Vegetasei? Eso es algo que no puedo explicar y si alguna vez supe que pretendía, regresando a un lugar donde no iba a encontrar nada, ni a nadie, ahora ya lo he olvidado. Me cegaba la rabia y en mi imaginación, sólo podía fraguar planes de venganza que resarcieran las ofensas infligidas.

Por supuesto, en cuanto abandoné el abrigo del bosque, el brazo de Lord Freezer me atrapó para regresarme a Hyogen. Lo que sucedió después es algo que siempre he preferido ignorar.

"El agua me despierta bruscamente y empapado, parpadeo confuso, tratando de acostumbrarme a la luz. Enfoco a mí alrededor y no reconozco enseguida el lugar. El dolor, embota mi cabeza y las piernas me flaquean cuando intento ponerme en pie. Sus iris, que resaltan demasiado en el blanco de los ojos, brillan fugazmente al cruzarse con los míos y los labios, se ladean perfilando una sonrisa diabólica. Sólo entonces, me doy cuenta de que me encuentro en los sótanos de Shakkotsu.

Hago un esfuerzo por mantener la calma e intento caminar hasta él, pero las cadenas son cortas en su recorrido y ni tan siquiera me permiten dar un paso.

Sentando en el mismo sillón de terciopelo rojo, desde el que tantas veces le he visto disfrutar de sus víctimas, me observa indiferente. Como parte de su particular ritual, apura la bebida antes de hablar.

¿Lo has pasado bien en tu "pequeña excusión"? —Pregunta en el mismo tono condescendiente que un padre usaría tras la travesura de un hijo, pero el suyo, tiene un matiz de malicia que lo hace peligroso.

Alzo el mentón a modo de respuesta y lo enfrento con toda la dignidad que las escasas fuerzas pueden aportar a mi figura. Frunce el ceño un instante dejándome vislumbrar su enfado y redibuja, de inmediato, su gesto impasible. No dice nada más, pero asiente a modo de indicación y vuelve a sonreír.

Siento como mis brazos son levantados por encima de la cabeza y el frío de los grilletes se cierra sobre las muñecas. El verdugo, desgarra la camisa dejando la espalda al descubierto. Oigo el látigo sisear un par de veces en el aire anunciando el castigo, aprieto la mandíbula, consciente de lo que me espera y el tercer chasquido, impacta directamente contra mi piel.

Muerdo el labio inferior para contener el alarido que está a punto de escapar de la garganta y las manos se hacen puños. Lo encaro, leyendo la satisfacción en su rostro y me obligo a sonreír, desafiándolo. El cuero se sacude de nuevo, anticipándome con su estallido el segundo golpe.

—"Soy el príncipe de los saiyajins." —Me repito hasta el cansancio y uno tras otro, los latigazos se entierran con brutalidad en mi espalda hasta que pierdo la cuenta. Ya ni me preocupo en contener los gritos, pues la debilidad, no me permite gritar. Mi cuerpo cae muerto hacia delante y me abandono a un estado de semiinconsciencia donde todo se difumina…"

Algo que he aprendido es qué, el primer azote, es tan rápido que ni tan siquiera tienes tiempo de reaccionar. Es extraño notar como tu piel es arrancada en un golpe seco, pero el verdadero dolor tarda en aparecer y para entonces, ya has recibido el segundo. Éste es el peor. Sientes como la carne se abre y arde en contacto con el aire y las heridas gotean lentamente, haciéndote comprender lo que te espera. El tercero y el cuarto son insufribles, queman, te consumen y el dolor es tan intenso que piensas que no podrás soportarlo. Después del quinto, te insensibilizas y dejas de sentir. Si para entonces no has pedido clemencia, ya no podrás hacerlo.

Yo no la pedí a mis quince años, no la he pedido nunca.

"Observo el rayo de luz que se cuela a través de una grieta en la roca, no trato de moverme, es como si aún continuara dentro del sueño, perdido en el limbo de la inconsciencia, en el límite de la realidad. Me sumerjo durante infinitas horas en éste estado. La luz se opaca; indicándome que el día ha concluido y vuelve a filtrarse al amanecer. No tengo recuerdos, sólo el espaciado sonido del agua goteando y la humedad gélida de la piedra bajo mi pecho que alivia, entre los escalofríos, el insoportable escozor de la espalda en carne viva.

Veo a Nappa arrodillado a mi lado, me sostiene la cabeza y lleva la jarra a mis labios resecos y agrietados por la fiebre. Dice alguna cosa, pero no lo escucho, y cierro los ojos abandonándome de nuevo…"

Nappa, forma parte del cúmulo de imágenes imprecisas que su voz ha decidido rememorar. Nunca he podido confirmar si realmente estuvo allí, o su presencia, fue fruto del delirio. Jamás le he preguntado al respecto y él, siempre actuó como si nada hubiera pasado.

"La puerta tiene una pequeña trampilla a ras de suelo; el cerrojo se descorre y el reflejo de las antorchas ilumina, por un instante, el plato que se cuela a través de la misma. Alargo la mano arrastrándolo hasta mí. No hay cubiertos y los dedos, se hunden en una especie de papilla viscosa que llevo con dificultad a los labios. Trago con asco, por suerte es insípida, sin ningún sabor en concreto. He ingerido la mitad cuando, a la casi inexistente luz, algo se mueve sobre la comida. Las pupilas se dilatan para ver en la oscuridad. Reconozco los gusanos, las nauseas sobrevienen e, incapaz de contenerme, vomito sobre el plato. Las arcadas tardan en desaparecer removiendo el estomago violentamente. Grito con rabia contenida y lo estrello contra la pared…"

He visto muchos hombres en mi misma situación renunciar a la vida y suplicar por que les sobrevenga la muerte. Pero yo, no soy un hombre cualquiera y eso, es algo que comprendí cuando al tercer día me obligué a comer aquella bazofia. Recuerdo los espasmos, la angustia y la impotencia, pero no podía hacer otra cosa, tenía que alimentarme. La sangre hervía por el rencor y la única forma de venganza que tenía era precisamente esa: sobrevivir. Cuando Freezer me visitó, después de un mes en aquella celda supe que había vencido.

Un grito de terror corta el hilo de mis pensamientos acallando su voz.

Su tiempo ha concluido.


Desmonto despacio, apenas los pies tocan el suelo se abalanza sobre mí, abrazándome con fuerza. Reposa su cabeza en mi pecho y se queda muy quieta, enseguida la rodeo con mis brazos, agradeciendo la efusiva muestra de cariño. Supongo que ha debido pasarlo mal en mi ausencia.

Paso la mano repetidas veces sobre su cabello y espero a que se tranquilice, no hace ademán de moverse así que, transcurridos unos segundos, la separo despacio, tomándola por los hombros; abre los ojos, que están cerrados, y me regala una de las mejores sonrisas que he visto en mi vida a la cuál, correspondo ensimismado. De repente, parece recordar algo y su gesto se diluye, curvándose en una mueca de desconcierto.

—¿Dónde está Bulma? —Pregunta, mirando con interés a un lado y a otro por detrás de mi espalda. Distingo la figura de Nappa aproximándose a nosotros y espero a tenerlo enfrente antes de contestar. Suspiro resignado volviendo la vista a Chichi, que permanece expectante y un tanto nerviosa. Esto no va a resultar fácil.

—Tuvo un encontronazo con los asaltantes y se adentró en Maboroshi. Vegeta fue a buscarla. —Desvelo, queriendo aparentar calmado; en un intento de suavizar la reacción que estoy seguro voy a causar.

Ella, me mira incrédula, abriendo mucho los ojos. Cuándo logra asimilar mi respuesta, la sorpresa se transforma en una furibunda expresión.

—¡¿Has perdido por completo el juicio? —Vocifera fuera de sí y doy un paso atrás. Nunca estás lo suficientemente lejos cuándo se enfada—. ¡¿Cómo ha podido ocurrírsete algo así? Ese hombre está completamente loco. La odia ¡¿Recuerdas? Se lo dijo anoche durante la cena. ¡¿En que estabas pensando cuándo lo dejaste ir?

—Era la mejor solución. —Declaro tranquilo, mirando a Nappa que, sin dejar de observarme, no parece tener nada que decir al respecto—. Alguien tenía que volver para avisar, no podemos quedarnos aquí, debemos levantar el campamento y cruzar el Antei. —El saiyajin parece comprender y asiente con la cabeza, girando sobre sus talones para cumplir lo que sabe es una orden de Vegeta. Me extraña su reacción, más bien la falta de ella. Ni un solo músculo se ha movido en su rostro y si tiene alguna idea sobre lo sucedido, ha decidido guardarla para él; aunque por un momento, me ha parecido notar un brillo especial en sus ojos, como si pudiera entender más allá de mis palabras, cómo si supiera… Frunzo el ceño mientras lo veo alejarse, seguro de que estoy dejando escapar algo.

Vuelvo mi atención a Chichi, que con los brazos en jarra me encara iracunda.

—Yo no podía hacer nada. —Avanzo, poniendo mis manos sobre sus hombros tratando de hacerla comprender—. Lo entiendes. ¿Verdad? —Se revuelve airada desasiéndose de mí—. Él es el único capaz de encontrarla —Afirmo.

Los dedos se cierran en puños. Me mira y sus ojos velados por el desencanto se clavan inquisitivos en los míos.

—No, no lo comprendo. —La voz se quiebra en un murmullo triste que me reconcome la conciencia. Puedo intentar lidiar con su cólera pero esto es mil veces peor—. Dijiste que la traerías. Confié en ti y la has dejado sola. —Dice bajando la vista al suelo y negando con la cabeza—. ¡¿Por qué la has dejados sola? Debiste ir a buscarla. —Reprocha con amargura.

La tomo de nuevo por los hombros y deslizo una mano a su barbilla para obligarla a enfrentarme. ¡Cómo me gustaría poder borrar esa expresión desconsolada de su rostro!

—¿Recuerdas cuando tu padre nos hablaba de Maboroshi? —Me mira desconcertada, sin entender a que viene la pregunta—. ¡La he oído! ¡He oído su voz! —Revelo y ella, dibuja una mueca escéptica, enarcando una de sus cejas, estudiándome en silencio—. El bosque me advirtió, me lo dijo. Es tal y como Gyumao siempre nos ha contado. —Concluyo, rememorando claramente en mis oídos el eco de su nombre en el siseo del viento. Yo nunca hubiera abandonado a Bulma, por muchas apuestas que hubiera perdido, jamás me hubiera rendido. Pero esto es algo diferente, algo que escapa a mi voluntad—. Por eso lo dejé ir.

No dice nada, sencillamente contempla mi cara, tratando de decidir cuanta parte de verdad hay en lo que acaba de escuchar. Su fe en mí se tambalea y eso me duele y me hace dudar, quizás no debería haberme dejado guiar entusiastamente por la intuición.

—Espero que tengas razón. Por que si algo le pasa a Bulma, nunca podré perdonarte. —Expresa en un tono seco que me cuesta reconocer—. Y tú tampoco. —Afirma dándome la espalda y dejando una sensación amarga en la garganta.


Los truenos retumban en la lejanía y los nubarrones negros tapan por completo el sol, que debe encontrarse alto en el cielo. Llevo rato deambulando y a cada nuevo paso, me adentro un poco más en la espesura. Los sonidos propios del bosque me envuelven, pero su voz ha desaparecido, ya no puedo oírla y reconozco en su mutismo, una velada amenaza que me aterra.

Un aullido largo y prolongado rasga el aire y corta mi respiración. Demasiado cerca. Me detengo a escuchar, los acordes escalofriantes que provocan una ligera sacudida y mi mano, se cierne por instinto sobre la empuñadura. Volteo nerviosa y miro alrededor, tratando de descubrir algo entre las selva de árboles que me rodea. Nada. Exhalo pesadamente, en un intento de recuperar la serenidad y retomo el camino, avivando la marcha y maldiciéndome mentalmente por mi supuesta paranoia.

El paisaje se me hace extrañamente familiar. Quizás ya he pasado antes por aquí. Quizás no hago más que andar en círculos. El susurro del agua, es como una brújula imprecisa para los oídos, mi única fuente de orientación. Si llego a orillas del Antei puede que aún tenga una oportunidad. Ése, será el primer lugar en él que Goku me buscará.

El bosque se burla de mí mostrándose caótico a mi paso y las sombras, me envuelven engañando la vista y embotando el resto de sentidos. Todo resulta confuso. La sensación de sopor de los últimos días es una pesada piedra atada a mis pies que me hunde, cada vez más, en un mar de desesperanza en el que trato de no ahogarme. Siempre se me dio bien nadar a contracorriente, o al menos eso pensaba, pero es tan diferente cuando lo haces por intentar sobrevivir.

Los árboles se abren en un pequeño claro; donde los rayos de luz se filtran haciendo visibles los remolinos de partículas que se elevan sobre las hojas de los helechos. Un mal presentimiento frena repentinamente mis pasos en mitad del mismo y distingo, murmurada en el viento, su sentencia.

Diáfana, limpia, peligrosa.

El crujido de una rama a mi espalda hiela la sangre. Trago grueso y con miedo, giro despacio sobre mis talones. El grito muere en la garganta.

A través de sus ojos ambarinos, con las orejas altas y la cola completamente levantada y recta, me mira amenazante. Al instante, los músculos se tensan y las palpitaciones aumentan. Mi primer impulso es salir corriendo y busco, alrededor, una salida que no existe. Doy un paso atrás y emite un gruñido de advertencia, enseñando los imponentes caninos a través de las fauces.

Entre la maleza, las pupilas negras y estrechas enmarcadas de amarillo, me observan expectantes. Los lobos siempre cazan en manada y éste, no es una excepción. Los hocicos surgen de la penumbra, dibujando las siluetas de los poderosos animales.

El semicírculo comienza a estrecharse, poco a poco.

Vacilo, retrocediendo, y desenvaino la espada. Sé que no tengo escapatoria, pero no estoy dispuesta a rendirme, al menos, no sin intentar defenderme así que, extiendo la hoja al frente que tiembla bajo mi pulso inseguro. La agarro fuertemente con ambas manos tratando de superar el pánico y, manteniéndola firme, doy un barrido horizontal en un intento desesperado de evitar que se acerquen. Es inútil.

Me adelanto y blando el arma a la izquierda, eso parece detenerlos en ese lado pero a cambio, los de la derecha están más próximos. Repito el movimiento en el costado contrario y ahora, son los de la izquierda los que ganan terreno y de nuevo volteo desesperada hacia ellos. Las dentelladas se mezclan con los gemidos, dejando oír el rechinar de los dientes en el aire. Una de ellas, alcanza mi kimono tirando y desgarrando la seda.

Grito horrorizada.

Acorralada, veo uno de los lobos gruñir agresivo; agazapado, preparado para atacar. Eriza su pelaje gris y salta para derrumbarme. El acero, refulge antes de hundirse en su pecho y me esfuerzo por sacar la hoja, tirando y retrocediendo pero mis pies, se enredan en las raíces que sobresalen de la tierra y caigo de espaldas al suelo.

Me incorporo, apoyándome sobre una mano y trato de protegerme con la otra. Una nueva sombra se impulsa sobre mí y aprieto los párpados anticipándome a lo que me espera.

Se desploma encima, aplastándome y me revuelvo buscando defenderme; peleando, arañando, tratando por todos los medios posibles de alejarlo. En mi locura, tardo en percatarme de que ni siquiera se mueve y ruedo para zafarme del cuerpo inerte del animal, que observo entre horrorizada y confusa. Desvío la vista a mis manos teñidas de rojo, por un instante, me hacen temer lo peor, pero no es mi sangre. La daga, se clava justo en el lugar donde su corazón ha dejado de latir, dejando escapar a través de la herida, un hilo escarlata que se desliza por su lomo.

No soy consciente de lo que ha pasado hasta distinguirlo plantado ante mí. La inmutable flama de su cabello hace única su figura.

—Vegeta. —Y mis labios susurran su nombre, devolviéndome a una realidad donde he dejado de ser importante para los cazadores que centran sus esfuerzos en el saiyajin.

Su espada repele las persistentes arremetidas con agilidad felina. Los lobos son rápidos pero sus reflejos también. Algunos mordiscos logran alcanzar sus ropas, pero continúa la encarnizada lucha como si los colmillos no le afectarán. Asestando precisas y mortales estocadas en una batalla que podría catalogarse de desigual, si no fuera porqué, a pesar de la diferencia numérica, él es quién mantiene el control.

No puedo dejar de mirarlo, hipnotizada por los músculos delineando su tensión perfecta bajo la seda, la frente perlada de sudor, la mandíbula proporcionada y apretada y los ojos negros, titilando concentrados en la pelea que se desarrolla ya, a un metro de donde me encuentro.

—¡Cuidado! Advierto presa del pánico, conteniendo el aliento, cuando una de las alimañas se abalanza sobre su espalda clavándole los dientes. Arquea la cintura esbozando una mueca de dolor y suelta la espada para cambiarla de mano. Con un certero giro de muñeca, toma la empuñadura del revés, hincando la punta atrás para, con asombrosa precisión, lanzarla adelante y asirla de nuevo con la diestra. Avanza un paso entre los cadáveres, manteniendo la hoja perpendicular al frente, a la altura del pecho y con el brazo izquierdo levantado por encima de su cabeza.

Los últimos gruñidos cesan en su afán intimidatorio y los pocos supervivientes, huyen cobijándose en la arboleda. El tiempo parece haberse detenido y él, mantiene su postura defensiva. Desde donde me encuentro me es imposible observar su semblante, parte del kimono está completamente destrozado y salpicado de sangre. Ruego por que no sea la suya. La espalda tiembla a consecuencia de la agitada respiración que puedo escuchar desde el suelo; y los jadeos tardan un rato en desaparecer. Finalmente, baja el acero, enfundándolo y se voltea enfrentándome.

Sus herméticas facciones me recuerdan a una estatua con la que un hábil escultor no hubiera querido trasmitir nada, sólo cincelar un rostro. Frío y hermoso. Clava en la mía su mirada indescifrable. Ni ira, ni rencor, ni reproche. Indiferencia. Dos pozos profundos y oscuros en los que me hundo.

Un relámpago ilumina su expresión ilegible y desvía la vista mirando al cielo; dobla el labio inferior y aspira emitiendo un silbido agudo y Yasha, aparece entre los árboles.

—Tenemos que irnos. —Anuncia en tono seco, mientras se aproxima a su caballo y le acaricia el cuello, tomando las bridas.

Apenas lo escucho, las secuelas del miedo sobrevienen formando una burbuja de angustia que se hincha presionando el pecho, la garganta, las sienes. La explosión es inevitable. Estalla. Las lágrimas, ruedan sin contención por mis mejillas hasta alcanzar la comisura de los labios, dejándome degustar su sal entre incontrolables hipidos. Él me observa impasible.

—Levántate. —Ordena con dureza sin dejar de mirarme. Y juro que nada me gustaría más que poder obedecer antes de que pierda la paciencia, pero mi cerebro parece desconectarse del cuerpo que se niega a responder. Frunce el ceño claramente irritado—. ¡He dicho que te levantes! —Clama imperativo pero yo, sigo sin poder moverme, llorando en el suelo, sin ningún dominio sobre mí misma—. Deberías haberlo pensado antes de comportarte como una completa estúpida. —Escupe, cargado de rabia—. ¡Levántate de una jodida vez o juro que te dejaré aquí!

—"Maldito arrogante" —pienso. ¡¿Cómo se puede ser tan insensible? Tan sólo necesito unos minutos, unos miserables e insignificantes minutos. Un invisible puño de furia golpea con saña el estomago mostrándome el camino de la ira como la mejor manera de focalizar, la maraña de sentimientos contradictorios que están devorándome las entrañas.

—¡Márchate si quieres! —Grito entre sollozos—. ¡¿Crees que me importa? Pues te equivocas. En unos días entregaré mi vida a un hombre que detesto, que desprecio por sobre todas las cosas. Mi existencia será un infierno, él la hará un infierno. Así que guárdate tus amenazas. No hay gran diferencia entre morir hoy o morir mañana. —Sus pupilas se oscurecen aún más, perforándome como dardos venenosos. Eso no me detiene—. No te he pedido ayuda. No la necesito. Haces esto, porque es lo que tienes que hacer, porque es lo que tu "señor" te ha ordenado que hagas. —Casi puedo degustar el rencor que encierran mis palabras y la cólera que desatan en él—. Si me pierdes, ¿podrás sobrevivir a su castigo? —y me callo para fruncir una especie de sonrisa amarga—. No lo creo. Así que no finjas que vas a dejarme, ambos sabemos que eso no te conviene.

No responde. En apenas tres zancadas, recorre la distancia que nos separa y bruscamente, me obliga a ponerme en pie. Sus dedos se hunden con fuerza en los brazos. Parpadeo confusa, alzando el rostro anegado de lágrimas y nuestras miradas se encuentran. Sólo silencio. Un irreal sosiego saturando la atmósfera, la calma antes de la tormenta. Entorna los ojos que destilan demasiadas cosas como para poder entenderlos.

—¿No te importa? —Y sus labios se ladean dejando escapar una risilla irónica—. Así supongo que tampoco te importan tus amigos, tu padre, ni Chikyuu. —Su sonrisa se amplía satisfecha, cuando nota mi visible turbación—. ¡¿O eres tan ingenua de pensar que, sí sus planes se arruinan, Lord Freezer se conformará conmigo? —Me arroja la verdad a la cara cruelmente y ésta es amarga. Tiene razón y no quiero que la tenga. Tiemblo de rabia, de impotencia y siento sus músculos tensarse con más fuerza sobre mí—. ¿Podrán ellos sobrevivir a su ira? —Pregunta iracundo, zarandeándome con violencia—. ¡Contéstame¡ ¡¿Podrán?

Bajo la vista al suelo incapaz de sostener una mirada que penetra mi interior, anulando cualquier voluntad. Y otra vez el insufrible silencio rodeándonos. Sus dedos me ciñen marcando la piel, oprimen, hostigan. Me armo de valor para encararlo y trato de hilar una respuesta, pero no puedo hacerlo. Muerdo mi labio inferior y me libera de manera instintiva. Las rodillas ceden y tiene que volver a sujetarme para evitar que me derrumbe.

Su esencia se cuela en mi nariz, perturbándome aún más. Apenas unos centímetros nos separan y el sonido acompasado de su corazón llega a mis oídos acallando el miedo y el desconsuelo que, se diluyen como el recuerdo de un mal sueño; desparecen dejando sólo su imagen. Cierro los ojos y el tiempo se ralentiza hasta quedar detenido. Sentirlo tan cerca es acogedor, extrañamente reconfortante. Lo enfrento de nuevo y su expresión se me hace muy diferente a cualquier otra anterior.

Recorro minuciosamente, cada una de las arrugas de su ceño entre las cejas, sus ojos; que como carbones encendidos brillan ahora con furiosa determinación, las aletas de la nariz dilatándose, aspirando profundamente, llenándolo de mí. Me detengo en los labios, tersos, finos, estimulantes. Una de sus manos se desliza con seguridad a la cintura aproximándome más a él. Su tacto atraviesa la tela, atraviesa la piel y quema sobre la carne, es abrasador, desconcertante. La distancia parece acortarse y saboreo el tibio y embriagador aliento lamiendo mi cara. La boca se seca y lo único en que soy capaz de pensar es en como se sentiría saciar mi sed bebiendo de la suya. Eso es lo que quiero, saciarme en el roce de sus labios. Se inclina aún más sobre mí y yo me estremezco de anticipación, de ganas.

El atronador estallido resuena en el bosque y trato de no volver a la realidad. ¡No todavía! Pero él, rompe el contacto visual y mira por un instante al cielo; entonces me suelta, distanciándose un par de pasos. Su semblante vuelve a ser el de siempre y ningún gesto delata lo que creo ha estado apunto de pasar, porque ya, ni siquiera puedo estar segura.

—No es buena idea quedarse en medio del bosque durante una tormenta. —Anuncia sin ningún matiz concreto en su voz, mientras se aúpa a lomos de Yasha—. Vamos —y estira la mano, ofreciéndomela.

Miro desorientada alrededor, en un patético esfuerzo por tratar de sosegar el corazón; golpeando el pecho como un sordo martillo. Me inclino para tomar la vaina de la espada y camino hasta el lobo donde todavía continúa clavada. La saco, enfundándola parsimoniosamente, tomándome un tiempo que me es imprescindible para tratar de calmarme. Finalmente me aproximo a él que me impulsa, sentándome entre su cuerpo y el caballo, rodeándome con los brazos para tomar las riendas, envolviéndome en un calor que trato de ignorar, sintiéndome como una imbécil por desear algo que sólo tiene cabida en mi imaginación.

El viento sopla a nuestro galope, susurrando, quedamente, su nombre y el mío en el silencio.


"El sonido de las palabras musitadas por mi voz, palabras

arrojadas a los remolinos del viento;

Unos suaves besos, unos cuantos abrazos, un ceñir de

brazos;

El juego de luces y de sombras entre la arboleda cuando

la brisa la balancea;…"

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


Maboroshi no Hayashi: El bosque misterioso

Yasha: Demonio

Shakkotsu: Cubito

Shuradou: Camino del maldito.

Hyogen: Hielo

Antei: Equilibrio

Chikyuu: Tierra


Otra vez con el problema de las rayas y guiones. ¿Soluciones?

Vale, quizás se me ha ido la mano con este capítulo, ya sabéis el bosque y todo lo demás pero, una excentricidad, más o menos, ni tan siquiera creo que se note.

Mil gracias a Midory por el beteo. Gracias a Dramaaa, Marby 18 y Sakura-dono por sus reviews, me hicieron esbozar más de una sonrisa y alguna que otra carcajada. Gracias de corazón.

Bueno Sakura, a ti no pude responderte, actualicé lo antes que pude y aunque no es de los mas largos, creo que hay mucho de Bulma y Vegeta en este capítulo y… casi, casi un beso. No sé si será suficiente pero como mínimo lo he intentado.

Mi contador de lectores anónimos está estropeado así que no se quienes estuvieron y ni quienes estarán. De todas formas, a todos ellos: GRACIAS

Rafael Bonías dijo: "A menudo la suerte no llama a tu puerta, pero puedes estar seguro de que está frente a ella." Así que ya sabéis, corred a la mirilla y echad un vistazo, puede que os llevéis una grata sorpresa.

Hasta pronto…