-¡Te dije que no había tiempo de fregar el suelo antes de irnos!
-¡El caso es que he fregado, y no nos va a pasar nada por llegar 5 minutos tarde! ¿Qué tal atrás, chicos?
Bob se giró y miró a las personas sentadas en el asiento de atrás. Como solo tenían tres asientos, tuvieron que poner a Silvia y Gino en el regazo de los padres de Bob, que hablaban con tranquilidad sobre la cena de fin de año.
-Bien, papá, pero ha sido una lástima el tener que dejar el especial de Fin de Año de Krusty el Payaso.
Bob gruñó entre dientes al recordar aquel nombre.
-Sí, iban a lanzar al Actor Secundario Mel desde lo alto de una torre con un cañón al acabar las campanadas.
-Pobre Melvin… ¿Nunca os ha dado pena?
-Vaya, Cecil, mira quien lo dice, el aprendiz de payaso.
-Vamos, deja a Cecil. Esta es una noche en la que nos reunimos con toda la familia.-Dijo Francesca.- Además, conociendo al tío Fred, un día de estos le da un infarto y no le volvemos a ver más.
Bob se asomó por la ventana del coche y observó la mansión de su primo Vladimir.
Gino abrió la boca.
-¿Vamos a cenar AHÍ?
-SÍ.
Gino y Silvia se miraron con cara de emoción.
-¡Huau, por fin vamos a un sitio decente!
-¿Qué pasa, que la casa del tío Fred no era bastante para vosotros?
-Su tele solo tiene un canal.-Explicó Gino.
-Y para verla bien hay que aporrearla continuamente.-Corroboró su hermana.
La familia se acercó a la puerta y Bob se acercó y llamó. Silencio. De repente, sonó una voz:
-¿Quién se atreve a interrumpir mi…? Ah, claro, la cena… ¡Pasad!
Las puertas se abrieron, y ante ellos apareció un hombre de mediana edad, con el pelo negro, y nariz aguileña, sobre un bigote que le daba un curioso parecido a Hitler.
-¡Bienvenidos a mi humilde morada!
Silvia le indicó a su padre que se inclinara para susurrarle.
-Papá ¿Quién es este tipo?
-Es mi primo Vladimir, considéralo tu tío.
-¿Tiene hijos? Porque si solo estamos nosotros dos, nos vamos a aburrir como una ostra.
-Sí, pero ya hablaremos de ello.
Justo entonces, Vladimir se le acercó y le dio un fuerte apretón de manos.
-¿Hey, Bob, cómo estás? ¿Sigues intentando matar a Bart Simpson?
-No, he dejado el vicio. ¿Podemos entrar?
-Claro. Llegáis un poco tarde, nos hemos acabado el primer plato sin vosotros.
El grupo se internó en la casa, y todos se asombraron y vieron la fantástica tapicería de la mansión.
-¿Vives aquí?- Le preguntó Francesca a Vladimir.
-¡Oh, no! Solo vengo a ella en invierno, porque es demasiado caliente para estar en las demás estaciones.
-Pues es preciosa. ¿Cómo la conseguiste?
-Formaba parte de le herencia de mi madre.
Cuando entraron en el comedor, oyeron el sonido inconfundible del banjo de Manphred, el tío de Bob y Cecil, y padre de Vladimir.
-¡Vaya, vaya! ¡Pero mira a quien tenemos aquí! ¡Si son Charles Chapling y Richard Nickson!
Bob y Cecil se miraron.
-¡Estaba bromeando!- Río el anciano.-Estoy viejo, pero aún no chocheo… ¿Por dónde iba? Ah, sí, ya recuerdo: Los Nazis nos tenían acorralados y amenazaban con lanzar granadas contra nosotros, pero entonces…
-Sí, yo también me alegro de verte, tío Fred.
Bob miró a sus familiares sentados alrededor de la mesa del comedor.
-Por favor, toma asiento, primo.- Le dijo Vládimir, ofreciéndole una silla.
Se sentaron todos a la mesa y hablaron de sus respectivos temas de vida cotidiana.
Todos se lo pasaron en grande en la cena, sobre todo cuando el tío Fred se levantó y señaló a Vladimir con un dedo.
-¡Es el, es Hitler! ¡Ha vuelto de entre los muertos!
Todos rieron, salvo Vladimir, hasta que comprendieron que realmente creía que era Hitler, y tuvieron que darle unas pastillas para la memoria.
Mientras los adultos charlaban, Gino y Silvia se dispusieron a explorar la enorme casa.
-¿Tú crees que habrá algún cadáver en putrefacción en la casa?
-¡Qué asco! ¿Por qué iba a haber algún misterio en esta casa?
Ambos se acercaron a una puerta granate y grande.
-Eh Silvia, ¿A que no te atreves a entrar?
-Vamos, eso ni se pregunta.
Abrieron la puerta con cuidado y se asomaron a una habitación oscura y con un aire siniestro. Entraron en la sala y se encontraron un enorme arcón, pero cuando se disponían a abrirlo, unas manos se pusieron en el hombro de cada uno y una voz desconocida preguntó:
-¿Qué hacéis aquí vosotros dos?
Los dos chicos se quedaron congelados en el sitio. Al sentir que los giraban, gritaron.
