Capítulo 4: La calma antes de la tempestad.

-Una historia alucinante, papa, pero ¿Por qué os fuisteis de Italia?

-Pues porque… porque….-Miró a Francesca- Cecil se rompió una pierna y le fuimos a visitar al hospital de Springfield, y nos quedamos aquí al final.

-¿Y quién era Bart Simpson y por qué le odiabas?

-Era…era… El cartero, que nunca me traía las cartas a tiempo.

-Pero…

La pregunta de Silvia fue interrumpida por un megáfono:

-Atención, pasajeros del vuelo Springfield-Roma, su avión despega en 10 minutos.

Cuando los niños cogieron sus maletas, Bob miró a su esposa.

-Por qué poco. Si llegan a saber que yo era un asesino perturbado, seguro que me odian.

-Pero no acabaste de contarles la historia, ¿Verdad?

-No, no conté como fue nuestro primer beso ni como te pedí que te casaras conmigo.

-Sí, algunas cosas es mejor que se las contemos cuando sean más mayores.

-Yo solo les contaré lo de mis intentos de asesinato en mi lecho de muerte.

Una vez en el avión, la familia se acomodó en sus respectivos asientos.

-¿Cuánto tardaremos en llegar?

-No te impacientes, tardaremos aún varias horas. De hecho, casi será de noche cuando llegemos.

Aproximadamente por la mitad del viaje, Los dos chicos se despertaron y decidieron empezar a pasear por el avión.

-Papá, ¿Podemos explorar el avión?

-¿Hm? Sí, me tomaré otro perrito caliente, gracias.

Gino y Silvia se miraron. Le retiraron a Bob el libro de encima de la cara, y vieron que estaba durmiendo.

-Será mejor no despertarle. ¡Vamos!

Después de que se fueran, Francesca se acercó a Bob en sueños.

-¡De perritos calientes nada!

-No puedo comer cosas ricas ni en sueños…zzzz.

Los chicos ya se acercaban a los baños, para ver cómo eran por dentro.

-Venga, hermana, seguro que no hay nada interesante aquí dentro…

-Algunas tenemos necesidades, ¿Sabes? Tú quédate aquí. Vuelvo enseguida.

Gino se quedó mirando su reflejo en el espejo del aseo de señoras. Después, abrió la boca y se movió el diente que tenía flojo.

-¡Je! Ya no le falta mucho…

Su hermana salió del retrete en un santiamén.

-Bueno, ¿Nos vamos? Quiero ver como es la parte de delante del avión.

De pronto, sin previo aviso, oyeron un fuerte golpetazo, y, conscientes de lo que había ocurrido, se giraron. Gino corrió hasta la puerta e intentó abrirla.

-¡Está atascada!

Alcanzó a oír una voz al otro lado. Puso la oreja en la puerta. Al principio, la voz femenina no le dijo nada, pero después empezó a entenderla. Era la voz metálica que salía de los megáfonos del avión.

-Atención, señores pasajeros, al parecer nos hemos topado con una pequeña tormenta en mitad del trayecto. Permanezcan en sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado.

Gino se apartó, espantado.

-¿Qué vamos a hacer ahora?

Mientras tanto, el megáfono había despertado a los adultos, y, al darse cuenta de que sus hijos no estaban en sus asientos, Bob se levantó y fue a buscarlos.

-¡Fran, quédate aquí! ¡Voy a buscar a los niños! No podían buscar otro momento para escaparse…

Se asomó al pasillo, creyendo que estarían ahí, pero no les vio.

"Chicos, ¿Dónde estáis?"

Corrió por el pasillo, mientras una azafata intentaba detenerlo.

-Señor, permanezca en su asiento, por favor.

-¡Mis hijos no están! ¡Suélteme!

Se soltó del brazo de la azafata, justo cuando el avión sufría un tambaleo. Bob se cayó al suelo. Se levantó casi al instante. No iba a parar. Miraba a derecha e izquierda, buscando a sus hijos por los asientos. De pronto, se dio cuenta.

-¡Los aseos!

Corrió hacia la puerta de los servicios y trató de abrirla, inútilmente.

-¡Silvia! ¡Gino! ¿Estáis ahí?

Oyó una débil voz que salía de detrás de la puerta.

-¿Papá?

Era la inconfundible voz de su hija menor.

-¡Silvia, cariño! ¿Está tu hermano contigo?

-Tranqui, papá, estoy aquí.

-¡Chicos, aguantad un poco! ¡Os vamos a sacar de ahí!

Otro tambaleo. Bob se agarró a la puerta y no se cayó, pero no sabía si sus hijos estaban bien.

-¡Agarraos a lo más firme que podáis! ¿Me oís? ¡Sed fuertes, os sacaremos!

Intentó abrir la puerta de nuevo. Nada. Estaba claro que, con el portazo, se había quedado allí insertada. Varios vigilantes se acercaron a la puerta y ayudaron a Bob en su tarea.

-¿No tienen un hacha o algo parecido? Lo digo porque…

No pudo acabar la frase. Una maleta se desprendió del techo y le cayó en la cabeza. Lo último que pudo ver Bob fue la figura borrosa de su hermano, que se inclinó hacia él.

Después, solo negrura.