Disclaimer: Kishimoto es dueño y señor, yo sólo soy un vil remedo que ultraja a sus personajes sin fines de lucro.

Notas de secretos: ¡Por fin! Alguien tuvo la cortesía de explicarme cómo podía subir un capítulo nuevo a esta cosa y puedo continuar esta historia. Espero que la disfruten y que estos problemas horribles por la cuestión de que no me sube el "multiespaciado" se hayan solucionado de la mejor manera.


Capítulo 2. Cavilaciones

.

.

Sasuke, si de verdad quieres a Naruto con un amor sincero, estaré feliz de que estén juntos— le contestó Itachi, sereno. Se veía igual que siempre, serio y parco, aunque tenía un dejo de melancolía, que sólo era perceptible para alguien que, como él, había pasado mucho tiempo observándolo.

No se le ocurrió al menor decir nada, ni siquiera uno de esos "hmpfs" que estaba acostumbrado a lanzar cuando no tenía intención de organizar sus palabras. Finalmente, nunca se le había dado bien el trato interpersonal ni había entendido de sentimientos. Sabía que quería a Naruto, no con la misma vehemencia con la que (incluso en ese momento) seguía amando a Gaara, pero no le disgustaba. Por el contrario, su presencia le agradaba y le daba energía. Además, necesitaba olvidar, querer a alguien de nueva cuenta…

"Quiero a Naruto porque estoy cansado de vivir con el fantasma de Gaara" pensó en ese momento el más joven, pero lo calló por prudencia. No sabía a ciencia cierta en ese momento qué tan importante era el Uzumaki para su hermano, pero Itachi se había esforzado tanto para emparejarlos, y mostraba por aquel trigueño una devoción tan evidente, que no podía decepcionarlo.

¿Sabes? — habló el mayor, con la compostura habitual —Naruto es alguien muy especial para mí, casi tanto como tú.

Una mueca de disgusto se asomó discretamente en el rostro del más joven. No creía en las palabras de Itachi, pero tampoco planeaba invertir tiempo y esfuerzo en hacerlo confesar lo contrario. Si lo que le preocupaba era que hiriese al rubio, no lo haría… Era una persona cómoda para estar, pese a sus alaridos y su ímpetu desaforado.

Pero la comodidad no lo era todo y, pese a que sabía que Naruto lo amaba con todas sus fuerzas, hacía mucho tiempo que él había entendido que no podría corresponderle en magnitud ni en intención. No era que no lo hubiese procurado, por lo menos en un inicio, pero Gaara nunca había salido de sus pensamientos. Él había intentado maquillarlos, deshacerse de ellos e incluso esconder sus sentimientos en una mezcla de odio y rencor…pero no lo había conseguido nunca. El Sabaku era su obsesión, su único deseo inconcluso, el foco de todas sus pasiones.

Eso era algo que ni el Uzumaki ni nadie pudo haberlo comprendido nunca. Nunca había pretendido que lo hiciera, tampoco. Gaara era de esas cosas que ocurría sólo una vez, algo que rompe con todo, la puerta a lo más oscuro de su ser; Naruto era un chico de buenas intenciones que lo había distraído el tiempo suficiente y a quien había querido querer. Era tan chapado a los modos de los cuentos de hadas, que nunca habría podido comprender que el príncipe se quedó con la Cenicienta sólo porque una princesa de otro reino lo había despechado. Y que, incluso a sabiendas de eso, ella lo había aceptado.

Para Naruto las cosas eran blancas o negras, siempre monocromáticas. Ése era el motivo por el cual ni siquiera se tomó el tiempo en explicarle lo que ocurría. Prefería mil veces ser tachado de infiel que de desleal: ¿No habría sufrido más el rubio de haberle confesado que nunca había dejado de pensar en otro, que si un día, de buenas a primeras, sencillamente pensaba que lo había engañado por motivos circunstanciales? Lo que había hecho, contrario a lo que Itachi creía, no era mezquino: era misericordioso.

Se colocó una nueva bolsa con hielo en la mejilla y se quedó absorto unos segundos, al sentir el frío del la bolsa en contacto con lo caliente de su piel. ¡Qué sensación tan más desagradable!

El golpe que le había dado su hermano jamás lo habría esperado, pero el dolor físico no era tan poderoso como la rabia que sentía: ¿En qué cojones estaba pensando su hermano al llegar así, de buenas a primeras, exigiendo respuestas que no tenían preguntas, con ganas de juzgar lo que saltaba a la vista? Comprendía que Naruto era importante para Itachi, eso siempre se lo había dejado en claro, pero jamás creyó que significase tanto como para no darse cuenta, para no comprender, que sus motivos habían sido siempre claros y firmes: Él había hecho todo conforme a sus principios, por mucho que los demás se negaran a adentrarse en algo que no fuese la forma.

No pudo evitar fruncir el entrecejo al percatarse de lo que le molestaba realmente: Se sentía traicionado por el hecho de que su hermano no hubiese comprendido absolutamente nada de lo que ocurría. El puñetazo era intrascendente a final de cuentas, no era más que un reflejo… Pero, ¿cómo era posible que Itachi, siendo tan brillante como era, se hubiese cegado en lugar de ponerse en su lugar?

—Debió haberlo entendido, mierda— musitó para sus adentros, mientras crispaba el puño.

A final de cuentas, ¿no había sido el propio Itachi quien le había dicho, alguna vez, que un hombre hace cualquier cosa por las personas a quienes ama?

—¿Quieres un té de tila? Pareces agitado—La tersa voz de Gaara interrumpió el ciclo de sus pensamientos, aliviándolo en cierta medida, pues empezaba a enredarse con sus propias cavilaciones.

Sonrió con soberbia, más para sí mismo que para su interlocutor. La presencia de su amante ahí lo llenaba de una satisfacción posesiva y retorcida que hacía mucho no sentía. Todo había valido la pena, incluso—reparó en el calor que emanaba de su mejilla—lo que no había previsto: ¿Qué más daba si el imbécil de su hermano se ponía en sus modos moralistas y plásticos, dignos de los ignorantes aferrados? Él tenía a su taheño ahí, para él, sólo para él.

—Sí, muy cargado.

El de mechones carmesíes se dirigió a la cocina, preparó la tetera y la puso sobre la estufa. Sólo quedaba esperar. Se cruzó de brazos y se recargó en uno de los mostradores, contemplando la tetera y absorto en sus pensamientos.

Sabaku no Gaara siempre había sido un hombre raro a ojos de los otros. Por lo general se mantenía ecuánime y cerebral frente a las situaciones, no tanto por temple sino por la profunda indiferencia que le profería el universo. No se había sentido nunca reflejado en nada ni en nadie, no se reconocía en algo ajeno a sí mismo; por eso no era capaz de amar u odiar. Casi toda su vida había estado en un sopor constante y neblinoso.

Sonrió, con la mirada extraviada en el tiempo. Recordó que alguna vez, mientras leía en uno de los patios de su casa, escuchó a una sirvienta preguntar a su nana si él, Gaara, tenía algún desorden mental. La mujer, una vieja de la región de Braj, contestó parcamente que no, que lo que ocurría era que su nombre, en dialecto brajbhasa, significaba "Demonio que sólo se ama a sí mismo".

Nunca, hasta sus quince años, ya que había adquirido la ciudadanía japonesa, dudó de la veracidad de su nombre. Jamás había querido a nadie, ni siquiera a su padre o a sus hermanos… hasta que miró por primera vez los ojos negros de Sasuke Uchiha.

Lo que empezó como angustia y molestia por esa invasión a su confort, se convirtió en curiosidad y luego en una pasión que le quemaba por dentro. Se encontró a sí mismo ansiando la compañía malsana del único ser que no le resultaba ajeno, teniendo fijaciones extrañas y oscuras, ahogándose en sus deseos privados—que nunca le pareció pertinente externar—. Y, de pronto, un día decidió que pretendía permanecer a su lado. Le era indispensable.

¿Quién habría dicho que ésa era la definición justa que Sasuke le había dado para referirse al amor? Algo agresivo, abyecto y vil. Nada de boberías, de corazones o de palabras galantes: El saberse complementado, el poder ir al mismísimo infierno para perseguir a quien amas. Amar, para ellos, era tan pasional como odiar, con la única diferencia de que era un sentimiento retribuido.

Se acercó a la alacena para sacar un par de tazas de porcelana. Dos. Por fin ese número volvía a tener sentido.

El tren de sus pensamientos no podía detenerse en aquel momento, por mucho que él lo deseara. La cólera empezó a bullir en su ser, pero no hizo nada para controlarla ni para llevarla a su máxima expresión, se había acostumbrado a ella y sabía que explotaría en el momento indicado. Mientras, sólo yacía adormecida en la boca de su estómago.

—Itachi— bisbisó, mientras preparaba la bandeja con las tazas.

Él nunca había sido del agrado del hermano de su pareja, aunque tampoco se había esforzado mucho por romper la firme barrera que el Uchiha mayor imponía entre él y el mundo. No tenía ni derecho ni interés en hacerlo, finalmente—y eso era algo que Gaara sabía muy bien—cada quien se guarece de sus propios demonios como mejor le parece, los demás no tienen derecho a entrometerse. Sin embargo, no por eso dejó de observarlo. Itachi lo odiaba con todo su ser, lo detestaba con tal intensidad que, más que sentirse extrañado, se sintió aburrido. Era la primera vez que no hacía nada para ganarse una enemistad, ni siquiera valía la pena esforzarse por conservarla.

No tardó en darse cuenta de que el motivo era Sasuke. Itachi no entendía más de lo que una trucha con parálisis podría sobre la profundidad del sentimiento que compartía con su pareja, más allá: Estaba celoso y cegado por su moral agria e inflexible. Por supuesto, Sasuke decía que "se le pasaría", que "se acostumbraría"…

Suspiró, mientras servía el té en las tazas. No valía la pena pensar en el pasado en ese instante, ya llegaría el momento.

La noche anterior no había podido pegar ojo hasta después de la trifulca. Había escuchado los reclamos quedos y toscos de ambos, el golpe y un portazo, pero consideró pertinente esperar unos momentos para salir. Contrario a Sasuke, que se había quedado impactado por la reacción desmedida de Itachi, él la había visto venir desde el mismo motivo en que escuchó el chillido ahogado de un chico detrás de él. No obstante, también era consciente de que al final del día sólo podía haber dos escenarios: O Itachi se acostumbraba a la idea de que él no era un rubio ruidoso y torpe, o forzaba la situación lo suficiente como para que todas las verdades salieran a la luz.

Sólo había que esperar.

.

.

.

Itachi yacía erguido frente a la ventana, era su lugar preferido para pensar y abstraerse del mundo. No había dormido bien la noche anterior debido al cúmulo de sentimientos que tenía acumulados, pero tampoco sentía sueño. Se encontraba en un estado de letargo tal que no se dio cuenta cuando Naruto se acercó a él y le tapó los ojos.

Volteó rápidamente, agradecido de que alguien lo distrajera de ese caudaloso río de cavilaciones turbias.

—¿Te sientes mejor, Naruto?—hizo el amago de sonreír, pero no era algo a lo que estuviera acostumbrado ni de lo que le dieran ganas en ese momento. Una suave curva, imperceptible y fugaz, se formó.

Por la faz del rubio cruzó una sombra de tristeza, antes de que una enorme sonrisa sin alegría se asomara.

—Me refiero a la cabeza— aclaró rápidamente el mayor, sabiendo que se había mandado un error al ser tan ambiguo con su pregunta. Naruto pareció relajarse.

—Ah, sí, estoy como nuevo. Muchas gracias.

Sabía que no era el mejor momento para tocar el tema sobre el cual había estado reflexionando hasta hacía unos minutos, pero a la vez, comprendía que sólo en ese instante podría verbalizar su deseo. Si esperaba más tiempo, aunque fuera unos minutos o un par de días, las palabras quedarían muertas en su interior y no podría externarlas nunca más.

—Naruto— habló tras unos segundos, pero las palabras comenzaban a deshacerse dentro de su mente. La duda empezaba a trasminar en su interior, de verdad no era el momento—…

El menor no abrió la boca, sino que se le quedó mirando expectante. Seguramente tenía un aspecto poco usual, desvió la mirada.

—¿Sí?—el Uzumaki rompió el silencio, ocasionando que su murmullo ronco reverberara en la psique de Itachi.

—Nada, lo olvidé.

Acto seguido, caminó hacia la cocina con el pretexto de beber un vaso de agua. El nudo en la boca de su estómago le parecía tan extraño, como un pequeño tumor que crecía a pasos agigantados y que, al caer la noche, ya lo habría matado. Se había visto como un idiota total debido a sus reculaciones, pero sabía que algunas veces el silencio es el mejor protector y la mejor barrera para no generar estragos en la vida de las personas que lo rodeaban.

El tema fue esquivado durante casi una semana, de hecho, salvo los soliloquios de Naruto y sus esfuerzos verbales por parecer repuesto de la infidelidad, el silencio imperó en la casa.

Quizás eso había sido lo más conveniente ya que no había conversación que pudiese llenar el vacío que cada uno de los habitantes de ese apartamento sentía. Por ello, en un acuerdo tácito, habían preferido cerrar la boca y poner en orden sus corazones antes de dejar salir sus miedos.

Itachi dudaba si Naruto se había creído el pretexto que le había puesto días antes para callar lo que firmemente se había propuesto decir o si su rostro, generalmente ecuánime, le había confiado fugazmente las verdades que su boca no había podido. Prefería darle rodeos al tema, para no adentrarse en sus pensamientos turbulentos. Se convencía, minuto a minuto y día a día, de que había hecho bien en guardar silencio; el rubio no estaba anímicamente preparado para una petición de esa magnitud. Sonaría egoísta pedirle que dejara de mencionar el nombre de su hermano cuando lo que más requería era desahogarse, desintoxicarse de ese amor impuro que lo había lastimado. Por mucho que a él lo frustrara escuchar, indirectamente, una recriminación por sus propios errores.

Supuso, en cierto momento y tras una meditación excesiva, que era parte de la misma penitencia que le imponía el universo por no haberse responsabilizado de sus sentimientos: Había dejado que Naruto se fuera y ahora no podía pretender que olvidara los tres años que había pasado su hermano de la noche a la mañana. Además, se dijo, lo más probable es que no deseara tener nada que ver con su familia de ahora en más. No podría culparlo. De hecho, no podía culpar a nadie más que a sí mismo. Y, evidentemente, a Sasuke.

Por su parte, Naruto estaba totalmente avocado a sí. Procuraba poner en orden su cabeza, pero no tenía ni fuerzas ni ánimos para pensar en nada. El alcohol le había enloquecido la noche de la infidelidad y lo había desinhibido para hacer insensateces, pero al mismo tiempo había calmado un poco el dolor recalcitrante que tenía. Aquella noche le había dejado tan exhausto que, inclusive en ese momento—casi siete días más tarde—, no se sentía preparado para afrontar todo lo ocurrido con Sasuke, ni su relación ni el final de ella. Si por él fuera, todo podía quedarse guardado en el rincón de los pensamientos que se esforzaba por olvidar, haría de lado esos años y se concentraría en cualquier otra cosa... Pero no era nada sencillo: Uno no decide querer o no querer, olvidar o recordar a placer, todo ella en el momento menos esperado.

Y, llegó un momento en que ya no pudo controlar lo que pasaba en su interior. La ira y el dolor habían formado una mezcla explosiva que no podía ser contenida en su cuerpo.

Y lloró todo lo que no había llorado, lágrimas punzocortantes, lacerantes, negras.

Una semana antes no habría tenido reparos en gritarle al mundo que, aunque Sasuke Uchiha fuera la peor persona del universo, era la persona a quien más quería. Menos de siete días antes, habría puesto las manos en el fuego por su pareja—bueno, ex-pareja— y ahora… ¡Ahora lo odiaba con toda la intensidad que tenía! Él era quien había causado todo el dolor que le oprimía el pecho, lo había engañado con un chico de cabellos rojos (a quien Itachi parecía conocer, por la expresión que había adoptado cuando se lo contó) y lo había dejado totalmente humillado en un rincón de desechos.

—Cabrón— dijo, mientras apretaba los dientes en la habitación y se tallaba con vehemencia el rostro para no dejar rastros del llanto— ¿Qué, maldita sea, te orilló a ponerme los cuernos?

El muy idiota había faltado al amor que se tenían, lo había abandonado como a un perro y lo había dejado desahuciado y sin la posibilidad de defenderse. Las preguntas le taladraban la mente: ¿Cuántas veces se había acostado con alguien más en esos tres años? ¿Cuántos pelirrojos no habrían abierto las piernas por él? ¿Lo habrían hecho así, descaradamente, en su cama, en la cama que ambos compartían? Se sentía el peor de los imbéciles, amando a un ser tan despreciable, egoísta y malnacido como él.

Ojalá se te caiga el pito a pedazos, cabrón asqueroso. Te odio, te odio, ¡te odio!

Lanzó mil imprecaciones por lo bajo, mientras golpeaba la almohada con vehemencia. Nunca se había sentido tan humillado y sobajado, ni tampoco había albergado tanta rabia en el cuerpo. Quería matar a Sasuke, hacerlo pedacitos y dárselo de comer a los tiburones—No pobre tiburones, ellos no tenían la culpa—.Quería atropellarlo, pasarle el auto por encima cien veces, hasta que sus huesos estuvieran pulverizados. Quería cortarle el pene con una cucharilla plástica y colgarle en los testículos una langosta. Quería, quería…

De pronto se paró de golpe y se quedó meditando un rato. Lo que realmente anhelaba, más que cualquier otra cosa en el mundo, era dejar de sentirse tan increíblemente miserable. Quería olvidarse de que alguna vez había amado a alguien, de que alguna vez había sido traicionado y, en especial, quería olvidarse de que alguna vez había llorado por un hombre que no valía la pena.

Sabía que sería duro, de hecho, la sombra de la duda se dibujó en su rostro y un "no podré" lo abrumó del todo. Había hecho que Sasuke fuera su todo y ahora, en ese momento, se encontraba completamente vacío, ¡qué idiota! Se había consagrado en cuerpo y alma a alguien que lo había tratado como a cualquier parásito despreciable…

—Zorra maldita, eres un puñetero asco. ¿Tan difícil era quererme de regreso, si yo te amé con cada fibra de mi corazón?

Si Sasuke no había sabido aceptarlo, era porque él no había sido lo suficientemente listo ni lo suficientemente valioso para él. No era suficiente. Pero lucharía en cuerpo y alma por ser la perfección encarnada, por ser merecedor de él.

Asintió.

Eso era lo que haría, le demostraría a Uchiha—y a sí mismo—lo deseable que era y lo poco que lo necesitaba.

—Itachi, esta noche saldré— habló Naruto, haciendo uso de su voz más animosa. Le sorprendió ingratamente escuchar lo agudo que había salido, lo falso— ¿Podrías darme una copia de las llaves?

El moreno, que estaba sentado en el sillón de la sala leyendo un libro, lo vio de arriba abajo durante unos segundos, sin expresión alguna en el rostro. El aspecto del más joven parecía sacado de cualquiera de los programas de adolescentes que transmitían por MTv. La camisa oscura estaba abierta hasta medio pecho, dejando ver sus pectorales de una manera casi grotesca y los pantalones de vestir estaban tan ceñidos que parecía que, si se sentaba, las costuras se romperían. Además, para complementar el estrafalario atuendo, el rubio lucía unos lentes oscuros encima de la cabeza—algo que nunca había dejado de encontrar curioso, ya que el sol no sale por las noches—.

Itachi no encontraba las palabras adecuadas para expresar lo que pensaba de ese atuendo. Bueno, sí encontraba las palabras, pero ninguna tenía el tacto suficiente como para poder decirla en voz alta. En fin…

—Naruto— habló pausadamente—, te ves francamente ridículo con esa ropa.

El rubio frunció el ceño.

—¡No es cierto, es que tú no estás a la moda!— se defendió rápidamente.

A decir verdad, él tampoco se sentía cómodo con ese atuendo de dirigente de prostíbulo, pero había visto algunas fotografías de un bar gay y casi todos los hombres vestían de ese modo. Si quería llamar su atención y demostrarle a Sasuke que era mucho más deseable que cualquier taheño paliducho, debía hacerlo.

El Uchiha seguía mirándolo fijamente, como si pudiera leer lo que estaba en su interior. No que la tarea fuese difícil, pocas personas en este mundo eran más transparentes y expresivas que el trigueño, pero no estaba seguro de qué debía hacer. Le molestaba profundamente aquella reacción, no era ni por asomo algo que se hubiese esperado del Uzumaki. Quererse ir de puta gratuita a cualquier antrillo de mala muerte era de tan mal gusto que no pudo evitar una discreta mueca de asco.

—Toma el duplicado de las llaves que están en el cajón— le dijo falto de interés, mientras retomaba su lectura.

Escuchó al rubio abrir y cerrar el cajón, así como los pasos acercándose a la puerta.

—Ya me voy—anunció.

—De acuerdo. Cobra bien la hora y no dejes que te regateen.

El más alto ni siquiera lo miró al decir lo último, cosa que irritó sobremanera a Naruto: ¡Le acababa de decir puta y ni se inmutaba! Eso era justamente lo que Sasuke hubiera hecho. El simple pensamiento lo alteró tanto como para no poder contestar nada lo suficientemente ingenioso.

Salió del apartamento dando un portazo.

—Maldita sea, no quiero pensar en Sasuke e Itachi me lo recuerda. Y además, me dice puta…—suspendió su marcha escaleras abajo y regresó a todas prisas. Ya se enteraría de quién era él, con Naruto Uzumaki nadie hacía comentarios de mal gusto.

Reingresó al apartamento, decidido a recuperar su honor y a aclarar todos los puntos posibles sobre por qué su atuendo estaba en boga y no indicaba que estaba dispuesto a cambiar sexo por dinero cuando se encontró frente a frente con el primogénito de los Uchiha.

—¡Tú, nunca vuelvas a decirme…!— sus imprecaciones fueron acalladas por un abrazo torpe y acartonado.

—No hagas idioteces por despecho, Naruto, y mucho menos por Sasuke.

Itachi lo sostuvo entre sus brazos unos momentos antes de dejarlo libre de nuevo. Naruto no sabía qué decir ni cómo reaccionar. Hacía tanto tiempo que nadie lo abrazaba, que nadie le decía palabras tan dulces y honestas que sintió deseos de asirse a las ropas del moreno y llorar.

De súbito, con las palabras de Itachi, se había sentido un completo idiota. ¿De verdad pretendía caer al nivel de coquetear con la gente sólo por despecho? Él era mejor que eso, se daba asco.

—Lo lamento— bajó la cabeza y se miró. No parecía él mismo, se sentía asqueroso.

El Uchiha lo miró desconcertado, ya unos pasos más lejos.

—No lo hagas, sólo déjalo ir. Olvídate de Sasuke, no te merece— habló con serenidad Itachi, quien por fin había encontrado el momento para dejar escapar sus pensamientos egoístas. En ese momento ni siquiera había considerado pedírselo, pero le había salido tan natural como cualquier frase que sale desde el alma. Por poco había permitido que el hombre que más quería se traicionara a sí mismo, presa del despecho. El mero pensamiento lo había dejado devastado.

El trigueño tenía los pies clavados en el piso y la boca seca. Las palabras que acababa de emitir el mayor resonaban con potencia dentro de su cabeza.

No podía olvidarlo, eso implicaría abandonar parte de su propia vida.

No quería dejarlo ir, prefería tener aunque fuera una pequeña parte de él en su corazón, así fuera alimentaba a base de engaños.

Sin embargo, tenía que dejarlo ir, Sasuke Uchiha lo había engañado. No había sabido corresponder a su amor.

Debía aprender a vivir sin él. Por su propio bien, incluso si dentro del proceso se sentía morir.

—De acuerdo, lo intentaré.

Ésa fue la única respuesta, solemne y parca, que salió de los labios de Naruto Uzumaki, sin embargo, cada uno le dio un significado diferente. Para Naruto, eso significaba resurgir. Para Itachi, que no todo estaba perdido.


Notas de secretos: Espero que les haya gustado. A mí este fic me cuesta algo de trabajo por motivos varios (hoy me dijeron que Itachi es demasiado marica, por ejemplo) y yo soy la primera que dice que "lo hice con mucho cariño" es una excusa pésima, por muy cierta que sea, así que sólo les diré que me pone muy feliz escribir para ustedes.