Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé

CAP XI: "CARPE DIEM"

Me encuentro de pie junto a la boca de la cueva donde él ha decidido que nos cobijemos. La manta de agua, que no ha dejado de caer en las últimas horas, difumina los contornos del bosque haciéndolo casi invisible. Llevo rato contemplando el paisaje y sólo ahora, me doy cuenta que ni siquiera lo veo.

Un relámpago rasga el cielo y su reflejo incide sobre mi rostro. El trueno que lo acompaña tarda unos segundos en estallar. Cierro los ojos y dejo que mi cuerpo caiga a un costado, sosteniéndose sobre el hombro apoyado en la roca. Inhalo despacio y exhalo con la misma lentitud, sintiendo el aroma de la tierra mojada cosquilleando en mi nariz. Nunca me gustó la melancolía que rodea a la lluvia. Invita demasiado a la nostalgia, aviva las ausencias y hace que la soledad se torne sólida, tan densa que incluso puedes llegar a palparla a tu alrededor.

Los pensamientos van y vienen, pero no se quedan. No dejo que se queden. Algunos duelen y confunden, otros me alborozan haciéndome esbozar una imperceptible sonrisa; me enfadan, me aturden, me despistan y por sobre todas las cosas, me aterran. Porque no los entiendo, no me entiendo y lo que es peor, no quiero entenderme.

Jamás he sido una persona cabal, de esas que necesitan racionalizar todo a su alrededor; bien al contrario suelo regirme por locos impulsos depositando una fe ciega en lo que éstos me dictan. Eso me ha supuesto más de un disgusto y meterme en algún que otro lío del que la suerte, mi maldita cabezonería y la virtud de saber siempre cuándo y a quién manipular, me han permitido salir airosa.

"Carpe diem", vive el momento y esa es, precisamente, mi filosofía.

Así que, por primera vez, me he visto obligada a aceptar una responsabilidad para la qué me doy cuenta no estaba preparada y puedo con ella. ¡Sé que puedo! No es eso lo que me asusta. La angustia no deriva de mi supuesta boda, ni de la guerra, ni de la incertidumbre de saber que me depara el futuro. No. Son las mariposas en el estomago, las ganas de llorar sin motivo aparente, la rabia que contamina mis entrañas, las palabras rencorosas que conforme son escupidas quedan tatuadas en la conciencia.

Sensaciones que abrasan la piel, que desbordan, que no deberían estar ahí y que sin embargo, están.

Fijo la vista en las siluetas distorsionadas de los árboles a causa de la tormenta y no puedo evitar verlas como una alegoría de mis propias emociones; desfiguradas, opacadas por el miedo a saber. Me siento una verdadera idiota porque por más que lo intente, su imagen no abandona mi mente ni un segundo y el anhelo, sigue latente bajo cientos de ideas; racionales sí, aunque inútiles. Que absurdo negarnos algo que ya sabemos y que patético también. Pero no voy a permitirme ponerle nombre a todo esto, porque no tiene lógica, es disparatado pensar que yo… Y mientras pueda negar la evidencia, mientras me mantenga a este lado del muro, a salvo de lo que me dicten mis enajenados impulsos, protegida bajo una coraza de cordura, todo estará bien.

Suspiro resignada, evitar enfrentarlo no me ayudará.

¡Bulma Briefs, deja de ser tan cobarde! —Me ordeno tratando de insuflarme valor, lleno mis pulmones de un oxígeno que sin duda voy a necesitar y me giro para mirarlo.

Él, está sentado frente al fuego y las llamas iluminan su figura envuelta por las sombras. Delineo con la vista los hombros anchos y fuertes, su estómago plano, los cincelados brazos que bajo la luz anaranjada de la hoguera crean una armónica composición. ¡Sabía que iba necesitar el aire! Al parecer, está tratando de recomponer el vendaje de su hombro. Lo oigo refunfuñar por lo bajo y casi dejo escapar una carcajada. ¡Es realmente bueno con la espada pero, no tiene idea de lo que es una venda!

—Deberías dejar que te ayude. —Digo y puedo percibir el inapreciable respingo que, con toda seguridad, me hubiera pasado desapercibido de no estar pendiente a cada uno de sus gestos. Tarda en levantar los ojos, esos que son capaces de abismar mi confianza y los clava en mí.

—No. Contesta en el tono seco e insolente que suele usar. Desde luego es lo que yo llamo un hombre parco en palabras. Una diferencia más entre nosotros que sumar a la larga lista.

—¡Vamos! —Exclamo aproximándome bajo su atenta mirada que trato de ignorar—. Tu orgullo no sufrirá un daño irreparable por ello. —Hago una breve pausa mientras continúo acercándome cautelosa—. Además, nadie tiene porque enterarse —Apostillo con complicidad, poniéndome de cuclillas a su lado.

No dice nada, lo cual; en su complicado lenguaje, supongo que es un permiso, así que dejo caer mis rodillas al suelo y me inclino sobre su hombro para deshacer el desastroso intento. No me había fijado hasta ahora en la manera en que la ceja se eleva desde el ceño con el mismo ángulo que los ojos, enmarcando su mirada de ébano en un perfil recto, de rasgos afilados que le dan una expresión concentrada y ausente.

¡Deja de mirarlo así Bulma o acabará por darse cuenta! —Siento el rubor arrebolar mis mejilla y me acuerdo de respirar.

Presto atención a la herida abierta cuyos bordes han empezado a cicatrizar y dejo caer el extremo de la venda a lo largo de la espalda, envolviendo el hombro y pasándola por debajo de la axila repetidas veces. Las yemas de los dedos rozan involuntariamente la piel en el recorrido, o al menos eso quiero creer, y lo que era un leve cosquilleo se torna una cálida picazón, haciéndome pensar que mi ofrecimiento no ha sido tan buena idea. No se inmuta, pero entorna los parpados y la fuerza con que aprieta la mandíbula hace que la clavícula se tense, a bien seguro por el dolor, así que trato de ser aún más suave.

Con cada inspiración su aroma se filtra en mi nariz, embriagándome de un olor que embota los sentidos y me inclino, acercándome un poco más, tras el rastro de una esencia que no puedo dejar de reconocer. Mis brazos se estiran para rodear el cuerpo con el vendaje y poder sujetarlo. Una viva sacudida recorre mi espalda; demasiado cerca, demasiado calor y soy consciente del hormigueo que se origina en mi vientre, en mi estomago, en mis manos y clavo los ojos en sus labios que parecen incitarme a probarlos. Un impulso que apenas puedo refrenar.

—"Carpe diem" Me grita a voces el inconsciente mientras los dedos, se mueven mecánicamente anudando la venda, memorizando el tacto de su pecho en las yemas sin dejar de mirarlo, revelándole quizás demasiadas cosas, verdades que hasta yo desconozco. El recuerdo de lo acontecido ésta misma tarde reaparece justo a tiempo y el orgullo, me sitúa de vuelta en el lado racional del muro que he estado a punto de derrumbar. Reacciono asustada, separándome en un movimiento que resulta demasiado brusco.

—Ya está. Susurro, respirándolo por última vez. No contesta. Supongo que un: "gracias" sería esperar demasiado.

Desvío la vista y me incorporo para volver a la entrada de la cueva, tratando de poner la máxima distancia entre los dos. Y sí, soy cobarde pero no soy tonta y en ocasiones, una retirada a tiempo es la única manera de evitar una derrota.


Soy un saiyajin y eso, implica ciertas particularidades que me distinguen de la mayoría de los hombres y que van, más allá de un cabello oscuro de formas imposibles y unos ojos negros. Algo innato y difícil de entender. Un lado salvaje e indómito que hace de nosotros guerreros excepcionales.

Cuándo el instinto aflora, ya sea en el fragor de una batalla o en una simple riña, es difícil de controlar. Al momento, te sientes un volcán a punto de entrar en erupción y la sangre, es como el magma caliente, recorriendo veloz la chimenea hasta que revientas en ríos de ira que arrastran y calcinan todo lo que tienes alrededor.

Pero… ¿Qué pasa si la explosión no es provocada por el ansía de pelear? ¿Qué pasa si la lava se desliza con lentitud por tu piel y es a ti a quién consume, si tu instinto te lleva al borde del precipicio, gritándote que saltes a un vacío del que sabes no podrás escapar?

La primera vez que la vi no reconocí el deseo burbujeando en mis venas y arterias, sencillamente, porque nunca lo había sentido así. Quise confundirlo con la rabia y el rencor, eso era lo fácil, lo que conozco, lo que puedo permitirme, lo que yo soy. ¡Y maldita sea! Debería estar ahogándome en mi propia bilis, buscando un pretexto coherente con el que justificar mi estupidez; en cambio, la cabeza no es más que un amasijo de fustigantes y recientes imagines que me atormentan con una única realidad.

Quería besarla, de hecho, aún quiero besarla.

La aceptación es algo que escapa por completo a mi entendimiento y en cierta manera hasta peligrosa. Siempre he mantenido un férreo dominio sobre todas y cada una de mis acciones y, aunque en ocasiones resulte complicado, incluso imposible, no recuerdo jamás haber tenido que hacer un acopio de fuerza de voluntad como éste. Una fuerza de voluntad que ni tan siquiera sabía que tenía.

La pregunta es hasta cuándo, hasta cuándo seré capaz de resistir las ansias que me piden a voces levantarme y estrellarla contra la pared para hundirme en ella, aquí mismo, sobre la fría piedra, una y otra vez, llenándola, llenándome, devorarla hasta saciar mi hambre. Hacerla mía de mil formas diferentes y la sangre, fluye por debajo de las caderas, hinchando, inflamando, endureciendo.

Respiro pesadamente. La mujer se encuentra de pie junto a la entrada, un relámpago esboza su figura y recuesta su peso sobre la roca. Apenas si se ha movido en las últimas horas, lo sé porqué no he podido dejar de observarla ni un solo instante y debería concentrarme en otra cosa que no fuera, su curvilínea silueta de formas suaves y femeninas delineándose a contraluz, una visión que no ayuda, en absoluto, a enfriar mi estado de ánimo.

¡Deja de mirarla de una jodida vez! —Me voceo, recurriendo a esa disciplina de guerreo que tan útil me ha resultado en otras ocasiones. Dolor y rabia, eso es lo único que en estos momentos puede salvarme, así que vuelvo la vista a la deshecha venda de mi hombro, supongo que a consecuencia de la pelea con los lobos y trato de pensar en la quemazón de la herida y en la culpable de todo. Pero por mucho que busco, el resentimiento no aparece y el dolor, apenas es suficiente así que tengo que entretenerme con intentar recomponer el vendaje.

—Deberías dejar que te ayude. —Oigo y la sacudida es instantánea. Sé que me está mirando y, aunque me toma un poco de tiempo, logro recomponer la máscara de la indiferencia y alzo los ojos para clavarlos en ella.

—No. —Escupo incapaz de articular ninguna otra palabra. Esperando haber impregnado mi voz de la suficiente frialdad como para hacerla desistir.

—¡Vamos! —Exclama aproximándose sin que por un segundo pueda dejar de mirarla—. Tu orgullo no sufrirá un daño irreparable por ello. —Continúa acercándose, hipnotizándome con el sutil movimiento de sus caderas que, sin proponérselo, me inflama como una tea encendida. Debí imaginar que un no, sería insuficiente para detenerla—. Además nadie tiene porque enterarse. —Y cuando reacciono, ya se encuentra de cuclillas a mi lado.

Su aroma intoxica la atmósfera a mi alrededor. No contesto, porque significaría encararla y no me encuentro preparado para hacerlo. No cuando el aire que expulsa de sus pulmones choca contra la piel y los poros parecen abrirse para recibir su calor. Se inclina y deshace el vendaje con calma, con demasiada calma, como si supiera la tortura que estoy padeciendo y quisiera cobrárselas todas juntas.

Los dedos aletean sobre mí y soy consciente de cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo vibrando al unísono, enviando inevitables escalofríos que recorren las fibras que conforman mis músculos, tensos por el contacto. Podría apartarla, usando al tiempo alguna frase insultante que tan buenos resultados me han deparado hasta ahora, pero para eso tendría que poder pensar y lo que es aún peor tocarla y no debo tocarla, si la toco estaré perdido, así que, cierro los ojos y aprieto la mandíbula tratando de reprimir el deseo.

La ausencia de visión multiplica la percepción del resto de sentidos y su olor y su tacto emponzoñan la razón. Siento el dolor que estaba buscando y no precisamente en el hombro. Duro, palpitante, sordo, placentero. Trago espeso con el propósito de desanudar la garganta e intento enfrentar la situación con la misma impasibilidad de siempre. La miro, miro como sus brazos rodean mi torso y la falta de contacto se me hace extremadamente insatisfactoria, casi insoportable. Quizás por una vez en mi miserable vida debería dejar de librar la batalla constante que mantengo conmigo mismo, enarbolar la bandera blanca y rendirme a la sequedad de mis labios que piden humedecer los suyos y saciar así su sed.

La consciencia se diluye en dos océanos azules a los que trato de no sucumbir. Un libro abierto cuya lectura rechazo con los últimos vestigios de lucidez que aún me quedan.

—Ya está. —Susurra separándose de improviso y el tono de su voz es un silencioso reproche.

La veo alejarse para volver a la entrada y respiro aliviado, agradeciendo en mi mente la distancia. Y no puedo pensar en nada que no sea el calor que su presencia a dejado a mi lado y lo único que tengo que hacer es quedarme aquí sentado e incluso algo tan sencillo con ella, resulta difícil.


La luna está apunto de alcanzar su plenitud, las nubes han desaparecido dejando un cielo raso en el que titilan cientos de estrellas y hasta los sonidos, parecen atenuarse para no perturbar la serenidad de la noche. Hace frío y la manta que me cubre apenas es suficiente para mantenerme caliente, estaría bien avivar el fuego antes de que se apague, pero eso, ayudaría poco a reconfortar mi espíritu.

Los nervios se anudan en el estomago y el remordimiento inicia, una vez más, su asalto a una conciencia hasta el momento tranquila porque, a pesar de las palabras de Chichi, tengo la certeza de que he hecho lo correcto—. ¿Entonces, de dónde deriva la angustia? —Me pregunto y eso es algo que no puedo responder. De un tiempo a ésta parte todo lo concerniente a Bulma es así para mí: confuso e incierto.

Llevo horas pensando, en muchas cosas y en nada y no es de extrañar teniendo en cuenta que mi mente es una amalgama de imágenes y sentimientos que apenas puedo desembrollar. Y ojala se tratara de una pelea cuerpo a cuerpo por que ahí tendría las de ganar. ¡Enfrentarse a uno mismo siempre lo complica todo! Suspiro, resignándome a la falta de conclusiones, tampoco es como si las estuviera esperando. Nunca fui bueno ordenando ideas.

El sonido amortiguado de unos pasos interrumpe el hilo de mis reflexiones y no necesito girarme para saber que es Chichi la que se encuentra a mi espalda. Sé que es ella.

—Creía que te habías acostado. —Apenas la he levantado, pero mi voz suena demasiado alta en la quietud que nos rodea.

—No podía dormir. —Contesta y su mano reposa sobre mi hombro brindándome una cercanía que he añorado en las últimas horas. Hace una breve pausa y la oigo tomar aire—. Yo… —titubea indecisa—… siento todo lo que te dije —. Declara dejando que sus dedos se cierren sobre mí y aún sin verla, adivino por el tono que ha usado en su disculpa, la aflicción que dibuja su rostro.

—No tiene importancia. —Y sinceramente, no la tiene. Sólo saber que ya no sigue enfadada, es suficiente.

—Sí, sí la tiene. —Reitera un poco más alto. Se sienta a mi lado y clava la vista al frente—. No debí desconfiar de ti, nunca me has dado motivos para hacerlo. —La miro, está enfadada con ella misma y las escasas flamas iluminan su expresión concentrada dotándola de una luz especial—. Quiero que sepas que lo lamento. Escuchaste la voz de Maboroshi e hiciste lo que era mejor para Bulma.

Me enfrenta y esboza una tenue sonrisa a la que correspondo curvando mis labios en un gesto que lleva implícito una aceptación. Sus ojos se pierden de nuevo en algún punto entre las sombras y se mantiene en silencio.

—¿Cómo era? —Interroga de repente y mi semblante muda por el desconcierto—. Su voz —Explica— ¿Cómo era?

Lo pienso antes de responder, buscando la mejor forma de describirla para que me entienda.

—Rara. —Contesto un tanto dubitativo. Callo y ella me mira animándome a continuar—. Al principio piensas que es el siseo del viento y prestas atención tratando de localizar de dónde proviene el sonido, hasta que te das cuentas de que las palabras surgen de tu interior, nítidas y reveladoras sólo para ti. Es una sensación extraña, como si fueras dos personas.

—Tienes suerte. ¡Me gustaría tanto poder oírla! —Exclama abstrayéndose de nuevo.

Percibo como su cuerpo tiembla, dándome cuenta de que las escasas llamas y la fina bata que la cubre, no son suficientes para protegerla del relente que cae sobre nosotros. Me acerco un poco más y abro la manta, pasando mi brazo por su hombro para envolvernos a los dos. Se acurruca a mi lado y descansa la cabeza sobre mi pecho reconfortándome con su respiración contra la seda. Mis músculos se relajan y los latidos del corazón se acompasan para ajustarse al ritmo del suyo. Durante un buen rato nos mantenemos en silencio, perdidos en la apacible calma que nos rodea, encerrado cada uno en sus propias reflexiones.

—No tienes de que preocuparte. Estoy segura de que se encuentra a salvo. —Dice de pronto.

Su declaración me pilla desprevenido, por un momento pensé que se había quedado dormida, supongo que por eso expreso en voz alta mis pensamientos si ser, en verdad consciente de lo que estoy diciendo.

—La he besado. —Confieso y al instante me muerdo la lengua tratando de contener mis palabras pero ya es demasiado tarde. Se tensa sobre mí y espero expectante su reacción; a diferencia de lo que imagino se queda muy quieta, conteniendo el aliento mientras yo, me maldigo por la metedura de pata.

—¿A Bulma? —La pregunta es formulada en un murmullo bajo que apenas puedo oír y la falta de respuesta es una tácita afirmación. No deja de sorprenderme su actitud. Chichi es una persona curiosa y en estos momentos debería estar como loca tratando de sonsacarme información, sin embargo, ni tan siquiera levanta su rostro para mirarme lo cual, es como mínimo desconcertante—. ¿Por qué? —demanda con voz ahogada y de todas las cuestiones que podría formula esa, es la más difícil.

—No lo sé. —Contesto y aunque parezca que miento, no lo estoy haciendo.

—Entiendo. —Susurra con cierto deje de… ¡¿tristeza? No estoy del todo seguro. Y querría decirle que, si en verdad lo entiende, entonces tal vez debería explicármelo. Me gustaría que lo hiciera porque ese beso es lo más parecido al agua que he probado en mi vida. La bebes y es insípida, no deja ni un regusto dulce, ni un regusto amargo, sencillamente aplaca la sed. Quizás llevaba tanto tiempo esperándolo y estaba tan nervioso que fui incapaz de saborearlo. Ahora, me arrepiento de no haber estado más atento a las aburridas historias llenas de romanticismo que Bulma y Chichi solían leer en voz alta, tumbadas en la hierba mientras yo practicaba algún nuevo movimiento con la espada. ¡Claro que quién iba a imaginar que me harían falta algún día! Al fin y al cabo, siempre podría preguntarles. Craso error. Así que aquí estoy con muchas dudas y escasas probabilidades de disiparlas.

No puedo negar que la quiero, que la extraño cuando no está, que me preocupo por ella y me enfado cuando la veo triste y sonrío cuando ella sonríe, pero algo me dice que tiene que haber algo más. Llevo días en esa búsqueda, para mi desgracia, infructuosa.

Un inaudible gruñido llega hasta mis oídos y su cabeza cae muerta sobre mi pecho, al parecer se ha quedado dormida. Me retiro despacio dejando que su cuerpo se deslice a mi lado y pueda usar mi regazo como almohada. Se revuelve un poco en sueños y temo haberla despertado, pero se acomoda y continua como si nada. Deslizo la manta sobre ella para arroparla y la miro llenándome de ternura, sonrío pasando mis dedos por su rostro para retirar algunos mechones de cabello que caen sobre el mismo. Noto alarmado la humedad en las yemas e incrédulo acaricio con el pulgar mi índice y el corazón para cerciorarme de unas calladas lágrimas que no comprendo.

Suspiro resignado ante una nueva pregunta sin respuesta que añadir al saco de "cuales son los motivos" que es mi pensamiento.


La noche nos ha encontrado a orillas del lago que el Antei forma al escapar de Shuradou. Jamás pensé que existía un lugar tan hermoso, bordeado, en uno de sus extremos, por altas cordilleras coronadas de nieve que refleja la luz en azules destellos y envuelve las cimas de un halo de claridad, en contraste con la oscuridad del bosque que nos rodea. Un manto de hierba fresca se extiende hasta la orilla y en el agua la luna riela orgullosa en reflejos platinados mientras las estrellas, mucho más humildes la acompañan como luciérnagas centelleantes.

El fuego oscila luciendo tonos rojizos y anaranjados y su crepitar desafía el frío reinante haciendo confortable el ambiente. Por enésima vez, me giro en el suelo tratando de buscar una postura cómoda que me permita conciliar el sueño y por enésima vez suspiro fastidiada. Siento músculos que no sabía ni que existían, los párpados se han vuelto muy pesados y el cansancio embota la cabeza apunto ya de estallar; sin embargo, no puedo dormir.

Me revuelvo de nuevo y lo observo sentado al otro lado de la hoguera. A pesar de que debe encargarse de la vigilancia parece disfrutar de un reparador y envidiable descanso; con su peso recostado en un tronco, las piernas flexionadas y la cabeza inclinada hacia atrás. Mantiene los ojos cerrados y eso me permite mirarlo en libertad. Incluso durmiendo la arruga de su entrecejo se muestra inalterable. Sonrío, preguntándome como es posible que permanentemente, aún en sueños, esté de mal humor. ¡Desde luego no negaré que es todo un carácter! Bastante irritante la mayoría del tiempo y vanidoso y engreído y francamente desagradable. Así que no alcanzo a imaginar porqué, en estos momentos, no puedo dejar de dibujar una mueca boba mientras cientos de alas se baten en mi vientre.

De improviso, varios gruñidos escapan de sus labios y el acompasado movimiento de su pecho se torna irregular. Asombrada, presto atención buscando entenderlo, pero los sonidos guturales que emite son ininteligibles. El murmullo, continúa hasta convertirse en una especie de gemido lastimero y curiosa, me levanto para llegar a él. La expresión descompuesta de su rostro es un pellizco en el estomago.

No puedo resistirme a pasar la mano por su sien y deslizarla con lentitud, acunando su mejilla. Está helada. El contacto parece hundirlo más en la pesadilla y su cuerpo se agita ligeramente. Percibo el sabor amargo de su angustia en mi garganta al tiempo que, los espasmos aumentan mortificándome por no poder ayudarlo.

—Vegeta. —Susurro con suavidad, intentando despertarlo.

Toco su hombro para zarandearlo débilmente y abre los ojos en su delirio, fijándolos en mí. La locura vela sus iris, más negros y ausentes que nunca y con un movimiento rápido y violento sus dedos se cierran con fuerza sobre mi garganta.

—Ve… Ve… Vegeta —. Balbuceo llevando mis manos a sus muñecas y tirando para soltarme—. Ve… geta. —Es inútil, no parece reaccionar y los dedos se agarrotan; agobiando, oprimiendo, cortando la respiración.

La sensación de ahogo es desesperante, una y otra vez trato de aspirar pero el aire queda contenido en mi boca haciendo que un zumbido sordo resuene dentro de la cabeza. Agotando el escaso oxigeno que aún queda en mis pulmones lucho, revolviéndome frenética, clavando las uñas en sus brazos, rasguñando descoordinadamente mientras sus dedos se entierran en mi piel.

A través de una visión que empieza a emborronarse distingo las inflamadas venas emergiendo pavorosas en su sien, en su cuello y sus ciegas pupilas, dilatadas por la furia, me miran sin verme mientras la vida se escapa entre sus manos. Cierra los ojos, apretando los parpados y la mandíbula, y sus rasgos se contraen como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano y doloroso; cuando los abre, reacciona soltándome al instante.

Me dejo caer hacia delante e inhalo en profundidad lo que provoca un violento acceso de tos que no puedo controlar. La garganta abrasa pero sentir de nuevo el aire es un alivio. Lo encaro sosteniéndome el cuello, respirando aún con dificultad. Se encuentra de rodillas, con las manos hechas puños sobre la hierba y la frente perlada de sudor. Parece desorientado.

Con un movimiento felino, que no espero, se levanta incorporándome con él, girándonos y estampándome en el árbol que se encuentra a su espalda. Me sujeta con firmeza por los hombros y contengo el aliento. Nuestras miradas se encuentran y la suya es un puñal afilado que se incrusta en mi pecho. Nunca había visto un alma tan atormentada. Y a pesar de lo sucedido, pienso que daría cualquier cosa por poder borrar esa expresión de su rostro y mitigar de algún modo su angustia.

—Qué diablos se supone que estás haciendo ¿eh? —Grita con rabia contenida golpeándome con saña contra la madera. No puedo evitar dejar escapar un quejido que ignora por completo—. ¡Eres imbécil! Podría haberte matado. —Anuncia en un tono tétrico y por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender puedo leer el pánico en su fingido ataque de ira—. Nunca. Jamás vuelvas a acercarte a mí mientras duermo. Me oyes. ¡Jamás! — Y la suya es una amenaza amarga que apenas escucho. La desesperación que brilla en sus ojos contrasta con la hosquedad de sus palabras, guiándome a través de las sombras como un faro invisible y puedo experimentar su confusión, su tormento, su dolor abriéndose paso en mis entrañas, desgarrando, despedazándome sin piedad. Me está dejando verlo por primera vez y creo que ni tan siquiera es consciente de ello.

Nuestros alientos se entremezclan e instintivamente, separo los labios para beber su tibia exhalación y aunque pudiera articular una respuesta, ésta carecería de sentido. En realidad hace rato que las cosas han dejado de tenerlo. Estoy cansada de huir y la intensidad con que clava en mí su mirada consume las últimas fuerzas que me quedan. No quiero enfrentarlo, ni saber, ni pensar, sólo sentir, sentir mi cuerpo temblar como una hoja mecida por el viento bajo su profundo escrutinio, bajo el tacto de esos dedos que han estado apunto de estrangularme y que ahora, me asfixian de nuevo en su cercanía.

Sorpresivamente toma con brusquedad mi cintura atrayéndome a él y su boca, se estrella contra la mía en un beso voraz, primitivo, lleno de frustración y deseo al que no sé muy bien como reaccionar. El calor que irradia me envuelve contaminando cualquier voluntad, intoxicando la razón que se rinde, sin oponer resistencia; a sus manos quemando sobre la piel, a su aroma, a la vehemencia con que parece necesitarme.

Me aprieta un poco más, pegándome por completo a su pecho y la tierra se abre bajo mis pies. Cierro los ojos y me dejo llevar, los brazos suben enlazándose en su cuello, buscando un punto de apoyo capaz de sostenerme en medio del infierno desatado en mi interior y cuando muerde mis labios para profundizar el beso, estos se abren pronunciando un silencioso: Carpe diem y nuestras lenguas se encuentran, reconociéndose, enlazándose en un instante de inmenso deleite que me da, la absoluta certeza de que, sin saberlo, toda la vida he estado esperando este momento.


"Durante largo tiempo has tenido sueños despreciables;

Ahora yo retiro la venda de tus ojos;

Debes habituarte a la claridad del día y de todos los instantes de tu vida."

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


Maboroshi no Hayashi: El bosque misterioso

Shuradou: Camino del maldito.

Antei: Equilibrio


Lo que piensa Vegeta lo dejaremos para la siguiente actualización, siento haber tardado tanto en ésta. En fin, si os aburrió el capítulo culpadme sólo a mí, si por el contrario os gustó, agradecedlo a aquellas lectoras que dejaron un review pidiendo un beso. Este, en principio, no estaba previsto pero me convencieron y cambié parte de la trama. Es mi manera de darles las gracias.

Gracias también a Midory por el beteo y por sus palabras, gracias a Sakura-dono y a Dramaaa por sus comentarios. A algunas no pude responderles pero creo que la actualización es una muestra de que siempre las escucho ;D

El contador de lectores anónimos sigue sin funcionar lo cual, no deja de ser frustrante. Como voy un poco a ciegas, si estuvisteis ahí: Gracias

Robert A. Heinlein dijo: "Uno de los más plenos, seguros y gozosos placeres de la vida es alegrarse de la buena fortuna de los demás." Así que hacedme muy feliz esta semana teniendo sólo buena suerte.

Me olvidaba, tengo una petición y no sé si podréis ayudarme. Necesito saber el número exacto del capítulo donde Goku despierta después de su enfermedad de corazón en la saga de los androides. Lo he buscado pero no lo encuentro. Si lo sabéis escribidme, os estaría eternamente agradecida.

Hasta pronto…