Disclaimer: de los personajes tomados de la serie Bones, los derechos de autoría corresponderán a su creadora, Kathy Reichs y, en su caso, a la Cadena Fox; de las situaciones, el autor del presente relato, que no obtiene ningún lucro con la publicación del mismo.

(Producto de mi torpeza, hoy, al subir el capítulo XIII "El Hermano Pródigo", he borrado los capítulos I y II, que vuelvo a subir ahora para que la historia esté completa. Disculpad por las molestias!).

UN REGALO DE OTRO MUNDO

(24 de Diciembre de 2041)

Para alguien como Vincent, escoger un regalo de Navidad era una cuestión difícil. Su carácter despistado y poco empático no le dejaban reconocer los gustos de las demás personas. Todo tenía que racionalizarlo. Si quería regalarle ropa a alguien, se pasaba un mes anotando sus distintos tipos de prendas, con sus correspondientes colores, hasta realizar un perfil estadístico de sus preferencias. Si optaba por regalar un disco compacto o un libro, aprovechaba cualquier visita para observar al detalle la biblioteca y los estantes próximos al equipo de música, con el propósito de extraer patrones de gusto. Obviamente, este tipo de detalles suponían un esfuerzo de semanas de especial atención. Utilizaba sus dotes de científico con fines personales. Pero hacía bastante tiempo que no veía a Little Gun. No sabía cuáles serían sus gustos actuales. Y no tenía tiempo para este tipo de procedimiento, de vigilancia y control. Vincent era consciente de que nunca encontraría un regalo lo suficientemente bueno para la pelirroja de sus sueños. Y tuvo que contentarse con suponer que si la sorpresa que había preparado estaba envuelta con las cintas y el papel adecuado, con lazos coloridos e intensos, serviría para desviar, en parte, la atención. El único inconveniente es que resulta imposible envolver el Instituto Jeffersonian en papel de regalo. Así que la única solución sería envolver a la propia "pistolita".

-¿Todavía no me vas a decir a dónde vamos?

-Ya lo sabrás cuando lleguemos. No te apures.

-Es que no me fío de tus hábitos ingleses al volante, hermanito. De un momento a otro me veo incrustada en los bajos de algún autobús de línea.

La agente Booth tenía los ojos vendados. Pero era una experta en el conocimiento de Washington. Sabía perfectamente que Vince llevaba horas conduciendo por las calles de la misma ciudad, en círculos, tratando de simular que se estuviesen alejando muchos kilómetros. Pero los sonidos eran inconfundibles. Por su trabajo, en muchas ocasiones se había visto obligada a reconocer el origen de algunas llamadas telefónicas, nada más que apelando al sonido ambiente. Alguna campana próxima. El murmullo de las fuentes. Las sirenas de las ambulancias camino del Washington Hospital Center. Así que "pistolita" sabía perfectamente la ruta que estaban siguiendo. La iba dibujando en pequeños retales cuadrangulares, como las coordenadas de un mapa, hasta que el cuatro por cuatro se detuvo completamente.

-¿Sabrías decirme dónde estamos, mon chérie?

-¿En la Avenida Pennsylvania? Hermanito, sabes que no nos podemos parar aquí sin autorización. Debemos de andar cerca…

-Así que, según tus cálculos, estaremos muy cerca de la Casa Blanca.

-Más o menos. No tengo ni la menor duda.

-Entonces no te molestarás si te pido prestada tu mano. Será sólo un momento.

-¿Mi mano?

Little Gun no entendía el juego de Vincent, pero se dejó hacer. Él le cogió la mano, con una ternura inusitada, que ella no llegó a percibir pese a su don de gentes. Puso las yemas de sus dedos sobre el aparato de radio y conmutó el interruptor. El sonido ambiente, tan característico de la Avenida Pennsylvania, dejó de percibirse. Sólo quedó el silencio, sumido en el eco de sus respiraciones.

-Hermanito, ¿lo que acabas de hacer es...?

Los dedos de Vince, arrastrando los de "pistolita", se volvieron a mover. La radio comenzó a sonar de nuevo. Y otra vez estaban envueltos en el ruido urbano del centro de Washington.

-No es magia, Little Gun. Lo que ocurre, más bien, es que este coche tiene un estéreo sorprendente, insuperable. Y grabar el sonido ambiente de una ciudad es trabajo de primero de carrera. Nada de otro mundo.

-Pero yo seguí…

-Lo que va a ser de otro mundo es mi regalo de Navidad. Por favor, no te quites la venda de los ojos hasta que yo te diga. Confía en mí.

Bajaron del coche. A ciegas caminó de la mano de Vince. No se escuchaba ni una sola voz. Ni el más mínimo sonido. Sólo el eco de sus tacones, al golpear contra la superficie de cemento. La agente Booth tenía la impresión de encontrarse en el interior de una nave inmensa, vacía de mobiliario. No tendría a nadie a quien acudir. Era día de fiesta. A esas horas, todos estarían en sus hogares, disfrutando de una cena en familia. Ellos iban a llegar con retraso a la suya. Pero poco le importaba.

-Hemos llegado.

-¿Puedo quitarme ya la…?

-Por supuesto. Nuestro viaje acaba aquí. Yo te ayudo con la venda.

Otra vez la misma ternura, deshaciendo los lazos, justo por detrás de su media melena pelirroja. Esta vez Little Gun sí fue consciente de aquel sentimiento que proyectaban las manos de Vincent, pero se olvidó completamente del mismo cuando sus ojos quedaron libres de la oscuridad y pudo contemplar las maravillas de aquella sala: una enorme cúpula de cristal, bañada de luces azuladas y esmeraldas, en continuo movimiento, sumergida en el medio de un gran lago artificial.

-¿Dónde estamos? Es como caminar debajo de las olas, con los ojos abiertos, sin miedo a que el agua salada inunde nuestras retinas. No sabía que Washington tuviese un acuario como éste…

-Y no lo tiene.

Unas extrañas criaturas, de múltiples tamaños, semejantes a los peces de las profundidades abisales, que "pistolita" había estudiado en sus manuales de biología, en el instituto, se divertían, flotando y describiendo piruetas, en aquellas aguas translúcidas.

-¿Sabes? Ninguna de estos seres existe en la Tierra, más allá de estas barreras de cristal.

-¿Están en peligro de extinción, hermanito?

-No. Creemos que hay millones como ellos. Son mucho más inteligentes y evolucionados que las especies marinas terráqueas. A su lado, el delfín sería un simple alumno de parvulario.

-Me estás diciendo que…

-Este es el motivo de mi estancia en los Estados Unidos. Me ha costado mucho conseguir una licencia para que hoy pudieses estar aquí. Es un permiso muy especial. Se te ha concedido por lo bien que siempre has sabido mantener tu deber de confidencialidad, en las filas del Buró Federal…

-Pero entonces, ¿estas ballenas con antenitas son…?

-¿Alienígenas? Hum, hum, ¿recuerdas aquel trabajo que había hecho en la carrera sobre las posibilidades de vida en Europa, la luna más extraordinaria de Júpiter?

-¿Cómo olvidarlo? El día anterior a la presentación metiste un trapo en el microondas, y casi incendiamos el caserío de tus padres. ¡Pero de ahí a que tus cálculos fuesen exactos! Es increíble. Es…

-Más que mis cálculos, era cosa de la ecuación de Drake frente a la paradoja de Fermi. Pues gracias a aquel trabajo, la N.A.S.A. se fijó en mi expediente para completar esta misión. No te puedo hablar sobre ella, como entenderás. Y no, no voy a inocularte una sustancia psicotrópica para que mañana, cuando te despiertes, olvides todo lo que has visto y vivido hoy. Me llega con tu silencio. Además, nadie te creería, te considerarían una chiflada y perderías tu puesto de trabajo.

-¿Me estás amenazando?

-Si prefieres la droga desmemorizante a las amenazas…

-Vale, lo entiendo, hermanito. Tú con tus secretitos, y yo con los míos.

-Espero que lo entiendas. Es sólo que me encantaba la idea de poder compartir este lugar contigo. Y si cuento con tu discreción, estás invitada a volver todas las veces que quieras. Eso sí. Con venda incluida. Y con cambio de ruta, para que no puedas reconocer el camino de ida y vuelta.

-De acuerdo. Hay trato. Me gusta tu regalo de otro mundo. Sólo que ahora vas a considerar el mío un poco cutre e insípido.

Little Gun sacó del bolsillo de su americana un pequeño paquete: una bolsa de cuero que cabría hasta en el puño de un niño. Un soniquete metálico timbraba en su interior.

-Siete más para tu colección.

-¿Mi colección de corbatas?

-¿De repente tienes sentido del humor? Sabes perfectamente que me refiero a tu colección de monedas extranjeras.

Una chispa de luz brilló en el interior de los ojos de Vincent. Era la emoción. Realmente no le gustaban las monedas extranjeras. No era nada materialista. Pero le gustaba contemplarlas. Sostenerlas entre sus dedos, sabiendo que, en algún momento, aquellos aros de aleación habían estado en la mano de Little Gun, en contacto directo con su piel, rozando sus epitelios... Dicen que el metal es un excelente conductor de la energía, una energía que a Vince le parecía reconocer en aquel tacto bien pulido. El recuerdo de su primer y único amor.

-Gracias, sabes que me encantan.

-¿No te parece cutre?

-En absoluto. Traerte aquí me ha supuesto menos de un litro de gasolina. En cambio, a ti estas monedas te habrán costado exóticos –y caros- viajes por el paraíso, llenos de misterio, de aventuras e historias inimaginables, luchando contra el crimen organizado y la corrupción de los poderes. Debería ser yo el que se sintiese abrumado…

"Pistolita" sonrió. Vince siempre se portaba así con ella. Le llevaba unos meses y siempre se había comportado como su hermano mayor. Lo curioso es que él era el flojeras y ella la luchadora, la que le sacaba a Vincent las castañas del fuego en la preparatoria, cuando los demás niños le tiraban pelotas de papel y lo se pasaban las horas burlándose, llamándolo cerebrito. Ella sabía mezclarse mejor con los demás. Era la popular. Su carácter noble le ayudaba. También su belleza natural. Así como su inteligencia. No llegaría a los niveles de sobredotación que alcanzaba su madre, la Doctora Brennan, pero sí ganaba a la media por goleada. Y esa inteligencia le permitía saber que, dijese lo que dijese Vincent, sí se encontraban en el corazón mismo de Washington D.C. Más allá de las trampas, de las cintas, de las rutas, de los desvíos… Sabía perfectamente cuál era aquel inmueble. Era imposible no reconocerlo. Se había criado entre sus bastidores. Corriendo por sus pasillos. Escapando de los guardias de seguridad. No tenía ni la más ligera sospecha en contra. Allí estaban. En uno de los sótanos del Jeffersonian.