Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé

CAPITULO XVIII: ESPEJISMOS DE REALIDAD

Una ligera brisa golpea mi rostro y hasta mis oídos llegan con claridad los gritos exaltados y las maldiciones que acompañan el violento choque del metal contra metal. Siento el roce de la arena en las plantas descalzas y aturdida abro los ojos sin saber que está pasando, ni donde me encuentro.

Lo primero que diviso es la impresionante fortaleza escalonada enclavada en el monolito de roca calcárea. Jamás la había visto pero entiendo al momento que se trata de Namekusei. A mis pies, en la desértica planicie que se extiende ante la misma, apenas iluminada por la tenue luz del amanecer, cientos de soldados miden sus fuerzas en una encarnizada lucha.

Desorientada, aprieto los párpados para despertar de lo que estoy segura es una pesadilla, la punzada en el pecho es instantánea e inmediatamente los abro con la certeza de que él se encuentra en este lugar.

El corazón se desboca, latiendo a un ritmo frenético y el pánico atenaza los músculos. Mi vista recorre la marea de guerreros esforzándome por encontrarlo en la distancia. Los estandartes de la casa de los Cool flamean en mitad de la yerma llanura y sus huestes, atrapadas entre dos frentes, tratan de protegerse levantando una muralla de escudos que crujen bajo el envite de las espadas. Altas columnas de humo negro se levantan en el arrasado campamento y decenas de combatientes corren entre las llamas, pisoteando el reguero de cadáveres para sumarse a la contienda y estrechar el cerco que encierra a las fuerzas de Hyogen.

Uno de los soldados descarga su maza en el cráneo de su adversario partiéndolo y dejando al descubierto los sesos, éste se tambalea, levanta el hacha y cae hacia delante cercenándole el brazo de un solo tajo. El horror y las náuseas contraen el estómago y trato de reprimirlas.

"Tiene que estar en algún lado…, tiene que estar en algún lado…", repito desesperada sin dejar de buscarlo entre el caos que impera en la batalla.

Cerca de la ciudadela, los namekianos, inconfundibles con sus turbantes y largas capas, luchan ferozmente por contener el empuje de las tropas de Freezer que tratan de escapar a la violencia desatada en la retaguardia, entonces…, entonces lo veo… En medio de todos ellos. Lo veo mirándome fijamente, con la armadura salpicada de sangre y rodeado de hombres que no dejan de enarbolar sus espadas para defenderse.

Un escalofrío recorre mi espalda desdibujando el mundo a su paso… Sólo está él. Él y sus ojos… Me consumen… son intensos, fríos… Exactamente como los recordaba.

El brillo acerado corta el aire y el tiempo vuelve a correr. Intento gritar pero ningún sonido brota de la garganta, angustiada llevo mi mano a la boca. Desvía la mirada y el miedo me traiciona, obligándome a apretar con fuerza los parpados un segundo.

Cuando los abro, me encuentro de nuevo en mi habitación.

Mi cuerpo tirita y un sudor caliente baña la piel. "¿Sueño o realidad?", me pregunto, incorporándome sobrecogida mientras trato de regularizar la respiración, con el destello del metal acercándose peligrosamente a su rostro gravado a fuego en la retina…


El viento ha dejado de soplar, convirtiéndose en una brisa ligera y el estruendo del metal al golpear con fuerza los escudos resuena en el amanecer. Mi espada se estampa en la barrera con que las tropas de Freezer intentan protegerse y la deslizo diestramente sobre la pulida superficie hasta encontrar un resquicio al final de la misma. La punta se clava en la carne desprotegida y entierro la mitad de la hoja para enseguida tirar enérgicamente atrás. El hombre se tambalea antes de caer al suelo y levanta su arma hacia mí en un intento patético de defenderse, sin percatarse siquiera de la herida que sesga ya su miserable vida.

Mi cuerpo reacciona solo y el instinto, enloquecido por la adrenalina, me pide a voces adentrarme en la maraña de guerreros que se empujan hacia delante tratando de escapar de Nappa y el resto del ejército que acaba de alcanzar violentamente la retaguardia. Me obligo a mantener la cabeza fría y defender la posición, evitando cualquier posible intento de huída. A mi lado, Raditz esgrime con saña la espada de un lado a otro dejando un rastro de cadáveres alrededor. Concentrado, con los músculos de la cara contraídos por la rabia y el odio; sus embestidas parecen no tener fin.

Paro una estocada a la altura del hombro y doy un salto atrás, estirando el brazo para atravesar el cuello de mi adversario que emite un gutural alarido. Levanto por un momento la vista a las dunas… el corazón se detiene…

Sobre el más prominente montículo de arena, la silueta de una mujer se talla entre las sombras de la madrugada. La brisa agita y ciñe la vaporosa túnica blanca que envuelve su cuerpo y el cabello ondula atrás despejando un rostro lívido y asustado.

Su mirada recorre con desesperación el campo de batalla… Me ve… Sus ojos encuentran los míos en un segundo de eterno reconocimiento y el corazón vuelve a latir desaforadamente, amenazando con reventar dentro del pecho.

"No los recordaba tan azules…"

Entreabre los labios y la pálida mano cubre de repente la boca en un gesto de verdadero horror. La hoja pasa rozando mi mejilla y me centro en la contienda. Siento la quemazón de la piel abriéndose a su paso, eso ha estado cerca, muy cerca. Con un preciso movimiento extendiendo al frente la espada, asestando un tajo mortal al desgraciado que enfrento en el costado que no cubre su cota de malla.

Mi mirada vuelve por un instante a las dunas sin hallar nada. Sólo el vacío de un desierto sobre el que el sol se levanta, incidiendo en el azulado metal de las espadas y el dorado color de la arena que va cubriéndose de muerte y espejismos de realidad…


En contraste con el silencio y la soledad que te acompañan caminando por sus pasillos, las cocinas de Shakkotsu son un hervidero de sirvientes, mozos y cocineros que no dejan de moverse de un lado a otro, bromeando entre sí, trajinando con ollas y cazuelas, fregando platos o descansando unos minutos de sus tareas cotidianas. Todos los esclavos pasan por aquí al menos una vez al día, conformando un mosaico de razas, credos y costumbres a cual más extravagante.

La vida bulle en estos sótanos donde la luz del sol se filtra por unos ventanucos situados en la parte alta de las paredes y el aroma a hierbas, especias y comida cociéndose en los fogones enmascara el tufo a salitre y moho del resto de la fortaleza. Mis ojos se desvían a los hornos frente a los cuales, en una mesa larga y estrecha se enfría lo que estoy buscando. Sabía que el olfato no me engañaba, reconocería el olor de una buena tarta de limón en cualquier lado.

Ansioso, cruzo la estancia, relamiéndome por el camino. ¡Tiene que estar deliciosa!

—¡Ni se te ocurra tocar eso! —Oigo al tiempo que recibo un severo manotazo cuando estoy a punto de alcanzar uno de los moldes. Retiro la mano en el acto, sacudiéndola en el aire y miro perplejo a la anciana menuda que se esconde detrás del mostrador. El extremo de su sombrero puntiagudo, que es casi tan alto como ella, escasamente sobresale del borde quizás por eso no la había visto antes—. No me he pasado toda la mañana horneando para ti. —Reprocha encaramándose a un taburete, a pesar del cual apenas me llega al pecho.

Me maldigo mentalmente por mi mala suerte. ¡Diablos! De entre todas las personas que trabajan aquí he tenido que ir a topar, precisamente, con Uranai Baba. Entiendo al momento que la tarta no me va a salir gratis, aunque tampoco pierdo nada por intentar convencer a la estrafalaria maestra repostera de que comparta conmigo sus dulces.

—Vamos Baba. He estado entrenado mucho y tengo hambre. —Ruego, acariciando mi cabello y simulando mi mejor puchero. Ella me mira, enlazando las manos al frente que quedan ocultas por las amplias mangas de su túnica negra y reflexiona unos segundos, durante los cuales no puedo evitar fijarme en sus redondos y arrugados mofletes que parecen decir: ¡Pellízcame!

—¿Y qué gano yo con eso? —Pregunta enarcando una ceja con suspicacia y no me sorprende en absoluto. Era de esperar.

—¿Hacer tu buena obra del día? —Vacilo poco seguro de mi respuesta. Esbozo una inocente sonrisa y hasta parece pensarlo. A lo mejor funciona…

—No es suficiente. Vuelve cuando tengas algo que ofrecer. —Y con esas palabras las ya de por sí escasas posibilidades de degustar una porción de tarta se desvanecen por completo.

Me retiro cabizbajo y me siento frente a una mesa larga donde suelen comer o descansar los habitantes y usuarios de este lugar, con el aroma a limón metido aún en la nariz. ¡Me apetecía tanto probarla! Suspiro resignado. Bueno, qué le vamos a hacer, supongo que podré encontrar algún otro platillo que llevarme a la boca teniendo en cuenta donde me encuentro…

Recorro con la vista la cocina buscando una alternativa a la perdida tarta. Todos están enfrascados en sus tareas o cuchicheando por los rincones y nadie parece reparar en mi presencia. Resulta extraño, siempre suele haber quién se acerca a charla o me ofrece algo de comer. Tengo buenos amigos aquí y no sé como hubiera podido sobrevivir al aburrimiento mortal del invierno de no descubrir este sitio. Porque entrenar está bien y he tenido mucho tiempo para hacerlo, de hecho he mejorado bastante mi técnica con la espada, pero ¿y el resto del día?

Bulma no ha sido sino la sombra de lo que suele ser y, sinceramente, sentarme toda la tarde a la sombra del bambú mientras ella se dedica a ignorarme, sumida en sus propios pensamientos, no es lo que yo llamo pasar un buen rato. Si al menos tuviera la más remota idea de que le pasa o pudiera ayudarla de algún modo. Pero sólo guarda silencio si le pregunto al respecto o me conforma con un sencillo "nada" o aún peor, ese "no lo entenderías" que me exaspera. Y eso, mira por donde, parece haberlo aprendido de Chichi que ha perfeccionado el arte de hablarme a base de monosílabos. Juro que nunca pensé que echaría en falta sus broncas y reproches, la manera en que frunce el ceño o su risa cuando hacemos las paces.

Mi mente se recrea en esta última imagen y no puedo evitar sonreír como un idiota.

He intentado por todos los medios que me perdone. Con escaso resultado, claro. Es difícil tratar de enmendar algo si no tienes puñetera idea de lo que has hecho mal. La he besado, de acuerdo, y eso no fue muy inteligente por mi parte aunque… ¡Tampoco es como si hubiera podido evitarlo! Es más… ¡¿Acaso ella esperaba que me comportara de otra manera? Me conoce desde los tres años, a estas alturas ya debería haberse acostumbrado a mis continuas meteduras de pata.

Dejo escapar un resignado suspiro y apoyo el codo en la mesa, sosteniendo mi cabeza en la palma.

La echo tanto de menos…

Un plato se desliza sobre la madera y al momento, el olor a limón impregna el ambiente sacándome de mis cavilaciones.

—¡Popo! —Exclamo levantando la vista a mi benefactor, plantado delante de la mesa con las manos enlazadas a la espalda.

—Creo que Baba no la echará en falta. —Dice con su particular acento. Sonrío agradecido. En realidad no hay nada en él que no resulte pintoresco o raro. El tono negro de su piel, su boca grande de gruesos labios, los ojos saltones y esa indumentaria que luce. Antes de conocerlo pensaba que sólo los namekianos usaban turbante y… ¡¿Por qué no lleva camisa bajo el chaleco como el resto? Hay cosas que nunca entenderé. De todas formas me resulta simpático.

—Estás loco si piensas que no va darse cuenta. ¡Esa vieja es una bruja! —Le contesta Yajirobe que acaba de acercarse a nosotros con intención de fastidiar. En tres meses no he conseguido averiguar con exactitud su función en este lugar. Debe ser el catador oficial o algo así. Lo digo porque siempre está engullendo. "Esa es una buena profesión", pienso mirándolo de arriba a bajo aunque no le iría mal algo de ejercicio, más teniendo en cuenta la rechoncha figura que luce… Claro que la corta estatura tampoco ayuda demasiado a la hora de estilizar su silueta…—. ¿Vas a comértelo? —Pregunta de improviso, mirando ansioso el trozo de tarta que tomo inmediatamente del plato. Si me descuido es capaz de devorarla de un bocado.

El señor Popo ignora por completo su presencia y se sienta frente a mí, mientras Yajirobe cruza los brazos sobre la prominente panza y ladea la cara, observando de soslayo como termino con la polémica porción. Está francamente deliciosa, Baba es una excelente pastelera.

—¿Qué pasa hoy? —Interrogo, dando un mordisco y mirando alrededor antes de volver a concentrarme en ellos dos—. Parefen nefiosos y no hafen máf que mufmurar en vof bafa. —Es difícil hacerse entender con la boca llena. Yajirobe relaja su enfurruñada pose y mira curioso en torno nuestro para acabar encarándome con una mueca de superioridad.

—¿Acaso no estás al corriente? —Me interpela frunciendo una impertinente sonrisa.

—¿Al corriente de qué? —Respondo distraído, engullendo de nuevo.

—¡¿Qué le parece, Señor Popo?—Exclama, dedicándole un guiño—. ¡No sabe nada, de nada! —Y le propina un codazo a la altura del hombro, ampliando aún más su suficiente sonrisa—. Es natural, sólo algunos tenemos el privilegio de una noticia así.

—En realidad a estas alturas lo sabe todo el mundo. —Contesta el aludido, mirándolo inexpresivo antes de volver la vista a mí—. Al parecer la noche pasada los namekianos rompieron el asedio y se enfrentaron a las tropas de Freezer. —Revela con el aplomo del que avisa la lluvia después de haber escuchado los truenos.

Espurreo algunas migajas de la tarta y el resto se desvía en la garganta, obligándome a toser con desesperación para no ahogarme.

—¡¿Cómo? —Prorrumpo tratando de volver a respirar.

—No debiste contárselo. —Reprocha Yajirobe que estaba disfrutando de darse importancia y hacerme quedar como un tonto.

—Tarde o temprano iba a enterarse. —Responde levantando los hombros con despreocupación.

—Pero es amigo de una de sus esposas y sí Freezer descubre que vamos por ahí dándole publicidad al tema, nos despellejará vivos. Yo no quiero tener nada que ver con el asunto y tú no deberías ser tan incauto. Al fin y al cabo vive allá arriba. Ni tan siquiera sabemos de qué lado está… —Pronuncia esto último en el mismo susurro bajo y confidencial que usaría si estuviera hablando de mí a mis espaldas.

—¡Oye! —Clamo airado por sus palabras—. Ese no es motivo suficiente para acusarme. Podéis fiaros de mí no voy a decírselo a nadie.

—¿Estás seguro? —Angosta los ojos, fijándolos en los míos para estudiarme con reticencia—. Pareces poco convencido de eso.

Dudo un instante antes de contestar.

—Bueno, quizás sí lo comente con Bulma y Chichi pero…

—¡Ja! ¡Lo sabía! —Interrumpe, acusándome con su dedo índice y llevo ambas manos a la boca. ¡Cuándo aprenderé a mantenerla cerrada!—. Qué te dije, ¿eh? No podemos confiar en él. —Afirma encarando al Señor Popo que no ha alterado la expresión del rostro y se mantiene callado e imperturbable.

—Pero ellas no hablarán con nadie. —Aseguro—. Y tarde o temprano acabaré por enterarme. —Vuelvo a esbozar ese gesto de no haber roto nunca un plato—. Por favor, ¿sí? Es importante.

El Señor Popo guarda silencio un par de minutos, en los que me observa con atención, y se decide finalmente a hablar.

—Al parecer ayer, hacia la media noche, los vigías dieron la voz de alarma en el campamento al percatarse de la presencia de unos quinientos namekianos descolgándose mediante cuerdas por la pared exterior de la ciudadela. —Dibujo una sonrisa de triunfo y Yajirobe suelta un bufido resignado, sentándose a su lado en el banco para escuchar y, seguramente, interrumpir—. Después de meses sin ningún tipo de acción bélica, el movimiento pilló a todos desprevenidos. Sobreponiéndose al desorden y la confusión inicial, Dodoria reaccionó y mandó formar a los arqueros en una doble línea defensiva a lo largo del muro. Las andanadas de flechas cruzaron el desierto, hundiéndose sin tregua en el invisible enemigo que pretendía enfrentar a los asediantes. Una tormenta de arena soplaba con fuerza dificultando la vista y desviando los dardos, aún así, en pocos minutos se arrojaron más de diez mil para intentar repeler el ataque.

Dejo escapar un silbido corto pero me abstengo de hacer ningún comentario al respecto. Él clava la mirada en mí un segundo y continúa como si nada. Observo de refilón a Yajirobe que se mantiene en silencio con ademán incrédulo. Puede que al fin y al cabo no supiera tanto como presumía…

—Sólo se oía el gemido del viento y el repetido chasquido de los arcos escupiendo una tras otra las saetas, surcando el aire como una voraz nube negra de langostas que devora todo a su paso. Al percatarse de lo extraño que resultaba la falta de respuesta, el general ordenó cesar la ofensiva y un grupo de reconocimiento fue enviado de inmediato a los pies de la muralla. Los soldados, traspasados por cientos de vástagos, se balanceaban sin vida en los extremos de las cuerdas al ser izados de nuevo al interior de la fortaleza y apenas una decena de cadáveres yacían abandonados sobre el desierto. —Hay cierto suspense en su voz—. Los cuerpos, que resultaron simples sacos rellenos de paja y arena forrados con ropajes namekianos, destaparon el engaño. ¡No era un ataque, sino una cortina de humo hábilmente desplegada para apoderarse de parte del arsenal de flechas de Hyogen!

Mi mandíbula se desencaja al escucharlo y mis ojos se abren como platos, en mi vida había oído algo por el estilo. Superados los primeros segundos de estupefacción no puedo evitar la sonora y jocosa carcajada que retumba en toda la cocina. ¡Es increíble!

—¿Y cayeron en la trampa como si nada? ¡A mí nunca hubieran logrado enredarme! —Se jacta ufano Yajirobe, dándose importancia. El Señor Popo le regala una mirada de reproche. Adivino por su cara que aún hay más y sofoco como puedo las risas para prestarle atención.

—Cuentan que Dodoria estaba fuera de sí por la rabia. —Desvela, retomando la historia—. Su acero mordía a cualquiera que osara interponerse en su camino y daba órdenes a diestro y siniestro como un loco. Duplicó las patrullas en la periferia de la fortificación, puso a todos en alerta y reunió a los comandantes en su tienda para planificar la revancha. Los namekianos se habían reído de él, haciéndole quedar como un idiota. ¡Eso sin contar que haría Freezer al enterarse! No tenía otra salida, debía asaltar Namek al día siguiente y aniquilar a sus habitantes. Sin duda iba a ser una noche muy, muy larga…

Cerca del amanecer, los ánimos parecían haberse apaciguado en el campamento donde se ultimaban los preparativos para afrontar el combate que les aguardaba en unas horas cuando, los centinelas, divisaron a cientos de hombres descolgándose de vuelta por la pared exterior. El nerviosismo cundió entre las tropas que se movilizaron de inmediato y corrieron a formar las defensas, cubriendo el perímetro del muro y manteniéndose a la espera. Intentar el mismo truco dos veces era absurdo y esta vez, no iban a dejarse engañar.

En el momento en que la lluvia de flechas, las mismas que les habían arrebatado horas antes, cayó de improviso sobre ellos, el pánico y el desconcierto se extendió como una plaga entre los soldados que no supieron reaccionar. Los expertos arqueros namekianos, acostumbrados a las tormentas de arena y al viento del desierto, eran certeros en sus disparos. Los menos trataron de tensar sus arcos y contraatacar pero la mayoría huyó despavorida, pisoteándose unos a otros en el empeño frenético de escapar a las saetas cuyo silbido se confundía con el aullido del temporal, dejando a su paso un rastro de sangre y muerte.

Las órdenes de Dodoria resonaban por sobre los gritos de miedo y estupor en un intento desesperado de reorganizar a sus hombres. Fueron sólo cinco, cinco largos y caóticos minutos en que muchos cayeron victimas de la sorpresa inicial, sin ver de dónde provenía el ataque y sin saber a ciencia cierta qué estaba pasando.

Frunzo el ceño, concentrado y me froto instintivamente el cráneo tratando de ordenar las ideas. Hay algo que no encaja, los namekianos arriesgaron mucho… "Demasiado". Niego con la cabeza y por un instante me parece ver formarse una sonrisa en sus labios, pero desaparece apenas retoma la palabra.

—Pese a la conmoción y el desorden reinantes la infantería de Hyogen se reagrupó fuera del alcance de los arqueros y formó en columnas, protegiendo los flancos y el frente con sus escudos para avanzar. Sabían que la desproporción numérica jugaba a su favor, en el combate cuerpo a cuerpo tenían las de ganar. Los namekianos apenas sumaban quinientos hombres y ellos eran casi un millar. Su osadía les había llevado a cometer un grave error táctico. ¡Nunca debieron abandonar la seguridad que les proporcionaba la fortaleza!

Las flechas no dejaban de silbar por sobre sus cabezas, estrellándose violentamente en los parapetos a medida que los batallones iban acercándose al enemigo. Cualquier hueco era ocupado con rapidez por un nuevo combatiente, apenas cien metros los separaban y a esa distancia ya podían vislumbrar las puntas de los turbantes y las capas blancas de los guerreros namekianos ondeando al viento, arrodillados, con los arcos tensos y listos para una nueva andanada.

Cierro los ojos y contengo la respiración.

—Ambos ejércitos quedaron enfrentados…, estudiándose mutuamente. El tiempo pareció detenerse en el silencio que auguraba la batalla, los segundos se convertían en horas y el miedo era tan real como la misma arena que azotaba sus rostros. Entonces, en mitad de aquella incertidumbre pavorosa, un hombre se irguió desafiante de entre las filas de Namekusei apuntando al cielo. El vértice de la flecha que cargaba en su arco ardía y la flama temblaba bañando de naranja y rojo el gesto sombrío de su rostro… rematado por la llamarada inconfundible de cabello negro.

Mis parpados se abren al instante.

—Vegeta… —Susurro y el Señor Popo, que ha dejado de hablar, me mira asintiendo levemente. A estas alturas ni me preocupo de Yajirobe. Es como si no hubiera nada ni nadie alrededor. "Vegeta", eso es lo único que pienso, lo único que registra mi cabeza.

—Su presencia no presagiaba nada bueno y una ola de inquietud sacudió las huestes de Hyogen. La gran mayoría había peleado bajo sus órdenes en innumerables ocasiones y jamás contaron con tenerlo en frente. Dicen que, a pesar de la distancia, sus ojos se clavaron en Dodoria con tal intensidad que éste fue incapaz de sostener su mirada. El príncipe de lo saiyajins esbozó una macabra sonrisa y soltó su flecha que rasgó la aurora como un relámpago las nubes anunciando la tormenta.

Todos siguieron hipnotizados el halo luminoso hasta verlo desaparecer en el grisáceo cielo del amanecer. Dodoria levantó la mano derecha dispuesto a dar la orden de ataque… La tensión los ahogaba y la muerte parecía extender su siniestro manto sobre la arena para recibirlos cuando… El sonido grave y prolongado de un cuerno estranguló su voz. Desconcertados, los hombres de Freezer miraron atrás en el mutismo que prosiguió aquel espejismo sonoro, incluso el viento suavizó su bramido intimidado por los acordes huecos que volvieron a escucharse, coreados ahora por el rumor de muchas voces.

La silueta de Nappa a galope, seguido en tropel por cientos de soldados y jinetes, bestias que rugían ávidas de sangre enarbolando amenazantes sus lanzas, espadas, mazas y afiladas alabardas, se recortó entre los claroscuros del alba como una espectral aparición. La horda de guerreros emanaba de las dunas del desierto y avanzaba en estampida hacia ellos cual marabunta salvaje, arrasando e incendiando el campamento a su paso.

Los arcos vibraron al destensarse, escupiendo una última y letal descarga.

— "¡Atacad…!" —El grito del príncipe de los sayajin rompió la madrugada y con los primeros rayos de sol quinientos namekianos se lanzaron a la batalla esgrimiendo las espadas, rodeando y encerrando a las tropas de Hyogen en una trampa mortal, de la que muy pocos escaparían…


La brisa hace horas que ha dejado de aliviar el insoportable calor que impera en el desierto y el tiempo transcurre con irritante lentitud. Levanto la mirada al sol que alcanza su altura máxima en el cielo y la devuelvo al suelo donde, junto a los restos de la batalla, cientos de hombres anónimos se amontonan sin vida a mis pies. Un revoltijo infecto de brazos que aún empuñan sus espadas, piernas, cuerpos mutilados cuya sangre se derrama y se seca apelmazando la arena, escampando en el ambiente el tufo que desprende al corromperse.

Es el hedor de la muerte.

Entre los cadáveres, zumban las moscas y los buitres acuden atraídos por el olor de la carne, aleteando sobre los despojos que desgarran con el pico sin distinguir bandos ni banderas. Eso ya no importa, todos los caídos alimentan igual... Mi lengua humedece los labios resecos tratando de paliar la sensación de sed. Algunos alzan el vuelo ante la presencia de Nappa que se afana por organizar los grupos de soldados encargados de buscar supervivientes y rematar a los heridos de Hyogen.

Yo he dado esa orden. No hay prisioneros en esta guerra. No los necesito.

Paso el brazo por la frente limpiando el sudor que la perla, el calor es insufrible y hace que la necesidad de armar las piras y quemar los cuerpos sea acuciante. En pocas horas el aire será irrespirable.

Inspiro, dejando a los pulmones llenarse de oxigeno, y pierdo la vista en las dunas sobre las que, mi mente, perfila el contorno de su silueta blanca. Cierro por un segundo los ojos. Me pregunto cuánto de realidad hay en su presencia, si en verdad ha estado ahí, si he llegado a verla o fue sólo un espejismo en medio del fragor de la batalla... Los dedos acarician instintivamente la herida reciente en la mejilla derecha… Uno que a punto ha estado de costarme la vida.

Empuño con fuerza las manos y la bocanada de rabia se abre paso arañando el estómago. "¡¿En qué jodido momento me he vuelto distraído? ¡¿En qué jodido instante he dejado de ser yo para convertirme en un imbécil incapaz de controlarse?". Siento la frustración y la cólera hervir en mis venas. Tanta negativa, tanto esfuerzo para acabar traicionado por el subconsciente, por el deseo y las ansías. Aprieto los parpados…

Sus ojos eran tan azules…"

La mandíbula se tensa y devuelvo la mirada al desierto, tratando de calmarme y centrar mi pensamiento en otra cosa. No estoy en condiciones de cuestionarme nada y tampoco quiero hacerlo. No ahora… mis ojos la buscan de nuevo entre las dunas… No con su imagen castigando la memoria…

La voz de Nappa irrumpe de improviso en el muro de silencio que rodea el campo de batalla, acaparando mi atención. Al parecer, tiene algún problema con ese guerrero namekiano…

"La falta de alfombras, muebles o adornos parece multiplicar el espacio de la imponente sala abovedada excavada en el corazón de la montaña donde las llamas de las antorchas tiemblan en las vacías paredes de roca blanca, proyectando un fantasmagórico juego de luces y sombras en el ambiente. Al fondo de la estancia y sobre una tarima tallada en la misma piedra, los veinte miembros que conforman el órgano principal de gobierno de Namek se alinean en sendas filas de asientos que flanquean el lugar reservado para el más anciano de la tribu, el Jefe del Consejo.

Supongo que pocos hombres han pisado con anterioridad este lugar. Los namekenianos son un pueblo de costumbres misteriosas y casi desconocidas que siempre se ha mantenido aislado y sin contacto con el resto. Desde el centro de la sala, con los músculos en tensión, me mantengo atento a cualquier movimiento. Mis ojos recorren la expresión seria de los presentes, en sus rostros lampiños surcados de arrugas se adivina el cansancio. Todos parecen escuchar con interés a Raditz.

Fijo la vista en él que, ajeno al escrutinio al que es sometido, continúa hablando en un tono tranquilo y desenvuelto... Respetuoso, pero sin perder un ápice de su habitual descaro. Nadie puede negarle su más que evidente aplomo.

Bufo por lo bajo, cansado de tanta verborrea inútil. No entiendo la necesidad de ser condescendientes en este asunto y mi paciencia empieza a agotarse. La mirada recelosa del patriarca se desvía por un segundo a mí, pero enseguida vuelve a centrarse en su "interlocutor" que, a pesar de haber cesado de parlotear, hace caso omiso de mi mal disimulado hartazgo y se mantiene imperturbable, con los ojos al frente en espera de una repuesta.

Bueno, dice por fin el anciano, quebrando el tirante silencio. Su voz denota cierta duda pero eso no la hace menos firme—. Es una propuesta interesante, aunque arriesgada.

No hay beneficio sin riesgo. —Argumenta esbozando esa cínica sonrisa que tan bien conozco—. Y en este caso no tenéis muchas más opciones. Apenas os quedan víveres o flechas y en cuanto reciba las armas de Chikyuu, Freezer iniciará una nueva campaña para la que necesitará a todo su ejército. No va a seguir con un asedio que sabe ganado.

El murmullo es instantáneo, al parecer sus palabras no son del agrado de todos pero ninguno es capaz de manifestar su aparente indignación en voz alta. ¡Cobardes!

Estoy seguro que el Consejo tomará en cuenta y valorará tú opinión a la hora de tomar una decisión. —Ataja flemático el anciano y el ruido disminuye hasta casi desaparecer.

En ese caso espero que ésta, no demore demasiado. El tiempo juega en contra nuestra y debemos saber cuanto antes a que atenernos.Resoplo exasperado y miro con dureza a Raditz, que continúa ignorándome.

¡Está loco si piensa que voy a esperar por un atajo de viejos decrépitos que parecen no tener sangre en las venas!

Creo que no nos hemos expresado con claridad. —Suelto exacerbado dando un paso al frente—. No tenéis flechas con que defender la fortaleza, ni de Dororia, ni de nosotros y al parecer el valor tampoco es una de vuestras "virtudes". —Soy consciente de lo incisivo que resulto. No pretendo otra cosa—. La ayuda me es útil pero puedo prescindir de ella y atacar yo solo. Así que no estáis en condiciones de pensar nada. Os doy la oportunidad de salvaros y salvar Namek. No hagáis que me arrepienta.

De nuevo un rumor alto y generalizado se adueña de la estancia en reacción a mi amenaza. Raditz me encara al fin y frunce una mueca de reproche, algo así cómo: "No podías mantenerte callado ¿verdad?". Cruzo los brazos sobre el pecho y frunzo el ceño sin dejar de enfrentarlo. Si él está dispuesto a aguardar a que estos imbéciles se decidan, yo no.

¡¿Y por qué vamos a confiar en ti más que en Dororia? —La pregunta se eleva por encima de las demás voces y desvió la vista al lugar del que procede. Uno de los miembros del Consejo se ha puesto en pie y avanza despacio hacia nosotros. Apenas había reparado en él pero ahora que me fijo parece mucho más joven que el resto y, desde luego, mucho más alto y atlético—. ¡Hasta hace apenas unos meses eras uno de los "perros" de Freezer…!

¡Piccolo! —Le recrimina el patriarca y el bisbiseo cesa de inmediato.

—… ¡Ni siquiera estoy seguro de que hayas dejado de serlo! —Escupe con desprecio.

Aprieto los dientes y clavo los ojos en él como advertencia. ¡Quién mierda se cree que es para insultarme! Instintivamente, mi mano trata de asir la espada, sin recordar que hemos tenido que dejar que nos desarmaran a la entrada. El puño se cierra vacío y el namekiano dibuja, al percatarse, una sonrisa autosuficiente.

El roce metálico de la hoja al salir de su funda reverbera en las desnudas paredes de roca…

¡Piccolo! —Se escucha nervioso al anciano, en el silencio sepulcral que ahora nos rodea.

Miro de soslayo a Raditz. En apariencia continua tranquilo aunque los músculos de su brazo se han tensado y esconde parte de la mano en la manga del kimono. Devuelvo la vista al hombre que continúa acercándose… Al parecer no soy el único que guarda un as en ese lugar.

Dame una sola razón por la que debería dejarte salir de aquí con vida. —Su voz está cargada de resentimiento. Se detiene, sosteniendo su arma a escasa distancia de mi garganta—. ¡Tienes idea de cuantos de los nuestros han muerto por tu culpa!

¿Crees queeso me importa? —Replico con arrogancia al tiempo que deslizo disimuladamente el puñal hasta los dedos—. Nunca me molesto en contar los cadáveres. —Y le dedico una aviesa sonrisa—. ¡Mejor pregúntate cuantos más pueden morir todavía!

En sus pupilas veladas refulge la ira. En apenas una fracción de segundo extiende el brazo y yo me agacho. Mi pierna da un preciso y rápido barrido horizontal que le hace perder el equilibrio y caer de espaldas, abriendo la mano y dejando escapar la espada. Reacciona de inmediato, buscando a tientas la empuñadura en el suelo. Apenas la roza con las yemas cuando ya tiene mi rodilla atrapando su antebrazo y el filo del cuchillo sobre la yugular.

Deja de revolverse y voltea el rostro, hundiendo sus profundos ojos oscuros en los míos. Puede leerse el rencor en ellos, mucho rencor… pero no miedo.

Esto no es necesario… —Expresa conciliador el Jefe del Consejo. La tensión del momento se evidencia en su voz.

No me inmuto, mi vista no se despega del tal Piccolo. Me enfrenta impertérrito, en cambio, su pecho sube y baja agitadamente… Bastaría un solo movimiento para acabar con el infeliz en este mismo instante y tentado estoy de hacerlo.

Si vamos a ser aliados debemos pelear contra Freezer y no entre nosotros. —Vuelve a terciar el viejo.

La hoja rasga superficialmente la piel

Vegeta… —Reprocha cansino Raditz que parece fastidiado.

Un hilillo de sangre se escurre por su cuello. Contiene la respiración y cierra los párpados…

"Eso está mejor", pienso. "Mucho mejor".

Con una mueca satisfecha en el rostro, tomo la empuñadura que aún roza con los dedos y me levanto despacio, sin dejar de encararlo. Él abre los ojos y recula en el suelo, incorporándose, a pesar de todo, con una dignidad que me sorprende. La rabia vuelve titilar en su mirada.

Espero que esto sea suficiente muestra de confianza para ti. —Y sin romper el contacto visual, arrojo desdeñoso la espada a sus pies—. Acabo de perdonarte la vida. La próxima vez, no tendrás esa suerte."

En la distancia clavo la vista en el namekiano. Las voces continúan y me aproximo al lugar donde sigue discutiendo con Nappa. Su piel olivácea y las orejas un tanto puntiagudas no lo diferencian demasiado de sus congéneres pero su porte es algo atípico, alto y espigado, de músculos desarrollados y bien definidos. Mucho mejor soldado que el resto de su raza, aunque eso es algo que jamás le diré a nadie.

Me detengo a escasos pasos de ellos y me enfrenta denotando en su expresión una insolencia que me divierte sobremanera. Es consciente de que podría acabar con ridícula vida en cualquier momento.

—Nosotros no incineramos a nuestros muertos, ni asesinamos a los heridos. —Declara desafiante, sin apartar sus penetrantes ojos de los míos.

De modo que se trata de eso… Estúpido. Un enemigo muerto es un enemigo menos. Ladeo los labios en una sardónica sonrisa de medio lado y miro a Nappa un segundo, antes de volver a encararlo.

—¿Y por tan poco tanto escándalo? No es la primera vez que tenemos que encargarnos de quemar y acabar con vuestra basura. —Suelto mordaz, aludiendo anteriores enfrentamientos. Su rostro se contrae colérico y los dedos encierran con rapidez la empuñadura de la espada que cuelga de su cinto. No me inmuto, es listo y no va a atacarme, aunque estoy seguro de que lo haría si pudiera. Miro de refilón a Nappa que sí ha desenfundado y no deja de vigilar con atención los movimientos de Piccolo.

Eso me irrita, resulta útil la mayoría del tiempo pero no preciso de su sobreprotectora actitud. Menos con alguien tan inferior.

—¿No tienes trabajo que hacer? —Pregunto, encarándolo furibundo. Angosta los ojos puestos en mí y vacila unos segundos antes de envainar su arma. No dice nada pero regala al namekiano una mirada de advertencia y, de mala gana, nos da la espalda para volver a sus asuntos—. Y tú, —escupo displicente, dirigiendo la vista a él—. Si quieres enterrar a los tuyos, hazlo antes de que empiecen a descomponerse. No soporto el olor de la carne podrida.

Su mandíbula se tensa y aprieta con más fuerza si cabe la empuñadura. Las pupilas le llamean de pura ira.

—Que hayas ganado esta batalla no te redime de tus acciones anteriores. —Dice cargado de rencor—. Eres y siempre serás un miserable.

—Nunca he tenido intención de ser otra cosa. —Contesto sin dejar de enfrentarlo.

Guarda silencio, observándome intensamente y por un momento es como si ninguno de mis pensamientos pudiera escapar a su escrutinio.

—No te importa nada ni nadie que no seas tú ¿verdad? —Afirma. Su mirada despide un brillo raro e inquietante. Mis ojos se desvían una milésima de segundo a las dunas, parece percatarse y en sus labios se esculpe una sonrisa taimada. Los dedos se crispan involuntariamente mientras me esfuerzo por mantener mi apática aptitud—. Algún día, tú también sabras lo que es perder a alguien.

Relaja la mano que aún sostienen la espada y gira sobre sus talones para marcharse. No puede hacer más y no le queda nada por decir


Atravieso como alma que lleva el diablo el intrincado laberinto de pasillos que es Shakkotsu. Atrás he dejado a Yajirobe y al Señor Popo con la palabra en la boca, ni tan siquiera le he dado las gracias. No puedo esperar para ver la cara de Bulma y Chichi cuando les cuente lo ocurrido. La victoria de Vegeta en Namekusei cambia las cosas, los barcos pueden volver a casa y nosotros escapar de este lugar… Sí, debemos marcharnos cuanto antes ahora que tenemos la posibilidad de pelear. Es lo que tendríamos que haber hecho desde el principio: ¡pelear!

Abro la puerta e irrumpo en la habitación sin preocuparme en llamar.

—¡No os vais a creer lo que ha pasado! —Exclamo atropelladamente, tratando de recuperar el aliento perdido por la carrera y dando un sonoro portazo a mi espalda.

Sentada en un sillón de aspecto cómodo y con un libro abierto en las manos, Bulma está leyendo en voz alta. A sus pies, rodeada de cojines y con la cabeza descansando sobre las rodillas recogidas en el pecho, Chichi la escucha ensimismada. Un par de de ojos azules y otros negros, se alzan desconcertados a mí.

La escena me resulta tan familiar que no puedo evitar rememorar la noche en que entré en aquella sala de Chikyuu para encontrar a esa niña de cabellos extravagantes y a la pequeña con la mirada más dulce que había visto en la vida. Perfilo una sonrisa…

Las cosas eran mucho más fáciles para todos en aquel entonces.

—Por tu aspecto debe ser algo importante. —Opina Bulma, sacándome de mi ensoñación—. Deberías aprender a llamar a la puerta. Algún día vas a llevarte un disgusto si sigues apareciéndote así. —Y a pesar del reproche me brinda una sonrisa.

Mi vista se desvía a Chichi que me observa, aún sorprendida por mi entrada. Apenas me sostiene la mirada unos segundos antes de devolverla al suelo, provocando una punzada aguda en la boca del estómago.

Espiro pesadamente. No me va a perdonar en la vida…

—¿Y bueno? —Interroga Bulma—. ¿Qué nuevo chisme se cuece en las cocinas esta vez? Espero que merezca la pena tu interrupción, ya que si vas a explicarnos como has vuelto a perder uno de esos concursos absurdos que organizáis porque el zampabollos de Yajirobe ha sido capaz de engullir él solo quince tartas, preferimos seguir leyendo.

—Eso lo dices porque tú nunca lo has visto comer. ¡Es realmente increíble! El otro día acabó con las existencias de arroz de la fortaleza y no contento con eso aún pedía que le asaran algunas salchichas para…

—¿Vas a contárnoslo o no?—Me corta, impacientándose.

—¿Eh? —Cuestiono distraído. Ella deja escapar un bufido bajo y alza una ceja denotando cierto hastío. Paso el brazo por detrás de la cabeza para rascarme el pelo. "Otra vez me he ido por las ramas…"

—¡¿Qué si vas a contarnos que ha pasado? —Se desespera y la miro confuso. Tampoco hace falta ponerse así.

—Los namekianos se enfrentaron anoche a las tropas de Freezer y han logrado romper el asedio. —Suelto a bocajarro. Sus pupilas se dilatan cubriendo el azul casi en su totalidad y el libro que sostiene en la mano se desliza hasta el suelo. Inmediatamente se pone en pie, seguida de Chichi cuyos ojos se clavan con intensidad en los míos. Al parecer he conseguido captar también su atención.

—Eso… Eso no es posible. —Titubea, negando con la cabeza, sin dejar de mirarme incrédula. Hay un brillo extraño en sus iris—. Las escasas fuerzas namekianas no podrían vencer a Hyogen. Menos después de tantos meses de asedio.

—Es que no lo enfrentaron solos. ¡Ahora viene lo mejor! —Interrumpo emocionado, aproximándome a ellas—. Al parecer un ejército de casi seiscientos hombres formado por guerreros nómadas de las montañas y saiyajins, los ayudaron. —La expresión de sus rostros es indescriptible—. Y… ¿Adivina quién comandaba la batalla? —Pregunto, dispuesto dejarlas con la boca abierta.

Sus labios se entreabren, exhalando, y juraría que por un momento ha dejado de respirar. Aprieta los puños a ambos lados del cuerpo y fija en mí sus pupilas ausentes, circundadas por un halo turquesa difícil de descifrar.

—Vegeta… —Oigo y su voz es apenas un susurro.

Frunzo una mueca de decepción. ¡¿Cómo diantres sabe eso? Desde luego es única arruinándome las sorpresas… "No importa", me digo recuperando enseguida el buen humor.

—Efectivamente, el príncipe de los saiyajins. ¡¿No es fantástico? Debemos salir de aquí cuanto antes, aún estamos a tiempo de unirnos a ellos y acabar con Freezer de una buena vez. —Y no sé si es la emoción ante la posibilidad de una batalla o que de repente las cosas vuelven a parecer mucho más sencillas, pero de una única zancada acorto la distancia que me separa de Chichi y la tomo de la cintura, levantándola—. ¡Volvemos a casa! —Exclamo eufórico, girando sobre mí mismo con ella en volandas.

Ni siquiera soy consciente de qué estoy haciendo.

—Él… ¿Él está bien?

Dejo a Chichi en el suelo y la abrazo sin poder parar de reír. Descanso el mentón en su cabeza, aspirando el olor de su pelo. Es reconfortante volver a sentirla pegada a mí, con las palmas abiertas en mi pecho y su aliento tibio haciéndome cosquillas cerca del cuello…

—Goku. —Aprieto los parpados y la estrecho un poco más…—. ¡¿Él está bien? —No tenía idea de cuanto la echaba de menos—. ¡Goku! —Grita. Abro los ojos, perplejo. Eso ha sonado… ¿desesperado?...

Volteo la cara para prestar atención a Bulma que parece a punto de perder el control, lívida y temblorosa, con los nudillos blancos por la fuerza con que cierra los puños y los ojos… Los ojos velados por la incertidumbre y la angustia.

—Sí. —Afirmo, sin acabar de entender su reacción—. Él está bien. —Aprieta los parpados un segundo, llevando la mano al corazón como si quisiera contenerlo y traga seco. Casi puedo sentir el nudo deshaciéndose en su garganta.

—Cuéntame que ha pasado. —Dice, dedicándome una tímida sonrisa.

Noto como Chichi se revuelve, deshaciéndose de mi abrazo. Ladeo el rostro para enfrentarla pero ella da un paso atrás y pierde la vista en el suelo. Cabizbaja, se apresura a la puerta sin dar ningún tipo de explicación.

—¿A dónde vas? —La interroga con suavidad Bulma, cuando su mano ya se encuentra en el pomo.

—Os dejaré hablar a solas. Tengo cosas que hacer. —Ni tan siquiera se voltea al contestar.

Nos quedamos en silencio, absortos unos segundos en la puerta que cierra a su espalda. La alegría se desvanece por completo y una sensación de vacío se extiende en el pecho.

—Aclárame a que ha venido eso. —Demanda autoritaria, sentándose de vuelta en el sillón. Desvío la vista a Bulma, la cual me observa seria. Demasiado seria.

—¿A que ha venido qué? —Pregunto simulando no entenderla y aparto la mirada para volver a clavarla en la puerta.

—¡No te hagas el tonto conmigo! Sabes perfectamente de qué hablo. —Parece irritada—. Lleva así todo el invierno y ya me he cansado de fingir que no pasa nada. Así que vamos, suéltalo de una bendita vez.

Agacho la cabeza para evitar enfrentarla y jugueteo inconscientemente con los dedos mientras trato de encontrar la mejor forma de hacerme entender. No es fácil.

—La he…—dudo—La he besado. —Confieso, levantando la vista azorado, dispuesto a escuchar sus improperios.

—¡¿La has besado? —Exclama—. ¿Cuándo? ¿Dónde? —Suena desconcertada. Es extraño, pensé que iba a enojarse. Eso me insufla algo de ánimo.

—Hace unos tres meses. —Revelo, exhalando pesadamente y por un instante mi mente vuelve a aquel momento. Tal vez debí prestar más atención a la luna que, al parecer, sí traía consigo malos augurios—. Creo que está enfadada desde entonces…

Niega con la cabeza mientras esboza una sonrisa apacible que trasluce seguridad.

—No puede estar enfadada por eso. Piénsalo bien, hay algo más. —Me apremia.

Trato concentrarme de nuevo en ello, dando nerviosos y cortos paseos de un lado a otro como un león enjaulado… ¿Piénsalo? ¿Es cuanto va a decirme? ¡Piénsalo! ¡¿Qué cree que he estado haciendo todo el invierno? A veces tiene cada idea… Hablamos de su mejor amiga, es mujer y se supone entiende de estas cosas. Si ella no lo sabe…

¡¿Cómo rayos voy a saberlo yo?

—La verdad no se me ocurre otro motivo y tampoco es justo. —Protesto, dejándome caer sobre los cojines que ocupaba con anterioridad Chichi y cruzando las piernas al frente para encararla—. Le he pedido perdón hasta la saciedad.

Enarco las cejas, su expresión ha mutado y es ahora una combinación de incredulidad e irritación, mucha irritación. Aprieto los parpados, preparándome. La conozco, esta vez sí va a gritarme.

—Eso lo explica todo. ¡La besas y le pides perdón! Tú no estás bien de la cabeza. —Profiere indignada.

—Pues a ti también te besé y no te enfadaste —Acuso dolido. ¿A qué viene la bronca? A ver si voy a tener yo la culpa, al fin y al cabo es ella la que siempre está inculcándome eso de la educación y los buenos modales. "Cuándo alguien hace algo inconveniente lo correcto es pedir disculpas", reproduzco mentalmente con retintín.

—¡Fue algo totalmente distinto! —Vocea y en eso he de darle la razón. Fue diferente, muy diferente—. Además yo no estoy…—y calla de improviso, mordiéndose con fuerza el labio inferior. Por como ha mudado su gesto me oculta algo.

—El qué… —demando expectante, animándola continuar—. ¿Tú no estás el qué? —Insisto. Debo saberlo.

En sus iris titila la duda, aspira profundamente y se toma un tiempo, pensando, tal vez, si contestarme o no.

—Lo siento. —Se excusa en un tono mucho más suave. Creo que ya no está enojada—. Si te lo digo traicionaría la confianza de Chichi. —La decepción debe evidenciarse en mi rostro porque hay cierta culpabilidad en su mirada—. Pero cuando averigües la diferencia entre el beso que me diste a mí y el que le diste a ella, encontrarás todas las respuestas. Parece complicado, aunque es más sencillo de lo que piensas. Deberías dejar de usar la cabeza, —y levanta su mano para acunar con cariño mi mejilla—. Tú sueles dejarte llevar por los dictados de tu corazón, me sorprende que no lo hayas hecho en este caso. Quizás sea ese tu error…

La miro confuso y retira su palma, sonriéndome con dulzura. Le sonrío de vuelta. Sigo sin tener idea de cual es el problema y desde luego sus palabras son un galimatías. Aún así tengo la certeza de que acabaré por entenderlas. Es como si me hubiera quitado un gran peso de encima al contárselo.

Ella siempre hace que todo parezca tan simple…

—Bien, ahora dime que sabes acerca de lo ocurrido en Namekusei.


—¿A éste que le pasa? —Oigo, mientras veo al namekiano alejarse y ladeo el rostro. No había reparado en la presencia de Raditz a mi lado. Su semblante mira al frente exhibiendo esa burlona mueca tan característica en él—. No soporto a los desagradecidos. —Masculla por lo bajo.

Devuelvo la vista al desierto sin molestarme siquiera en contestar. Tampoco espera que lo haga.

—Fue una buena batalla y una mejor victoria. —Se felicita, transcurridos unos segundos, con los ojos puestos en algún punto concreto, atento a algo, o a alguien, entre el manto de cadáveres.

Inspiro con resignada paciencia, conteniendo más de lo necesario el aire en los pulmones. Supongo que responder se hace irremediable. Él no va a dejar de hablar por mucho que yo haga por ignorarlo.

—Pensé que te sentirías decepcionado por la huida de Dodoria. —Y tuerzo los labios a un lado, provocándolo—. No alcanzaste tu ansiada venganza.

—¿Tú crees? —Contesta, sin dejar de mirar al frente, pero impregnando en la pregunta mi mismo sarcasmo—. Imagina su cara cuando le explique a Freezer lo ocurrido. Debe ser un espectáculo ver semejante mole de carne informe temblar y balbucear como un niño asustado. Incluso cabe la posibilidad de que su piel pierda, de una vez por todas, ese saludable tono rosado. ¡Resulta ridículo!

No puedo evitar la espontánea carcajada al esbozar mentalmente la escena. La perspectiva de un Dodoria lívido y tembloroso por el miedo no tiene desperdicio. Observo de soslayo a Raditz que dibuja, con la atención aún puesta en la arena, una sonrisa cínica y ahogo poco a poco la risa dejando un inusual silencio que se prolonga demasiado en el tiempo, tratándose de quién se trata.

Sigo inquisitivo la dirección de su mirada, buscando sin éxito averiguar qué diablos acapara todo su interés en la distancia.

—¿Puedes verla? —Pregunta de improviso, sorprendiéndome. Lo encaro confuso, sin entender a qué se refiere—. A la muerte. —Aclara—. ¿Has visto alguna vez a la muerte? —Y, por primera vez desde que ha llegado, me enfrenta carente de cualquier emoción, con esa enigmática seriedad que exhibe en algunos momentos y de la que se puede esperar cualquier cosa.

Lo pienso. Nunca terminaré de entender que me empuja a contestar la mayoría de sus estupideces y casi con absoluta seguridad acabaré arrepintiéndome. Como siempre, la curiosidad puede más.

—Me acecha en cada batalla. —Admito por lo bajo y sus labios se pliegan bosquejando una breve sonrisa.

—Entiendo. —Angosto los ojos interrogante y él ladea el rostro devolviendo la vista al campo de batalla una vez más—. En cambio a mí lleva toda la vida cubriéndome las espaldas como el más fiel de los aliados. Tenemos un trato y aunque te cueste creerlo, ella es una mujer de palabra.

Exploto en otra sonora carcajada. ¡No imaginaba una ocurrencia así!

—¡¿Qué clase de loco pactaría con la muerte? —Cuestiono mordaz, sin dejar de carcajearme.

Se mantiene imperturbable y me encara tranquilo, esperando pacientemente a que las risas se apacigüen antes de responder.

—Uno al que lo único que le preocupa es sobrevivir hasta ver cumplida su venganza. Cuando ataquemos Sakkotsu y mate a Dororia mi tiempo habrá concluido y deberé saldar la deuda. —Sus pupilas centellean puestas en las mías, ni siquiera sé en que momento he dejado de reír... Sondeo su rostro en busca del mínimo atisbo de sarcasmo o burla. No lo hay. Está hablando completamente en serio.

Una incomoda tensión se instala entre nosotros y me pierdo de nuevo en el desierto. Ni temo a la muerte, ni me he preocupado nunca de evitarla, incluso puede que la haya deseado en más de una ocasión. Vuelvo mis ojos a Raditz… Pero no así, jamás con esa resignada calma que emana de sus palabras y su gesto.

Y por primera vez, me parece entenderlo.

No es fácil vivir para un fin, convencido de que si lo alcanzas todo habrá terminado para ti. La mayoría de hombres que conozco habrían sucumbido al miedo y abandonado la lucha tratando de burlar al destino.

—Quizás se canse de esperar. —Articulo, sintiendo la necesidad llenar el pesado silencio que nos rodea—. Ya te dije que no es posible entrar en Sakkotsu.

Me enfrenta, manteniendo la gravedad de su pose.

—Hay una manera. —Afirma y su semblante adopta de vuelta esa conocida y cáustica expresión que por lo común me exaspera.

—¿Ah, sí? —Cuestiono y arrugo el entrecejo, fingiéndome irritado ante su más que evidente prepotencia—. Deberías iluminarme con tu "inteligencia" ya que pareces saber más que yo.

Alza indiferente los hombros, ignorando la ironía que trasluce mi respuesta y recupera su sempiterna sonrisa.

—Dije que hay una manera, no que supiera cual es. —Contesta con descaro y deja de mirarme para prestar atención a la arena—. Al fin y al cabo, como mi padre, no soy más que un soldado de tercera. —Hay cierto resentimiento en su voz, siempre lo hay cuando se refiere a las clases sociales imperantes en Vegetasei. Me encara, con un halo de rabia en su mirada que desaparece apenas encuentra la mía y sonríe de vuelta. No es una sonrisa cínica sino una cargada de confianza y determinación—. Pero estoy convencido de que, tarde o temprano, el príncipe de los saiyajins encontrará la forma.


Lo escucho con atención, sin acabar de creer lo que estoy oyendo a pesar de tener la certeza de que es verdad. Al fin y al cabo, yo he estado allí… O tal vez no… Resulta imposible hacerse a la idea de que lo vivido esta madrugada era algo más que una pesadilla. En cualquier otra situación pensaría que he enloquecido por completo.

"Tal vez sea así", me digo. Tal vez el subconsciente esté empeñado en engañarme una y otra vez. La línea que separa en nuestra mente los sueños de la realidad es con demasiada frecuencia una frontera efímera y confusa.

Hay demasiadas cosas que no entiendo, que quizás no llegue a entender nunca. Cuando experimento sus emociones, cuando lo sueño, cuando lo presiento… ¿Pueden dos personas estar conectadas de esa manera? ¿Con esa intensidad? Y por más empeño que ponga en negar lo imposible, se siente tan autentico, tan correcto… El corazón palpita con fuerza. Me rehúso a creer que sea sólo el espejismo de un deseo.

Ha de haber algo más, aunque no alcance a comprender, sé que tiene que haberlo.

Goku continua sentado en el suelo, ha dejado de hablar y me mira expectante. Supongo que debería decir alguna cosa. Aprieto los parpados y aspiro más aire del necesario, tomándome unos segundos para ordenar las ideas antes de levantarme del sillón.

Camino parsimoniosa hacia los pies de la cama, sintiendo en todo momento el peso de sus interrogantes ojos sobre mí y abro el arcón que, durante todos estos meses de incertidumbre, ha guardado celosamente la espada. Con ella en las manos vuelvo hasta él. Se ha puesto en pie y no deja de observarme con extrañeza.

Muerdo con ansía mi labio inferior. Ha llegado la hora de explicar la verdad. Espiro sonoramente, vaciando los pulmones y lo enfrento.

No es fácil, nada fácil…

—Un día, me preguntaste quién era el rojo y yo te dije que no existía. —Rememoro, tendiéndole la espada y fija de inmediato la vista en la cruz de la empuñadura con ambos dragones enlazados representando el Tao. Hay una inscripción grabada al borde del medallón que no le pasa desapercibida. Parece turbado pero por la expresión de su cara, sé que recuerda aquella noche en la herrería de Chikyuu. La misma noche de su regreso, la noche en que todo comenzó—. Te mentí. —Confieso en un hilo de voz y levanta confuso los ojos encontrando los míos—. Aunque por aquel entonces no lo sabía. —Susurro.

No dice nada, sólo mantiene el contacto visual y por primera vez desde que lo conozco soy incapaz de adivinar sus pensamientos. El silencio se cierne sobre nosotros y sus pupilas continúan puestas en mí, impasible, con una expresión grave en el rostro como pocas veces le había visto. Vuelve a observar la espada con atención y, finalmente ,la toma para encararme inquisitivo.

—Hay muchas cosas que debo contarte y luego te pediré un único favor. —Murmuro, el nudo en la garganta no permite más—. El más importante que haya podido pedirte nunca…


"Los cielos del día y de la noche, colores, densidades, formas,

quizá estas cosas (lo son, sin duda) no sean más que

simples apariencias, y lo real esté aún por ser conocido."

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


N/A: Antes de empezar a escribir este fic leí e investigué algunas cosas. El engaño de las flechas no es de cosecha propia. ¡Ojalá! Lo encontré en un texto donde ejemplarizaba una de las máximas del que dicen es el mejor libro de estrategia de todos los tiempos: "El arte de la guerra" de Sun Tzu. No me cabe duda de que Vegeta, como los grandes estrategas militares de todos los tiempos, conocería al general Sun Tzu y su obra. Otra variante del truco de las flechas podéis encontrarlo en la película "Acantilado Rojo" que mi querida Vanessa me recomendó y que disfruté enormemente. A excepción de esto el resto de estratagemas, mucho más modestas, que habéis e iréis leyendo, sí fueron ideadas por mí.


Creo, no estoy segura, que este capítulo es un poco más distendido de lo que viene siendo habitual. Bueno, supongo que tenía que ser así tratándose de Goku. Al fin y al cabo él también es parte importante de la historia y la verdad es que últimamente lo tenía muy descuidado al pobre. ¡Ah! Y si alguien se pregunta que pinta Baba en este fic la respuesta es: nada. Pero me encanta el personaje y para una vez que tengo la oportunidad de poder escribir algo con ella de por medio no iba a desaprovecharla. Una pequeña licencia que estoy segura sabréis perdonarme.

Mil gracias a Midory y gracias a: MaTuR3, ka-mi-cin, , sakuno,Yiye, yiyu-saiyan, vsq81, kurayami K, Alice, NOMICA, kasou y lamu por sus reviews.

A MaTuR3: ¡Querida MaTuR3! ¿Qué puedo decirte? Te he echado de menos. Siempre haces que piense mucho después de recibir uno de tus reviews, porque me abres los ojos a partes de esta historia de las que no soy plenamente consciente. Eso es bueno, ¡aprendo tanto leyendo tus comentarios! Y tienes toda la razón, nada de prisas, nunca las ha habido en este fic y no sería lógico que las hubiera ahora. ¿Quieres una buena batalla? Bien, nunca he escrito algo como eso pero si la hay prometo de corazón hacer mi mejor esfuerzo. ¡Ah! Y no te preocupes del final, por nada del mundo quisiera enfadarte… XD. Gracias por el review, un abrazo muy, muy fuerte. Eres una lectora increíble.

A sakuno: ¡Ay, Sakuno! ú nunca dejas de sorprenderme. Eres parca en palabras pero te haces entender tan bien… Eso es un don. Espero que te guste este capítulo. Un fuerte abrazo y mil gracias por el review.

A Yiye: GRACIAS a ti por tu review. Siento la tardanza. Quizás no encuentres este capítulo tan movido como pensabas, como contrapartida diré que al menos es un capítulo largo, muy, muy largo…XD (nunca sé si eso es bueno o malo). Espero que, aunque no sea lo que esperabas, te guste la actualización. Te mando un gran abrazo.

A Alice: En primer lugar una enorme disculpa, no sabía que FF había borrado las líneas que separan las escenas en los primeros capítulos, es difícil leer de esa manera. Ya lo he corregido. Mil gracias por informarme y gracias también por tus palabras. Me alegro de que te esté gustando la historia a pesar de todo. Verás, siempre he pensado que escribir sobre personajes que la gente ya conoce no te exime de explicar porqué están donde están y porqué se comportan como lo hacen. Eso te obliga a dar detalles, a crear recuerdos y situaciones que no tienen que ver con el nudo central y muchas veces acabas aburriendo o preguntándote, si no sería mejor concentrase en lo importante y ventilar la trama en cinco capítulos. Pero cuando alguien me deja un comentario como el tuyo entiendo porqué lo hago. Un abrazo y mil gracias por los reviews.

A kasou: ¡Ojalá hubiera podido colgar ya el cartel de completo en esta historia! Hace muchos meses que debí haberlo hecho… Pero bueno, ya queda poquito, después de éste, apenas tres capítulos. Mil gracias por el review y espero que puedas perdonarme el haber tardado en actualizar. Un abrazo fuerte que vuela hasta México.

A lamu: Estoy más que contenta de que mis fics hayan paliado el aburrimiento en esas horas interminables de encierro a causa de la gripe y espero que ya estés totalmente recuperada. Seguro que sí. No recibe una todos los días un cometario como el tuyo. Lo clavaste con eso de: "Soy algo tierno pero que nadie se entere sino quiere "desaparecer"". ¡Hasta pensé en cambiar el sumary...! Todavía me estoy riendo. Así qué una segunda parte de Dorei… ¿Tú crees? No sé, no sé… Para serte sincera la idea rondó por mi cabeza un tiempo, incluso esbocé un guión que debe estar perdido en la memoria de mi ordenador pero de eso hace muchos, muchos meses y ha habido muchos, muchos cambios. Sería largo de explicar el motivo por el que no puedo hacerlo, largo y demasiado ridículo para confesarlo en público. Aunque quién sabe, quizás algún día las aguas vuelvan a su cauce y me decida. Respecto a "Ab imo pectore", te doy la bienvenida a la historia y agradezco de corazón tu review. ¡Has sido más que generosa conmigo! Te envío un abrazo muy fuerte y toda la buena suerte que mereces.

Lectores anónimos que os movéis con sigilo en este mundo del fandom, ¿aún estáis ahí…? ¡Gracias a todos por leer!

Quentin Crisp dijo: "Confía en la suerte, pero ponte de puntillas para que pueda verte". Así que saltad, o gritad, o corred…, haced todo lo necesario para que la buena fortuna se fije en vosotros pero sobre todo… ¡Sed felices!

Ya hasta me da vergüenza decirlo pero en fin… ¡Hasta pronto!...