PBP: ¡Hola mis queridos lectores!, quiero agradecerles a todos el hecho de que dejen comentarios positivos, es un INFINITO HONOR trabajar con Beto33, una mente maravillosa llena de ideas geniales'
Beto33: No tengo mucho que decir, sólo gracias por sus reviews, les dejo la invención de PBP (Mí idola) y mía :D
PBP – Beto33
-Mucho gusto, Samantha.- Dijo el chico con una extrema dicha en el rostro.
Cabello castaño y ojos cafés.
Nada fuera de lo común, pero por una razón tan especial para ella, él era distinto... ¿Será porque NUNCA vio a alguien con esos rasgos... O por el hecho de que era la única persona, además de Gibby, que era amable con ella sinceramente...?. No estaba segura pero quería descubrirlo...
Pero de repente, recordó todo el dolor que desde siempre se había acumulado, tanto en su interior, como en su corazón, lo que la llevo a hacer una coraza de hierro donde nadie podría lastimarla, creando el magullado corazón de Samantha; en un reflejo para protegerse, frunció el ceño y lo miró de manera fulminante y con desprecio.
-Deberías cuidarte la próxima vez que choques conmigo, iluso... Ah, y por cierto... Bonito nombre, "Fredward". - Escupió con sorna para después girarse sobre sus talones e ir en dirección contraria a la del muchacho, quien sonrió un poco.
"Esta chica es interesante...". Pensó con una mueca parecida a una sonrisa.
Como se había mencionado, todos los enamorados de la susodicha se acercaban a ella solo para jugar con sus sentimientos, o bien, cambiarla por otra tipa que consideran mejor.
La coraza de la rubia era muy fuerte y solo lo habría para aquellas personas que no la traicionaran.
Por el simple hecho de que el "idiota" se disculpara y fuera en lo absoluto amable con ella, era obvio que él era un buen muchacho; pero su orgullo mal formado dictaba el no confiar en nadie, mucho menos en hombres; sin embargo, esto no permitía que Samantha no se volviera a enamorar alguna vez, no era el caso esta vez, eso esperaba ella.
...
Pudo ser la muchacha más hermosa que ha conocido en su vida. Era de temperamento pesado, pero muy linda; le sorprendió al muchacho que ella fue la primera de tantas que no lo miraban como tontas enamoradas, ¿Qué tan popular puede volverse un chico que conduce una motocicleta de 500 kilos?
Fredward Benson era un muchacho "normal" de 18 años.
Crecido en casa de su madre psicótica, de su padre poco se sabe. Fue una vida "casi" normal para el chico, refiriéndose así a las constantes limitaciones que su madre ponía.
Podría decirse que fue un niño mimado, dependiente y eso… ¡NO!
Siempre supo como arreglárselas solo, aun así si debía de desafiar la autoridad su madre.
Y en el amor, ¿es necesario mencionar su situación?... bueno, tuvo algunas novias, pero todas con un mismo propósito a cumplir… "interés".
Chica tras chica, se hacían las bonitas, ¿Y todo para qué?, pues todas ellas lo utilizaban para sus propósitos auto-benignos.
Y Samantha… ¿era imposible saber si era como las demás?, ya que su notable sarcasmo denota que no quiere saber ni media palabra de lo que él tenga que decir, ¿era posible?
Nada garantizado, si ella no sabía nada sobre él, era imposible que se enamorara de él.
Pero, ¿Era demasiado precipitado pensar en un noviazgo con una chica que acaba de ver? Tal vez...
Y como un molesto zumbido de mosquito en el oído era la voz de la Señorita Briggs, el joven era bruscamente sacado de sus más profundos pensamientos.
-El hecho de ser nuevo en la escuela no le da el derecho a distraerse, Benson.- Comenzó la vieja bruja pelirroja a reprocharle, siendo respondido positivamente por el aludido que regresaba a la aburrida clase que impartía la arpía.
"¿Por qué mi madre tuvo que inscribirme a la escuela a medio año escolar?" Pensaba desviando de nuevo la atención hacia su Profesora.
...
Por el otro lado de la hoja, Samantha era un manojo de nervios.
-Que tontería de examen.- Soltó para sus adentros al ver tal desastre de prueba.
Era una chica muy inteligente, pero tampoco era una genio, se las puede arreglar en el momento más estresante, claro, ahora era la excepción, un catastrófico examen de Historia era lo último que deseaba en su vida.
Pensaba en el chico nuevo… "¿Cuál era su nombre?"... "Ah sí"… "¿Y eso tendría que importarme?"... Y su lucha mental no se hizo esperar, y poca atención le daba al examen.
-Suelten sus lápices, el tiempo ha terminado.- Un hombre de voz ronca emitía las crueles palabras, el aula se lleno por un escándalo en forma de protesta, siendo ella parte de la turba.
El Profesor no cedió, y fueron callados con una fuerte advertencia.
Todos tomaron sus mochilas y salieron por la puerta de la habitación.
-¿Qué tal el examen, Sam?- Samantha comenzó a caminar por el pasillo, rápidamente se le unió en el camino una pelirroja de estatura promedio, quien hizo tal pregunta.
-No lo sé, ¡horrible!.- Exclamó alzando los brazos al viento. Al menos tal respuesta le sacó una sonrisa a su acompañante; Lisa, era su nombre, una pelirroja de estatura normal, ojos verdes, y se podría decir que era la única amiga de Samantha, pues ella la veía por como era ella, y no se dejaba guiar por las apariencias o por las mentiras
-Lo sé, juro que sólo aprobaré con un milagro.- Pero la expresión de la rubia era totalmente indescifrable, algo de lo que Lisa ya se había percatado.
-Sam, te noto extraña desde que inició la clase de Sr. Devlin-
-No es nada, es que…- En realidad es que algo si le afectaba, algo que no quería admitirse a si misma, así que ideó algo rápido. – Es que no dormí bien anoche, me voy, adiós.- Y con paso acelerado salió del pasillo llegando finalmente a su casillero, deseando poder meter su cabeza en el, pero la verían raro y la tomarían por una loca.
Guardó sus libros que utilizaría para el día siguiente, ya que no quería cargar con mucho a casa. Terminada su acción, salió disparada de la escuela directamente a su casa, teniendo su mente hecha un lío.
El camino a casa era largo. Y sería corto si tuviera su licencia de conducir, pero cierta madre se niega a pagarle sus lecciones de conducir.
Abrió la puerta de su casa, para encontrar a su madre en la misma posición en la que la dejó en la mañana. Se cuestionó seriamente si su madre aún seguía viva, pero lo dejó a la suerte restándole importancia para dirigirse directo a su habitación.
Arrojó su mochila sobre una gran pila de ropa desordenada, y se dejó caer a si misma sobre su enorme colchón boca abajo.
La comían totalmente las ansias y los nervios.
El Sr. Devlin era un hombre perverso, no tendría piedad de nadie, aun así le supliquen de rodillas el no reprobarlos, Samantha se preocupaba demasiado por reprobar un examen del que no tenía idea alguna de su existencia.
Revolvía cada rizo de su cabello, tratando de olvidar su preocupación.
Sintió algo de hambre, se levantó, pero recordó que su nevera estaba más vacía que la cabeza de Gibby, es que el pobre chico era tan tonto.
Notablemente molesta, se dejó caer en la silla de su escritorio.
E inevitablemente el tema de los chicos se apoderó de su mente.
Torció su boca, no eran muy buenos recuerdos, de hecho, le repugnaban los hombres por su manera de ser.
…"Fredward"… Un nombre común, de ocho letras, 2 vocales y 6 consonantes… "¿Qué tiene de especial eso?", la rubia se tensó sobre la silla. Era un nombre común y corriente, pero le atravesó la cabeza involuntariamente.
Y con ello vino el recuerdo de dos ojos cafés que la miraban tiernamente...
-¿Qué rayos me sucede?- Murmuró en un fuerte suspiro. Un nombre común, cabello café y dos ojos cafés, han sido una fuerte e inevitable distracción de la rubia, si bien un examen sorpresa era estresante, el estar distraída por un chico era el fin del mundo.
Sus pensamientos se detuvieron al pensar en una absurda y disparatada idea… "Yo, Samantha Puckett, distraída por un muchacho".
Si bien ella juró con amargas palabras que no se volvería a enamorar, así nadie podría hacerle daño, estuvo dispuesta a abandonar el amor.
Pero espera… No es que se estuviese enamorando... ¿O sí?
La rubia era un mar de sentimientos encontrados. La muchacha dejó caer violentamente sus puños sobre el escritorio.
Le comenzaba a doler la cabeza por darle demasiadas vueltas al asunto.
Tenía hambre, temía por sus notas y tenía una nueva crisis emocional indescifrable, pero de esto último algo si era completamente claro… "Hice una promesa, y no habrá vuelta atrás" Pensó amargamente, dejándose arrullar por los brazos de Morfeo.
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