Destino: Capítulo 10: Silencio
En el capítulo 9
-Lo-lo siento…-me dice Inuyasha, mientras yo no sé qué hacer para que la herida pare de sangrar.
-Te prondrás bien.- le aseguro aún llorando. Él me mira de nuevo, y reparo en aquellos ojos que hace un momento me parecieron fríos e inexpresivos, están llenos de sufrimiento. No era indiferencia lo que veía sino un dolor muy profundo.- Te pondrás bien.
Rompo parte del vestido interior que llevo, y le vendo como puedo el costado. La sangre mancha la prenda, e Inuyasha empieza a cerrar los ojos. No me encuentro bien. Siento que me arde el cuerpo y la cara.
-No te duermas, no te duermas, Inuyasha, pronto nos encontrarán. Hoyo ha ido a por ayuda…
-Tranquila, es sólo que estoy cansado.
Le acarició la frente, está ardiendo. Mis lágrimas le caen en la cara, y apenas abre los ojos. Me inclino un poco y lo abrazo. Por favor, que no se muera, por favor que no se muera.
Las palabras de lord Naraku revolotean a mi alrededor. Inuyasha quería ver a Kikyo. ¿Pero cómo lord Naraku supo dónde se encontraban?
Veo de nuevo como la herida no deja de sangrar. La sangre mana de ella, como mana de mi corazón.
Estoy de nuevo en el castillo. No sé cómo nos han encontrado. Supongo que Hoyo al no verme fuera se imaginaría que fui a inspeccionar la iglesia abandonada. Mi curiosidad es muy previsible.
Inuyasha está tendido cuan largo es, en su cama. El color ha vuelto a su cara, y la herida ya no sangra. No sé cómo he logrado que beba los caldos que le ha preparado Kaede. A veces sus ojos se mueven agitados bajo los párpados. Entonces murmura cosas ininteligibles, y yo le acarició el pelo, y poco a poco se calma, y se duerme.
Hace unos minutos le han cambiado los vendajes. La herida empieza a cicatrizar. Es un hombre fuerte.
Los ojos se me cierran. No he dormido en estos tres días. Y a eso debo sumar los anteriores no dormidos por el llanto. Parpadeo. Me duele todo el cuerpo. Pero debo mantenerme despierta. Soy la que cuida de él, y no puedo permitirme descansar. No al menos mientras todavía tenga fiebre.
Inuyasha me mira. Sus ojos están vacíos. Llenos de frío. Luego, en un instante, aparece lady Kikyo, y él la abraza. Están medio escondidos tras unas columnas…columnas que me parecen tan familiares…Ah, ya caigo. Son las de la casa de lord Keyth. Entonces aparece una gran herida en su costado, y lady Kikyo ha desaparecido. Él empieza a sangrar mucho, demasiado. Y lo único que se escucha es mi llanto y su voz. Un nombre…"Kikyo"…
Despierto agitada, mientras siento las lágrimas caer por mi rostro. Me he dormido recostada en su pecho, y su brazo se posa en mi espalda. Despacio, retiro su abrazo, y me enderezo de nuevo.
No puedo olvidar el dolor que me llena. Aunque consciente lo único que ocupe mi mente es que se ponga bien, en mi subconsciente las palabras de lord Naraku, y los hechos en la casa de lord Keyth, no dejan de perseguirme.
Sujeto su mano, y ésta estrecha la mía desesperadamente, ¿Qué soñará? Me pregunto. Su semblante se relaja y su mano apenas sujeta la mía.
Quisiera poder olvidar. Quisiera poder dejar de amarlo. Quisiera poder olvidar que a pesar de todo sigo amándolo.
Esta vez despierto tranquila, y el sol me baña el rostro. Mi cuerpo está totalmente relajado, y mi alma ha conseguido un poco de paz. Pero al parpadear todo lo pasado vuelve, sobre todo, lo que me hace daño. Me doy cuenta que no nos hemos separado, pero esta vez no es mi mano la que coge la suya sino al contrario.
Le toco la frente, y ya la fiebre ha desaparecido. Es un alivio. Soy consciente que no corría grave peligro, pero la preocupación de que no dejara de delirar empezaba a angustiarme.
Veo que su rostro se contrae ligeramente, y apenas abre los ojos. Quizá sólo ha sido una impresión, pero me ha parecido verlo sonreír ligeramente antes de volver a dormirse. Y aunque debería sentirme bien, no es así. Quizá no me ha visto. Quizá no era a mí a quien veía. Ahora cada vez que me mire me atormentará el pensar si de verdad me está viendo a mí.
No son precisamente celos. O al menos no en la parte corrosiva de éstos. Lo que siento ahora, es una especie de agonía. Saber que vivo para amarlo y que él muere por poder amar libremente a otra mujer.
Entonces, ahora que Kaede entra sigilosamente en la habitación, me levanto y despacio abandono la estancia. La pequeña bañera me espera en mitad de mi recámara, con el agua caliente. Se ve tan acogedora, tan llamativa. Y en un instante me he sumergido por completo en el agua, y a su tacto olvido mis problemas, mi sufrimiento, mi dolor, mis lágrimas.
El matrimonio termina sólo con la muerte. Pero te prometo, Inuyasha, si pudiera, te dejaría libre para que te reunieras con la mujer que de verdad amas. Y sin embargo no puedo. No puedo dejar que te maten, que te hagan más daño. Lord Naraku se ha portado muy bien conmigo. Es un caballero, al menos así me lo ha demostrado. Pero no puedo decir que también te aprecie a ti, o que al menos te respete. Y es normal ya que lady Kikyo es su mujer, y su honor y su amor se ven heridos por culpa de ustedes dos, que quiera que tu también sufras. Claro que su idea es más agresiva, y ha decidido que si sigues manchando su honor, su orgullo, te matará.
Sé que no es culpa de Inuyasha o lady Kikyo no haberse podido amar en libertad. Pero tampoco me parece justo que hieran a dos personas que no han hecho gran cosa para recibir el castigo. El honor de un caballero es lo más importante, según decían mis parientes. Y lo más importante de la mujer es su virtud.
No puedo recriminarle a Inuyasha amar a otra mujer, porque yo conozco en carne propia que ese sentimiento te puede llevar al cielo, al infierno o a la locura. Sin embargo tampoco soy una santa, y ahora mismo lo aborrezco por lo que me ha hecho. Si lady Kikyo ya estaba casada, ¿por qué él, amándola, se casó conmigo? ¿Simplemente se casó con otra mujer? ¿Por qué? No lo entiendo.
Y ahora, mientras dejo que sólo mis ojos sobresalgan del agua caliente, pienso en que debería dejar de amarlo, y así dejar de sufrir por su amor. Pero ¿cómo lograré eso? Dicen que el tiempo lo cura todo, pero necesitaría mucho tiempo si sigo viéndolo todos los días. Hay dos opciones, si lo veo a diario, lo seguiré amando, y puede que este amor crezca cada día. Y la segunda opción, es que lo desprecie, incluso llegue a odiarlo, y sinceramente, no quiero odiar a Inuyasha, no quiero sentir eso hacia él…no quiero sentir eso hacia nadie…ni siquiera hacia lady Kikyo.
Cierro los ojos. Quizá sea buena idea un viaje. Un viaje largo…por un largo tiempo. Pero ¿qué clase de viaje puedo hacer sin mi marido? Es algo normal, y hasta se podría decir obligado, que ya casados, el matrimonio vaya a donde sea, juntos.
Cuando salgo del agua mi piel se ha arrugado, y mi cuerpo se siente fresco contradictoriamente a la temperatura del agua. Y al pensar esto recuerdo el rocío en las hojas y flores aquella mañana en que Inuyasha y yo comimos en la pradera cerca del río. Y me doy cuenta que mi mente me ha vuelto a traicionar. Inuyasha…Inuyasha…no puedo dejar de pensar en ti, ni siquiera cuando más intento olvidarte. Cuando desesperadamente intento dejarte atrás.
Me pongo el vestido de algodón blanco y cubro la delicada y delgada tela con una ligera bata. Mis pies cansados se dirigen de nuevo hacia la habitación de mi marido. Y al entrar mi corazón se sobresalta y me entra la urgencia de salir corriendo de la habitación al darme cuenta que sus preciosos ojos dorados me atraviesan el alma. Y en un instante mis impulsos cambian, y ahora quisiera abrazarlo, necesito abrazarlo…y que me abrace.
Pero me contengo, y por milésima vez saco fuerzas de donde no hay, y camino tranquila hacia él. Y es difícil, porque él no aparta sus ojos de mí, mientras yo hago como que no me doy cuenta…es más como si no me importase. ¡Qué gran mentira! Como odio mentir…y odio más cuando intento mentirme a mí misma.
-¿Cómo os sentís?
Me acerco despacio, retardando lo más posible el contacto. Pero al final el tiempo es demasiado corto, y mi mano ya ha tocado su frente en un instante. No tiene fiebre.
-Estoy mejor…
Su voz es baja, pero tiene la misma fuerza y la misma determinación de siempre. Sin embargo acabo de notar algo…ya no me suena rara…desde hace tiempo no siento ese acento en su voz de no conocerme…Lo miro a los ojos, y en ellos descubro lo mismo. Ahora me ven. Me miran a mí. A nadie más.
Él cierra los ojos despacio, y su voz tiene un timbre diferente…pero no logro identificar ese cambio…pareciera ternura…pero con él es casi imposible estar completamente segura. O al menos para mí. Kaede que ya lo conoce, y más aún, que él le ha permitido conocerlo bien, puede saber qué piensa sólo viéndolo, aunque a veces sus facciones son una máscara sin vida.
-Gracias por cuidar de mí…
-No debéis agradecérmelo a mí, milord. Sino a Kaede, ella ha sido la que ha ayudado a cambiar vuestras vendas, ha preparado brebajes, sopas, remedios. Yo en realidad…
-Has permanecido todo el tiempo a mi lado.
-…no he hecho gran…¿quién os lo…?
-Anoche desperté mientras dormías…
-Sois mi marido. Es mi deber cuidar de vos cuando estáis enfermo o herido.
-Así que lo hiciste porque no puedes traicionar tus deberes, tus obligaciones…
Su voz sonó cansada y decepcionada. Y yo sentí como un calor incómodo y molesto se expandía por todo mi cuerpo. De repente me di cuenta que estaba al lado de donde él descansaba, con las manos en jarras, y mirándolo con amargura.
-¿Es eso lo que esperáis de vuestra esposa no? Que cuide de vos, que mantenga la casa en buen estado, que reciba a vuestros amigos y sea cordial y encantadora, que no os moleste cuando trabajáis…¿qué más quiere de mí, su señoría?
Después de todo lo que me había hecho, esperaba que yo le proclamase que no me había separado de su lado porque lo amaba con todas mis fuerzas, con toda mi alma…que a pesar de que no me correspondiera yo daría mi vida por él. ¡El ego de los hombres! ¡El ego de este hombre concretamente!…
Y para mi sorpresa rió. Con una risa grave y seductora. Estúpida risa, que casi me ablanda…
-No veo que os causa gracia.- comenté ladeando un poco el rostro, mientras lo fulminaba con la mirada.
-Hace mucho tiempo que no te veo enojada…Cuando te enojas, tus ojos toman un brillo de triunfo, que me recuerda a tu padre…y es gracioso pensar que un cuerpo tan menudo adquiera tanta fuerza y se haga notar tanto al enfadarse.- volvió a reír divertido, por la cara de desconcierto que deje ver.- La última vez que te enfadaste conmigo fue en tu habitación y me gritaste y me insultaste hasta que…
De pronto calló. Y vi como sus ojos antes fijos en mí, se desviaban hacia sus manos. Sí, aquel día discutimos, aquel día le grite, aquel día me alce ante él como una guerrera queriendo una guerra feroz y terminé derrotada, aquel día contradictoriamente quería golpearlo fuerte sabiendo que él podía detener mi golpe con una sola mano y sin ningún esfuerzo, aquel día de lluvia triste y nostálgico que me había contagiado el alma…aquel día inolvidable en que me había enseñado lo que era hacer el amor…
Mis mejillas se tiñeron de un rojo escarlata, y decidí que no quería que él lo notase. Me aleje de la cama, y admiré el cielo azul oscuro por la ventana. La luz plateada y fría de la luna entraba por el frágil cristal, e inconscientemente abrí la ventana. Un aire fresco entro por ella…y mi bata se ondeó. Entonces me di dolorosamente cuenta de que me sentía volátil…como si no pudiera mantenerme allí, como un fantasma. Como si mi cuerpo fuera la sombra de algo, de alguien…que pronto no estaría allí. Que no era yo quien debería estar allí…No era yo quien él quería que estuviese allí.
Sentí de nuevo esos dos iris de color ámbar traspasarme, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Cerré la ventana al instante, pero mi piel seguía erizada.
-No te alejes tanto, Kagome…
