Disclaimer: de los personajes tomados de la serie Bones, los derechos de autoría corresponderán a su creadora, Kathy Reichs y, en su caso, a la Cadena Fox; de las situaciones, el autor del presente relato, que no obtiene ningún lucro con la publicación del mismo.
(Gracias a todos los que seguís este fic, especialmente a Hermione Hathaway, brennangirl, glheart, AnSaMo, clariss23, BeaBB, ByB-S, Deschanel-Cherry, makotabones, Fran Ktrin Black, a silhermar y a Marifer26637 por vuestros comentarios: abajo respondo personalizadamente a cada uno de ellos. Son el motivo que me alienta para seguir escribiendo. Siento haber tardado un poco más en actualizar, y también los posibles errores de este capítulo, pero es que todavía lo he escrito ahora -¡y con 38 y pico de fiebre y con un dolor muscular que no puedo conmigo!-. Me excusaré diciendo que la culpa no es mía, si no de la gripe...).
LABERINTO SIN PAREDES
(25 de febrero de 2042)
Entrar en Washington había resultado ser una auténtica odisea, incluso para una celebridad científica, como es el caso de la Doctora Brennan. Hacía exactamente una semana que había abandonado Egipto. Había surcado el Mediterráneo y el Atlántico en apenas unas horas, a bordo del Concept Cabin. A diferencia de los viejos aviones del siglo pasado, ya no existía la división entre la gratificante primera clase y la incómoda clase turista. Y aunque no había podido tener acceso a la Smart Tech Zone, donde poder conectarse a Internet y mantener una videoconferencia con el Jeffersonian, al menos había tenido el consuelo de un pasaje en la Vitalising Zone, con sillones de masaje y sesiones de cromo y aromaterapia. Pero lo más impresionante era el fuselaje transparente, de nanofibras, que permitía contemplar la negrura del firmamento estrellado sobre sus cabezas, como un traje oscuro adornado con cientos de brillantes lentejuelas. Durante aquel viaje, a Temperance le había resultado muy complicado apartar a Christine de sus pensamientos. Ni siquiera el hecho de vislumbrar las constelaciones sin polución lumínica alguna. Y pese a lo mucho que le gustaba acudir al desierto, en Egipto, para admirar las lluvias de meteoros. Perseidas. Leónidas. Dracónidas. Oriónidas. Cuadrántidas… Desde su mente crítica, las estrellas no dejan de ser el esqueleto de la galaxia. Y en su cráneo privilegiado, no le cuesta imaginarse la verdadera forma de la Vía Láctea a través de la dispersión de cada uno de aquellos rutilantes puntos de luz.
El avión tomó tierra en el Philadelphia International Airport, a medio camino entre Nueva York y Washington. Desde el primer momento que Temperance Brennan pisó suelo norteamericano, sintió la punzada del peligro, como un leve escozor en la nuca, y la delirante sensación de que alguien la está vigilando a sus espaldas. Desde su intelecto privilegiado, Bones no le da la mayor importancia: sabe que es una paranoia habitual entre aquellas personas que han recibido amenazas o episodios de violencia en algún momento de su pasado, y que retornan al lugar donde le sucedieron aquellos hechos. En Egipto estructuró su particular refugio, lejos de Jacob Broadsky. Allí se había sentido cómoda, a salvo, durante todos estos años. Como el conejo dentro de su madriguera, que ahora se veía obligada a abandonar porque, al fin y al cabo, no hay nada más importante para una madre que el bienestar y la seguridad de sus hijos.
En Philadelphia los estaba esperando Vincent, con una cara que no podía revestir más que preocupación. La misma cara que tantas veces había visto en el Gran Museo Egipcio cuando las cosas no salían bien. Y es que los rostros intranquilos son iguales en todo el mundo conocido, pese a que, en su juventud, la Doctora Brennan no habría sido capaz de reconocerlos ni a medio metro de distancia. Sólo la ayuda del psicólogo del grupo, Lancelot Sweets, le había servido a Bones para interpretar los gestos y facciones, y comprender el profundo significado de una mueca. Por suerte para Vincent, los modernas instituciones para la formación y enseñanza de personas con coeficientes intelectuales muy por encima de la media, incluyen en su programa de estudios una asignatura específica dedicada a enseñarles a convivir con el síndrome de Asperger.
Después de recoger las maletas en la cinta transportadora, el grupo encabezado por la Doctora Brennan caminó hasta la terminal. Sentado en una de aquellas incómodas sillas de diseño, Vince repasaba los titulares de la jornada, en la pantalla de su tablet. Al levantar la vista, sólo pudo exclamar lo siguiente, denotando algo de cansancio en su tono de voz:
-¿Qué tal el viaje?
-Vince… Tienes muy mala cara… El color macilento de tu epidermis y el ligero amoratamiento tus bolsas oculares no resulta buen síntoma…
-Tía Tempy, es sólo el cansancio. Todo por aquí es tremendamente agotador. Hecho de menos los buenos tiempos de Londres. Por cierto, mis padres os mandan saludos.
-¿No van a venir?
-Les he pedido que, por motivos de seguridad, permanezcan en París todo el tiempo que les sea posible. No me gusta nada el cariz que va tomando la cuarentena. A veces me siento como si todavía estuviese en el mismo punto de partida, moviéndome en círculos, dando palos de ciego, sin el más mínimo progreso…
-¿Y Christine, qué hay con Christine? Tengo unas ganas terribles de abrazarla…
-Me temo que no podrá ser hoy. Ni mañana. Desde el inicio de la cuarentena, toda persona que quiera entrar o salir de la ciudad debe pasar siete días en completa observación de sus constantes vitales. El gobierno no quiere cometer el error de que alguien pueda alterar lo más mínimo las actuales condiciones, a fin de que el virus alienígena no escape al meticuloso control al que lo estamos sometiendo… Por supuesto, a nadie se le informa que es un problema bacteriológico. Simplemente se les dice que la ciudad está bajo amenaza terrorista y que la comprobación de los visados tardará una semana, el tiempo en el que se demora la aparición de los primeros síntomas. Mientras tanto, deben permanecer alojados en un determinado hotel. Cada mañana, el personal de servicio, al adecentar las habitaciones, también toma algunas muestras de cabello y células cutáneas, depositadas entre las sábanas, por el rozamiento, durante la noche, que luego se analizan en profundidad.
-Pero tú… Creí que me llamabas desde Washington, esta mañana...
-Como responsable del equipo de investigación, y ante el inminente riesgo de contagio, han tenido que instalar un chip de seguimiento subcutáneo en el antebrazo. En todo momento, mis constantes vitales son computerizadas y analizadas, para determinar mi estado de salud, sin necesidad de pasar una semana en observación, como el resto del personal…
-¿Y no sería posible que…?
-Tía Tempy. Conseguir el visado para tu acceso al área restringida ha sido toda una aventura. Sólo he logrado la autorización apelando al hecho de que seas la antropóloga más prestigiosa desde hace más de cuatro décadas, sin parangón en tu especialidad, que conozcas el Jeffersonian como la palma de tu mano, y que tus conocimientos y contactos en el ámbito científico puedan servir de ayuda para resolver esta crisis.
-Al menos podré hablar con ella mediante videoconferencia…
-Lo siento, pero el aislamiento en el Jeffersonian es total. Sin excepciones…
Aquellas palabras sonaron como un golpe de martillo sobre el corazón de Temperance. No por el hecho en sí de no poder ver a su hija después de tan largo viaje, si no porque aquella actitud de su sobrino sólo podía ser consecuencia de una cosa. Una cosa terrible que Vincent le estaba tratando de ocultar pero que, debido a su persistencia y evasivas, se volvía cada vez más evidente para Brennan. Christine estaba enferma. No era sólo una medida preventiva. Era un aislamiento en toda regla. Y Vincent, negándose a aceptar la realidad, es decir, que Christine también estuviese contagiada, sólo estaba tratando de ganar tiempo, continuando con las pruebas y el análisis de la sintomatología, por si en algún momento, se producía el milagro y todo resultaba ser un simple error de cálculo. De ahí el agotamiento. El color pálido de su rostro. Y sus ojeras violáceas. Brennan conocía a aquel chiquillo desde el momento mismo de su nacimiento. Igual que conocía a su propia hija. Y no se le escapaba que ambos sentían algo demasiado especial, el uno por el otro, que superaba las reglas de la amistad. Los ojos de Bones veían, frente a sí, a un joven enamorado, desesperado porque se acabase aquella conversación, un auténtico diálogo de besugos, para poder regresar al Jeffersonian y devanarse los sesos para encontrar la cura a aquella indómita enfermedad. Así que, convencida de que no podría lograr nada de Vincent, al menos por el momento, le acarició la mejilla, le dio un cálido beso en la frente, y le susurró al oído:
-Al menos te pido que, mientras yo no pueda verla en persona, la cuides y atiendas con el mismo cariño, empeño y desvelo con que yo lo haría de estar en tu lugar.
La plegaria de Brennan estaba de más. Temperance sabía perfectamente que Vince se esforzaría al máximo en cumplir con aquella tarea, sin necesidad de que nadie se lo tuviese que pedir con carácter previo. Si lo hizo, sólo fue para tratar de animar y reconfortar a su sobrino con estas palabras, como si el hecho de habérselo dicho le pudiese servir al joven científico para que, mientras caminase por los pasillos del Jeffersonian, entrando y saliendo de cada despacho, no se sintiese ahogado por el peso de la soledad y el olor de la muerte; si no que, por el contrario, le pareciese que su tía Tempy estaba allí con él. No físicamente, es una obviedad, pero sí al menos en espíritu. Y es que con el paso del tiempo, Temperance Brennan había aprendido a ser una persona cariñosa y mística. Lejos de su total híper racionalismo. Quizás el hecho de vivir sumergida tanto tiempo en una cultura profundamente creyente, como era la musulmana, había propiciado el cambio. Pero el amor es otro gran ingrediente para operar este tipo de transformaciones.
Los siguientes días pasaron con la Doctora Brennan encerrada en su dormitorio. En aquel falso hotel. Oteando por la ventana, en dirección al suroeste. Viendo perderse las grandes avenidas, y las hileras de rascacielos en el horizonte, bañados por el hálito blanquecino de la polución. Se sentía atrapada en un inmenso laberinto. Sin techo ni paredes. Del que sólo podría salir cuando el burócrata de turno considerase que la Doctora ya estaba lista para completar su viaje hacia el corazón mismo del brote contagioso. Para el gobierno, aquel tiempo de espera resultaba crucial. Durante aquellas largas y tediosas horas, los interesados en penetrar en el círculo más peligroso de la enfermedad alienígena, dispondrían de minutos suficientes como para valorar las consecuencias de lo que estaban a punto de hacer. Sólo los realmente convencidos serían capaces de soportar durante siete días la tortura de entrar a Washington, siendo conscientes del claro riesgo de contagio. Pero Brennan tenía una razón importante para no desistir de su objetivo. Su hija estaba allí. Enferma. Consciente de la gravedad de su situación. Y Temperance sabía todo aquello por mucho que se lo quisiesen ocultar. No le hacían falta las palabras confirmatorias. Su mente estaba por delante de los demás. Así que nunca le había resultado difícil percatarse de lo que realmente acontecía.
El 25 de febrero, fecha prevista para su acceso a la capital, finalmente ha llegado. Las maletas que trajera desde Egipto están prácticamente sin deshacer. La habitación de aquel hotel se queda tan desnuda como cuando la vio por vez primera, sin ningún rastro que permita identificar que, durante siete días, la antropóloga forense más prestigiosa del siglo, ha permanecido en su interior. Encarcelada por voluntad propia. En la otra acera, un lujoso coche negro, propiedad del Buró Federal de Investigación, la espera. A la hora exacta, ni un minuto antes, ni un minuto después. La viene a recoger en el tiempo pactado, tal y como se le había comunicado la tarde noche anterior mediante una breve videoconferencia desde el Edificio Edgar Hoover, en Washington.
El trayecto entre Philadelphia y Washington, de ciento treinta y siete millas de longitud, es salvado en apenas dos horas, a gran velocidad. A su llegada, Vincent la espera de pie, en las puertas del Jeffersonian, al frente de la comitiva de recepción, integrada por un grupo de unos veinte hombres y mujeres, de gran variedad racial, embutidos en sus inmaculadas batas blancas. Es el equipo que está gestionando los aspectos científicos de la crisis. Astrofísicos. Entomólogos. Biólogos. Médicos… Brennan y Vincent sólo intercambiaron un saludo. Sin emotividad. Ninguno de los dos puede evitar el nerviosismo que les serpentea por el espinazo. Después, Vince le pide que siga sus pasos, hasta el módulo donde se encuentra el grupo de pacientes objeto de la cuarentena. Los biombos de cristal no dejan sitio para la intimidad. Temperance está acostumbrada a tratar con esqueletos, pero le cuesta acostumbrarse a ver aquellos cuerpos vivos, enfermos, profanados por largas sucesiones de tubos, agujas, cables, vías, fluidos, sueros… Sobre todo, cuando su hija podría ser uno de aquellas personas condenadas a un futuro incierto e inquietante, de no encontrarse pronto el antídoto para el virus alienígena. Aunque no lo reconoce, uno de aquellos cuerpos, todavía palpitantes, es el del agente Daryl Jackman, el compañero de Christine. Pero Brennan puede alegrarse, aunque no mucho, cuando aquel pasillo acaba y el grupo accede a un módulo diferente, donde los pacientes ofrecen un mejor aspecto físico, vestidos con sus ropas cotidianas y sin aparente sintomatología ni tratamiento de uno u otro tipo. Se extraña más por el hecho de reconocer al instante que se trata del área de psiquiatría.
Christine lee una novela de misterio. Conan Doyle es uno de sus autores favoritos. Pero ello no le impide que los párrafos pasen sin apenas enterarse del argumento. Su mente vuela. Ha estado así, desde que esta mañana le han informado que Temperance Brennan se encuentra en Washington, con intención de visitarla. La agente Booth sigue dolida por el pasado, pero a la vez, está completamente aterrada por lo que pueda ocurrir. Y aunque el sentimiento de rechazo por su madre sigue aferrado a su corazón, también está deseando poder abrazarla, sentir el dulce abrigo de su cuerpo, y superar todo lo malo que les ha sucedido. Aún así, en cuanto levanta la vista y la ve de pie, acercarse hasta donde ella está, caminando al lado de Vincent, lo único que puede hacer es extender la mano y decir, con una voz profundamente educada y una frialdad desconcertante:
-Buenas tardes, Doctora Brennan.
El Buró Federal de Investigación y la vida la han entrenado para asfixiar los sentimientos.
Respuestas a los comentarios:
AnSaMo dijo: Me encanta! Por fin Brennan aparece! Con quién está en El Cairo para que diga hasta que lleguemos? Quiero saber más! Sigue así!
Mil gracias, pues decir que Brennan saldrá prácticamente en todos los capítulos desde aquí y hasta el final. Y no será el único/la única de los personajes de la serie que empiecen a aparecer. Todavía no puedo decir quién estaba con ella en El Cairo ni por qué se necesitaron tres pasajes de avión. Todo a su tiempo!
Frank Ktrin Black dijo: Vincent tiene Asperger? eso explicaria muchas cosas... pero no el que no le haya dicho a christine que la quiere tienes que seguir que bueno que salio tempy a la historia bye
Mil gracias, Frank. Pues sí. Curiosamente en este capítulo vuelvo a hablar del tema. Yo creo que el tema de Christine y Vincent, que no se digan lo que sienten, es más por miedo a que el otro no sienta lo mismo. Tienen una relación demasiado especial, e igual piensan que se podría estropear de otra forma. Además, Christine tiene un novio (al que no quiere, cosas de la vida…). Y eso no ayuda a Vincent a confesar sus sentimientos.
Silhermar dijo: y por fin...he tenido un hueco...bieeen viva... pues si... hasta ahora hasta las cejas... aunque hiciera el peluche lo bueno de leerlo a la vez de los demás... es que mis comentariso son iguales..jejeje va que no que me mandes eso cuando quieras o se contagiará?¿ no ? quien sabe?XDDD esta tempy aislada totalmente...jejeje
No sé qué quieres que te mande. Espero que tengas más huecos, para seguir comentando (sé buena, ah… y también que te vengan las ideas para continuar tu fic, que nos tienes en ascuas…). Nos vemos (cuando esté un poco mejor…)
