Capítulo 5

Tun. Tun. Tun

El corazón volvió a latir y bombear sangre. Los pulmones volvieron a recibir oxígeno. Respiró profundo y abrió los ojos repentinamente, sintiendo inmediatamente el dolor que recorría todo su cuerpo. No había podido respirar desde el ataque, pero… había muerto, ¿Cómo es que se encontraba vivo? Recordaba el ataque, el ahogo, la hemorragia, el último latido de su corazón y las tinieblas. No encontraba ninguna respuesta lógica. Se levantó rápido y por completo, mareándose un poco por la altura y rapidez. Recargó su hombro en un tronco para apoyarse. Un dolor intenso recorrió su brazo y rápidamente se quitó de ahí. Ahora recordaba que lo tenía perforado.

Estaba estupefacto. Sus ojos estaban abiertos completamente, tratando de asimilar su estado. Respiró profundo, inflando el pecho con aire y después exhaló lentamente; repitió el proceso unas cuantas veces más, llevando el valioso elemento a todas las células del cuerpo. ¿Cuánto tiempo había estado muerto? Tal vez solo había perdido el conocimiento. No, esa no era la respuesta. Su corazón se había detenido. Miro el lugar donde estaba acostado. Ensangrentado. Comenzó a jadear. Las fuerzas que el necesitaba no las encontraba por ningún lado. Miro su mano y la tocó, estaba fría y pálida.

Un centelleo atrajo su atención y caminó hacia ese lugar. Una criatura estaba en el suelo con algunos rasguños en su cuerpo y fue hacia ella primero. Era Kirara, convertida en pantera. Las piernas de Inuyasha flaquearon y el cayó. Respiró entrecortadamente. ¿Tan débil estaba? Miró a Kirara y se acercó a ella gateando.

- ¿Ki-Kirara? -pronuncio el ambarino casi inaudible, pero la pantera no respondía, la movió varias veces- ¿Kirara? -volvió a llamar.

Entonces Kirara recobró el conocimiento, miró a Inuyasha y este le sonrió. La pantera se levantó y se sentó en sus patas traseras. Tenía moretones y rasguños a lo largo del cuerpo, pero no le provocaban dolor alguno. Inuyasha suspiró aliviado y la acarició para tranquilizarla; estaba muy alterada y ante cualquier sonido rugía. El muchacho estaba feliz de que los dos estaban vivos. Se puso de pie con ayuda de la pantera para dirigirse hacia el centelleo. Era Colmillo. Inuyasha la tomó y la guardó en su funda.

La niebla aun cubría el lugar y no se podía ver nada. A Kirara se le erizaron los pelos y se puso en posición de ataque, sus orejas levantadas y alerta a cualquier sonido. Inuyasha pudo percibir un olor en el aire, pero no sabía que era. El viento sopló con fuerza y el chico olfateo. El olor era metálico y sus ojos se abrieron. Inuyasha se tambaleó y casi cae de no haber sido por Kirara que lo sostuvo con la cabeza. Olor metálico. Sangre. Era una cantidad pronunciada. Inuyasha estaba aterrado. La sangre era de Kagome; estaba herida y no solo ella, también Shippo, Miroku y Sango. El cuerpo de Inuyasha tembló. El muchacho miró a Kirara que estaba nerviosa.

- Vamos - pronunció el ambarino.

Caminaban ciegos. No sabían hacia donde se dirigían, sin embargo, el olor a sangre los guiaba. Inuyasha rodeó el cuello de Kirara con su brazo derecho para apoyarse, se le estaba dificultando caminar. "Que se encuentren bien, que se encuentren bien" Solo deseaba eso. Detrás de la niebla comenzaban a visualizarse sombras. Inuyasha apresuró el paso y en unos segundos estuvo frente a frente con ellos. El panorama era devastador. Todos estaban en el suelo, bañados de sangre.

El muchacho fijó la mirada en Kagome. Su rostro no se podía ver porque tenía el cabello sobre esté. Inuyasha dio un paso hacia ella, pero el miedo lo embargó, así que decidió ir primero con Shippo que estaba cerca de él. Había crecido, pero seguía siendo un niño inocente y despreocupado de la vida. Lo sostuvo en sus brazos y se percató de que tenía dos orificios en el hombro izquierdo. De la nada, le entraron deseos a Inuyasha de abrazarlo y así lo hizo. Entonces, sintió como si lo hubiera partido un rayo. Shippo no se encontraba bien, nada bien. Inuyasha no percibió ninguna respiración y eso lo asustó.

- ¿Shippo?

Pero no respondía. El ambarino miró nuevamente la herida del niño y hasta ese momento comprendió lo grave de la situación. ¿Acaso esa herida la habría provocado el demonio serpiente?, ¿Qué sustancia le había suministrado aquél demonio? ¿Sería la misma que provocó que el muriera? Inuyasha deseaba que no. Trató de convencerse que tal vez era la misma sustancia y en algún momento despertaría, pero el despertar del niño nunca llegó. Inuyasha temeroso, coloco su oído en el pecho del niño, tratando de escuchar alguna señal de vida. Nada.

- ¿¡Shippo? -llamó el chico- Shippo despierta, tienes que ser fuerte por favor -no hubo respuesta- ¡Shippo!

El grito de desesperación invadió el lugar. Inuyasha abrazaba fuerte y temblorosamente el pequeño cuerpo. No podía ser verdad, Shippo solo era un niño. Desesperadamente se levantó y con Shippo en brazos se abalanzó hacia la persona que estaba detrás de él. Sango. Dejo a Shippo a un lado de Kirara, para poder abrazarla. La llamó y movió repetidas veces sin obtener nada.

- Sango no… -el chico no podía hablar, tragó saliva y trató de tranquilizarse un momento. Espero escuchar el latido de su corazón pero no oyó nada. Miro su rostro y le acaricio una mejilla- tu bebe Sango, tu bebe. Ti-tienes que resistir. Eres una mujer muy fuerte, Sango. ¡Sango! -el chico la abrazo fuertemente. Lagrimas amenazaban con escapar de sus ojos pero pudo retenerlas.

Dejó a Sango en el suelo para sentarse a lado de Miroku, su mejor amigo. Intentó escuchar lo mismo, pero nada.

- Mi-miroku -empezó a decir. Se aclaro la garganta, pero era inútil. Por más que abría la boca para hablar, las palabras no salían.

Esto era demasiado para él. Shippo, Sango, Miroku y… Sus ojos se volvieron abrir. Estaba asustado y no quería voltear porque sabía lo que le esperaba; iba a ver a una Kagome inerte, pálida, fría… sin vida. Aun así volteo lentamente y al verla acostada en el suelo, corrió hacia ella. Cayó de rodillas y la cargó para poder abrazarla fuertemente. Hundió su cabeza en el cuello de la chica. No pudo retener las lágrimas y comenzó a llorar amargamente. Los gritos estridentes, llenos de rabia, dolor, tristeza que le carcomía el alma salían de su boca. Inuyasha miró el rostro de su esposa, aún con lágrimas recorriéndole el rostro, acercó sus labios para poder darle un último beso. Inuyasha se separó con pesar de ella y volvió a hundir la cabeza en el cuello de su amada.

- Que pena, Inuyasha. Te doy mis condolencias por esta pérdida -el cuerpo del muchacho se tenso al oír la voz. La rabia comenzó a apoderarse de él- te dije que me iba a divertir con ellos, pero no te agobies, no valían nada ¿o sí? Perdiste el conocimiento y ese tiempo fue perfecto para divertirme, si no lo hubieras perdido tus amigos seguirían con vida. Tu tuviste la mitad de la culpa por no protegerlos, que débil eres.

El ambarino la abrazo temblorosamente, pero aun más fuerte. La acostó delicadamente en el suelo, se levantó y se secó las lágrimas. Sus puños se cerraron con tal fuerza que sus garras se hundieron en la piel de su mano. Su respiración todavía no se había normalizado y sus dientes se apretaban fuertemente; el cuerpo le dolía, pero no más que el dolor que estrujaba su corazón.

Tomó a Colmillo y se volteo para matarlo, eso era lo único que quería en ese momento. Inuyasha tuvo que ocupar todas sus fuerzas para saltar hasta la cabeza del demonio serpiente; este, tenía de nuevo su tamaño gigantesco. La serpiente esquivó ágilmente el ataque y estando todavía el muchacho en el aire, lo enroscó con su cola asfixiándolo de nueva cuenta. El demonio levantó la cola lo más alto que pudo y desde esa altura envistió a Inuyasha contra el suelo causando un gran cráter. El cuerpo del chico no respondía, ni siquiera pensaba. Lo único que sentía era un líquido tibio que salía de su abdomen. Lo último que pudo ver fue a Kirara luchando contra la serpiente, después, todo se negreció.

- ¡Inuyasha, Inuyasha! Despierta por favor ¡Inuyasha! -Shiyo movía a su amigo rápidamente para despertarlo.

Después de unos segundos, el chico abrió los ojos. Estaba oscuro, lo único que iluminaba era la luz de la luna llena. A su lado derecho se encontraba Shiyo. Al voltear para verla, esta suspiro aliviada.

- Que bueno que despertaste, me tenías preocupada -dijo la princesa.

Inuyasha se incorporó recargando su espalda en la pared. Estaba empapado de sudor y su corazón latía a mil por hora. Sus ojos estaban totalmente abiertos, como a la espera de recordar algo importante y su mente se encargó de enseñarle. Se llevó una mano a la frente y la otra a la nuca. El cuerpo del muchacho comenzó a temblar al revivir las imágenes del sueño y Shiyo se percató de ello.

- ¿Te encuentras bien? Estás agitado -preguntó la muchacha, pero no obtuvo respuesta- Tranquilo, solo fue una pesadilla. Ya paso.

Shiyo le acariciaba el hombro para tranquilizarlo. Inuyasha entonces miró repentinamente a Shiyo. La princesa dio un respingo, asustada. La mirada del ambarino transmitía desesperación y miedo.

- ¿Qué te sucede Inuyasha? Tranquilízate por favor, solo fue una…

- ¿Dónde está Kirara? -interrumpió el chico.

- A-afuera.

Inuyasha al oír la respuesta se levantó y atravesó las cortinas para llegar a la puerta. Salió de la habitación y se detuvo en el pasillo. La noche todavía reinaba y lo único que iluminaba el lugar eran las antorchas.

Shiyo lo siguió y estuvo observándolo; se dio cuenta que la herida de su amigo se había abierto. Trató de comentarle de su herida, pero fue callada por su mano.

- ¡Kirara! -gritaba el muchacho desesperadamente- ¡Kirara!

Muchos de los soldados que estaban de guardia y algunos sirvientes se asomaron para saber lo que pasaba. Shiyo solo los regresaba a sus actividades y habitaciones. Inuyasha seguía gritando, cosa que la desesperaba. Lo tomó de los brazos y lo sacudió tratando de tranquilizarlo.

- ¡¿Inuyasha que te ocurre? Me estas preocupando.

- ¡A un lado, Shiyo! Este asunto no te incube.

En ese momento apareció Kirara transformada en pantera seguida por los padres de Shiyo. Inuyasha al verla se le abalanzó y esta se sentó en sus patas traseras. El muchacho se arrodilló para estar a la misma altura que la pantera.

- ¿¡Qué son todos esos gritos! -dijo Taiyo.

Shiyo se acercó a sus padres y les explicó lo que había pasado. Taiyo iba a preguntar de nueva cuenta, pero guardó silencio cuando Inuyasha comenzó a hablar.

- Ki-kirara, tuve una pesadilla, pero siento como si ya lo hubiera vivido -el chico agachó la cabeza un rato y luego volvió a quedar frente a ella- En la pesadilla lo-los muchachos estaban…estaban, ¡Ah! ¿Ellos están bien, verdad?

Kirara lo miró con pena y desvió la mirada. Inuyasha estuvo esperando que Kirara lo volteara a ver de nuevo, pero ese momento no llegó nunca. Por fin, el muchacho se desesperó y tomó con las manos la cabeza de la criatura.

- ¡¿Los muchachos están bien?

Kirara lo negó con la cabeza.

- ¿Q-qué quieres decir con eso? ¿¡Qué están muertos o qué?

Kirara asintió.

- ¿Están muertos? ¿Lo qué soñé fue cierto?

Kirara lo miraba seriamente y con tristeza, entoncesInuyasha la soltó y apoyó sus manos en el suelo.

El sol se asomó entre las montañas, quitando el color negro azulado del cielo, sustituyéndolo por el azul claro. El calor se dejó sentir, reconfortante. Un nuevo día comenzaba; la luz del sol iluminaba hasta el más recóndito rincón, pero para Inuyasha seguía siendo de noche. La oscuridad y la soledad lo cubrían, no sentía calor sino frío. En su garganta comenzaba a formarse un nudo de dolor, desesperanza, miedo, soledad, fragilidad y un coraje que pronto se convertiría en una rabia fulminante. Era difícil digerir aquella noticia. Al fin, el rompecabezas se había resuelto, de una manera lamentable.

Shiyo seguía parada observando, pensando que hacer o decir. Su amigo seguía en la misma posición y la pantera igual. Se arrodilló junto a él y le puso una mano en su hombro. Inuyasha temblaba. Sus garras habían dejado marcas en el suelo. El muchacho volteó a ver a la castaña y ella le dedicó una nerviosa sonrisa. Era lo único que se le ocurrió hacer. Inuyasha se levantó tambaleándose y se agarró al barandal para no perder el equilibrio. Hasta entonces se dio cuenta que estaba sangrando de nuevo, pero no le importó, es más, el morir desangrado le agradaba. Solo quería eso, morir para estar con ellos.

- Si hay algo en lo que te puedo ayudar, cuenta conmigo -dijo la princesa, pero sus palabras le sonaron ridículas. Tenía la certeza de que no podía ayudarlo.

Inuyasha asintió con pesar y seguido de Kirara, entró a la habitación. Shiyo al igual que sus padres, estaba confundida. Lo único que comprendió fue que Inuyasha había recobrado la memoria de un acontecimiento lamentable. Shiyo quería saber más, quería saberlo todo. Tenía tantas ganas de entrar a esa habitación y consolar a su amigo, quería estar todo el tiempo posible con él. No podía dejarlo solo.

Dentro de la habitación, Inuyasha se encontraba sentado en una esquina sombría con la pantera a su lado. Lloraba en silencio. ¿Por qué? Era lo que se preguntaba. Sus amigos eran lo único que tenía en el mundo. Eran su familia. Ellos eran su soporte. Justamente cuándo todo marchaba bien, cuándo al fin Kagome y el podían estar juntos tenían que morirse. Esa serpiente tenía razón, si él hubiera resistido, ellos no hubieran muerto. Fue, era y seguiría siendo débil. Su sangre hervía por la rabia y se desquitó golpeando la pared, casi perforándola. Kirara se sobresaltó y apoyó su cabeza sobre las piernas del ambarino. Esté se tranquilizó un poco al ver lo ojos calmos de la pantera, que en el fondo se moría de tristeza.

Su amada Kagome ya no estaba junto a él. Recordaba su sonrisa, su voz, su aroma, su forma de caminar, su risa, su carácter, sus ojos. Quería tenerla de nuevo, abrazarla, besarla y decirle cuanto la amaba, pero eso era imposible ya. La había perdido para siempre.

Se sentía impotente. Deseaba regresarlos a la vida. Rápidamente cruzó por su cabeza una imagen en dónde el descuartizaba vivo al asesino de su felicidad. Sacudió la cabeza para despejar su mente, pero la imagen seguía atacándolo. Entonces tuvo una idea. Una idea que era excelente. Decidió entonces, buscar a ese demonio y cobrar venganza, eso era lo que haría. Lo mataría con sus propias manos, no iba a tener piedad. Quería sentir sus garras en su piel, quería ver la sangre correr de tal despreciable ser. No se detendría ante nada ni nadie. Ahora se convertiría en el demonio que en el pasado quería ser. Solo eso podía hacer. Vengaría a su Kagome y amigos. Era lo único y menos que podía hacer. Miró a Kirara y acarició su cabeza.

- Kirara, quiero vengarme -dijo Inuyasha con voz queda.

Kirara se sentó en sus patas traseras para estar a la altura de esté.

- Es lo menos que puedo hacer, pero no puedo solo. ¿Me ayudarías? -casi no se reconocía en esas palabras, más era necesario. Todo por ellos, se dijo mentalmente.

No hubo respuesta.

- Ellos todavía seguirían con nosotros de no haber sido por lo que sucedió. Imagino cómo te sientes, yo también me siento así. ¿Acaso no sientes impotencia de ir tras ese bastardo? -dijo el ambarino casi gritando. La pantera solo agachó su cabeza. Inuyasha tomó con sus manos la cabeza y la levantó para mirarla a los ojos- Sango iba a ser mama por segunda vez, tenía cuatro meses. Shippo solo era un niño, se estaba esforzando mucho para ser un demonio fuerte. Miroku iba a ser padre y amaba a Sango. Kagome era la mujer que amo, porque lo sigo haciendo y nunca dejare de hacerlo…

Kirara se alejó bruscamente y con una de sus patas destruyó una mesita de madera. Tenía los pelos erizados y soltó un rugido estruendoso.

- Lo que sientes es impotencia. Tú los querías al igual que yo y créeme, es lo menos que podemos hacer ¿Me ayudaras a matar a ese desgraciado?

La pantera se acerco a él y asintió.

- Hoy mismo partimos.

Juntos salieron de la oscura habitación y cuándo Inuyasha abrió de golpe la puerta, los rayos del sol casi lo dejan ciego. Parpadeó varias veces para acostumbrarse. Para asombro de él la princesa estaba sentada en el suelo, con la espalda recargada en un pilar. Está al ver a su amigo se levantó y lo miró.

- Nos vamos Shiyo, gracias por todo -dijo Inuyasha con voz melancólica.

- ¿Qué? ¿Por qué? -preguntó ligeramente histérica. Toda esta situación la tenía sumamente nerviosa- Dime que sucede.

- No hay nada que puedas hacer.

- Claro que sí, siempre se puede.

- Por favor, Shiyo, yo tengo que…

- No te lo voy a repetir -le espetó, exasperada. ¿Por qué Inuyasha se empeñaba en alejarla - así que dime que es lo que pasó.

Inuyasha solo la observó. Shiyo respiró profundo, recuperando el control sobre sus emociones. No iba a sacar nada poniéndose de esa forma. Inuyasha necesitaba apoyo y ella iba a ser fuerte por los dos.

- Lamento mucho lo que te paso -comenzó a decir la castaña en voz baja- Pero esa persona debe sentirse especial donde quiera que esté ahora, al saberse tan querida… -lo había estado pensando, y había llegado a la conclusión de que alguien cercano a su amigo había muerto. Era la única explicación que le encontraba a todo.

El flequillo del ambarino escondió su mirada y le dio la espalda a la princesa. Shiyo le sujetó el brazo con fuerza.

- Siempre hay algo que hacer Inuyasha -repitió, desesperada- Yo puedo ayudar.

- ¡No hay nada que hacer Shiyo. No los puedo regresar a la vida de nuevo! -gritó Inuyasha, al borde de las lágrimas- No puedo… -susurró con voz quebrada.

La muchacha soltó un pesado suspiro. Limpió las lágrimas del rostro de su amigo y lo abrazó, un abrazo que tomó por sorpresa al ambarino. Aún así no puso resistencia. Por medio del abrazo, Shiyo le dio a entender a Inuyasha que no estaba solo y que lo apoyaría en todo. Se separaron y se miraron.

- Cuéntame. Si no lo haces ¿Cómo esperas que te ayude? -dijo la princesa con una sonrisa pequeña pero reconfortante.

Inuyasha sonrió también y asintió, derrotado. Se lo contaría. Entraron a la habitación y tomaron asiento en el suelo. Inuyasha le contó todo, desde lo que había sucedido antes de que lo encontrara en el bosque, hasta esa horrible pesadilla. Shiyo estaba perpleja. Sentía mucha pena por su amigo, no era nada fácil asimilar la noticia.

Shiyo se imaginó su vida sin sus padres, amigos y su amado Hiroshi. Un escalofrío recorrió su cuerpo y sacudió su cabeza quitándose esa horrible idea de la mente. Inuyasha le comentó la idea de vengarse cosa que a la castaña no le pareció. Por un momento se pregunto qué haría ella en la misma situación. La respuesta fue hacer justicia, el problema era pasar por la venganza para ejecutarla. No encontraba otra manera de tranquilizar su furia si ella estuviera en esa situación. Al final, aceptó la idea del peli plateado y lo convenció de poder acompañarlo.

- No veo la razón de acompañarme, yo te estaría exponiendo al peligro -comentó Inuyasha.

- Tu solo no podrás, aparte… ¿Te has dado cuenta del estado en el que estás? Tienes una herida que todavía no sana -respondió Shiyo que solo fue ignorada por el ambarino- Piénsalo Inuyasha, ¿Y si mueres?

- ¡¿Crees que me importa si muero? -dijo Inuyasha sobresaltado- No me importa si muero intentándolo, al menos, estaré con ellos y no…solo.

- No estás solo porqué yo te apoyare con esto. Estaré contigo en todo momento -dijo Shiyo con su peculiar sonrisa cruzándole el rostro.

Inuyasha la miró y tomó su mano transmitiéndole las gracias por querer ayudarlo. En respuesta, Shiyo volvió a sonreír diciéndole con ella que todo iba a estar bien.

- Mañana partiremos, por ahora descansa -decidió la princesa poniéndose de pie.

Inuyasha solo asintió no muy convencido con la idea. Shiyo cruzó las cortinas y se encaminó hacia la puerta, todo bajo la atenta mirada ambarina. Cuándo la puerta se abrió un haz de luz proveniente del pasillo iluminó un momento el interior, pero desapareció por completo cuando la castaña cerró la puerta tras ella. Kirara se había convertido en gatita para descansar; se acurrucó junto a Inuyasha y cerró sus ojos. El ambarino tenía la mirada perdida en las cortinas. Había tantas cosas en las que ponerse a pensar que no sabía por dónde empezar. Mañana comenzaría un nuevo día. Planeo ir a la aldea a ver al pequeño hijo de sus mejores amigos. ¿Cómo le iba a explicar a un pequeño de cinco años que sus padres habían muerto? Con tan solo imaginarlo sentía como se le encogía el corazón. Después de visitar la aldea donde había conocido a la mujer que amaba, donde había hecho un hogar con ella, donde descansaba todos sus recuerdos y donde había hecho amigos irremplazables, buscaría al mal nacido que se los había quitado. No tenía idea de donde comenzar a buscar, iba a ser más difícil de esa manera, pero no se iba a dar por vencido.

Sus ojos, hinchados y rojos por llorar, suplicaban por descanso. Se quedó dormido recargado en la pared, tratando de olvidar por un momento lo difícil que iba a hacer su vida desde ahora.


No sabía bien donde estaba. Por lo que veían sus ojos, estaba en una habitación pequeña iluminada por una diminuta antorcha justo sobre su cabeza. La oscuridad reinaba dentro de ese cuarto. Se sentía con miedo al ver la oscuridad que casi toca sus pies. Se imaginaba un sinfín de criaturas esperando a que se acercara para devorar su cuerpo. ¿Desde cuándo le tenía miedo a la oscuridad? No lo recordaba. Al menos la pequeña antorcha funcionaba como un campo de energía; la oscuridad no se le acercaría mientras está siguiera iluminando. Sentía frio y soledad. Unas lágrimas de dolor recorrieron su sucio rostro. Tomó sus rodillas y hundió su cabeza en ellas, pero de nueva cuenta el miedo a no ver nada estremeció su cuerpo haciendo que levantara su cabeza para confirmar que seguía la luz haciéndole compañía. Recargó su cabeza contra la pared y rodeó con los brazos sus piernas raspadas. Al recordar la imagen de aquel día, inmediatamente un mar de lágrimas surcaron su rostro y quejidos salían de su boca provocando un ambiente fúnebre.

"Inuyasha" repetía su mente con pesar.

Continuara…

Hola!

A pasado mucho tiempo desde la última actualización. Lo siento! T_T

Sigo esperando comentarios, aunque sea un "me gusta" me levantaría el ánimo.

Gracias Sensei por apoyarme XD

Chao!