Destino: capítulo 3: Reproches
En el capítulo 2
Cuando entre en mi recamara me sorprendió encontrar a la doncella esperándome, mientras echaba agua caliente en una pequeña y ligera bañera. Me deshice de la ropa mojada y enlodada sin cuidado y luego me zambullí en el agua tibia. El efecto que provocó el confortable líquido en mí, me hizo pensar de nuevo en Inuyasha. Kanna me ayudó a enjuagarme deprisa, y después empezó a elegir un vestido del armario de caoba.
-No, Kanna, no hace falta. Usaré el camisón. Tráemelo, por favor.
El camisón de muselina blanco cayó sobre mi cuerpo justo cuando había empezado a escuchar fuertes pisadas en las escaleras. Mire a Kanna, y ésta a su vez me miró preocupada.
-Vete, Kanna. Y cuando su señoría vuelva a bajar, envía a alguien que se lleve la bañera, por favor.
-Sí, señora…
…
Cuando la puerta se cerró por segunda vez, yo me colocaba la bata por encima del camisón, pero ni siquiera me dio tiempo de cerrarla en torno a mí.
-Creía que se encontraba indispuesta, milady.
Los ojos de Inuyasha chispeaban con cierto brillo que en ese momento no supe descifrar. Entonces, aún sintiendo que empezaba a enojarme por el tono, no pude dejar de pensar que era la primera vez que mi esposo entraba en mi habitación.
-Así era, mi lord. Pero como puede ver ya me encuentro mejor.
Hice un pequeño gesto con la mano como no dándole importancia, pero aquello pareció tener el efecto contrario en él. Se acercó y mientras me escudriñaba el rostro, con el hombro se apoyó en la columna del dosel de mi cama, cruzando los brazos. Sus ojos exigían la verdad.
-Supongo que puedo saber por qué no querías que te viera.
No era una petición, sino una orden. Clara y exigente.
-Bueno…Como ya le habrá dicho Kaede, me sentía indispuesta. No quería que se preocupara por una tontería. Supongo que tiene otras cosas que exijan su atención.
Mi voz era firme, y mientras le hablaba le daba la espalda, en parte buscando un cepillo para peinar mi enredado cabello, y en parte para que no pudiera ver mis ojos. Muchas veces eran ellos los que me traicionaban y no mi voz.
-Por supuesto. ¿Y qué te dolía?
-La cabeza.
-Kaede me dijo que era un malestar estomacal.
Lo mire por el espejo, sus ojos se clavaron en los míos. Y me sentí desnuda, aunque, por supuesto la bata me cubría, la parte de delante sólo era protegida por la muselina. Sin embargo no era esa clase de desnudez la que sentía. Su mirada me traspaso el alma, y se me ocurrió que quizá, me conociera demasiado bien para poder mentirle. ¡Qué idea tan descabellada! pensé después. Ni siquiera habíamos mantenido una conversación decente.
-Oh, sí, bueno. Esa circunstancia también se presentó.
Pero mi voz ya no sonó tan convincente. Aún así seguí peinando mi pelo, como si el interrogatorio de mi marido fuera de lo más normal y apetecible.
-Espero que no me estés mintiendo.
-Por supuesto que no.
-¿Y qué has hecho a parte de sentirte mal?
No tome en cuenta su sarcasmo, y me limite a sonreírle a través del espejo. Después pose el peine en el mueble, y empecé a revolver cintas, alhajas, frasquitos…hasta que fingí buscar algo en un cajón.
-No he hecho nada en absoluto.
Él me miró a su vez y frunció el ceño. Parecía bastante enfadado. Pero a mí la situación me parecía hasta cómica. Era la primera vez que él entraba en mi alcoba, y yo tenía el orgullo tan herido que fingía que la sangre no me hervía en las venas, que el corazón no bombeaba más sangre de lo normal, que mi cuerpo no se calentaba de repente como si un fuego interno me abrasara entera.
-Por cierto, parece que te has ganado la lealtad de muchos, por no decir de todos, de los que trabajan en esta casa.
-Bueno, sólo hay que tratarlos con un poco de cariño y respeto. Al igual que lo hacen ellos con nosotros, ¿no le parece?
-¿Podrían hasta mentirme por ti?
En ese momento levanté de súbito la cabeza, y lo miré muy fijamente a través del espejo. Me sentí desconcertada. Y de pronto casi por casualidad vi que cerca de un pie de Inuyasha, casi completamente al descubierto bajo la cama, reposaba aún un guante, embarrado de lodo y mojado. Kanna no lo había notado cuando se había llevado la ropa. Me quede quieta por un momento, si se movía un centímetro podría sentir la prenda. Suspire y me di media vuelta. Tenía que fingir que estaba enfadada...claro que no fue muy difícil, su tono de voz era demasiado arrogante. Creo que hasta echaba chispas por los ojos, porque la expresión sorprendida de él eso me hizo ver.
-¿Puedo saber qué está insinuando, mi lord?
Mi voz sonaba suave pero agria. En un par de pasos me acerqué tanto a él, que pude identificar claramente sus finas y fuertes facciones. Y aunque yo apenas le llegaba por la altura del hombro no me deje intimidar por lo alto y sólido que parecía allí. Con sumo cuidado e intentando que no se diera cuenta deslicé con la punta del pie el guante completamente bajo mi cama, y al instante me alejé un paso y puse los brazos en jarra. Esperando una respuesta.
-Cuando he ido a preguntar si te habían visto, salían huyendo. Sólo Kaede me ha recibido. Y ha estado muy esquiva, por cierto.
-¿Y?
Su semblante era adusto, y sus labios finos se volvieron una línea fina y presionada en su cara.
-Pues que espero no se esté haciendo aquí nada sin mi consentimiento. Y por supuesto, espero que me mantengas informado de lo que haces y dejas hacer.
-¡¿Es qué piensa controlar mi vida?! ¡¿Cómo se atreve?! ¡¿Quiere que le mantenga informado de la más mínima cosa que ocurre?!
Me volví bruscamente y empecé a dar vueltas por la habitación. Inuyasha me miraba con una especie de aturdimiento y enfado en el rostro. Creo que jamás alguien le había gritado. Dudo incluso que pudiera alguien alzarle un mínimo la voz. Quiere tenerlo todo controlado. Quiere saberlo todo pensé para mis adentros, y un humo negro y peligroso me nubló la razón. Yo no era una yegua para que me ordenara si giraba a derecha o izquierda, si caminaba o trotaba...si hacía o no hacía.
-Soy tu esposo.
Esa afirmación me paralizó. Y el aliento se me secó en la garganta. En ese momento tuve ganas de lanzarme sobre él y golpearlo hasta que se me pasra la furia. Él podía exigirme lo que quisiera...Y yo debía obedecer, sin recibir ni esperar al menos un poquito de preocupación o interés en mí.
-¡Pues no se comporta como tal!
Inuyasha resbaló y se sostuvo de la misma columna donde había estado apoyándose. Me miró entrecerrando los ojos, y de pronto la habitación me pareció demasiado reducida para compartirla con él.
-¿Qué quieres decir con eso, Kagome?
No era una pregunta, tampoco una orden. Sino más bien una especia de amenaza. Se me heló la sangre, pero cuando estaba a punto de decirle que había dicho una tontería, algo dentro de mí explotó...y no era precisamente que me encontrara mal.
-Ya me ha oído, señor. Cuando llegué aquí, vine dispuesta a ser una buena esposa, aún no conociéndolo. Pero usted me trata como una invitada de su casa, como una visita inesperada y fastidiosa. Pensé que quizá lo único que quería era una familia, una nueva familia. Ya que creo no tiene más parientes, al menos cercanos. Pero no, por supuesto. ¡¿Qué diablos se yo?! Una estúpida e ingenua muchacha. Tonta y más que tonta. Me trata como un adorno que pertenece a la casa, pero que no forma parte de ella. Es más, como si usted fuera mi dueño, como si yo…
Las lágrimas empezaban a nublarme la vista, sin embargo, me acerqué a él, y le hinqué un dedo en el pecho. A su vez Inuyasha me miraba perplejo, como si acabara de entender lo que en realidad significaba estar casado. Estar casado conmigo.
-¡¿Qué es esto?! ¿Cómo podría llamarse a esta especie de relación? ¡No sé siquiera si de verdad estoy aquí, casada con una hombre que a veces me mira como si viera una mocosa que no entiende lo que pasa a su alrededor. O como si estuviera viendo a otra persona…
Un sollozo fuerte me desgarró la garganta, y las piernas se me doblaron ligeramente. Pero no le daría el gusto de verme derrotada. Así que me apoye en la columna del dosel, y me puse recta, con la espalda erguida, y la barbilla alta. Lo mire profundamente, aunque en realidad no creo que tuvo el efecto que yo deseaba porque seguían cayendo lágrimas, y yo no podía retenerlas.
-Supongo, que hace mucho que te sientes así.
-Por supuesto, no soy un objeto para no poder pensar y sentir.
-Yo no he dicho eso.
-Pues me tratáis como si no existiera.
Me miró muy serio y frunció más el ceño. Hubo un largo rato de silencio, y después unos breves toques en la puerta.
La voz de Kaede entró revoloteando, pero yo ni siquiera supe lo que había dicho. Seguía mirando a Inuyasha a los ojos. De repente tuve la dolorosa conciencia de lo cerca que él estaba, y por unos instantes vacilé. Y las lágrimas empezaron a brotar con más brío de mis ojos, y me nublaron casi toda la vista.
-¡Ahora no, Kaede!
