Destino: capítulo 5: Me conformo con estar a su lado
En el capítulo 4
-Inuyasha…
-¿Hum?
-¿Qué…quieres de mí?
-Confianza y lealtad.
-Pero no me amas…
Lo último apenas lo susurre.
-¿Hum?
-Nada…
…
Me sentí pequeña en un inmenso mundo. No me amaba. ¿Pero era yo capaz de exigirle amor a cambio de mi amor? En ese momento no. Sólo me bastaba con tenerlo cerca, con sentir su fuerte y segura energía. Con que me abrazara de aquella manera. Y yo era feliz
Al volver a despertar sentí que mi marido ya no estaba. Me levanté frotándome los ojos. Parecía todo un sueño. Fui hasta la ventana. Ojalá hubiese sido un sueño eterno pensé, y luego sonreí por lo tonto que sonaría aquello.
En realidad no tenía mucho apetito, pero resolví bajar a ver a Kaede. Recogí del armario las botas de caña alta y un vestido color esmeralda para montar.
Sabía que Inuyasha tardaría.
-Buenos días.
Mi voz sonó todavía somnolienta, y sonreí cuando Kaede se volvía para verme. Las cuatro muchachas que ayudaban a la cocinera hicieron una breve reverencia, y después dos de ellas desaparecieron para buscar a un mozo. El hogar se había vuelto a atascar.
-Y tan buenos…
Esa fue una de las pocas veces en las que me he sonrojado tanto. Desvié la mirada. No me molestó su comentario. Era mi amiga. Pero aún así, pensé en que quizá todo el mundo se habría enterado de lo ocurrido. Como si me hubiera leído la mente Kaede me sonrió con complicidad.
-¿No me digas que vas a volver a salir?
Levanté la cabeza de la masa que estaba amoldando la cocinera. La mire largo rato, hasta que ella bajo la mirada y volvió a anotar en una pequeña libretita lo que faltaba en la alacena.
-Inuyasha me ha dicho que volvería muy tarde. Pero aún así creo que no deberías salir.
-Es lo único que me distrae.
-Algún día te descubrirá. Y créeme, no le gusta que le oculten nada, por más insignificante que sea.
-No sé por qué se preocupa, aquí nadie puede asaltarme por el camino. Eso sucede en la ciudad.
Me miró ceñuda. Sonreí inocentemente, y antes de que pudiera detenerme salí corriendo en dirección de las caballerizas.
Hacía un día hermoso. El sol de un oro líquido se alzaba espléndido en el cielo de un celeste intenso. La brisa cálida me devolvió la serenidad que había deseado, pero no logró apartar de mi mente a Inuyasha. Los arrendatarios me saludaron cuando pasé cerca de sus casas, y luego pensé que quizá la soledad que había experimentado la noche anterior cuando supe que no me amaba se había disipado. Y en efecto así era. No puedes ordenarle que te ame. Eso sólo llega. Sólo nace. No se crea, Kagome
Había llegado a un claro del río que estaba cerca de la propiedad Taisho, cuando decidí que debía descansar. Acaricié la crin negra del caballo, y descansé mi cabeza cerca de la del animal.
Después permití que el potro bebiera, mientras yo me introducía en el agua hasta más arriba de los tobillos.
Era una sensación maravillosa.
Mi vida había cambiado tanto en tan poco tiempo…Me había casado. Me había enamorado. Un calorcito se instaló en mi pecho. ¿Cómo expresar lo que era el amor? ¿Se podía definir bien ese sentimiento? Creo que no. Era "algo" que estaba allí, presente. Pero que no tenía cuerpo, ni magnitud. Era inmenso y pequeño al mismo tiempo, tan pequeño que podía caber en el corazón. Y hacerlo latir fuerte cuando pensabas o estabas con aquella persona. Entonces pensé en mi padre. No lo odiaba. Había hecho mucho daño a mi madre y a mí misma. Sin embargo era mi padre, y seguía vivo. En realidad recordaba tantas cosas de mi padre como de mi madre. Él y mi madre riendo mientras yo no sabía qué era lo gracioso de mi pregunta. Recordaba su sonrisa franca y estridente, cuando aún él era cariñoso. Recordaba con la intensidad con que miraba a mi madre. Recordaba que cuando él llegaba yo me lanzaba a sus brazos y mi madre lo besaba mientras él me desordenaba el pelo. Recordaba cuando solía sentarme en sus rodillas y me contaba historias de vampiros y damas indefensas sujetando la mano de mi madre. Recordaba lo fuerte que nos abrazaba a las dos cuando tenía que salir por largo tiempo. Recordaba sus intensos y preciosos ojos verdes. Y después todo desapareció. De aquel maravilloso hombre no quedó ni rastro cuando casi muere enfermo, y la plantación de trigo y cereales casi queda hecha nada. No quedo ni rastro de mi padre. Del padre que yo amaba. En algunos momentos parecía volver en sí, y me veía largo rato como pidiéndome disculpas, pero luego otra vez esa puerta se cerraba y lo encarcelaba. Lo alejaba de mí.
-Así que era esto lo que no querías decirme.
Cuando Inuyasha habló me sobresalté y casi caigo al agua. Me di la vuelta bruscamente y lo mire sorprendida.
-¿Qué haces aquí? Pensé…
Sonrió divertido, hasta que vio el caballo amarrado a un árbol.
-No es tu yegua.
Su voz sonó extraña, como difusa.
-No quiero la yegua. Éste es más veloz.
Lo dije con altanería y luego apenas sonreí. Lo mire a los ojos y volvió a desconcertarme cuando se echo a reír.
-Yo le dije lo mismo a mi padre.
Salí del agua. Parecía tan distante allí de pie con las piernas separadas y los brazos detrás de la espalda. Quería acercarme. ¡Qué estúpida! pensé riéndome de mí misma. Él parecía tan sereno, y me molestó verlo tan fresco y ligero, mientras yo ya empezaba a sentir calor al verlo con la camisa blanca abierta al cuello, los pantalones ceñidos y las botas de caña alta.
-He traído comida. Comeremos allí, en esa colina. Quiero que me expliques por qué diablos no me has contado esto…y sobre todo, qué haces para que todos los empleados no te descubran.
-Bueno si os lo contara Milord, ya no sería un secreto, ¿no os parece?
* * *
