Capítulo 2: Vacaciones.

El gritó se oyó en el comedor y casi hace a Bob escupir el té de por la boca. Francesca se levantó.

-¿Que habrán hecho ahora?

Ambos subieron por las escaleras y se encontraron con la puerta de la habitación de más al fondo abierta. Corrieron a toda prisa y, nada más entrar, vieron a sus hijos con un pintoresco personaje que los cogía por los hombros.

-Oh, usted perdone, señor…

-Underdunk, pero pueden llamarme Will. No pasa nada, no se alarme. Los chicos no me han hecho nada, solo entraron en mi habitación sin permiso, claro que con mi aspecto, es normal que se asustaran.

El hombre tendría unos 40 años, iba en silla de ruedas y uno de sus ojos era de un color diferente al otro.

-Hola, Bob, ¿Me recuerdas? ¡Soy tu primo William!

-¡Ah, claro! Pero, ¿Por qué no has subido antes a cenar?

-Porque no me apetecía estar entre la gente. Pero ahora me disponía a bajar, después de dejar unas cosas en mi habitación, cuando me encontré a estos dos desconocidos. Son tus hijos, ¿Verdad?

-Sí.

-El chico ya me tenía un aquel contigo.

-Sí, aunque todos dicen que se parece a su madre. No sé por qué será.

Bajaron justo después de las campanadas.

-Maravilloso, chicos, nos habéis hecho perdernos las campanadas. Espero que estéis contentos.

Gino se atrevió a contestar.

-Ehm… ¿Si?

Bob le miró con una cara que indicaba que la discusión se había acabado.

Más tarde, en el coche, una vez acabada la cena, nadie decía nada. Vladimir ya había llevado a Cecil y a sus padres a sus respectivas casas.

-Venga, papá, no puedes estar enfadado el resto de la noche.

-No dedicaré a ese comentario ni una mirada de solsayo.

-Venga, cariño, anímate, que mañana nos vamos de vacaciones.

-¿Que mañana nos vamos de QUE?

-He ganado estancia gratis en un hotel en Venecia.

-Genial, precisamente a Italia.

-No hablemos de eso delante de los niños.

-Bueno, jamás he estado en Venecia.

-¿No? Ah, es cierto, nunca. Yo sí. Es un sitio la mar de romántico.

Los dos niños, en el asiento de atrás, gritaron:

-¿¡Romántico! ¡Jopé!

-Vamos chicos, ya lo tengo todo planeado. Mientras vuestro padre y yo disfrutamos de una segunda luna de miel, vosotros os quedaréis con vuestro tío Cecil y con Vladimir, y con sus hijos.

-¿Luna de miel? Entonces todo cambia.

-Pss, hermanita, no se refieren a una luna de miel en sentido LITERAL, sino en sentido FIGURADO.

-Ah, ese tipo de luna de miel.

Al día siguiente, Francesca les despertó a todos con un tambor.

-¿A qué viene eso?

-Si no nos levantamos temprano, perderemos el avión. Además, por la cara que pusiste, parecía que estabas soñando cosas verdes.

-Ya, lo que tú digas…- Bob se preguntó si siempre ponía esa cara cuando soñaba que estaba cachas.

-Vamos chicos, a levantarse, que vamos a perder el avión.

-Quedan tres horas y media para que despegue…

-Por si acaso os levanto a esta hora para poder llegar temprano y no hacer cola.

La familia, medio dormida se levantó y desayunó.

-¿Un poco de café, chicos?

-¡Bob, solo tienen 11 y 9 años!

-Tranquila, Fran, es descafeinado.

Después de decir esto, se inclinó hacia los niños y les susurró:

-No lo es. Bebéoslo rápido y os sentiréis más enérgicos que Cecil cuando le obligué a correr delante de un coche.

Una hora después, corrían por el aeropuerto.

-¡Vamos, chicos, ale, ale!

Cecil miró a Bob y le preguntó:

-¿De dónde saca esta la energía?

-Ni idea, oye.

Una vez en el aeropuerto, se reunieron con Vladimir y su hija Amber, que tenía 15 años.

-Bien, hemos llegado 2 horas y media más temprano.

-¡Bien por nosotros!-Dijo Gino sarcásticamente.

Bob se volvió hacia sus hijos.

-Esto va para rato. ¿Queréis que os cuente alguna historia?

-Vale, papá.

-¿Cual queréis que os cuente? El otro día ya os conté como intenté tirar a Cecil por la ventana cuando éramos pequeños…

-Sorpréndenos.

-De acuerdo, os contaré mi favorita. Chicos, preparaos a descubrir… ¡Como conocí a vuestra madre!

-Cariño, ¿No deberías pagar derechos de autor por eso?

Y Bob comenzó su relato.