CAPITULO XIX: AB IMO PECTORE.
En el cielo raso, la luna, a punto de alcanzar la plenitud, crea un juego de cenicientas sombras sobre las arenas del desierto y en los braseros repartidos por doquier quema el incienso que enmascara el olor de la muerte. Cientos de hombres forman ordenadamente alrededor de la docena de hogueras escampadas en el patio central de la ciudadela. Las llamas de los cirios que sostienen bañan de luz la expresión solemne de sus rostros, reflejando la gravedad del momento. No hay lágrimas, ni muestras de dolor. No son necesarias. El duelo puede palparse en el aire, titila en los ojos de todos los que se han reunido para despedir a los suyos.
El redoble lúgubre de los tambores irrumpe de improviso en el silencio profundo de la noche, anunciando el inicio de la ceremonia, y junto al sonido lánguido de las trompetas acompaña los parsimoniosos pasos del anciano que recorre y prende, una por una, las piras funerarias.
Una brisa ligera agita las flamas que van devorando con lentitud, al compás triste de la música, las bases de madera y paja sobre las que reposan los cuerpos inertes de aquellos que perdieron la vida en el campo de batalla. No se han hecho diferencias entre namekianos, saiyajins o guerreros de las montañas, todos lucharon juntos y todos deben ser honrados a la vez.
Fuera de la muralla, el fuego consume hace horas los restos de la contienda. Altas columnas de humo se elevan por sobre la llamas que lamen el manto negro de la noche y engullen los cientos de hombres anónimos junto a los que un día luché por Hyogen. No puedo evitar que este pensamiento me perturbe, enfureciéndome y encendiendo de vuelta esa rabia por un pasado que en la euforia de la victoria parecía haber desaparecido.
Respiro en profundidad para reencontrar la calma y un aire caliente que huele a ceniza e incienso llena mis pulmones. Me alejo de la ventana, adentrándome en la penumbra de la sala excavada en la piedra y camino hasta el centro de la misma donde las antorchas iluminan la larga mesa sobre la que descansa una maqueta que representa las tierras bajas y altas.
La estudio una vez más con atención. Cada detalle ha sido precisa y minuciosamente representado. Puedo reconocer Chikyuu y sus excelsas torres blancas tras las que se elevan las nevadas cordilleras que la separan de Vegetasei. Las amplias praderas y fértiles pastos que rodean el Antei a orillas del cual se asientan parte de las tropas de Freezer comandadas por Zarbon. Maborishi cubriendo la frontera norte de Hyogen hasta las desérticas tierras de Namek. Mi vista se fija en la figura negra rodeada de azul que representa Shakkotsu y en la que el artesano se ha entretenido en tallar incluso las inmensas gárgolas de obsidiana franqueando el portón de entrada. A su alrededor, decenas de piezas más pequeñas simulan torres de asalto, arietes, catapultas, arqueros e infantería que han sido distribuidos en torno a la fortaleza planeando posibles estrategias.
Por enésima vez esta noche me concentro en buscar una manera de poder sortear el insalvable obstáculo que representa el océano y por enésima vez fracaso en el intento. Frustrado, paso los dedos entre la llama de mi cabello que enseguida recupera su forma. Temía desde el principio que llegara este momento, llevo meses dándole vueltas, tratando de encontrar una solución. La sensación de derrota es intensa y me hace apretar los dientes. El color azul que representa el agua nubla la vista y mi puño golpea con fuerza la madera haciendo tambalear algunas de las piezas sobre la mesa, apenas soy consciente del dolor extendiéndose en la mano.
"¡Maldita sea!" Hemos pasado horas discutiendo sobre lo mismo y todos hemos llegado a la misma jodida conclusión… "Es inútil, no se puede entrar en Shakkotsu"…
"Nappa se encuentra en uno de los laterales de la mesa mientras Raditz y yo ocupamos un extremo de la misma. El anciano patriarca se sienta frente a nosotros en una sencilla silla de respaldo alto tapizado en terciopelo verde que es, casi con toda seguridad, el mueble más ostentoso de una fortaleza donde la austeridad y la ausencia de adornos y mobiliario parecen ser la tónica general. El resto, hasta una decena de namekianos cuya presencia en la reunión el consejo ha considerado "imprescindible", se arremolinan alrededor de la maqueta. Eso incluye también a Piccolo, aunque a diferencia de los demás éste se mantiene a cierta distancia, apoyado en una de las paredes laterales de la estancia con los brazos cruzados frente al pecho en aptitud indiferente.
Lo miro de refilón un instante, molesto por su falta de interés y centro de vuelta mi atención en Nappa que sigue exponiendo la situación.
—La marea desciende una vez al día hasta la muralla delantera de la fortaleza dejándola accesible para las torres. —E ilustra la explicación moviendo un par de pequeñas figuras sobre la mesa hasta el lugar indicado—. El problema es que ésta es doble, demasiado alta y tardaríamos semanas en fabricar el equipamiento adecuado para el asalto. —Hace una breve pausa, fijando los ojos en la posición que ocupan las piezas en el tablero—. Eso sin contar que es casi imposible arrastrar torres con semejante altura hasta la base del muro.
El silencio vuelve a reinar en la sala y todos parecen meditar lo que acabamos de escuchar. Basta fijarse en la concentración y gravedad de sus rostros para adivinar la creciente preocupación y el esfuerzo que están realizado por encontrar la manera de poder atacar.
—¿Y la parte posterior?... La de los jardines. La muralla parece mucho más baja en esa zona. —Pregunta tímidamente uno de los namekianos que se encuentra de pie junto al anciano.
Todos miran a Nappa que levanta los ojos a su interlocutor sin ninguna expresión concreta, casi como si todo esto le fuera ajeno.
—Imposible. —Niega con la cabeza—. Nunca he visto la marea bajar tanto como para dejar al descubierto esa zona, justo por eso es mucho más accesible ahí. El mar es una barrera natural. —Contesta flemático, devolviendo su atención a la mesa.
—Entonces la solución está en atacar la puerta. —Es Raditz quién se pronuncia—. Tenemos los arietes que guardaban las tropas de Freezer en el campamento. Si partimos en unas horas, llegaríamos al mediodía y sólo tendríamos que aguardar hasta la bajamar. —Sus pupilas centellean emocionadas. A veces no sé de donde saca tanta energía.
Nappa lo encara y frunce el ceño en una más que evidente mueca de hastío. Raditz es la única persona que conozco capaz de sacarlo de quicio sólo con abrir la boca.
—¡Ya hemos hablado con anterioridad de eso! —Censura—. Sabes que es inviable. El rastrillo no se sitúa inmediatamente detrás de la puerta sino en la segunda muralla, un poco a la izquierda. —Y lo señala con su dedo índice. El tono de voz ha cambiado y denota cierta suficiencia. Miro a Raditz que arruga el entrecejo contrariado. Nappa lleva razón, esa posibilidad la descartamos desde el principio—. Tardaríamos horas en poder abrirlo y durante ese tiempo nos atacarán desde todos los frentes, el pasillo entre ambas murallas es una ratonera. Aún suponiendo que tuviéramos éxito y lográramos derribar los portones perderíamos demasiados hombres.
—Yo estoy dispuesto a intentarlo y al parecer es la única forma. —Insiste con vehemencia, recuperando el entusiasmo—. No podemos permitirnos un asedio. Tú mismo lo has dicho. Las tropas de Freezer desplegadas a orillas del Antei y en las tierras altas se reagruparán y marcharán sobre nosotros, duplicándonos en número. ¡Si voy a morir prefiero hacerlo peleando! —Deja de hablar y recorre con la vista los rostros de todos los presentes—. Al menos, claro, que tengáis miedo. —Apostilla, encarando de nuevo a Nappa que se mantiene en silencio, mirándolo fijamente—. Pensaba que los élites erais valientes. Quizá me equivocaba…
—Miserable tercera clase. —Masculla éste, apretando con fuerza los puños—. ¡Repite eso si eres capaz! —Y da un par de pasos adelante con clara intención de llegar hasta Raditz que deja entrever su habitual y cínica sonrisa. Mis músculos se tensan de inmediato y resoplo sonoramente. ¡Esto es lo que me faltaba, qué empezaran con sus ridículas rencillas!
—Dejad de comportaros como los dos jodidos imbéciles que sois. ¡No estamos aquí para aguantar vuestras estupideces! —Escupo en tono alto y amenazante pasando la mirada de uno a otro para dejarla fija en Raditz—. Provocar a Nappa no hará que tu plan deje de ser una completa idiotez. —Le recrimino, frunciendo el ceño a modo de advertencia—. Deberías pensar antes de abrir la boca. No es cuestión de quién es más valiente sino más listo. No podemos permitirnos perder unas tropas que no tenemos. Si más de la mitad de nuestros soldados mueren a las puertas de Shakkotsu. ¡¿Quién coño va conquistar la fortaleza?!
Abre la boca para responder pero un bufido bajo le hace cerrarla y desvío la vista al lugar del que procede. Piccolo tuerce los labios en una mueca que no sé demasiado bien como interpretar y sostiene con descaro mi mirada. Aprieto los dientes y mi ceño se frunce aún más. ¡¿Qué mierda encuentra de divertido en todo esto?!
La atmósfera se ha densificado y podría cortarse ahora con un cuchillo. Si continúa con esa aptitud no voy a poder seguir conteniéndome…
Se escucha un ligero carraspeo que trata de aliviar la tensión, pero no me inmuto.
—Si he entendido bien, el problema radica en la cantidad de tropas que necesitaríamos para llevar a cabo el ataque. —Reconozco la voz grave del anciano, aunque mi vista sigue puesta en el namekiano que no da la mínima muestra de amedrentarse y continúa encarándome impasible, con la semisonrisa aún dibujada en su semblante—. Quizás…—Titubea—. Quizás podríamos pedir ayuda a Chikyuu, así como mínimo igualaríamos las fuerzas en caso de asedio.
Tan absorto estoy en mi duelo de miradas que mi cerebro tarda unos segundos de más en asimilar sus palabras. Cuándo reacciono, desvío de inmediato la atención a él. Soy conciente de la expresión iracunda de mi rostro.
—¡No! —Respondo casi en un grito mientras siento la rabia crecer en mi interior. ¡No me rebajaré hasta ese punto!—. Chikyuu hace tiempo que se rindió a Hyogen y unió su destino al del Freezer. ¡¿Acaso olvidas que sus barcos atracarán pasado mañana en Shakkotsu, aprovisionándolo de las armas que necesita para aniquilarnos y hacerse con el control de las tierras bajas?! ¡¿Crees que van ayudarnos cuándo incluso su "heredera" se ha convertido en la esposa de ese bastardo?! ¡No serviría de nada! —El rencor es más que evidente y el pulso me late en la garganta.
Inhalo en profundidad tratando de normalizar mi agitada respiración. La sola idea de tener que pedirle ayuda me descontrola y actúa como un poderoso ácido en el estómago.
¡Jamás me humillaré de esa manera ante ella! ¡Jamás!
La vehemencia y el resentimiento con que me he pronunciado parece haber descolocado al anciano y al resto de namekianos que sopesan mis palabras en silencio, mirándome con cierta curiosidad, al igual que Nappa y Raditz, aunque tengo la certeza de que ellos son conscientes de los pensamientos que cruzan mi mente en estos momentos.
—Lleva razón, no nos han ayudado antes y dudo que vayan a hacerlo ahora. Estamos solos en esto. —De inmediato mis ojos se vuelven incrédulos a Piccolo que ha dejado de sostener su peso en la pared, irguiéndose, sin descruzar sus brazos. Es la primera vez que se digna a opinar y nunca pensé que sería para apoyarme. Su rostro ya no exhibe esa expresión desinteresada que ha mantenido en todo momento y luce una seriedad acorde con la situación—. Tal y como yo veo las cosas tenemos dos opciones. —Y sin dejar de hablar se aproxima a la mesa con lentitud—. O esperamos a las puertas de Shakkotsu a que Freezer acabe con nosotros, o… —Algunos de sus congéneres se apartan para dejarlo llegar hasta el borde, al parecer es alguien a quién respetan—… nos quedamos en Namekusei y tratamos de prepararnos para una batalla que, casi con toda seguridad, tenemos perdida de antemano. —Concluye y me encara como si esperara algún tipo de replica por mi parte.
Enseguida Raditz bufa a mi izquierda y le lanzo una mirada que le disuade de abrir la boca. A pesar de mi sensación de impotencia, ha expuesto la cruda realidad tal cual es. Quedarme aquí no entraba en mis planes pero me doy cuenta al instante de que es una posibilidad a tener en consideración. Cómo mínimo la ciudadela nos ofrece algo más de protección y nos da más tiempo.
Miro a Nappa que asiente imperceptiblemente y vuelvo los ojos a Piccolo, el cual, frente a mi mutismo, desvía su atención al anciano.
—Bien, puesto a elegir —y observa de refilón a Raditz—, si tengo que morir yo prefiero hacerlo aquí. —Afirma, haciendo especial hincapié en sus últimas palabras.
Un ominoso silencio nos embarga y los ojos de todos se vuelven expectantes al patriarca sobre él que acaba de recaer la decisión final. Éste clava su mirada en la del guerrero namekiano y ambos parecen no necesitar de palabras para entenderse. Baja la vista a la mesa y lo piensa durante un par de minutos que se me hacen eternos. Finalmente, regresa su atención a mí y afirma quedamente con la cabeza.
Al parecer la suerte está echada… ¡Esperaremos a Freezer en Namekusei!
—Quién sabe, quizás mientras aguardamos se nos ocurra alguna cosa. —Murmura Piccolo, encarándome de vuelta con un brillo distinto, casi cómplice, en sus pupilas."
Exhalo sonoramente y me aparto de la maqueta para retornar a la ventana con las palabras del namekiano reverberando aún en mi cabeza. Lleva razón, debería dejar de empecinarme en encontrar una entrada que no existe y buscar la manera de afrontar la batalla que nos espera con éxito. Tendremos una única oportunidad de no acabar como todos esos desdichados que arden en el patio y que, al parecer, sacrificaron su vida en balde.
Escucho un golpeteo y volteo la vista a la puerta. No contesto, devuelvo mi atención a las hogueras que siguen derramando su luz anaranjada en la penumbra de la noche.
El golpeteo se repite, ahora con más insistencia e irritado me adentro en la habitación. Espero que sea algo importante.
—Adelante. —Autorizo secamente con la esperanza de que el tono convenza a quién quiera que sea de lo irritante que me resulta su interrupción.
La puerta se abre y la corpulenta figura de Nappa ocupa el umbral. Me mira sin ninguna expresión concreta en la cara que justifique su presencia pero sé que debe ser algo serio. Lo conozco, no me habría molestado si no lo fuera.
—Alguien quiere verte. —Dice y a pesar de la impasibilidad de su rostro, hay cierto nerviosismo en su voz que no me pasa desapercibido.
—Creí haber dejado claro que no quería ser molestado. —Contesto de mala gana, a fin de poder líbrame de la inoportuna visita—. No estoy para nadie.
Él no dice nada, ni altera su semblante, pero se echa a un lado para dejar que descubra quién se oculta a su espalda. Mi mente se queda en blanco e imagino que la sorpresa es más que evidente en mi gesto. Cuando reacciono la mandíbula se aprieta involuntariamente.
—Kakkaroto. —Mascullo entre dientes, sintiendo una presión en la boca del estómago.
El muy imbécil tuerce los labios en esa apacible sonrisa que casi había conseguido olvidar y da un par de pasos al frente adentrándose en la habitación.
Esta noche las patrullas se han duplicado en los desolados pasillos de Shakotsu. Todos conocen ya la derrota en Namekusei y, al parecer, varios desdichados han pagado con su vida el pecado de encontrarse cerca de mi "esposo" cuando ha recibido la noticia. Por lo que al desconcierto reinante en un primer momento se ha sumado la incertidumbre y el miedo de no saber quién será el siguiente.
Hasta ahora nada ha trascendido de la reunión mantenida entre Freezer y sus comandantes que se han pasado hasta bien entrada la noche encerrados, discutiendo la situación. La única novedad, aparte de la redoblada vigilancia, son los mensajeros que partían al anochecer hacia los campamentos de las tropas de Hyogen. Era previsible que alertara a todo su ejército de lo que está pasando y supongo que intentará reagruparlo en previsión de un posible ataque.
Por suerte eso no cambia nada las cosas. Él tiene sus planes y yo tengo los míos.
Mi pensamiento vuela a Goku y el estómago da un vuelco repentino. Me pregunto cómo le estará yendo en Namekusei. Sólo espero que sea capaz de… El sonido de pasos acercándose me pone sobre aviso. Por instinto me pego a la pared, empujando bruscamente contra la misma a Chichi que camina justo detrás de mí. Volteo el rostro y llevo el dedo índice a los labios indicándole que guarde silencio. Parece tan asustada como yo.
El corazón me late desbocado por el miedo y espero unos minutos, antes de atreverme a asomar la cabeza. El corredor se ha despejado así que tomo a mi amiga con firmeza de la muñeca para seguir caminando. Apenas un par de metros nos separan de la entrada, nunca pensé que nos resultaría tan difícil llegar. Cierro con cuidado la puerta a mi espalda y respiro en profundidad para aplacar los nervios. De momento todo va bien. Nadie nos ha visto.
—Hay alguien abajo. —Susurra cerca de mi oído, avisándome del rumor proveniente de la cocina, a la que se llega mediante la pronunciada escalera que tenemos enfrente.
—Deben de estar esperándonos. —Contesto, sin apenas despegar los labios y empiezo a descender con ella fuertemente agarrada a mi brazo.
A medida que avanzamos puedo oír con claridad la conversación. Deberían tener más cuidado, el eco es traicionero en esta fortaleza y las paredes de roca amplifican el sonido. Me detengo a escuchar y los dedos de Chichi se ciñen con más ansiedad en torno a mi brazo, he de estar bien segura de a quién voy a encontrar. La miro un instante tratando de infundirle una tranquilidad que yo misma estoy lejos de sentir y presto atención.
—Todavía no entiendo que hacemos aquí. Si nos descubren estamos perdidos y puedo asegurarte que la muerte que Freezer reserva a los traidores no es precisamente agradable. Además, ¿qué sacamos nosotros dos de todo esto? —Él que sea parece fastidiado y se queda en silencio unos segundos, esperando una respuesta que no llega—. Te lo voy a decir. Nada. ¡Nada de nada! Lo mejor sería marcharnos ahora que aún estamos a tiempo. Es más, yo me voy inmediatamente y harías bien en venirte conmigo.
Esta vez su interlocutor sí responde.
—Prometí a Goku que ayudaría a sus amigas y tú hiciste lo mismo. —Respiro aliviada. Apenas lo he visto un par de veces pero enseguida reconozco su particular acento. No necesito seguir escuchando así que desciendo los últimos peldaños de piedra.
La escalera se abre a una inmensa sala apenas iluminada por el fuego de las chimeneas. Me detengo al pie de la escalera y recorro con la vista la estancia. Se me hace extraño verla vacía, las pocas veces que he bajado aquí esto era un torbellino de gente moviéndose de un lado a otro, cocinando, comiendo o charlando animadamente.
—Y qué iba a hacer, ¡¿eh?! ¿Lo has visto manejar la espada? Si le hubiera dicho que no probablemente… —Los ojos del Señor Popo, que se encuentra sentado en uno de los bancos del fondo, se clavan en nosotras y enseguida se levanta—. ¡Vaya! Parece que al fin entras en razón. —Suelta condescendiente Yajirobe, que es quién está de pie frente a él. Al parecer no se ha percatado aún de nuestra presencia.
—Buenas noches. —Saluda con la misma expresión ausente de siempre, ignorando por completo a su compañero al que, gracias a la diferencia de altura, mira por encima del hombro. Éste se gira de inmediato y nos observa con recelo, cruzando los brazos sobre su prominente barriga.
—¡Habéis tardado mucho! —Critica con descaro, obviando el hecho de que hace apenas un instante pretendía dejarnos plantadas.
—No ha sido fácil llegar hasta aquí. —Contesto, atravesando la cocina con Chichi, que ha soltado mi brazo, caminando a mi lado—. Hay muchas patrullas esta noche. —Mi comentario parece desagradarle y enarca una de sus cejas, volteándose para enfrentar de nuevo al Señor Popo.
—¡Te lo dije! Esto nos traerá problemas. Si nos descubren sacándolas de Shakkotsu estamos muertos. ¿Te has parado a pensar que ella es una de sus esposas? Todavía nos acusan de secuestro y acabamos en los sótanos. —El Señor Popo ni tan siquiera lo mira ante lo cual se gira para encararnos una vez más—. Deberías tratar de solucionar tus problemas conyugales sin involucrar a nadie. —Me reprocha en un tono alto y poco cordial.
"Será estúpido", pienso deteniéndome frente a él y tengo que morderme la lengua para no escupirle cuatro verdades a la cara. Muy a mi pesar necesito su ayuda y no me conviene enfadarlo. Así que me limito a ignorar su comentario y miro al Señor Popo que, a pesar de tener su atención puesta en nosotras, parece absorto en otra cosa. Reacciona, volviendo de pronto a la realidad.
—Prometimos a Goku sacarlas de aquí. —Creo que esa promesa es todo lo que le importa—. Además, no será difícil. Saldremos a por provisiones como cada día con ellas ocultas en el carro. Lo hacemos siempre de modo que nadie tiene porqué sospechar nada. —Y Yajirobe bufa molesto.
—Eso si tu amigo se calma y deja de poner cara de estar haciendo algo indebido. —Suelto sin poder contenerme. Su actitud está empezando a irritarme—. Claro que no puedes culparle por tener miedo.
—¡Yo no tengo miedo! —Responde indignado, enfrentándome al instante—. Soy capaz de acabar con una de esas patrullas en un santiamén. —Presume, llevando la mano a la empuñadura de la enorme espada que cuelga de su casi inexistente cintura y esboza una petulante sonrisa—. Es sólo que no veo la necesidad de arriesgarme por ti y tu amiga.
"Idiota".
—Ya. Pues cuando vuelva, veremos que opina Goku de tu falta de consideración. —Amenazo, sin dejar de observarlo fijamente. De inmediato borra su sonrisa y pone cara de susto. Boquea varias veces como pez fuera del agua con la intención de decir alguna cosa pero opta por mantenerse callado. Mis labios se curvan mostrando satisfacción. Al parecer lo he dejado mudo.
—Deberíamos irnos antes de que esto empiece a llenarse de gente. —Interrumpe el Señor Popo llamando mi atención—. No falta demasiado para las tres y a esa hora empiezan a preparar el desayuno. —Lo miro y afirmo con la cabeza. No merece la pena seguir discutiendo con el "gordinflón". Él rodea la mesa con parsimonia y echa a andar hacia una de las puertas laterales—. ¿Vamos? —Pregunta, deteniéndose y vuelve su rostro por encima del hombro para incitarnos a seguirle.
—No podrás salir de aquí sin mí. —Se vanagloria Yajirobe, reaccionando y regalándome una rencorosa mirada. Me da la espalda para caminar hasta situarse delante de su negro amigo. Chichi toma mi mano y se apresura tras ellos, arrastrándome.
—¿Bulma? —Pregunta dubitativa, volteándose al darse cuenta de que no me muevo.
Mantengo mi vista en el suelo unos segundos y levanto los ojos a ella. Esto no va a ser fácil.
—Yo no voy. —Anuncio, tirando de mi brazo para obligarla a soltarme y retrocedo algunos pasos. Sus pupilas se dilatan por la sorpresa y su tez palidece al instante.
—¿Cómo… cómo que no vienes? —Titubea confusa, frunciendo el ceño con cara de no entender nada—. ¡No puedes quedarte aquí! —Declara en un tono agudo, avanzando hacia mí. Al momento levanto la mano para evitar que se acerque y observo a su espalda el gesto incrédulo del Señor Popo y Yajirobe, ya junto a la puerta, antes de volver a enfrentar su demudada expresión.
—Él se dará cuenta de que no estoy. —Aseguro, mirándola fijamente a los ojos. Necesito hacerla entender—. No puedo arriesgarme a que sospeche nada. No cuando estamos tan cerca del final.
Clava la vista en mí y parece pensarlo unos segundos.
—No puedes quedarte. —Sostiene con autoridad al tiempo que niega con la cabeza—. Te matará. —Susurra, casi sin despegar los labios, y baja la mirada empuñando las manos a ambos lados del cuerpo.
—No, no lo hará. —Afirmo y espero que levante sus ojos para enfrentarme, antes de seguir hablando—. Resulta más fácil matar a un rey que invadir su reino. Estoy casada con él y eso significa que mientras siga viva sólo tiene que acabar con mi padre para heredar Chykiuu, de ahí su empecinamiento en convertirme en su esposa. Le bastaba retenerme aquí para conseguir sus armas pero es demasiado listo. Una vez conquistado Namekusei y gracias a nuestro matrimonio obtendría el control de las tierras altas y bajas sin mermar un ejército que necesita para expandir su imperio más allá de las montañas. Ese fue su plan desde el principio. No importa si las circunstancias cambian algo las cosas, sigo siéndole de utilidad.
En su rostro puede leerse la sorpresa, supongo que no se había parado a pensar antes en el porqué de mi matrimonio ni en las repercusiones del mismo. Sus iris negros se fijan con determinación en los míos.
—En ese caso, me quedo contigo. —Anuncia, relajando algo los puños y dando un paso hacia delante.
—Eso no es posible. —Respondo, levantando de vuelta mi mano para detenerla. Ella me mira con un mohín de reproche aunque no sigue avanzando—. Yo le soy útil. Tú no. —Sus ojos se abren asombrados. Quizás he sido demasiado seca pero esa es la realidad y no hay tiempo para sutilezas. La veo descomponer su semblante y traga seco tratando de contener las lágrimas.
—Si tú te quedas yo también. —Persevera y su labio inferior tiembla ligeramente. Siempre ha sido cabezota.
—Chichi. —Susurro y ahora soy yo la que se acerca a ella—. Te agradezco todo lo que has hecho por mí. No sé cómo hubiera sobrevivido al invierno sin Goku y sin ti. —Y frunce una sonrisa amarga al tiempo que baja los ojos al suelo—. Si te quedas no sólo tú te pones en peligro. Me pones también a mí. No consentiré que él te haga daño.
—No quiero dejarte sola. Estamos juntas en esto desde el principio. —Insiste y su voz denota cierta desesperación.
—Lo sé. Me has ayudado mucho y tienes que seguir haciéndolo. —Me tomo el respiro que necesito para imprimir firmeza a mi voz y me obligo a sonreírle parcamente. No voy a dar mi brazo a torcer, no esta vez—. Por eso debes irte ahora.
Sostiene mi mirada y puedo ver las lágrimas pugnando por salir. Durante un rato se mantiene en silencio y parece por su gesto estar manteniendo una ardua lucha consigo misma. Esto también es difícil para ella pero en el fondo sabe que llevo razón. Finalmente respira en profundidad y exhala despacio mientras asiente resignadamente con la cabeza. Enseguida la abrazo con fuerza sintiendo como se cierra el nudo en mi garganta.
—A Goku no le va a gustar esto. —Murmura cerca de mi oído, al tiempo que apoya su mentón en mi hombro y me aprieta un poco más.
—Seguramente. —Afirmo en un hilo de voz—. Aunque confío que puedas convencerlo de que es lo mejor. Él siempre te escucha. —Beso su mejilla y no opone resistencia cuando la tomo por los hombros para separarla de mí—. Te están esperando. —Le digo, dejando caer los brazos. Ella esboza una sonrisa que se queda a medio camino en sus labios.
—Nos veremos pasado mañana. —Se despide con mucha menos seguridad de la que estoy convencida le gustaría y me da la espalda para apresurarse a la puerta.
Yayirobe sale de la cocina y se dispone a seguirlo. No se ha marchado todavía y ya la echo de menos. Parece que haya pasado una eternidad desde que abandonamos Chikyuu. Estos tres últimos meses han sido realmente duros para todos pero al menos nos teníamos el uno al otro. A partir de ahora estaré completamente sola.
—Chichi. —La llamo por impulso, sin pensar, y se gira para encararme una última vez. Por un instante me mantengo en silencio, mirándola fijamente—. No siempre que pedimos perdón estamos en verdad arrepentidos. A veces sólo lo hacemos porque, erróneamente, creemos que es lo que el otro quiere escuchar. Las palabras no significan nada. Lo realmente importante se lleva aquí. —Y subo mi mano derecha al pecho—. No dejes que el rencor y el orgullo silencien tu corazón.
Me mira desconcertada y tarda unos segundos de más en reaccionar, regalándome una parca sonrisa. Sonrío yo también. Creo que ha entendido lo que quiero decir. La veo traspasar el umbral y enfrento al Señor Popo que sostiene el pomo y es el único que aún queda en la cocina.
—Cuida de ella. —Le pido. Él me mira directamente a los ojos y asiente imperceptiblemente con la cabeza.
—Lo haré. —Susurra cerrando la puerta, y sé que puedo confiar en él.
Nappa cierra la puerta dejándonos solos. Él no se mueve y yo tampoco, nos mantenemos en silencio, observándonos mutuamente. Mi ceño está fruncido y mis puños se aprietan con fuerza a ambos lados del cuerpo. La animadversión que me despierta es instintiva y apenas si puedo contener las ganas de borrar su estúpida sonrisa de un puñetazo. No sé qué diablos hace aquí y tampoco estoy demasiado seguro de querer saberlo.
Abro y cierro los dedos con disimulo tratando de desentumecerlos. El tenso escrutinio al que me somete crispa los nervios y empieza a ser difícil de sobrellevar, al menos para mí porque, en apariencia, el "imbécil" continua tan tranquilo como siempre y deja de enfrentarme para estudiar con curiosidad la habitación. Eso me irrita aún más.
—¡¿Qué demonios quieres?! —Suelto, incapaz de soportar la incertidumbre un segundo más. Me encara, todavía distraído, y amplia su sonrisa un instante pero parece pensar alguna cosa y enseguida su rostro adquiere una expresión grave que me recuerda demasiado nuestra primera y última conversación en los pasillos de Shakkotsu. Aquella noche también exhibía una seriedad que le es impropia.
—Nunca había estado antes en Namekusei. —Confiesa y su vista vuelve a recorrer con interés la estancia—. Es un lugar increíble… —No puedo evitar un gruñido exasperado que parece hacerlo reaccionar ya que clava sus ojos en mí—. Supongo que eso no importa demasiado ahora. —Murmura, desviando la mirada al suelo un momento, antes de pasar su brazo por detrás de la cabeza y rascarse el pelo. He observado que ese es un gesto habitual en él cuando está nervioso, confuso o no encuentra las palabras apropiadas.
¡Juro que si me sale con alguno de sus incoherentes balbuceos, esta vez no me voy a privar del placer de ahogarlo con mis propias manos!
—Chikyuu cree que entre todos sería más fácil acabar con la hegemonía de Hyogen. —Susurra de improviso—. Por eso he venido a ofrecerte una alianza. —Declara muy serio, encarándome de vuelta.
Mi mandíbula se relaja por la sorpresa, no esperaba algo así. Por unos segundos sus palabras se quedan flotando en el ambiente y mi mente viaja ineludiblemente a la mujer. Al instante los dientes se aprietan de nuevo, seguro de que es ella quién lo envía.
Casi puedo sentir arder la mejilla por la invisible bofetada y la ira ofusca al momento cualquier posibilidad de razonar. "¡¿Cómo puede llegar a ser tan cínica?!..." Aceptó seguirle el juego a ese bastardo, se rindió a él, se alió con él. "¡Maldita sea!" Incluso se casó con él. La cólera martillea las sienes… Y todavía se atreve a humillarme, mandando a este imbécil que aborrezco para ofrecerme una ayuda que no he pedido. ¡Qué sabe no pediría nunca!
—¡¿Alianza?! —Cuestiono mordaz con la rabia devorando las entrañas—. ¡¿Piensas que aceptaré unirme a vosotros después de haberos sometido a la voluntad de Hyogen?! —Escupo con desprecio y el pensamiento aún puesto en ella—. Acaso crees qué no soy capaz de librar mis propias batallas. ¿Qué me rebajaré hasta ese punto? ¡Me basto y me sobro para acabar con Freezer! No he pedido vuestra jodida ayuda en ningún momento. ¡No la necesito! —Voceo e inspiro profundamente en busca de oxígeno—. Debería matarte sólo por aventurarte a venir hasta aquí. —Siseo por lo bajo, sin dejar de enfrentarlo.
Kakkaroto pestañea varias veces confuso, como si no acabara de entender mi reacción, y curva sus labios en la que pienso va a ser su última sonrisa pero de repente estalla en una estridente carcajada que me descoloca por completo.
—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —Mascullo entre dientes a punto de perder el poco dominio que aún conservo sobre mí mismo.
—¡Tú! —Exclama sin dejar de reír—. ¡Eres increíble! —Llevo colérico la mano a la empuñadura de la espada, dispuesto a desenvainar y atajar su estúpida risa de una única estocada pero parece calmarse—. A Bulma le gustará saber que sigues siendo el mismo de siempre. —Asegura y suelto instintivamente el acero cuando le escucho pronunciar su nombre.
Angosto la mirada, estudiándolo con atención y por primera vez me percato de cierta complicidad en su rostro y en su voz que, hasta el momento, me había pasado desapercibida. La realidad es un golpe seco en el estómago.
¡Lo sabe! Sabe lo sucedido entre nosotros, puedo leerlo en sus ojos que se clavan con intensidad en mí. Eso me desconcierta aún más… ¿Por qué iba ella ha confesarle algo así? Y a pesar de continuar enfrentándolo impasible, la duda se instala pesadamente en el pecho.
—Me advirtió que dirías eso. —Afirma y su semblante adopta de vuelta una expresión grave—. También quiere que entiendas que no es su ayuda la que te está ofreciendo sino pidiendo la tuya. Te unas o no a nosotros, las tropas de Chikyuu asaltarán Shakkotsu pasado mañana al anochecer.
Me obligo a reaccionar y finjo una cáustica risotada que enmascare mi creciente confusión, mientras mi cabeza trata de desentrañar el significado de lo que acabo de escuchar.
—Sois mucho peores estrategas de lo que creía. ¿Los armáis por la mañana y pretendéis luchar contra ellos por la noche? Quizá deberíais haberlo pensado mejor antes de doblegaros a Freezer. —¿Atacar Shakkotsu? ¡¿De qué mierda me está hablando?!
—¿Y quién te dice que nos hemos rendido a Hyogen? —Responde, llevando de improviso la mano a la vaina que cuelga de su cintura. Mis músculos se tensan al instante y doy varios pasos atrás, imitando su gesto en previsión de un posible ataque. No entiendo como Nappa ha podido ser tan estúpido para no desarmarlo—. No te preocupes, no he venido aquí a enfrentarme a ti. —Dice al percatarse de mi reacción—. Aunque algún día me gustaría poder hacerlo. —Me reta, obsequiándome con una breve pero afable sonrisa y, queriendo constatar sus palabras, saca la espada de su funda despacio, muy despacio.
No dejo de seguir con atención sus movimientos, manteniéndome alerta a cualquier ademán brusco. No sé que pretende pero no me fío de él, aprendí hace tiempo a no fiarme de nadie.
Toma el final de la hoja y me tiende el arma, sujetándola a la altura de los hombros con ambas manos. La miro con fingido desinterés. En la cruz de la empuñadura, forrada de cuero negro, se inserta un medallón de plata en el que se han cincelado dos dragones enlazados representando el Tao. El Yin es de color azul y el Yang de color rojo. Salvo por la inscripción que lleva grabada al borde, y no puedo leer desde aquí, estoy seguro de que es la misma que ella fue a buscar a Maborishi, la misma que sostenía la tarde en que la conocí. Mi puño se aprieta aún más en torno a mi propia espada y trato de no pensar demasiado en lo ocurrido en aquella sala, pero no puedo evitar mirar con rencor a Kakarotto que parece no percatarse de nada y continúa observándome con semblante serio.
—¿Qué significa esto? —Pregunto con mucha menos firmeza de la que me gustaría y me obligo a mantener la impasibilidad de mi rostro al tiempo que cruzo los brazos sobre el pecho para ocultar la tirantez de los músculos.
—Estaba convencido de que lo sabrías —Murmura, más para sí mismo que como réplica—. Es para ti. —Y desvía por un instante la vista al suelo antes de encarame de nuevo—. Ella cree que el príncipe de los saiyajins debe empuñar en la batalla un arma digna del guerrero que es.
El corazón se detiene un segundo para volver a latir desaforadamente, golpeando las costillas como si fuera a atravesarlas de un momento a otro. No me muevo, soy incapaz de moverme o contestar, el desconcierto no me permite siquiera pensar con claridad.
Esta habitación, la espada, sus palabras, ella…
Ella.
Mi cabeza es una maraña de ideas e imágenes desordenadas que giran a velocidad vertiginosa y se confunden a mi alrededor. Aprieto los dientes tratando de paliar la sensación de irrealidad. Él toma mi falta de respuesta como un rechazo.
—Bulma no merece tu desprecio. —Dice y el reproche tiñe su voz pero apenas lo oigo—. Puede que esté equivocada respecto a ti. —Vacila—. Quizás no debiera confiarte esta espada.
La rabia me hace reaccionar y mis uñas se hincan con fuerza en los antebrazos para contener las ganas de lanzarme contra él. ¡¿Quién mierda se cree que es? No he pedido su estúpida opinión. No necesito la jodida opinión de un imbécil que parece no entender nada.
Tomo aire, buscando serenarme… ¡Nadie puede entenderlo! Nadie sabe lo que es verse arrastrado por un deseo que enajena tu voluntad. Pelear cada maldito segundo del día para mantener a raya el instinto. Necesitar y tratar de odiar con la misma intensidad, sin poder decidir el camino a tomar en esa demencial dualidad que te destroza. ¡Por supuesto que la desprecio!
Pero no más de lo que me desprecio a mí mismo por tanta debilidad.
—¡¿Entonces por qué me la das?! —Grito liberando en parte mi frustración y dando un par de amenazantes pasos al frente.
—Porque no importa lo que yo piense sino lo que Bulma quiera. —Confiesa—. ¿Sabes? Daría mi vida por ella sin dudarlo. —Y hace una breve pausa para clavar con más intensidad si cabe sus ojos en los míos—. Lo mismo que ella, la daría por ti. —Revela y un involuntario escalofrío recorre mi columna cuando escucho sus palabras—. La conozco desde los tres años y en ese tiempo nunca he visto sus pupilas brillar de la manera en que lo hicieron cuando oyó tu nombre y supo que estabas bien. Estoy aquí porque Bulma me lo ha pedido y yo no podría negarle nada. Así que coge la espada y haz lo que tienes que hacer.
No soy plenamente consciente del momento en que alargo mi brazo y mi mano derecha se cierra, asiendo la empuñadura. La realidad se difumina y se vuelve borrosa y artificial en torno a mí. Giro la muñeca para observar de cerca el medallón y rozo hipnotizado con las yemas de la izquierda la inscripción que ahora puedo leer con claridad.
"Ab imo pectore", eso es lo que ella ha grabado sobre los dragones enlazados. "Ab imo pectore..." Desde el fondo de mi corazón… Mi pulso retumba fuertemente en los oídos y es como si el tiempo se ralentizara alrededor.
Observo turbado mi imagen reflejada en la pulida hoja, el caos que destilan mis pupilas y la blando mecánicamente al frente, cortando el aire despacio. Es magnífica. Su flexibilidad, el delgado filo, el brillo del metal, su peso… Nunca había sostenido una espada así. De hecho, dudo que exista otra igual.
Enfrento inquisitivo a Kakaroto para verlo sonreír de vuelta, con el rostro mucho más relajado.
—Es extraordinaria, ¿verdad? Tan resistente como el acero pero la mitad de pesada. Bulma tardó mucho en forjarla.
Dejo de mirarlo y ejecuto una estocada al frente, enarcando las cejas por la sorprendente rapidez del movimiento. Es como si de pronto mi fuerza y mi habilidad se hubieran duplicado.
Ahora comprendo muchas cosas. Su celo cuando intenté levantarla del suelo aquella tarde o su desesperación tras el robo… Esta espada es en sí misma un temible aliado, multiplicaría las posibilidades de cualquier ejército en una batalla… ¡Haría a Freezer invencible!
Sin mover los pies, la esgrimo con soltura al frente en un combate imaginario, fascinado por mi recién adquirida facilidad para avanzar, retroceder o atacar.
—Cientos de espadas como ésta y otras muchas armas han sido forjadas durante el invierno en las herrerías de Chikyuu con el fin de asaltar Shakkotsu. —Sus palabras son como recibir un balde de agua fría. Detengo de golpe mi solitaria lucha y lo encaro perplejo. Escuchándolo, por primera vez desde que lo conozco, con manifiesto interés—. Yo no entiendo demasiado de ajedrez pero Bulma dice que, a veces, hay que rendir algunas piezas para que tu adversario se confíe sobre el tablero y no se percate de tu jugada. ¡Un jaque mate bien merece el sacrificio de una reina! Nunca fue su intención doblegarse a Hyogen pero sabía que no estábamos preparados para desafiarlo y afrontar una guerra, necesitábamos ganar tiempo y eso fue, precisamente, lo que aceptar el acuerdo con Freezer nos proporcionó: tiempo. En su ambición nos dio la excusa perfecta para poder fabricar nuestras armas sin levantar sospechas e incluso nos facilitó el camino para llevarlas junto a nuestras tropas hasta Shakkotsu. Te aseguro que cuando los barcos fondeen pasado mañana en la playa y los cientos de soldados que viajan ocultos en sus bodegas desembarquen, va a llevarse la mayor sorpresa de su miserable vida.
Apenas puedo creer lo que me cuenta. Trato de enfocarme en Freezer, en la repercusión que tiene todo lo que acaba de revelarme, en el giro que súbitamente han tomado las cosas… Pero es inútil. Siento la rabia y la confusión palpitar con fuerza en el pecho mientras una neblina roja de ira emborrona la visión.
"¡Endiablada mujer!"… La odio. Es humillante la manera en que ha logrado engañarme desde el principio. "¡Engañarnos a todos!" Debería matarla por eso… Por mentirme, por hacerme sentir ahora el peor de los imbéciles, por la punzada de orgullo y el súbito alivio que experimento… Es como… como si de repente el caos comenzara a ordenarse en mi mente, como si todas las piezas de mi vida encajaran al unísono.
Y a pesar de la furia que hierve en mis venas y arterias a punto estoy de dejar escapar una sonora carcajada.
"¡Endiablada y loca mujer!"
Relajo los dedos que hormiguean por la fuerza con que mi mano ciñe la empuñadura y trato de centrar mi atención en Kakarotto.
—Pero en este caso a tu adversario aún le quedan las torres. —Mascullo y alza una de sus cejas inquisitivo, sin acabar de entender el símil—. Tener armas como ésta —apostillo, blandiendo la espada en sus narices—, no evitará vuestra derrota. Si sois tan listos para tramar algo así deberías saber que Shakkotsu es inexpugnable. En cuanto se encierre en su madriguera será imposible llegar hasta ese asqueroso reptil. Esperará tranquilo a que sus tropas, desplegadas ahora a orillas del Antei y en las tierras altas, levanten sus campamentos y marchen sobre vosotros, triplicándoos en número. No tenéis ninguna oportunidad.
Él sonríe abiertamente y fija la vista en la maqueta situada en el centro de la sala. Me da la espalda, caminando despacio hasta ella para detenerse al borde de la mesa sobre la que se extiende.
—La tendremos en cuanto consigamos hacernos con la fortaleza. El ejército de Freezer se abastece de mercenarios y soldados de fortuna que no seguirán arriesgando su vida cuando su benefactor haya caído. —Explica como quién recita una lección aprendida y apoya su dedo índice en la figura de madera que reproduce Shakkotsu.
—¡No me escuchas! —Gruño frustrado, recorriendo la escasa distancia que nos separa en tan sólo un par de zancadas. Estudio por veinteava vez esta noche el tablero—. ¡No se puede entrar en Shakkotsu!
—La muralla es mucho más baja en la parte de las terrazas y desciende casi hasta al nivel del mar. Las torres no tendrán problemas ahí. —Dice, ignorándome por completo, al tiempo que arrastra una de ellas hasta el lugar indicado.
Miro el color azul sobre el que ha dejado la pieza y enfrento su mirada. Mis labios se tuercen a un lado en una irónica mueca.
—Ese sí es un buen plan. —Suelto condescendiente con todo el sarcasmo del que soy capaz—. Lástima que las torres de asalto no "floten". —E ilustro mis palabras volcando la figura que acaba de mover—. ¿Cómo tenéis pensado llevarlas hasta la muralla? ¡¿A nado?! —Mi estridente y sardónica risa reverbera en las paredes de roca. Él no se inmuta, ni pierde un ápice de la serenidad que exhibe su rostro.
—¿Te gusta la astronomía? —Cuestiona, haciendo caso omiso a mi carcajada que la sorpresiva pregunta consigue ahogar de inmediato.
Mis dedos se aprietan alrededor de la empuñadura. "A qué viene semejante idiotez…", y angosto los ojos, clavándolos en él que desvía de inmediato su atención a la ventana y echa a andar. Lo sigo con la vista mientras atraviesa la habitación para detenerse frente a ésta.
—Pasado mañana es el equinoccio de primavera. —Musita, contemplando ensimismado el firmamento y arrugo el entrecejo, buscando algún sentido a sus palabras. Observa el cielo unos segundos más—. ¿Hace cuánto que no te fijas en la luna? —Pregunta, volteándose y ampliando esa sonrisa que tanto odio en su rostro.
Atravieso con el corazón en un puño los pasillos de Shakkotsu, acompañada por el rumor de las olas que se filtra entre las rendijas de la roca entreverado con los susurros lúgubres de aquellos que piden la muerte desde las entrañas de la fortificación. A pesar de que la primavera y el buen tiempo están cerca el aire frío cala hasta los huesos, erizando la piel, y la atmósfera viciada huele a salitre y moho. Por muchos años que viviera aquí, nunca acabaría de acostumbrarme a esta desolada fortaleza en la que el miedo puede respirarse y te acecha en cada esquina, en cada sombra siniestra que la luz de las antorchas proyecta a tu alrededor.
Aunque esta noche, apenas soy consciente de lo que me rodea y dejo que sea el instinto quién guíe mis pasos a través de oscuros corredores hasta el único lugar donde en estos momentos quiero estar.
Me detengo frente a la puerta y mis ojos se quedan anclados en la misma. Los nervios palpitan en las sienes mientras extiendo mi mano para acariciar la madera. No pienso en nada concreto, únicamente siento el roce de la lisa superficie en las yemas que van deslizándose con lentitud hasta el pomo. Son muchas las veces en los últimos meses que he querido y necesitado venir hasta aquí pero hoy es la primera vez que lo hago. No sé el porqué y tampoco me importa demasiado. Esta noche ya nada me importa demasiado.
Inhalo en profundidad y mis dedos aferran con fuerza la manilla, sin decidirse a hacerla girar. Soy consciente del miedo que atenaza mis músculos, un miedo instintivo e irracional, una incertidumbre a que voy a encontrar que escapa a mi control y vacía el estómago. Mis parpados caen pesadamente y contengo el aire en los pulmones, insuflándome valor mientras empujo la puerta para entrar en la habitación, cerrándola a mi espalda.
Los ojos tardan en acostumbrase a la luz que la luna arroja a través de la ventana y mi vista se pasea en la penumbra detallando la silueta de los escasos muebles que se recortan entre las sombras. A primera vista, todo sigue tal y como lo recordaba… No puedo evitar estremecerme. Incluso en la chimenea se adivinan los restos de ceniza que el fuego dejó aquella noche.
Durante mucho rato no me muevo y permanezco de pie junto a la puerta con la mirada pedida en la oscuridad. Cierro los ojos y dejo que su presencia me envuelva. Es casi como si pudiera sentirlo a mi espalda. Aguanto estoicamente el hormigueo que recorre las extremidades y muerdo con ansia mi labio inferior, esperando. De un modo absurdo estoy convencida de que en cualquier momento sus manos rodearán mi cintura para pegarme a su cuerpo...
El sabor metálico de la sangre en la boca me hace reaccionar. Paso la lengua por la herida, mordiéndome de vuelta los labios y enfrento la realidad de una habitación que sigue vacía. Me obligo a avanzar, arrastrando cansinamente los pies hasta la cama para sentarme en el borde de la misma. La vista se clava la pared que tengo en frente y un escalofrío recorre la columna. El recuerdo es demasiado vivo.
Sin dejar de mirar la pared, deslizo despacio la palma por encima de las sábanas y el roce me devuelve infinidad de caricias y gemidos. Mi cuerpo tiembla de dentro a fuera y la punta de los dedos topa con la almohada. Confusa, vuelvo la mirada, dejándola fija unos segundos antes de arrastrarla por sobre el colchón hasta mi regazo. La levanto, sujetándola con ambas manos y hundo la nariz en ella.
El estómago se aprieta un poco más. Huele a él. Todo huele a él.
Me dejo caer atrás, abrazándola en mi pecho y cierro los ojos. Mi pensamiento vuela a aquella tarde en que lo vi por primera vez, cuando quizás aún podría haber cambiado las cosas. Si tan sólo en ese momento hubiera sido capaz de adivinar lo que estaba sintiendo...
"La biblioteca siempre ha sido uno de mis lugares favoritos en Chikyuu, quizá porque desde niña he pasado muchas horas junto a Goku y Chichi entre estas paredes revestidas de altas librerías de caoba delicadamente tallada que almacenan cientos de volúmenes y pergaminos pulcramente ordenados en sus estantes. Sentada en uno de los cómodos sillones orejeros que hay frente a la chimenea empotrada entre las estanterías, con ellos dos a mis pies sobre la gruesa alfombra de lana azul, o jugando al ajedrez en la mesa central de consulta que se usa también como escritorio. Son tantas las veces en que he corrido a esconderme en el altillo superior que acumula muchos más libros y al que se accede mediante una escalera de caracol situada a la derecha de la puerta… A pesar de la situación no puedo contener una parca sonrisa. Nunca lograron encontrarme ahí.
Mi padre se halla sentado en uno de los sillones que ha volteado hacia la ventana junto a la que me encuentro y Gyumao permanece de pie frente a él. Devuelvo la vista al exterior. A través de los cristales se ven las altas cumbres cubiertas ya por las primeras nieves que anuncian el inminente invierno. Aunque estoy escuchando la conversación, no lo hago con demasiado interés. Mi mente continúa puesta en el hombre que Lord Freezer ha enviado para llevarme a Shakkotsu… La manera en que me ha mirado, la forma en que yo lo he mirado a él, el cúmulo de sensaciones que he experimentado... Es como… Cierro por un instante los ojos… No puedo explicarlo. Como si no fuera la primera vez que lo veo, como un recuerdo que no acaba de despertar o una imagen que no significa nada y que sin embargo está ahí, latente en la memoria...
—Lo difícil no será engañar a los emisarios que Hyogen envíe para comprobar el cargamento, tendremos armas que mostrarles e incluso dado el caso podríamos intentar sobornarlos. No es un hombre que atesore demasiadas lealtades. —Oigo decir a Gyumao—. El verdadero problema radica en poder atacar la fortaleza una vez que nuestras tropas hayan desembarcado.
—Fabricaremos torres de asalto para eso. —Le interrumpe mi padre—. Podemos cargarlas desmontadas en las naves y armarlas en la playa utilizando los mástiles de los barcos para izar un piso sobre otro. Se ha hecho en otras ocasiones.
—Nunca con esa altura. —Apunta dubitativo Gyumao y deja pasar unos segundos antes de volver a hablar—. Además, arrastrar torres tan pesadas sobre la arena hasta la base del muro es imposible.
—¡Entonces las haremos más bajas y las llevaremos a la parte trasera de la muralla! —Apostilla con cierta irritación y mucha vehemencia mi padre.
El silencio reina de nuevo en la biblioteca y mi mente vuelve a sus ojos negros e intensos clavándose en mí, a su inquietante mirada. Algo revolotea en mi vientre y respiro en profundidad para paliar la sensación de vértigo.
—Sabes que eso es imposible. —Responde el general en un susurro que me cuesta entender. La luna anaranjada del atardecer va alzándose en el cielo a medida que el horizonte engulle el sol…
—¡Por todos los diablos, Gyumao! Deja de decirme lo que no se puede hacer. —Grita mi padre exasperado, sobresaltándome y haciendo que me voltee a mirarlos—. Se trata de mi pueblo. ¡De mi propia hija! —Sus dedos se crispan aferrando los antebrazos del sillón y su respiración se acelera. Parece a punto de perder el control. Nunca le imaginé capaz de dirigirse así al que, estoy segura, considera su amigo—. Durante años fuiste uno de los mejores y más leales comandantes de Lord Freezer, has guiado a su ejército a través de Maborishi y las tierras bajas en infinidad de ocasiones. Viviste allí y conoces Shakkotsu como la palma de tu mano. ¡Tiene que haber una maldita forma de entrar! —Su voz está cargada de reproche—. ¡Encuéntrala!
Pestañeo varias veces perpleja y observo al general que aguanta estoicamente los gritos y aprieta sus puños con desesperación a ambos lados del cuerpo mientras esconde la cabeza entre los hombros para evitar enfrentarlo. Muchas veces antes había oído historias acerca del turbio pasado que carga a sus espaldas pero hasta este momento siempre pensé que no eran más que rumores, invenciones absurdas alimentadas por su feroz apariencia. Me resulta imposible de creer que la persona afable y alegre con la que he compartido tantas tardes de juegos en mi infancia haya podido servir a las órdenes de ese déspota sin escrúpulos y participar en atrocidades como las que se le atribuyen al ejército de Hyogen.
—Lo…Lo siento. —Sisea en un hilo de voz, sin despegar sus ojos del suelo. Es triste ver un hombre con semejante corpulencia física a punto de quebrase, no debe ser fácil vivir con algo así en tu conciencia. Por un momento, pienso si Chichi conocerá la verdad acerca del pasado de su progenitor, quizás de ahí su reticencia a dejarla venir conmigo a Shakkotsu.
Mi padre lo observa en silencio un par de minutos, que la tirantez y el nerviosismo convierten en horas, y su respiración y sus dedos van relajándose a medida que pasan los segundos. Finalmente se levanta e inhala resignado, antes de acercarse a él.
—No es culpa tuya. —Declara ya más calmado, llevando la mano derecha al hombro de Gyumao que parece encogerse aún más ante su gesto, y continúa caminando hasta la mesa central donde se encuentra la espada que he forjado—. La aleación de Bulma hará nuestras armas más livianas y resistentes y a nuestros soldados más diestros y rápidos. —Dice, pasando con lentitud dos de sus dedos por sobre la pulida hoja que reposa en la madera—. Podemos armarnos y llevar nuestro ejército hasta Hyogen sin levantar sospechas pero… —Hace una breve pausa y se voltea encarándonos a ambos—, eso no es suficiente. Si no encontramos la manera de atacar Shakkotsu, no habrá nada que hacer. —Musita y el silencio vuelve a cernirse a nuestro alrededor. Es un silencio desesperado, cargado de frustración e impotencia. Siento como se forma un nudo en mi garganta. Lleva razón, si no podemos hacernos con la fortaleza ya hemos perdido.
En el fondo, estaba convencida desde el principio que nos aferrábamos a una ilusión. Tenemos las armas y quizá el coraje necesario para atacar pero una guerra no se gana sólo con fuerza y valor. Debes conocerte a ti mismo y conocer también a tu enemigo*. Y en este caso el oponente ha resultado inexpugnable. Miro con preocupación a mi padre, absorto ahora en sus propios pensamientos. Parece haber envejecido años en pocas horas. Sus arrugas se han acentuado y unas pronunciadas ojeras se marcan en su rostro. Se le ve tan cansado… Dejo caer los párpados… Yo también lo estoy.
—Si tan sólo… —Balbucea de improviso Gyumao acaparando de vuelta mi atención. Con la mirada perdida en el suelo, parece estar pensando en voz alta—. Si tan sólo la marea bajara tanto como aquella noche tendríamos una oportunidad.
Las pupilas de mi padre se dilatan, fijándose con sorpresa en él y espera pacientemente a que continúe, pero no lo hace.
—De qué estás hablando. ¿Qué noche? —Pregunta desconcertado dando un par de pasos hacia el general que aprieta aún más los puños a ambos lados del cuerpo—. ¿Qué noche, Gyumao? —Repite con cierta ansiedad
El corazón comienza a latirme algo más deprisa por la expectación, levanta la vista para encararlo y deja pasar unos segundos antes hablar.
—Hace muchos años… casi diecinueve, hubo una noche en que el nivel del mar bajó tanto que dejó por completo al descubierto la fortaleza. Lo recuerdo como si fuera ayer. —Explica, frunciendo la frente en aptitud reflexiva—. En la mañana las aguas subieron hasta casi cubrir la playa, dejándonos aislados y cuando llegó la bajamar se retiraron por detrás de la muralla posterior. Fue algo insólito y aterrador. Lo interpretamos como un mal augurio. Muchos abandonaron Shakkotsu despavoridos y el resto pasamos la noche en vela, observando con miedo y nerviosismo como aquel fenómeno extraño dejaba ver parte del fondo marino, esperando temerosos el amanecer, convencidos de que las aguas acabarían por engullirnos entonces. Incluso Lord Freezer se mantuvo despierto y atento a lo que sucedía. —Y devuelve los ojos al suelo. Mi padre y yo nos miramos confusos antes de retornar la vista al general que se queda concentrado en sus recuerdos—. Jamás he estado tan asustado como entonces. —Revela en un murmullo y alza de nuevo su rostro—. Pero cuando salió el sol, la pleamar volvió a ser la misma de siempre.
—¿Qué fue…? —Trago para templar la voz—. ¿Qué fue lo que hizo bajar tanto el nivel del mar? —Pregunto nerviosa y me encara para enseguida devolver la atención a mi padre.
—No lo sé. —Confiesa abatido—. Nunca lo he sabido. Con el tiempo aquello cayó en el olvido pero yo estaba seguro, aún hoy lo estoy, de que se trataba de una advertencia, un aviso del destino. Por eso me decidí a abandonar Hyogen. —Musita, mirándonos alternativamente a mi padre y a mí—. Pensareis que estoy loco pero no fue sólo la marea. Era el silencio, la ausencia del crepitar de las olas en la roca, la luna… —Deja caer los parpados—. La luna era enorme aquella noche, mucho más grande de lo habitual. Brillante, redonda, blanca y estaba tan cerca que hubo un momento en que incluso parecía posible poder acariciarla con la mano.
Mis ojos se desvían a la lejana luna roja que se alza en la puesta de sol y miro de vuelta a mi padre que luce una sonrisa de entendimiento.
—En perigeo. —Afirma y asiento débilmente con la cabeza. Sus pupilas brillan de un modo especial y en su frente se multiplican las arrugas como si estuviera esforzándose por recordar algo—. La luna llena estaba en perigeo… —Susurra para sí mismo mientras se encamina con rapidez hacia las librerías y empieza a rebuscar desesperado en los estantes, lanzando a su paso libros y pergaminos al suelo.
Gyumao observa entre perplejo y asustado su reacción y devuelve la vista a mí en busca de una respuesta.
—Aquella noche la luna llena estaba en su punto más cercano al planeta, por eso te pareció más grande. —Explico y me detengo a pensar unos segundos—. Aunque estuviera en perigeo e influyera en la marea, por sí solo ese fenómeno no la ampliaría tanto. —Reflexiono en voz alta, mirando interrogante a mi padre que da la sensación de haber perdido por completo el juicio.
—¡Aquí está! —Grita, entusiasmado. Al parecer ha encontrado lo que buscaba—. ¡Lo haría si además ese día el sol también estuviera muy próximo! —Me contesta, acercándose a la mesa con un pergamino y desplegándolo nerviosamente sobre la misma—. ¿Estoy en lo cierto Gyumao? —Pregunta despreocupadamente, concentrándose al momento en el documento que tiene delante.
Toma una de las plumas del escritorio, su ceño se frunce y comienza a hacer anotaciones en el margen del papel mientras uno de sus dedos se mueve trazando invisibles líneas en éste. Miro inquisitiva al general que me devuelve la mirada confuso, asintiendo levemente con la cabeza.
—Era el equinoccio de primavera. —Murmura por lo bajo, haciendo que mi corazón se detenga un momento para volver a latir mucho más rápido. Si eso fuera posible…
—¡Lo sabía! —Exclama mi padre al escucharlo—. Acercaos. —Nos llama, sin dejar de anotar y contar por lo bajo y ambos nos aproximamos con rapidez a la mesa. Enseguida reconozco el calendario lunisolar, cinco círculos concéntricos divididos en porciones más pequeñas repletas de letras y símbolos que no he acabado nunca de entender.
—Esta es la fecha. —Anuncia sin despegar los ojos del pergamino, señalando en el mismo un punto concreto en el círculo por sobre la que creo es la constelación del gallo—. Si tenemos en cuenta que las fases de la luna se repiten para los mismos días trascurridos diecinueve años. —Hace un par de anotaciones más y suelta la pluma, quedándose callado mientras repasa mentalmente los cálculos antes de encararnos muy serio. "Demasiado serio…", me digo. El estómago se estruja y aprieto los dientes, tratando de contener la tensión —. El fenómeno tendría que volver a darse… —Devuelvo los ojos a la mesa y sigo el movimiento de su dedo que se desliza en diagonal sobre el papel hasta detenerse en la casa del dragón—. ¡La próxima primavera!
Apenas puedo creerlo. Levanto la mirada y le veo esbozar una triunfal sonrisa. Cierro los ojos y respiro aliviada antes de sonreír yo también. Puede que no todo esté perdido…"
La luna se difumina en el cielo plomizo y etéreo del amanecer mientras el sol traza en el horizonte sus primeras pinceladas de luz por sobre las dunas del desierto cuyas crestas van adquiriendo el color dorado de la arena. El frío de la noche todavía se hace notar, aunque la ausencia de nubes anuncia una calurosa mañana. A pesar de lo intempestivo de la hora todo el mundo parece despierto y la ciudadela es un maremágnum de soldados que se preparan para nuestra partida, moviéndose de un lado a otro del patio donde las hogueras han dejado un reguero de humeantes cenizas en las que ya nadie parece reparar.
Desde la primera terraza contemplo entusiasmado la frenética actividad. Hombres cargando carros y afilando sus espadas, reparando sus escudos o intentando buscar un lugar donde acomodarse y esperar. Nunca había visto algo así. Centro mi atención en la corpulenta y calva figura de Nappa que no deja de gritar y blasfemar a su alrededor, pendiente de todos los detalles. No sé si será un buen luchador, todavía no le he visto pelear, pero sus dotes organizativas son envidiables. Cuándo hace tres horas, justo antes de entrar a la reunión en la que el consejo de Namek decidió que su ejército también se uniría a las tropas de Chikyuu en su asalto a Shakkotsu, Vegeta le dio la orden de partir al amanecer pensé que era imposible. Ahora sé que me equivocaba.
Menos ruidosos pero mucho más eficaces a la hora de organizarse han resultado los namekianos que se hayan reunidos en uno de los laterales del patio. Algunos se encuentran sentados con las piernas cruzadas al frente y parecen meditar mientras otros ultiman los preparativos de sus flechas y arcos. No llevan casco ni armadura, tan sólo un turbante del mismo color blanco que sus largas capas de anchas hombreras que dejan entrever el tono añil de sus vestimentas. No puedo evitar una sonrisa. Pulcramente uniformados y en silencio, contrastan demasiado con el heterogéneo y caótico hormiguero que Nappa se afana en ordenar.
—Hasta que te apareces. —Oigo decir a alguien a mi espalda y me giro para ver de quién se trata. Sosteniendo su peso en la pared, con la mano izquierda ciñendo el antebrazo derecho y una botella en ésta hay un saiyajin observándome fijamente.
Lo miro sorprendido y tardo en reconocerlo. "No puede ser", me digo. Pero sus ojos, la nariz afilada y ese picudo cabello tan parecido al mío, aunque mucho más largo…
—¿Ra… Raditz? —Vacilo. En el fondo estoy convencido de que se trata de mi hermano.
—¡El mismo que viste y calza! —Exclama, luciendo una sonrisa ladeada que encaja a la perfección en su feroz apariencia—. Tus amigos de Chykiuu tardaron mucho en decidirse. Incluso llegué a pensar que no harían nada.
Apenas escucho el reproche. No puedo creer que sea él. Siempre quise saber que fue de mi padre y de mi hermano pero después de diecisiete años había perdido toda esperanza de encontrarlos algún día y el tiempo, se ha encargado de desdibujar su recuerdo en mi memoria. Así que, el hecho de tenerlo frente a mí me resulta tan inverosímil que no se me ocurre qué decir o qué hacer. Ni tan siquiera sé lo que siento al respecto. Mi mente se ha quedado en blanco, incapaz de asimilar el momento.
—Pensé… pensé que estabas… —No puedo evitar que mi voz se entrecorte nerviosa y la respiración se acelere fruto de la emoción y la confusión.
—¿Muerto? —Concluye la frase por mí, levantando las cejas. Clavo la mirada en la suya y afirmo débilmente con la cabeza. Ha sonado ridículo. Tantas cosas que podría decirle, tantas preguntas por hacer y respuestas que necesito y lo único que se me ocurre es balbucear algo tan absurdo cómo eso—. Pues ya ves que no. —Asegura—. A menos claro, que yo sea un fantasma y tú estés teniendo una pesadilla. —Y vuelve a sonreír de medio lado.
Mis ojos se abren asombrados ante esa posibilidad y supongo que mi cara es un poema. Él estalla en una sonora y corta carcajada por mi reacción.
—No es más que una broma para relajar el ambiente. Hasta donde sé, cuando me he levantado hace un rato todavía seguía vivo. —Y lleva despreocupadamente la botella que sostiene a los labios para dar un trago largo que le obliga a fruncir el ceño. Lo observo estupefacto—. ¡Argg! No está mal este licor namekiano, algo fuerte. —Restriega su boca con la mano al tiempo que se yergue y camina con seguridad hasta donde me encuentro. Suerte que él puede moverse, en estos momentos yo sería incapaz de dar un paso—. Quién lo diría viendo la sobriedad de la que se rodean. Pero para serte sincero, prefiero el que destilan los hombres de las montañas. —Confiesa, deteniéndose a mi lado y ofreciéndome con un guiño la botella.
Yo no bebo y aunque lo hiciera es demasiado temprano, sin embargo tampoco quiero ofenderlo. En realidad estoy tan abrumado por su presencia y su actitud que no sé bien cómo reaccionar. Todo es demasiado extraño. Si me hubiera permitido alguna vez imaginar un reencuentro estoy seguro de que no tendría nada que ver con éste. Tomo por inercia la botella sin decidirme a dar un trago.
—Es para celebrarlo. —Quizás sea mi imaginación pero aprecio algo de sorna en su voz—. Claro que si no te alegras de verme lo entenderé.
Sus pupilas negras se anclan expectantes en las mías y espontáneamente me llevo el licor a los labios. Al instante perfila una aviesa mueca. El líquido abrasa la garganta y cae como una piedra caliente en el estómago, obligándome a toser cual desesperado para no ahogarme. Sin duda es lo peor que he probado en la vida.
Raditz se echa a reír a pleno pulmón, recuperando, antes de que la deje caer al suelo, la botella mientras no ceja de golpearme con fuerza en la espalda para ayudarme a volver a respirar.
—¡Si señor, ese es mi hermano pequeño! —Profiere sofocando la carcajada y me dedica por primera vez una sincera sonrisa que me llena de satisfacción. Me arden las entrañas pero ha merecido la pena.
Pone una de sus manos sobre la baranda y fija su atención en el enjambre de soldados que continúan con su frenética actividad en el patio. Vuelve a beber y parece abstraerse de la realidad que nos rodea. Durante un par de minutos nos mantenemos en silencio, asimilando cada uno sus propias emociones. A pesar del jaleo y las voces tengo la sensación de encontrarme muy lejos de aquí, en otro lugar, a solas con mi hermano.
"Mi hermano", que bien suena eso... Una duda me asalta de improviso y observo de refilón la expresión ausente de su rostro.
—¿Él…él también está aquí? —Pregunto en voz baja. No quiero estropear un momento en que sobran las palabras y los gestos pero necesito saberlo.
—¿Bardock? —Cuestiona, encarándome y se mantiene callado. Por un instante la tristeza parece titilar en sus pupilas. Es un brillo efímero pues su mirada enseguida se endurece—. Bardock hace diecisiete años que no está en ningún lado. —Dice, dando otro trago. A pesar de la indiferencia que ha impreso en su respuesta sus dedos se han crispado entorno a la baranda.
No sé como sentirme respecto a la noticia. Pocas veces me permitido pensar en esa posibilidad pero no puedo decir que me sorprenda. Me doy cuenta de que, inconscientemente, siempre he estado convencido de que mi padre estaba muerto. La garganta se congestiona y percibo una presión en el pecho, porque una cosa es imaginarlo y otra muy distinta escuchar la realidad en voz alta. Miro a mi hermano que ha devuelto la vista al frente y no parece tener ganas de seguir hablando sobre ello, de modo que me muerdo la lengua y me abstengo de preguntar nada más. Supongo que ya habrá tiempo para explicaciones.
—¡Raditz! —Gritan de repente desde el centro del patio y Nappa levanta la cara al lugar donde nos encontramos—. ¡Deja de intentar escaquearte y mueve tu perezoso culo hasta aquí! Necesitamos ayuda con esos arietes.
Éste parece volver en sí y muda al instante su semblante, dedicándole una cáustica sonrisa al tiempo que lleva con descaro su mano a la frente, saludándolo militarmente. Incluso desde el primer piso puedo oírlo maldecir.
—¿Dónde está Vegeta? —Pregunta a voces y por primera vez me percato de la ausencia del príncipe de los saiyajins.
—¡Eso no es de tu incumbencia! —Vocifera Nappa visiblemente enojado. Me doy cuenta de que la conversación está atrayendo la curiosidad de muchos de los reunidos en el patio—. Tenía cosas que hacer. —Apostilla y aunque yo no he apreciado una segunda intención en sus gritos, una mueca de entendimiento cruza el rostro de Raditz que perfila una sonrisa cómplice y satisfecha—. No me obligues a subir y patearte el trasero. ¡Baja de una jodida vez!
Bufa fastidiado y endereza cansinamente la espalda, volteándose para encararme.
—Será mejor que vaya antes de que se decida a cumplir la amenaza. Es un buen tipo pero carece por completo de sentido del humor. Se enfada con demasiada facilidad. —Hay cierta malicia en sus pupilas, casi como si fuera un niño que está a punto de cometer una travesura—. Ten, guárdala tú. —Me pide, tapando y tendiéndome la botella—. Todavía nos quedan muchas horas por delante hasta Shakkotsu y necesitaremos entretenernos en alguna cosa. No soy bueno hablando pero un trago siempre desata la lengua.
Observo como se dirige con calma a la escalera y me doy cuenta de que estoy sonriendo. Algo en mi interior me dice que conocer a mi hermano va a ser todo un descubrimiento.
"Hace frío. Desorientada, parpadeo varias veces antes de lograr enfocar la vista. Todavía puede verse la luna aunque la bruma y el acerado cielo me indican que está a punto de amanecer. Miro alrededor tratando de ubicarme pero lo hago demasiado rápido. La sensación de mareo es intensa y tengo que volver a cerrar los ojos para mantener la verticalidad.
Sé que estoy soñando y aún así es increíble la lucidez con la que siento y percibo las cosas. Abro los ojos de nuevo y en apenas unos segundos soy consciente del lugar en que me encuentro.
—¡Maborishi! —Exclamo y el hondo silencio que me envuelve se rompe.
Asombrada, llevo mi mano a la boca. Es la primera vez que puedo oírme y no me lo esperaba. Mi voz ha sonado algo tomada, como cuándo hablamos nada más despertar, pero estoy segura de haberme escuchado. Pasado el momento de turbación y sorpresa contemplo el paisaje que me rodea. Los árboles han recuperado las hojas y sus copas se entrelazan y crean en las alturas un tupido manto circundando la orilla del lago cubierta por una neblina densa que alcanza hasta mis rodillas. No puedo verme los pies pero sí sentir el roce húmedo y frío de la hierba en ellos. Un soplo de brisa me golpea el rostro y escucho el crujir de las ramas, balanceándose al compás de la misma.
"Podría quedarme aquí toda la vida", pienso.
Dejo caer los párpados e inspiro, llenando los pulmones de un aire fresco que huele a tierra mojada. El viento hace ondular mis cabellos trayendo consigo un lamento lejano y monótono que emerge de las profundidades de la arboleda y va poco a poco arropándome.
Me está hablando, reconozco mi nombre en su voz y abro los ojos perezosamente.
Por un segundo dejo de respirar.
Frente a mí, la calima se dispersa revelando en la orilla del lago una silueta. Los músculos se tensan a medida que la luz tenue del amanecer dibuja su figura. La amplia espalda, las manos empuñadas a lo largo del cuerpo, la llama de cabello que cimbrea por la brisa…
—Vegeta. —Y el susurro que escapa de mis labios es coreado desde la entrañas del bosque.
El primer impulso es correr hasta él pero el cerebro se bloquea y mis piernas se niegan a moverse. Los latidos aumentan vertiginosamente retumbando con fuerza en los oídos y tengo que apretar los dientes para amortiguar el incesante martilleo.
"No es más que un sueño". Me repito una y otra vez buscando serenarme. "Sólo eso, un sueño…" Un sueño lúcido y efímero del que despertaré enseguida.
Con la mente vacía, detallo hipnotizada su figura esperando que se desvanezca en cualquier momento y cuando me doy cuenta ya estoy caminando. Intento detenerme pero no puedo, es como verme a mí misma desde fuera, como ser una mera espectadora de mi cuerpo que avanza sin remisión. Él continúa dándome la espalda, inmóvil, con el viento meciendo suavemente sus cabellos como único vestigio de no ser una estatua tallada en piedra.
El tiempo y el espacio se difuminan a cada paso que doy y dejan de tener importancia, apenas medio metro nos separa, levanto mi mano temblorosa que se queda a escasos centímetros de tocarlo.
No puedo tocarlo, por muy irreal que sea no quiero hacerlo y que desaparezca. Aún no.
—Vegeta. —Le llamo de vuelta en apenas un murmullo audible que el eco de Maboroshi se encarga de amplificar y de improviso gira sobre sí mismo y me enfrenta. Mis ojos se quedan varados en los suyos durante una eternidad y mi mano, aún levantada, se estira un poco más hacia él.
Una corriente recorre la columna y llevo maravillada la vista a mi muñeca que ha tomado con firmeza sin permitirme acunar su mejilla. Mi corazón se acelera de nuevo mientras una vibrante energía parece rodearnos. ¡Lo estoy sintiendo! Y el calor se expande como una ola en mi interior. Siento la tibieza de su palma sobre la piel… Devuelvo la vista a su rostro, esbozando una sonrisa que ni tan siquiera llega a formarse en mis labios. A pesar de la impasibilidad que exhibe, su mandíbula se ha tensado y sus ojos traslucen una ira apenas contenida. Pestañeo desconcertada, sin entender demasiado bien que está pasando.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —Escupe de repente, convirtiendo su mirada en una delgada línea negra. Ha sonado frío y distante y a pesar de todo me doy cuenta de cómo he añorado su voz. Por un momento quiero reírme de mí misma y mi subconsciente—. ¿Te planteaste alguna vez decírmelo? —Pero percibo con nitidez en las entrañas la rabia y el resentimiento. El estómago se estruja y es tan real que me obliga a contener la respiración.
Lo miro turbada, perdida en sus ojos, en el contacto de su mano, en su olor, e insensatamente mi obnubilada mente se aferra con desesperación a la posibilidad de que esto no sea sólo un sueño. Quiero creer que no lo es, necesito creer que estoy despierta.
—No… —Titubeo y trago para poder hablar. Ni tan siquiera sé que estoy o voy a decir pero de algún modo tengo que llenar el inquietante silencio que el bosque ha dejado al enmudecer—. No lo entiendes. Estaba confusa, apenas te conocía y…
—¡¿No me conocías? —Me corta con ese sarcasmo amargo que tan bien recuerdo e incluso eso hace me hace estremecer—. Pues yo diría que me conoces bien. "Muy, muy bien". —Recalca en un susurro insinuante y ronco que eriza mi piel.
Sus ojos están puestos en mí. Ira, impotencia, furia, temor, rechazo, angustia, deseo, deseo… Experimentar sus emociones y las mías al tiempo me aturde. Es como tratar de mantener el equilibrio al borde del precipicio y querer saltar al vacío a la vez.
—Iba a contártelo la noche en que desapareciste. —Articulo sin conseguir todavía que mi voz sea más que un murmullo apagado.
—¡Sí claro, muy oportuno! —Bajo su ceño fruncido la mirada se endurece—. No me mientas. —Sisea, arrastrando las palabras en una advertencia airada y cierra su mano aún más en torno a mi muñeca.
Frunzo una mueca de dolor de la que ni tan siquiera parece percatarse. Sus ojos continúan fijos en los míos. Negros, inculpatorios, cargados de rencor y en lo único que puedo pensar es en que deje de mirarme así, no soporto que me mire así. Mi mandíbula se tensa. No tiene derecho a mirarme así.
—No estoy mintiendo. ¡Es la verdad! —Afirmo, sobreponiéndome. Mi mente empieza reaccionar quizá por eso no ha sonado como una excusa. No necesito excusarme. Y él deja escapar una sardónica carcajada que se torna peligrosa cuando la ahoga en apenas unos segundos. Sus pupilas se dilatan y sus rasgos se contraen por el acceso de cólera.
—¡No me gusta que me tomen por imbécil! —Estalla violentamente sin aflojar su agarre. Sigue haciéndome daño—. Pudiste contármelo. Tuviste más de una ocasión para hacerlo. Mil veces te pedí que no te acercaras a mí y me buscaste. ¡Tú me buscaste! —Acusa. ¡Hasta en sueños es un cretino egocéntrico!—. Te di la oportunidad de marcharte aquella noche y decidiste no hacerlo. Te dije que no había vuelta atrás. ¡Te lo advertí y aceptaste! —Y siento como a cada grito la indignación va tomando poco a poco el control y opaca toda la sensatez y cordura que han prevalecido en mis pensamientos hasta el momento—. ¿Y qué hiciste? ¿Eh? ¡¿Qué hiciste?! ¡Engañarme! Igual que me engañas ahora. ¡Nunca, nunca tuviste la intención de confiar en mí!
¡Hipócrita! ¡Soy yo la que tendría que estar enfadada! La rabia pulsa en mi pecho. Esa rabia de las primeras semanas de ausencia cuando el resentimiento aún pululaba entre cientos de ideas que se agolpaban en mi cabeza. Apenas si puedo contenerme. Me da igual si esto es un maldito sueño o la más aplastante realidad. Son demasiados meses de incertidumbre sin saber que está pasando en Chykiuu, de morderme la lengua, de angustia, de miedo a ser descubierta, a que Freezer intentara tocarme de nuevo, a no volver a verlo. Demasiados días de frustración y espera. Ya no puedo más.
—¡Y por qué fiarse de alguien que sólo se preocupa de sí mismo! —Estoy gritando, es la primera vez que grito en meses, la primera vez que le grito a él—. Cómo confiar en quién te utiliza, juega contigo y te aparta cuando ha obtenido lo que quería. Te has parado a pensar en que se siente al creerse usada de esa manera. —Y con cada voz algo se va aflojando en mi interior—. Te marchaste sin más. ¡Ni tan siquiera me diste la oportunidad de poder explicarme!
—Ibas a casarte con él. ¡Te casaste con él a pesar de todo! Aún sabiendo lo que significaba te rendiste a Hyogen. ¡Maldita sea! —Sus emociones se desbocan en mi vientre y el aire que insuflo en los pulmones se vuelve insuficiente. Apenas lo escucho. De un aspaviento libero mi mano y aunque no soy consciente sólo lo logro porqué su agarre se ha vuelto más suave.
—Tú, tú y tú ¡Siempre tú! —Vuelvo a gritar. Gritar se ha convertido de pronto en una liberación, en la vía de escape que necesito para drenar la tensión acumulada y la ansiedad—. Lo que tú piensas, lo que tú sientes, tú y Freezer, tú y ese condenado orgullo que no te deja ver más allá. Tenía que hacerlo. ¡Era la única manera de que él no sospechara nada! —Mis hombros suben y bajan espasmódicamente y sin darme cuenta he ido inclinando el cuerpo hacia delante en aptitud retadora. Su aliento lame mi rostro y dejo caer los parpados un segundo, disfrutando de ese calor tibio que exhala. Mi boca se seca y es como si de repente me hubiera vaciado por dentro y una inexplicable pena estuviera llenando el hueco con rapidez—. Sólo tenias que escucharme, sólo eso. Hablas de confianza pero dime uno, un solo momento en todos estos meses en que hayas creído en mí.
Mis ojos están fijos en los suyos y las manos hormiguean por la fuerza con que las empuño, a pesar de todo las aprieto un poco más para enfrentar su reacción, esperando la retahíla de voces y reproches pero él se mantiene callado, mirándome intensamente con una expresión indescriptible en el rostro. El silencio empieza a ser insoportable.
—También tenía que hacerlo. —Dice, al tiempo que su ceño se desfrunce. Ha dejado de gritar. Lo miro perpleja, sin acabar de entender a que se refiere—. Marcharme. Tenía que marcharme. —Aclara—. Esa era la única manera de evitarte.
El susurro del bosque vuelve a alzarse monótono y lejano a nuestro alrededor y sus palabras caen como una losa sobre los hombros. Tan demoledora y pesada que apenas si puedo sostenerla.
—¿Querías… Querías evitarme? —Musito débilmente. El suelo parece temblar bajo mis pies o quizás son mis rodillas o tal vez mi cuerpo entero que tirita. El desengaño es doloroso. Acabo de darme cuenta que desde el principio he tratado de engañarme y eludir la realidad. No hay nada más. Nunca ha habido ni habrá nada más, me he aferrado a un vínculo que sólo existe en mi imaginación. Ni tan siquiera la noche en que desapareció su rechazo fue tan evidente para mí. Ojalá ahora pudiera creer que esto es solamente un sueño y bajo la vista al suelo, incapaz de leer la verdad en sus ojos. No estoy preparada para eso—. Al final yo tenía razón. Siempre me has tenido miedo.
A pesar de haberlas pronunciado en alto esas palabras no son para él sino para mí. Al instante sus manos rodean mi cuello, obligándome a enfrentar su mirada.
—Te lo he dicho mil veces, no tienes manera de que te tenga miedo. —No es una amenaza, ni está apretando. Trago seco mientras sus pulgares acarician con enervante lentitud la piel de mi garganta—. Aunque en el fondo, Bulma Briefs, —el bosque corea mi nombre en el viento y sus ojos siguen en los míos. Tan negros, tan profudos—. Sí has resultado ser una mujer "peligrosa". — Y antes de que pueda reaccionar toma mi cara y su boca cubre con violencia la mía.
Mis músculos se aflojan y cierro con fuerza los ojos para tratar de controlarme. No quiero dejarme llevar, no quiero.
Pero es tan difícil.
La piel se eriza bajo sus dedos sin que pueda evitarlo. Una de sus manos ya está en la espalda y la otra sujeta con firmeza mi nuca. Atrapa mi labio inferior entre sus dientes y tira hacia afuera, ladeando el rostro. Su lengua irrumpe en mi boca y acaricia la mía. El corazón se acelera, latiendo con la misma pasión que él imprime en el beso. Resistirse es casi doloroso y a cada segundo mi voluntad se quiebra un poco más hasta derrumbarse estrepitosamente, haciéndose añicos.
Todo se vuelve borroso y desaparece dejando sólo su sabor y la calidez que irradia su cuerpo. Me siento perdida, intoxicada, pequeña, muy pequeña entre sus brazos y subo las manos hasta su pecho para aferrarme a la seda del kimono temiendo que mis piernas no puedan sujetarme.
Busco su lengua y gime en mi boca que se abre para la suya. Y hay profundidad, suave humedad, fricción y delirio. Mis dedos se crispan aún más sobre la tela. No pienso, no respiro, sólo lo beso. Lo beso y me besa porque es lo correcto, lo que tiene que ser, lo que nos hace volver a estar vivos.
Un ardor prende y consume mi vientre. Jadeo y jadea. Ya no son únicamente sus emociones o las mías, soy yo y es él. Lo estoy sintiendo a él.
Lenta y perezosamente abandona mis labios y no puedo evitar un gemido de protesta. Con desesperante calma recorre la mandíbula, deslizándose por el cuello hasta donde palpita mi pulso. Contengo el aire en los pulmones cuando la punta de su lengua roza ese punto y dejo escapar un suspiro ahogado de placer con la débil presión de los dientes mordisqueando la piel.
Hunde su rostro en el hueco de la clavícula y vuelve a morder al tiempo que inhala en profundidad. Su boca regresa a la mía y se queda ahí, rozándola mientras sus manos bajan por la espalda, tomándome de las caderas y pegándome por completo a su cuerpo. Mis ojos continúan cerrados pero no necesito ver. Tengo su sabor, su olor, el roce duro de su excitación a través de la ropa, el sonido desacompasado de nuestras respiraciones.
—Sabes que te odio, ¿verdad? —Susurra roncamente sobre mis labios dejándome absorta en el cosquilleo de su aliento.
—No, no lo haces. Lo intentas pero no se puede. —Mi boca acaricia la suya al contestar—. Lo sé, porque yo también lo he intentado. —Y le beso de vuelta, con premura, con desesperación, como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Quizá no estoy demasiado segura de que eso no vaya a ser así.
"Tú has de ser el que yo buscaba, o la que buscaba (llegó
hasta mí como en un sueño),
Yo, en alguna parte, sin duda, he tenido una vida gozosa
contigo,
Todo revive desde el instante en que nos cruzamos: fluidez,
afecto, castidad, madurez"
Hojas de Hierba. (Walt Whitman)
* "Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla." El arte de la guerra de Sun Tzu
"Bueno, aquí está la marisabidilla de siempre dando explicaciones", pensareis XD. En fin, lo siento pero no quiero que nadie se lleve a engaños. El plenilunio o la luna nueva coincidiendo con uno de los equinoccios provoca una mayor amplitud de mareas. Si además la luna llena estuviera en perigeo (su posición más cercana a la Tierra) las mareas serían excepcionalmente altas y bajas. Éste es un fenómeno poco frecuente que sucede aproximadamente cada 19 años, coincidiendo con el ciclo metónico de la luna. Además hay otros muchos factores que influirían en que la marea bajara tanto como la geografía costera, la presión atmosférica, las corrientes marinas etc… Pero como esto es un fic y no un tratado de astronomía, geografía o náutica supongamos que por una vez la suerte se aliará con nuestros protagonistas y para el equinoccio de primavera la luna llena en perigeo hará bajar lo suficiente la marea… O no. ¡Qué sabemos! ;D Y sí Bulma tramaba algo, era previsible, lo he dejado entrever casi en cada actualización.
Creo que no me quedan secretos por desvelar en este fic, así que ya debéis haber adivinado el final. "¡¿Y todavía quedan dos capítulos?" Cierto, me enrollo como una persiana. Eso me recuerda que debo disculparme también por haber tardado en actualizar pero me he propuesto que este fic tenga 21 capítulos (sin contar el prólogo), ni uno más ni uno menos, así que he tenido que condensar dos en uno para poder cuadrar los números y me armado un monumental lío (supongo que lo habréis notado) que he tardado semanas en tratar de desentrañar sin conseguirlo. Lo siento. Una última cosa, ("¡Dios, esta mujer no se calla nunca!" ). En relación a la última escena, algunas sentiréis que está de más, incompleta o que se me ha ido un poco la mano. ¡Y la cabeza! Puede ser, no acabo de estar segura, ya no estoy segura de nada, pero la tenía pensada así desde el principio y decidí arriesgarme. No voy a aclarar si es un sueño o no, tengo una teoría al respecto, y también una explicación, pero prefiero dejarlo todo a vuestra imaginación.
Gracias a Midory por el beteo y la paciencia y gracias también a: sakuno, Sakura-dono-Blacklady,MaTuR3, ka-mi-cin, marie. bora, Yiye, yiyu-saiyan, vsq81, Sara, lamu, NOMICA y Dramaaa por sus reviews.
A sakuno: Gracias por los reviews. Me alegro de que te gustara el capítulo y espero que éste no te resulte demasiado tedioso. La guerra a veces es muy aburrida. Un abrazo fuerte cargado de buena fortuna que vuela hasta Peru. ¡Cuídate!
A Sakura-dono-Blacklady: No te disculpes por no haber podido leer antes, soy yo la que debe darte las gracias por hacerlo, por comentar y por tu apoyo. A veces nos faltan horas al cabo del día. Créeme, sé lo que es eso. ¡Ah! Y no puedo olvidarme de felicitarte por tu graduación. ¡ENHORABUENA! De corazón te deseo que hayas disfrutado de un merecido descanso después del esfuerzo. Un abrazo fuerte y cuídate mucho. Mereces lo mejor.
A MaTuR3: En primer lugar millones de gracias por el review. ¿Qué te dije? ¿Ves cómo aprendo un montón leyendo tus comentarios? Tienes razón, mucha razón, ni Bulma ni Chichi se habían preocupado de cómo se siente Goku y tampoco es como si fuera todo culpa suya, ¿verdad? Al fin y al cabo sólo está confundido, no lo hace a propósito. Vamos a ver si en los capítulos que quedan podemos enmendar eso, o al menos vamos a intentarlo. Personalmente solía exasperarme en la serie, y sí, es despistado pero también ha demostrado que es noble y honesto y tierno y un montón de cosas más. Te mando un abrazo muy, muy fuerte y te doy las gracias por abrirme los ojos, a veces, como a Goku, a mí también me cuesta entender… ;DDD
A YIYE: ¡Mil gracias por el review! Pues sí, se acerca el final, de hecho sólo quedan dos capítulos más. No hay de qué preocuparse, puedo tardar mucho en actualizar pero tanto tú, como el resto de lectoras, merecéis un final así que no hay problema con eso. Conocía "La maldición de la flor dorada", la he visto como cinco veces y volví a disfrutarla cuando me la recomendaste. Muy buena, ¿verdad? Y muy inspiradora. Muchas gracias. Si te gusta Zhang Yimou (soy una incondicional de este hombre así que no te puedes hacer una idea de la emoción que sentí cuando mencionaste una de sus películas), me permitiré recomendarte "Hero". La historia no es gran cosa ya que el director sacrifica el guión en aras de conseguir una impactante composición de imágenes y colores, pero visualmente es una verdadera maravilla (quizá no tanto como "El camino a casa", no sé, eso es algo que llevo años sin acabar de decidir). Y no hablemos de tildes que faltan, ¡tendría que estar disculpándome a cada rato! Te mando un fuerte abrazo cargado de buena fortuna. ¡Aprovéchala!
A Sara: Querida Sara, mil gracias por el review. Te pido disculpas por tardar tanto en actualizar. Como lectora sé lo exasperarte que resulta tener que esperar para leer. De verdad intento hacer un esfuerzo para escribir más rápido pero no siempre lo consigo. En estos últimos meses me ha costando mucho concentrarme en esta historia. Espero que te guste este capítulo y prometo no tardar tanto la próxima vez. Un abrazo y mucha suerte.
A lamu: Mil gracias por el review. Me alegro de que disfrutaras el capítulo, en verdad es muy instructivo leer tus comentarios. Por supuesto la trampa es idea de Vegeta. Raditz tiene muchos defectos y algunas virtudes en este fic pero no es un buen estratega. En cuanto a Chichi y Goku él ya la ve como mujer, al menos eso creo yo, lo que pasa es que no se ha dado cuenta todavía.¡Recemos por que lo haga antes de que llegue el final! Un abrazo cargado de buena fortuna para ti. Cuídate mucho, mucho. ¡Ah! Y espero que este capítulo responda a tu pregunta de qué le cuenta y le pide Bulma a Goku
Gracias a los que leyeron entre las sombras.
Todo un premio pulitzer como Cormac McCarthy dijo: "A la buena suerte le sienta fatal que la invoques cuando no estás preparado para recibirla." Así que, aunque resulta un poco ridículo y muchas veces peligroso, pensad que aquellos que andamos por la vida con los brazos abiertos estamos siempre listos para abrazar la buena fortuna.
¿Hasta pronto?...
