Destino: capítulo 2: Me gusta
En el capítulo 1
Desde entonces me jure que si a él no le importaba yo, ¿por qué iba a importarme él a mí? Y aprendí a montar a caballo con ayuda de un mozo de las caballerizas. Un poderoso, elegante y magnífico animal...Tan deseoso de correr libre como yo. Sólo aquellas veces me sentía libre, libre al fin. Los terrenos de Inuyasha eran grandes y yo siempre me cuidaba de que no me sorprendiera en mi furtiva aventura, sobre todo porque yo iba mucho más lejos de lo que estaba permitido.
El viento fresco azotándome la cara era lo más parecido a felicidad que podía conocer por ese entonces. Pasaba las tardes subida en aquel precioso animal y recorría los campos saciándome con su espléndida hermosura. En aquellos momentos yo no era ni feliz ni desgraciada, tan sólo una muchacha que montaba a caballo y quería ser tan libre como el viento…
…
No sé cuántas veces negué que Inuyasha Taisho me gustaba. Su voz grave, su aspecto elegante aunque altanero, su presencia imponente y varonil. Y sin embargo él no sabía ni siquiera que yo ya no era una niña. A veces creía sorprenderlo mirándome tan fijamente como lo hubiera hecho un hombre enamorado o pasional, pero después descubría aquella sombra en sus ojos, como de estar viendo a otra persona. Y entonces me sentía estúpida y utilizada, como un recuerdo de lo que parecía ser un gran amor que no se olvidaría jamás. Otras veces me miraba con sorpresa, como si acabara de comprender que se había casado con alguien que ni siquiera conocía. Entonces me enfurecía como sólo lo podría haber hecho una Higurashi, con una pasión que lo caracterizaba todo. Y en muchos casos esa pasión no me hacía ningún bien.
Kaede era el ama de llaves y yo había logrado convencerla de que sacara algunos libros de la biblioteca de mi marido para poder leerlos. Aquella mujer era tan amable conmigo que me dolía mentirle cuando salía a dar mis largos paseos a caballo. Creo que le prometí veintiún veces que no volvería a montar en aquel corcel sola, hasta que Inuyasha se enteró.
Mis días pasaban tan iguales como siempre, hasta el día de mi diecisiete cumpleaños.
Las nubes se habían oscurecido y las gotas que caían eran grandes y heladas. Llevaba varias horas cabalgando y la verdad no se me ocurrió pensar en que debía protegerme del aguacero.
Cuando desmonté del caballo comprendí que algo había pasado porque en ese momento Kaede se acercaba corriendo muy nerviosa.
-E-el señor ha llegado antes de lo esperado, niña.
-Oh, Dios mío. No le habrás dicho que salí a cabalgar sola y con este tiempo. ¡Me mataría!
Aún cuando apenas llevaba casada con él, había aprendido a adivinar que él esperaba que todo lo que sucediera allí se lo comunicaran. Por más insignificante que fuera.
-Créeme que estuve muy cerca de decirlo todo. Pensé que cuando vieras las señales de que iba a llover volverías enseguida. ¡¿Por qué has tardado tanto?!
-Perdóname. Me excedí en el tiempo. ¿Dónde está?
Un escalofrío recorrió mi espalda y no era precisamente el agua que goteaba de mi pelo. Inuyasha Taisho era un hombre respetuoso y correctamente amable, sin embargo, cuando no se le obedecía, o se hacía alguna cosa a sus espaldas...Creo que en esos momentos mi valor y orgullo fueron mayores que mi razón, porque llegué a pensar que quizá ni siquiera le debía respuestas a mi marido, ya que en realidad él no se comportaba como tal. Y desgraciadamente ese pensamiento siguió rondando mi cabeza, mientras Kaede me ponía al tanto de todo.
-Le he hecho creer que te encuentras mal, y que no debe verte ni acercarse pero lo puso de mal humor. Así que no tuve otra alternativa de insinuarle que tú no deseabas verlo.
-Oh, Kaede, ¿y cómo lo ha tomado?
Las botas de media caña que llevaba calzadas me hacían retroceder resbalando una vez sí y otra vez también. Alcé la mirada para ver el perfil del castillo Taisho. Imponente aún con la lluvia, parecía ejercer cierto parecido con la solidez del actual dueño.
-Kagome, se enfureció aún más. Lo siento. No le gusta que se le niegue lo que quiere. Pero al menos eso lo retuvo por un momento. Sin embargo lleva esperando casi veinte minutos y creo que no aguantará más. Está preocupado por ti.
Su voz sonó suave, y por un instante desee que lo que ella había dicho fuese cierto. Entonces comprendí horrorizada que lo amaba. Me había enamorado de mi marido. Al que por otro lado, ni siquiera conocía. Un rayo alumbró el perfil del castillo y pude ver que la luz que se mantenía en el ala donde se encontraba la cocina, titilaba para luego encenderse, otra en la entrada.
Kaede murmuró algo, y antes de salir corriendo me miró con aprensión. Estaba claro que aunque llevaba varios años trabajando para la familia Taisho, guardaba cierto temor a la furia de este varón.
Me detuve en la entrada y al ver que la puerta estaba cerrada di un rodeo entrando por la puerta que daba al jardín y a las caballerizas. Me pregunté, entonces, por qué me preocupaba tanto de cómo reaccionara lord Taisho. Sin duda, a pesar de su sólida e imponente presencia, y a pesar de su título de conde, y claro está a pesar de que era mi esposo yo no debía sentirme tan sensible a lo que él pensara de mí. Porque sencillamente no debía dejarme intimidar. Era una Higurashi, y nuestra familia siempre había mantenido el orgullo intacto.
Cuando entre en mi recamara me sorprendió encontrar a la doncella esperándome, mientras echaba agua caliente en una pequeña y ligera bañera. Me deshice de la ropa mojada y enlodada sin cuidado y luego me zambullí en el agua tibia. El efecto que provocó el confortable líquido en mí, me hizo pensar de nuevo en Inuyasha. Kanna me ayudó a enjuagarme deprisa, y después empezó a elegir un vestido del armario de caoba.
-No, Kanna, no hace falta. Usaré el camisón. Tráemelo, por favor.
El camisón de muselina blanco cayó sobre mi cuerpo justo cuando había empezado a escuchar fuertes pisadas en las escaleras. Mire a Kanna, y ésta a su vez me miró preocupada.
-Vete, Kanna. Y cuando su señoría vuelva a bajar, envía a alguien que se lleve la bañera, por favor.
-Sí, señora.
