PRESENTIMIENTO (Tercera Parte)

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarasshi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

El juego era muy peligroso para ella. Se estaba muriendo porque Terrence la besara de una vez por todas.

-Si él me besa, prometo no abofetearlo – oró al cielo y cerró los ojos esperando que los labios varoniles se posaran en los suyos. Cuando más decidida estaba a corresponder al beso, Terry se apartó de ella intempestivamente.

-Ya es hora de cenar Candy – sugirió con indiferencia fingida.

Ella le devolvió una mirada perturbada.

-¿Hora de cenar? – repitió aún en ese mareo que el castaño le había provocado-. ¿Cómo puede pensar en cenar justo en este momento? – ahora sí que no entendía nada. De su interior sacó una fuerza inexplicable para no develar su decepción.

Terry la miraba con una sonrisa de medio lado, como si él estuviera esperando una respuesta diferente a su invitación. Ella lo sabía. Lo conocía muy bien, pero si él no le había complacido con un beso, ella tampoco demostraría que se moría por uno.

-Sí, claro, hora de cenar – afirmó coquetamente divertido.

-Creí que nunca lo dirías –, Candy se mordió los labios pero disfrutó de ver la frustración en el rostro de Terry. Más que nunca empezó a temer por lo que podría pasar. La noche seguía siendo joven y Terry se había quedado frío con la respuesta de la rubia, aunque tenía que aceptar que él disfrutaba más que nunca de esa jovencita.

Esta vez Terry no pidió sugerencia alguna. Manejó bajo una intensa lluvia por avenidas poco transitadas; al parecer, todo mundo había decidido resguardarse, pero eso no era algo que estuviera en la agenda de la pareja.

Desde que abandonaran aquél bosque Candy había estado mirando sin tapujos el perfil de Terry. En la cabaña habían sacado el abrigo de Candy y ella tuvo que privarse del aroma del saco varonil para devolverlo a su dueño. En el parabrisas el agua caía de tal forma que era casi imposible mirar todo el camino, pero para Terry parecía ser una escena muy familiar. Detrás del volante se sentía más cómodo aunque no podía dejar de pensar en las sensaciones producidas por su cuerpo al tener tan cerca a Candice White. Mientras le hablaba tan seductoramente momentos atrás en el bosque, el joven había experimentado toda su sangre depositarse en su virilidad y aún más allá, tuvo deseos de estrujarla casi sin miramientos, de atraerla con fuerza hacia él y besarla de tal modo que la castigara por su ausencia que al parecer del joven era equivalente a la eternidad; pero entonces tuvo temor de perder el control y con ello ofender a quien consideraba la mujer de su vida. Esa fue la razón de su brusco alejamiento, ello fue lo que provocó que él pensara rápido para buscar una salida fácil. Esta hechicera lo estaba atrapando y él tenía que ser fuerte.

De vez en cuando la miraba. Estaba orgulloso de que ella estuviera a su lado; el menos esta noche.

-Hay momentos que conservas en tu memoria; momentos que permanecen para siempre – dijo ella. Ya no quería guardarse lo que pensaba, al contrario, hoy deseaba decirlo todo-. Este es uno de ellos. No permitiré que se borre.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Terry. Fue incapaz de mantener ambas manos en el volante del auto; extendió su mano derecha hacia ella y acarició la mano que descansaba en el regazo femenino.

-Gracias por venir Candy – tembló un poco, pero era algo que había nacido de su alma. De inmediato, Terry devolvió su mano al volante nuevamente. Se sentía en un torbellino, deseaba con todas sus fuerzas amarla libremente, pero tenía un compromiso… Susana Marlowe. El estómago de Terry dio un vuelco; por más que deseaba olvidar esa noche a su prometida, le era casi imposible.

Llegaron a un pequeño restaurante. La lluvia había hecho una tregua con la pareja; no había cesado, pero al menos ya no era tan fuerte. Igual que las avenidas, el restaurante estaba prácticamente vacío. Solamente por comensales había unos viejecitos, así que se dieron el lujo de elegir la mesa.

Fueron hasta una mesa para seis personas, como si a propósito insistieran en guardar su distancia. La mesa estaba colocada justo en un ventanal de doble hoja abierta de par en par. La ventana daba al jardín trasero del lugar, sin embargo, ya que éste estaba en una colina, la pareja podía apreciar gran parte de la ciudad.

El alumbrado público ayudaba a que la pareja apreciara mejor la lluvia en las avenidas desde esa ventana. El agua proveniente del techo del restaurante caía sobre la vegetación del jardín, lavándolo delicadamente. Cuando las gotas caían sobre las hojas enormes provocaban una canción en los oídos de Candy y Terry. El viento de vez en vez traía un poco de rocío, pero no era nada que les molestara, ellos estaban salvaguardados escuchando música de un piano acompañado con un chelo.

Después de un rato, ya tenían frente a sí deliciosos platos. El pianista entonces evocó un vals, el mismo que bailaban durante el festival de Mayo. Terry miró a Candy un tanto receloso, aún no olvidaba que aquélla pieza era un recuerdo compartido en el corazón de la rubia. Ella simplemente guardó silencio y se concentró en escuchar la pieza. No hizo comentario alguno y su compañero no pudo evitarlo-:

-Me dejaste Candy – la miró a los ojos mientras tomaba una copa de vino; su pose era de total dignidad, sin armar escenas o algo por el estilo. Era simplemente una nota que tenía que tocarse entre ellos.

Ella tragó saliva.

-No. Tú me abandonaste – reprochó tratando de que el aire no se tornara asfixiante.

-Corrí detrás de ti en esas escaleras – le recordó como si se sintiera cómodo con el tema. Como si no le importara en lo más mínimo. Como si estuviese conforme al respecto.

Ella no comprendió su punto. ¿Cuál era el objetivo de abordar tal tema? Aunque se hacía tal interrogante, la joven replicó:

-Lo siento Terry – dijo. Era mejor para Candy aceptar una vez más el peso de la decisión tomada de prisa. No había viajado para discutir con Terry, no había sentido todo ese revoloteo de mariposas para terminar decepcionada. Alguien tenía que ofrecer una tregua.

Terry guardó silencio. No se había preparado para esa reacción. Había preparado mentalmente, con su sagacidad característica, un casi interminable dialogo al respecto, pero no se había preparado para derribar sus barreras. Supo que era la forma de Candy para establecer la paz ¿cuándo él aprendería que la chica de sus sueños era abnegada? Si bien es cierto que su carácter era fuerte y decidido como el de él, había una cualidad que él admiraba, que era su espejo, que era algo que él deseaba: Su capacidad para olvidarse de sí misma y pensar en el bien de los demás.

-Bueno – dijo casi con indiferencia mientras concentraba su mirada en la lluvia a través de la ventana – hay personas que para ti son el mundo, pero para quienes no significas lo mismo – recriminó -. Pero está bien, la vida sigue. No te vas a pasar lamentando lo que no fue continuamente – su voz sonaba relajada y fría. Por algo era actor. Sabía disfrazar lo que sentía.

Candy quiso que la tierra se abriera ahí mismo para tragarla. Se sintió avergonzada. Aquélla imagen que ella se estaba esforzando por olvidar en esa horrible carpa de pronto cayó sobre sus hombros. Estaba a punto de confesarle que lo había visto, pero se detuvo. Jamás lastimaría a Terry de esa manera, jamás se permitiría que él se sintiera humillado. Estaba muda, estaba incómoda. Pero ya no saldría corriendo otra vez. Tenía que enfrentar el error que había cometido.

Ya que estaba sentada en la silla frente a él, Candy se levantó abandonando su cena y se sentó en la silla inmediata a Terry. Terry ya había abandonado su juego de llevarla al límite. Su mirada era tiste y melancólica. La copa de vino ya estaba vacía, aunque su cena estaba casi intacta. Los codos del joven reposaban sobre la mesa y terminaban por sus manos unidas con sus dedos entrelazados. Sobre la unión de sus manos, Terrence recargaba su rostro, con sus ojos cerrados y un gesto de tristeza.

Ella reunió todo el valor dentro de sí y alargó su mano para deshacer la unión de las manos de Terry. Él parecía rehusarse a tal contacto pero ella era tan testaruda como él. Después de un segundo esfuerzo, Terrence cedió y permitió que ella tomara su mano.

Candy no tenía palabras. No sabía qué debía decir. Sin embargo estaba segura de algo: No deseaba que Terrence siguiera pensando lo que acababa de externar. De alguna manera sentía la urgencia de hacerle saber que ella había sufrido tanto como él. Quería estar segura que él comprendía su comportamiento de aquélla noche. La cálida mano de Terry no reaccionaba al las caricias de la rubia, sin embargo, ella persistió en su deseo. Terry se negaba a todo contacto visual con ella, su gesto no había cambiado en lo más mínimo. Este comportamiento de Candy le sorprendía, lo desarmaba y no estaba preparado para el siguiente embate femenino.

-¿Por qué me pediste que viniera Terry? – ahora era el turno del actor buscar dentro de sí una respuesta que no lo dejara desprotegido. Hubo mucho silencio. Candy sabía lo que sucedía y Terry también lo sabía. Seguía él sin poder responder, pero reconocía también la cantidad de sentimientos que se arremolinaban en su interior. Tragó saliva y continuó enmudecido. El dolor se empezaba a apoderar de él. La mirada ahora estaba concentrada en la lluvia que colaboraba para darle paz a su alma.

-¿Por qué me pediste que viniera? – insistió ella con voz suave. Se las arregló para entrelazar sus dedos con los de Terry y como respuesta él apretó la suave mano femenina aún sin poder articular palabra alguna. La mano tibia, pequeña y suave de la muchacha era lo que más anhelaba Terry en ese momento y percibir el mismo deseo en ella provocó sensaciones de bienestar en el actor que lo emocionaron de forma sublime, sin embargo, le era tan difícil abrir su corazón para expresar lo que verdaderamente sentía.

Ella se sintió animada por la reacción del noble inglés. Sus manos entrelazadas estaban sobre el blanco mantel, así que inclinó su cabeza para besar suavemente la mano de Terry. Ya no insistiría en su pregunta. Liberó la mano de Terry, le sonrió y regresó a la silla que había ocupado previamente. Él hubiera deseado que ella no lo liberara y experimentó una fuerte soledad súbitamente.

Ambos comprendieron que no debían seguir en el pasado. Su comunicación sin palabras era tan buena como sus clásicas discusiones. Después de esa escena, Terry se esforzó por llevar la conversación amenamente y aún sin ser capaz de también él aportar un "lo siento" como lo había hecho Candice, la chica entendió que finalmente, eso era lo que él deseaba transmitir con su comportamiento. Se pusieron al día con lo que sabían de sus ex condiscípulos y la actual situación de la Gran Guerra. Aunque aún había en el aire algo que seguía pendiente.

La lluvia nuevamente cayó con fuerza. Ellos esperaban pacientemente una nueva tregua, pero después de mucho tiempo supieron que no la habría: Era tiempo de abandonar el lugar. Ya los músicos se habían marchado, la única mesa que había sido ocupada además de la de ellos ya había sido limpiada por los meseros y el gerente del restaurante había explicado que debían cerrar el lugar totalmente avergonzado.

Nuevamente caminaron guardando su distancia resguardados por el tejado exterior del establecimiento. En el estacionamiento el auto de Terry era el único y estaba a varios pasos bajo la lluvia.

-Permíteme pecosa – Terrence se adelantó y sacó de la cajuela un paraguas.

Aún mostraban ese aire ceremonioso. Aún no lograban derribar todas las barreras que ellos mismos se habían impuesto. Sabían que deseaban estar juntos. Sabían que esta separación era una farsa para ambos. Sabían que lo más honesto era que juntos se sentían completos. Sin embargo, no sabían cómo aceptarlo uno frente al otro.

Terry abrió el paraguas mientras regresaba hacia Candy. Estaba muy serio. ¿Por qué la había hecho venir? Esa era una buena pregunta. Tenía que aceptar que esta vez, la joven Andrew lo había puesto en aprietos.

De la baldosa hacia el estacionamiento había un escalón pequeño, el agua de lluvia había invadido las avenidas y corría como ríos artificiales. El estacionamiento no era la excepción; después de abandonar la baldosa, Candy seguramente mojaría sus botas casi por completo. Terry la tomó en sus brazos olvidándose de sus preocupaciones. ¡Candy estaba ahí, con él! ¡¿Qué diablos estaba pensando al desaprovechar esas valiosas horas? Ella se sorprendió ante tal demostración de afecto y virilidad pero se aferró al cuello de Terry tomando en sus manos el paraguas para cubrir a ambos.

Se miraron fijamente antes de que Terry comenzara su regreso al auto. Ambos se sintieron cómplices. El nudo en sus gargantas era hecho a un lado súbitamente y en su lugar aparecía una sonrisa que lentamente se transformó en risa.

-Debo llevarte al auto pecosa – dijo juguetón – si no lo hago, te ahogarás porque eres muy pequeñita – se burló.

Ella no participó en la discusión. Como única reacción escondió su cabeza en el hombro de Terry y se dejó llevar por él hasta el auto. ¿Acaso había un mejor lugar que los brazos de Terry? ¡Claro que no! De eso estaba segura.

Obviamente ya no volvió a preguntar el destino cuando Terry encendió el auto. En unos minutos estaban en la apartada cabaña y el aire, aunque un poco más relajado, aún no se tornaba en la familiaridad que ambos añoraban.

En la cabaña todo estaba mucho mejor de lo que Candy había imaginado tras la descripción de Terry. Había una pequeña chimenea en la pieza principal. Los muebles eran muy rústicos y pesados, sin embargo, estaban exquisitamente resaltados por algunos cojines y mantas. La iluminación era perfecta para una charla. De pronto ella se sintió animada a permanecer despierta toda la noche, pero Terry tenía otros planes:

-Te mostraré tu habitación Candy – la invitó a desplazarse por un pequeño corredor. Había una puerta gruesa de madera que al abrirse rechinó delicadamente y cuando Terry la cerró tras de sí el peso de la misma resonó fuertemente en las paredes. Ella se estremeció y Terry se sintió conmovido.

A decir verdad ambos estaban nerviosos. Se habían preguntado en secreto una y otra vez cómo pasarían esa noche y ahora estaban ahí, solos, en una habitación y con sus sentimientos más vivos que nunca. Sí, ella lo deseaba y él la deseaba a ella; ¿A dónde los conduciría semejante deseo reprimido por meses y meses de separación y añoranza? Ambos compartían un PRESETIMIENTO al respecto.

De mi escritorio: ¡WOW chicas! Estoy por poner mi capítulo de hoy y no me dejan de llegar reviews. Debo compartirles que ayer superé el récord de lectura de mis historias ¡seis veces! ¡Gracias! ¡Son geniales! Como no me dejan de llegar reviews espero que me disculpen por no responder porque no quiero cerrar el capítulo y que luego me falte alguien en la lista. Aprecio mucho su interés y su apoyo. No sean malitas: Ya me gustaron sus reviews, no dejen de retroalimentarme. ¡Besos!