REENCUENTRO CON MI VIDA

Capitulo 2

-¿Hoy hice un bien trabajo? Defendí mi casa con todas mis fuerzas ve~ - alguien decía mientras estaba sentado en el pasto y otra persona amarraba las agujetas de sus botas.

-claro que si, aunque la próxima vez llámame en seguida, puede ser muy peligroso- le respondía la persona que ataba sus cordones, no podía ver su cara pero si sus manos grandes y fuertes enguantadas en cuero negro.

-Pero quiero que estés orgulloso de mi- decía aun de buen humor y sonriendo alegremente

-aun así no tienes porque esforzarte tanto… no quiero que salgas lastimado- decía su interlocutor algo avergonzado terminando de amarrar las agujetas.

-no me pasará nada porque siempre estás conmigo- ¿Quién? ¿Quién siempre estaba con él? Su cara, quería ver su cara… pero antes de poder hacerlo Feliciano Vargas despertó.

El castaño de ojos almendrados despertó con un sentimiento de nostalgia en el pecho, se llevó una mano para frotarse los ojos y quitarse el sueño pero al hacerlo notó sus pestañas húmedas

-¿Lagrimas?- dio un suspiro limpiándose las gotas saladas, ni siquiera sabía porque estaba llorando, a eso no se le podía llamar pesadilla aunque a decir verdad no era la primera vez que despertaba con rastros de haber llorado.

Desde hacía algunos años tenía sueños raros y siempre despertaba con una sensación de melancolía, a veces pensaba que sus sueños no eran normales, eran demasiado vívidos… como recuerdos…

Sin darle más vueltas a algo que ya se había convertido en rutina Feliciano miró su reloj, eran apenas las cinco de la mañana de un sábado

-ve~ aun es muy temprano- se dijo subiendo las cobijas hasta su barbilla, en dos horas tenía que ir al aeropuerto a recoger a un colega del trabajo que regresaba de Estados Unidos.

Feliciano Vargas era un joven adulto de 29 años, aunque nadie nunca lo creía gracias a su apariencia juvenil y casi aniñada que daba la impresión de ser muchísimo más joven, además de que tenía una actitud sumamente infantil que no cuadraba para nada con su edad pero que le ayudaba en su trabajo como profesor de arte en una universidad pública en Venecia pues se le facilitaba llevarse bien con sus alumnos.

El italiano era una persona alegre y muy optimista a pesar de no tener recuerdos acerca de su infancia, adolescencia y parte de su adultez, tan solo sabía que diez años antes despertó en un hospital y unos hombres le dijeron que había tenido un accidente automovilístico.

Según los hombres Feliciano era huérfano, criado toda su vida en un orfanato, no le dieron detalles y por alguna extraña razón él tampoco quiso saberlos, solo siguió con la que supuso era su vida normal.

Sin poder conciliar el sueño de nuevo optó por levantarse y desayunar un enorme plato de pasta ya que eso siempre lo animaba, media hora más tarde recibió un mensaje de texto de su amigo informándole que pronto llegaría a tierra así que apresurado nuestro protagonista tomó sus cosas y salió de casa.

Llegó al aeropuerto tratando de no perderse entre el montón de gente que hablaba diferentes idiomas o sencillamente insultaban y conversaban en italiano. Por fin tomó asiento en la sala de espera, seguro su amigo lo vería ahí así que para matar el tiempo sacó su cuaderno de dibujo y comenzó a dibujar.

Al mismo tiempo cierto héroe iba discutiendo por teléfono celular

-ya te dije que llegaré a tiempo Iggy, no todos tenemos un trastorno obsesivo por la puntualidad como una que otra isla europea que conozco- decía Estados Unidos de América alejando el teléfono de su oreja escuchando los gritos y reclamos del ingles que le reprochaba por su insulto.

-yo también te quiero Iggy- se burló el americano riendo de manera traviesa cortando la llamada y guardándose el celular en la bolsa del pantalón dejando a Inglaterra con la palabra en la boca.

El rubio iba por el aeropuerto jalando su maleta con ruedas y silbando tranquilamente pensando que después de la reunión de esa mañana invitaría a Iggy a comer para que se le pasara el coraje. Su mente iba planeando una romántica comida hasta que alguien captó su atención, mejor dicho un rizo travieso fue lo que llamó su atención.

Feliciano seguía concentrado en su dibujo, difuminaba los colores con su dedo anular dándole uno que otro retoque a su pequeña obra cuando escuchó a alguien a su lado.

-Hello!- le saludó un tipo rubio, ojo azules, lentes y una gran sonrisa, por un momento recordaba a esos actores de películas de vaqueros que siempre sonreían con una dentadura perfecta.

El castaño volteó a ambos lados y también detrás de él ¿Lo estaba saludando a él?

-Italy!- dijo el desconocido sin borrar su mueca feliz

-Eh… si… estamos en Italia- intentó decir Feliciano en su pésimo inglés notando como la expresión alegre del rubio se desvanecía dando lugar a un gesto de desilusión.

-mmmmmmmm… no me refería a eso…- dijo el tipo mirándolo unos momentos más, realmente parecía defraudado pero se fue tan rápido como llegó, volteando de vez en cuando aun pareciendo desilusionado.

-Ve~ los americanos son personas muy raras…- pensó en voz alta Feliciano

-¿Quién era ese?- preguntó entonces otra voz, la de su amigo que acababa de llegar sin que Feliciano se diera cuenta.

-¡Benbennuto!- le saludó animado Feliciano dándole un gran abrazo a su amigo que solo se había ido por dos semanas a una conferencia –ah, ese tipo… no lo sé solo me saludó… aunque… tengo la sensación de haberlo visto en otro lado- comentó el italiano poniéndose una mano bajo la barbilla tratando de recordar ese rostro tan familiar.

-tal vez lo viste un día por la calle, supongo que es difícil olvidarlo usando ropa tan anticuada ¿De qué museo habrá sacado esa chamarra?- criticó su amigo viendo mejor al rubio que ya iba lejos

-Es una chaqueta de aviador, solían usarla los pilotos norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial- recitó Feliciano viendo el número cincuenta grabado en la espalda de la prenda

El italiano solía dar datos históricos de alguna cosa, lugar o persona sin que nadie se lo pidiera, casi lo hacía por impulso, pero lo más raro era que nunca había estudiado historia… excepto cuando iba a la escuela pero aun así sus conocimientos eran casi idénticos a los de los libros y a veces parecía superarlos, como si él mismo hubiera vivido todo eso, aunque era imposible ¿verdad?

-Hey Feliciano, no tienes porque presumirme tus conocimientos de historia- le bromeó su amigo revolviéndole el cabello con cariño –mejor ayúdame con mis maletas, tengo unas ganas terribles de una pizza-

Feliciano rió y asintió con la cabeza y antes de ir a ayudar a su amigo guardó su recién terminado dibujo: Una imagen de dos niños en medio de un campo de flores, el niño vestía de negro y la niña un vestido de sirvienta, el muchachito tomaba la mano de la niña, el dibujo se había quedado sin título y los rostros en blanco.

Unas horas después y en otro lugar no muy lejos de ahí Italia Romano iba discutiendo con España mientras ambos entraban a un enorme edificio donde se llevaría a cabo otra tediosa reunión.

-¡ya te dije que no te puedes quedar mi casa!- le gritaba Romano al hispano que se empeñaba en poner una cara de cachorrito para convencer al otro

-¿Por qué no? Tú siempre te quedas en la mía cuando vas de visita, anda, anda anda, Romanoooooo- le rogaba España abrazándose al castaño que gruñía enfadado tratando de quitárselo de encima

-¡quédate en un maldito hotel como harán todos los demás! Además solo vine a Venecia para la maldita junta, me regreso a Nápoles terminando esta mierda ¿Para qué nos hacen juntarnos? Nunca llegamos a nada de todos modos…- refunfuñaba Romano caminando hasta la sala de juntas asignada.

Entró a la sala y murmuró un saludo que apenas si fue audible entre los insultos y reclamos que ya se hacían presentes.

Llevaban dos horas y media tratando de resolver el asunto de la crisis económica en casa de Grecia, el mencionado se había aburrido de escuchar indirectas acerca de que en vez de dormir debería estar pagando todo el dinero que le habían prestado así que decidió dormirse mientras que los demás se desvivían en echarse la culpa mutuamente aunque ni siquiera se tratara de su propia casa.

-¡Ya cállense! Todos guarden silencio y levanten la mano el que quiera hablar- les ordenó el rubio alemán cansado de escuchar un montón de tonterías sin relevancia, fue entonces que Estados Unidos levantó la mano

-¿alguien más que quiera hablar?- preguntó el germano evitando darle la palabra al americano que estiró aun mas su brazo -¿Seguros?- Volvió a intentar viendo que América casi se levantaba de su asiento.

-Está bien, Estados Unidos… puedes hablar- dijo resignado Alemania a lo que el rubio sonrió como siempre

-El héroe propone que continuemos mañana con esto, no hay problema ¿o sí?- dijo el autonombrado héroe

-hasta que el cerdo capitalista dijo algo inteligente, sigamos mañana, de todas maneras todos nos quedaremos en casa de Romano unos días más- coincidió Rusia ganándose una mirada de enfado de América por el insulto aunque decidió ignorarlo. Todos asintieron con la cabeza aliviados de por fin dejar de lado ese circo al que solían llamar "reunión"

-oigan, hablando de Romano- dijo el estadounidense antes de que los demás se levantarán de sus asientos, el italiano lo miró, como siempre, con fastidio –Hoy vi a Italia en el aeropuerto-comentó acordándose del castaño.

Dicho esto toda la sala se llenó de un muy incomodo silencio, todos comenzaron a mirar de reojo a Romano que fingió no haber escuchado

-Al parecer es verdad eso de que perdió todos sus recuerdos, lo saludé pero no me reconoció- siguió contando ignorando por completo el ambiente tan tenso que se había formado

-A… América, no creo que debas hablar de eso ahora- le dijo por lo bajo Inglaterra sintiendo la pesadez de aquella incomoda atmosfera

-¿Por qué no? Seguro Alemania y Romano se preguntan cómo ha estado Ita-chan- se agregó España haciendo que todos los presentes se hundieran en sus asientos al ver el gesto de molestia de Romano y Alemania los cuales parecieron fruncir el seño y torcer la boca al mismo tiempo

-Espagne mon ami, dudo mucho que ellos quieran saber eso, mejor cambiemos de tema ¿si?- Francia trató de desviar la conversación.

-pero han pasado diez años ¿Cómo no van a querer saber algo de su amigo y hermano?- insistió España poniendo el dedo en la yaga mientras que Estados Unidos coincidía con él. En ese momento todos querían estar en cualquier lugar menos ahí, sobre todo cuando Romano se levantó repentinamente

-yo no tengo ningún hermano así que deja de decir estupideces- terminando de decir aquello salió de la sala y solo se escuchó el golpe al cerrarse la puerta.

Una vez mas todos se miraron entre ellos esperando que alguien rompiera el huelo al mismo tiempo que Francia e Inglaterra les daban un pellizco en el brazo a España y América respectivamente como reprimenda por no saber cuando era necesario mantenerse callados, fue entonces que Alemania se aclaró la garganta llamando la atención de los presentes.

-seguiremos mañana, pueden retirarse- les ordenó a todos que respiraron aliviados por poder escapar de aquella situación y uno a un fueron saliendo mientras murmuraban uno que otro chisme con respecto a lo que acababa de pasar.

Alemania se quedó en su lugar y Japón esperó a que todos salieran.

-diez años… han pasado tan rápido- comentó Japón caminando a la ventana recordando la alegre sonrisa de Italia, casi podía escucharlo llamándolo.

-A mi me han parecido una eternidad- murmuró Alemania cerrando los ojos tratando de ignorar el torrente de recuerdos que de pronto se cernía sobre él.

Por otro lado Romano estaba en el pequeño bar de aquel edificio, tomaba una copa de vino tinto para intentar quitarse el amargo sabor de boca que le habían dejado los comentarios del bastardo y el yankee

-no bebas, todavía es de día- le dijo de pronto España arrebatándole la copa y poniéndole un tomate en la mano

-¿Y eso qué?- dijo malhumorado el italiano dándole una agresiva mordida al tomate

-aun es temprano para que te emborraches- dijo el español acabándose de un trago el vino a lo que Romano solo rodó los ojos

-oye Roma ¿Qué tienes?- preguntó el hispano sentándose a un lado del castaño dejando la copa en la barra

-tengo muchas cosas- contestó Romano dándole otra mordida al tomate restándole importancia al asunto

-je je je supongo que sí, pero hoy pareces diferente ¿Tal vez es algo relacionado con Ita-chan?- trató de adivinar España; Romano le dio una última mordida al tomate, se lamió los restos que quedaban en sus dedos y miró fijamente a España que le sonreía como de costumbre.

-España, creo que es hora de que te quede clara una cosa- dijo Romano a lo que el hispano lo miró dudoso

-¿Qué cosa?- preguntó el ojiverde

-que yo soy la única Italia y nadie más, así que deja de mencionar a ese tal Ita-chan- le ordenó de manera firme. La sonrisa de España se desvaneció y se entristeció… no podía creer que Romano fuera una persona tan fría… o tal vez España no se daba cuenta de que tras la frialdad se escondía el dolor…

Esa misma tarde Feliciano se dedicaba a pasarla bien con sus amigos, todos se habían reunido en su casa para darle la bienvenida al colega que recién acababa de llegar de Estados Unidos. Como era costumbre de Feliciano este preparó pasta para todo un ejército además de comprar mucho gelato y otro tipo de platillos.

Todos comieron, bromearon y algunos se quejaron del trabajo, sus alumnos irrespetuosos y otros compañeros, Feliciano solo los escuchaba alegre, le divertía estar entre tantas personas… siempre le gustaba rodearse de gente ruidosa y animada.

A las seis de la tarde todos se retiraron… obviamente nadie se dignó a ayudar a recoger y limpiar la casa y bueno… Feliciano no se iba a molestar en hacerlo

-mmmmmmmm… haré la limpieza mañana- y con una risilla traviesa fue hasta su sillón para tomar una merecida siesta.

Comenzó a soñar, de nuevo aquellos sueños que parecían recuerdos de tiempos lejanos pero tan vívidos como su hubieran sido ayer. Sueños que trataban de él con otras personas que no conocía pero extrañaba… esa clase de sueños que a veces dolían.

Estaba en un reducido lugar obscuro ¿Un armario? Apenas si podía moverse, había alguien más con él.

-no te preocupes, no podrán encontrarnos- le decía su acompañante, era un niño que lo abrazaba contra su pecho. Feliciano tenía su rostro pegado al cuerpo del niño, podía escuchar a la perfección los latidos asustados de su acompañante, ambos tenían miedo ¿A qué le temían? Mejor dicho ¿A quién?

Se escuchaban pasos desde afuera del pequeño armario donde estaban escondidos

-shhhh- le susurró el niño al oído rodeándolo con sus bracitos temblorosos, Feliciano quería levantar la vista para ver a esa otra persona pero no podía, el abrazo era demasiado fuerte.

Las pisadas se escuchaban cada vez más cerca y los nervios le devoraban el estomago.

El castaño sintió como su corazón se detenía por un instante cuando alguien abrió la puerta de su escondite, entrecerró sus ojos gracias a la repentina luz del exterior que lo cegó momentáneamente.

-así que aquí estaban- dijo una tercera persona, la voz de un adolescente que era quien había abierto la puerta.

Feliciano distinguió las ropas tan antiguas que el extraño lucía, parecían ser pantalones de lana, una gabardina azul de terciopelo, chaleco con una pañoleta de encaje, bordados en oro y brocados además de una imponente espada con empuñadura de oro y diamantes que lucía en su cintura. Feliciano alzó la vista, pudo divisar una parte del rostro de la persona: tenía un lunar bajo el labio, cabello corto y castaño del que sobresalía un mechón desobediente sin embargo la sombra provocada por el sol no le dejaba ver sus ojos o el resto de su cara haciéndole imposible el reconocerlo.

Sintió de pronto mucho miedo y como la persona que se ocultaba con él ponía más fuerza al abrazo.

-tú vienes conmigo- declaró el desconocido jalándolo del cuello de su atuendo blanco

-¡no!- gritaba el pequeño Feliciano aferrándose a la mano del otro niño del que solo distinguió un traje similar al suyo: un largo blusón blanco con un sombreo a juego y un crucifijo

-no te lo lleves- gritó el chiquillo al que tampoco podía verle la cara

-¡no me quiero ir!- imploró Feliciano… No dejes que me lleven… no me sueltes…

Cuando despertó vio su mano estirada hacía el techo de su sala y las lágrimas se desbordaban por el rabillo de sus ojos, su respiración estaba acelerada y aun quedaban restos del miedo que había sentido en el sueño. Bajó su mano y cerró sus ojos un momento abrazándose al cojín que había usado como almohada, a veces deseaba con desesperación una respuesta a todas las preguntas que surgían de noche.

El italiano soltó un leve quejido al sentir un dolor punzante atacando su cabeza, se incorporó en el sillón limpiándose las lagrimas con el brazo, miró por su ventana, ya era de noche y las luces de la ciudad iluminaban las calles; tal vez iría a dar un paseo para calmar el dolor de cabeza y despejarse un poco, así que haciendo caso omiso otra vez del desorden en su casa, salió.

Mientras tanto Alemania estaba en la habitación de su hotel terminando de revisar algunos documentos, solo así podía hacer más soportable el hecho de estar ahí, en la casa de Italia. No quería salir porque en cada esquina había un recuerdo del castaño, a veces ni siquiera se le antojaba comer… sin darse cuenta había pasado de amar esa ciudad a odiarla por completo.

Algo cansado aventó los documentos a la mesita de noche que estaba a un lado de su cama, se masajeo el puente de la nariz intentando relajarse, se quitó la corbata y desabotonó el cuello de su camisa, salió al balcón y dejó que la brisa nocturna lo refrescara, miró al cielo dándose cuenta de que aquella noche las estrellas se veían más claras y brillantes que otras ocasiones.

Si pasara una estrella fugaz seguro Italia pediría algún ridículo deseo, aunque hacia años desde que Alemania había dejado de ver las estrellas y creer en deseos.

Agachó la cabeza mirando a los pocos transeúntes regresando a casa después de un largo día de trabajo, todos parecían aburridos, cansados artos de tener que ir y venir de una rutina que se volvía insoportable, solo algunos pocos parecían estar de buen humor, hasta llevaban sonrisas en sus rostros como el joven de cabello castaño y extraño rizo en su cabeza que iba con un ritmo tranquilo tarareando una canción… ¡Esperen!… esa forma de caminar relajada… la figura delgada que casi pedía a gritos ser protegida… aquella mueca bobalicona…

No no no, su mente no podía estarle jugando bromas tan crueles a Alemania… pero era él ¡Era Italia! Ni siquiera necesitaba forzar la vista para reconocerlo.

El germano corrió fuera de su habitación y con la misma rapidez llegó al elevador, apretó el botón tantas veces y con tanta fuerza que casi lo descomponía, se desesperó y optó por usar las escaleras las cuales bajaba a toda velocidad procurando no tropezar.

Las manos le temblaban y le sudaban, podía escuchar el latir de su corazón retumbar contra sus oídos, sentía los músculos de sus piernas tensarse por el repentino ejercicio, el aire le faltaba y comenzaba a jadear buscando una forma de respirar y de tranquilizarse ¡Pero no podía!

Por fin salió del edificio, volteo a ambos lados tratando de encontrar al susodicho decidió correr a la derecha, tenía que alcanzarlo, así tuviera que recorrer todo el país lo encontraría.

Pero eso último no fue necesario ya que tras correr unos cuantos metros dio con él:

Sentado en la orilla de una fuente, con el reflejo del agua en su rostro mirando las estrellas de manera embelesada como siempre había hecho, los mechones de cabello caían de manera juguetona en sus ojos, su rizo se movía de manera graciosa cuando el viento soplaba.

Se veía más maduro, era obvio ahora el tiempo pasaba más rápido para él… pero su mirada aun era inocente, soñadora… la de siempre.

Dios, que alguien lo pellizcara antes de seguir soñando y sus pies continuaran caminando, acercándose a la razón de su insomnio y tristeza

-Italia- probó llamarlo pero a diferencia de diez años atrás el castaño no volteó sonriente tan solo se mantuvo observando el cielo sin estar consciente de que a unos pasos de él estaba una de las personas más importantes de la vida que había olvidado…

/

¡Lloren conmigo porque Alemania e Italia son puro amor! XDD Oh, no me hagan caso, solo espero que hayan disfrutado este capítulo ¡Mil gracias por los reviews y los Story Alert, ¡espero sigan leyendo!