Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé
CAPITULO XII: EL PRINCIPIO DEL FIN
"La manera en que mis dedos se amoldan a su cintura, sus labios, el tibio aliento golpeando mi cara, su cuerpo estremeciéndose entre mis brazos. Todo parece lo correcto, lo único. Mi boca se mueve sobre la suya reclamando más, exigiendo, revindicando un deseo que consume y quema sobre la piel dejándola en carne viva.
La necesidad de ella es dolorosa, asfixiante y cuando sus manos se enredan en mi cuello y accede a mis demandas, los últimos retazos de sensatez se diluyen en el éxtasis de su lengua, en la mezcla perfecta de nuestras salivas, en el calor sofocante de la lujuria.
Años de estricta disciplina olvidados en un instante que es una epifanía. La intuición de que siempre estuvo ahí, esperando por mí, de que tenía que ser así, de que no importa el camino recorrido porque todos me hubieran llevado a encontrarla. Siento como ese vacío perenne que me acompaña, se va llenando de ella y la odio por eso, por no resistirse a la desesperación con que recorro y exploro cada centímetro de su boca, por arrastrarme a un abismo de sensaciones vetadas para mí, por perturbar y rendir la razón a una quimera.
Gime quedamente, y eso acaba de enloquecerme, ladeo el rostro para hundirme aún más entre sus lábios tratando de aliviar mi sed, mi voraz apetito de ella y sé que tengo que parar, tengo que hacerlo antes de que mi voluntad sucumba por completo al rápido fluir de la sangre, agolpándose por debajo de las caderas en una erección palpitante y cruda que poco a poco va tomando el control. Y quiero hacerlo, detener ésta estupidez, pero no puedo y la disputa entre mi yo racional y ese lado salvaje de mi personalidad, del que tantas veces he hecho gala, es titánica.
Dejo su cintura y haciendo un esfuerzo descomunal, subo las manos para tomar las suyas, desenlazándolas. Abre los ojos; en ellos puedo ver titilar el deseo antes de que el desconcierto los empañe y bajo los brazos, abandonando su boca y dando dos pasos atrás que crean un abismo insalvable entre nosotros.
Su respiración entrecortada reverbera en mis oídos y sus labios henchidos y húmedos por los míos son una turbadora imagen capaz de llevarme de vuelta al delirio. Por un momento me mira interrogante, con preguntas a las que no puedo contestar porque hacerlo significaría conocer la respuesta y eso, es algo que no voy a permitirme. La ignorancia es la única salida a todo esto, una tabla de salvación a la que me aferro con fuerza en medio de la tempestad que yo mismo he desatado.
Pero éste, el que en tan sólo un segundo endurece su semblante, el que vela sus ojos haciéndolos impenetrables, el que lucha y vence, manteniéndose impasible a pesar de su pulso golpeando con ferocidad el pecho y la excitación abrasando las entraña. Éste es el que soy. El hombre soberbio que busca palabras hirientes y crueles que proferir para justificarse antes de que sea demasiado tarde y quiera saber. Porqué incomprensiblemente la conozco y allá donde otras bajarían su rostro ante mi mirada de desdén; avergonzadas por un claro rechazo, ella mantiene alta la barbilla, enfrentándome orgullosa; desde sus iris azules, clavados en mí. Y esa osadía, esa audacia me resulta tan sensual como la curva más deliciosa de su cuerpo.
Los músculos se tensionan bajo el intenso escrutinio al que me somete y así como a veces resulta fácil leer en ellos, en esta ocasión sus ojos se han vuelto tan herméticos como los míos. Trago espeso y la idea de que la mejor defensa es un buen ataque aparece preclara en mi mente.
—No lo digas. — Susurra antes de que pueda articular ningún sonido; y el tono de su voz, matizado con una pincelada de angustia, denota una comprensión que va más allá de toda lógica—. A veces es mejor guardar silencio. —Ruega.
La enfrento estupefacto, tratando de entender como lo sabía, interpelándome acerca de cuándo me he vuelto tan predecible; y ella me mira y puedo sentir su mirada dentro de mí, intuyendo, descifrando, conociendo y me pregunto; lleno de ira: ¿en qué momento, en que jodido segundo la he dejado hacer algo así?
El sonido de hojas secas al pisarse rompe el inquietante mutismo que nos rodea obligándome a reaccionar. Volteo el rostro para ver una sombra deslizarse con rapidez entre los árboles y desaparecer en la oscuridad.
—¡Ni se te ocurra moverte de aquí! —Ordeno sin dejar de observar el bosque y echo a correr con desesperación, adentrándome en la espesura como si la vida me fuera en ello.
Ya he sentido antes esa presencia, en varias ocasiones, vigilando, acechando cada uno de mis movimientos, pero ahora es diferente, diferente y mucho más peligroso porque sabe algo de mí que nadie, debe saber nunca..."
El murmullo lejano de las olas me devuelve a una realidad donde la caravana se aproxima a la playa de arena negra que lleva a Shakkotsu. Apenas una hora de camino me separa del infierno y por extraño que parezca, es la primera vez que no tengo esa sensación de ahogo atorando la garganta.
Respiro, disfrutando de la brisa trayéndome el olor del mar. El mar. El azul del mar, de su pelo, de sus ojos, el azul de ella y mi mente vuelve de nuevo a aquella noche.
Después de la infructuosa persecución, me senté a orillas del campamento a esperar la aurora, oculto tras los árboles por que ni siquiera fui capaz de abandonarla a la soledad del bosque. Necesitaba tiempo para asimilar lo ocurrido. Mi cabeza era un torbellino de ideas difíciles de hilvanar y mi orgullo, hundido y humillado pedía a voces ser resarcido.
Estaba enfadado, conmigo mismo, con la mujer; podía notar como la furia nadaba en la desoxigenada sangre de mis venas intoxicando los músculos, los tendones, las vísceras hasta llegar al corazón donde, renovada por el delirio, era impulsaba de nuevo en las arterias para apaciguar el veneno. Y ese ir y venir, ese fluir continuo y antagónico me estaba destrozando. Nunca he odiado tanto, ni deseado tanto como esa noche.*
Cuando la luna sucumbió y los primeros rayos de sol auguraban una mañana despejada, regresé. No dije nada, no hablé y aunque en alguna ocasión sentí la presión de sus ojos sobre mí, ella tampoco lo hizo y esa falta de palabras, de preguntas y respuestas, fue más clarificadora que cualquier conversación.
No había logrado disipar ninguna duda, tampoco era necesario porque en mi fuero interno sabía bien que estaba pasando, no necesitaba una noche en vela para saberlo, lo supe en el instante en que la bese, así que lo único que me quedaba por hacer era enterrar entre capas y capas de orgullo cualquier vestigio de lo sucedido y autoimponerme una calculada indiferencia. Respecto a nuestro anónimo visitante, deduje que llegado el momento tendría ocasión de preocuparme, suficiente era con tratar de encadenar los impulsos y controlar mis pensamientos.
Durante horas, viajamos a través de un bosque que había enmudecido y cuándo abandonamos Maboroshi, para adentrarnos en la pradera, fue como si mis hombros se liberaran al fin de una pesada carga. Me concentraba en guiar a Yasha, desechando cualquier otra idea y a pesar de la cercanía de su cuerpo, que se ajustaba entre mis brazos como las veletas a la dirección del viento, y de su olor y del calor que irradiaba, pude mantener la cabeza fría.
Me sentía de nuevo dueño de mí mismo, poderoso, renovado y eufórico por la victoria que estaba cosechando con mucha más facilidad de lo que supuse en un primer momento.
No tardaría en comprobar hasta que punto me equivocaba.
Un escalofrío recorre mi espina dorsal ante la visión sobrecogedora de Shakkotsu. Las muchas historias que uno haya escuchado no alcanzan a describir la imagen que se dibuja ante mis ojos.
Edificada sobre un peñasco en medio del mar, las olas se estrellan con ímpetu contra la muralla de basalto, levantando en su retirada una nube de agua vaporizada que difumina, por un instante, la erosionada roca para volver, una y otra vez, a colapsar sobre ésta en un estallido que reverbera en el silencio sepulcral que la rodea. Ni tan siquiera las gaviotas parecen querer acercarse y la sobrevuelan a lo lejos manteniendo siempre una distancia prudencial.
Cinco torres, emergen por encima del muro como las garras oscuras y retorcidas de una bestia, arañando el cielo que teñido por el ocaso parece sangrar sobre los tejados de pizarra y no puedo evitar pensar que de existir, el infierno debe ser muy parecido a este lugar.
Los animales se agitan nerviosos, como si no quisieran seguir avanzando y ralentizan su trote sobre la arena negra para evitar el momento de adentrarse, a través de un sólido puente levadizo en las entrañas de la fortaleza.
Sobre su montura Chichi, observa las gárgolas gigantescas de obsidiana que enmarcan el portón de entrada y detiene el paso, dibujando un gesto de terror en su rostro. Cabalgo hacia ella y levanto la vista. Con las alas desplegadas, como si en cualquier momento pudieran echar a volar, las colosales estatuas clavan sus garras afiladas en el pedestal que las sostiene, las venas y músculos se cincelan grotescamente sobre la roca y sus rasgos espantosos se tallan en una expresión siniestra. Bajo los ojos para encontrarme con ella que, devuelve la mirada al frente y azuza su caballo ignorándome una vez más.
Apenas si hemos cruzado dos palabras desde aquella noche y la situación ha comenzado a preocuparme. No es la primera vez que se enfada conmigo, de hecho creo que tengo un don especial para hacerla enojar pero me late que en esta ocasión es diferente. La falta de gritos, reproches y discusiones la hace distinta. Me he devanado los sesos tratando de averiguar que le pasa y sí, de acuerdo, la he besado, pero tampoco es para tanto; bastantes problemas tengo ya con eso como para que, ni tan siquiera, me de la oportunidad de disculparme por lo que sea que la haya molestado, o más que molestado porque la tristeza parece haberse instalado cómoda y permanentemente en sus ojos y en eso, mira por donde, se parece bastante a Bulma que en los últimos días no es más que una sombra de sí misma.
De haber sabido que un beso y su confesión me traerían tantas complicaciones me hubiera cosido los labios. Aburrimiento, hastío y desasosiego, ése podría ser el resumen del final de nuestro viaje. Y puedo entender que la situación no es como para celebrarla pero mostrar un poco de optimismo tampoco va a hacernos ningún daño.
Por no hablar de "su majestad", el engreído príncipe de los saiyajins, que en estos momentos pasa a mi lado y que desde que regresó al campamento me mira, como si a cada instante, estuviera haciendo un esfuerzo por no asesinarme.
—¡¿Y a éste que diablos le pasa? —Me pregunto un tanto sorprendido y si la irascibilidad fuera un rasgo de mi carácter tendría que estar gritándoselo a la cara. Aunque mejor me callo, porque últimamente cada vez que abro la boca acabo por pifiarla.
Suspiro resignado, al tiempo que traspaso la entrada y miro alrededor convencido de que, desde luego, si tenía alguna esperanza de que las cosas mejoraran, no he venido a parar al lugar idóneo.
"Detengo a Yasha y la tomo del brazo ayudándola a desmontar. Percibo como su piel se eriza bajo las palmas de mis manos y trago, esforzándome en desechar las ganas de retenerla un poco más. Apenas sus pies tocan el suelo da un par de pasos al frente y sin entender de dónde, el imbécil de Kakarotto aparece.
—¡Bulma! —Grita y la coge de la cintura, dando varias vueltas sobre sí mismo con ella entre sus brazos. Descabalgo de un salto, sin apartar los ojos de ellos, y deja de girar tomándola por los hombros—. ¿Estás bien? —Pregunta y antes de que la oiga responder, la abraza pegándola a él.
Demasiado cerca me digo, demasiada confianza, demasiado… ¡Mierda!
La está tocando y la idea nubla mi mente cubriendo la vista con un velo rojo de rabia. Nadie toca lo que es mío… y juro que intento deshacerme de este pensamiento y recuperar el juicio y las buenas intenciones, pero el muy cretino, rodea su espalda, inclinando el mentón para hundir la nariz en su cabello y aspirar recordándome, que ya he presenciado con anterioridad una situación similar.
Una bocanada de ira es liberada en el estómago, extendiéndose en oleadas de furia que me recorren haciéndome temblar de la cabeza a los pies. Mi cuerpo reacciona solo, como si se hubiera desconectado del cerebro y cobrara vida propia y la mano derecha, se cierra colérica sobre la empuñadura de la espada, agarrotándose en el metal al tiempo que, la izquierda se aprieta en un puño y los dientes se presionan con fuerza.
—Estoy bien. Gracias. —Contesta justo en el momento en que tiro de la espada para desenvainar y él la libera, pintando una sonrisa boba en su rostro que enseguida es correspondida—. ¡Chichi! —Exclama, abalanzándose sobre ella, al percatarse de la presencia de su amiga que en algún momento se ha acercado a nosotros y se encuentra junto a Nappa.
Cordura. Eso es lo que experimento cuando la razón me devuelve el control de mi cuerpo y mi mano se relaja soltando la empuñadura. Muevo los dedos repetidas veces para desentumecerlos y la mandíbula, endurecida por la tensión, se afloja al tiempo que la visión se normaliza.
Desde mi posición puedo notar la mirada inquisitiva de Nappa clavada en mí. Lo enfrento y su mudo reproche me da la certeza de que ha sido testigo de lo ocurrido. Me maldigo mentalmente por no haber podido reprimir los instintos y entonces, tomo en realidad conciencia de la situación. Ésta no es una guerra que vaya a ganar por haber obtenido una sencilla victoria. Desvío la vista a la mujer que continúa abrazada a su compañera, ajena a todo.
¡Son muchas batallas y muchas conquistas las que me quedan por delante hasta llegar a Shakkotsu!
Este pensamiento hace estragos en mis destrozados nervios y la indignación, por apenas haber logrado controlarme, mella mi recuperada cordura.
—La escena es enternecedora. —Escupo con sarcasmo y bastante mala leche, descargando en parte mi frustración—. Pero las "estupideces" ya nos han hecho perder suficiente tiempo.
Se separa despacio y me encara. El azul intenso que rodea su pupila se oscurece, de lo cual, deduzco que ha captado el doble sentido que encierran mis palabras. Mejor. Y cruzo los brazos frente al pecho en espera de su reacción, pero para mi sorpresa, asiente con la cabeza y se encamina a las carretas pasando junto a nosotros, eso sí, con el mentón bien alto.
—¡¿A dónde vas? —Pregunta el inútil, extrañado cuando ya ha recorrido algunos metros.
Se detiene volteándose a mirarlo y por un instante desvía la vista fijándola en mí, dándome la certeza de que quiere decirme algo.
—Creo que a partir de ahora prefiero viajar a cubierto. —Anuncia y ante el desconcierto general, se gira y continúa andando hasta desaparecer dentro del carruaje.
Angosto los ojos mientras la veo alejarse. Supongo que debería sentirme aliviado de que intente hacer las cosas un poco más fáciles pero esa concesión a mi orgullo no es propia de ella así que, no puedo evitar interrogarme por el significado de la misma.
—Gracias. —La voz de Kakarotto, que se encuentra delante de mí con su mano extendida, interrumpe mi reflexión. Enarco las cejas, mirándolo sin acabar de entender a que se refiere—. Por devolvérmela sana y salva. —Aclara y endurezco el gesto dejando traslucir todo el desprecio que soy capaz de sentir. ¡¿Cómo se puede ser tan necio? Y ante las inmensas ganas de estrangularlo opto por darle la espalda, aupándome a lomos de Yasha, para galopar al frente dejándolo allí plantado."
Durante los días transcurridos desde nuestra vuelta he podido verla en contadas ocasiones pero al contrario de lo que pueda parecer, eso no ha supuesto ningún descanso. La distancia no ha hecho más que multiplicar las ganas de ella, ocupando mis pensamientos hasta llegar a convertirse en una malsana obsesión. Es algo que no alcanzo a comprender, estoy acostumbrado a negarme cosas y nunca, había necesitado tanta energía para reprimir un deseo que a cada instante se revela más irrefrenable y enfermizo.
Sus labios abriéndose para mí, el calor de su tacto en mis dedos, el sonido de su respiración en mis oídos, son sensaciones de las que no logro deshacerme y que regresan, una y otra vez, desde el subconsciente, burlándose de mis infructuosos esfuerzos. Cada hora, cada minuto, cada segundo de nuestro viaje ha sido un castigo.
¡Desde luego el asqueroso lagarto sabía bien lo que hacia cuándo me mando a buscarla!
Una punzada aguijonea el pecho al tomar la realidad forma en mi cerebro porqué, si en verdad llegara a enterarse de esto… Tan sólo imaginar las consecuencias, hace que la ira corrompa las entrañas como si de un potente acido se tratara. Levanto la vista a las gárgolas de obsidiana que flanquean la entrada y en mi paranoia, puedo oír como las carcajadas escapan de sus fauces labradas en la roca.
Sacudo la cabeza tratando de deshacerme de la alucinación y mi mirada se clava con recelo en la espalda de Nappa. Como era de esperar no ha comentado nada al respecto, pero estoy seguro que sabe de mi tormento y aunque dudo de que se atreva a traicionarme, no puedo evitar pensar si no sería mejor silenciarlo.
La aparición del idiota que pasa cabalgando junto a mí, me hace desechar la idea, al menos de momento, para centrar mi atención en él. Siento el sabor amargo y desagradable del rencor en la garganta. ¡Maldito Kakarotto!
"—Por devolvérmela sana y salva—" Y sus palabras retumban en mi cabeza, intoxicando mi ya de por si enajenada razón. El veneno campa a sus anchas infectando cada órgano, cada porción de piel, cada célula que recorre y evoco, con resentimiento, a la verdadera culpable de todo. No puedo dejar de preguntarme si su comportamiento de los últimos días tendrá algo que ver con el inútil y esta sospecha incomoda mi estomago hasta convertirse en una opresión que obnubila mi mente, sin tan siquiera darme la oportunidad de reflexionar.
Ciño con fuerza las bridas, rememorando la fragilidad de su cuello en mis manos. ¡Sería tan sencillo acabar con todas mis miserias! Estrangularla al tiempo que mis labios beben su último aliento, devorar su boca, tomar su cuerpo, besarla hasta hacerla desfallecer y volver a ser el mismo de siempre. Respiro profundamente, apretando los parpados, para sofocar el fuego que estas imágenes han prendido en mi interior y tratar de calmarme, porque si no logro recuperar el control acabaré enloqueciendo por completo
Detengo a Yasha y miro alrededor, dándome cuenta de que me encuentro de nuevo prisionero entre los muros inabordables de Shakkotsu.
Las olas rompen suaves en la orilla y se diluyen dejando su estela húmeda sobre la arena. Hacia tanto tiempo que no veía el mar que casi había olvidado la tranquilidad que se puede sentir observando su continuo vaivén.
A través de la ventanilla del carruaje, Shakkotsu se muestra ante mí, emergiendo de la espuma blanca como una fantasmal aparición envuelta por un halo invisible de perversión y malos augurios. Supongo que en otras circunstancias, no podría evitar un escalofrío ante la visión de la oscura y siniestra fortaleza pero lo cierto es que mi mente, se encuentra demasiado lejos de este lugar para prestarle la atención que merece.
Lejos, muy lejos, entre cientos de árboles, a orillas de un lago, a la luz de la luna. Los parpados se vuelven pesados mientras los dedos acarician los labios tratando de revivir una textura, un sabor, un aliento y la piel se eriza al rememorar un instante que no ha dejado de acompañarme en la última etapa de nuestro viaje.
He intentado pelear con todas mis fuerzas contra el recuerdo de su boca sobre la mía. Olvidar es lo único sensato que puedo hacer. Lo que la razón me dicta que haga, lo que sus ojos me han pedido en silencio y a pesar de la certeza de estar haciendo lo correcto, confieso que nunca antes nada me había resultado tan difícil, ni había sufrido un fracaso tan estrepitoso.
"No lo digas" le dije tratando de preservar el orgullo. "A veces es mejor guardar silencio." Rogué para evitarme un desengaño que no quería sufrir. Me equivoqué. Quizás de haberlo dejado hablar, ahora el rencor bastaría para sostenerme en medio de la vorágine desatada porque, desde luego, la distancia no alcanza a paliar el deseo de volver a sentirme entre sus brazos.
No podría explicar el cúmulo de sensaciones que me embarga, pues no existen las palabras precisas que alcancen a describir la huella que un simple beso ha dejado en mí. Y me digo que hay demasiadas cosas en juego, Chikyuu, mi padre, mis amigos y los puños se aprietan impotentes hasta hacerme sentir las uñas hiriendo las palmas de las manos, pero el dolor no es comparable al lacerante vacío que desgarra mi interior.
Durante las horas transcurridas en su ausencia aquella noche, y a pesar de su rechazo, tome la resolución de obtener las respuestas que buscaba. Tenía que disipar cualquier duda, el muro de cordura que me protegía se había desmoronado a mis pies y ya no quería recomponerlo así que, sobreponiendo el temor opresivo a perder algo que ni tan siquiera había tenido, decidí encararlo tan pronto regresara. No fue necesario, sus ojos me dijeron todo lo que debía saber. Su indiferencia, fingida o no, fue tan reveladora como cualquier conversación y mucho más amarga.
Rendirme sin pelear no es mi naturaleza, pero tengo la férrea convicción que no soy yo quién ha de disputar esta batalla. Eso lo entendí cuando regresamos al campamento porque antes, estaba demasiado aturdida por su cercanía como para pensar ¡Y cómo me hubiera gustado, mientras cabalgábamos, poder reposar mi cabeza en su pecho y hacer desaparecer lo que nos separaba! Sin embargo, no iba a arrastrarlo a una locura que él se afanaba en erradicar, anteponiendo la soberbia y su realidad a cualquier esperanza. Opté por mantenerme al margen y abandonar una lucha de voluntades que, ansío ganar con toda mi alma sin importar las consecuencias de la misma.
¿Inconsciente? Puede ser. ¿Loca? Tal vez. ¿Enamorada? Quién sabe.
He dejado de interrogarme acerca de mis sentimientos, porque carece de sentido preguntarse sobre algo que está quizás destinado a ser arrinconado en la memoria. Y sé que sería lo mejor, para mí, para él, para todos pero eso sólo lo hace más complicado, no inalcanzable.
El carruaje se detiene y la portezuela se abre. Inhalo todo el aire que puedo tratando de demorar el momento inevitable de enfrentar de nuevo mi peor pesadilla. Asomo la cabeza e instintivamente la mirada lo busca entre la multitud de jinetes, carretas y esclavos que se arremolinan en el patio de armas. Encuentro sus ojos, negros, brillantes, indescifrables, clavados en mí, dándome, sin saberlo, la fuerza necesaria para afrontar lo que estoy segura es el principio del fin.
"Mi mérito final está en rehusarte, me resisto a apartar de
mí lo que realmente, soy;
Circundo los mundos, pero jamás intento rodearme con
ellos;
Simplemente, contemplándote, colmo aquello que tú tienes
de más dulce y mejor."
(Hojas de Hierba. Walt Whitman)
Maboroshi no Hayashi: El bosque misterioso
Yasha: Demonio
Shakkotsu: Cubito
Chikyuu: Tierra
*Creo que esta frase no me pertenece del todo, no sé, quizás la haya leído con anterioridad, o tal vez sea de alguna canción o película. No estoy del todo segura.
Bien capítulo XII (quizás un poco corto) y van quedando menos… Si habéis logrado entender algo en este maremágnum de pensamientos será un milagro. Sólo espero que, al leerlo, no os haya resultado tan caótico como creo. Os pido disculpas.
Gracias a Midory por el beteo y por tratar de sacar algo en claro de todo esto. Gracias también a Litle pen, sakura-dono, any chan, Dramaaa y vqs81, recibir sus comentarios levantó mi ánimo que, últimamente, andaba un poco regular nada más. No pude responder personalmente algunos reviews así que lo haré a continuación.
A Sakura-dono: Eres una de las artífices del mismo así que, si te gustó el beso me doy por satisfecha. Si aún estás de vacaciones: ¡Disfrútalas! Son sólo una vez al año y siento haber tardado en actualizar pero a veces las cosas no salen como una espera…
A any chan: Bien, como yo tengo claro como va a terminar esta historia y no pienso cambiar de idea te diré que: "La felicidad es saber unir el final con el principio" la frase es de Pitágoras y puedo asegurarte que es una muy buena pista…
A vqs81: Me encanta que los detalles puedan acercarte a los personajes y lugares tal y como los imagino. En serio, me preocupa mucho no poder conseguir eso, así que gracias por hacerme saber que en ocasiones sí lo logro XD
Ya funciona el contador, por lo que esta semana no tienen excusa. Lectores anónimos: Gracias por leer
Henri Beyle mas conocido como Stendhal dijo: "Lo que forma nuestra suerte no es lo que experimentemos, sino nuestra manera de sentirlo." Así que haced como vqs81 ycada día al levantaros pensad que la buena fortuna va a ser más que generosa con vosotros. Ya me contaréis los resultados…
Hasta pronto…
