Disclamer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé

CAPÍTULO XVII: EL FINAL DEL INVIERNO

Hemos acampado al amparo del árbol del Teneré*, una acacia solitaria que sobrevive en mitad de esta zona de pedregoso desierto, aislada y olvidada por todos. Como un vigía de mil ojos, las hojas que brotan en su copa parecen guardar la frontera que separa las tierras altas e Hyogen del inhóspito territorio de Namekusei y ofrecen el único refugio donde cobijarse del sol que despunta ya en el horizonte. En apenas unas horas sus rayos calcinarán de nuevo el suelo resquebrajado y reseco al que tan sólo el árbol milenario parece ser capaz de plantar cara, hundiendo desafiante sus raíces hasta encontrar el codiciado oro líquido que le permite subsistir a kilómetros de distancia de cualquier otro ser vivo.

Los hombres han montado a su alrededor las tiendas y los toldos que los protegerán en la que sin duda será otra abrasadora jornada. Todos parecen tener prisa por terminar y descansar del camino recorrido durante la noche. Algunos recogen el rocío adherido a las ramas conscientes de que cualquier gota de agua puede ser necesaria y otros, se aproximan impacientes a las hogueras donde las ollas calientan las raciones de arroz que les servirán de alimento.

Durante tres meses me he preguntado como se sentiría este momento. Mientras entrenaba sin descanso entre la nieve a varios grados bajo cero, con el viento cortando la piel y el frío instalado en los huesos. Cuando los dedos entumecidos apenas podían sostener la espada y dolían por el peso de ésta o planeaba mi venganza, privándome de horas de sueño, tratando de convertir un puñado de hombres inexpertos y oxidados guerreros saiyajins en algo que pudiera parecer un ejército, no me preguntaba por el transcurso de la batalla que me espera, no por qué sería vencer o enfrentarme cara a cara con él, sino justo por el instante en que mirara atrás y tuviera que afrontar mi pasado siendo consciente de mi propia degradación, de la humillación sufrida durante años soportando en silencio la burla y el engaño de todos aquellos que siempre he considerado inferiores a mí, que son inferiores a mí.

La mano me tiembla ligeramente y estrecho con fuerza la brida en mi puño. Las cosas no tenían que haber sido así. Los saiyajines estábamos llamados a ser los amos y señores del mundo y el resto de pueblos se someterían a nuestra voluntad o elegirían ser aniquilados. Ese era nuestro destino, a lo que la sangre guerrera que calienta nuestros cuerpos nos obligaba y que nunca debió ser truncado por la traición.

Desde los siete años he aborrecido todo segundo de mi existencia, tratando de sobrevivir, con el nudo del odio retorciéndose en el estómago a cada orden acatada o castigo impuesto que me denigraba aún más. Tragándome el orgullo, convencido de que algún día llegaría la hora de hacerle pagar por cada una de las heridas que marcan mi cuerpo y corroen las entrañas, al fin de recuperar el lugar que me corresponde.

Pero aquella noche en que supe la verdad, comprendí que la venganza no alcanzaría a restituir una ínfima parte lo que me había arrebatado, que tendría que aprender a lidiar con la vergüenza de haber sido un títere que manejó a su antojo. Puedo vencer o morir en esta revancha y ninguna de las dos opciones cambiará el hecho de que él siempre anduvo un paso por delante. Jamás me consideró un rival a batir porque nunca me comporté como tal. Dejé que la soberbia y el rencor nublaran el juicio y ese es un error que cargaré sobre los hombros y pagaré el resto de mi vida.

Nada podrá exonerar mi estupidez, ni me devolverá el tiempo perdido. Nada.

A lomos de Yasha, echo un último vistazo atrás antes de partir. Las altas cordilleras que atravesamos hace dos días se vislumbran borrosas en la distancia, la nieve ha empezado a desaparecer de sus cumbres y las cimas más bajas aparecen ya peladas. A sus faldas se distingue la arboleda de Maboroshi que la cercana primavera ha hecho rebrotar, convirtiéndola en un manto verde, casi negro, que se extiende hacia el interior de Hyogen.

Hasta ahora nos ha acompañado la suerte y desde que descendimos de las montañas para atravesar las tierras de Plant, tan sólo hemos sufrido un par de encontronazos con sendas patrullas de Freezer de las que nos ha resultado fácil deshacernos sin dejar rastro. Al parecer, por la información obtenida antes de sesgar sus miserables vidas, a la asquerosa lagartija le interesa mucho conocer mi paradero y lleva todo el invierno buscándome.

No puedo evitar la sardónica sonrisa que aflora en mis labios. Ya contaba con eso.

Lo imagino revolviéndose en su sillón de terciopelo rojo, castigando infelices que fracasaron en el intento de encontrarme, sosteniendo una copa en la mano donde ahogar la rabia mientras trata de adivinar mis movimientos. Lo conozco y me conoce y sabe que mi deserción no va a durar para siempre. Sabe que la noche en que desaparecí sólo marca el principio de la partida, el comienzo de lo que será, irremediablemente, el final del juego para alguno de los dos.

—Ten cuidado. —Aconseja Nappa que se encuentra de pie junto a mí sujetando las riendas. Sus palabras hacen que abandone mis pensamientos y vuelva a centrarme en lo que me rodea—. Los namekianos serán difíciles de convencer.

—Preocúpate por llegar mañana al anochecer tal y como hemos acordado. —Reacciono, frunciendo el ceño, un tanto hastiado de sus continuas advertencias. A mi lado y también sobre su caballo, Raditz deja escapar una irónica risa.

—Actúas como cualquier madre preocupada por su retoño. ¿Estás seguro de que no hay nada que quieras confesarnos? —Insinúa, convirtiendo su anterior risotada en una sonora carcajada.

—¡Oye imbécil! —Exclama indignado el aludido, aproximándose a él con cara de pocos amigos—. Lo único que digo es que prestéis atención. Después de todo Vegeta lleva tiempo combatiendo contra ellos así que no lo van a recibir con los brazos abiertos.

—Prometo cuidarlo bien. —Continúa burlándose, levantando su palma derecha con insolente solemnidad—. ¿Algún otro consejo antes de nuestra partida, "mami"? —Suelta sin dejar de carcajearse.

—Te voy a despellejar. —Profiere, abalanzándosele e iniciando un forcejeo para derribarlo del caballo. Su estridente risa no deja de perforarme los tímpanos. Me pregunto si esa actitud frente a la vida que se gasta no es más que una máscara, una manera de mantenerse a flote. Yo me aferro al orgullo y supongo que él, se vale de un aparente desinterés por todo para sobrevivir.

—¡Ya basta! —Les grito a punto de perder los nervios. Después de meses soportándolas he acabado por acostumbrarme a sus continuas peleas, provocadas casi siempre por algún ácido comentario hacia Nappa cuyo taciturno carácter es incapaz de entender un sentido del humor demasiado mordaz, pero decididamente, no es el mejor momento para las bromas y mi paciencia tiene un límite.

—El maldito tercera clase merece una lección. —Protesta sin cejar en su empeño de descabalgarlo.

—¡He dicho que basta! —Reitero, clavándole una mirada de advertencia que logra el efecto deseado ya que enseguida da un paso atrás separándose de él. Éste, amplia su sonrisa sintiéndose vencedor.

—Eso va por ti también. —Le espeto, encarándolo furibundo. A veces resulta exasperante.

—Está bien. —Contesta resignado encogiendo los hombros a modo de disculpa aunque sin acabar de borrar del todo su jocosa mueca. Mi ceño se arruga un poco más. No, a veces no. Siempre—. Supongo que al grandullón no le falta razón. —Argumenta, en un claro intento de congraciarse con Nappa que sigue apretando la mandíbula y mirándolo como si quisiera asesinarlo.

—Nos veremos mañana por la noche. —Le recuerdo atrayendo de vuelta su atención a mí.

—Allí estaré. —Afirma serio, observándome fijamente al tiempo que asiente con la cabeza. En sus pupilas se percibe cierta inquietud, sé que preferiría acompañarme, ha insistido en ello hasta la saciedad pero alguien debe quedarse al mando y yo no "confío" en nadie más.

Levanto la vista por última vez al campamento y harto de perder el tiempo, espoleo a Yasha que en seguida sale al galope en dirección a Namekusei. Apenas unos minutos después, Raditz, me alcanza situándose a mi derecha. Para mi sorpresa no dice nada y al igual que yo, se concentra con gesto inusualmente grave en la inmensidad del desierto que se extiende frente a nosotros.


La tarde avanza sobre el jardín que ha renacido ante la inminente llegada de la primavera. Los brotes verdes y los narcisos en flor salpican los parterres mientras los tulipanes anuncian con sus colores brillantes el buen tiempo. El sol prolonga su presencia en el cielo, calentando la brisa marina y acompañando mis pasos hasta el bosque de bambú que ofrece un insólito espectáculo. Sus tallos parecen haberse contagiado del paisaje que los rodea y están floreciendo, algo que sólo puede contemplarse una vez cada sesenta años, quizás más.

Me siento junto al arroyo que fluye entre las piedras, escampando en el ambiente su murmullo sordo que se entremezcla con el débil crepitar de las olas en las rocas. Las flores del bambuzal representan una extravagante alegoría a mi alrededor, colmándolo de una vida que anuncia el final del mismo. Todo el bosque es una única planta y cuando los frutos maduren las cañas se secarán dejando sus raíces en el suelo de las que, pasado mucho tiempo, rebrotarán nuevas varas. La muerte del bambú es un mal augurio y no puedo evitar cuestionarme acerca de su muda advertencia.

Inhalo, llenando mis pulmones de oxigeno y suelto el aire despacio, focalizando mis pensamientos en otros cambios que el final del invierno también ha traído a Shakkotsu. Los barcos que transportan las armas exigidas como pago han salido ya de Chikyuu y en apenas cinco días atracarán en Hyogen. La noticia ha sido bien acogida por Freezer, dejando en un segundo plano la desaparición de Vegeta que todo el invierno ha tenido a la fortaleza y a sus habitantes en vilo, preocupados sólo de no ser la victima escogida para paliar por un rato su más que evidente fracaso a la hora de encontrarlo. Muchos lo aseguran muerto y un sinfín de absurdas historias circulan entre esclavos y soldados, algunos de los cuales juran incluso haber visto su cadáver. Por supuesto, Freezer no lo cree y yo sé que no es cierto. No es una mera sospecha, de algún modo extraño estoy segura de ello. No entiendo el porqué, sencillamente lo sé.

Es, quizás, ese vacío que se llena en el estomago o el escalofrío que recorre la espalda. De repente el pulso se acelera. Puedo sentirlo, llevo meses sintiéndolo. La primera vez fue la noche en que desapareció, entonces la frustración y el rencor me cegaban y atribuí la sensación a una momentánea locura, deseaba tanto que no se hubiera marchado que mi mente buscaba un mecanismo de defensa ante lo inevitable mitigando así la rabia y la impotencia que me ofuscaban. Con el paso de los días, el resentimiento fue diluyéndose en un mar de dudas que me apremiaban a razonar sobre esas cuestiones que no podía, ni puedo contestar, a pesar del vinculo que nos une y que parece haberse hecho, incluso en la distancia, mucho más intenso.

He venido cada tarde a sentarme en este bosque en que me encuentro, preguntándome muchas cosas, rememorando día tras día los escasos momentos que tuvimos sin cosechar apenas respuestas pero con la certeza de que se encuentra bien y eso, me permite mantener viva la esperanza de obtenerlas cuando regrese. Supongo que carece ya de importancia pero no albergo ninguna duda sobre su vuelta y al parecer Freezer tampoco, de ahí su interés por encontrarlo primero.

Mil veces me he repetido que nuestros caminos se separaron la mañana en que decidió marcharse, que no me importa en absoluto dónde y cómo se encuentra, que debería ignorarlo o estar enfadada y lo estoy, o al menos lo estuve hasta darme cuenta de que la rabia y un orgullo herido no podían competir el alivio de saberlo a salvo. Imagino que soy como estos tallos de bambú que me rodean y me adapto a las circunstancias, doblándome en la dirección del viento para erguirme de nuevo cuando deja de soplar, así sobrevivo a las embestidas del destino.

En ocasiones tengo la impresión de que puede escucharme y como ahora, cierro con fuerza los ojos y le llamo y le explico lo que no me dio opción a contarle en su momento, pero es sólo eso, una impresión. Mis palabras parecen estrellarse siempre contra un inexistente muro, evocando esa otra pared invisible que desde el principio tratamos de levantar entre nosotros sin conseguir mantenerla en pie. No deja de resultar extraño, si me concentro, puedo saber que siente, si tiene hambre, o sed como en estos momentos, las escasas veces en que está tranquilo o aquellas en que la ira lo consume pero por más que me esfuerzo no logro adentrarme en sus pensamientos ni hacerme oír. Supongo que esa posibilidad sólo existe en mi imaginación.

El sonido de unos pasos amortiguados por la hierba me obliga a abrir los ojos. Chichi sonríe, deteniéndose frente a mí.

—Sabía que te encontraría aquí. —Dice y yo le devuelvo la sonrisa—. No entiendo por qué te gusta tanto este lugar. —Cuestiona mirando curiosa alrededor.

—Me trae buenos recuerdos. —Contesto, siguiendo el recorrido de sus ojos hasta quedar fija en ellos. Y soy consciente del brillo que titila en mis pupilas—. Muy buenos recuerdos… —Susurro. Ella, no hace ninguna pregunta al respecto pero vuelve a mirar el bosque que nos rodea con cierto recelo.

—El bambú ha florecido y eso es un mal augurio. —Expresa seria, enfrentándome de nuevo. Me incorporo y suspiro, ampliando mi sonrisa. Siempre se preocupa demasiado.

—Seamos optimistas y pensemos que las desgracias van a cebarse con el "Señor" de la fortaleza esta primavera. —Articulo, guiñándole un ojo—. Quién sabe, igual es alérgico a la flor del bambú y ésta termina con él. —El repentino tintineo de su risa se hace eco entre los troncos huecos y me cuelgo de su brazo para salir del bosque.

—¡Oh! Eres imposible, Bulma. —Responde sin dejar de reír.

Atravesamos en silencio el jardín sobre el que se ciernen ya los claroscuros de la puesta de sol. Las geometría de los setos, los contrastes de la luz filtrándose entre los árboles, todo parece invitar a una plácida calma, una paz falsa y artificial que enmascara la brutal realidad de los que vivimos en este lugar a merced de los caprichos de su dueño.

—¿Dónde está Goku? —Pregunto antes de alcanzar la escalinata que conduce al atrio, tratando de deshacerme de mis negros pensamientos y tengo la sensación de que por un instante, detiene sus pasos, aunque continuamos caminando.

—Supongo que entrenando o en las cocinas. —Aclara, en ese tono impreciso que lleva tiempo usando para referirse a él y en el cual es difícil distinguir los matices. ¿Tristeza? ¿Enojo? ¿Indiferencia? Al principio traté de interrogarla en relación a su más que evidente distanciamiento. Ellos siempre han estado muy unidos y durante el invierno apenas han compartido un solo momento, incluso cuando estamos los tres puede percibirse una invisible y extraña tensión entre los dos. Ambos han guardado el más absoluto silencio al respecto y ya he dejado de intentar sonsacarles. Al fin y al cabo, todos tenemos cosas que no queremos compartir y supongo que tarde o temprano las aguas volverán a su cauce.

—Debí figurármelo. —Digo retomando la conversación con normalidad, ignorando la manera en que ha temblado su barbilla—. Ha pasado allí todo el invierno. —No me falta razón. Al igual que el bosque de bambú para mí, la cocina parece haberse convertido en su lugar favorito de la fortaleza, una especie de refugio particular. Supongo que de algún modo le recuerda a Chikyuu y se siente cómodo lejos de miradas indiscretas y de la influencia de Freezer. Incluso los esclavos, al principio renuentes, han acabado por acostumbrase y aceptarlo como uno más. He intentado acompañarlo en algunas ocasiones pero me he dado cuenta de que mi presencia no es bien acogida.

Cómo culparlos, estoy casada con el causante de todos sus males.

Echo un último vistazo atrás antes de adentrarme en los pasillos, la luna crece en el cielo y en apenas cinco días, coincidiendo con el equinoccio de primavera, alcanzará la plenitud. Su amenaza resuena una vez más en mis oídos y mi mano se crispa involuntariamente en torno al brazo de Chichi.

—"Esta noche es el solsticio de invierno así que volveremos a hablar de "nosotros" en el equinoccio de primavera. Tres meses pasan enseguida".

Por suerte hasta el momento ha cumplido su palabra. Ella alza una de sus cejas enfrentándome inquisitiva. Le sonrío, obligándome a relajar los dedos y miro de nuevo la luna. "Cinco días", pienso. Sólo cinco días más y todo habrá terminado.


Rompiendo de un modo extraño, casi irreal, la ondulante y estéril planicie en que se encuentra se alza el impresionante monolito de piedra calcárea, una luna menguante de roca blanca y paredes verticales cuyos casi cien metros de altura se extienden abrazando el desierto, enraizando en la arena para cobijar al pueblo de Namek.

Tras la maciza muralla exterior que cierra el semicírculo y da paso a un amplio patio, la construcción se estructura en largas terrazas escalonadas a tres niveles a los que se accede mediante rampas centrales, flanqueadas por escaleras, de suave inclinación. Cada una de las diferentes alturas está protegida a su vez por un nuevo muro defensivo. En su parte interior, las cuatro murallas del conjunto semejan un panel de abejas. Las celdas son en realidad saeteras, aperturas en cuña abiertas en la piedra mucho más anchas en la cara interior de la pared con el fin de aumentar el radio de acción de los arqueros a la hora de disparar.

Numerosas torres de vigías se adosan a la ladera de la montaña y desde ellas es posible custodiar el inmenso mar de dunas que circunda el recinto. La fortaleza se funde a la perfección con el entorno y resulta casi inexpugnable pero el verdadero misterio se oculta excavado en las entrañas de la misma. No conozco a nadie que haya penetrado jamás en las profundidades de Namekusei donde sus habitantes llevan residiendo desde tiempos inmemoriales.

El ejercito de Freezer continua acampado en el exterior de la ciudadela y por un momento es como si el nada hubiera pasado, como si fuese ayer cuando tras la última batalla partí a Sakkotsu, el mismo día que él me mando llamar, ese día que marcaría la diferencia. Entonces cientos de cadáveres yacían en el suelo y la arena, igual que sucederá mañana, no podía drenar el reguero de sangre y muerte que la cubría. Tenía la certeza de que todo continuaría igual, de que Dororia no se arriesgaría a atacar y esperaría que el hambre y la sed los obligara a entregarse. ¡Imbécil! Nunca ha estado en la mente de los namekianos rendirse y si no se ha percatado de ello todavía, es mucho peor estratega de lo que pensaba. Lo cual favorece mis planes.

Me dejo escurrir hasta los pies de la duna que nos cobija de miradas indiscretas y alzo la vista al sol que empieza a descender sobre el desierto, aún nos queda más de una hora de asfixiante espera antes de que anochezca. Tomo la cantimplora que descansa a mi lado y la abro para dar un trago que apacigüe la sed y humedezca mis resquebrajados labios.

Cierro los ojos a los molestos rayos del atardecer incidiendo en mi rostro y un murmullo lejano llega a mis oídos. No puedo evitar el escalofrío que recorre la columna, el silencioso eco parece brotar de algún profundo rincón de mi cabeza. Mi respiración se acelera y trato de no prestarle atención, tengo práctica en eso. Llevo meses ignorándolo, manteniéndolo a raya, dejando que siga siendo sólo un confuso y sordo rumor en la distancia pero resulta más complicado cuando no tienes nada que hacer. Abro los parpados y vuelvo a beber, concentrando la vista en algún invisible punto lejano. El siseo continua e involuntariamente mi mano se crispa sobre la cantimplora, pasará un buen rato antes de que desaparezca del todo.

—Algún día tendrás que escucharla. —Oigo y reacciono volteando la cara a Raditz que, a mi izquierda, clava su mirada curiosa en mí. Me pregunto si lleva mucho rato observándome.

—No sé de que me estás hablando. —Respondo con acritud, devolviendo la vista al frente. Si es listo y lo es, no insistirá.

—Nappa me lo ha contado todo. —Acusa cauteloso y lo encaro irritado, frunciendo esta vez sí, el ceño. Una sonrisa culpable aflora en sus labios—. Tendrías que oír como habla ese hombre a consecuencia del alcohol. Espero que a Freezer no se le ocurra nunca emborracharlo. ¡Estaríamos bien jodidos si lo hace! —Y ahoga una carcajada, la idea parece divertirlo.

—Tendré que enseñarle a cerrar la boca. —Amenazo, derramando un poco de agua sobre mi cabeza y escampándola con la mano en el cabello. El calor es insoportable—. Y a ti también. No me gusta que se metan en mis asuntos. —Articulo, tendiéndole la cantimplora.

—A ningún saiyajin que se precie de serlo le gusta. —Contesta dejando escapar otra corta y baja risotada. Angosto los ojos fijos en él. O se calla o voy a tener que callarlo y no es el mejor momento para eso. Parece entender y acepta el agua, guardando silencio mientras me recuesto en la arena y trato de dejar la mente en blanco. Apenas me deja intentarlo.

—¿Ella lo sabe? —Cuestiona, obligándome de nuevo a enfrentarlo—. Qué podrías hacer mucho más que oírla si quisieras. —Aclara antes de dar un trago. Observo el movimiento de su garganta al hacerlo.

No sé donde diablos quiere llegar con todo esto y tampoco me importa demasiado. Sólo vuelvo a tener sed.

—Ya veo que no. —Responde y me incorporo sosteniendo su mirada, fija en la mía. —No puedes culparme por ser curioso. —Expresa a modo de disculpa al tiempo que tapa la cantimplora dejándola entre los dos—. Estaba en Maboroshi aquella noche, ¿recuerdas? —Y su rostro adquiere de improviso una expresión grave, demasiado seria tratándose de él. Jamás antes ha comentado nada al respecto—. Nunca había oído al bosque pronunciarse con tal contundencia. —Masculla para sí mismo, bajando el semblante a la arena.

Las gotas de sudor perlan su frente resbalando con lentitud hacia las mejillas, yo también las siento escurrirse por mi rostro. No hay rastro de su habitual prepotencia en la voz. Lo cual no deja de sorprenderme, al igual que me sorprende mi pasiva actitud frente a sus palabras que no trato de enmendar. De repente mi cuerpo se ha vuelto muy pesado y mis pensamientos se ralentizan, buscando abrirse paso en la memoria hasta el recuerdo de aquella noche. Algo que no estoy dispuesto a permitir.

—Te he estado observando. —Confiesa, encarándome de nuevo y me obligo a centrarme en él—. Me preguntaba como lo hacías, no es fácil para un saiyajin combatir sus instintos, menos después de crear un vínculo como ese. —Su mirada se intensifica y trasluce cierta admiración—. Luego me di cuenta de que te limitas a entrenar y entrenar hasta que tu cuerpo y tu mente colapsan por el cansancio. —Revela satisfecho, sin dejar de prestarme atención—. Y cuándo eso no te basta te refugias en la rabia. Así evitas tener que escucharla.

Me mantengo quieto, sin mover un solo músculo y sin ninguna expresión concreta que delate mis pensamientos. Es observador, muy observador pero no tiene ni puñetera idea de lo que está hablando. Esto no se parece a nada que hubiera experimentado antes o él halla podido sufrir. Ya fracasé una vez en el intento de resistirme a ello y entonces ni tan siquiera me pertenecía. Ahora es mil veces peor y me exige mantener una constante lucha mental y también física conmigo mismo. Inconscientemente siempre vuelvo a ella. No puedo escucharla porque no quiero saber nada de lo sucedido este invierno. No sé si podría controlar mis impulsos y no puedo permitirme el averiguarlo. Lo único que funciona es aborrecerla por someterse a mi peor enemigo y aún así, ignorarla requiere un esfuerzo constante.

—Deberías pensarlo... —Declara un tanto dubitativo, retomando la conversación—. La ayuda de Chikyuu nos sería útil en estos momentos.

—¡No necesito la maldita ayuda de nadie! —Escupo, reaccionando con todo el rencor que sus palabras han ido acumulando en la boca de mi estómago—. Chikyuu selló su destino al "unirse" a Freezer. ¿Has olvidado que en pocos días le entregarán unas armas que lo harán casi invencible? Deberías preocuparte por eso en lugar de andar husmeando por los rincones como una vieja chismosa. —Los músculos se han endurecido por la tensión. Hay cosas que por mucho que me esfuerce no acabo de controlar. Freezer, Chikyuu, ella. Sobretodo ella

—Algo no cuadra en todo este asunto. ¿Por qué iba Chikyuu a armar un ejército que sin duda lo destruirá en pocos días? —Objeta pensativo.

—Cobardía. —No necesito meditar la respuesta a una pregunta que me he formulado muchas veces este invierno—. Son cobardes, prefieren sacrificarlo todo y vivir arrastrándose a los pies de ese asqueroso reptil que morir en la pelea. —Y de nuevo la ira ha hablado por mí.

—Puede ser. —Objeta enarcando una de sus cejas suspicaz—. O puede también que no tengan más opción. Tú no la tuviste. —Declara y sus palabras caen sobre mí como una pesada losa. Presiono los puños pero no contesto—. De todas formas sigue siendo raro. Quizás si dejarás el orgullo a un lado y la escucharas sabríamos de qué se trata. —Expresa encogiendo los hombros con naturalidad para enfatizar así su punto.

—Creí que hacías esto por venganza.

—Así es. —Responde de inmediato.

—¡Entonces céntrate en ella y deja de joderme! —Exclamo dando, esta vez sí, por zanjada la conversación.

Me arde la cabeza, cierro los parpados recostándome de nuevo en la arena. El bambú está floreciendo y el rumor de su voz vuelve a colarse en mí, ha estado ahí todo el rato pero ahora es más intenso. Aprieto los dientes y abro los ojos, quizás era mejor seguir soportando a Raditz. Necesito distraer mi mente en alguna cosa y lo necesito ya.

Me deslizo sobre la duna para alcanzar la cresta de la misma y observo de nuevo el campamento. Dororia debe estar muy seguro de que nadie va a atacarlo pues no se ha preocupado de despejar el foso, que el desierto ha ido cubriendo, ni de reparar la empalizada que todo buen asedio requiere. Por no hablar de las escasas patrullas, focalizadas a vigilar que ninguno de sus habitantes abandone la fortaleza y descuidando así la retaguardia. Los soldados parecen distraídos y en general el asentamiento es un caos. Puede que mi plan resulte más sencillo de lo que esperaba en un primer momento.

—Podrías explicarme que hacemos tragando arena en esta mierda de desierto en lugar de atacar Shakkotsu. —Al parecer Raditz se ha cansado de esperar y ha llegado arrastrándose hasta mí.

—Tenía la remota esperanza de que tu escasa inteligencia lo hubiera entendido. —Suelto despreciativo, encarándolo con una sonrisa de superioridad que no parece molestarlo en lo absoluto.

—Lo que me pareció entender hace un momento es que no precisabas ayuda de nadie.

—¡Y no la necesito! No estamos aquí por eso. —Exclamo airado por su respuesta—. Pero cuando asediemos Shakkotsu quiero estar bien seguro de que su ejército no va sorprendernos por la espalda y la única forma de conseguirlo es librarnos de todos esos desgraciados que están ahí abajo. Puedo hacerlo sólo pero si conseguimos que los namekianos colaboren el coste será menor. Por si no te has percatado de ello, no son precisamente hombres lo que nos sobra.

—No veo la necesidad de perder el tiempo en un asedio. —Reprocha—. ¿Por qué no nos lanzamos contra Freezer de una maldita vez y acabamos con todo esto?

Lo miro desdeñoso antes de contestar. Tiene su gracia pero no deja de ser un maldito imbécil.

—¿Sabes nadar? —Le interrogo y me observa perplejo. No esperaba esa pregunta. Está tan sorprendido que ni siquiera trata de soltar alguna de sus habituales impertinencias. Una sonrisa aflora en mis labios ante su falta de palabras—. Porque no hay otra manera de entrar en Shakkotsu. De modo que, o llegamos hasta Freezer nadando o esperamos pacientemente a que se decida a salir de su ratonera. —Acabo de cerrar su estúpida bocaza—. Ahora, deja de decir sandeces y ya que te gusta tanto curiosear concéntrate en buscar por donde vamos a escalar la muralla para entrar en Namekusei sin que nos vean.

Él recorre con la vista el campamento antes de volver a enfrentarme.

—Bueno eso no será problema. —Manifiesta alzando de vuelta los hombros con despreocupación. Empiezo a aborrecer ese gesto.

—¿Ah, no? —Cuestiono sin dejar de mirarlo fijamente. No acaba de gustarme la irónica expresión que ha adoptado su semblante.

—Tú mismo lo has dicho. —Contesta—. Soy muy observador y hace unos minutos el viento ha empezado a soplar levantando arena, en un rato la visión será dificultosa y todos buscarán refugio en las tiendas. —Y por primera vez me percato de los granos que azotan débilmente mi rostro. Lleva razón.

Sonrío para mis adentros. El viento es un factor importante a tener en cuenta y la experiencia me dice que en este desierto las tormentas de arena suelen durar un par de días.


"Mi voz alcanza hasta donde mis ojos no distinguen,

Con la vibración de mi lengua circundo mundos y nebulosas

de mundos."

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


*La mayoría de lugares que aparecen en este fic no existen en realidad, o al menos no tal y como están descritos, aunque todos se basan en escenarios reales a los que yo he cambiado el nombre y mi imaginación el resto de detalles. El árbol del Teneré, con alguna que otra modificación, es el único que mantiene su identidad y tiene una historia muy particular que os invito a conocer.


Bueno, sé lo que estáis pensando: Esto es una broma, ¿vedad? ¿Se tira tres meses sin actualizar y nos sale con este capítulo? ¡No tiene vergüenza! Tenéis razón, os debo una enorme disculpa por haber aparcado temporalmente este fic. En verdad lo siento. Respecto a la actualización, qué puedo decir... Lamentablemente, el final del invierno siempre lo imaginé de esta manera.

Gracias a Midory y gracias a Sakuno, Yiye, vsq81, Dramaaa, any chan, yiyu-saiyan, Sakura-dono Black lady, MaTuR3, BASS, Sara, NOMICA y ka-mi-cin por sus reviews. Ha pasado tanto tiempo que no sé si tiene demasiado sentido contestar uno por uno pero es lo mínimo que puedo hacer.

A sakuno: No me des las gracias por actualizar, no las merezco. ¡Últimamente mucho menos! Sé que Bulma lo estaba pasando mal pero ya ves que el tiempo es siempre capaz de cambiar nuestra visión de las cosas. Espero que te guste este capítulo. Mil gracias por el review, un abrazo y toneladas de buena suerte.

A Yiye: Bueno, en realidad nunca me fui lo que pasa es que a veces las cosas no salen como una quiere. Pierde cuidado, ¡cómo voy a olvidaros! Gracias por el review, me alegro de que te gustara el capítulo y espero que, aunque haya tardado, éste también te guste. Un abrazo y mucha suerte.

A any chan: Querida any, ¿sabes lo que me motiva a mí? Que haya personas que disfruten esta historia aunque sea un poquito. Muchas gracias por el comentario. Aún queda algún que otro secreto por desvelar antes del final. En cuanto al suspense, no sé, pienso que todo es demasiado obvio, más después de este capítulo XD. Te mando un fuerte abrazo y un saco entero de buena fortuna para ti solita.

A Sakura-dono Blacklady: Muchas gracias por el review. Así que una buena batalla y un reencuentro memorable. ¿Tiene que ser en ese orden? ;-) ¡Ojalá pueda regalarte todo lo que esperas! Mereces eso y mucho, mucho más. Un abrazo muy, muy fuerte cargado de toda la buena suerte que he conseguido reunir para ti. (Es tanta que seguro te dura todo el año).

A MaTuR3: A ti te debo una doble disculpa. Mil gracias por los reviews. ¡Yo también te extrañé! Siento lo de Bulma, no era mi intención entristecer a nadie, menos a ti, pero que le vamos a hacer, aunque no nos guste él se marchó sin más y la impotencia y la rabia son traicioneras. El tiempo es el único capaz de poner a cada uno en su sitio. Me reí de lo lindo con lo de las estupideces del lagarto, en serio fue tal la carcajada que en casa pensaron que me había vuelto completamente loca. Con tu segundo comentario me recordaste mucho a mí, me encantan las palabras y cuando descubro una nueva (me pasa más a menudo de lo que crees XD) siempre salgo corriendo y emocionada al diccionario. Un abrazo fuerte, ya me dijo Santa Claus, hace muchos, muchos meses, que dejó en tu calcetín un saco entero de buena suerte para este año. ¡Disfrútala!

A Sara: ¡TREMENDO halago el que me haces! Muchas gracias por los reviews y por tus palabras. Siento mucho no haber actualizado antes pero a veces tengo que hacer un gran esfuerzo para no mandar este fic al cajón de: cosas que no voy a terminar por ser capaces de sacarme de mis casillas. ¿Podrás perdonarme? Te doy la bienvenida a la historia con un fuerte abrazo lleno de buena fortuna, esa que estoy segura te está acompañando este 2011.

¡Ah! Casi lo olvido, el templo del que te hablé, Vanessa, es el de la reina Hatshepsut. Seguro que encuentras las similitudes XD. Y A mi "Fray Papilla" particular darle las gracias por preocuparse, animarme y sobretodo hacerme reír.

Gracias a todos los que se tomaron su tiempo para leer.

Según Raoul de Sales: "La mayoría de la gente piensa que la suerte no existe, pero es difícil encontrar a alguien que no crea en ella". Yo, por si acaso, procuro levantarme siempre con el pie derecho y nunca salgo de casa sin mi moneda de la suerte, cuando un gato negro se cruza en mi camino doy tres pasos atrás y sí, soy de las que piensan que el paraguas es mejor abrirlo en la calle. ¿Qué os puedo decir? ¡Más vale prevenir que curar! XD

¿Hasta pronto? Esa es mi intención…