Destino: Capítulo 13: Normalidad.

En el capítulo anterior…

-Eres un manipulador.

-Gracias, amor, intento hacerlo lo mejor que puedo. Ahora si no te importa me gustaría concentrarme en lo que sigue.- Siento como ya está excitado. Me dejo llevar. Creo que jamás me cansaría de que me hiciera el amor, aunque fuera a estas horas de la noche, aunque estuviese cansada.

Son días suaves. El sol a veces tiñe las mañanas, y un aire fresco me acaricia el rostro. Pero a veces la lluvia limpia la tierra y entonces me quedo dentro del castillo y observo durante horas las gotas caer y caer.

Son días largos, en el que espero con ansias que Inuyasha vuelva, y me abrace fuerte como lo suele hacer. Hay otros días en los que se queda en casa, pero se mantiene encerrado en su estudio, anotando, y haciendo un sinfín de papeles.

Son días felices. En los que nada me preocupa. O al menos pienso en que nada tiene por qué preocuparme. Son días normales y llenos de cosas nuevas. Por qué a pesar de que no sucede nada extraordinario todavía sigo con la novedad de este sentimiento correspondido.

Cómo decirlo, es completa y sencillamente complicado de expresar con simples y llanas palabras.

Ahora bajo a charlar un rato con Kaede. Pero no está, y me encuentro sin querer con Houjo. Entonces el viento se hace dulce, pero triste al mismo tiempo. Lo saludo con toda la calidez de que soy capaz. Y espero. Ojala su corazón no se hubiera fijado en mí. Yo sé lo duro que es amar y no recibir el mismo sentimiento a cambio del tuyo.

Pero él parece tranquilo, feliz, aunque al verme su sonrojo lo vuelve a delatar. Sus ojos siguen siendo los más puros y claros que he visto. Y pienso que la mujer que se case con él será completamente feliz. Él me sonríe tímidamente, y yo le hablo de lo bonito del día.

El caballo que está cuidando es uno de los nuevos que ha traído Inuyasha, y me acerco despacio hasta él. Sin embargo al hacerlo el animal se pone nervioso, y relincha molesto. Houjo se asusta y se coloca entre el animal y yo. Una ternura infinita me invade, y le toco la espalda agradecida. Pero no quiero que el animal me tema. Houjo me mira curioso y antes de tomar mi mano, me pide mil disculpas, yo río, y mi risa es como el agua de un riachuelo, clara y lenta. Su mano guía la mía despacio hasta el hocico del caballo, que me mira traspasándome el corazón, como si intentara leer mis intenciones.

Al final creo que se ha dado cuenta que sólo quiero tocarlo y me lo permite. Huele mi mano, y relincha suavemente.

-Le habéis caído bien, señora, a pesar de la primera impresión.

-Eso espero. Es precioso.

-Sí, es un buen animal. Sólo hay que domarlo bien.

Al despedirme de Houjo, pienso en el amor con que hace su trabajo. Aunque no parece que suponga un trabajo cuidar de la caballería.

Y al instante, se me ocurre algo, sin querer.

-Houjo.

-¿Si, señora?

-Ahora mismo, Kanna está limpiando la biblioteca. ¿Podrías ayudarla, por favor? Temo que pise mal en la escalera y caiga. A veces es muy despistada.

-Por supuesto. Ahora mismo voy. Sólo tardaré unos segundos en regresar a este chico a las caballerizas.

-Está bien. Gracias.

Regreso al castillo con un buen sabor de boca. Aunque no debería estar haciendo de celestina. Quizá con un poco de suerte hablen un poco más. Nunca los he visto intercambiar más de cuatro palabras seguidas. Además la timidez que posee Houjo puede llamar la atención de Kanna, y la soltura de ésta lo relajará a él.

Pienso en que quizá me estoy anticipando demasiado, y que al fin y al cabo puede no suceder nada, pero espero que no sea así.

El atardecer se posa suavemente sobre las montañas, y tiñe el cielo de un suave rojo. Entro a mi habitación con pereza, y encuentro ya la bañera lista.

-Así que…

Inuyasha se encuentra apoyado en el dosel de mi cama. Sus brazos cruzados. Sus ojos brillan mucho más ahora. Su cabello castaño cae despreocupadamente sobre sus ojos.

-…te llevas bien con Houjo.

-No sabía que me estuvieras esperando, milord.

Empiezo a desvestirme. La vergüenza que antes me frenaba, parece que se está yendo poco a poco. Suelto mi cabello, y camino hasta el tocador, sin mirarlo siquiera al hablar.

-Es un joven interesante.

Mi voz suena simple, pero no logro ocultar la ternura que siento por él. Es una especie de ternura compasiva, porque siente lo mismo que yo sentí.

-Interesante…

-Sí… Oh, no me digas que estás celoso…

Pero al no recibir respuesta, me detengo, y quedo a poca distancia de la bañera. Me giro y camino lentamente para mirarle bien la cara.

-¿Estás celoso?-digo sin creerlo.

-Yo no he dicho eso.- se defiende mi marido, y alza el mentón, como intentando parecer indignado.

-Vaya. Nunca pensé que un hombre como tú, celaría a una mujer como yo.-comento totalmente sorprendida.

-¿Un hombre como yo a una mujer como tú? No entiendo.- dice ahora totalmente confundido.

-Bueno…supongo que en todo caso, la celosa soy yo. Eres un hombre muy atractivo.

-Eres muy extraña, Kagome.

-¿Por qué decís eso?- no sé a qué viene ahora ese comentario.

-En serio no te ves al espejo.

-Claro que sí.

-No me refiero a eso.- contesta molesto.- Digo si de verdad no te ves con detenimiento. Verte a ti, no lo que llevas puesto.

-¿Qué quieres decir, Inuyasha?

-Pues que eres hermosa.

Mi sonrojo alcanza su punto máximo, y él ríe estridentemente al darse cuenta. En pocos pasos me alcanza, y alza mi rostro para que le pueda mirar bien a los ojos.

-Eres tan bonita, que es imposible que pases desapercibida.

-Bueno…eso lo dices porque soy tu mujer.

-Y porque es verdad. Todos lo hemos notado, excepto tú, claro está. No sé porque te empeñas en disimular tu belleza.

No puedo responderle. No sé qué puedo o debo decir. Agacho la cabeza, y me quedo quieta. En realidad nunca he pensado que sea tan bonita como él afirma.

Y caigo en la cuenta que sigo desnuda.

-Milord…por si no te has dado cuenta, iba a tomar un baño.

-Oh, por supuesto y yo te estoy distrayendo. Esperaré a que termines.

-¿Qué? Milord, ¿piensas observarme mientras?

-Bueno, aún no he terminado de hablar contigo. Además ya te he visto desnuda.

-Como queráis.- digo alzando los hombros.

Me toma en brazos, y suavemente me deposita en la bañera, como si fuera una niña. Lo miro con curiosidad, parece que le divierte la situación.

Cuando el agua caliente topa mi cuerpo, mi piel se relaja, y cierro los ojos para disfrutar la sensación. Y me quedo quieta, sólo sintiendo el tacto húmedo y suave.

Abro los ojos y lo miro.

-Inuyasha…

-¿Sí?

-Podrías… ¿podrías contarme cómo conociste a lady Kikyo?

-¿Por qué quieres saberlo?- dice después de un momento.

-Para entender mejor tu dolor.

Inuyasha me mira por un momento largo, y me sonrojo. Él sonríe, y al acariciarme el cabello deposita un suave beso en mis labios.

-Bueno…-ahora frota mi espalda, así que no puedo ver su expresión.- Conocía a Kikyo desde pequeño. Nuestros padres tenían buena influencia, y por tanto se conocían desde hacía tiempo. Solíamos acompañarlos cuando el uno iba a visitar al otro, y cuando nadie nos veía nos escapábamos a jugar. Yo la veía como la única niña normal que conocía.

Al cumplir los nueve años, mi padre me mandó a estudiar con su hermano mayor.

Entonces nos dejamos de ver. Al principio le escribía casi todos los días, y con el paso del tiempo empecé a escribirle menos. Ya no sabía cómo tratar a una muchacha de catorce años. Sin embargo en sus cartas podía notar que ya no era la misma niña que le gustaba jugar conmigo a caballeros, se había convertido en una muchacha tierna y tímida.

Cuando terminé mis estudios, volví a casa. Tenía ya diecisiete años, y era un galán, por así decirlo. Me gustaba la compañía del bello sexo, y me encantaba ver cómo se sonrojaban con un mínimo comentario por mi parte. Mi padre hizo una fiesta para recibirme, y yo me sentí profundamente complacido. Cuando la vi entrar por la puerta, el tiempo se detuvo. Y pensé que era el ser más perfecto que yo había visto. Me acerqué como atontado, y le recordé los viejos tiempos. Entonces empezó de nuevo nuestra amistad. Y de pronto me di cuenta que la amaba, y que quería pasar el resto de mi vida con ella.

Solíamos pasar mucho tiempo juntos, y nos bastaba con echarnos en la hierba y mirar el cielo para ser felices. Me encantaba estar a su lado.

Un día fui a visitarla, y le propuse dar un paseo a caballo, en ese momento, ella ni siquiera imaginaba que yo no podía dejar ya un día sin verla. Cuando la besé, se quedó totalmente sorprendida, y luego sonrió. A partir de entonces, pensé en decirle a su padre lo más pronto posible que quería la mano de Kikyo, pero siempre sucedía algo. Por ello, mantuvimos nuestro romance en secreto cerca de un mes, y cuando por fin hubo la ocasión y me arme de suficiente valor, recibí una carta de ella, diciéndome que la iban a casar con Naraku. En ese momento se me vino el mundo encima, y la primera idea en cruzar mi mente, fue fugarme con ella a las Américas. Se lo propuse y ella dudó. Comprendí que era una idea descabellada, que no tenía los medios, que aún así nos encontrarían, que ella sufriría mucho. Que podía perderla.

Entonces fui a hablar con su padre, pero él ya había dado su palabra, y no podía romperla.

Cuando me di cuenta, Kikyo tenía un marido, y yo me había convertido en un hombre frío y esquivo.

Quiero abrazarlo, pero no puedo. Me quedo tal cual estoy, pensando en el sufrimiento de él. Yo había sufrido en mi vida, pero él también. Todos sufrimos de igual manera, sólo que son distintos motivos, momentos y lugares. Entonces, siento cómo el agua cae de nuevo por mi pecho y espalda.

-¿Quieres saber cómo te conocí a ti?

-¿Me conociste? ¿A qué te refieres, Inuyasha, yo no recuerdo haberte visto?

-Porque nunca me viste, pero yo a ti sí.

-¿Dónde?- pregunto, curiosa, no recuerdo en absoluto haberlo visto, ni siquiera oído su nombre.

-En casa de tu padre, por supuesto.

Lo miro con los ojos totalmente abiertos, y con la boca en una "o" perfecta. Y espero con ansias que cuente su relato. Él se dedica a frotar mis hombros y su mirada toma un tono nostálgico.

-La primera vez que te vi, había ido a casa de tu padre a resolver un problema de terreno que él tenía con un amigo mío. El primer día que lo visité comprendí que había sido un mal entendido, pero me pareció un hombre interesante, y yo a él, por lo visto, porque me invito a regresar en calidad de invitado.

Era la tercera vez que lo visitaba, y él había ido a buscar un libro que quería que yo leyera. Cuando te vi, tú deambulabas como adormilada cerca de los jardines. Llevabas, recuerdo, un vestido blanco de algodón, el cabello negro largo suelto, y rebelde, y en las manos un libro prqueño. Pero dejaste el libro cuidadosamente a un lado cuando un chico se acercó a ti con un potro, al que acariciaste como si fuera un niño. Era como si tu apariencia demostrara que no querías dejarte ver. Entonces pensé, que era un gesto inútil, porque a pesar de tu aparente descuido, resaltabas sin darte cuenta. En ese momento por tu forma de mirar a aquel animal, me recordaste a Kikyo, y quise hablar contigo, tocarte, mirarte, abrazarte. Era como un pobre intento de volver a estar con ella.

Pero todo eso se rompió cuando el muchacho subió al potro y después te acomodó a su lado. Vi alejarse al caballo y las dos figuras que iban encima de él. Tu cabello largo volaba con el viento, mientras tu risa retumbaba en mis oídos. Eras la belleza más rebelde y dulce que había visto jamás. Y quise saber tu nombre, quise conocerte, conocer a esa muchacha que parecía cercana e inalcanzable al mismo tiempo. Quizá en ese momento sólo quise conocerte porque me inspirabas unas infinitas ganas de protegerte. De cuidar de ese risa estridente y pura. Me recordabas lejanamente a Kikyo, me recordabas a esa niña que me enamoro con su timidez.

Y cuando, al volver, le pregunté a tu padre, sus ojos se ensombrecieron, y fue como si le quisiera arrancar la vida.

-¿Arrancar la vida?

-Tuve que hablar con él mucho tiempo para convencerlo de que me concediera tu mano.

-No lo entiendo.

-Tu padre no quería dejarte ir. Es más, siempre despreció a tus pretendientes.

-¿Mis pretendientes?

-¿No lo sabías? Te pretendieron tres hombres antes que yo.

-Pero si ni siquiera los conocí. Ni siquiera los vi. Nunca vi a ningún hombre o joven en casa.

-No había necesidad. Simplemente les pareciste hermosa o una buena oportunidad de aumentar sus bienes, ya que eres la única hija de lord Higurashi.

-¿Por qué no quería dejarme ir? Pensé que me odiaba.

-¿Tu padre? Pero si tuve que tener paciencia y perseverancia para que al fin me aceptara.

-Pero yo…

-Eres lo único que él tiene, es normal que no te quisiera dejar marchar. Además eres una copia casi perfecta de la hermosura de tu madre. Vi un retrato que el guardaba. Sin embargo, tú tienes la sangre aventurera y testaruda de tu padre.

-Yo…yo siempre pensé que me odiaba por la muerte de mi madre, porque de alguna manera le recordaba a ella.

-Tu padre ha sufrido desde la muerte de tu madre, pero no por ese hecho, si no por el dolor que le causó en los últimos años. Quería protegerte de cualquier cosa, incluso de él mismo. Quería volverte fuerte, ese era su mayor anhelo. Sabía que tu personalidad tenía algo de él. Y por ello mismo, a pesar de que lo odiases, te volvería fuerte, fuerte para todo, sobre todo para su muerte. Temía que si te encariñabas de él, su muerte te causaría demasiado dolor, y por eso prefirió esa lejanía a tu futura tristeza. Creo, que si yo no le hubiese inspirado la confianza que él necesitaba no me hubiese permitido casarme contigo. Y debo aceptarlo, aunque a mi pesar, tuve que recurrir a la manipulación.

-¿A la manipulación?

-Le recordé que él no viviría para siempre. Que tú eras una mujer en un mundo en el que dominaban los hombres, justo o no este hecho, pero debía aceptarlo. Y debía aceptar que necesitabas alguien que guardara tu ingenuidad, tu inocencia, tu pureza.

Recuerdo la sonrisa de mi padre. Recuerdo lejanamente el tacto de su mano sobre mi cabello. Recuerdo su voz tierna cuando yo tenía miedo. Y entonces recuerdo que lo quiero. Que siempre lo he querido. No por lo que fue, si no por el amor que me demostró cuando era niña, porque siempre supe que era real, verdadero. Y ahora lo quiero más, porque a pesar de que no acepto su forma de protegerme, lo entiendo.

-La última vez que te vi- continúa Inuyasha, mientras deja caer agua caliente por mi cuello-, fue un mes antes de la boda. Esa vez, recuerdo que llevabas un vestido malva que sin querer se amoldaba a tu cuerpo. Y me sorprendí al darme cuenta que tú ya tenías formas de mujer. Para ese entonces yo seguía viéndote como un vago recuerdo de Kikyo. Sin embargo, a pesar de eso, tenía plena consciencia de que quería protegerte como lo había hecho tu padre. Quería cuidarte y mantenerte en ese ensueño de rebeldía e inocencia que te envolvían.

…Pero….

Su mano se detuvo un momento en mi hombro y yo cerré los ojos. Entonces, me gire despacio, y le besé con suavidad en los labios. Y apoyé mi cabeza en su mano. Él sonrío y rozó con la otra mano mi mejilla.

-Pero…tras tres días de mi vuelta a casa acudí a una fiesta en la que pretendía llegar a un acuerdo de negocios mercantes, y encontré a Kikyo…con su marido. Me di cuenta que a pesar de todo fue como una puñalada envenenada. Quisiera poder decirte que así como en esos días en los que te vi, me hiciste olvidar mi agonía, te recordé y tu imagen me detuvo. Pero cuando la volví a ver, todo se borro de mi mente, y lo único que podía pensar era que quería besarla. Y así fue cuando estuvimos solos. A partir de entonces, fueron encuentros fugaces, en los que nos acordábamos de nuestro amor.

Yo tenía la firme convicción de que me iba a casar contigo y que cuidaría de ti. Pero semanas antes de nuestro encuentro había vuelto a recordar cuánto la amaba.

Nunca quise hacerte daño, Kagome. Jamás. Y no quiero excusarme, pero habrás escuchado que cuando uno está enamorado se vuelve un poco idiota.

-Lo sé.- sonrío con ternura, y beso su mano. Y él me abraza por la espalda, y mis hombros quedan enjaulados en sus manos. Y me sorprendo al sentir como su abrazo es una súplica de que no me aleje.