CAPÍTULO XV: CUANDO VUELVE LA CORDURA

La luna aún pende en el cielo gris azulado del amanecer cuando las primeras luces del alba se filtran por la ventana, despertándome. Entorno los parpados molesta y pestañeo varias veces para acostumbrarme a la incipiente claridad. Sumida todavía en un tenue sopor tardo en ubicarme en una habitación que me es extraña, percibo un peso alrededor de mi cintura y todo vuelve a mi mente.

Siento dolor en músculos que no sabía ni que existían y mi memoria, evoca perezosa, los momentos vividos durante la noche. Las horas que lo tuve dentro de mí; llenándome, saturando mi cuerpo de caricias cuya huella aún conservo, reclamando cada rincón, cada poro, cada gemido escapado de mis labios. La humedad, el calor, el placer abriéndose camino una y otra vez en las entrañas. Su boca robando cualquier pensamiento, silenciando la razón, haciéndome sentir viva, completa, con la certeza de que estar haciendo lo correcto.

Vuelvo la cabeza sobre la almohada. Él está a mi lado bocabajo, rodeándome posesivamente con su brazo mientras las piernas, se enredan por debajo de la sábana que cubre nuestros cuerpos hasta las caderas. Me relajo, concentrándome en el contacto cálido de su desnudez, en su tibia respiración lamiendo el lóbulo de mi oreja y que me produce cierto cosquilleo.

Sonrío, volteándome con cuidado en su abrazo, poniendo la máxima atención en no despertarlo. Apoyo el codo en el colchón y mi pómulo sobre la palma para poder observarlo y mi sonrisa se amplía. Tiene una expresión tranquila en la cara que nunca antes le había visto, ni siquiera era consciente de que pudiera lucir tan apacible. Acaricio con el pulgar su ceño y trazo el perfil de una de sus cejas, delineando el contorno de su rostro hasta acunar su mejilla en mi mano. Cierro los ojos disfrutando de un momento que quisiera durara para siempre y éste último pensamiento, abofetea la cordura devolviéndome de golpe a la realidad.

Abro los parpados para enfrentarla y mis pupilas se centran en él. Una ligera ansiedad que trato de ignorar castiga por un instante el estómago removiendo la conciencia. Y sé que debo explicarle lo que está pasando; mis motivos, que no puedo suspender ésta boda, que hay demasiadas cosas en juego para echarse atrás. Sólo espero que su orgullo le deje entender… Tiene que hacerlo. ¡Yo lo haré entender!

La vista se desvía a las antiguas cicatrices del látigo que, junto al rastro de mis recientes arañazos, cruzan su espalda hundiéndose con profundidad en la carne. Llevo los dedos a ellas recorriéndolas suavemente con las yemas, como si pudiera borrarlas tan sólo con ese gesto y siento la ira prender dentro de mí con violencia inusitada, porqué adivino el responsable de la mismas, porqué voy a acabar con ese maldito bastardo, cueste lo que cueste. Inclino la cabeza para rozar con mis labios los suyos y escapo de su agarre, incorporándome para salir de la cama con renovadas energías, más decidida que nunca a hacer lo que tengo que hacer.

El frío de la habitación eriza la piel cuando camino hasta el lugar donde nuestras ropas se encuentran desperdigadas en el suelo, fijo la mirada en la pared y sin poder evitarlo una avalancha de imágenes inundan mi cerebro. Me volteo y empiezo a vestirme tratando de sobreponer el hormigueo que despiertan en mi vientre.

Prenda a prenda, la voluntad parece sucumbir a la tentación de volver a su lado y mandarlo todo al diablo. Respiro en profundidad apelando a la poca sensatez que me queda, mientras anudo el obi para cerrar el kimono. Buscando los zapatos, los pies se enredan en algo blando y recojo su camisa para llevarla hasta mi nariz. Aspiro su olor aún impregnado en la tela y levanto los ojos a la cama. Sigue durmiendo.

Giro bruscamente sobre mis talones y mis pasos se apresuran a la puerta, consciente de que tengo que salir de aquí cuanto antes o ya no podré hacerlo.


No sé cuantas horas llevo sentado en este sillón, contemplando las sábanas revueltas, respirando su esencia impregnada en mi piel; pensando, divagando, sumido en un torbellino de contradicciones.

Estaba despierto cuando se marchó esta mañana, cuando su mano perfiló mi rostro, cuando sus dedos vagaron por mi espalda y su boca rozo la mía en una silenciosa despedida. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no moverme; para no tomarla de la cintura y pegarla de vuelta a mi cuerpo que pedía a voces fundirse de nuevo con ella, estar otra vez dentro de ella, no salir de ella jamás.

No lo hice, me mantuve muy quieto fingiendo un sueño que no tenía. De hecho he estado despierto toda la noche, atento a cada uno de sus gestos, tratando de asimilar un momento que me era extraño, disfrutando la laxitud de los músculos, de un espíritu en el que por primera vez en años no había rabia, ni resentimiento, como si aún fuera ese niño que entrenaba cada mañana en las tierras altas y húmedas de Vegetasei, imaginando un futuro de gloria para él y los suyos, orgulloso y satisfecho, lejos de Shakkotsu, de Freezer, de saberme el príncipe de una raza extinta.

No he dormido y en cambio, no recuerdo haber descansado nunca tanto.

La puerta se cerró y yo continué en la cama por largo rato, concentrado en el vacío que había dejado en el colchón, en el frío del amanecer que se filtraba junto a la realidad en la habitación. Preguntándome ¿por qué la había dejado ir, por qué mis brazos no reclamaron lo que por derecho me pertenece? incapaz de aceptar una respuesta que ya conocía y no quería escuchar.

Aprieto la mandíbula y mis manos se crispan en los antebrazos del sillón. Sabía que iba a pasar, sabía que las cosas iban a ser así. ¡Siempre son así para mí! Debí prestar atención a la razón repitiéndome que no podía ser, a esa voz interior que me advertía del peligro que suponía dejarme caer en el abismo que el instinto abría bajo mis pies.

—"Estás jodido y lo sabes." —Parece burlarse la cordura que ha vuelto después del obligado silencio al que la he sometido. No tengo como solucionar esto y me desespera. Por mucho que busco, no encuentro una salida, porque no hay salida. ¡Maldita sea, no la hay!

Oigo un golpeteo en la puerta y me tenso de inmediato en mi asiento.

—"Que no sea ella." Me traiciona el subconsciente—. Adelante. —Pronuncio en tono bajo, entornando por un instante los parpados para templar los nervios.

La figura imponente de Nappa entra cerrando tras de sí. Su cara luce los vestigios de mis golpes que se han amoratado en la piel ofreciendo un lastimoso aspecto. No hay remordimiento en mí, nunca lo hay.

—La ceremonia comenzará en una hora. —Anuncia y sus ojos se desvían a la cama deshecha. No contesto, prefiero ignorar lo que ha dicho, tengo que ignorarlo si no quiero que la locura vuelva a tomar el control de mis actos—. ¿Lo pasaste bien anoche? —pregunta distraído y nuestras miradas se encuentran en el silencio que se cierne sobre nosotros como un presagio siniestro de lo peor. Sus pupilas se dilatan y da un paso atrás al tiempo que niega con la cabeza.

—Dime que no lo has hecho. —Pide de un modo irracional. Aunque se niegue a admitirlo, sabe lo que ha pasado en cuanto ha traspasado el umbral—. Dime que no has probado su sangre. —No dejo de enfrentarlo y mi falta de palabras parece exasperarlo—. ¡Dime al menos que no has dejado que ella pruebe la tuya! —Clama con cierta vehemencia. Puedo notar como mi vista se nubla y las venas y arterias se dilatan—. Has perdido por completo el juicio. —Murmura sin dejar de observarme.

—Creí haber dejado claro que no debías meterte en esto. —Y ha sonado exactamente como la amenaza que es.

—Y yo te advertí que no podías controlarlo. No será por mí por quién lo sepa, pero cuando Freezer se entere, y créeme que se enterará, la matará. Vaticina con una indiferencia que enciende mi ira. Tal vez no sea enseguida pero lo conoces, tarde o temprano lo hará.

—¿Eso te preocupa?Contesto seco, achicando los ojos, cerrando los puños para contener las ganas de volver a lanzarme contra él. Supongo que así aliviaría en parte una impotencia por la que no quiero dejarme arrastrar. Sería capaz de cualquier cosa en estos momentos.

—No. Responde escueto y sé que está siendo sincero.Pero también te matará a ti cuando intentes vengarte, porque querrás vengarte, y eso no puedo permitirlo. Al final todos acabaremos muertos, incluso yo y mira por dónde no tengo intención de dejar este mundo todavía.Hace una pausa, estudiando mí reacción antes de continuar, la falta de cualquier gesto le anima a seguir hablando—. Debemos volver a Namekusei cuanto antes.

—Irnos no solucionará el problema y lo sabes. Lo noto sorprendido por la aparente calma con que me he pronunciado. Quizás esperaba una reacción más visceral de mi parte, esa que a duras penas puedo reprimir consciente de que no va ayudarme en nada.

—Peronos dará tiempo para planear alguna cosa. Siempre has sido un excelente estratega y es la única vía de escape que te has dejado, lo único coherente que te queda por hacer. Piénsalo.

Y lo hago, lo pienso, como lo he estado pensando durante las últimas horas aunque resulte inútil. Por mucho que el estomago se retuerza en mi abdomen o la sangre hierva en las venas lleva razón. No puedo matar a Freezer, no estoy preparado para eso, aún. No puedo escapar, mi orgullo jamás me permitiría algo así. No puedo quedarme y conformarme, ya lo he intentado con escaso éxito. Volver a ser el mismo de siempre, esa es la solución. Convencerme de que no me importan las consecuencias de esto… ¡¿Por qué mierda iban a importarme?

—"Te dije que estabas jodido." —Sentencia la cordura sin concederme siquiera una tregua. Sabe lo que hace, sabe que cualquier armisticio supondrá una diferencia y no está dispuesta a dejarse vencer. No esta vez.

Nappa continúa de pie frente a mí, esperando. Clavo los ojos en él que asiente con la cabeza. No hace falta decir nada más, nunca hemos precisado las palabras para entendernos.

—Ya he hablado con Freezer al respecto y no ha puesto problemas a que partamos de inmediato. —Revela, confirmando lo que yo ya sabía. Conocía mi respuesta incluso antes de entrar en esta habitación.


Las arañas repletas de velas que cuelgan de los techos son insuficientes y el ambiente no deja de resultar un tanto lóbrego en el amplio salón. En un extremo del mismo, se encuentra la mesa presidencial en la que estoy sentado entre Chichi y Bulma, junto a ésta última, como no, el otro protagonista de la noche y más allá un hombre obeso, de piel sonrosada que ha logrado llamar poderosamente mi atención. Lo había visto con anterioridad aunque no logro recordar donde. El resto de comensales se distribuyen a izquierda o derecha de nosotros y a un sólo lado, pero no me he fijado en sus caras.

La algarabía se escucha por encima de los acordes que los músicos encargados de amenizar la velada, interpretan sobre una tarima situada al fondo de la estancia. Acróbatas, bufones y bailarinas más bien escasas de ropa, se pasean entre las mesas, en un plano mas bajo y perpendiculares a la nuestra, divirtiendo a los invitados. No tenía idea de que la fiesta iba a estar tan concurrida. ¡Ni siquiera sabía que iba a haber una fiesta! Supongo que a Freezer le conviene alardear ante sus nobles y generales de lo que considera una victoria.

Entre risas, voces y alguna que otra riña provocada por el exceso de vino y comida que los esclavos distribuyen sin descanso a los asistentes, todos parecen estar divirtiéndose de lo lindo. Bueno casi todos, y mi vista pasa de Chichi a Bulma, que no han abierto la boca en toda la velada.

Al contrario que durante la ceremonia, hace ya rato que la mayoría ha dejado de prestarnos atención y a medida que el alcohol va haciendo efecto en sus mentes, la preocupación general parece ser quién compartirá la cama con quién después de la cena. Algún que otro osado, se aventura a mirar con disimulo hacia alguna de las dos mujeres que me flanquean para acabar clavando sus ojos con envidia en mí. ¡Si supieran la verdad! Una no volverá a dirigirme la palabra en la vida, o al menos no en una larga temporada y la otra, y me centro en Bulma, no sé, parece ausente, como si estuviera en otro lugar. Sus pupilas se pasean inquietas por la muchedumbre, ya lo han hecho durante la boda y no puedo evitar preguntarme qué rayos anda buscando con tanta insistencia. Bufo alargando la mano para servirme más pollo, al menos la comida es buena y abundante.

—"¡¿Podrías pensar algo inteligente que decir? A lo mejor hasta te perdona." —Me recrimino, dejando de prestar atención al plato para centrarme en Chichi, que tiene la mirada perdida al frente.

Está diferente esta noche. Su flequillo y los mechones que enmarcan su rostro siguen ahí, pero ha cambiado su habitual moño por un recogido alto en forma de abanico en la parte posterior del cráneo que adorna en cada uno de los extremos con dos horquillas largas, de ellas cuelgan unos pequeños farolillos de metal que tintinean al más leve movimiento de su cabeza. Resulta un tanto hipnótico. Lleva un kimono blanco, el rojo se reserva para la novia, bordado con hilo plateado y anchas mangas que resalta el color cereza de sus labios. Me quedo fijo en ellos por un rato hasta que me doy cuenta de lo que estoy haciendo— "¡Eso es! Tú vuelve a meter la pata. ¡Idiota!" —y desvío la vista un tanto confuso.

—"Bien, vamos allá."—Tomo aire sonoramente antes de enfrentarla

—Parece que todo el mundo lo está pasando en grande. Comentodespreocupadamente. Ella me encara seria, enarcando una de sus cejas sin acabar de creer que le esté dirigiendo la palabra y no ha sido una gran frase, pero por lo menos se ha dignado a mirarme. Algo es algo.

—Así parece. Contesta a desgana para ignorarme de nuevo, sin intención de decir nada más. Suspiro resignado y recorro el salón fijándome en los invitados. Una idea cruza mi mente.

—¿Dónde están Nappa y Vegeta? No los he visto en todo el día. Pregunto expresando en voz alta mis pensamientos. El sonido metálico a mi derecha me hace desviar la vista a Bulma. Ha volcado su copa y el vino, se derrama dejando un reguero escarlata en el mantel. Me sorprende el ligero temblor de sus dedos sobre la mesa y la expresión crispada de su rostro—. ¿Estás bien?cuestiono llevando mi mano a la suya. Reacciona, mirándome y asiente con la cabeza.

—Regresaron a Namekusei esta mañana. —Oigo y clavo mis ojos en Freezer que la observa con un recelo que no acabo de descifrar—. No saben divertirse y sus caras de simios amargados hubieran arruinado mi fiesta. —Revela soltando una carcajada a la que enseguida se une la del hombre que tiene al lado. Su mano se cierra en un puño bajo la mía y la aprieto un poco más.

—¡Yo también estoy harta de esta estupidez! —Suelta con enfado deshaciéndose de mí al tiempo que hace ademán de levantarse.

Las risas se interrumpen y unos dedos blanquecinos, aprisionan su antebrazo volviéndola a sentar con brusquedad en la silla. No queda ni rastro de su jocosa aptitud.

—¡No se te ocurra moverte! —Sisea imperativo en tono bajo y amenazante, aferrándola aún con más fuerza—. Estoy siendo muy paciente contigo, pero todo tiene un límite. —Bulma lo encara desafiante y ambos se sostienen la mirada en un duelo que se prolonga en el tenso silencio, finalmente desvía la vista a su agarre y él, abre los dedos con lentitud. Dibuja una torcida sonrisa y acaricia con el reverso de su mano la mejilla de ella que no hace ademán alguno de moverse, aunque no deja de enfrentarlo—. Así me gusta. —Dice satisfecho, sujetándola por el mentón—. Y ahora alegra esa cara. ¡Estás celebrando tu "boda"! —Escupe mordaz, soltándola mientras frunce con malicia los labios, dirigiéndole una última mirada de advertencia antes de retomar su conversación a la derecha.

—¿Bulma? —La llamo tomando de nuevo su mano que vuelve a temblar. Tarda unos segundos en salir del estado de shock en que se encuentra y clava sus ojos en mí.

—No te preocupes. —Susurra tratando de esbozar una tenue sonrisa mientras alarga su brazo libre para asir la copa y levantarla—. Estoy bien. —Miente sin poner demasiado énfasis en ello y su vista se pierde otra vez en el inmenso salón.

Yo me quedo mirándola un rato más. La fiesta y la comida han perdido ya todo interés. Desvío mi atención a Chichi que parece no haberse percatado de nada y sigue sumida en sus propios pensamientos.

¡Desde luego, si las cosas van a ser así a partir de ahora, el invierno se me va a hacer eterno!


La luna ha recuperado su manto blanco y comienza a menguar en el oscuro firmamento. Escondido entre los árboles, cuyas copas se balancean al compás del viento frío que desciende de las nevadas cumbres, puedo ver la silla cubierta por la manta simulando mi presencia y a Nappa que, como siempre, se ha quedado dormido en su turno de vigilancia. Ya contaba con eso. Las llamas crepitan en la hoguera tiñendo de naranja su figura inmóvil que deja escapar algún que otro ronquido, turbando los ruidos propios de la noche.

Siento una especie de envidia sana por la facilidad que tiene para dormir aún en las peores situaciones. Yo no podría conciliar el sueño aunque quisiera. Hecho la cabeza atrás, recostándola sobre el tronco en el que me apoyo y me permito cerrar los ojos un instante. Irremediablemente pienso en Bulma, aspiro hondo, resistiéndome y trato de dejar la mente en blanco, pero mi memoria insiste en volver a ella y al final abandono por un momento la lucha.

"Mi espalda descansa en la cama, está sentada a horcajadas sobre mí, con sus rodillas a ambos lados de mis caderas y el cuerpo reclinado en mi torso. La mano sube y baja apenas rozando su columna.

¿Crees en el destino? —Pregunta de improviso, moviendo la cabeza a un lado y siento sus dientes y su lengua en mi areola. Me detengo e inhalo en profundidad, conteniendo la respiración al tiempo que mi laxitud palpita en su interior. Lo percibe y cesa en su caricia para sonreír sobre mi piel. Vuelve a hacerlo y mi sexo late de nuevo y ella, sonríe de vuelta.

No. —Contesto exhalando pesadamente, retomando el ir y venir de mis dedos. Alza su rostro para clavarme una mirada inquisitiva—. Es mucho más fácil pensar que sólo existen las casualidades. Encontrarse en el peor momento en el lugar equivocado. —Explico con ironía, parece comprender y se recuesta en mi pecho guardando silencio unos segundos.

La casualidad únicamente te da una oportunidad, viene y se va, en cambio el destino se queda. No importa las veces que trates de eludirlo siempre regresa para cumplir el plan que tiene trazado para ti. —Vuelve a enfrentarme, sosteniendo su peso con ambas palmas sobre el colchón y sus ojos recorren mi fisonomía hasta quedar fijos en los míos—. Así que deberías creer en él. Porqué si no fuera tan testarudo esto, no estaría pasando. —Me reprocha divertida.

No puedo evitar una carcajada y una de sus cejas se enarca en un gesto de confusión, supongo que es la primera vez que me escucha reír de verdad.

Eres molesta y obstinada. —Acuso con cierto cinismo—. ¿Y le hechas la culpa de todo al destino? ¡Eso sí que no puedo creerlo!

Angosta la mirada fingiendo una indignación que no puede mantener y se hecha a reír, descendiendo sobre mis labios que lame quedamente antes de besarlos. Cierro los párpados y la mano derecha se hunde en su pelo, mientras la izquierda rodea su cintura para evitar que se separe cuando me cuelo en su boca, buscando el contacto de su lengua que no tardo en encontrar. Juega conmigo, me permite enredarla y luego la deslía y de vuelta me deja tenerla mientras crezco, envuelto en su calor, endureciéndome en ella.

Suspira en mi boca, separándose con lentitud y abro los ojos. Sus pupilas titilan encendidas cercadas por unos iris, que las ansias y la noche tornan azul cobalto.

¿Aún me tienes miedo? —cuestiona en un tono bajo, sin dejar por un segundo de observarme.

Ya te lo dije. No tienes manera de que yo te tenga miedo. —Suelto con cierta irritación, convenciéndome a mí mismo de la veracidad de mis palabras.

Pues deberías tenérmelo. —Susurra, mezclando su aliento con el mío por la proximidad de nuestros labios—. Deberías estar muy asustado. —Su declaración hace que los músculos se tensen instintivamente. No quiero iniciar una conversación acerca de lo que va a pasar. Ni tan siquiera puedo permitirme pensar en ello. No esta noche, no ahora. Sube despacio hasta el oído—. Porqué esta fastidiosa y terca mujer no va a dejarte ir jamás. —Expresa en voz baja y sensual y roza el lóbulo de mi oreja, relajándome al instante.

Deposita besos suaves en la mandíbula hasta llegar al mentón y desciende, con leves mordiscos y succiones por mi cuello, delineando con su lengua la clavícula, meciendo las caderas en lentos remolinos que intensifican mi erección. Deja escapar un gemido sobre mi pecho y no puedo evitar corearla con otro, llevando mis manos a sus caderas para acompañarla en su movimiento. Se queda quieta y mi piel dibuja su sonrisa, una sonrisa cuya malicia descubro cuando sus dientes se cierran en uno de mis pezones haciendo que un escalofrío me recorra, obligándome a impulsar la pelvis hacia delante y a hundirme por completo en ella.

Rodeo su cintura y ruedo sobre la cama para dejarla debajo de mí, poniendo cuidado en no apoyar mi peso en Bulma que frunce una mueca de sorpresa. Me muevo, saliendo de ella para quedar a su altura visual. La decepción brilla por un momento en sus ojos que encaran los míos. La reprendo en silencio por sus juegos y adopta una expresión inocente que resulta de lo más incitante. Humedece sus labios, atrayendo mi atención a ellos y muerde seductora el inferior. Sabe que eso me excita, no adivino como, pero lo sabe. A lo mejor lo ha sabido siempre como tantas y tantas cosas. Apenas hace unos días éramos dos extraños y se puede decir que no hemos mantenido ninguna conversación fuera de las discusiones, en cambio la conozco a la perfección, igual que ella cree entender todo de mí. No me puedo contener y clavo mis dientes en el borde carnoso, tirando un poco de él, entreabriendo su boca en la que me sumerjo buceando en un mar de lenguas y saliva tibia.

Abandono sus labios para explorar con los míos la garganta y succiono mi marca en su cuello, reclamando lo que ya es mío, provocando un quejido leve que también me pertenece, como la silueta que recorro con mis dedos y el pecho que acaricio en mi mano. Lamo la sal de cada retazo de piel que hallo en mi camino hasta la parábola de su seno, que trazo para encontrar el vértice del mismo. Duro, firme, delicioso. Me gusta sentirlo en mi boca, recorrer las suaves irregularidades que lo circundan, oír los latidos acelerarse a cada roce de la lengua y el rastro mojado que dejo sobre ellos.

Bulma, se revuelve protestando quedamente, regalándome gemidos bajos que engrosan mi erección. Subo hasta su rostro y le dejo notar mi aliento en su oído, acomodándome entre sus muslos para volver a sentirme dentro de ella.

Espero que ese destino en el que tanto confías esté colmando tus expectativas. —Digo, impulsándome con contundencia hacia delante. Arquea su cuerpo, aferrándose a mi espalda a la vez que exhala sonoramente apretando por un momento los parpados.

Abre los ojos clavándolos en mí.

Le hará falta más de una noche para lograr saciar todos mis deseos. —Confiesa entrecortadamente, bajando las manos hasta mis glúteos para evitar mi retirada—. Muchas más noches. —Escucho mientras vuelvo a sumergirme con prisa en su calor…"

"—Muchas más noches…" —Sacudo la cabeza al tiempo que mi mano se cierra en un puño buscando deshacerme de un recuerdo que no me ayuda en lo absoluto y devuelvo mi pensamiento y sentidos al bosque.

El casi imperceptible sonido de pasos sobre la hojarasca me pone alerta, tensándome de inmediato. Presto atención y estudio la silueta encapuchada que se desliza emboscándose entre la maleza para observar el campamento. Frunzo una media sonrisa de aprobación, sabía de antemano que vendría. Viste una túnica negra con capucha que cubre por completo su figura haciendo que lo único destacable sea su altura.

No se ha percatado de mi presencia entre los árboles. Me aproximo con extremo sigilo a él y apoyo mi espada en su espalda, da un respingo y su mano derecha viaja veloz hasta la vaina que lleva colgada a la cintura, tratando de desenfundar.

—Ni lo intentes. —Advierto, haciéndole notar el filo de mi acero en su columna, se detiene y retira despacio los dedos que prenden ya la empuñadura—. Gírate, quiero verte la cara. Ordeno. Duda y no hace ademán alguno de obedecer. Ejerzo algo más de presión con mi espada perdiendo parte de mi escasa paciencia—. ¡Qué te gires!Grito imperativo, parece resignarse y pone los brazos en cruz, volteándose para enfrentarme. La capucha arroja sombras sobre su rostro y no me permite distinguirlo con claridad pero a pesar de todo, noto sus ojos fijos en mí. Sin movimientos bruscos lleva las manos a la cabeza y desliza la tela descubriéndose.

Mi semblante dibuja una mueca de sorpresa que me es imposible evitar.

—¡¿Quién diablos eres tú y porqué llevas días vigilándome? —Pregunto con encono, saliendo de mi asombro inicial.

—¡¿Ra… Raditz? —Oigo con cierta vacilación a mi izquierda y desvío la vista por un instante a Nappa que acaba de llegar junto a nosotros, para volverla a clavar en el desconocido saiyajin que ladea los labios en una retorcida sonrisa de complacencia.


"Con la terrible duda de las apariencias,

Con la incertidumbre, después de todo, de que estemos alucinados,

Que quizá la confianza y la esperanza, después de todo, son meras teorías"

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


Es un capítulo corto y quizás demasiado rápido, supongo que podría haberme explayado un poco más en lo que piensan, sobretodo Bulma, pero eso prefiero dejarlo para el próximo. Así que hasta aquí llegamos. No hay que perder de vista que en este fic los personajes están recordando algo que ya ha pasado, sólo espero que no hubierais olvidado a Raditz o, ¿acaso pensasteis por un momento que me había vuelto loca escribiendo un prólogo de alguien que no aparecía en la historia? :-D Yo sé que no, sé que la mayoría ya sabía que estaba ahí.

Gracias a Midory por todo, por su beteo, por quedarse conmigo y por ser como es. Gracias a Dramaaa, Kurayami K, Sakura dono Black Lady, MaTuR3, vsq81, XXBASSXX, saiyancita y sakuno por sus comentarios. Gracias también aquellas que me escribieron preocupándose por mí.

A MaTuR3: ¿Qué puedo decirte? Tu review me ha dejado sin palabras y eso no suele pasarme. No te disculpes por no haber escrito antes, soy yo la que debe darte las gracias. Gracias, muchas gracias porque es bueno saber que hay personas que leen y disfrutan este fic, eso da ánimos para continuar y tratar de mejorar. ¡¿Vivencias personales? Bueno, supongo que siempre hay algo de eso cuando uno escribe. ¡Pero no voy a confesar mis pecados! No es el momento ni el lugar...;-D Un fuerte abrazo y espero poder mantener tu interés en esta historia.

A saiyancita(): Lo pensé mucho antes de borrarlo.Sé que tu intención era buena y querías animarme por eso te debo una grandísima disculpa pero me he visto obligada a hacerlo. Si me escribes te explicaré porqué. Espero que puedas perdonarme, mil gracias por el review y un fuerte abrazo.

A sakuno: Muchísimas gracias por tus palabras. ¡Tú si que eres genial! Para mí es una verdadera alegría que estés disfrutando esta historia. ¿Sabes? Yo me divierto, o me divertía, escribiéndola así que es una gran satisfacción saber que no soy la única que lo hace. Un abrazo y de corazón gracias.

Gracias a aquellos que me regalaron parte de su tiempo para leer.

Etienne Rey dijo: "La suerte es la sonrisa de lo desconocido." Así que ya sabeis, si queréis devolvérsela sonreid. ¡Nunca se sabe bajo que disfraz se oculta la buena fortuna!

Hasta pronto…