Capítulo 3: Recuerdos del pasado.

Bob salió de su casa un domingo cualquiera del mes de octubre. Se disponía a ir a una fiesta en su honor, ya que había causado una tremenda expectación allí en Salsiccia; gracias a sus gigantescos pies, la vendimia había sido todo un éxito.

Se puso su traje de los domingos (Era su única ropa a parte de unas camisetas y pantalones que había logrado salvar de su apartamento) y salió con elegancia por la puerta de su pequeña casa, una casita que pasaba inadvertida entre las demás casas del pueblo.

Como no tenía coche, fue andando hasta la fiesta. Tardó unos 5 minutos, y, mientras paseaba, observaba los hermosos campos característicos de La Toscana.

Recordó sus duros años en la cárcel, aquel agujero repugnante lleno de incultos. Y a Bart Simpson. Solo pensar en aquel mocoso de pantalones azules provocaba que todas y cada una de las fibras de su cuerpo se alterasen. Soñaba con él, mofándose mientras Bob se intentaba proteger de sus burlas en su celda.

Pero ahora era libre, libre como un pájaro. Y feliz. Más feliz de lo que jamás había estado en su vida.

Ya estaba llegando a la entrada de la mansión donde se iba a celebrar la fiesta, la mansión del alcalde.

La fiesta era maravillosa, pues el alcalde tenía una piscina en el patio de arriba de su mansión, y la gente hablaba y charlaba cerca de ella. Bob tuvo el placer de abrir una botella de champán que el alcalde le encargó abrir, y, después de despejar el salón, Bob abrió la botella, y la tapa salió disparada, desafortunadamente, contra el patio de la piscina.

De repente, alguien gritó.

Bob, el alcalde y los demás salieron a ver qué ocurría. Uno de los comensales les informó.

-¡Una mujer se ha desmayado y se ha caído a la piscina!

-Bueno, pues sácala de ahí, ¿No?

-¡Pero señor, aquí nadie sabe nadar, no hemos visto el mar nunca!

-Hum, tienes razón. En situaciones como estas me pregunto por qué tengo una piscina.

Bob, sin pensarlo dos veces, saltó a la piscina y sacó a la mujer del agua.

-¿Como ocurrió?- Preguntó Bob, mientras unos hombres se la llevaban arriba.

-Un objeto volador no identificado la golpeó en la nuca con fuerza y se cayó al agua.

El alcalde recogió el objeto del suelo y lo observó.

-Esto es el tapón de la botella de champán.

De repente, Bob se sintió culpable. Subió las escaleras a la habitación donde se la habían llevado. Permaneció a su lado mientras no despertó, leyendo una revista. Un cuarto de hora más tarde vio como abría los ojos y se llevaba una mano a la cabeza.

-Argh, nunca volveré a acercarme a una fiesta de estas. Estas tan tranquila hablando y de repente te golpean en la cabeza y…-Se dio cuenta de que la estaban observando.

-Vaya, ¿A quién tengo el gusto de conocer?

-Robert Cristopher Elton Underdunk Terwilliger Jr. - La mujer le miró con ojos incrédulos.- Pero mis amigos me llaman Bob por razones obvias. ¿Y cuál es su nombre si se me permite saberlo?

-Francesca.

"-Vaya, además de guapa tiene un nombre bonito…" Pensó el lado izquierdo del cerebro de Bob.

"-¡Calla!" Dijo el lado derecho del cerebro.

-Abajo están con el baile. ¿Te importaría acompañarme?

-Verás, hace 10 años que no bailo con una mujer y…

-¿10? ¿Tantos?

-No, ahí me has pillado…15.

Pero antes de que Bob tuviera tiempo de reaccionar, Francesca le cogió del brazo y le arrastró a la pista de baile.

-¿¡Pero qué…!

Aún así, se dejó llevar por la música. Reconoció aquel tema. Era la orquesta de Benny Goodman, tocando Sing Sing, un tema que ya había oído en prisión hacía tiempo.

El siguiente tema era un lento, el Danubio Azul. Bob no estaba acostumbrado a aquel tipo de baile con una persona a la que acababa de conocer. El lento le resultó más difícil, ya que el contacto mutuo era más abundante en aquel estilo de baile, y el, precisamente no era muy mujeriego; de hecho, su hermano jamás había tenido suerte en el amor, pero Bob atraía a las mujeres sin pretenderlo. Quizás era por su altura, por su pelo o por sus instintos criminales y su inteligencia.

Al acabar el baile, Bob se fue a casa, y Francesca le acompañó hasta su calle. Cuando se fue, Bob entró en su chabola, y se tumbó en la cama, se puso el pijama y durmió pronto.

Y, extrañamente, aquella noche no soñó con Bart Simpson.