Broken.
La confusión le ganó a todas las demás emociones que luchaban por ganar mi espíritu. La fuerza de la bomba había echo que cayera hacia atrás, golpeándome fuertemente en la cabeza. Fui presa de la desorientación unos segundos. Escuchaba gritos, como los anteriores. A mi alrededor, asustados. Mi cabeza dolía como el infierno, y mi pierna ardía. El reinado de la confusión duró poco, cuando el miedo comenzó. ¿Podría estar en llamas y ni siquiera sentirlo? No era desconocido que las bombas traían llamas consigo. Abrí los ojos, no tenía conocimiento de que estaban cerrados. El humo aplastaba contra la ciudad. Miré hacia abajo. Mi vestido, ahora manchado y roto en algunas partes, cubría mi cuerpo, donde las heridas no eran invisibles. Pero, al menos, no estaba en llamas. Me apoyé en mis codos, y con esfuerzo, logré sentarme bien. Un mareo me golpeó de nuevo. La mano que puse detrás de mi cabeza salió llena de sangre. Intenté controlarme, pero fui víctima de otra oleada de miedo.
La pierna me ardía. No me atreví a mirarla, no quería saber la gravedad de la herida. Tanteé el camino hacia el lugar exacto donde estaba sintiendo dolor, y un liquido pegajoso me saludó por segunda vez en el día. Sangre. Hice una mueca. Tomé el vestido entre mis manos y corté una pequeña parte que ya estaba por salirse, solo agarrándose de unos pocos hilos. Intentando mirar lo menos posible, amarré el pedazo de tela contra la parte de mi pierna que estaba herida, formando un torniquete. Al menos la sangre no saldría tan rápido. Me permití unos momentos de descanso. Estaba sudando, nerviosa. Mi cerebro aun no registraba ni la mitad de lo que había pasado. Saqué el pelo que se enredaba frente a mis ojos, y miré hacia los lados, como una niña asustada esperando que su madre viniera a recogerla. Había gente a mí alrededor. Algunos yacían en el suelo, sus cuerpos tan chamuscados como el mío. Me di consuelo en el pensamiento de que no estaban muertos, simplemente tomando una siesta. Pero era una mentira muy grande como para tragármela.
Por supuesto, también estaban los vivos. Los oídos me zumbaban. ¿Sería sólo el ruido que había causado la bomba? ¿O podía haber algo más detrás de esto? Me estaba volviendo una paranoica, lo sabía, pero había tantas cosas que podían salir mal luego de ser víctima de una explosión así. Hubo un grito que destacó por su cercanía. Ladeé la cabeza hacia la derecha. Un niño, de no más de 12 años, gritaba. Las lágrimas brillaban en su cara mientras limpiaban la suciedad que había dejado el polvo levantado. Bajé la mirada por su cuerpo. Había sangre en todos lados, pero lo que parecía ser la fuente era su brazo. Una herida grande se encontraba a simple vista. Intenté controlarme. Siempre había querido ser doctora, pero primero tenía que sobrevivir a mi propio miedo. Gateé hasta el, ignorando mi propio dolor en la pierna. La cabeza había dejado de darme vueltas, y ahora solo ardía cuando pensaba en ella.
- ¿Cómo te llamas? – La pregunta salió seca. Tragué saliva varias veces para limpiar la garganta, y luego de exclamar la pregunta al menos tres veces, la atención del niño se posó en mi. La desesperación en su rostro hizo que mi corazón se apretara.
- Kai. – Dejó salir entre sollozos. Su labio inferior temblaba, y ahí fue cuando entendí que debía ayudarlo. No había ninguna otra opción, no iba a dejar que este niño se muriera, menos cuando había algo que podía hacer por el.
- Bien, Kai, voy a tratar de salvar tu vida. – La esperanza que se manifestó en su rostro fue lo suficientemente fuerte para que le esbozara una sonrisa de tranquilidad. A pesar de los fuertes dolores de los que seguramente era víctima, me devolvió la sonrisa.
Corté otro trozo de mi vestido, que en este punto de la situación ya me importaba poco. Hice el mismo tipo de torniquete que adornaba mi pierna, ahora en el brazo de Kai. Dejé de apretar cuando su cara se deformó en una mueca que intentaba ocultar el dolor que debía de estar sintiendo. Cuando me aseguré de que estaba lo suficientemente apretada, y que sangre no iba a salir de allí, me permití a mi misma ponerme de pie. El humo enseguida hizo su efecto. Dejé salir unos tosidos que sonaron horribles, y probé el tratar de caminar con mi pierna herida. Dolía, mucho, pero tenía la fe en que podía aguantarlo, al menos hasta encontrar un lugar lejos de todo esto. Ayudé a Kai a levantarse, y luego a subirse a mi espalda. Le expliqué que tenia que agarrarse bien, ya que mi mayor preocupación iba a ser poder caminar entre el humo. Asintió con decisión, lo que ayudó a que la sonrisa volviera a bailar sobre mis labios.
El primer paso fue tambaleante. Apreté las piernas de Kai, tenía que tenerlo bien agarrado, no quería que por algún descuido se cayera. Mi primer instinto fue, obviamente, volver por la calle en donde la bomba no había explotado. Sin embargo, una de las paredes de la casa colindante había cedido, y el piso se encontraba lleno de piedras grandes y pedazos de cemento. Podría pasarlo, si, pero me demoraría una eternidad. Quizás hasta el humo nos matara antes. Reprimí un suspiro para que el niño, que se había convertido en mi responsabilidad de un momento a otro, no se preocupara. La única opción que existía era caminar directamente entre el humo. Así que no hubo otra opción. Me di media vuelta, y no dudé. El humo no se hizo esperar. La picazón en mis ojos y la sensación de que mi nariz y garganta se cerraban era desesperante.
- ¡No respires! – Le grité a Kai. Supe que me escuchó cuando sentí su cara hundirse en el hueco de mi cuello. Tosí un par de veces más y comencé a trotar. El oxígeno presente en mis pulmones era cada vez menor.
No resistiría mucho más. Estaba tomando grandes bocanadas de humo. Mis ojos lloraban, las lágrimas involuntarias marcando un camino por mis mejillas. Sentí que me iba al lado derecho, y tuve que caminar un par de pasos para apoyarme en una pared cercana. La espalda me estaba comenzando a doler por el peso de Kai. Tosí nuevamente, ahora sintiendo el sabor del vómito subir por la garganta, pero no ser expulsado. Mi mueca de asco no fue escondida. Sentía que me iba a desmayar, y quizás quería desmayarme. Prefería morirme ahí, habiendo tratado de hacer una última buena acción en mi vida, tratando de enmendarme. Quizás encontrarían mi cuerpo. Entero, normal, no quemado ni en pedazos. Quizás me dieran un funeral con rosas y flores de cerezo volarían en el cielo.
Pero entonces, un apretón en mis hombros me devolvió a la realidad. Estaba siendo tan egoísta, decidiendo sobre la vida de alguien cuando ni siquiera tenía el control sobre la propia. Le había dicho que le salvaría la vida, ¿no? Podría haberle dicho cualquier cosa, haberlo abrazado hasta que muriera desangrado, o incluso haber ignorado su silencioso grito de ayuda, pero mi corazón era grande por los niños pequeños, indefensos, que aún no sabían que esperar de este mundo. Tragué saliva y pestañeé varias veces seguidas. Esta vez, corrí. Y traté de pensar que estaba corriendo sobre una montaña verde antes que en una calle infinita sin una salida aparente, mientras el humo tenía una mano contra mi garganta y la apretaba cada vez más. Una piedra se cruzó en mi camino en el momento equivocado, y salí disparada hacia adelante. Me preocupé de caer de cara al suelo para que Kai no sufriera daño alguno. Sentí como la herida de mi pierna se resentía.
El niño saltó de encima de mi espalda, al parecer el impacto no le había hecho daño. Sin embargo, no me miraba a mí, miraba más allá. Hacia una señora de unos impresionantes ojos azules que lloraba a mares. Pero, ¿por qué no corría? ¿Por qué no escapaba del humo? Y entonces me di cuenta. El humo estaba atrás. La explosión y los heridos y los muertos y la sangre también. Había logrado llegar hasta una zona lo suficientemente limpia de oxígeno. Tomé una bocanada gigante de este último y la tos no tardó en aparecer. Sin embargo, esta vez significaba que mi cuerpo se estaba limpiando lentamente. Me incorporé, apoyándome en mis manos, y miré hacia adelante. Kai abrazaba a la que (supongo) era su madre, mientras ella lloraba, pero ahora, las lágrimas eran de felicidad, ya que la sonrisa en su rostro era innegable.
Comencé a caminar hacia allá. Había más gente, claro. La mayoría miraba el humo aun vivo de la explosión y sacaba sus propias conclusiones sobre lo que lo había causado. Algunos pocos me observaban, consternados. Suponía que mi look en ese momento no era el más atractivo que había utilizado en toda mi vida. Sentí que alguien tiraba de lo que quedaba de mi vestido. Me volteé. Kai y su mamá me miraban atentamente, la última estrechando fuertemente en sus brazos a su hijo. No me quería imaginar el horror que había pasado esa mujer durante la última hora, imaginando si su pequeño estaba bien, o quizás había muerto o estaba gravemente herido, como todos los demás. Me fijé en que había notado la herida en el brazo, ya que su mano se encontraba cerca de este, haciendo un ademán que mostraba la intención de acariciarla, pero no podía hacerlo, ya que sabía que podía dolerle al niño.
- Señorita… ¿Cómo se llama? – Su voz ya no sonaba tomada prisionera por las lágrimas. Quizás un poco apurada si, como si aún no procesara que acababa de salvarse de la explosión de una bomba, pero era lo más que se podía pedir a un niño de esa edad.
- Sakura. – Fue mi simple respuesta. El dolor en mi pierna se hacía presente y llenaba el hueco de emociones en mi corazón con esmero. Ahora que no tenía que preocuparme de otras cosas, me empezaba a dar cuenta de las pequeñas corrientes que salían desde la herida y me hacían temblar levemente.
- Sakura… - Comenzó la madre, y me di cuenta de que su mirada se había suavizado. – Muchas gracias. – Y no hubo nada más que decir. Encogí mis hombros, como si no hubiera sido nada, porque de igual manera, aunque no hubiera recibido un agradecimiento al final del día, habría hecho todo lo que estaba en mis manos para poder salvar a alguien que no podía defenderse a si mismo.
Mientras volvía a caminar, esta vez con dirección a mi casa, la cabeza comenzó a darme vueltas. No sabía lo que pensaba, o lo que hacía. Era todo una gran nube blanca de confusiones y preguntas. Mi cerebro me engañaba y hacía que el suelo se moviera bajo mis ojos, cuando en realidad todo estaba tranquilo. Por lo menos, había tenido la amabilidad de hacerme olvidar el dolor del que estaba siendo víctima. Pero el mareo cada vez era más. Quizás había perdido mucha sangre… Miré hacia abajo, el torniquete no era más que un paño mojado de sangre. Wow, muy bien para una chica que soñaba con ser doctora. Pero mi casa no estaba muy lejos, y no quería ir a ninguna otra parte. Prefería mil veces los cuidados de mi madre antes que una enfermera desconocida pinchándome el brazo y metiéndome sustancias al cuerpo que no sabía bien lo que era. Así que caminé con más fuerza, pestañeando seguido para que mis ojos no se nublaran. Si caía de nuevo, estaba claro que no me levantaría.
El suelo esta vez se estaba moviendo muy rápido, así que la dirección de mi mirada cambió. Había caminado bastante para dejar atrás a toda la gente curiosa, y esta vez estaba… ¿sola? No, no estaba sola. Había un par de ojos azules que me miraban atentos. Se parecían mucho a los de mi sueño. Demasiado, para mi gusto. Pero estaba muy mareada y mi cabeza dolía y mi pierna se sentía como un trapo que demoraba mi camino. No tenía ganas ni fuerzas de empezar a comparar sueños con personas normales. Caí sentada al suelo, y solté un gemido de dolor que mis labios fueron muy lentos para callar. Me sentía tan mal. Tan, tan mal. Quería dormir, y seguir durmiendo, para finalmente despertar en mi cama, sin heridas, sin suciedad, sin lágrimas, sin este dolor de cabeza. Volví a poner la mano detrás de ella, y volvió a salir llena de sangre. Se me había olvidado ese pequeño detalle. Sonreí de medio lado al darme cuenta de que, en realidad, poco importaba ahora. Mis ojos se fueron haciendo pesados, y no logré mantenerlos abiertos mucho tiempo más. Lo último que pude pensar antes de caer a merced del sueño fue que el chico rubio de ojos azules que se acercaba a mi, se hacía muy parecido.
Gritos. Gritos y gritos y más gritos. Y sangre. No la veía, pero la sentía. Hacer su camino por el lado de mi cara. Caliente, quemándome la mejilla. Mis labios estaban secos. Gritos de nuevo. ¿Dónde mirar? ¿Dónde ir? Calor. Mucho calor. Quise gritar pero no salía nada, su garganta estaba seca. Quiero salir de aquí, quiero ir a casa. ¿Mamá? ¿Sora? Y el velo que se encontraba sobre mis ojos me reveló donde estaba. La bomba. La bomba de nuevo. Las lágrimas no tardaron en salir. ¡Yo ya salí de aquí! Quería moverme. Quería correr y salvarme. Pero mi cuerpo estaba pegado al suelo. Y tuve que ver como la gente se convertía en antorchas humanas. Sus gritos me perforaban los oídos. No quería más, por favor, mamá, sácame de aquí. Quise gritar yo misma. El fuego se acercaba, lo sentía. Mi piel empezaba a ponerse más roja de lo que debía. Volví a intentar gritar. El fuego me alcanzó. Subía por mis piernas. El dolor era increíble. Estaba a punto de devorarme entera.
Desperté víctima de mis propios gritos. Segunda noche seguida en que tenía una pesadilla. Pero esta vez, había sido tan real, tan verídica. El sudor de nuevo hacía que se me pegaran las prendas de ropa a la piel. ¿Dónde estaba? Miré a mí alrededor. Mi habitación. Las cortinas abiertas y ondeando. El ligero soplo me hizo bien. Subí las sábanas y observé mi pierna. Estaba vendada, y no había rastro de sangre. Mi cuerpo estaba limpio. ¿Podría habérmelo imaginado todo? No, la bomba si había pasado. La herida en mi pierna me lo repetía. Y… ¡Mi cabeza! Puse la mano con cuidado. No se sentía nada. Miré la almohada, pero tampoco había rastro de sangre ahí. ¿Se podía haber curado así como si nada? ¿Cuánto tiempo había pasado? Una herida que sangraba así no podía haberse curado en simplemente un par de horas.
- Ah, despertaste. – Dijo mi madre, mientras entraba a la habitación con sábanas limpias entre sus manos. Tenía un centenar de preguntas que quería decirle, de las que quería la respuesta, y supongo que lo adivinó, porque se sentó a mi lado y tomó mi mano. – Llevas durmiendo tres días. Ese si que fue un golpe fuerte en la cabeza.
Casi me ahogué con mi propia saliva. ¿Tres días? Y sólo se sentía como un par de horas. Pero tenía sentido. Mis heridas no estaban completamente cerradas, al menos no la de la pierna, pero si se iban a curar en poco tiempo. Mi piel estaba limpia, supuse que mamá había inventado algo con lo que limpiarme. ¿Y cómo había llegado a casa? Si mi último recuerdo estaba bien, me había desmayado en plena calle. Pero… había un chico. ¿Era posible que él me hubiera traído a casa? ¿Cómo sabía donde vivía? Mamá no se veía muy preocupada, así que tampoco creía que me hubiera encontrado al medio de la calle, casi desangrándome. Tantas preguntas, tan poco tiempo. Decidí no preguntarle a mamá como había llegado ahí, quizás habían otras preguntas que necesitaban una respuesta mas urgentemente. Ya volvería con el tema luego.
- Hubo una explosión. Una bomba. – Mi voz sonaba diferente, ronca. Traté de tragar saliva para aliviar la sensación de que mi garganta estaba seca. Quizás al dormir tres días había consecuencias en tu voz. Volví a tragar saliva y seguí hablando. – No sé que pasó. No fue la única. Otras más explotaron antes de la mía.
Para mi sorpresa, el semblante de mi madre no sufrió ningún cambio. Es como si hubiera estado esperando a que yo dijera esas exactas palabras para mirarme con tranquilidad. Me estaba poniendo nerviosa, aunque también, por otro lado, me estaba enojando. Odiaba ser la última en enterarme de las cosas, si es que había algo de lo que enterarse ahora. Seguí su mirada insistentemente. Mamá la dejo reposar en un punto más allá de la ventana, quizás el cielo, que estaba claro y libre de nubes. Como si se estuviera preparando para decirme algo que quizás no quisiera oír. Encontré su mano y la moví con fuerza, dándole una señal para que hablara.
- Sakura… - Y con el tono en que dijo mi nombre, supe que no era nada bueno. – Estamos en guerra.
Y aqui está la segunda entrega de Dandelion para ustedes, espero que les guste. Ya van a ver lentamente en lo que se va a convertir esta historia, pero les advierto, no es una típica guerra. Ahora, las respuestas a los reviews:
Ezmeraldha: Espero que las dudas se te vayan aclarando de a poco, ¡muchas gracias por dejar un review!
Lukenoa31: Aqui está la continuación, espero que te guste, y muchísimas gracias por haberte dado el tiempo de dejar un review.
Azkaban: ¡Me gusta que te guste! Muchas gracias por tu ánimo, y por dejar un review :)
Espero que les haya gustado el capítulo, y si es asi, les agradecería aun mas dejar un review. Por cierto, feliz dia de la amistad & el amor a todos los que estan leyendo esto. Nos vemos pronto, bye bye ~
