Disclaimer: los personajes y el mundo mágico son propiedad de J.K. Yo solo tomo la inspiración de las musas y pongo el tiempo para escribir.
Notas de la autora: muchísimas gracias por acompañarme una semana más, esperando que disfruten del capítulo de hoy.
8. El rostro de la realidad.
Por su entrenamiento, sus vivencias más recientes y todos los horrores que acababa de presenciar, atacar habría sido totalmente plausible y más que válido. No obstante, Draco se contuvo. La mujer frente a él no estaba armada. Tenía ambas manos entrelazadas frente a ella. Tampoco parecía hostil ni hizo ademán de acercarse. Simplemente lo observaba. Tenía un rostro severo. Era guapa, no podía negarlo. Pero del tipo de belleza que llegaba a intimidar. Llevaba el cabello oscuro en un moño, iba sin maquillaje y su postura era impecable. Lo más extraño de ella era su atuendo. Si bien todos los magos se habían quedado atrapados en la moda muggle de hacía un par de siglos, el vestido que ella portaba era todavía más representativo de eso. De un verde esmeralda con bordados en dorado, con un sencillo escote alto y cuadrado. La prenda parecía llegar hasta el piso, por lo que no podía verle los pies. Cualquier persona diría que su postura era rígida, pero Draco, que había sido criado en un entorno aristócrata, reconocía lo relajado de sus hombros y la escasa o nula animadversión en sus facciones. No era duda, repugnancia o malicia lo que adivinaba en ellas. Sino la más clara y evidente curiosidad que alguien de alta alcurnia podía expresar.
-Draco Malfoy –su voz sonaba normal. Nada de ultratumba ni con ecos amenazantes, aunque de alguna forma, el Inefable sabía que ella no tenía consistencia física.
La conozco. A primeras luces esa era una idea inverosímil, pero creció dentro de él hasta ser imposible de ignorar. Recordaba ese rostro hermoso pero imponente. Aunque jamás la había visto así. Más bien en forma de retrato. Tenía que ser alguna bruja famosa, tal vez alguna fugitiva en la lista de más buscados de los Inefables.
Ella continuó su inspección, dándole tiempo para contestar. Fue cuando sus ojos parecieron titilar, pasando del marrón oscuro al ámbar, que lo supo con certeza.
-Morgana –llamó con extrañeza.
La lógica dictaría que eso no era posible. La mujer en cuestión había vivido -y perecido- hacía siglos. Sin embargo, el carácter perverso de la casa, su imagen en forma de aparición realista... Y el hecho de que había visto su retrato incontables veces en Borgin & Burkes, lo hacían apostar su placa a que era ella. Manifestándose en forma de recuerdo, espectro o algo desconocido que le permitía interactuar y afectar sus memorias.
-Debo admitir que después de tanto tiempo, es agradable ser reconocida –concedió con un grácil asentimiento–. Y lo que es más notorio, tener compañía que ha sido capaz de transitar por el laberíntico paseo de su mente.
-¿Cómo es posible? –Reclamar, maldecir, exigir su liberación. Todos eran cursos de acción mucho más razonables. Pero si algo había aprendido en su formación y experiencia como Inefable, era desentrañar misterios. No debe haber secretos entre la magia y tú. Ese era el lema de su mentor. Si había algo que no entendía o no podía explicar, era su labor examinar cada ángulo hasta dar con la respuesta correcta. Y como ella lo había dicho, había sido un largo y tortuoso recorrido hasta ese momento. No podía simplemente largarse de ahí sin comprender a cabalidad la naturaleza, propósito y complejidad de ese sitio. Y de su improbable propietaria.
-Estás en mi prisión, Draco Malfoy.
-¿Su prisión?
-Así es. Es probable que ser una bruja con ingenio, astucia y poder sea admirado en tus días. Para infortunio de mi persona, no lo era durante mi juventud. Y cuando mis aptitudes y destrezas empezaron a resaltar, fui forzada a detenerme –el rubio debía admitir, muy penosamente, que sus conocimientos sobre la bruja eran muy básicos. En general la imagen de Morgana era asociada a magia oscura, muy poderosa e impredecible. La única mujer capaz de grabar su nombre en la antigüedad. Muchas veces usada como ejemplo negativo. Su obra no solía ser comentada.
-¿Y convirtió su prisión en un pasadizo de miedos?
-¿Eso representa para ti? –Inquirió sin inmutarse, conservando una sonrisa de velado interés–. Porque debo confesar que no estaba segura de mi propósito al inicio. Y también resulta deshonroso admitir su initium de índole accidental. Empero, un mago de tu carácter comprenderá mi viaje. Que al ser despojada de mis artilugios mágicos, de mi vara y mis pergaminos, lo único que conservé fue mi mente.
-La mayoría de personas prisioneras se pierden en sus recuerdos –coincidió, recordando a su pesar a la desquiciada fanática de su tía–. En sus arrepentimientos, sus errores. La esperanza y los planes a futuro no crecen bien entre paredes.
-Concuerdo. Pese a que me forcé a anclarme a la serenidad, reconociendo como transitorio mi estado de enclaustramiento, no es una labor sencilla de sostener en el tiempo. Y con prontitud me descubrí a mí misma recorriendo mis memorias más íntimas. Sin un rumbo o propósito fijo. Solo indagando en ellas, desgranándolas, desgranándome. Deambulé tanto por mi mente, que mi magia se vio atraída también. Casi sin percatarme de ello, mi sólida y vacía prisión se transformó en vívidos recuerdos, en la representación de mí misma –exhaló despacio, observando a su alrededor con ojo crítico–. Entonces comencé a moldearlo. Quien fuese que entrara en mi prisión, sería en realidad, única y a su suerte, prisionero de su propia mente. Así fue como me libré de mis captores. Porque yo podía escapar de mi mente con destreza, más ellos estaban condenados –un ligero estremecimiento lo recorrió ante la confirmación de una de sus sospechas. Aquel definitivamente era un lugar en que alguien podía quedar atrapado hasta el final de sus días–. Y será contradictorio para ti, pero aun siendo mi obra, este es un lugar al que nunca más acudí. No me vanaglorié de su creación ni revelé su ubicación a nadie. Al alcanzar el ocaso de mi existencia, comprendí que volvería aquí. O por lo menos un remanente de mi esencia.
-Su mente estaba demasiado ligada a este lugar –comprendió. También entendiendo por qué no la había reconocido de inmediato. La mayoría de los retratos de Morgana la representaban como una mujer de mediana edad. En cambio, la imagen frente a él debía tener menos de treinta años. Sus rasgos aún eran juveniles, con unos contrastantes ojos inusualmente sabios.
-En efecto.
-Pero no es un fantasma. Ni un recuerdo –ella asintió, conservando ese tinte de educada impresión con el que lo había mirado desde el principio.
-Soy un eco de la consciencia que alguna vez habitó este lugar. No soy omnipresente ni me manifiesto cada vez que alguien incursiona en mi prisión –declaró. Si no estuviera hablando con parte de la esencia de una bruja medieval, Draco se hubiera mostrado más asombrado–. Abundan las mentes endebles, maleables, quebrantables. Las que con un toque se averían hasta ser imposibles de recuperar. Y el propósito y destino de este lugar, jamás fue la tortura –se contuvo de hacer una inclinación de disculpas, aunque reconoció la reprimenda. Seguro la mujer era consciente de las innumerables veces que había maldecido y renegado de ese sitio–. Es un pasadizo de descubrimiento. De propiedad. Solo se puede ser dueño de uno mismo cuando se está en paz con tu propia mente, cuando has explorado los parajes más oscuros y siniestros de tu propia existencia. Solo una mente fuerte y sagaz conquista esa empresa con éxito –sabía que era un halago, pero le costaba sentirse orgulloso ante eso. Estaba exhausto, física y emocionalmente magullado. Era probable que sí hubiese ganado sabiduría y más dominio sobre sí mismo. Pero al mismo tiempo, había sido agotador y desgastante.
-Gracias por el voto de confianza –masculló, tratando de no sonar tan afectado y resentido como se sentía–. Ha sido una experiencia muy inusual y educativa. Si obviamos la presión emocional que provoca un ciclo de miedo constante –de acuerdo, sí que terminó sonando afectado y resentido. Pero no podía ser de otra forma. Le tomaría algún tiempo poner sus memorias en orden y deshacerse de los sentimientos más negativos ligados a esa vivencia. De haber podido elegir, no habría entrado a ese sitio.
¿Un pasadizo de descubrimiento para ser dueño de mí mismo? No, muchas gracias. Prefiero unos chips de pescado y unas papas con queso.
-La amargura y el recelo son productos válidos. Estaría atónita si no te embargara al menos una emoción negativa.
-Solo una sería maravilloso. Pero temo que son muchas más –siguió renegando, dejando que también la ira se colara en su voz.
¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Morgana lo tacharía de insolente? (no sería la primera ni la última persona en hacerlo). ¿Lo expulsaría de su retorcida cárcel? (eso sería un premio). ¿Lo haría vivir todo de nuevo? Claro, qué más tenía que perder. Seguro todavía tenía muchos más miedos en su repertorio, muchas más ilusiones con las que ponerlo al borde del colapso.
-Lo que te he mostrado es lo que hay en ti –acotó, ignorando su pataleta–. Las peores partes de ti mismo. Tus miedos, lo que escondes y también lo que más añoras. No te habría enfrentado a todos ellos si no hubiese percibido la fortaleza de tu mente. Sin embargo, debo admitir que no es la única razón por la que te concedí el paso. Ese último miedo es tan extraño, potente y fascinante que incluso me obligó a aparecer. Miedo a ser feliz –sus ansias de discutir se enfriaron ante eso, involuntariamente recordando el último rostro al que se había enfrentado–. No sabía si serías consciente de él, o si sería una revelación. Pero es la primera vez en siglos que lo veo aparecer.
-Es obvio que fue testigo de todo mi recorrido –dijo con voz plana, haciendo rodar su varita entre los dedos como todo signo de nerviosismo–. No creo que haya nada más que agregar sobre eso.
Y él tampoco tenía más que decir. Ahora sabía qué representaba aquel sitio y el tipo de magia que obraba ahí. Draco realmente no tenía por qué prolongar esa conversación. Necesitaba descansar. Aunque antes tendría que...
-La bestia de afuera –recordó, sintiendo un nuevo ramalazo de amargura hacia la mujer–.¿Qué es?
-Nada –la impasibilidad de la bruja resultaba exasperante. Casi hubiera preferido que insistiera o lo reprendiera de alguna forma. Pero después de tantos siglos anclada a ese lugar debía haber desarrollado una paciencia infinita. Algo en lo que el joven no era precisamente bueno.
-¿Nada? –Masculló, apretando su varita de espino y soltando unas chispas involuntarias–. Derribó a mi escuadrón en cuestión de minutos.
-Bueno, eso era preciso para conducirte hasta aquí –incredulidad, furia y más exasperación lo atravesaron al unísono. Y de verdad no podría decir cual predominaba.
-Tenían familias, una carrera, una vida –gruñó.
-Lo sé.
-Y aun así permitiste que esa criatura los atacara –acusó, sacando más destellos. Contrario a cualquier otra reacción previsible, Morgana rió suavemente por primera vez.
-Mi guardián no es ninguna criatura sanguinaria. Ni siquiera tiene forma corpórea.
-¿Qué? –La mujer asintió, conservando lo que ahora reconocía como una sonrisa tranquilizadora.
-Verás, cuando estuve presa aquí, era una fortaleza. Y después que me fui, tras incontables anécdotas de los horrores que aguardaban a quien cruzara sus puertas, fue abandonada –se encogió sutilmente de hombros–. Hubo un grupo de valientes magos que intentó echarla abajo con propósito de anular su "maldición", pero consiguieron su cometido a medias. Redujeron a cenizas el resto de la edificación, salvo la habitación que oficiara de celda para mí. Entonces, tras algunos siglos perdida, alguien volvió aquí. Un poderoso mago que reavivó mi esencia y completó, al igual que tú, este complejo recorrido. Fue a él a quien encomendé la misión de invocar a mi guardián. Es lo que tú llamarías... Magia antigua y poco convencional. Es en sí mismo un espectro que evoca la forma de las criaturas más amenazantes conocidas por quien lo ve.
-Para ahuyentar a los extraños.
-Así es. Puede obrar en toda la extensión del castillo original. Generalmente alejando a los visitantes. Y pocas veces, guiándolos.
-Entonces, todo lo que vi... ¿Fue una ilusión? –Reconoció la esperanza en su tono, pero no le dio importancia. Morgana volvió a sonreír.
-En efecto. Te reencontrarás con ellos pronto.
-¿Hay alguna prueba más? –Ella negó, dándole una larga mirada de algo semejante al aprecio.
-No hay ninguna prueba aquí para ti, Draco. Aunque esperaría que sí hayas recibido un par de lecciones.
-No diré que fue un gusto conocerla –fue esa insolente declaración lo que consiguió que la mujer luciera genuinamente sorprendida por primera vez. Para luego sorprenderlo a él al reír con soltura.
-Está bien. En tanto haya sido un gusto conocerte a ti mismo.
-Creo que está por verse.
-Permanece fiel a tu corazón y dueño de tu mente –finalizó en un inconfundible tono de despedida–. Que las ilusiones no nublen tu juicio, sino que lo encaminen. Y que tengas una vida larga y feliz –Draco reconoció la ironía de ese último comentario, respondiendo con un resoplido insolente.
-Adiós, mi señora –respondió también irónicamente.
La imagen de Morgana se desvaneció despacio, dejándolo solo en una habitación vacía y con el sonido de sus latidos en sus oídos.
Tal vez en el futuro relatara esa parte de forma diferente. Como debió haber sido. Diría que salió de la abrumadora habitación con la frente en alto y la moral intacta. Que se encaminó con entereza y profesionalismo hacia sus colegas, calmándolos e instándolos a volver juntos al ministerio, donde escribiría con paciencia la bitácora pertinente y respondería a cada duda que sus superiores tuvieran. Sí, ese habría sido un curso de acción sensato y apropiado. Lo que hizo en cambio fue quebrarse.
En cuanto estuvo solo, Draco cayó de rodillas y rompió en llanto. No intentó estimar el tiempo que había pasado ahí. Tampoco el alivio por la seguridad de su escuadrón lo contuvo. Había abandonado las alucinaciones, pero la opresión de su pecho, tan permanente en la mayoría de ellas, se había vuelto real. Temblaba como lo había hecho su versión de diecisiete años. Sollozaba como su yo de once años, casi sintiendo sobre él la mirada de reprimenda y asco de Abraxas Malfoy.
-Nada fue real –empezó a repetirse como una oración, pero sus palabras se perdían antes de salir de sus labios. Porque como lo dijera Morgana, sí lo había sido. Recuerdos auténticos mezclados con atroz fantasía. Pero todo estaba sustentado en sentimientos reales. En esos que siempre mantenía lejos de su mente durante una misión, e incluso también en soledad. Era todo lo que escondía por doloroso, vergonzoso y desagradable. Seis de esos rostros habían adoptado la apariencia de otras personas, de gente importante en su vida. Pero a final de cuentas, todos lo habían representado a él.
Rechazo. Abandono. Envidia. Culpa. Fracaso. Muerte. Y el más improbable... Felicidad. Todo lo que lo había atado y atormentado desde temprana edad hasta su adultez. Todo con lo que luchaba siempre a riesgo de perder. Su interminable batalla interna se había materializado como la más palpable de las pesadillas. Había salido de las alucinaciones, sí. ¿Cuánto tardarían ellas en salir de él? Esa duda era tan implacable y crudamente real que lo dejaba sin aliento. Permanece dueño de tu mente. Que las ilusiones no nublen tu juicio. Qué hermosos consejos daba Morgana, debería bordarlos en una almohada, pensó con sorna. Era tan sencillo decirlo siendo un poco de esencia de hace quinientos años. Pero él era un hombre de carne y hueso. Un hombre que se había enfrentado a sí mismo y cada uno de sus temores uno tras otro.
Lo que había vivido era tan brutal y demoledor que no tenía nada con qué compararlo, no disponía de ningún curso de acción o procedimiento de manual a seguir. Debía reorganizar su mente, restablecerla al lugar seguro que siempre había sido. No obstante... Estaba diezmado, finalmente había colapsado sobre sí mismo, colisionando de forma insalvable contra la realidad.
Cada intento por contenerse fue más flojo e inútil que el anterior, por lo que terminó dejándose envolver por eso. Probablemente estaba teniendo un ataque de pánico. O de ansiedad. O de alguna otra cosa que diera ataques. O solo era una reacción normal ante lo ocurrido. Esperaba que fuera lo último. Mientras divagaba sobre eso, perdiendo de nuevo la noción del tiempo, empezó a notar sutiles cambios en el ambiente que pudieron con la tarea de calmarlo (o en su defecto, distraerlo). Sentía frío, pero más relacionado con el clima que con la habitación en específico. Gritos. Pasos. Su nombre.
Apenas atinó a girar, todavía postrado en el suelo como había estado. La luz lo cegó cuando la puerta fue derribada bruscamente.
-¡Departamento de aurores, identifíquese! –Draco, que se había cubierto el rostro con el brazo (en parte para protegerse de la repentina claridad, en parte para limpiarse las lágrimas), sintió que podría echarse a llorar de nuevo.
-Harry... –Llamó con voz ronca, mirando hacia arriba y buscando con anhelo los ojos esmeraldas del hombre.
La alucinación no le hizo justicia. Fue un primer pensamiento algo extraño, pero incuestionable. El verde de su mirada era tan vibrante y profundo que con gusto se perdería en él como si se tratase de un interminable y exuberante bosque tropical. Seguro de que encontraría aventuras y muchas maravillas en él. Su cabello, tan oscuro e indomable, siempre del tamaño perfecto, siempre dándole esa apariencia desenfadada y revoltosa. Su uniforme de auror gritaba autoridad. Pero el rubio solo percibía seguridad y apoyo.
-Oh, Draco –fue su reacción final, después de esos suspendidos segundos en que no habían hecho más que contemplarse uno al otro en total silencio.
Entonces caminó hacia él. Y Draco se arrojó a sus brazos en cuanto estuvo a su alcance. Sabía que seguía temblando. Sus ojos debían estar enrojecidos. Y en sí -y que quede en bitácora que odiaba admitirlo-, debía lucir como un completo desastre. Un despojo lleno de barro y mocos. Pese a todo eso, Harry lo sujetó fuerte contra su pecho, sin indagar, sin detenerlo, sin juzgar. Solo brindándole calor y consolándolo.
Tienes todo lo que quieres al alcance tu mano.
Recordó las palabras del Harry de su alucinación. ¿Qué había dicho él entonces?
Posiblemente.
Por eso impuso escasa distancia entre ambos, concentrándose en los preocupados ojos verdes.
-Hay que salir –dijo decidido.
-Claro que sí. El equipo de apoyo está con tus compañeros, la brigada de rescate no debe tardar –afirmó, pero el rubio sacudió la cabeza.
-No, tú y yo... –Insistió, antes de poder pensarlo más y echarse atrás.
-Por supuesto, debí entender que el edificio es peligroso –eso casi lo hizo gruñir de frustración. Draco se negó a levantarse, manteniendo la mirada fija en el obtuso subjefe de aurores.
-Comer dragón azul... –En su mente tenía sentido. Invitarlo a cenar y luego a enseñarle el baile que Harry le había pedido. Sin embargo, lo que salió de su boca fue esa incoherente sucesión de palabras.
-Ah. Está bien –sintió un rebrote de alegría. ¿Lo había entendido y estaba aceptando salir con él? El auror peinó algunos de sus mechones, colocándolos tras su oreja. Fue un gesto tan natural y cercano que lo inundó de calidez por primera vez esa noche–. Todo estará bien, Draco. Te llevaré a San Mungo. Y después podrás comer lo que quieras –la primera frase fue tranquilizadora. La segunda era lógica. La tercera lo hizo fruncir el ceño.
-¿Qué?
-Está bien –repitió, con una sonrisa amable que no eliminó el rastro de preocupación en sus ojos–. Es normal estar confundido. Tus compañeros también parecen desorientados. Pero después de...
-No –dio énfasis a la palabra. Él estaba muy seguro de lo que decía y necesitaba que el chico lo entendiera–. Vamos a salir juntos.
-Ahora mismo, Draco. ¿Puedes levantarte? –Negó, exasperado. Sin embargo, el auror debió tomarlo como respuesta a su pregunta–. ¿Estás herido?
Solo mi orgullo.
-No –masculló. No sabía si algún remanente de la alucinación o la misma magia del lugar lo estaban afectando. Pero debía luchar. Necesitaba dejar de decir incoherencias y conseguir una maldita cita. Sin embargo, su siguiente intento fue interrumpido cuando su cuerpo abandonó el piso. En otro contexto, se habría sentido avergonzado, habría renegado e insistido que podía ir andando. Pero reconocía lo cercano y significativo de que Harry lo cargara. Cualquier otro auror solo lo habría levitado. O lo habría obligado a ir andando. Pero junto a su ridícula emoción juvenil de estar en sus brazos, crecieron el pánico y la impaciencia. Debía estar llevándolo a la base de rescate. De ahí sería trasladado a San Mungo y ya no tendría ocasión de hablar con él. Al menos durante un tiempo, porque esa estúpida misión requeriría mucho papeleo. Por eso colocó su mano sobre el ancho pecho, buscando llamar su atención–. Harry...
-Dime –replicó, sin apartar la vista del camino.
-Como una cita –la cabeza le daba vueltas. No. Lo único peor que la sarta de tonterías que estaba diciendo, sería desmayarse antes de hacer que Harry lo entendiera. Su octavo desmayo consecutivo tendría que esperar. La risa del moreno vibró contra su cuerpo y lo ayudó a mantenerse consciente.
-¿Eso te parece? Ahora tengo muchas preguntas sobre el tipo de personas con las que sales –inesperadamente Draco rió. Acto seguido, lo pinchó con un dedo.
-Tú.
-Mmm hemos tenido un par de borracheras juntos, pero nunca una que termine en una casa en medio de la nada –bromeó. Draco suspiró hondo y concentró cada gramo de fuerza y lucidez que le quedaba.
-Quiero... –Tosió, escondiendo el rostro contra su hombro.
-Tranquilo, no tienes que hablar más –no, claro que tenía que hacerlo. Se aclaró la garganta y fue por un segundo intento.
-Quiero una ci... –Por favor, no. Había intentado achacárselo a ser cargado por el tipo del que había estado prendado hacía meses, pero no. Realmente estaba mareado. Cerró los ojos y se concentró en mantener constante su respiración.
-Después tendrás lo que quieras, Draco. Ahora mismo necesitas descansar –urgió. Mantenía el tono apacible y sereno con el que calmaría a cualquier víctima. Pero sabía que había más. Usualmente no se mostraba la preocupación y suavidad con que Harry lo trataba. Abandonó su lucha hasta ese momento improductiva y se perdió en los ángulos del rostro del auror.
Esa maldita casa no solo había explotado sus miedos justo en su cara, también le había mostrado las posibilidades. Especialmente con el último rostro que confrontó.
-Quiero una cita contigo –sin esfuerzo, sin vacilación ni palabras a medias. Por un momento creyó que lo había imaginado, pero cuando el auror se detuvo y clavó en él su brillante mirada sorprendida, supo que sí lo había escuchado.
-Tú... ¿Qué?
-Y no es una pregunta –añadió, dejando que la osadía y el alivio se apoderaran de él–. Te llevaré a cenar. Y a bailar.
-Sabes que no bailo.
-Entonces te tendré que enseñar primero –Harry rió, luciendo complacido y más que sorprendido por ese giro de eventos.
-Después tendrás que contarme qué pasó en ese lugar –concretó, ahora con curiosidad. Pero para infortunio de Draco, siguió con su camino–. ¿Poción o hechizo?
-Ninguna.
-Pero me acabas de invitar a salir.
-Porque quiero hacerlo –Harry se mantuvo en silencio durante algunos metros.
Habían tonteado un par de veces. Quizás más de un par. Usualmente con bromas en doble sentido, algunos guiños y casi toqueteo. Habían salido juntos en plan de amigos, muchas veces con alguien más. Y las veces que estuvieron solos, mantuvieron la distancia. Harry sabía su política de no salir con nadie del ministerio. Y Draco simplemente había estado demasiado asustado para hacer cualquier movimiento al respecto.
-¿Estás mareado? –Su siguiente pregunta impidió que se durmiera. A regañadientes, masculló una respuesta afirmativa–. ¿Sabes quién eres?
-Quien te llevará a cenar –el auror apretó los labios, su mente demasiado nublada para determinar si de diversión o de preocupación.
-Hablo en serio.
-Draco Lucius Malfoy –dijo sílaba por sílaba, lo que quizás no ayudó a su causa.
-¿Sabes quién soy?
-Mi futuro esposo –Harry trastabilló, lo que no debió ser gracioso pero resultó hilarante–. Harry James Potter –añadió despacio, tratando de ofrecer una sonrisa confiada. El sonido indeterminado de su acompañante le informó que no estaba haciendo un buen trabajo.
-Casi llegamos al campamento.
-Pero sí saldremos, ¿verdad? Después del papeleo –el moreno suspiró, como si se debatiera seriamente si debía solo ignorar su parloteo.
Piensa que tomé alguna poción que afectó mi juicio. O que estoy bajo algún hechizo que me tiene así.
-Draco... –Consciente de la alta probabilidad de su razonamiento y de que su tiempo estando despierto se agotaba vertiginosamente, solo atinó a decirle un par de frases más.
-Visítame en San Mungo. Querré verte al despertar.
Esperaba haberla articulado bien y que Harry lo entendiera. Porque si hubo réplica ya no pudo escucharla.
Notas finales: ay, ay, ay. Por fin supimos donde había estado todo el tiempo y se dio el reencuentro que muchos esperaban. También llegamos a la mitad del fic, donde de alguna forma veremos la antítesis de todo lo que Draco vivió en la prisión de la mente. Pero ya se irán dando cuenta de ello. Se agradecen los reviews, favs y follows. Nos leemos el siguiente viernes.
Allyselle.
