Disclaimer: los personajes y el mundo mágico son propiedad de J.K. Yo solo tomo la inspiración de las musas y pongo el tiempo para escribir.
9. El rostro de la verdad.
Había decidido ser Inefable a los 19 años, después de descartar como ridícula e imposible su aspiración de convertirse en auror. Y cuando reunió el coraje para comunicárselo a sus padres, obtuvo dos réplicas cortas y nada alentadoras.
Es un trabajo muy solitario, había dicho su madre.
Es una pérdida de tiempo, había dicho su padre.
Es mi decisión. Había sostenido él, obstinado con ello.
No porque lo deseara fervientemente, sino porque quería probarse a sí mismo. Aunque de forma menos pública que aquellos que se convertían en aurores. Y no fue un proceso fácil. Las decenas de exámenes propicios para llegar al entrenamiento se multiplicaron para él, que debía demostrar su buena fe para con el ministerio y la sociedad mágica en general. Si bien no tenía antecedentes criminales en el Wizengamot, nadie ignoraba la marca grabada a fuego en su antebrazo izquierdo. Pero él rellenó cada forma, superó cada examen y declaró bajo Veritaserum que su único propósito era servir desde ese departamento. Un primer paso muy difícil, que no necesariamente allanó el camino. El entrenamiento de Inefable era muy exigente. Pociones, magizoología, encantamientos, historia, idiomas. Por no mencionar el entrenamiento físico y la completa agilidad con que debía manejar la magia no verbal. Pero tras tres arduos años de estar sometido a todo eso, había obtenido su placa. Que era más algo simbólico, porque nadie aparte de él y otros Inefables podían verla. No es como que necesitara ir por ahí identificándose con ella. Para efectos públicos, Draco trabajaba en el área de finanzas del departamento. Yey.
Ser un Inefable novato tampoco fue sencillo. Conocía a un reducido grupo de sus colegas, prácticamente tenía que confiarles su vida en cada misión. Y viceversa. Por supuesto, pocos magos o brujas estaban dispuestos a confiar su vida a un Malfoy. Por ello siempre se ofrecía para casos en solitario. Y trataba de mantenerse callado o ser conciliador cuando era parte de un grupo, nunca buscando el liderazgo. Por eso le había sorprendido en sobremanera cuando se le ofreció el trabajo de jefe de escuadrón. Y lo que es más, cuando los colegas asignados parecieron complacidos con su ascenso. No, no podía quejarse de su elección. Ser Inefable era algo que le atraía al principio, pero en lo que se había metido de lleno y ya formaba parte de él. Los aurores sí parecían ir por ahí ayudando gente a la luz del día, desarmando bandas de contrabandistas y rescatando gatitos (broma que siempre hacía a Harry, después de que el hombre tuviera que rescatar a uno de sus colegas que fue atrapado en su forma de animago y terminó en una tienda de animales. Sí, larga historia). Pero Draco había visto cosas aún más portentosas. Había deshecho maldiciones antiquísimas. Y ahora también podía preciarse de conocer a Morgana. Sin embargo, aún con todo lo bueno que su trabajo le había dado, existía un detalle que siempre lo entristecía. Y que daba total razón a aquel primer comentario de su madre.
Era una profesión muy solitaria.
Sí, tenía colegas con los que compartía sus secretos. Pero estaba terminantemente prohibido que interactuara con ellos en el ámbito social. No debía conocer a sus familias, donde vivían ni cuál era su restaurante favorito. Si los veía en el ministerio o en Diagon, podía saludar con un asentimiento como con cualquier otro empleado a quien veía en los pasillos. Todos tenían una fachada. Conserjes, secretarias, escritores, pintores, o incluso vagos. Así que nada de un café o un trago después del trabajo. Nada de retas de quidditch como los aurores, ni de galas anuales como los sanadores. Era un trabajo absorbente que te dejaba sin vida social. Sin nadie a quien contarle tus problemas y la forma en que los resolvías o te consumían. Sí, sus padres conocían su profesión. Y por lo tanto habían tenido que asistir a su graduación, donde todos los familiares, parejas y amigos que conocían la identidad de los Inefables, realizaban el juramento inquebrantable de jamás revelar tal información. No obstante, guardar sus preocupaciones y vivencias para sí no era un campo nuevo. No, lo único que entristecía a Draco de todo ese secretismo, era lo que estaba por experimentar una vez más. Como tantas otras veces en que resultó lesionado en un operativo, despertaría solo en una amplia habitación del ala secreta de San Mungo. Sus padres serían notificados diariamente de su estado y evolución, pero no tenían permitido visitarlo. Nada de abrazos de reencuentro y palabras de ánimo. Cuando Draco volviera a verlos -después de todo el maldito papeleo-, ellos sabrían que él estaba bien y solo compartirían una cena normal en que se hablaría sobre cualquier cosa, menos de su trabajo.
Draco suspiró, sin querer prolongar eso por más tiempo. Lo primero que vio fue el techo, desgraciadamente familiar. De color crema y con una luz blanco azulada en medio. Entonces se llevó el susto de su vida. Porque junto a la puerta, donde no debería haber más que espacio vacío, había una destartalada silla con un bulto encima. Y no cualquier bulto.
-Perdón, no pensé que te asustarías –dijo su acompañante, pero su amplia sonrisa y el brillo infantil en sus ojos impedían que luciera arrepentido.
-¿Harry? –Susurró. Percibía la garganta reseca, como si hubiera pasado la noche en un concierto de rock–. ¿Cómo...? –Tosió, lo que generó reacción en el auror. Con una floritura de la varita sirvió un vaso de agua de la mesa auxiliar, aunque se incorporó en el proceso para poder entregárselo él mismo.
-Antes de que te escandalices, tengo permiso de estar aquí –informó, al tiempo que depositaba el vaso en sus manos. Draco se incorporó lo suficiente para tomar sin derramarse encima el contenido. El agua resultaba refrescante, un bienvenido alivio para su garganta dolorida–. Y adelantándome a tu siguiente pregunta, le dije a nuestros jefes que sabía en qué habías estado trabajando. Por eso llegué tan pronto a buscarte y por eso era imperativo que te acompañara en tu convalecencia.
-No estoy convaleciente. –Rechazó. Tenía miedo de seguir mareado, pero quizá solo estaba deshidratado antes de desmayarse hacía…– ¿Qué día es hoy? –Harry asintió comprensivo, todavía de pie junto a su cama.
-Jueves.
-¿Estuve fuera dos días? –La comprensión de eso le resecó la boca de nuevo. Si bien se había sentido como una interminable noche repleta de pesadillas, no creía que en realidad hubieran transcurrido más que unas horas. Pero eso significaba que…– ¿Esperaste una señal mía durante dos días?
-No. Tu señal apareció la primera noche –Harry suspiró, pasando una mano por su cabello en ademán cansado–. Pero no fuiste preciso sobre el lugar. Tampoco fueron muchas. Casi tuve que amenazar a dos de mis chicos para que me ayudaran en la búsqueda. Yo solo... Sentía que estabas en peligro –Draco apretó ligeramente el vaso vacío entre sus dedos. Entonces buscó sentarse, aunque sus extremidades todavía se sentían entumecidas.
-Pues me encontraste justo a tiempo.
-¿Lo hice? –Cuestionó incrédulo, sacudiendo la cabeza–. Draco, no tienes idea... –Suspiró de nuevo, esta vez agarrándose el puente de la nariz. Está frustrado. Algo asustado y privado de sueño, diagnosticó–. El bosque en que estabas era enorme. Todos tus compañeros estaban dispersos, nadie decía algo coherente y tú no estabas por ningún lado.
-Harry...
-Te estuve buscando por horas. De pronto alguien recobra algo de lucidez y dice que entraste en una casa. Una maldita casa en medio de la nada.
-Harry...
-Llevaba horas recorriendo ese bosque. No había una maldita casa en hectáreas. Ni siquiera era una aguja en un pajar, era un faro en el desierto. ¿Cómo era posible que no pudiera encontrarte?
-Harry...
-Y un rato después, ahí estaba. Una jodida casa salida de la nada –resopló, para al fin detenerse a mirarlo. Realmente mirándolo. Draco casi se cohibió ante semejante escrutinio. Recorría su rostro con premura y paciencia a la vez, si es que eso era posible. Pasando por sus manos visibles sobre las sábanas y el resto de su cuerpo que permanecía cubierto–. Entonces te encontré. Parecías tú, pero... –Negó. No actuabas como tú, completó en su mente. Sabía que era verdad. Había estado asustado, lloroso, desesperado por una cita. Sabía que si se daba tiempo a pensar en dónde había estado, probablemente se rompería de nuevo, así que mejor se concentró en lo último.
-Harry... Ven aquí –se movió a un lado, dejando más espacio a la orilla de la cama, dando unas palmadas de invitación. El auror todavía lo contempló con ese aire de extrañeza y preocupación, pero terminó por llegar hasta él–. Gracias por ir a buscarme –dijo, acompañando sus palabras con una leve sonrisa–. Diría que siento que me hayas encontrado en ese estado, pero... La verdad es que me alegra que hayas sido tú.
-¿Sí? –Su tono dudoso, pero ligeramente esperanzado lo embargó de calidez.
-Sí. Yo... Vaya, no sé si alguna vez podré hablar de lo que pasó. Pero verte a ti después de eso fue todo lo que necesitaba –se preguntó si no se estaba arriesgando mucho. Entonces recordó lo que se había dicho a sí mismo al confrontar el rostro del fracaso, y prosiguió, aventurándose a cubrir una de las fuertes manos del auror con la suya–. Y sostengo todo lo que dije entonces.
-Draco...
-Sé que es repentino. Que va en contra de lo que digo siempre. Pero yo, en realidad... Sé que hay algo más. Y quiero descubrir qué pasa si dejamos de fingir que eso no es así –se encogió de hombros.
No podía recordar otro momento en su vida en que se hubiera permitido ser tan vulnerable y honesto. Pero ese era Harry. Su Harry. El obstinado auror con el que había sido asignado a trabajar en un caso de cooperación, por conocerse con anterioridad a su carrera de Inefable (aunque su jefe no se molestara en indagar en qué términos se habían tratado durante años). Ah, casi podía rememorar a cabalidad el día que coincidieron en esa oficina del departamento de misterios, ambos con expresiones de sorpresa y cierto recelo. Aunque milagrosamente no hubo nada de animosidad. Draco no estaba feliz de trabajar junto a él. Y Potter compartía el sentimiento. Pero ambos eran profesionales destacados en sus áreas, por lo que no se negaron ni buscaron perjudicar al otro. Lo que vino entonces fueron largas noches de vigilancia en que empezaron a limar asperezas, seguidas de operaciones encubiertas en que aprovecharon los talentos del otro, para culminar en exitosos operativos que dejaron un buen sabor de boca en ambos. Harry parecía seguir demasiado anonadado, perdido en sus cavilaciones, por lo que Draco retomó la palabra.
-¿Recuerdas cuando terminamos la misión de Chelsea y querías ir a celebrar? Estabas tan molesto porque los Inefables tengamos reglamentos tan rígidos –la comisura de los labios del chico se elevó, mientras Draco reía abiertamente–. Entonces tú, tan necio como siempre, organizaste esa fiesta de cumpleaños para Lovegood. ¡Lovegood, entre todas las personas!
-Era terreno neutral –defendió con una sonrisa renuente–. Nunca hubieras ido a una fiesta de Gryffindors. Y yo habría estado fuera de lugar en una de Slytherins.
-Y quizás lo peor no fue tu estrategia, sino el hecho de que nos hiciéramos amigos después de un par de tragos.
-Whiskey escocés del 68, borrando enemistades de años en minutos.
-Oh, cállate. Odié ese maldito encabezado –pese a sus palabras, siguió riendo junto al moreno. Porque claro, un Harry Potter muy ebrio, cantando karaoke junto a su viejo némesis fue algo que tenía que llegar a primera plana–. Y a la mierda la discreción, ¿no? –Resopló, aunque mucho más relajado a lo que había reaccionado entonces.
-Estabas muy enojado ese día. No me hablaste en ¿cuánto? ¿Dos, tres semanas?
-Tres semanas –precisó–. Hasta ese día en Diagon.
-Cuando te encontré discutiendo con Teddy. Y supe del desastre que iba a pasar antes que tú, que tuviste que aprender por las malas que un niño enojado es capaz de estrellarte un helado en la cabeza.
-Todavía tuviste el descaro de reírte en mi cara y chocar puños con la pequeña bestia –Harry negó, arruguitas formándose en sus ojos por lo amplio de su sonrisa.
-Sí, pero también te ofrecí mi pañuelo y los invité a un nuevo helado.
-Te aprovechaste porque no podía rechazarte frente al niño –reprochó, aunque su puchero no fue nada convincente.
-Al final del día ya no estabas molesto. Incluso aceptaste ir por unas copas.
-Mucho ha cambiado desde entonces –resumió, recibiendo un asentimiento de confirmación. Porque Harry era una cláusula ajena a su contrato. Habían sido compañeros de colegio, era alguien de otro departamento. Draco ya no tenía que pasar solo sus días libres. Y aunque seguía guardándose la gravedad y complejidad de algunos de sus casos, podía enviarle una nota diciéndole que realmente necesitaba una cerveza, sabiendo que él comprendería y estaría a su puerta a las 8:30 en punto.
Había subestimado todo. Certero y sin espacio para cuestionarlo, Draco supo eso. No era solo tontear, pasar el rato o evadirse después de una complicada misión. Era disfrutar la compañía, anhelar esos momentos en que podía ser él mismo sin tener que dar explicaciones. Harry representaba eso para él. Un refugio seguro después de la batalla. Inclusive un soporte durante ella.
-Y parece que todavía más desde la última vez que te vi –reconoció que en ese momento era él quien se había quedado introspectivo, solo embebiéndose de la imagen de Harry como si fuera todo lo que necesitaba para apaciguar su atribulada mente. Tal vez así era.
-No sé si deba...
-No tienes que hablarme de lo que pasó –de alguna forma, sabía que la negativa no era por el respeto que el chico sentía hacia su profesión. Era por él. Debía notar su tensión y el dolor en sus ojos cuando pensaba en su misión más reciente. Por eso asintió, agradecido ante tal muestra de comprensión. ¿Y por qué no? Afecto. Y Draco estaba más que feliz de ser el receptor de tales cuidados. Algún día lo haría, quizás pronto, quizás después. Pero si había alguien sobre la faz de la tierra con quien quería compartir eso, era con él. Aunque se quebrara en el proceso. Respiró profundo, recordando no detenerse en ello antes de estar listo. Por eso, con deliberada gentileza le dio la vuelta a la mano del auror, entrelazando sus dedos antes de volver a mirarlo a los ojos. Había un brillo casi caótico en ellos, algo bestial y tan verdadero que casi se echa para atrás. Si era así como lo contemplaría en adelante, resultaría embriagador.
-Harry.
-Dime –el rubio se inclinó hacia él, reposando el mentón sobre su hombro.
-¿Por qué el baile del dragón azul? –La inesperada pregunta dejó al hombre parpadeando desconcertado durante algunos segundos. Entonces se echó a reír.
-Creo que ahora puedes saberlo –Draco alzó las cejas, a la expectativa. Ese era un cambio significativo a la negativa que había estado recibiendo durante meses. Harry pareció considerarlo dos segundos antes de revelar la verdad sobre tan inusual petición–. El año pasado, durante la gala de Navidad del ministerio... Te vi bailando esa pieza con Parkinson.
-¿Y quedaste tan prendado de mi destreza que tenías que aprenderlo? –Intentó bromear, pero el aire abrasador y codicioso en el auror casi lo hizo estremecer.
-No. Bueno... Solo pensé que quería ser yo, sabes. Que en la siguiente gala, fiesta o lo que sea, podría ser quien tomara tu mano y te invitara a bailar.
-Harry... –La admisión era propicia para hacer un par de bromas al respecto, pero se encontraba demasiado conmovido para siquiera intentarlo–. Será un placer –cedió con voz suave, acariciando ociosamente el dorso de la mano que sostenía.
Me quedaría aquí para siempre. El pensamiento apareció de la nada, pero supo que era una verdad incuestionable. Sin referirse al lugar o esa situación en específico. Solo quería seguir tomando su mano, quería vivir atrapado en esa mirada. Para su infortunio, un golpe resonó en la puerta antes de darle paso a un hombre vestido con una sobria túnica gris pizarra. Draco, que se había enderezado en cuanto escuchó el toque, le dio un apretón más a la mano que sostenía antes de soltarla. Dejar sus reservas e ir por más con Harry era un tema sobre el que debían ser discretos. El recién llegado no mencionó nada al respecto, aunque alzó una ceja apreciativa ante el hecho de que no estuviera solo.
-Señor Malfoy –asintió, desplazando su intrigada mirada hacia su acompañante–. Auror Potter.
-Señor –respondió el aludido, absteniéndose de preguntar su nombre, un protocolo habitual al conocer a un Inefable.
-Un gusto conocerlos, pueden llamarme Naethan –ante la revelación de su seudónimo, el aspecto de su túnica se transformó. Convirtiéndose del tono propicio para un abogado, a un verde musgo.
Esto es malo. Si bien los cotilleos eran impensables en su campo de trabajo, cualquier Inefable que se preciara de serlo había escuchado sobre él. Bueno, ellos. Los de las túnicas verde musgo. Nadie comentaba lo que hacían, por supuesto. Pero su aparición era un evento casi místico, ligado a artefactos o hechizos antiguos.
-Sé que despertó hace poco –prosiguió, luego de solo recibir un par de asentimientos en reconocimiento–. Y es por ello que me encuentro aquí. Las charlas con el resto de su escuadrón han sido... Intrigantes.
-¿Todos están bien? –Había preguntado eso previamente, pero necesitaba una confirmación. El hombre afirmó, sin mostrar mayor emoción.
-Físicamente, sí. Pero sus testimonios sobre la misión resultan confusos e inexplicablemente contradictorios –Draco confirmó sus sospechas, recordando la definición que Morgana le había dado sobre su guardián. Desde entonces no podía estar seguro de que todos hubieran visto a la misma bestia que él. Ni siquiera sabía si realmente habían sido derribados o si eso ya formaba parte de su alucinación personal–. Por lo tanto, se me ha asignado la tarea de recolectar los testimonios individuales y dar algo de sentido a la experiencia.
-Comprendo.
-Auror Potter, agradeceré que abandone la habitación –no fue una orden ni una petición, pero estaba formulado para ser indiscutible. Sabía que eso pasaría. Dejarse ver por el subjefe de aurores no era mayor inconveniente, pero por supuesto que no lo dejaría estar presente en el interrogatorio. El rubio le dedicó una sonrisa floja, tratando de aparentar más tranquilidad de la que sentía.
-Estaré afuera –también certero e ineludible. Sonrió más genuinamente ante eso, esperando que la puerta se cerrara para volver a fijar su mirada en Naethan.
-Puede preguntar, señor.
Las primeras interrogantes fueron sencillas. Draco le explicó que la misión le había sido asignada por sus superiores, conforme al protocolo. Trataba sobre la exploración de un lugar identificado como categoría D. Es decir, con altos índices de concentración de magia inestable y caótica. Describió el aura de magia antigua y fluctuante en el terreno, el plan de inspección y ataque que había acordado con su equipo antes de trasladarse ahí.
Fue entonces cuando su garganta se cerró. No quedaba en ella rastro del agua fría de hacía rato, sintió un ligero temblor en sus manos. Ojalá Harry estuviera ahí para volver a sujetar sus dedos. La sensación de bienestar y serenidad había sido fácil de conservar a su lado, pero bajo el escrutinio del Inefable solo sentía incomodidad y agitación. Él esperaba que detallara su misión. Y Draco desearía poder hacerlo de forma desapegada, o siquiera poder entregar un resumen, pero temía simplemente no ser capaz de ninguna de esas opciones.
-Señor Malfoy –llamó, obligándolo a alzar la mirada–. ¿Su escuadrón viajó mediante traslador, aparición o desvanecimiento? –Casi se estremeció ante la mención del último método. Era de uso exclusivo de los Inefables, por precisar de requisitos muy estrictos para ser usados por cualquiera. Y él lo odiaba, porque dejaba una sensación de desorientación horrible después de utilizarlo. Eso hizo clic ante la pertinencia de la pregunta.
-Aparición individual –precisó. Y adelantándose a la siguiente pregunta, añadió:- A una distancia prudente de tres kilómetros, no queríamos causar un desequilibrio con una concentración de magia tan repentina. De ahí fuimos andando.
-¿Todos conocían el camino?
-Sí, señor. Habíamos realizado reconocimiento previo en misiones cortas desde diferentes direcciones. Elegimos la que nos pareció más apropiada para mantenernos lejos de territorio muggle.
-¿Por qué llevar a su escuadrón completo? Usualmente se dividen en grupos o se deja un equipo en la retaguardia –las preguntas técnicas, tan odiadas en otras misiones, fueron agradecidas en ese momento. Prefería ser cuestionado hasta el cansancio sobre porqué hizo esto, y no lo otro, en lugar de repasar lo que sucedió al llegar al sitio en sí.
-Se preveía que nos enfrentaríamos a diferentes trampas, incluso bestias. Mi escuadrón está balanceado en estos diversos campos, por lo que era necesaria la intervención de todos en simultáneo. –Consciente de que eso dejaría en evidencia un vacío técnico y para sustentar la coartada de Harry, finalizó:- El equipo en la retaguardia eran los aurores.
-El auror Potter, en singular ¿no? Porque según los testimonios de sus subordinados, no tenían conocimiento sobre el operativo que se realizaba.
-Por protocolo –añadió con calma, sabiendo que probablemente estaba tergiversando la realidad. Pero no era una mentira descarada. Harry sí que le había dicho antes que podía acudir a él si necesitaba apoyo–. No tengo permitido revelar detalles de la misión a menos que sea absolutamente necesario.
-¿Por eso la posible intervención de los aurores no estaba en sus registros? –Claro que debió esperar eso. Desde las veinticuatro horas de su desaparición, todo aspecto de su misión debió ser analizado con lupa. Draco suspiró. El temblor en sus manos se había calmado, pero cierta exasperación se empezaba a hacer presente.
-Fue un plan de contingencia de último minuto.
-Bien –aceptó, sin indagar más al respecto–. Regresemos al lugar de su misión.
Esa fue definitivamente una mala elección de palabras. Pensar en la logística, motivos y demás había sido sencillo. Pero era obvio que le exigiría narrar el resto de eventos. Eso hizo que su garganta volviera a cerrarse, percibiendo como regresaba a él la desagradable opresión en el pecho.
-Yo no... –Su negativa salió estrangulada. Aunque quisiera hacerlo (cosa que no era así), Draco no podría realizar su relato con total serenidad. Porque incluso si se limitaba a decir que había estado en la prisión de Morgana, que te hacía vivir tus más profundos temores, más preguntas habrían llegado. Conocía los interrogatorios de los Inefables, él mismo había llevado a cabo un par. Una simplificación de los hechos nunca era aceptable. Precisaban descripciones específicas, conocer cada matiz de lo ocurrido. Y realizar tal declaración se escapaba de sus capacidades en ese momento. Sería como dejar desprotegida su mente por primera vez desde que aprendió a dominar la oclumancia. Como verter un montón de recuerdos íntimos y dejar a un desconocido hurgar en ellos. Intrusivo, inapropiado.
-Quiero que me ayudes, Draco –efectivamente, a su silencio siguió la jugada de persuasión, de dar un tinte de cercanía a su conversación. No lo dejaría escapar con un testimonio a medias–. Necesitamos comprender qué tipo de criatura o qué clase de magia existe en ese lugar. Porque un encuentro que deja incapacitados a seis Inefables experimentados, es algo que nos preocupa como departamento.
-¿Criatura o magia? –Masculló con cierta intriga. Sabía que era el único que había entrado a la edificación. Había asumido que los demás se enfrentaron al guardián, que los desorientó y los redujo de alguna forma.
-No debería comentar al respecto para no afectar tu versión –asintió a regañadientes, aunque no dejaba de ser frustrante. Le hubiera encantado hablar con sus colegas. No solo para cerciorarse de su bienestar, también para discutir la versión de los hechos de cada uno. Pero sabía que no se lo permitirían–. Sin embargo, este caso es tan intrincado y sin precedentes, que te confiaré algo –establece vínculos con el interrogado. Su proceso era tan de manual que Draco casi se sintió decepcionado. ¿Ese era todo el misticismo de los de las túnicas verdes? ¿Cuándo podría pasar por la suya?- Algunos de tus compañeros aseguran haberse enfrentado con una criatura innombrable –expuso, con énfasis en la última palabra–. Mientras que otros afirman haberse batido a duelo con desconocidos. El principal problema con esto es que las descripciones de estos duelos coinciden entre sí. Como si hubieran sido presas de alguna maldición que les impidió reconocerse y tuvo como resultado que se atacaran unos a otros –Draco alzó las cejas, porque de ser real, eso no se ajustaba en nada a sus recuerdos.
-Yo... Vi a la bestia, y luego una casa –titubeó al hablar, pero al menos consiguió decir algo coherente. Claro que debió esperar que Naethan no se conformaría con eso.
-La casa es otro punto de inflexión –indicó con una cabezada–. El auror Potter dijo haberte encontrado en un lugar que aparentemente salió de la nada. Nuestro equipo ha seguido explorando el terreno desde que te encontramos y...
-No. No la busquen –su ferviente negativa los sorprendió a ambos. Draco estrujaba la cobija entre sus dedos, sentía todo su cuerpo en tensión ante la perspectiva de que un grupo de sus compañeros realmente encontrara la maldita edificación.
-Mi teoría aquí, es que la casa es la razón de la inusual concentración mágica. ¿Me equivoco? –Negó con un simple movimiento de cabeza. Eso debió ser suficiente para el hombre, que finalmente parecía complacido con el desarrollo del interrogatorio–. Bien. La casa en cuestión... ¿Era grande? ¿Múltiples habitaciones, varios pisos quizás?
-Una sola habitación –soltó con voz ronca. Sabía que tratar de detener las preguntas sería inútil. Él estaba ahí para indagar hasta recolectar cada pieza de información. Aun siguiendo un procedimiento de manual, Draco sabía que dejar descansar al testigo jamás era una opción.
-Una sola –repitió, ligeramente anonadado–. ¿Fue difícil entrar? –Estaba por responder cuando oyó voces afuera. Una era indiscutiblemente la de Harry. Sigue aquí. La otra también tenía un tono familiar, pero no lograba ubicarla en ese preciso instante. Naethan se deshizo de la interferencia con un sencillo movimiento de varita, y siguió mirándolo expectante.
-Un alohomora bastó.
-Desprotegida, entonces. ¿La habitación era grande o pequeña?
-Más como una celda.
-Una celda –era obvio que la comparativa le había resultado de lo más intrigante, a juzgar por el repentino brillo en sus ojos oscuros–. ¿Puedes describir los objetos en la habitación?
-No había nada. Solo vacío... –Su respiración se atascó, sin querer describir la brisa antinatural y la sensación de ingravidez en los cortos lapsus que estuvo consciente.
-Una pequeña habitación vacía –recapituló. Si bien había estado centrado en él todo el tiempo, su expresión se había vuelto escéptica–. Draco, estuviste ahí más de un día.
-Así me informaron, sí.
-¿Había alguien más? –Exigió, reconociendo que el joven se estaba bloqueando, pero presionando a pesar de ello.
-No. Sí... –Sacudió la cabeza. ¿La esencia de Morgana contaba como alguien?
-¿Sí o no? –Insistió, manteniendo ese tono demandante–. No ajustes la realidad a lo que crees que queremos escuchar.
-Yo no... Estuve inconsciente –vagamente se le ocurrió si podría quedarse con esa versión. Decir que estuvo fuera de combate desde que entró hasta que Harry lo encontró. Pero lo descartó de inmediato, porque eso lo dejaría sin razones para impedir más inspecciones en el lugar.
-¿Fuiste atacado? –Su primer instinto fue decir que sí, pero se contuvo. Pese a que se había sentido así, sabía por las palabras de Morgana y por la forma relativamente fácil en que salió de ahí, que el sitio no estaba pensado como algo hostil.
-No –su demora al responder puso en guardia al Inefable. Draco tuvo un mal presentimiento sobre lo que sucedería a continuación. Conocía esa mirada especulativa y nunca había significado algo bueno para él.
-Seré sincero contigo, Draco. Llevo años en este trabajo, al menos desde el 96 –sí, la mención específica de ese año no era un buen augurio–. He recolectado muchísimos testimonios en todos estos años. Pero centrándonos en los más recientes, noto una importante diferencia. Tus colegas están genuinamente confundidos y se apegan a sus historias. En cambio tú... Titubeas, es evidente que recuerdas todo, pero no pareces dispuesto a compartirlo. Por eso debo preguntar algo, a riesgo de herir susceptibilidades –lo observó en blanco, manteniendo para sí cualquier signo de inquietud o malestar. Inexplicablemente, el hombre sí que hizo una mueca de desazón–. Lo que me has narrado hasta el momento coincide con la teoría de una emboscada. Y dado que fuiste quien, aparentemente, fue conducido hasta ella... Resulta imperativo preguntarse si no fue algo de índole personal, relacionado con tu pasado.
Ahí estaba. Secretamente, Draco llevaba años esperando por ese día. Desde su entrenamiento se había sentido como caminando sobre un lago congelado. Tenía que ser cuidadoso, tenía que trazar su plan de juego con antelación. Un paso en falso y podría pisar una grieta y caer estrepitosamente. Y aunque llevaba años en el oficio, había conseguido transitar por ellos limpiamente. Claro, sabía sobre las miradas calculadoras y los comentarios mixtos que generaba en el departamento. Pero jamás había sido confrontado tan directamente. Una parte de él siempre había estado lista para ese momento. Se defendería, dejaría en claro su postura y de ser necesario, devolvería el ataque.
Pero en ese instante, no sintió más que cansancio y un rastro de frustración. Claro, alguien que intentaba vengarse de mí una década después de todo. Resultaba incluso irrisorio. Casi se arriesga con esa respuesta, pero no fue necesario. Naethan también pareció quedarse con la palabra en la boca -alguna frase para persuadirlo o presionarlo, probablemente- cuando la puerta se abrió y el hechizo de silencio quedó anulado. Draco esperaba que fuera Harry, que impaciente e intempestivo como siempre, había decido poner fin al interrogatorio y exigir el descanso del rubio. También esperaba reclamos y palabras airadas de parte del Inefable mayor. No obstante, nada de eso pasó.
Harry entró a la habitación, pero lo hizo detrás de un mago de mediana edad, con el cabello rubio sucio que parecía haber dejado de peinar allá por el 89. Los collares de cachivaches que siempre llevaba, la túnica de brillante color y la presencia misma del hombre eran tan estridentes e inesperados, que simplemente no pudo decir nada. Y como si el cóctel de extrañeza no fuera bastante completo, Naethan se irguió en su posición, dando una cabezada formal hacia el recién llegado. En medio de todo eso, Draco tuvo ocasión de buscar la mirada de Harry, que ilustraba la ola de incredulidad que él sentía.
-Hola, Draco. Veo que ya tuviste ocasión de charlar con Naethan. Seguro fue una conversación enriquecedora.
-Estábamos a medio interrogatorio, jefe –el tono dubitativo y formal del hombre también fue un cambio drástico, pero fue la última palabra lo que hizo reaccionar al joven Malfoy.
-¿Jefe?
-Disculpa, obvié la presentación por el hecho de que ya nos conocemos –dijo con una sonrisa suave, una versión más adulta y serena que la de su hija–. Xenophilius Lovegood, jefe del departamento de misterios.
Notas finales: a que eso último no se lo esperaban, jajaja. Muchísimas gracias por su apoyo con el fic, sus comentarios siempre son bienvenidos y me alegran el día. Este es un capítulo un poco más largo en que tenemos un vistazo más claro a lo que ha sido la relación de los chicos hasta el momento. Espero que les haya gustado y nos leemos el viernes que viene.
Allyselle.
