Aquí os dejo el tercer capítulo. ^^

Por cierto, si se os hace difícil saber quién habla en cada momento, solo tenéis que decírmelo. A veces no lo indico y como yo sé quién habla en cada momento (ya que yo lo he escrito, xD) no me doy cuenta. ;)


Estoy encerrado en una habitación un tanto oscura. Debí haber pensado antes lo que haría al llegar. Definitivamente presentarme aquí sin más no fue una buena idea. En cuanto aquel tipo me vio no se me ocurrió hacer nada más que correr, y no había resultado del todo bien. Él fue más rápido que yo y ahora estoy aquí, encerrado como un perro y sin haber visto a Lisbon. Éso es lo que más me molesta. Oigo pasos acercándose a la sala donde estoy y me alejo de la puerta hacia el centro de la habitación.

- Hola, rubito. Me han dicho que has intentado colarte en mi propiedad. ¿Puedo saber quién eres? -dijo a modo de saludo al entrar.

- Patrick Jane, policía. Y no creo que quieras tener más problemas con la ley.

- Oh, ¿por qué me mientes? Sé que no eres policía; solo ese extraño y maleducado tipo que acompaña en todo momento a Teresa y que se salta todas las normas metiéndola en problemas -a Jane le ardió la sangre al escucharlo llamarla por su nombre-. Y por eso sé que ni siquiera se le habrá ocurrido llamar a sus amiguitos para que sepan que está aquí y puedan venir a salvarles -pronunció la última palabra con cierto retintín-. Aunque lo que me tiene intrigado es... ¿qué eres?

- Un humano.

- Oh, qué mordaz. Vamos, no quiera empeorar las cosas.

- Soy un consultor.

- ¿Y qué hace?

- Consulto.

- ¿En serio? -preguntó retórico- Yo pensé que vendía fármacos.

Jane sonrió agriamente.

- ¿Dónde está Lisbon?

- ¿Quieres verla?

- ¿Tú qué crees? -inquirió retórico esta vez Jane.

- ¿Es tu última voluntad?

- No creo que sea la última.

- Bien, pregunta trampa superada -sonrió-. Acompáñeme.

Thompson se giró y abrió la puerta. Ni siquiera había utilizado ninguna de las dos armas que poseía con el consultor; no lo consideraba necesario. Patrick le siguió y al atravesar la puerta sintió un fuerte golpe en la cabeza.

- ¿Pero qué haces? Éste no es peligroso, Roderick.

Y se desmayó.


Acabo de despertar. Estoy tumbado en el suelo. Me duele la cabeza. Abro los ojos y trato de enfocar la vista. Lo recuerdo todo. Está oscuro. Descubro a alguien sentado en una silla ante mí. Me incorporo y consigo vislumbrar con horror que se trata de Lisbon, desnuda y semiatada (a excepción de la mano derecha que mueve desesperadamente), llorando desconsolada. Se me parte el corazón.

- ¡Jane! ¡Jane! ¿Estás bien? -gritó en cuanto vio que Jane se movía.

- Claro que lo está -intervino Thompson. Patrick ni se había dado cuenta de que estaba ahí-. No me interesa tenerlo muerto. En realidad, me ha resultado útil su llegada.

- ¿Útil? -preguntó Jane. Noah hizo caso omiso.

- Ahora estás preparada, ¿verdad? -preguntó acercándose a ella apuntándola con el cuchillo en mano amenazadoramente. Jane se puso en pie- Quieto ahí. No querrás que la joven muchachita se haga daño, ¿no? -dijo acercándole el cuchillo a su cuello. Jane dio un paso atrás -Así me gusta. Obedientes -se alejó de nuevo de Lisbon y Jane y ella pudieron respirar tranquilos.

- Déjalo marchar, por favor -suplicó la agente con un hilo de voz y la cabeza agachada. A Jane le sorprendió inmensamente ese comentario.

- No -respondió Thompson simplemente.

- No dirá nada, lo juro -insistió ella levantando la vista. Jane le dirigió una mirada de desaprobación.

- Me da igual. Ya tengo planes para él.

- ¿Planes? -intervino el consultor.

- Ahora que estás aquí -se dirigió a Jane-, has adelantado todo el proceso de reorganización de ideas en la cabeza de Teresa. Ya no es necesario que pierda más tiempo, como decís vosotros, "comiéndole el coco" -dijo haciendo comillas en el aire.

- ¿Qué crees? ¿Qué porque esté yo aquí ella va a obedecerte? -adivinó sus pensamientos- Mátame ya, maldito bastardo, porque no lo hará -Lisbon no sabría decir si le molestaba o agradecía que Jane hablase por ella.

- Oh, no. No consiste en matarte lo que tengo planeado. Es mucho más divertido que eso. Aunque quizá no para ti. Ni para ella. Siempre he querido tener sexo con una mujer obediente sin tener que recurrir a las cuerdas y cosas así. Y ahora tengo un sujeto y algo con lo que chantajearlo para que se someta -dijo levantando una ceja siniestramente.

Lisbon se quedó perpleja, estática. Al igual que Jane. Ninguno pudo hacer reaccionar. Thompson salió de la habitación con una estúpida sonrisa de oreja a oreja y los dejó solos en la habitación. Ella no pudo evitar comenzar a llorar de nuevo.

- Lo siento, Lisbon -se lamentó desde donde estaba. No era capaz de moverse.

Ella tardó unos minutos en tranquilizarse y dejar de llorar.

- ¿Podrías soltarme? -Patrick se acercó a ella, le puso su chaqueta por encima y desató su muñeca izquierda. No le costó demasiado, pues por lo visto ella ya había tratado de hacerlo antes con su mano libre aunque sin éxito. Cuando lo hizo vio que tenía heridas en ella, y no parecían haberlas causado las cuerdas. No preguntó. Le desató los pies y pudo comprobar que también las tenía ahí. Siguió sin preguntar; si lo hacía, lo más probable sería que ella rompiese a llorar de nuevo, y no quería verla sufrir más. Lisbon se dio cuenta y lo agradeció en silencio.

Ella se levantó de la silla; llevaba demasiadas horas sentada y ya le dolían las piernas. Se abrochó la chaqueta y empezó a caminar por la habitación aún estando descalza. Jane se sentó en el suelo apoyando la espalda contra la pared y la miró dar vueltas como un león enjaulado, sin parar de tirar de la americana tratando de taparse más. Estaba nerviosa. Se tocaba la cara y el pelo, las muñecas y volvía a tirar de la chaqueta. Continuamente.

Después de varios minutos haciendo lo mismo, se sentó al lado del consultor.

- Lisbon...

- No debiste venir, Jane -dijo exasperada.

- No, Lisbon. Tenía que venir.

- ¿Para qué? ¿Para que te encierre a ti también? ¿Para que acabemos los dos muertos?

- Lisbon, no vamos a acabar muertos.

- Oh, no me digas. ¿Un asesino nos tiene secuestrados y no vamos a morir? Cuéntame cómo.

- Antes de venir, dejé en el CBI la dirección de este lugar. Cuando me marché era ya muy tarde, así que no creo que nadie venga hasta mañana. Pero vendrán, Lisbon. Conoces a tu equipo.

- Eso espero -suspiró algo aliviada apoyando la cabeza en la pared y cerrando los ojos.


- Por cierto -dijo ella después de alrededor de una hora en silencio-, gracias por la chaqueta.

- De nada.

- Siento... haberme puesto... así... antes.

- ¿Así cómo?

- Llorando. Yo no soy así. No me gusta llorar.

- Lisbon, no tienes que sentirlo. Llorar es una reacción normal.

- Sí, pero... Bueno, no sé. Es solo que no me gusta. Me pongo nerviosa.

- Lisbon. Soy yo. No pasa nada.

- Ya... Yo... No sé, Jane -comenzó a alterarse.

- Lisbon, tranquila. ¿Vale? Tranquila. No pasa nada. Tranquilízate. ¿Quieres que te hipnotice?

- No -respondió contundentemente-. Ya lo sabes. No insistas más.

- Está bien -aceptó él.

- Quiero dormir.

- Duérmete.

- ¿Y si vuelve y me ve desatada?

- Lisbon, si no quisiese que te soltase, me habría atado a mí también, ¿no crees?

Ella meditó unos instantes.

- Buenas noches, Jane.


- Van Pelt -dijo a modo de saludo al responder al teléfono.

- Grace, soy yo, Rigsby.

- Rigs, ya estoy llegando -respondió echando una mirada al manos libres.

- No, Grace -suspiró-. Sabemos dónde está Lisbon.

Unos segundos de silencio se hicieron presentes.

- ¿Dónde voy?