Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé
CAPITULO XIII: BAJO EL BAMBÚ
Lo primero que veo es su cabello ondeando por efecto de la brisa; sus ojos buscan algo entre la multitud que se amontona en el patio para recibirnos, al parecer nuestra llegada ha causado gran expectación, me descubren y se clavan en los míos durante un segundo interminable. Desciende parsimoniosa del carruaje y camina hacia donde me encuentro, cimbreando las caderas; despacio, segura, sin dejar de mirarme, sin que pueda dejar de mirarla.
El golpeteo insistente de la sangre concentrándose a ambos lados del cráneo, me hace reaccionar—. "Perfecto Vegeta. Perfecto. Ya puestos… ¡¿Porqué no te lanzas sobre ella delante de todos?" —Me censuro sarcástico, consciente de lo obvio que resulto y mudo la cara, dejando que el desprecio se adueñe de mi expresión.
¡Necesito centrarme en algo que no sea la mujer y lo necesito ya!
Desmonto, entregando las bridas a uno de los esclavos y le doy la espalda, dirigiéndome a la entrada, eso me da un minuto a solas, alejado del ruidoso patio y de mi particular pesadilla de ojos azules para tratar de recomponerme. El "gusano" es perspicaz y yo, preciso la mente y los sentidos trabajando al unísono y alerta para enfrentarme a él. No debo permitirme ningún desliz. Lo conozco, cualquier distracción puede costarme muy cara.
Recorremos en silencio el intrincado laberinto de pasillos. La llama de las antorchas, se tambalea sobre las paredes negras de basalto creando sobrecogedoras sombras a nuestro paso y el familiar murmullo de las mazmorras, se cuela en mis oídos para corroborar que estoy de nuevo en "casa", de vuelta en Shakkotsu.
Camino delante de todos, con Nappa al lado y sé, por su aroma; que se filtra en la nariz acompañado del olor a salitre y humedad, que ella está justo detrás. Aspiro en profundidad y contengo el aliento, permitiendo que los pulmones se llenen de un olor que llevan días codiciando. En seguida me doy cuenta de que ha sido un error y tengo que tragar grueso, para paliar el vértigo y la sequedad en la garganta.
Intento mantener la mente fría, pero resulta imposible. Los sentidos se dislocan. Su esencia, que una vez reconocida me niego a dejar de respirar, el calor que irradia a mi espalda y que percibo a pesar de la distancia, la imagen de su rostro nervioso, mordiendo con ansias el labio inferior, el sonido frenético de su corazón, es como si la tuviera ante mí, dentro de mí, tatuada en el pensamiento.
Las puertas se abren al final del corredor dejando entrar la luz del ocaso y la mirada, se hunde en la repulsiva figura sentada al fondo de la sala. Avanzo con lentitud sobre la mullida alfombra, retrasando a conciencia el momento, tratando de prorrogar lo inevitable, tomándome un tiempo que me es vital para deshacerme de las sensaciones que atenazan mi cuerpo, para volver a sentir ese odio, esa ira que él despierta y en la que he de escudarme para volver a ser el mismo de siempre.
—Milord. —Saludo haciéndome a un lado, e inclino mi cuerpo en una reverencia que es demasiado amarga.
No responde enseguida, deja que el silencio se prolongue hasta resultarme insoportable, ladeo un poco el rostro, inquieto, preguntándome qué diablos pasa y el estómago da un vuelco repentino. Ella se encuentra separada del resto, a mi izquierda, justo enfrente de él, que la observa fijamente, sin ninguna expresión concreta en la cara pero con un brillo especial en sus ojos que reconozco enseguida. —Mierda. —Y el instinto tensa los músculos al momento.
Desvía la vista hacia dónde me encuentro y sus labios se tuercen en un gesto que denota su animadversión.
—Por lo que veo, esta vez si has hecho las cosas bien. —Afirma con causticidad—. Mejor de lo que pensaba. —Murmura, devolviendo por un instante su mirada lasciva a Bulma, antes de volver a clavarla en mí—. ¿Algún problema?
—Ninguno. —Contesto mientras me incorporo, esforzándome por sonar indiferente. Algo difícil con el nudo que ahoga mi voz. Hago un gesto a Nappa que se aproxima al trono, extendiendo el pergamino del acuerdo rubricado por el rey. Su mano nervuda lo toma, desenrollándolo y lo examina a conciencia.
—Estupendo. —Me dice, enrollándolo de nuevo y ratifica su regocijo con una media sonrisa. Se incorpora y frunce por un instante el ceño al percatarse de la presencia de Kakarotto, para centrar su atención en la mujer. Desde mi posición puedo ver como la devora con los ojos, capturando cada curva, recorriendo su figura sin ningún reparo, y siento que los tendones y ligamentos no podrán resistir tanta tirantez. Inhalo en profundidad intentando mantener la calma, con el corazón contrayéndose y dilatándose tan rápido que acabará por reventar de un momento a otro.
Se aproxima a ella que, no hace ademán de moverse y continua estática, sin tan siquiera pestañear, con la barbilla alta, enfrentando impávida su obscena actitud y no porque no se haya percatado de la misma, estoy seguro de que todos lo han hecho.
—¿Habéis tenido buen viaje? —Pregunta deteniéndose a escasos centímetros de su objetivo, sin dejar de mirarla, usando su más almibarado timbre. Resulta nauseabundo.
Tarda en contestar y para mi sorpresa lo hace con altanería, enfrentándolo en un tono de menosprecio que me cuesta reconocer, quizás porque es la primera vez que lo oigo.
—¿Acaso importa? Ambos sabemos que estoy aquí por obligación, así que no alcanzo a comprender a que viene la preocupación. Fuera, claro está, de que sintáis algún tipo de un interés morboso en escuchar como he detestado cada hora que me acercaba a este lugar y a todo lo que significa. —Enarca una de sus cejas contrariado y la estudia, impasible, un tiempo que se me hace eterno. Sus reacciones son imprevisibles. Intuitivamente flexiono el codo y abro la mano acercándola a la espada, preparándome para lo peor. Al fin recupera su pose arrogante y ladea los labios divertido. No esperaba esa respuesta y el desdén con que se ha pronunciado parece gustarle. Le entusiasman los retos y la mujer, acaba de convertirse en uno muy interesante.
—Pregunto… —responde totalmente rehecho y endulzando sus palabras—…porque sé que a veces Vegeta pueden ser muy desagradable. Como el resto de los saiyajins, es sólo un simio sin modales. —Hace una breve pausa para fijarse en el inútil—. Aunque por lo que veo, ya estáis acostumbrada. —Dice en una clara alusión al mismo—. Me disgustaría que os hubiera molestado de algún modo. —Profiere mirándome con encono. Ruego porque ella no me mire también, para mi desgracia desvía la vista clavándola en mí. La humillación es insufrible y no puedo evitar culparla de la misma, así que la encaro cargado de rencor, dejando que el resentimiento brille en mis ojos y por una fracción de segundo, vuelvo a odiarla de nuevo. Veo su barbilla temblar ligeramente y la cólera que enciende sus pupilas no presagia nada bueno.
—Me molestan más los reptiles. —Escupe insultante, desafiándole, con la mandíbula apretada y las manos crispadas a ambos lados del cuerpo.
La sonrisa que ostenta se desdibuja en los labios, que se transforman en una fina línea negra y las venas, emergen de los brazos marcándose a través de la blanquecina piel. La toma con brusquedad por el mentón, hundiendo las yemas en la carne y sus iris marrones adquieren ese particular tono rojizo, titilando enfurecido. En el lado derecho, Kakarotto da un paso al frente quedando delante de Chichi y sus dedos se ciernen sobre la espada. Ella, frunce un gesto de dolor y un velo rojo emborrona la visión desatando una violenta tempestad en las entrañas—. Voy a matar al maldito bastardo —y busco a ciegas el puño de mi acero para desenvainar.
La mano de Nappa, que no tengo idea de cómo ha llegado hasta mí, se cierra sobre mi hombro y un efímero rayo de lucidez ilumina el camino de la razón, de todas formas no dejo la empuñadura. La ira borbotea incandescente en mi torrente sanguíneo, anegando a su paso cualquier posibilidad de raciocinio. Supura por cada una de las cicatrices de mi piel que parecen doler más que nunca, atruena los oídos, taladra las sienes.
—Sería bueno que moderaras tu lenguaje. Me complace la osadía en una mujer pero no tolero la insolencia. —Masculla amenazante, obligándola a levantar aún más la cabeza. Sube su brazo libre y acaricia con el reverso de la palma el cuello de Bulma que, presa del miedo convulsiona bajo su repulsivo tacto. La veo apretar los ojos y contener el aliento mientras la recorre libidinoso, bajado despacio por la clavícula hasta detenerse en el borde de su escote que circunda, para introducir la punta de los dedos bajo la tela. La furia es tan intensa que apenas me deja respirar—. Me voy a divertir mucho con esto. —Susurra, acercándose más a ella y sé que se acerca el final porqué soy incapaz de poder contener la rabia que me está destrozando por dentro. Sonríe malicioso y se distancia, soltándola abruptamente.
Le regala una última y perversa mirada cargada de intención, antes de volver sobre sus pasos para sentarse tranquilamente en el trono.
—¡Todos, fuera de mi vista! —Ordena áspero, levantando la voz y agitando desdeñoso la mano.
Por inercia hago una reverencia y me giro para abandonar la sala, mareado, sin ser en verdad consciente de que estoy haciendo, sin entender demasiado bien lo que pasa a mí alrededor. Lo único claro es que tengo que salir de aquí cuanto antes.
—Vegeta. —Oigo a punto ya de alcanzar la salida. Cierro los parpados y tomo todo el aire que puedo para mitigar la ansiedad.
—¿Si? —Respondo, volteándome de nuevo y fingiendo una despreocupación que no es en absoluto real.
Hace un breve silencio, observándome serio, con ese odio acérrimo que no se esfuerza en disimular.
—¿Qué te ha pasado en el hombro? —Suelta con naturalidad. Un invisible estremecimiento recorre mi cuerpo y la sensación de peligro se extiende con rapidez. Por el modo en que me mira no es una simple pregunta. Exploro mi mente en busca de una respuesta coherente que me permita librarme de dar explicaciones. No puedo permitirme permanecer un solo minuto más en su presencia. No con el pulso acelerado y el instinto pidiéndome a voces que acabe de una vez por todas con su miserable vida o que él termine con la mía, lo que sea con tal de que mi orgullo deje de sufrir esta agonía.
—Un percance en el entrenamiento. —Miento, tratando de sonar convincente.
Me estudia con agudeza, angostando los ojos y analizando con detenimiento mi aptitud, decidiendo cuanta parte de verdad hay en mis palabras, finalmente parece relajarse en su sillón.
—Deberías prestar más atención. —Profiere displicente dando por zanjada la cuestión y le doy la espalda, caminando con aparente calma hacia la puerta mientras siento sus astutas pupilas fijas en mí.
Chichi, se mueve de un lado a otro de la habitación, deshaciendo nerviosa el equipaje. La observo por un instante y me arrellano un poco en el sillón, perdiendo la mirada en la pared que tengo enfrente.
Revivo una vez más lo ocurrido hace apenas un rato y sacudo la cabeza, para deshacerme de unas imágenes que se empeñan en no querer desaparecer de mi mente. El miedo, anuda aún el estomago haciendo que me pregunte de dónde he sacado el valor suficiente para encararlo y en mi fuero interno, sé que más que valentía ha sido rabia, una rabia inmensa que jamás antes había conocido y de la que ni tan siquiera tenía constancia. Cuándo lo he visto mirarle e insultarle, no he podido contenerme y el resentimiento ha arrasando cualquier vestigio de cordura. Por primera vez entiendo lo que significa odiar a alguien, porque estoy segura de que ese sentimiento es el que se enraiza, fijándose en mi pecho y no es agradable. Te consume el rencor, la impotencia, la desesperación.
Esbozo una sonrisa amarga y pienso, que nunca he estado tan cerca de entender a Vegeta como lo estoy en este momento.
Desvío la vista a Chichi que, ajena a todo, acomoda la ropa en los armarios y cajones. Me percato del silencio a nuestro alrededor y de repente, me doy cuenta de su singular falta de palabras. Arrugo la frente, en realidad, si medito sobre ello, lleva varios días comportándose de un modo extraño.
—No hay porqué hacer eso ahora. —Digo sin dejar de observarla—. Tenemos mucho tiempo por delante para hacerlo. —Y la resignación ha teñido mi voz.
—Es mejor acabar cuanto antes. —Contesta seca, sin tan siquiera girarse a mirarme.
Su parquedad confirma mis peores sospechas. Sí, decididamente algo no anda bien.
—¡¿Qué está pasando, Chichi? —Más que como una pregunta, ha sonado como una imposición. Su mano se crispa un poco sobre la percha que sostiene y vacila un instante, antes de colgarla y tomar otra. Sin mirarme, se dirige de nuevo a uno de los baúles y saca un Kimono—. ¿Chichi? —Insisto, ante su clara intención de no responder. Respira sonoramente y deja la prenda sobre la cama, volteándose hacia mí con cara seria
—No lo sé, dímelo tú. —Y por el tono, la adivino enfadada. Lo cuál no deja de sorprenderme.
—¿A que te refieres? —Cuestiono sin tener la más remota idea de que me está hablando.
Mis palabras parecen molestarla y levanta una de sus cejas suspicaz, pone los brazos en jarra y me mira a través de unos ojos que centellean irritados unos segundos para, enseguida, ir apagándose.
—¡¿Porqué no me dijiste que te había besado? —Suelta y me congelo en el sillón. No es posible que ella sepa lo sucedido en Maboroshi. El pulso se acelera mientras trato de buscar una respuesta que me saque de ésta.
—¿Quién…quién te lo dicho? —Indago nerviosa, sin saber muy bien a que atenerme.
—Eso no importa. Goku te ha besado y tú ni siquiera me lo has contado. —Reprocha resentida y respiro aliviada. Así que se estaba refiriendo a ese otro beso—. ¿Por qué no me lo has contado? —Murmura y la aflicción de su voz hace que me sienta incomoda por mi momentánea alegría. Me incorporo y camino hasta ella, que baja la vista al suelo para evitar mirarme directamente.
—No quería hacerte daño. —Confieso, levantando su barbilla. Las lágrimas se acumulan en el borde de sus ojos. Está haciendo un gran esfuerzo por no dejarlas escapar—. Además, ni tan sólo fue un buen beso. Estoy segura de que no significo nada. —Expreso con dulzura, limpiando con mi pulgar una lágrima rebelde que rueda por su mejilla. Me mira con la duda impresa en sus pupilas, sin acabar de creerse mis palabras.
—¿Cómo sabes que el beso no fue bueno? —Censura en un susurro y ahí sí me ha pillado. Conociéndola, debí pensarlo antes de hacer ese tipo de afirmación. Como explicarle que la piel no se erizo, que el tiempo no se detuvo, que no sentí el mundo desvanecerse y las mariposas vuelven a hacer de las suyas en el estomago.
—Sólo lo sé. —Contesto reviviendo ese otro beso cuyo recuerdo nubla el pensamiento, abstrayéndome de la conversación.
—Está enamorado de ti. —La oigo reticente y centro mi atención de nuevo en ella, en su desilusionado rostro.
—No. Está confundido. —Respondo firme—. Pero acabará dándose cuenta de cuales son en realidad sus sentimientos por mí, de que somos como hermanos. —Me mira no muy convencida y esbozo una sonrisa, a la que no corresponde, pero que parece relajarla.
—¿En serio lo crees?—Cuestiona dubitativa, aunque mucho más tranquila.
—Estoy convencida de ello. —Afirmo, sosteniendo su mirada un instante, antes de abrazarla con fuerza.
Me encuentro de pie junto a la ventana, rendido a la presencia de una luna amarilla, presagio de malos augurios, que destaca en la oscuridad del cielo que la sostiene. Trato de mantenerme ocupado en la imagen desoladora que el astro en plenitud ofrece, esforzándome en no pensar.
No pensar, no sentir, dejar de torturarme, descansar durante un rato de mí mismo.
—Deberíamos volver a Namekussei —oigo decir a Nappa tras de mí y las palabras, tardan en registrarse en mi conciencia que se niega, perezosa, a perder la efímera paz conquistada. Volteo con lentitud la cabeza; está sentado en un sillón, de espaldas a la chimenea de la sala, con la mirada puesta en el suelo. Levanta los ojos y la duda titila por un instante en ellos—. Creo que es tu única salida. —Apostilla en apenas un susurro, súbitamente silenciado por la campana de alarma que repica en mi interior, avisándome de la invisible amenaza. Arrugo el ceño y devuelvo la vista al frente seguro de que no quiero iniciar una conversación, de hecho, hablar es lo último que quiero hacer en estos momentos.
Considero el ignorar su comentario, refugiándome de nuevo en la noche para no prestarle atención, pero el instinto decide una vez más por mí. Necesito enterarme de que es lo que sabe o, cree saber en realidad. Conocer a tu enemigo te fortalece—. "Pero Nappa no es mi enemigo…" —pienso. Es más bien un enorme y fiel perro guardián aunque, el cancerbero más leal puede también morder la mano confiada y desprotegida de su amo. Sí, la confianza nunca es una apuesta fiable. Jamás he confiado en alguien y no voy a empezar a hacerlo ahora.
—¿A qué te refieres? —Cuestiono trascurridos unos segundos; tratando de sonar indiferente mientras siento los músculos estirarse, preparándose para lo peor.
Tarda en volver a hablar, como si estuviera meditando sobre la conveniencia o no de hacerlo, cuando se decide, percibo en su voz una firmeza impropia de él que despierta mi interés.
—No soy imbécil. Sé lo que te está pasando. —Asevera y giro despacio mi cuerpo, dolorosamente rígido ya, para verlo dibujar una sonrisa autosuficiente—. Lo sé desde hace tiempo. —Asegura.
Angosto la mirada con hostilidad, cruzando los brazos frente al pecho y dibujo una mueca de fastidio. No se da cuenta del peligro que puede suponerle seguir con esto y, si se percata del mismo, eso no lo hace desistir.
—¿Qué fue lo que te dijo el bosque? —Demanda tranquilo. Demasiado tranquilo para mi gusto.
Un escalofrío recorre mi espalda ante la pregunta y la sangre se agolpa, presionando las sienes. Lo que era un martilleo incesante es ahora un estallido atronador que perfora los tímpanos. Me obligo a mantener la calma, ningún gesto delata mi ansiedad a pesar de que la atmósfera, parece densificarse alrededor, aplastándome bajo su imaginario peso. Sin dejar de observarlo, ladeo los labios mordaz y suelto una carcajada sardónica que reverbera burlona en el tenso silencio que nos rodea. Enarca las cejas sorprendido por mi reacción.
—¡¿De que diablos me estás hablando? —Interrogo sin dejar de reír—. ¡No puedo creerlo! ¡A tu edad y aún tienes fe en todas esas patrañas! El bosque no me dijo nada, es sólo un lugar con árboles. —Explico con sarcástica insolencia—. ¡Hasta donde yo sé, los árboles no hablan!
Esa ironía que durante años me he dedicado a perfeccionar y en la que suelo ampararme, vuelve a ser mi salvación. Puedo leer cierto desconcierto en su expresión aunque se mantiene serio, sin dejar de estudiarme con curiosidad. Lo mejor sería marcharme antes de que siga insistiendo en el tema. He averiguado lo que quería y quizás hasta haya logrado engañarle, al menos de momento. Continuar aquí no va a depararme nada bueno, menos con los nervios nublando la mente. Necesito tiempo para poder recomponerme y razonar sobre todo lo sucedido hoy.
—Estoy harto de escuchar tonterías. —Suelto irritado y comienzo a andar con pasos enérgicos, pasando furibundo junto a él para abandonar la habitación. No alcanzo a llegar a la puerta cuando lo oigo de nuevo.
—Ignorarlo no te servirá. Tu instinto saiyajin ya la ha reconocido y por más que lo intentes nada va a cambiar eso. —Me volteo iracundo, encarándolo y preguntándome: ¿Por qué no enmudece de una jodida vez?—. Lo he visto muchas veces… he pasado por ello —confiesa con cierto deje de melancolía en sus palabras. Se ha puesto en pie y su semblante, denota en verdad un entendimiento que enardece mi enojo.
—Cállate. —Siseo peligrosamente dando un paso adelante. Suficiente es sufrir un deseo que hunde mi orgullo en un charco inmundo de emociones vergonzosas y degradantes, para encima tener que soportar su indulgencia. ¡No necesito de su maldita comprensión! ¡No necesito la maldita comprensión de nadie! Tomo aire y los puños se aprietan con fuerza a ambos lados del cuerpo. Continúa hablando, desatendiendo mi más que evidente enfado.
—Los sentidos parecen haber enloquecido. Su olor, su tacto, su voz, todo está en ti y te arrastra sin remisión a ella. Es intuitivo, como si no existiera nada más. Dejaste que te hirieran, fuiste a buscarla al bosque, ¿qué más pruebas necesitas? Crees que puedes controlarlo, pero te equivocas, es más fuerte que tú, apenas si pudiste contenerte cuando Kakarotto o Freezzer la tocaron…
—¡He dicho que te calles! —Grito colérico, sintiendo el borboteo de la rabia en mis venas y arterias, porque una cosa es ser consciente de tu humillante realidad y otra, escuchar en voz alta todo lo que llevas días intentado negarte a ti mismo.
Hace una pausa y me mira fijo, evaluando la situación.
—Si estuviéramos en Vegetasei ya la habrías reclamado y sería tuya, pero esto es Shakkotsu. Alejarte antes de que nadie más se de cuenta, es lo único que puedes hacer. —Sentencia—. El asqueroso lagarto lleva tiempo buscando algo así para destrozarte. Si se entera sería incluso capaz de matarla —y hay en sus ojos un brillo cruel—. Aunque quizás esa sería la solución…
Si alguna vez he llegado a pensar que conocía lo que significa el miedo, en estos momentos entiendo que no era más que un eufemismo de lo que se siente en realidad. Por un instante el corazón se detiene, deja de palpitar para de improviso, acelerar sus latidos como si fuese a reventar el pecho. Todo sucede en apenas unas milésimas de segundo sin embargo, parecen pasar horas hasta que mi cuerpo y mi cerebro vuelven a sincronizarse.
Encajado el golpe, los congelados músculos se calientan y la ira, implosiona con violencia inusitada cuando sus palabras logran ser hilvanadas, volviéndome loco. Recorro como una exhalación la distancia que nos separa y le propino un severo puñetazo en la boca del estomago. Inclina su cuerpo hacia delante, llevando las manos al vientre y esboza una mueca de dolor. Lo derrumbo de otro golpe y me arrojo sobre él. Mis puños se cierran impactando una y otra vez en la cara, en el tórax, en los brazos, en cualquier obstáculo que encuentran en su camino. Se revuelve tratando de protegerse pero nada puede salvarlo de una fuerza que se alimenta del pánico y la impotencia, de una verdad que, por mucho que me empeñe en obviar, sigue presente en mi mente.
—¡Jamás, jamás vuelvas a insinuar algo así! —Voceo sin dejar de atacarlo—. ¡Ni tan siquiera se te ocurra pensarlo! Freezer no va a enterarse de nada porque no está pasando nada ¡¿Lo entiendes! —Pregunto, poniendo mis manos en sus sienes para incorporarlo y estrellar repetidamente su cabeza contra el piso—. ¡¿Lo entiendes! —bramo en espera de una respuesta, sin la lucidez suficiente para captar que se encuentra medio inconsciente e imposibilitado para articular ningún sonido. Dejo de zarandearlo y clavo mis ojos cegados por la furia en él, apenas si puedo distinguir su rostro herido y el olor de la sangre penetra por la nariz, despertando en parte mi obnubilado juicio. Me levanto sin dejar de observarlo y lo pateo con saña en el suelo—. Si sabes lo que te conviene mantendrás la boca bien cerrada por que si la abres…—Le asesto un último puntapié que corrobore mi amenaza…—. ¡Juro que desearas mil veces la muerte antes de que ésta te encuentre! —y camino veloz hacia la puerta en busca de un oxigeno, que me es indispensable para volver a respirar.
—Veg… Vegeta… Pién…salo. —Murmura lastimosamente y cierro de un sonoro portazo, recargando, por un momento, mi peso sobre la madera. Miro las manos temblar, con los nudillos despellejados y las aprieto en puños. Echo a andar, inhalando en profundidad para templar la rabia que aún bulle en mis entrañas porque, a pesar de lo ocurrido, sé que lleva razón.
Sentada a los pies de la cama contemplo el kimono nupcial de la seda más fina, expuesto ante mí como una metáfora de lo que será mi vida a partir de mañana, recordándome implacable el único motivo por el que estoy aquí. La lujosa estancia se desvanece, los muebles, las alfombras incluso el aire desaparece al igual que volutas de humo arrastradas por el viento. Me asfixio entre estas cuatro paredes que parecen estrecharse a mi alrededor, comprimiendo el espacio hasta hacerlo agobiante, insoportable. Poniéndome en pie, huyo hacia la puerta, sin saber a donde voy, sin importarme nada que no sea salir lo más rápido posible, escapar antes de que el suelo se abra y sucumba, engullida por la desesperación y la angustia.
Tan sólo el murmullo del mar en la lejanía acompaña mis pasos, que atraviesan los pasillos hasta llegar al atrio para enfrentar, una noche donde la luna derrama su luz ambarina sobre el jardín. Desde la escalinata que baja a las terrazas, observo el astro en plenitud insinuar entre las sombras las siluetas de los árboles y las flores en los parterres.
Respiro, llenando mis pulmones con la brisa fría del final del otoño que alivia, en parte, la sensación de ahogo que tenía hace apenas unos minutos en mi habitación. Las lágrimas escuecen en los ojos, exigiendo poder deslizarse y borrar la huella de sus dedos blanquecinos, rematados por esas cuidadas y cortas uñas negras, recorriéndome con su tacto áspero.
Ha sido horrible, mucho peor de lo que pensé en un primer momento, y no sólo por su repulsiva figura llena de músculos grotescos, ni por su piel nívea a través de la cual pueden distinguirse las hinchadas y moradas venas, ni tan siquiera por la crueldad de sus iris, dos brasas encendidas, que recorrían lujuriosos mi silueta sino, porque mientras todo esto ocurría, sentía la mirada de Vegeta sobre mí en un reproche mudo y venenoso y en su rostro, podía ver dibujado el desprecio como jamás antes lo había visto. Los pies, la mente, el cuerpo me pedían a voces caminar hasta él y exigirle que dejara de mirarme, que nunca más volviera a mirarme de esa manera, porque duele, daña, injuria y al mismo tiempo que el enfado prendía en mis entrañas, quería envolverme entre sus brazos, acunarme en ellos sin importar que el mundo se desmoronara a nuestro alrededor.
Suspiro resignada, con las lágrimas aún pugnando por salir y desciendo los peldaños adentrándome en el jardín, caminando sin rumbo fijo, perdiéndome entre los claroscuros que crea la penumbra en la vegetación.
Cuándo salí de Chikyuu me prometí a mí misma no volver a llorar, así que trago espeso tratando de aliviar el nudo que atenaza la garganta. El problema radica en que, por aquel entonces, no tenía tanto que perder—. "No se puede perder lo que no se tiene." —Argumenta acertada mi razón, pero me niego a escucharla una vez más. Hace días que la eludo, consciente de que lo que tiene que decir no va a servir de nada, la cordura nunca fue mi mejor cualidad y sé, que ese duelo permanente que mantiene con mi corazón hace tiempo que lo tiene perdido.
Vislumbro, en la última terraza, el bosquecillo de bambú cuyos altos tallos se elevan recortándose en el lienzo de la noche. El viento se cuela entre los troncos huecos, meciéndolos en una melodía cuyo compases se escuchan a lo lejos entre el crepitar de las olas en la roca. Los acordes, tarareados en el aire, me arrastran hasta llegar a la orilla del mismo y el rumor del agua, corriendo entre las piedras, se filtra en mis oídos. Curiosa, me adentro en el laberinto de vástagos en pos de un sonido que resulta demasiado extraño.
¡Si hay un arroyo en este lugar he de verlo con mis propios ojos!
Apenas tengo que caminar cuando el bosque se abre en un pequeño claro donde, efectivamente, un riachuelo serpentea entre los peñascos para desaparecer en la espesura. No puedo distinguir su origen, ni tampoco su final, tan sólo el agua reflejando la luna que se alza en el firmamento custodiada por cientos de estrellas. Me pregunto por la existencia de algo tan pacífico y hermoso entre los muros sombríos de Shakkotsu. Un remanso de paz entre la desolación, entre los gritos y el dolor y pienso que, en ocasiones, como en este rincón, la esperanza y la desesperación también pueden coexistir en algún momento de la vida.
Cierro los ojos y aspiro. El perfume de las lilas cercanas y la tierra húmeda, se cuela en mi nariz junto a una esencia que reconozco al instante.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Oigo a mi espalda en un tono brusco que tensa cada fibra de mi cuerpo. Contengo el aliento y me giro despacio para encararlo. Tan sólo adivino su figura, de pie, a escaso un metro de donde me encuentro, resguardada por el manto de la noche.
—Supongo, que podría hacerte la misma pregunta. —Contesto con fingida calma mientras el cosquilleo de mi estomago se expande veloz hacia el vientre, regándome de alborotadas y extrañas sensaciones.
Sale caminando de entre las sombras y conecta nuestras miradas. La pálida luz, incide en su rostro delineando unas duras facciones que no denotan ninguna emoción, en cambio, a pesar de la oscuridad, sus ojos me desnudan con fiereza, clavándose con intensidad en mí y enviando una visible sacudida que recorre la columna.
Ladea los labios en una sonrisa fría, cortando mi respiración.
—¿La novia no debería estar descansando para mañana? —Y ahora, sí puedo percibir el rencor—. ¡Será un gran día! Ha venido mucha gente para la ceremonia y no querrás lucir ojerosa. —Escupe hiriente, tomándome de la barbilla, para asegurarse atención ante mi clara intención de desviar la vista al suelo—. A Lord Freezer no le va a gustar si algo opaca su brillante victoria. La "esposa", quedándose dormida por falta de sueño en la noche de bodas puede ser un duro revés para su hombría. —Me suelta con rudeza, dejando la estela tibia de sus dedos en la piel—. Podría enfadarse y no queremos que eso pase. ¿Verdad? —Hace un breve silencio que rompe con un bufido—. No, claro que no.
Lo escucho sin alterarme, dándome cuenta, por primera vez, que ya no hay ira, ni rabia. No cuándo se trata de él. Quizás tristeza por el evidente resentimiento con que se ha pronunciado y desesperación, la misma desesperación que leo en sus ojos y que su orgullo no le deja ver.
—No va a haber noche de bodas. —Me oigo, dando una explicación que resulta absurda, pero no puedo dejar de hacerlo, es como si necesitara las palabras para cubrir ese agujero que se abre entre nosotros, alejándonos sin remisión—. Es sólo un matrimonio sobre el papel, cuándo Chikyuu…
Deja escapar una carcajada amarga que interrumpe mis pobres argumentos. Lo miro, confusa por su enajenada risa y sus pupilas llamean con salvaje furia.
—¡Eres demasiado ingenua! ¿En serio piensas que una vez que esto acabe él te dejará marchar? ¡No lo conoces! ¡¿Lo has visto mirarte? —Traza una mueca de asco y su exaltación crece por momentos—. Quizás tengas alguna esperanza mientras sus planes estén en juego, pero una vez reciba las armas nada le detendrá de obtener lo que quiere. —De improviso, me toma con fuerza por los antebrazos y la distancia entre ambos se acorta—. ¿Te sientes mejor pensando que esto no es más que una farsa? ¿Qué todo terminará cuando llegue la primavera? Muy bien, sigue interpretando a la heroína hasta entonces. ¡Cuándo lo tengas gimiendo encima de ti, te darás cuenta de cómo concluye realmente esta función! —Y el aire que exhala lame mi rostro en una caricia invisible.
—Cualquiera que estuviera escuchando diría que te importa que eso pueda pasar. —Suelto, sin tratar de librarme de su agarre, sin pararme tampoco a pensar lo que estoy diciendo. Sus manos se crispan y los labios se aprietan por la fuerza con que presiona la mandíbula. Ya es demasiado tarde para rectificar, en realidad no me arrepiento de mis palabras. Necesito saber porqué, si vamos a hablar de actuaciones, la pantomima que llevamos días representando también tiene que tener algún final—. Dime ¿Te importa? —Pregunto firme, sin cortar el contacto visual.
—¿Crees qué puedo sentir lástima o compasión? —Se mofa—. ¡¿Qué tengo remordimientos? Eso equivaldría a tener conciencia, algo de lo que por suerte carezco. No me concierne en absoluto lo que está pasando. Tenía una misión y la he cumplido, el resto me tiene sin cuidado. ¡¿Piensas qué soy el imbécil de Kakarotto? —Mis ojos se abren asombrados. ¡¿Goku? ¿Qué tiene que ver Goku en todo esto?— No me has contado que opina el inútil de tu papel de mártir. —Abro la boca para responder—. Mejor no me lo digas —articula con desprecio—. No quiero oír nada acerca de esa parodia de guerrero. ¡Me revuelve las tripas sólo pensar que corre sangre saiyajin por sus venas!
El aborrecimiento es tan evidente que en un principio me desconcierta. Angosto los ojos, tratando de buscar motivo a un odio que no tiene sentido. Una respuesta centellea fugaz en mi pensamiento e intento desechar la idea por inverosímil, pero mi corazón empieza a bombear demasiado deprisa. La remota posibilidad de los celos me insufla valor y desinhibe la prudencia. Si hay un momento para ser valiente, para confesar y rendirse a la locura, es ahora.
—No estamos hablando de Goku, no me interesa su opinión. —Declaro sin dejar de mirarlo. Cerca, muy cerca, con su aroma colándose por mi nariz y su aliento calentando mis labios—. Quiero saber por qué te importa a ti. —Incluso bajo la escasa luz que nos rodea puedo ver su semblante perder el color. Enfrenta mis ojos desorientado, con la mirada ausente y las pupilas dilatadas. Parece contrariado y siento los dedos hundiéndose con más fuerza aún sobre los antebrazos, en un agarre doloroso que de seguro va a dejarme alguna marca. Desvío la vista a sus manos percatándome de las heridas abiertas en los nudillos—. ¿Qué te ha pasado? —pregunto con preocupación y reacciona, llevando los puños a ambos lados del cuerpo, apretándolos.
—¡Hay demasiados curiosos esta noche! —Exclama destilando veneno—. De repente todo el mundo parece empeñado en imaginar sentimientos y emociones que no existen. ¡Que no existirán nunca! —Remarca con inusitada vehemencia—. Algunos ya pagaron las consecuencias, no es saludable andar husmeando en asuntos ajenos. Suelo irritarme con facilidad.
Clavo la vista en él, intentando adivinar que oculta tras su velada amenaza. Sus iris son dos pozos en los que resulta imposible vislumbrar el fondo. No va a dejarme entrar en sus pensamientos, pero su orgullo tampoco va a hacer que me rinda. No esta vez.
Lo miro comprensiva y alargo la mano para tratar de tomar uno de sus maltrechos puños, se percata de mi gesto y da un paso atrás, saliendo de mi alcance.
—¿Porqué me tienes miedo? —Interrogo suavemente, con los ojos sobre los suyos y avanzando hacia delante hasta volver a quedar a escasos centímetros de su cara que, abandona su pose impasible, unos segundos, para mostrar cierta turbación.
—No seas estúpida. Tan sólo eres una mujer débil e insignificante. Podría acabar con tu miserable vida antes de que te dieras cuenta. ¿Por qué iba a tenerte miedo? —Expresa con cierta indecisión.
-Porque puedo hacer esto… —Y mi boca se precipita sobre la suya incapaz de resistirlo más.
Enlazo los brazos en su cuello y noto sus músculos tensarse al instante. Cierro los ojos dejándome llevar. Se rehúsa, trasmitiéndome la confusión, las ansias reprimidas, la lucha feroz y desesperada por renunciar, por no sucumbir a lo inevitable. Sus dedos ciñen mis antebrazos e instintivamente, me pego aún más a él. No voy a dejarlo ir, no sin que me de una oportunidad, sin haberme dejado siquiera intentarlo y busco rendirlo en cada roce, desnudando a cada contacto una parte de mi alma, exponiendo, sin reservas, un sentimiento que quema, consume y duele.
Su cuerpo va relajándose junto al mío, con lentitud, con devastadora calma y el miedo se apodera de mí, un miedo atroz y rotundo a no ser correspondida, a que hubiera algo de verdad en sus palabras, a haberme equivocado cegada por las ganas y la punta de mi lengua, humedece su labio inferior para tomarlo entre los dientes y morder, consiguiendo que su boca se abra e irrumpiendo en ella impaciente.
Invado, exploro, acaricio, busco y en mi ataque de pánico, tardo en percatarme de que ya no estoy sola en esta locura. Sus brazos se han deslizado a la cintura, uniéndonos más, juntándonos hasta hacer desaparecer el espacio, el aire, cualquier obstáculo entre nosotros. No se frenan ahí, me rodean y una de sus manos sube por mi espalda, deteniéndose en cada vértebra, apretando y enviando deliciosos escalofríos, hasta llegar a la nuca y otorgarle el control.
Los nervios se diluyen en el sabor de su saliva, desaparecen en la textura de sus labios, en la suavidad blanda de su lengua que reconquista cada rincón de mi boca con destreza, dominando y profundizando. Yo dentro de él y él dentro de mí, disfrutando, devorándonos, experimentando el delirio de un beso, revelador como ninguno.
No puedo contener un gemido y luego otro y otro, y las piernas flaquean y lo suelto, apoyándome en sus hombros, bajando las manos hasta su pecho para percatarme del latir desbocado de su corazón contra mi palma, segura de que se va a quedar donde está, haciendo lo que está haciendo, besándome hasta perder el sentido, hasta hacer desaparecer todo lo que nos rodea.
No quiere detenerse, lo sé, lo adivino y yo tampoco, parar es una agonía mucho mayor que la falta de oxigeno pero, respirar se hace necesario. Los movimientos se ralentizan, se prolongan ligeros y sosegados hasta quedar detenidos. Mareada, descanso mi frente sobre la suya tratando de recobrar el aliento, excitada, perdida en un cúmulo de ondulantes sensaciones, manteniéndome en silencio mientras lo escucho jadear.
El tiempo transcurre rápido, o despacio, o queda suspendido, desaparece o se eterniza y siento sus pulgares escurrirse hasta la garganta, rodear el cuello y apretar débilmente.
—Debería matarte por esto. —Dice quedamente, con la voz enronquecida por el deseo. Lo encaro y sus ojos, miran fascinados la piel amoldándose a la presión leve de los dedos, aún puedo notar su palpitar agitado bajo mi mano recuperando, poco a poco, su cadencia habitual.
—Hazlo. —Susurro sobre sus labios, absorta en el roce de sus yemas sobre mí, en la tibieza de su tacto. Concentrada sólo en memorizar y retener cada sensación—. Hazlo —Repito hipnotizada por el fulgor de sus iris y la fuerza aumenta ligeramente. Trago espeso y aprieto los párpados. Sus latidos se aceleran y al momento, dejo de percibir su calor.
El frío de la noche se cuela entre nosotros, lo miro desconcertada, sin acabar de entender que sucede.
—Ya te lo he dicho otras veces. No te quiero cerca. —Asevera, plantado ante mí, escrutando cada uno de mis gestos, serio e imperturbable, como si nada estuviera pasando, como si nada hubiera cambiado—. Mantente fuera de mi vista. La próxima vez, puedo perder el control y créeme, eso no te conviene. —Y me da la espalda, confundiéndose con rapidez entre las sombras.
—¡Idiota! —me recrimino colérico, recorriendo como alma que lleva el diablo los pasillos apenas iluminados por las antorchas. Los ecos de la noche, acompañados por el rumor de lejanas lamentaciones, reverberan en las paredes de piedra pero mis oídos, tan sólo oyen la lujuria caliente y espesa que suplica por tenerla, por sumergirse en ella.
La frustración crece tirante y dura en la entrepierna, tentándome a volver sobre mis pasos, mofándose, dolorosamente, de la clase de estúpido en que me he convertido.
Me ha dejado sentir sus ganas, tan o más grandes que las mías, las ansias de su cuerpo vibrando bajo mis huellas, la calentura de su piel, el vello erizándose a mi contacto y mientras la excitación clamaba por la mujer, las palabras de Nappa irrumpían con arrolladora fuerza.
—"El asqueroso lagarto lleva tiempo buscando algo así para destrozarte."
Y he llegado a pensar que era el orgullo pidiéndome, de nuevo, poner distancia entre nosotros y no me importaba perder esta batalla. Quería perderla, dejarme llevar y ahogar la derrota en su pecho, en su vientre, entre sus muslos.
Pero continuaba oyendo su voz, una y otra vez. Implacable, profética.
—"Si se entera sería incluso capaz de matarla…"
Y ya no me preguntaba si valía o no la pena rendirme, lo único que sabía es que tenía que pelear con la escasa voluntad que me quedaba.
Como tantas veces en estos días, he enfrentado y derrotado al deseo porque el problema no es el deseo sino la manera en que éste, teje una telaraña donde quedan atrapados, sentimientos y emociones que jamás antes he conocido y que nunca pensé experimentar. Contra más me revuelvo, más tupida se vuelve la seda, más resistente y apretada y en mi lucha continua por escapar, esa trampa me ha ido enredando entre sus hilos hasta aprisionarme.
No entiendo el vínculo invisible que me ata a la mujer, pero está ahí. No entiendo el miedo, ni la angustia pero se anudan en mi estomago. No entiendo ese resentimiento hacia todo él que la rodea o la toca pero la rabia hierve en las venas. Puedo negármelo mil veces, empuñar el orgullo y sesgar cualquier debilidad, ampararme en el odio y repetir hasta el cansancio que me es indiferente pero eso, no hace que desaparezca.
—"Deberíamos volver a Namekussei." —Evoca mi cabeza y sé que es la mejor solución.
Entonces… ¿Por qué no me marcho? ¿Por qué no me decido a poner distancia entre nosotros? ¿Por qué, inconcientemente, me niego a abandonar mi obsesión por ella?
Bufo exasperado ante la imposibilidad de articular una respuesta coherente. Sencillamente, no puedo hacerlo y mi mente, vuelve de nuevo al bosque de bambú.
Tan absorto estoy en mis pensamientos que no me percato de su presencia hasta que es demasiado tarde.
—Quiero hablar contigo. —Oigo y sobresaltado, doy un respingo. Mi cerebro tarda en volver a funcionar y cuándo reconozco su voz, Kakarotto ya se encuentra a mi lado.
Lo enfrento iracundo y noto enseguida el sabor amargo del resentimiento en la boca. Aprieto la mandíbula con fuerza, conteniendo el impulso de golpearlo y borrar, esa expresión inocente que parece burlarse de mí.
—Ni tengo tiempo, ni ganas de escucharte. —Mascullo entre dientes, retomando mi camino. No soporto su presencia, no soporto pensar que él… Su mano, se cierra sobre mi brazo deteniéndome. La descarga de adrenalina es instantánea. Los músculos se endurecen y el corazón empieza a bombear sangre con rapidez.
—No me toques. —Murmuro, recalcando cada sílaba y frunciendo la vista sobre su agarre.
—Será sólo un minuto —. Dice tranquilo, abriendo los dedos con lentitud. Observo en su rostro, habitualmente relajado, cierta crispación. No creo que vaya a gustarme lo que tiene por decir. Cruzo los brazos a la altura del pecho y no hago ademán alguno de moverme. Interpreta que voy a quedarme y pinta una especie de sonrisa circunstancial, llevando su brazo detrás de la cabeza—. Verás… —titubea, arrugando un poco la frente y rascando sus cabellos—. No quiero que me entiendas mal. Es decir, no es que no te agradezca todo lo que has hecho por Bulma… —Oír su nombre en la voz del imbécil, dispara la furia hasta llevarme casi al límite. ¡No debería estar escuchándolo!—. En fin, que la has ayudado en varias ocasiones y yo bueno… no querría que pensaras… porqué no se trata de eso… es sólo que…
—¡Si tienes algo que decir hazlo de una jodida vez! —Bramo perdiendo los estribos y empuñando las manos a ambos lados del cuerpo. Suelo tener poca paciencia y esta noche ya la he agotado toda. Alza las cejas, mirándome estupefacto y se queda serio, concentrado.
—Está bien. —Afirma, al parecer con las ideas algo más claras—. Te debo mucho, has salvado su vida y cuentas conmigo para lo que necesites. Pero… —Respiro en un intento de templar lo nervios, seguro de que no voy a aguantar mucho más antes de estallar.
—¿Pero…? —Pregunto entre irritado y curioso. No sé a donde quiere ir a parar y la incertidumbre me está matando.
—Pero ya tenemos suficientes problemas. —Aspira sonoramente—. Así que tengo que pedirte que no te acerques a Bulma. No sé lo que hay entre Frezeer y tú, lo he visto mirarte y no me gustaría que, por tratar de defenderte, ella sufriera las consecuencias. La conozco y…
La cólera prende en mis entrañas, perforándolas como un hierro al rojo vivo, desgarrando la carne, consumiendo las vísceras. ¿Quién coño se cree que es para pedirme nada? Una ola de rabia se cierne sobre mi cuerpo. Debería estrangularlo con mis propias manos, apretar hasta sentir las vértebras crujir, deleitarme en los ojos vidriosos y la piel amoratarse de un rostro desesperado por la falta de oxigeno. ¡¿Por qué decide lo que es mejor para ella? ¡Cómo si tuviera derecho! ¡Cómo si fuera suya!... Suya… y aquella tarde en la sala de entrenamientos rompe en la playa de mis recuerdos… Suya… "—Por devolvérmela sana y salva—"… la furia se diluye en la arena de la realidad dejando la mente en blanco.
—¡Si tan bien la conoces entonces deberías mantener esta conversación con ella! —Me escucho resentido, interrumpiendo su perorata. Y he sido yo quién lo ha dicho pero no entiendo de donde han salido las palabras. El mundo se detiene alrededor convirtiéndome en un mero espectador, le veo perfilar una mueca de asombro y su voz llega hasta mí en un eco lejano, entre sonidos ininteligibles e imágenes confusas.
—¿Qué quieres decir? —Pregunta sin dejar de mirarme con extrañeza.
—Averígualo. —Escupen mis labios torciéndose con sarcasmo y los pies cobran vida propia, caminando de nuevo por los pasillos, a través de un mundo que ha quedado en suspensión.
"No estamos hablando de Goku, no me interesa su opinión. Quiero saber por qué te importa a ti". Resuena en mis oídos entre los acordes sordos que, bajo la influencia de una luna amarilla, los troncos de bambú escampan al viento.
"Os conozco a cada uno de vosotros, conozco el mar de tormento,
de la duda, de la desesperación, de la incredulidad."
(Hojas de Hierba. Walt Whitman)
Shakkotsu: Cubito
Maboroshi no Hayashi: El bosque misterioso
Bien, os debo dos disculpas. La primera por ausentarme sin avisar, en verdad lo siento, estuve de vacaciones y sé, que eso no es excusa para no haber actualizado antes de marcharme pero es que me fue imposible hacerlo. Quería traeros un capítulo que hiciera que me perdonarais (y aquí viene mi segunda disculpa), en cambio tan sólo pude escribir esto. No estoy contenta con el resultado pero después de darle vueltas durante semanas, reescribirlo mil veces y quedarme sin uñas de la ansiedad, he llegado a la conclusión de que si quiero continuar con esta historia tengo que pasar página. Espero, eso sí, poder redimirme sino en el siguiente (que sé no será posible), sí en los próximos.
Gracia a Midory por su infinita paciencia, por su apoyo y por seguir ahí a pesar de todo. Gracia también a Dramaa, Kurayami K, Sakura-dono, vqs81, bass y NOMICA por sus reviews, fueron muy generosas conmigo. No pude contestarlos todos, así que lo hago a continuación, ya saben lo que dicen: Más vale tarde que nunca
A Sakura-dono: ¿Qué puedo decirte? Sencillamente gracias por el apoyo, espero que, aunque no sea bueno, estés contenta. En este capítulo hay un poquito de lo que me pedías en tu review. Me hubiera gustado regalarte una escabrosa y dramática escena de celos, con reproches, gritos y demás, pero no fui capaz de imaginarla, lo cuál significa que tampoco hubiese sido capaz de escribirla. En fin, que a ti te debo una tercera disculpa por no poder colmar tus expectativas. ¡Ojala pueda hacerlo la próxima vez!
A vsq81: Aunque tarde aquí está la continuación y la respuesta a las preguntas que te hacías. Me alegra saber que eres una persona optimista, según Samuel Smiles "La vida tiene su lado sombrío y su lado brillante; de nosotros depende elegir el que más nos plazca." ¡Los optimistas siempre elegís bien Un abrazo y mil gracias por tu comentario.
A bass: ¡Ay querida bass! Nunca había recibido tantos reviews a la vez y de una sola persona. ¡Las cinco de la mañana es demasiado tarde para estar despierta! Fue fabuloso poder leer tus impresiones a medida que ibas avanzando en la historia. Siento no haber podido actualizar tan rápido como me pedías y que tus uñas sufrieran las consecuencias XD. Las cosas no salieron como yo pensaba (y encima ahora vengo con este capítulo, no tengo perdón). Gracias de corazón por cada uno de tus comentarios.
No puedo olvidarme de dar las gracias a aquellos que añadieron este fic a su lista de favoritos, fue toda una sorpresa.
Lectores anónimos qué puedo decirles… qué lo siento y que espero no se desanimen a seguir leyendo entre las sombras.
"Nunca convencerás a un ratón de que un gato negro trae buena suerte." Graham Greene. ¡Cuanta razón tiene este hombre! Siempre me empeño en desearos buena fortuna y a lo mejor, ni tan siquiera creéis en ella. De todas formas, por lo que pueda pasar, nada de derramar la sal, de romper un espejo o de pasar por debajo de una escalera. Acariciad vuestra pata de conejo y buscar un trébol de cuatro hoja, que la semana os sea propicia y nos leemos en unos días.
Hasta pronto…
