Daños y mentiras.
Heidi POV
Estar de acuerdo con algo significa aceptar (sin arrepentirse) las consecuencias que conllevan sus acciones. Lamentarse no es una opción. Intentarlo tampoco. Quizá la visa no tenga sentido cuando no has elegido lo que eres. Unas veces te gusta, otras, sin embargo, lo odias. Sea como sea, vives y eso te convierte en algo digno de mención. Soy una vampira, convertida en vegetariana. Lo cual, no es una mala idea, y menos ahora que he descubierto mi poder.
Ya llevo más de seis meses aquí. Dicen que tengo cierto parecido con Bella, que nuestros dones son equivalentes y que juntos podrían hacer grandes cosas. Uno protege, el otro ataca. El sueño de todo vampiro, seguro. Pero, a veces, las comparaciones hacen daño. Siempre piensas que eres singular, que no hay nadie como tú. Y, de repente, ves que te miran con los mismos ojos con los que ven a Bella. Duele, te destroza por dentro. Tu ira aumenta y te das cuenta de que no puedes descargarla con el objeto más fácil de destruir… el ser humano. Por eso, corro y corro, kilómetros y kilómetros hacia la espesura del bosque sin ningún destino. No me importa que piensen que me quiero escapar, no quiero. Es solo que… necesito airearme de vez en cuando. Nadie se preocupa por mí, ni por si me escapo ni por si vuelvo a las andadas, por esa razón puedo hacer lo que me venga en gana.
Instintivamente, esquivo un árbol y me cuelgo de la rama más robusta del siguiente y doy una voltereta. Sigo corriendo. Pensando en todo y en nada. Las imágenes pasan por mi cabeza. Noto la frescura del agua en la cara, me golpea como una ventisca. Corro más deprisa. Sé que destino me he asignado. El lago. Veo su orilla y el agua cristalina que lo contiene. Salto. Sin esperarlo algo me cae encima. Es pesado y me lleva hasta la parte más profunda. Me arrastra. Me dejo llevar, me gusta porque, a pesar de que me ahoga, siento una calidez extraña en la espalda y eso, me reconforta. No me impongo, sé que no voy a morir. Cuando quiera me dejara ir pero no lo fuerzo. Dejo que suceda. Sin prisa pero sin pausa. La presión se esfuma y yo, salgo a la superficie. Ahora la presión se posa en mis ojos, me tapa la visión. Tampoco me opongo. Por sorpresa, sea quien sea, me besa. Mueve sus labios sobre los míos al compás de una música desconocida, yo quiero que me la enseñe, así que me dejo llevar. El beso se alarga y dura una eternidad. Cesa. Yo se lo devuelvo, lanzándome con pasión sobre ese cuerpo robusto que enseguida reconozco. Lo rodeo con los brazos aunque me cuesta un esfuerzo. Nos dejamos llevar por la pasión si arrepentirnos de nuestros actos.
La calidez del sol inunda mi piel, aunque sin dañarla lo más mínimo. Estoy estirada a su lado. Ya no nos tocamos, ni rozamos nuestras pieles blancas como el marfil. Nadie habla. Cada uno piensa en lo ocurrido antes. Yo no me arrepiento, pero no sé lo que piensa él. Nuestras ropas deben encontrarse a quilómetros de aquí pero a nadie le importa. Estamos desnudos. La hierba esta mojada y humedece nuestros cuerpos. Tranquilamente él se inclina hacia mí y le miro de reojo.
-No creí que fueras tan rápida- me comenta.
-Soy muchas cosas que tú desconoces- digo pícaramente.
-Esto está mal- dice amargamente levantándose de un salto-, deberíamos buscar nuestra ropa y volver.
-¿A dónde? Nadie me quiere, ni me necesita. –susurro.
-Quizá si haya alguien.
-Quizá no- digo levantándome también de un salto. Me acerco tanto a su rostro que casi siento su respiración aterciopelada.
Beso sus labios rápidamente y me aparto. Le miro desafiante. Me toco mi pelo oscuro como el carbón, enrollándolo y desenrollándolo en mi dedo. Él me sonríe y se agacha en posición de ataque. Me preparo para la envestida que sé que ocurrirá de un momento a otro. Hundo mis pies en la hierba mojada para agarrarme más fuerte y él empieza a correr la corta distancia que nos separa. Me agarra por la cintura para estamparme en el árbol más cercano, como yo había predicho, y empieza a besarme desenfrenadamente. Momento que utilizo para pensar, si esto está bien o mal. Si nadie dice nada, puede que jamás se sepa pero ningún secreto dura para siempre y eso es lo que más me frustra porque no hay peor traición que revelar un secreto que creías enterrado. Cierro los ojos y me concentro en lo que está pasando. ¿Es real? Puede que sí, aunque sinceramente no estoy segura. Nada me ha llevado a pensar antes que esto pudiera ocurrir. No me siento culpable pero si avergonzada. ¿Cómo me sentiría yo si la persona a la que más quiero me fuera infiel? Quizá mataría a la zorra con quien lo hizo. Pero eso no sería suficiente para perdonar a la persona que ha hecho daño. Quizá lo mataría a él también.
Seguíamos el uno contra el otro en un árbol robusto que aguantaba la presión que él ejercía sobre mí. No me molestaba, más bien me gustaba. Cada vez estaba más convencida de que esto estaba bien, aunque no podía evitar sentir un cierto resquemor. Y es que para poder hacer esto tendríamos que salir demasiadas veces al bosque, entonces empezarían a sospechar de nosotros. No me quería ganar mala fama en la familia, ya que me habían devuelto la vida.
Ahora, después de pensar eso, me arrepentía más que nunca de haber aceptado este jueguecito. Es un juego de niños pero sé que ningún vampiro se puede resistir a lo malo. Me deje de mover en seco, haciendo que la magia del momento se rompiera. Me miró incrédulo y no tuve otra opción que apartarle la mirada.
-Lo siento, Emmett.
