Canción en la que se inspiró el capítulo: "Sound of snow falling- Taku Iwasaki" del soundtrack de las Ovas de RK
Capítulo 3: La mujer
La escena era demasiado complicada para entenderla, pero sin duda Kaoru no estaba complacida por la reacción del rurouni. No era algo que viera comúnmente, y cuando lo hacía, significaba problemas. Porque cualquier cosa que pudiera sacar al pelirrojo de su tranquilo y bobo ser, sería complicado. Tenía que ver con un pasado en el cuál él ya no vivía o pensaba. Tenía que ver con viejas andanzas que lo seguían siguiendo aún estos días, sin importar lo que ella pudiera hacer.
Sentía que cada vez que algo como esto sucedía, la situación se iba más rápido de sus manos. Como si cada uno de estos encuentros fuera más difícil conforme avanzaba el tiempo. Cuando debería ser todo lo contrario. Debía estar más preparada y aprender a manejarlos con más facilidad cuando esto se presentara. Poder ayudar a Kenshin.
No quedarse parada como una completa tonta sin poder articular palabra alguna.
Quizás porque esta vez parecía diferente a todo lo anterior.
Este no era un enemigo que llegaba pidiendo un encuentro con Hitokiri Battousai para ajustar cuentas por el bien del pasado. Tampoco era un oficial de policía o cualquier alto mando del actual sistema de Japón. Esto era nuevo para todos.
Una mujer.
Una mujer que llegó preguntando por el verdadero nombre de Kenshin.
Ese nombre pocos lo conocían, pocos lo llamaban de esa manera puesto que Kenshin Himura era el nombre de un vagabundo que iba ayudando a las personas. Nunca relacionado con Hitokiri Battousai, nunca asesinando o dejando al débil sufrir. Así que llevaba a Kaoru a pensar en lo más obvio, esa mujer conocía a Kenshin después de la Revolución.
¿O no?
Pero al no saber mucho del pasado de Kenshin no podía apostar por nada seguro. Aunque le pareciera poco probable que alguien durante la Revolución se preocupara por saber el verdadero nombre del Demonio de Kyoto. El pelirrojo nunca era abierto respecto a esos temas y las veces que se encontró contándoles era porque la situación lo había orillado.
Y ahora estaban en ese tipo de situación, de nuevo.
Kaoru no sabía si decir o hacer algo. La mirada en el rostro del rurouni no la dejaba pensar claramente, asustado como si no fuese posible que la mujer que había caído en sus brazos estuviera ahí. Una impresión muy grande. Una irrealidad.
Kaoru no tenía idea de cómo reaccionar.
Mientras, Kenshin no estaba seguro de estar despierto, de que el peso que sentía en sus brazos fuese una pesadilla y no una realidad. Porque no había forma en que esto pasara. No después de sentir cómo la espada atravesaba de un lado a otro, no después de tantos años. Porque entonces había buscado la forma de negarse a sí mismo que eso había pasado, que ella estaba bien y que nunca traicionó sus propios votos.
"Con esa espada formar el camino hacia la nueva era…"
Sin embargo se había manchado de sangre inocente. Había pagado caro el precio.
-¿Kenshin?-
La situación en la que se encontraba tampoco era fácil.
¿Cómo…? Levantó el rostro lo más leve posible para encontrarse con la mirada preocupada de Kaoru. No quería ver esa expresión cuando apenas y regresaban de Kyoto. Pero no podía evitarlo, no podía hacer nada para que ella dejara de preocuparse porque él mismo estaba preocupado.
¿Y si éstos eran los límites de su sanidad?
¿Si solo era una ilusión tener a Tomoe en sus brazos? ¿Si en cualquier momento podía herir a cualquiera porque ya estaba perdiendo el control en su mente y cuerpo?
-¡Kenshin!- el pelirrojo se sobresaltó ante la exclamación de su nombre, y lo cerca que se escuchaba. Kaoru no se había movido de su lugar pero al mirar sobre su hombro, el resto de los habitantes del dojo se asomaba con curiosidad, mirándolo a él primero y luego a lo que había en sus brazos.
Entonces no era una alucinación del todo.
-¡Ken-san! ¡¿Qué haces?- regañó Megumi cruzándose de brazos, pero después de unos segundos pudo encontrar forma a lo que colgaba de los brazos del rurouni -¿Quién es ella?- bajó la voz un poco.
No estaba contenta con el hecho de que Kenshin tuviera una mujer en brazos, que no fuera ella. Pero el pequeño hombre no le contestó y no parecía ser porque no supiera quién era ella, pero porque no encontraba la manera de decirlo. Megumi incluso notó a Kaoru en la puerta con una expresión de confusión y miedo que comenzaba a hacerse visible mientras nadie hacia nada para salir de ese trance.
-Todo yo- pensó la doctora y se corrió un mechón de cabello detrás de la oreja antes de empezar a dar órdenes -¡Sanosuke, Ken-san no debería estar cargando a nadie todavía!- le propinó un codazo en el estómago al alto luchador -¡Hazte útil y lleva a esa mujer dentro! Es obvio que necesita atención-
Kenshin no hizo movimiento alguno cuando Sanosuke se acercó rápidamente y arrancó a Tomoe de sus brazos. Tampoco cuando todos, incluso Yahiko, se adentraron el dojo detrás de Megumi quien lanzaba órdenes a diestras y siniestra. No entendía por qué se sentía pegado al suelo y la sakabatou tan pesada. Por qué todavía no lograba comprender lo que pasaba, ya que parte de su mente lo quería aceptar pero el resto de su cuerpo se negaba.
No, todavía no era calificada su presencia como algo real.
Todavía no podía comprobarlo.
En menos de lo que todos pensaban, el dojo se movía en un tenso silencio apenas interrumpido por las órdenes de Megumi. Nadie supo decirle a la doctora quién era esa mujer, de dónde venía o qué quería. El único que tenía las respuestas había encontrado como punto de escondite un espacio en el que solía ver a Kaoru y Yahiko entrenar. Esforzándose en que su mente recordara las siluetas de Yahiko y Kaoru entrenar, porque eso era una realidad, ellos eran personas reales.
Ellos no habían muerto en el pasado.
Trataba de aferrarse fuertemente al presente haciendo uso de todo recuerdo posible. Incluso pensó en salir al mercado, pero recordando la hora que era, volvió a sentarse reticente con la espalda a la pared.
Hacía tiempo que no tenía que recurrir a esa técnica. O al menos después de aquellos días, había sido más fácil enfocarse en su nueva meta que en el pasado, pero los recientes sucesos hacían su decisión flaquear. Porque no le encontraba sentido a nada. Esto estaba probando cada fibra de entereza en su cuerpo, y de una manera muy cruel buscaba mantenerse en los días de Meiji.
No el Shinsengumi, no el demonio de Kyoto, no los rostros de todas aquellas víctimas.
Apretó ambas manos alrededor de la saya de la sakabatou. Ese era su límite. Tenía que encontrar algo suficientemente sólido, y aunque su espada de filo invertido era una realidad, también le hacía pensar al mismo tiempo en por qué la cargaba. Siempre lo hacía pensar en ella.
Se levantó de la pared con decisión, buscaría algo real.
Así comenzó a caminar por el dojo, notando que el patio estaba sucio. Pero claro, acababan de regresar. Todo el día habían limpiado dentro, pero el patio era un factor importante para la buena presentación de cualquier hogar Japonés. Se necesitaba un área aseada cuando había niños presentes, y aunque Yahiko entrara en esa categoría, también podía hacerlo por Ayame y Suzume.
Claro, limpiar el patio.
Pasando la sakabatou por el cinto de su hakama, comenzó la búsqueda del objeto de limpieza. Una escoba.
Tuvo que ir hasta el almacén que había sido su primer techo después de tantos años de vagabundear. Su primer techo sólido. Un lugar en el cual era bienvenido a quedarse y por el cual ya había peleado tantas veces. No cualquier lugar, pero sí un hogar. Hasta su Shishou lo había dicho, no con esas mismas palabras pero eso le dio a entender con:
-"Puedes volver al infierno en paz, baka deshi"-
Un infierno para su Shishou era un hogar, sin duda. Todo lo que envolviera trabajos domésticos, de hecho. Por eso lo había interpretado de esa manera, además de que no lo había dicho en un tono duro o de reprimenda.
-"No te atrevas a volver si tienes más problemas. No haré de niñera nunca más"
Con lo de niñera, sin duda Hiko Seijuro trataba de adelantarse a los hechos. Apostando por un futuro del Rurouni que él veía más cercano que cualquier problema. Eso no lo había entendido el pelirrojo, o había preferido no hacerlo.
Kaoru era alguien… importante, para él.
Lo sabía.
Comenzó a barrer ausentemente. Kaoru era alguien por quien había arriesgado la vida varias veces, pero eso no significaba que él, bueno, no significaba nada en absoluto ¿O sí? También había luchado por Megumi-dono y Misao-dono. Incluso por el bien de varios hombres. Pero eso era lo que se había propuesto a hacer, no había por qué tratarlo de relacionar con hacerlo por otro tipo de sentimientos.
O quizás ahora ya no lo sabía.
Suspiró dejando que una gota de sudor corriera por su frente. Era un desastre en otra cosa que no fuera el Hiten Mitsurugi Ryu. Comenzó a barrer ferozmente de un lado a otro como un pequeño tornado, levantando una gruesa capa de polvo y hojas como si una bomba hubiese explotado. Al final de su racha de energía, el patio brillaba.
Increíblemente, había hecho la tierra brillar.
Bajo la luz de la luna, suspiró de nuevo pero ahora complacido con su trabajo.
-¿Terminaste Kenshin?- la voz a espaldas del pelirrojo lo hizo congelarse. Abrió ambos ojos totalmente, había sido atrapado.
-Claro que si, San…- se giró para enfrentar al alto luchador -…osuke- sonrió avergonzado para sí mismo, llevándose una mano detrás de la cabeza.
No se había dado cuenta de que alguien estaba ahí cuando comenzó. Ahora el otro estaba cubierto de una gruesa capa de polvo y hojas. Una de las cuales se había clavado entre los mechones de cabello del hombre para gracia de Yahiko.
Como sea, Sanosuke no le tomó mucha importancia al hecho. Estaba preocupado, de hecho. Desde el principio, desde que Kenshin había permanecido callado durante la cena y ahora esa situación. No era alguien inteligente, lo sabía, pero si de algo podía presumir era entender un poco mejor a Kenshin, mejor que los demás. Porque él también, aunque muy joven, había sido parte de la Revolución.
Muchos quizás se preguntarían por qué relacionaba lo actual con el pasado, pero para él era más que evidente. Había solo un puñado de temas que hacían al pelirrojo frente a él actuar de manera extraña, todo se entrelazaban al final con su pasado.
Había decidido dejarlo pasar en la cena, pensando que si al día siguiente seguía en el mismo estado, entonces tendría que recurrir a medidas más drásticas. Como seguirlo a todos lados y molestarlo hasta que le contara qué era lo que le molestaba. Pero ese plan había pasado a segunda categoría por lo que sucedió después.
Una mujer.
Una extraña mujer que había parado en las puertas del dojo Kamiya, y por lo que decía Kaoru, preguntando por Kenshin específicamente mediante su verdadero nombre. Intuía que eso era lo que molestaba a la kendoka, la familiaridad con la que se habían referido al rurouni. Pero nadie podía apostar a nada ya que no sabían quién era ella y por qué estaba ahí.
Él al menos lo atribuía a un acto heroico en los primeros años de vagabundeo del pelirrojo. Kami-sama sabe cuántas personas habría defendido hasta el día de hoy con esa espada. Quizás y ya superaba el número de muertes causadas durante el Bakumatsu, pero eso no importaba por el momento. Comprendía lo delicado de la mente de Kenshin hasta cierto punto, así que descartó la idea de una vieja conocida de la persona conocida como rurouni, ya que no tendría un efecto en él como el que ahora se veía perfectamente.
Lo vio caminar hasta el dojo y sentarse a meditar por unos momentos, la mitad de su cuerpo apenas iluminado por la luna. Tal y como Kenshin se dividía a sí mismo. Lo observó por varios segundos, luego minutos. Si hubiese estado concentrado en su alrededor, se hubiera dado cuenta de la presencia de él en el lugar, pero nunca giró en su dirección o pareció notarlo. Ni siquiera había respondido a los llamados de Yahiko cuando lo buscaba.
Se encargó de que el pequeño mocoso se alejara para tratar de ver el asunto por sí mismo, antes de que los demás se preocuparan. Kyoto y sus sucesos estaban todavía tan frescos que no podía permitirse el dudar. Debía averiguar. Pero terminó bañado en polvo y hojas por un energético psicópata de la limpieza. Y él que iba con sus mejores intenciones.
Si de algo se aseguró hasta entonces, era que esa mujer estaba más atrás en la vida del rurouni de lo que cualquiera pensaba.
La pregunta era ¿Por qué?
El Demonio de Kyoto había sido temido por los hombres, enemigos y amigos. ¿Una mujer no era la diferencia, cierto?
-¿Terminaste de barrer, Kenshin?- remarcó sacudiendo toda su ropa y empujando a Yahiko lejos en el mismo movimiento. Necesitaba respuestas.
El rurouni sonrió bobamente, pero esta vez no lo engañaría. Con los demás ocupados, no habría por qué no hablar con la verdad. ¿Debía preguntar todo directo, o sería muy invasivo? Uh oh. Eso no lo había pensado. De la cabeza del luchador comenzó a salir humo.
-¿Quién es ella, Sanosuke?- la suave voz de Kenshin lo sacó de sus pensamientos, pero no había sonado como antes. Él podía identificar cuando algo no andaba bien solo con el tono de voz. El leve tono de frialdad al referirse a la mujer no le pasó desapercibido.
Asintió levemente tratando de obtener una mejor respuesta que pregunta.
-Alguien que conocí- fue la completa evasiva
¡E-VA-SI-VA! Sanosuke no podía creer que su amigo no lo considerara de suficiente confianza para decirle, claro, eso no era el final.
-Del Bakumatsu- completó por el rurouni, no era pregunta sino una afirmación. Tenía que estar en lo correcto. Kenshin trataba de desaparecer de nuevo cuando su declaración lo había detenido, probándolo correcto. –Sabes… Kenshin, que no es nada malo tener contacto con personas de esa época, menos si te han estado buscando- trató.
Pensó que el rurouni huía todavía del recuerdo de lo que había sido. Que podía herir a las personas aún cuando se había prometido no hacerlo, así que quizás la presencia de esa mujer por eso lo tenía tan nervioso. Había dejado tantos atrás y ahora no sabía cómo recuperarlo.
-Katsu y yo somos ahora bue…-
-Tu amigo está vivo, Sanosuke- fue interrumpido por el dudoso tono del rurouni –Esa es la diferencia-
El luchador no sabía cómo interpretar ese comentario.
¿Vivo?
Megumi siendo la doctora profesional que era, rápidamente había encontrado el causante de tanto alboroto y lo que necesitaba de su atención. Deshidratación, falta de comida. Lo que la ponía a pensar una vez más en la desconocida identidad de esa mujer, la familiaridad que tenía con su pelirrojo y lo que había puesto tan nerviosa a Kaoru.
Buscando heridas internas y pidiendo a la kendoka ropa más cómoda, se había dado cuenta de la pequeña bolsa con bastante dinero que cargaba esa mujer. Lo suficiente para comer, beber y hospedarse en una buena posada por más de un mes. Sin exagerar en ningún sentido, claro está. Así que los problemas que la habían hecho desvanecerse frente a Kenshin no eran muy válidos frente a sus ojos expertos.
Debía haber algún otro motivo.
Entonces recordaba los insistentes llamados a la puerta. Preguntando por "Kenshin Himura"
No era tonta, sabía que no muchos lo conocían así y se le hacía poco probable que el pelirrojo anduviese dando su nombre a diestra y siniestra mientras vagabundeaba. No era algo típico de él. Pero había una etapa de su vida que todos desconocían por igual, al menos en una versión oficial.
Bakumatsu.
La presencia de esta mujer no la hacía sentirse cómoda. Tenía que encontrar ciertas respuestas.
Al salir de la habitación de huéspedes, todos la esperaban ya. Kaoru sentada sobre sus rodillas con una expresión de preocupación a la cual no sabía a qué atribuir, Kenshin o la mujer, o qué. Yahiko esperaba impaciente tallando ambas manos sobre su hakama. Sanosuke de pié y recargado contra la pared, dándole vueltas a su asunto interno y Kenshin en la esquina más alejada de la habitación tomándose de la sakabatou recargada en su hombro con gran entereza.
Cuando la doctora cerró la puerta tras de sí, toda mirada disponible se plantó en ella, sin embargo solo quería respuestas de una sola persona.
-Ella está bien, no está herida- informó en general y se sentó cerca de Kaoru, soltando su cabello con un suspiro frustrado. Ya que nadie se atrevía a hacer la pregunta del año, optó por ser responsable -¿Quién es ella?-
Aunque su mirada no estaba en el rurouni pero sí en su propio kimono, el pelirrojo sabía que era un cuestionamiento solo para él. Ahí es donde comenzaban a inundarlo los recuerdos de su pasado que se supone lo había traído hasta este punto. Por esa "causa", por esa "muerte". Así que realmente no sabía cómo contestarse a sí mismo y menos a los demás. No podía asegurar nada, tampoco negarlo.
Por más que fuese imposible.
-No lo sé-
La respuesta no dejaba satisfecho a nadie, porque sabían que la conocía. Lo que era nuevo para todos era la forma en que parecía dudar de su propia respuesta.
Sabían, también, que solo sería cuestión de horas. Si no obtenían respuestas del rurouni, solo había que esperar a que la mujer despertara y entonces tendrían lo que querían.
-Ha sido un largo día- comentó Kaoru reprimiendo un falso bostezo –Creo que todos debemos dormir, nadie se desaparecerá durante la noche-
Lo inocente de su comentario había calado profundamente en el pelirrojo.
Siento la tardanza T_T soy una horrible persona, pero espero hayan disfrutado y perdonen el -de nuevo- cambio de narración. Prometo quedarme en 3ra persona, ¡Lo cumpliré!
¿Alguien vivo?
¿Review? ¡Lo juro, ya retomé el ritmo de la historia! Esperen actualización. Próximo capítulo: La mujer del Hitokiri
