CAPÍTULO XIV: LOCURA Y RENDICIÓN

La luna derrama su luz amarilla entre los troncos siseantes del bambú mientras su silueta, se pierde con rapidez en las sombras de la noche.

Tardo en reaccionar, aturdida aún por el cúmulo de emociones que nublan la cordura y embotan los sentidos. Sus labios, sus manos, su olor se quedan conmigo haciéndome vibrar a pesar de su ausencia. La melancolía anuda la garganta y la rabia, intenta abrirse paso a base de presionar el pecho con fuerza.

Me gustaría poder reír, llorar y chillar al tiempo en cambio mi voz se niega a hacerse oír. Tapo mi rostro con ambas manos, dejando escapar un impotente bufido de frustración y enojo y deslizo las yemas de los dedos hasta las sienes, masajeándolas unos instantes antes de empuñar los brazos a ambos lados del cuerpo.

No entiendo su reacción, no lo entiendo a él, no me entiendo yo y siendo sincera, en estos momentos me da absolutamente igual no entender nada.

—"Ya te lo he dicho otras veces. No te quiero cerca."— Y su declaración es un jarro de agua fría para mi ya de por sí castigado orgullo.

—"Estúpido engreído."— Pienso, sintiendo la sangre prender en mis venas decantando la balanza a favor de la indignación—. "Si eso es lo que quiere por mí no hay problema. ¡Ni tan siquiera pienso volver a mirarlo a la cara!"—Me digo, echando a andar para escapar de la influencia que su presencia ha dejado alrededor, sin rumbo fijo, guiada por un falso rencor y eso es lo peor. ¡Ya ni soy capaz de mentirme a mí misma! Porque puedo fingir ignorarlo, repetirme hasta la saciedad que es la última vez que lo intento, enfadarme y tratar de odiarle, gritarme y gritarle: "Imbécil", exasperarme y desesperarme. Nada de eso importa cuando sus besos aún queman en mi boca, cuando el pulso se acelera sólo con la idea de volver a verlo y las mariposas desanudan la ira del estómago.

Me adentro en los pasillos apenas iluminados por las antorchas sin saber bien a dónde voy, con el pensamiento puesto en lo sucedido hace apenas unos minutos. En el fondo todo es culpa mía, de mi impaciencia, de esos impulsos que nunca he podido controlar y acaban por traicionarme como hace un rato. Pero es tan difícil dejarlo batallar en solitario contra sus propios fantasmas y esperar que decida derrumbar ese muro invisible que ha levantado entre nosotros. ¿Cómo resignarse cuando has podido ver en sus ojos lo mismo que brilla en los tuyos? ¿Cuándo tienes la certeza de que el tiempo no es más que una prorroga para lo inevitable? Suspiro sonoramente. Lo mejor sería volver a mi habitación e intentar dormir un poco antes del largo día que se aproxima.

—"La "esposa", quedándose dormida por falta de sueño en la noche de bodas puede ser un duro revés para su hombría." —Rememoro, castigándome de nuevo y mis labios fruncen una mueca triste. Hay tantas cosas que me gustaría poder explicarle. Tantos motivos que quisiera poder compartir, quizás así él, quizás sí yo….

—Verás no quiero que me entiendas mal.El hilo de mis reflexiones se ve interrumpido en cuanto, aunque no logro verlo, reconozco la voz de Goku. Continúo andando hasta la intersección del corredor, un tanto sorprendida de que aún esté despierto. Es decir, no es que no te agradezca todo lo que has hecho por Bulma… —Me detengo de golpe al escuchar mi nombre justo antes de doblar la esquina y me pego por instinto a la pared, preguntándome: ¡¿Con quién diablos está hablando de mí a estas horas y porqué? Una idea cruza mi mente. No es posible que…No. Y sacudo la cabeza intentando deshacerme del mal presentimiento—. En fin, que la has ayudado en varias ocasiones y yo bueno… no querría que pensaras… porqué no se trata de eso… es sólo que…

—¡Si tienes algo que decir hazlo de una jodida vez! —Llevo una mano a la boca para ahogar la exclamación que he estado a punto de dejar escapar. ¡Vegeta! Y mi ritmo cardíaco se acelera de inmediato. Me adoso aún más al muro, con las palmas sobre el corazón para amortiguar su sonoro palpitar, temerosa de que puedan descubrirme.

—Está bien. Te debo mucho, has salvado su vida y cuentas conmigo para lo que necesites. —Mis ojos se aprietan un segundo, rogando en silencio porque no continúe. Sé lo que viene a continuación, no en vano lo conozco desde los tres años—. Pero…—Enmudece y su repentino silencio me hace creer que quizás lo haya pensado mejor.

—¿Pero…? —Pierdo la esperanza cuando le anima a proseguir y nerviosa, muerdo con fuerza mi labio inferior.

—Pero ya tenemos suficientes problemas. Así que tengo que pedirte que no te acerques a Bulma. No sé lo que hay entre Frezeer y tú, lo he visto mirarte y no me gustaría que, por tratar de defenderte, ella sufriera las consecuencias. La conozco y…

—"¡¿Me conoces? Si en verdad me conocieras habrías cerrado la boca!" —Le espeto mentalmente—. "¡Porqué demonios te metes en lo que no te importa! Tú y yo vamos a hablar muy en serio acerca de inmiscuirse en asuntos ajenos." —Podría abofetearlo en este mismo instante, de hecho tengo que apretar los puños con fuerza para no descubrirme y gritarle cuatro verdades a la cara. Tomo aire y trato de serenarme, es mi mejor amigo y, al fin y al cabo, lo hace con la intención de protegerme, él no puede imaginar que… es decir, yo no le haya contado nada. ¡Claro que, qué le iba a contar! Que estoy total e irremediablemente…

—¡Si tan bien la conoces entonces deberías mantener ésta conversación con ella! —Sus palabras interrumpen mi callado soliloquio y el discurso de Goku, al que he dejado de prestar atención. Se ha pronunciado con la misma rabia de siempre y no puedo evitar preguntarme el por qué de tanto resentimiento. No puede ser bueno estar en permanente guerra con el mundo. Hay algo más, esa amargura que disfraza de falsa soberbia, inapreciable para cualquiera pero que yo percibo pellizcando implacable mi estomago.

—¿Qué quieres decir? —Oigo ya sin interés.

—Averígualo. —Contesta con sarcasmo y el sonido de pasos, apagándose a medida que se aleja, me da la certeza de que la conversación ha terminado. Unos segundos después veo a Goku pasar, por suerte para mí, ninguno se ha percatado de mi presencia.

—"¡Basta!" —me digo—. "Basta de tanta angustia, de tanta desesperación. Basta de intrigas, de palabras silenciadas, de besos contenidos y deseos insatisfechos. Basta de esperar cuando lo único que ansías es poder dar. Basta de razones absurdas y decisiones aplazadas. ¡Basta! —Salgo de entre las sombras y echo andar con determinación en pos de unas pisadas, cuyo eco resuena aún en el negro suelo de basalto.


Estoy sentado frente a la chimenea observando un fuego brillante que chispea, devorando la leña del mismo modo que me consume el deseo que prende las entrañas. El recuerdo de Bulma atiza las llamas de la lujuria abrasando todo a su paso y vuelvo a sentir su figura temblar, bajo el influjo de mis brazos que atenazan la fina cintura y esos labios cálidos que se entreabren invitándome a la sedosidad de su boca.

Intento apartarla de mi pensamiento.

¡¿A quién quiero engañar?

Hace días que no duermo, ni razono, sin que su imagen se sumerja en las profundidades de mi mente. Es una enfermedad que la sangre extiende hasta el más recóndito de los rincones de mi cuerpo, envenenando, contagiando cada célula de esas ansias que me corroen y me trastornan.

—"¡Ya está bien!" —Grito colérico y en silencio a mi cerebro—. "¡Basta!" —Ordeno con desesperación, agitando la cabeza entre las manos para ahuyentar el destello de sus ojos azules dibujándose ante mí. Gruño, masajeando las sienes en movimientos circulares tratando de aliviar la presión. Es inútil mi enfado, mi empeño en negarla, todo este esfuerzo vacuo y carente de sentido.

Ella sigue ahí.

Omnipresente.

Y no debería estar ahí.

Un imperceptible sonido me saca de la tortura en que he convertido esta lucha de voluntades. Recupero los sentidos, no del todo, lo suficiente para poder reaccionar y me levanto, fijando la vista en la puerta. Alguien está llamando.

—Adelante. Susurro.

Ni tan siquiera sé porqué sigo aquí plantada, estática, con el puño en alto sin acabar de decidirme a llamar. Abro la mano y la extiendo sobre la madera, reposando mi frente en la puerta con el vago propósito de recuperar algo del poco juicio que me queda. Los pies se niegan a obedecer cuando intento alejarme y aunque soy capaz de discernir entre el deseo y la razón, esta última se diluye en la imperiosa necesidad de él.

Revivo el roce de sus labios sobre los míos, su lengua acariciando mi boca en una conjunción de exigencia y entrega que desborda los limites de la cordura. Sólo quiero abandonarme entre sus brazos una vez más, probar sus besos, perderme entre ráfagas de su aroma masculino y fuerte, saturando el aire que me envuelve.

Respiro en profundidad y sin saber cómo, mis nudillos han golpeado la puerta. Le oigo dándome paso. Allá donde la voluntad ha sucumbido ha triunfado la locura. Porque debo de estar loca cuando giro el pomo para entrar en la habitación.

Mis pupilas se dilatan y todos los músculos se tensan involuntariamente, cuando traspasa el umbral cerrando tras de sí. Me obligo a cruzar los brazos frente al pecho y mantengo mi rostro impasible. La miro sin verla, no debo verla, porque soy plenamente conciente de que en ese instante, en ese breve tiempo en que mis ojos se fijen en ella ya no podré controlarme.

No dice nada, continua de pie junto a la puerta, jugando nerviosa con los dedos. Su cabello cae alborotado a ambos lados de la cara enmarcando sus facciones mientras muerde, inquieta, el labio inferior que se blanquea justo en el lugar donde ella clava los dientes haciendo más tentadora su boca.

—"Mierda" —pienso al darme cuenta de que la he mirado y eso no es bueno, no es nada bueno.

El silencio comienza a ser difícil de sobrellevar, como una pesada losa sosteniéndose sobre nuestras cabezas.

—Creí haberlo dejado claro. No deberías estar aquí. Digo con una frialdad que no se corresponde en absoluto con el estado en que me encuentro.

—Lo sé. —Murmura sin levantar la vista que desde que ha entrando se encuentra fija en el suelo.

Lo sé. Es todo lo que puedo contestar, porque ni tan siquiera soy capaz de enfrentar sus oscuras orbes que intuyo sobre mí horadando mi pensamiento. Él me descifra del mismo modo en que yo he logrado presentirlo. No podría explicar el vínculo invisible que nos encadena arrastrándonos sin remedio al abismo en el que tememos caer.

Incorpóreo, etéreo, real.

—Entonces, ¿por qué has venido? —Tiemblo ligeramente. Esperaba la pregunta, no estaba preparada para ella pero la esperaba; y ahora tengo que decidir entre sucumbir de nuevo al miedo, mintiéndole, mintiéndome o reconocer la innegable verdad que desde hace días cohabita conmigo.

No es difícil. Elegí cuando encaminé mis pasos hasta aquí, elegí cuando entré en esta habitación y elijo cuando levanto mis ojos para clavarlos en él.

Levanta orgullosa su cabeza y clava en mí sus iris azules. En ellos pueden leerse muchas cosas. Impaciencia, miedo, duda, determinación y sé que estoy perdido, que no podré contener mucho más las ansias de estar con ella, dentro de ella, de fundir nuestros cuerpos febriles y necesitados.

Sólo la idea de poder tocarla hace que las yemas de mis dedos hormigueen por el tacto de su piel. Sigue en silencio y me veo caminando hasta donde se encuentra, despacio, muy despacio, con los últimos vestigios de sensatez reducidos a simples cenizas entre las flamas de una hoguera que ni el diluvio más abundante conseguiría extinguir.

Me detengo a escasos centímetros y se estremece, bajando de nuevo los ojos al tiempo que un delicioso rubor arrebola sus mejillas. Y el velo rojo de la lujuria empaña la vista ocultando bajo su espectro escarlata todo lo que hay alrededor. Todo, a excepción de la mujer que tengo en frente.

La rodeo y queda de espaldas a mí. Hago su cabello a un lado, descubriendo el hueco en que su hombro se une al cuello en una suavizada curva donde el pulso se marca a través de la piel. Mi brazo la envuelve aproximándola, pegándola a mi pelvis, revelándole la palpitante y henchida dureza.

—Dime, Bulma Briefs Y paladeo cada sílaba de su nombre en mis labios—. ¿Qué es lo que quieres?—le pregunto al oído y puedo percibirla tensarse como la cuerda de un arco, cuando mi mano se extiende acariciando su cintura.

Camina hacia mí, con paso firme y parsimonioso que quiebra mis míseras defensas. Añoro tanto su presencia que los segundos que tarda en recorrer los escasos metros, se me hacen una eternidad en la que no puedo evitar temblar bajo su intenso escrutinio e inclino la cabeza, incapaz de sostener una mirada que desnuda mi alma dejándome demasiado expuesta.

Los dedos rozan la nuca al retirar mi cabello y cierro las ojos, permitiendo que su olor impregne el aire que respiro. Siento su excitación, latente, viva, punzante y pronuncia mi nombre enviando una descarga eléctrica a cada uno de los nervios. Caliente y húmeda su exhalación lame la piel cortando la respiración, porque el oxigeno carece de importancia en estos momentos y los pulmones, al igual que el resto de mí, sólo quieren concentrase en su sofocante cercanía.

Y aprieto los parpados y tenso los músculos y busco una respuesta, pero soy incapaz de articular ningún sonido.

—¿No contestas? —Oigo en tono grave mientras su nariz, recorre el cuello y se hunde en mi pelo aspirando profunda y sonoramente. Trago espeso, buscando paliar la sequedad de la garganta que sigue cerrada y empeñada en no reaccionar—. Bien, supongo que…—rompe el contacto dejando sólo la estela de su mano sobre mí—… puedes querer marcharte en este mismo instante y hacer como si nada hubiera pasado...

Instintivamente los ojos se abren y el corazón deja de bombear cuando escucho sus palabras. Porque tengo miedo, un miedo atroz, porque no podría soportar otro rechazo, porque enloqueceré si tengo que marcharme y las rodillas flaquean incapaces de sostener mi angustia y quiero gritar y me desespero.

—…o puedes querer quedarte. Tú decides. Pero… —los dedos acarician con lentitud, desde el hombro, la extensión de mi brazo para caer de nuevo muertos a un costado—…hagas lo que hagas no habrá vuelta atrás. —Sentencia dejándome notar su aliento. Tenue, tibio, suave.

Tomo aire, conteniéndolo y sin apenas pensarlo mi mano enlaza a ciegas la suya, sosteniéndola para enredarla de vuelta a mi cintura.

—¿Estás segura? No voy a darte otra oportunidad. —Pregunta serio, rozando con los labios la base del cuello, subiendo despacio hasta el oído.

Mi voz se apiada de mí, reaparece en una respuesta que no necesita reflexión. Ha estado ahí desde el principio, esperando el momento justo de ser pronunciada.

—Nunca, he estado tan segura de algo en mi vida. —Y enmudezco, pero ya no preciso de palabras cuyo significado no alcanza a describir una mínima parte de lo que estoy sintiendo.

Es todo lo que quiero oír. El resto no importa, mi orgullo ha perdido por primera vez una batalla y no me importa. Mi mano libre, la que ella no ha anclado a su cuerpo, se desliza con falsa seguridad hasta el obi, desanudándolo con calma, con una parsimonia que no es más que la arrogancia resistiéndose aún a ser sometida a la impaciencia. La banda de seda cae a nuestros pies y abandono su cintura, deslizando la punta de mis dedos hasta la franja donde el kimono ha quedado entreabierto para sentir por primera vez, la textura de su piel. Mi corazón se detiene y cierro los ojos un instante cuando la recorre un escalofrío y puedo percibirlo a través de las yemas.

La aferro de los antebrazos, volteándola. Me encara y esos iris que me han sido negados casi desde que llegó, detienen el tiempo clavándose con intensidad en mí. Nos giro con brusquedad para arrinconarla en la pared que queda a su espalda y sus pupilas titilan inseguras, preguntándome si está vez voy a quedarme, pidiendo en silencio que me quede. Entonces la beso. Sin rencor, sin rabia, pasando mi mano por su cuello para atraer su rostro. La beso sin restricciones, en libertad. La beso como he estado deseando hacerlo, aún sin saberlo, desde que salió de entre las sombras aquella mañana en Chikyuu, quizás desde mucho antes. La beso por el placer de hacerlo, para reconocer el sabor de su saliva y enredarme en la suavidad de su lengua. Deliro en su boca, me desespero, la dejo sin aire y aún así sigo besándola.

Bulma, sube las manos hasta hundirlas en mi pelo. Yo, apenas si puedo contener las mías que se cuelan a través de la seda para apretar de nuevo su cintura. Gime sobre mis labios por el contacto y ya no puedo seguir controlándome. La toco, descubro su desnudez bajo la tela, tersa, cálida, que inflama, que trastorna. Conquisto enfebrecido la geografía de su cuerpo, las colinas cubiertas de sus senos, el valle de su vientre, los meandros de sus caderas.

Rompo el beso sepultando la cabeza en su cuello e inhalo en profundidad, buscando algo de calma en la demencia que parece haberme poseído. Respiro su aroma saturándome de la excitación que impregna su esencia mientras los dedos, suben dibujando inconexas formas en su espalda hasta topar con el cierre del sujetador, lo abro y sigo escalando para llegar a los hombros. Me separo un poco y ella me mira expectante, nerviosa, con las mejillas encendidas y los labios ligeramente henchidos por los míos. Deja caer los brazos y mis palmas se deslizan por ellos arrastrando las prendas, revelando a su paso retazos de piel que hilvano en la memoria.

Cada línea, cada curva de mi cuerpo queda expuesta a sus ojos que devoran ávidos mi desnudez. No hay vergüenza, ni pudor, ni miedo, sólo un calor intenso que incendia las entrañas. Es lo correcto. Estoy casi desnuda frente a él y siento como si todas las piezas de mi vida empezaran a encajar en su lugar.

Con torpeza intento desabotonar su camisa, mirándolo, temblando ansiosa. Toma mis manos entre las suyas y las separa con fuerza haciendo que los botones salten, desperdigándose por la habitación. Me suelta sobre su pecho, agitando los hombros para dejar caer la prenda hacia atrás. Las palmas se extienden memorizando el tacto sólido y firme de sus músculos, la piel acalorada, los latidos enérgicos y acelerados. Aprieta la mandíbula como haciendo un gran esfuerzo y se queda quieto. Las yemas trémulas de mis dedos delinean desde el centro la ancha clavícula, bajando despacio por su torso hasta quedar muy próximas en el plano abdomen y se distancian, para perfilar y descansar vacilantes en su cintura, decidiendo si deben ir más allá.

Vuelve a besarme y ya no pienso, concentro la mente en la sensación de tenerlo en mi boca, sobre mi cuello, bajo mis manos, de sus labios recorriendo la pendiente de mis pechos, de sus dedos acariciando la cara interna de los muslos, del frío de su saliva cuándo abandona uno de mis pezones y el reconfortante calor cuando su lengua lo envuelve de nuevo. La excitación eriza y quema la piel arrancando gemidos y las rodillas fallan, forzándome a sostener mi peso en sus hombros para no caer mientras el aire se hace insuficiente para el desbocado ir y venir del corazón.

Siento sus pezones endurecerse aún más en mi boca, la oigo gemir, fijarse a mis hombros para no desfallecer y el deseo aumenta dolorosamente presionándose sin descanso contra su vientre. Trato de serenarme insuflando oxigeno en los pulmones, pero es inútil. Mis manos se resisten a dejar de vagar por su desnudez. Una, busca un necesario punto de apoyo en la pared, la otra dibuja el contorno de su silueta hasta encontrar el borde lateral de la ropa interior, del que tiro con fuerza rasgando la tela.

Los dedos aprietan la recién descubierta piel de la cadera y se deslizan, enredándose en sus rizos hasta hundirse impacientes en el caliente latir de su sexo. Se estremece y deja caer la cabeza cerca de mi oído, jadeando, respirando por la boca, volviéndome loco, aferrándose con más firmeza a mis hombros. La estimulo sin prisas, ignorando mi propia agonía, trazando torturantes y lentos círculos, figuras que recorren sus pliegues húmedos de mujer, que la encienden y me encienden, que anticipan pero nunca llega, que te dejan con ganas de más y ella se derrite pegada a mi mano, impulsando las caderas para intensificar el contacto.

Reacciona y pasa la lengua por el lóbulo de mi oreja obligándome a cerrar los ojos para contener un gemido. Su mano se aventura por mi torso, por mi vientre, hasta el cierre de mis pantalones, liberando mi recrudecida erección que palpita encerrada entre sus dedos. Y ya no puedo evitar gemir, porque la necesidad de Bulma se hace insoportable, porqué cada segundo que paso fuera de Bulma abrasa las entrañas, porque acabaré enloqueciendo sino la tomo.

Aprisiono sus glúteos para levantarla y vuelve a mi hombro, subiendo las piernas para abrazar mi cintura.

Entro invadiendo, penetrando y tomando, aguardando.

Entra, avanza, desgarra, y me llena y duele. Entierro la cabeza en su cuello para contener un grito y lo muerdo con desesperación, apretando, rompiendo la piel para deleitarme en el sabor de su sangre. Gruñe, lamo, lo beso y me siento completa, con la intuición de que todo está bien, incluso el dolor, de que tenía que ser así; ahora, aquí, con él.

Sus dientes se hunden en mi pulso, rasgando, succionando y la lengua recoge sin pudor el hilillo rojo que se desliza por la clavícula, arrancándome un tortuoso gruñido. Busco en sus labios el sabor de mi propia sangre y ella, me deja degustarlo en su boca y me empujo un poco más porque ya no puedo seguir esperando, no sin perder la poca cordura que me queda. Abre mucho los ojos por la sorpresa y contiene la respiración. Exhala en un lánguido gemido, su cadera me busca, me encuentra, lento, interminable.

—Vegeta—susurra y me pierdo.

Se sumerge por completo en mí pillándome desprevenida y el aire queda contenido en mis pulmones. Un escalofrío corto baja por mi vientre, recorriendo la ingle, liberando un gemido, obligándome a mover la cadera para mitigar el cosquilleo.

—Vegeta—siseo, pidiendo más, pidiendo menos, no lo sé. Y se mueve de nuevo y yo me muevo, y el cosquilleo aumenta y una y otra vez piel con piel, cuerpo contra cuerpo, anticipación, calor, gozo.

Nado en dos mares azules nublados por el placer y aprieta los parpado echando la cabeza hacia atrás, arqueando su cuerpo que gravita sobre mí. Las uñas se clavan en la carne de la espalda, arañando al ritmo apresurado de mis embestidas y los dedos se entierran en la cadera femenina ayudándola, ayudándome a dar y a negar, a penetrar, a acelerar.

Los pechos oscilan con cada arremetida, suben y bajan sincronizándose con un movimiento que segundo a segundo se torna más frenético. Hundo el rostro en su cuello, beso, lamo y ella jadea en mi oído. Recorro la clavícula, un mordisco, desciendo, disfruto la sal de sus senos, el caramelo duro de sus pezones. Está cerca, estoy cerca y sus manos se pasean por los omoplatos hasta crisparse en mis hombros.

Me estruja más entre sus piernas. Más hondo, más profundo, mucho más rápido. Y no quiero que esto termine y no puedo parar y llega.

Grita, explota, tiembla.

Siento sus músculos convulsionar a mi alrededor, vibrando, apretujándome. Dejo escapar un hondo gemido. Una, dos, tres veces. Erupciono y el magma blanco, caliente, espeso se derrama en su interior. La lleno de mí y ella sigue temblando entre mis brazos y yo, sigo fondeado a su cuerpo.

El placer contrae, dilata, contrae, contrae, estalla, se extiende. Ondula en una corriente que transita reverberando en cada músculo, en cada órgano, en la carne firme que licua a su paso. Se mueve una última vez en mí, maldice, eyacula, agonizamos. El cuerpo se ablanda, se rinde en una reverencia al éxtasis que devasta las fuerzas. Me falta oxigeno. Necesito oxígeno y la energía fluye a través de cada terminación nerviosa, consumiendo, desfalleciendo entre espirales de delirio que sumen los sentidos en un tenue sopor.

Mis palmas se apoyan en la pared a ambos lados de su cara, sosteniéndome. Sus pies se deslizan hasta el suelo. Salgo de ella que afianzada aún a mis hombros descansa la frente sobre la mía. Jadea agitada. Jadeo agitado y el aire abrasa en los pulmones y el sudor perla nuestra piel y el orgasmo, se diluye con lentitud en oleadas de placer que arrastran cualquier duda que pudiera quedar. Si es que quedaba alguna.

Bulma me mira y entre su respiración entrecortada esboza una sonrisa. Yo la miro, con el corazón aún desbocado por el esfuerzo y retiro con los dedos uno de los mojados mechones que se adhieren a su sien. Sigue el movimiento de mi mano, me sonríe una vez más y deposita un corto beso en la comisura de los labios. Me gustaría poder sonreírle de vuelta, quizás algún día me digo, algún día… ¿Habrá algún otro día? No quiero pensar en eso ahora.

La levanto en brazos y la llevo hasta la cama tumbando su desnudez flácida junto a la mía. El olor a sexo en su piel es embriagador. Cierro los ojos, trazando con los dedos invisibles figuras sobre el lienzo de su vientre y mientras la excitación intenta abrirse paso de nuevo entre los muslos, me reconcilio en parte con el destino. Si esto es lo que me reservaba al final del camino, mereció la pena sortear cada una de sus zancadillas.


—Averígualo. —Escupe sarcástico con bastante mala leche y hecha a andar, dando por concluida la conversación.

—"Averígualo." —Me repito mentalmente. ¡¿Averígualo? ¡¿Qué diablos se supone que significa? Paso mi mano por detrás de la cabeza, rascándome el cabello mientras lo veo alejarse. Es un tipo raro. Raro y orgulloso—. "Demasiado orgulloso." me digo. Ya apenas distingo su silueta entre las sombras así que me volteo para volver sobre mis pasos.

Gyumao, me ha hablado en alguna ocasión del inconmensurable ego de los sayaijines pero nunca le había dado demasiada importancia hasta ahora. Creo que el orgullo no puede ser una cualidad hereditaria si no algo que los padres inculcan a sus hijos. Yo soy la prueba de ello. Después de conocer al hombre destinado en su día a regir los designios de mi pueblo, no puedo dejar de cuestionarme si estoy en lo cierto o por el contrario, no soy más que un "bicho raro". Sonrío ante esta última idea, si Bulma y Chichi estuvieran escuchándome, gritarían al unísono: ¡Eres un "bicho raro!"

Atravieso despacio los pasillos para llegar a los jardines, sin dejar de pensar en el extraño comportamiento del príncipe de los saiyajins y en su más que singular respuesta—. "¡Si tan bien la conoces entonces deberías mantener esta conversación con ella!" —¡¿A qué ha venido eso? Por supuesto que voy que hablar con Bulma al respecto, iba a hacerlo de todos modos. Sólo tengo que encontrar la manera y el momento. ¡No suele mostrarse muy receptiva cuándo le recriminas su comportamiento! Y hoy su aptitud no ha sido, por decirlo de alguna manera, la más prudente. Entiendo que esté enfadada, yo también lo estoy, más si me pongo a recordar como la ha mirado o la ha tocado pero enfrentarse a él de esa manera, con tanta soberbia, perdiendo los nervios, casi con odio… No, eso no ha sido ni inteligente, ni propio de ella. Sacudo la cabeza. Aunque en los últimos días nada lo es.

¡Ay Bulma! ¿Qué voy a hacer contigo? Y esa es una pregunta que he estado repitiéndome desde aquella tarde en la sala de entrenamiento, sin obtener una respuesta, sin entender siquiera el porqué de la misma.

Mis pensamientos se interrumpen cuando entre los arcos sustentados por las altas columnas de mármol blanco que conforman el atrio, veo una figura. La luz de la luna apenas si dibuja los contornos de la silueta femenina pero estoy seguro de que se trata de Chichi. Es curioso, no me sorprende que esté despierta a estas horas de hecho, es como si mis pies me hubieran guiado hasta aquí porque sabían donde encontrarla. Sonrío. Contempla absorta las estrellas, con el codo derecho flexionado sobre la baranda para sostener la cabeza en esa mano mientras la otra, se oculta bajo su peso reclinado hacia delante.

Me aproximo sin poner cuidado en no asustarla, no es necesario, ya se ha percatado de mi presencia y levanto mis ojos al mismo cielo que mira ensimismada. Nos mantenemos un rato en silencio, sin hablar, sin que me hable, lo cual me hace pensar que continúa enfadada. ¡Ojala tuviera la más remota idea de cómo hacerme perdonar!

—Me gusta el color de la luna. —Suelta de pronto, sorprendiéndome y desvío la vista hacia ella que continua mirando el firmamento—. Es como si quisiera recordarle al sol que también existe, que es capaz de lucir un manto dorado y reinar por unas horas. Como si le gritara: ¡Eh mírame! Estoy aquí y al igual que tú, yo también puedo vestirme de amarillo. —Suspira y se incorpora para enfrentarme—. ¡Sin duda la luna está muy reivindicativa esta noche! —Exclama, esbozando una amplia sonrisa que correspondo enseguida. Ya la echaba de menos.

—Deberías estar durmiendo. —Le regaño divertido y en voz baja, casi en un susurro. En el fondo estoy contento de que no sea así.

—Tú también. —Me reprocha medio en broma en el mismo tono, sonriéndome antes de devolver la vista al cielo—. No he podido evitar salir a pasear. Tan sólo había visto la luna lucir ambarina una vez. —Confiesa y hay algo de melancolía en sus palabras—. ¿Lo recuerdas? —Sigo la dirección de su mirada, evocando por unos segundos la infancia y clavo una vez más mis ojos en ella.

—¡Cómo olvidarlo! Estuvimos horas perdidos en el bosque y…

—¡No estábamos perdidos!Me corta, encarándome al tiempo que levanta una de sus cejas suspicaz.

—¡¿Ah no? —Cuestiono ahogando una carcajada—. ¿Y cómo le llamas tú a tener que pasar la noche al raso y que no nos encontrarán hasta la mañana siguiente? —No puedo creer que estemos teniendo de nuevo esta conversación. Llevamos discutiendo sobre lo mismo desde los ocho años.

—Te lo he explicado mil veces, si juegas al escondite, te escondes. —Responde autosuficiente, cruzando los brazos frente al pecho y golpeando insistentemente el suelo con el pie—. El juego consiste precisamente en eso.

—Ya, pues déjame recordarte que tu padre nos castigo durante un mes por "escondernos tan bien." —Y aunque no es mi estilo no puedo evitar la ironía.

—Pero ganamos. —Replica sin dejar de mirarme y sus pupilas titilan emocionadas por un instante.

—¡Cómo íbamos a ganar si hacia horas que deambulábamos por el bosque! No se puede ganar si el juego ha terminado. —Explico, tratando como siempre de que entre en razón.

—De todas formas. —Contesta alzando altanera la barbilla—. Bulma no nos encontró por lo tanto ganamos. —Y sé que nunca la voy a convencer de lo contrario—. Además…—prosigue—… fue todo culpa tuya si no te hubieras desviado del camino para recoger moras y castañas, no habría habido ningún problema.

—¡Tenía hambre! —Esto es el colmo. ¡Si para entonces ya llevábamos tres horas caminando en círculos!—. Y creo que no era el único. Acabaste comiéndotelo todo.

—Es muy grosero de tu parte reprocharme algo así. —Me alarmo al verla fruncir el ceño enojada. No quiero que se enfade, menos cuando apenas hace unos minutos que vuelve a dirigirme la palabra.

—No me importó compartirlas contigo. —Declaro enseguida tratando de sonar convincente. Me mira atónita unos segundos, al parecer sin saber que decir y la arruga de su entrecejo se suaviza mientras sus labios se curvan hacia arriba.

—¡Mientes fatal! —Exclama, estallando de repente en una carcajada—. ¡¿Desde cuando no te importa a ti compartir la comida? —Pregunta y no puedo evitar reírme con ella. ¡Me conoce demasiado bien!

Poco a poco los sonidos alegres de nuestras risas se van apagando, perdiéndose juntos en la noche hasta quedar de nuevo en silencio, mirándonos fijamente a los ojos. Hay un fulgor especial en los suyos, profundos, hermosos, tiernos.

—¿Sabes? —Dice, volviendo su rostro a la luna—. Creo que no es cierto lo que dicen —y no sé bien de lo que me está hablando—. Es imposible que algo tan bonito pueda vaticinar nada malo. —Susurra y en sus palabras se adivina cierta tristeza.

Sus iris azabaches se clavan de nuevo con intensidad en los míos. Por un momento parece como si fuera a decir algo más pero no lo hace y yo, me quedo hipnotizado en su boca. Estamos muy cerca el uno del otro y su olor invade mi nariz. Vainilla. Huele a vainilla y a almendras y a chocolate y un poquito a limón. A hierba recién cortada y a tierra húmeda. Chichi siempre huele a todas esas cosas que me gustan o quizás… quizás me gustan precisamente por eso, porque huelen como ella.

Sin ser consciente del motivo que me impulsa a hacerlo, paso mi pulgar sobre sus labios y tiro ligeramente del inferior hacia abajo, contemplando ensimismado como se entreabre por un instante. ¡Qué diablos estás haciendo! Me grita una voz interior al tiempo que deslizo la mano por su mejilla, cálida al frío contacto de mis dedos, para hundirla en su pelo y atraerla a mí, pero el sonido se desvanece en algún rincón de la mente cuando me inclino para besarla.

Presiono sus labios suavemente, con lentitud, cerrando los ojos para sentir el tacto terso y tibio de los mismos. Son dulces. Sí, son dulces, muy dulces, lo más dulce que he probado en la vida. Ella tarda en reaccionar pero lo hace respondiéndome con timidez. La siento estremecerse y una corriente recorre la espalda, mi mano libre viaja hasta su cintura para acercarla un poco más, cortando así cualquier posible retirada. Sus palmas suben abriéndose en mi pecho, acelerando los latidos y convirtiendo al corazón en el diapasón que marca el ritmo in crescendo de nuestras bocas.

Ladeo mi rostro sobre el suyo y deja escapar un gemido que aprovecho para profundizar el beso. Mi lengua encuentra la suya, la acaricia, la envuelve y ya no hay noche, ni luna, ni recuerdos. Sólo ella.

No sé cuanto tardo en reaccionar pero cuando lo hago la tengo pegada a mi cuerpo, sujetándola con fuerza de la cintura, besándola como si me fuera la vida en ello. Me separo con brusquedad y doy varios pasos atrás asustado por lo que he hecho, por lo que estoy haciendo, por el esfuerzo que me supone dejar de hacerlo.

Chichi abre despacio los párpados y me enfrenta desconcertada, con decenas de preguntas irradiando en su mirada.

—Lo… lo siento. — Balbuceo nervioso— Perdóname, no sé que me ha pasado. Yo no quería… es decir no entiendo porque… —Trato de disculparme aterrado por su reacción, porque vuelva a enfadarse y esta vez tiene motivos para ello. ¡Pero a quién se le ocurre! ¡¿Se puede ser más estúpido? — De verdad que lo siento.

Un velo de indignación oscurece aún más sus iris y angosta los ojos, apretando la mandíbula sin dejar de mirarme. Da media vuelta y echa a andar alejándose de mí.

—Esto se está convirtiendo en una fea costumbre. —Dice en tono frío y se detiene, volteándose para encararme en la distancia—. La próxima vez que vez que beses a alguien, asegúrate al menos de que sabes porqué lo haces. —Y me da la espalda para adentrarse en los pasillos. Está furiosa, muy furiosa. Me daría de cabezazos contra la pared. ¡Tendré suerte si alguna vez vuelve a hablarme de nuevo!

Alzó la vista al cielo estrellado maldiciéndome mentalmente por lo sucedido. Aspiro y la brisa me trae el olor del mar. Chichi también huele a mar. Y no puedo evitar sonreír mientras contemplo en silencio una luna que reivindica un instante de locura, vaticinando respuestas que quizás no hacia falta buscar porque quizás, siempre han estado ahí.


Desde la ventana, la miro dormida sobre la cama disfrutando de un reparador sueño. Mis ojos abandonan su silueta apenas delineada entre las sombras por las escasas llamas de la chimenea para concentrarse en el firmamento donde dicen, está escrito el destino de cada hombre. Sonrío escéptico. Nunca he tenido demasiada fe en el futuro, porqué hace tiempo que me conformé con el presente. Cada mañana que te levantas y sigues vivo es un día más que sumar al pasado. Eso es todo.

Sin embargo en estos momentos no puedo evitar interrogarme acerca de cómo seria despertar sabiendo que hay algo más, sabiendo que hay alguien más…

—"¡Maldita sea! Ni tan siquiera deberías permitirte imaginar dicha posibilidad."—Me recrimino, furioso conmigo mismo.

Es una elemental ecuación de supervivencia que aprendí hace tiempo. Si no tienes nada, no puedes perder nada. Así de simple.

—"¡Ojala fuera tan sencillo!" —Bufoexasperado y los puños se aprietan con fuerza.

Respiro profundamente, obligándome a relajar las manos. Necesito calmarme para poder pensar con claridad. Atarla a mí nos condena a ambos. Lo sé y no me importan las consecuencias, no me han importado jamás. Siempre he caminado al filo del precipicio y la guerra te enseña a mirar a la muerte de frente. La cuestión, es si estoy incluso dispuesto a sacrificarla para tenerla. ¡Y qué me llamen cabrón egoísta! Cuándo te han quitado todo la lógica impone la codicia para mantener lo poco que posees y preservar lo que puedas obtener.

Parece fácil y lo sería si la estúpida lógica no hubiera dejado de regir hace días mis decisiones. Sólo pensar que el brazo ejecutor de Freezer pueda caer sobre ella, o tocarla, o… ¡Arderé en el infierno si permito que otro la toque! La desesperación se adhiere al pecho y extiende sus tentáculos apretando el corazón, el estomago, el hígado.

¡¿Es esto sentir? ¡¿Esta rabia lo que anhela la mayoría de los hombres? Por qué desde luego consume y envenena mucho más que el odio. ¡¿Dónde quedan las falsas promesas de paz?

—¿Vegeta?— La escucho llamarme con voz somnolienta. No contesto, continuo mirando sin ver a través de la ventana. Pensando. ¡Ese es mi puñetero problema, que pienso demasiado! Por una vez que la suerte se alía conmigo. ¿Pero cómo voy a confiar en la suerte? ¿Acaso me ha dado motivos para confiar en ella? Porqué hasta donde recuerdo lo único que ha hecho es joderme la vida una y otra vez.

—¿Vegeta?—Susurra ya detrás de mí, y su dedo índice baja siguiendo la trayectoria de la columna, trayéndome de vuelta a la habitación. Extiende la palma en mi baja espalda y deposita un beso en el omóplato. Me giro para encararla, de píe, sosteniendo una sábana alrededor del cuerpo para tapar su desnudez. Me pierdo en sus ojos, no hay vacilación en ellos, ni preocupaciones. Su mirada es como el agua del mar después de una tormenta y las cosas empiezan a importarme un poco menos.

Toma mi cara entre sus manos, la sábana que la cubre cae al suelo quedando a nuestros pies. Me besa sin la urgencia de otras veces, presiona mi boca en una caricia lenta, succiona el labio superior primero y toma después el inferior entre los suyos, tirando un poco de él. Su lengua se adentra sin premura hasta encontrar la mía, la roza, se enreda y yo me olvido de todo.

Mis brazos la alzan y sus piernas, se enroscan en mis caderas dificultando la labor de llevarnos hasta la cama. Deposita besos cortos en la mandíbula y continua por el cuello hasta la clavícula, dejando un camino de saliva y dientes a su paso mientras mi erección, crece entre nuestros cuerpos.

La recuesto en medio del lecho y la miro, antes de deslizarme hasta ella y quedar de rodillas entre sus muslos. Un rayo ambarino de luna se cuela por la ventana incidiendo en su pelo de aguamarina que alborotado, se esparce sobre las sabanas. La enciendo con un sinfín de caricias interminables. Mis dedos estudian diligentes su silueta, tantean la curvatura de sus hombros, la aprendida redondez de sus pechos, el conocido sendero hasta su vientre

Aferro sus caderas y la atraigo, balanceando su pelvis contra la mía. Aprieto la mandíbula concentrándome en la fricción de nuestros sexos, de su caliente, húmedo y sedoso sexo acariciando la piel sensible, tirante y erecta. Se siente bien, se siente tan bien y tengo que recurrir a todo mi autocontrol para no entrar en ella, aún no.

La miro en mi agonía, abandonada al erótico contacto, con los ojos medio cerrados, las mejillas encendidas, mordiendo el labio inferior para amortiguar los gemidos que escapan de su boca. Y ya no puedo seguir esperando. Con una mano la sostengo para ayudarme, la otra desciende por su cuello, entre sus senos, intoxicándome de su tacto para quedar sobre el vientre.

—Quédate quieta. Susurro y la tomo despacio, con una calma cruel y dolorosa. Tiene que ser así, esta vez quiero que sea así. Gruñe y deja caer por completo los parpados, arrugando las sábanas entre sus dedos. —Mírame. —Le pido—. No dejes de mirarme. —No sé el porqué y no es momento de cuestionarme sobre ello pero necesito ver el placer titilando en esas pupilas circundadas de azul, que se clavan desenfocadas en mí.

Ella es cálida, justa, suave. Podría quedarme aquí para siempre, en la sofocante e insatisfactoria quietud, arropado en su estrechez, palpitando dentro de Bulma, experimentado su palpitar. Y si tengo que matar, morir o verla muerta; lo haré, pero no voy a renunciar a esto, ni voy a resignarme a que otro la tenga. Descarada e impaciente, como es ella, se empuja sobre mí y no puedo evitar liberar un gemido grave, revelador. La tomo fuerte de la cintura, imponiendo mi ritmo, meciéndome a un compás lento que me permita sentirla en cada pliegue, en cada contracción, en cada escalofrío que agita su voluptuosa desnudez.

Con cada sacudida la vacío y la lleno, modelándola a mi pulsante forma. El aire se incendia alrededor, llenándose de los calientes sonidos que emiten nuestros inflamados cuerpos. Se revuelve, se desespera y la sábana ya no alcanza para contener las ganas. Anuda sus piernas a mi espalda buscando más profundidad y cedo a sus demandas. El placer, crece exponencialmente a la velocidad, prende la carne, calcina en cada embestida.

Se curva sobre el colchón y pienso que va a romperse. La atraigo hacía mi pecho y sus manos se fijan a mi espalda, tatuando las huellas de sus uñas en la piel. Me mira, no ha dejado de mirarme ni un segundo, y adivino el final en sus ojos y vibro con ella y todo se vuelve negro un instante. Mis dientes se clavan en su cuello cerrando el círculo del destino. El orgasmo eclipsa el tiempo y el espacio. Me libero. Sangre, sudor y semen rubrican entre espasmos de frenesí, la decisión más difícil que he tomado en toda mi vida.

Convulsiones de éxtasis recorren y relajan los músculos a su paso. Se desmorona y la sostengo entre mis brazos, dejando que repose la cabeza en mi hombro. Sigo dentro de ella, no tengo intención de salir de ella en todo lo que queda de noche. Ahora es mía, mi mitad y la pego con posesión a mi cuerpo. Al compás de nuestras respiraciones tratando de normalizarse, el mundo se perfila de nuevo alrededor. Un mundo de locura compartida y rendición mutua.


"¡Ascender, trepar hasta los cielos que el amor me indica!

¡Perderse, si es menester!

¡Alimentar el resto de la vida con una hora de locura y de

libertad!"

¡Con una fugaz hora de locura y de placer!

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


Chikyuu: Tierra


Vale, lo de siempre, que el lemmon no es lo mío, que me puede el romanticismo y acabo por pifiarla. Lo sé pero que le vamos a hacer, por intentarlo que no quede.

Mil gracias a Midory por su beteo y por tratar de insuflarme un ánimo y un valor de los que carezco. Gracias a Dramaaa por aguantarme e intentar buscar alguna manera de ayudarme. Gracias también a Kurayami K, Sakura-dono-Black lady, NOMICA, Vqs81, Marby18, bass y Bonus Kum porque de todas las opiniones se aprende algo, a veces, muchas cosas.

A Vqs81: ¡Eres una lectora muy fijada! Efectivamente, el bosque de bambú aparece en el capítulo número tres, por lo que este beso no es fruto de la casualidad. Estaba planeado desde el principio de la historia. Aunque a veces no lo parezca los detalles son importantes. Bueno, la ansiedad y la angustia están muy presentes en los personajes pero las sensaciones pueden variar de una lectora a otra. No es tan importante, en mi opinión, lo que yo quiera trasmitir sino lo que sientas tú al leer, así que mil gracias por compartirlo conmigo. Me alegro de que te esté gustando hojas de hierba, es uno de mis libros favoritos, llevo leyéndolo muchos años por eso lo elegí para el final de los capítulos. Otra cosa, si has escogido una traducción te recomiendo la de Jorge Luís Borges personalmente es la que más me gusta y por favor, escríbeme un correo y dame tu dirección porque me gustaría agradecerte y explicarte algo en privado y no tengo modo de hacerlo.

Gracias también a los lectores que se mueven en las sombras y se toman su tiempo para leer.

Katherine Anne Porter dijo: "Los milagros llegan en los momentos más extraños a las personas que menos se lo esperan." Así que ya sabéis, no os sorprendáis cuándo la buena fortuna derrame durante mi ausencia sus favores sobre vosotros. Ella sabe lo que hace.