PRESENTIMIENTO (Cuarta parte)

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarasshi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

El par de jóvenes aún intentaban asimilar lo que estaba sucediendo. Estaban juntos después de varios meses de angustia. Después de que cada uno hubiese vivido su propio calvario; era como si después de esa expiación, ambos hubiesen llegado a una absolución silenciosa; pero esa era una absolución personal; necesitaban ser absueltos mutuamente.

Era claro que había magia entre ellos. La magia que los había rodeado siempre. Se sentían entusiasmados por su cercanía, pero al mismo tiempo, tenían miedo de perder el control; ya tenían una realidad ¿Cómo sabrían que estaban dispuestos a cambiarla si no lo expresaban? Terry frunció el ceño, de alguna forma tenía que averiguarlo.

-Veré que haya toallas limpias en el baño – el joven guardó la maleta en el clóset y alargó los pasos después hacia el baño. Cuando estuvo dentro, Terry respiró profundo ¡por supuesto que había toallas limpias! Todo lo que el inglés deseaba era respirar un poco para encontrar el valor que necesitaba y enfrentarse a ella.

Abrió la ventana del baño y encendió un cigarrillo. ¡Realmente lo necesitaba y seguramente ella le impediría encenderlo!

Mientras tanto, Candy buscó en su maleta su camisón. Notó que aquélla debía ser la recámara principal, pues había algunas prendas de Terry en el clóset; se sintió pequeñita ante las atenciones que estaba recibiendo, ella bien podría haber ocupado la habitación más austera, o incluso dormir en el sillón que estaba frente a la chimenea del recibidor, pero Terry había decidido cederle su espacio para que ella estuviera cómoda.

Tomó el camisón, lo hizo lo más pequeñito que pudo y se sentó a la orilla de la cama para esperar a que Terry le permitiera usar el baño y cambiarse. Unos minutos más tarde, Terrence estaba frente a ella y la miraba confundido. La joven tenía la vista perdida y no se había percatado de la intromisión de su anfitrión al contemplarla; él tuvo que llamarla para que ella reaccionara a su presencia. Lo miró aún con sus pensamientos en algún punto que Terry no comprendía y él descubrió la oportunidad para importunarla:

-¿Por qué me miras así Pequeña Pecosa? ¿Acaso quieres besarme? – se mofó con juguetona seducción. Candy recordó cada palabra y solamente le respondió con una sonrisa autosuficiente; estaba muda-. Quizás ahora no piensas dejar pasar la oportunidad – le retó nuevamente disfrutando del rubor en las mejillas de Candy.

Ella se sintió descubierta. La muchacha, una y otra vez se preguntaba si llegaría el momento, en ese día, en que Terry le regalara un beso. ¡Solo un beso! Con eso ella sería la mujer más feliz del mundo. Con un beso de Terry ella podría volver a Chicago y comerse el mundo. Con un beso de Terry ella podría vivir para siempre amándolo. Con un beso de Terry Grandchester ella… ella… ella… soportaría cada día lejos de él porque tendría un recuerdo al cual escabullirse en sus tardes lúgubres y desoladas. Esos pensamientos ocasionaron un sentimiento de frustración, ya casi era hora de despedirse y ella ni siquiera tenía el tan anhelado beso.

-Ya es hora de dormir – murmuró ella. Su rostro no pudo evitar expresar el vacío del beso que deseaba.

-¿Entonces quieres que lo hagamos rápido para que puedas dormir? – Terry bromeó con ella mientras se aseguraba de que hubiera cobijas disponibles y le daba la espalda buscando en el clóset. Le gustaba llevar a la muchacha al límite y sonrió de medio lado ante su ocurrencia.

Candy ya estaba por cruzar el umbral de la puerta del baño para cerrarla y cambiarse, pero se detuvo y respondió:

-No. Creo que hacerlo rápido no será lindo – le dedicó una sonrisa coqueta para deleitarse al ver cómo su anfitrión se sonrojaba ligeramente turbado – yo preferiría que lo hiciéramos muy despacio, sin prisas – con picardía cerró la puerta del baño. Esta vez ella había ganado. Le había devuelto una sopa de su propio chocolate; había puesto nervioso a Terry, lo sabía por la forma en que la había mirado.

Cada elemento en el cuarto de baño la emocionaba: Ese era el mundo de Terry, el mundo al que siempre había deseado pertenecer. Descubrió la colilla del cigarro que Terrence recién había apagado y simplemente suspiró.

-No hay cobijas en el clóset – escuchó ella mientras peinaba su cabello en el baño, preparándose para ir a la cama-. Voy a buscar alguna.

-Gracias Terry – fue la única respuesta.

Ella salió del cuarto de baño sin haberse atrevido a usar el camisón. Se sentó en la cama sintiéndose ligeramente fuera de lugar. Percibía que Terry trataba a toda costa guardar su distancia, al parecer ella volvería a Chicago sin su tan ansiado beso. ¿De verdad un beso era mucho pedir? Ya pronto sería el momento de desearle buenas noches.

Tan pronto Terry llamó a la puerta ella abrió nerviosa.

-¿Puedo pasar? – preguntó relajadamente y le mostró algunas mantas que traía para ella. Después de colocarlas sobre la cama, Terry encendió la chimenea en silencio mientras que ella lo miraba sentada en el borde de la cama.

Terry estaba sumamente nervioso. Hasta ahora había encontrado todo tipo de pretextos para estar en esa habitación, pero pronto tendría que salir de ella definitivamente y él, francamente no lo deseaba. En cuanto el fuego se encendió, Terrence se incorporó. Miró a Candice nuevamente ausente. Se paró frente a ella para disfrutarla.

Las sombras de la flama de la hoguera bailoteaban en el rostro de ella ocasionando un delicado rubor por el calor, su pelo rubio era más dorado con el rojizo que aterrizaba sobre sus rizos, y su blanca piel adquiría solo por ese momento un tono bronce que lo estaba enloqueciendo. En sus ojos brilló el deseo que sentía por ella, todo su cuerpo le exigía el más mínimo acercamiento, pero él era un caballero:

-Debo irme – más que una despedida aquello parecía una advertencia para ambos.

Sin embargo, Terry no se movía. Tenía los pies clavados al suelo contemplando a la joven que adoraba. Poco a poco se iba perdiendo en el infinito de sus sentimientos, lentamente sentía que la cordura lo abandonaba, aquello era una tortura. Descubrió la desaprobación en los ojos de ella. Esos ojos lo miraban como nunca. La jovencita a la que gozaba torturando con sus bromas seductoras ahora era una mujer capaz de responderlas sin amedrentarse. Había algo en ella que lo atraía más que nunca. Veía su cabello cayendo en cascada sobre su espalda. Jamás se habría imaginado que así terminaría aquélla noche. Él había planeado llevarla a su hotel después de supuestamente visitar el lugar de moda, pero ella había cambiado los planes intempestivamente y ahora estaban ahí, despidiéndose sin querer separarse.

-¿Qué sucede Candy? – Esta vez no estaba el tono de desafío seductor-. ¿Estás bien? – Terry se aproximó a ella y prácticamente se arrodilló para mirarla más íntimamente.

Ella estaba en silencio, con las palabras atoradas en su garganta. Pero con los sentimientos brotando por cada poro de su cuerpo. Escondió sus ojos en un último intento por no perder la cordura.

-¿Qué pasa Candy? – insistió Terrence. De pronto recordó toda aquélla charla en el bosque. La forma en que ella se expresaba, su conclusión de que aunque sonaba optimista, en realidad no era feliz-. ¿Cómo está tu corazón? – finalmente había hecho la pregunta que tanto le preocupaba y que no se había atrevido. El joven inglés puso su mano sobre el corazón de Candy en un inusual atrevimiento; sintió el cuerpo femenino estremecerse y percibió cómo el corazón se aceleraba al contacto de su mano.

Ella había levantado la mirada tan solo por un instante y él había reconocido todo tipo de sensaciones en esa mirada pero no quería equivocarse. Él mismo estaba confundido. Quería tomarla de una vez por todas, pero temía el desenlace. Al descubrir que no había nada que pudiera hacer para que ella se sincerara, Terry se levantó y se despidió.

-Será mejor que te deje dormir – apenas había dado un paso reprochándose no haber encontrado la manera de penetrar en su alma cuando escuchó su voz.

-¿Me dejas abrazarte? – pidió casi tímidamente la rubia.

Él aceptó con gusto. Al parecer, estaba disfrutando también de la timidez de Candy.

-Pero déjame quitarme el saco – después de lanzarlo a la cama le extendió los brazos emocionado.

Candy no titubeó ni un instante para arrojarse a él. Se aferró con fuerza rodeando sus hombros con sus brazos y lo sintió reaccionar de inmediato. Los varoniles brazos de Terry rodearon la cintura de la joven que amaba percibiendo la loca carrera de sus corazones; quizás fue eso precisamente lo que encendió la emoción y casi lo hace perder el control que hasta ahora había conservado, pues aferró a su ex novia con fuerza hacia a él, como si quisiera fundirse en uno en ese abrazo.

Ambos estaban muy emocionados, ninguno sabía qué era lo que más estaban disfrutando: La fuerza de su abrazo, la seguridad que los invadía, la plenitud que los embargaba, el calor de sus cuerpos y la forma que reaccionaban mutuamente, su aroma o la comodidad natural que percibían. Ella recargó su cabeza en el hombro de Terry y él escondió su rostro en el cuello de Candy; ambos incrementaron la fuerza del abrazo, hundidos en sus propios pensamientos, en sus propios recuerdos, en sus propias ilusiones rotas.

Candy percibió que estaba abusando de su petición, pero continuó aferrada al cuerpo gallardo que la cubría. Después de un tiempo prudente Terry intentó disolver el abrazo, sin embargo, bastó que ella se aferrara con más fuerza para que él respondiera de igual modo atrayéndola hacia él posesivamente. La sentía suya, la sabía suya ¿de verdad estaba dispuesto a dejarla ir nuevamente?

Candy rio por lo bajo sacando a Terry de sus pensamientos.

-Seguramente ya descubriste que no deseo liberarte – confesó la joven sin poder mirarlo a los ojos, aferrándose aún con sus brazos al cuello varonil.

-Sí – fue la respuesta de Terry, quien con un movimiento, colocó su frente sobre la frente de Candy aún con sus manos en la diminuta cintura femenina, aprisionándola totalmente, evitando que pudiera moverse siquiera un poco.

Ella buscó un poco de cordura dentro de sí, pero el aliento de Terry la embriagaba nuevamente, era cálido, con el aroma del vino y se le apetecía beberlo. Sintió nuevamente el paseo de los labios masculinos sobre su rostro lentamente, volvió a cerrar sus ojos disfrutando del cálido aliento masculino sobre su rostro, las piernas le temblaron; mordió sus labios y los humedeció preparándolos para un beso que simplemente fue depositado en su mejilla y después otro en su frente.

Ya el juego estaba cansando a la joven enfermera. ¿Por qué Terry la torturaba de esa manera? ¿Hasta cuándo continuaría esa absurda pose?

Ella volvió a aferrarse a él, pero esta vez clavó sus uñas delicadamente en los brazos que la sostenían aún con firmeza. Terry sintió que la sangre comenzaba a hervir en su cuerpo y el deseo por ella se incrementaba a límites que no estaba seguro pudiera seguir controlando. Sus rostros seguían unidos en sus frentes y Terrence comenzó de nuevo a buscar la mejilla que no había besado previamente; después de depositar un casto beso en la tal mejilla, buscó los labios de la chica, ella se los ofreció, pero él pasó de largo hasta la otra mejilla, ella se sintió frustrada mientras sentía los labios varoniles continuar con su paseo sobre su rostro; él besó la pequeña nariz que idolatraba, después sus ojos, y volvió a bajar lentamente rumbo a los labios, él estaba temblando y al mismo tiempo la sentía temblar emocionada, reaccionando a sus intromisiones; ella estaba esperando ansiosa sintiendo como su vestido empezaba a quemarse pero Terrence pasaría de largo nuevamente desviándose otra vez a la mejilla. Esta vez ella no se lo permitió: Ella misma se adelantó, esta vez lo obligaría a terminar lo que había empezado, esta vez fue Candy quien buscó los sensuales labios varoniles que la habían atormentado.

No bien los labios de Candy se posaron en los de Terry sintieron que el cielo mismo se abría para ellos. Ambos comenzaron un suave masaje con tal delicadeza que podría comparase al viento posándose sobre los pétalos de una flor. La tal delicadez duró poco, pues de pronto Terry comenzó a besarla con urgencia, ella se sintió aprisionada con firmeza mientras correspondía al escrutinio del noble inglés que sin preámbulo alguno, introducía su lengua como queriendo beber de la mujer que sentía suya toda la fuente de vida que requería. Ella mordió sensualmente el labio inferior del hombre que adoraba y fue cuando en un lapso de cordura, Terrence quiso detenerla, pero ella no podía complacerlo y decidió seguir torturando los varoniles labios. Entonces él se entregó a la caricia recibida y correspondió casi con urgencia mientras confesaba con dificultad, pues no quería dejar de besarla:

-No sabes cuán difícil fue para mí contenerme, detenerme para no besarte.

-Quédate conmigo – le pidió ella en el frenesí de la caricia. No estaba pensando claramente. Estaba bajo el influjo de esos besos que transmitían sensaciones nuevas, como una droga que se propaga impidiendo la cordura.

-No puedo Candy – respondió aún sin atreverse a separar sus labios.

-Sí puedes. Quédate – insistió la joven.

El beso de Terry entonces se tornó más demandante. Aquéllas palabras no le parecieron órdenes, eran más bien el reflejo de una súplica. Él guardaba la misma súplica para ella, ¿Cómo podría detenerse ahora? ¿De dónde se aferraría para seguir siendo un caballero?

Sin embargo ella no estaba pensando en nada. Tan solo se concentraba en que era Terry quien la abrazaba, quien la besaba, quien la complementaba. Él estaba sucumbiendo a sus caricias ¿Había una mejor manera de sentirse femenina? Él simplemente la hacía sentir plena.

Ella respondió al beso con la misma urgencia que él demandaba y lo sintió rendirse por completo. Había bajado la guardia. Había bajado todas sus defensas y en un desesperado movimiento la había arrojado a la cama.

De pronto se detuvo casi en seco. Su respiración era agitada, sus ojos estaban encendidos, sus pupilas dilatadas, tenía una mano sobre la cintura de la rubia y con la otra levantó su peso para mirarla a los ojos.

-¿Estás segura, Candy? – Estaba nervioso. Aún no podía creer lo que ocurría. Ahí estaba ella, sensual, deseosa, mirándolo excitada, agitada también.

-Sí – respondió ella decidida. No había duda de que lo deseaba. Entonces, estúpidamente, la chica agregó-: No quiero desequilibrar tu vida – un miedo la invadió, había hablado; pero no deseaba que él se sintiera atado, así que agregó-: No te causaré problemas, te prometo que después de esto desapareceré de tu vida, blindaré mi corazón para que cumplas con tu compromiso con Susana.

-¡No Candy! ¡No! – exclamó Terry casi en la desesperación. Se levantó de la cama de inmediato. Ella supo que se había equivocado y se incorporó con él, estaba desconcertada, confundida.

-¿Por qué no?

-Yo no quiero hacerte el amor y que después desaparezcas – protestó. Le era difícil contenerse. ¿En qué pensaba esta mujer? ¿No podía de verdad olvidarse de Susana? ¡Hoy eran solo ellos! - ¡No! ¡No! La primera vez que te haga mía será la primera de millones-. Terry apretó los puños, toda la agitación previa se había desbordado. Era como si le hubiesen derramado un balde de agua fría.

-¿Y eso cuándo será? – lo estaba perdiendo, ella lo sabía.

-No lo sé – confesó con sinceridad –. Pero tengo el presentimiento de que pronto. Tú no eres una mujer de una sola noche, tú eres esa mujer a la que haría mía mil veces en mi casa… en mi habitación… en mi cama –. Terry se mantenía a distancia. Deseaba hacerla suya, pero quería quedarse con ella. Quería que ella permaneciera a su lado. Un manto de tristeza cubrió sus ojos, se esforzaba por no herirla, ella lo deseaba, él estaba seguro, pero los planes de la rubia no encajaban en los suyos.

-¿Cuándo será? – insistió ella.

-No lo sé – repitió, pero estoy seguro de que esta no será la última vez que nos encontremos.

-¡Vamos Terry! ¡Nos separan muchísimos kilómetros! – exclamó con frustración. No entendía por qué él no simplemente le daba lo que deseaba. ¿Acaso él no la deseaba también?

-Candy – él habló con desesperada seriedad – no nos merecemos esto.

Las palabras del actor sacudieron a la enfermera. Más bien, la conmovieron. Ella era más importante para él de lo que últimamente había creído.

-¿Quién no se lo merece? ¡Quédate esta noche conmigo! – ella se acercó a Terry y comenzó a besarlo nuevamente. Él correspondió al beso al inicio, pero se detuvo:

-Ni tú ni yo nos lo merecemos. Yo quiero hacer las cosas bien contigo.

-¡Pero Terry! ¿Eso cuándo será? ¿Cuándo Susana te dejará libre? – reclamó con frustración cediendo todo el peso de aquélla decisión al muchacho; pero esta vez, él no lo tomaría tan fácilmente. De hecho, desechó de inmediato tal responsabilidad.

-¿Qué es lo que pasa contigo Candy? – el chico la tomó de los hombros para sacudirla delicadamente-. ¿Qué ha pasado con la muchacha buena y noble? ¿Por qué de pronto te transformas en esta… Matahari? - ¡Ya lo había dicho! ¡No había vuelta atrás!

Terry se sintió turbado, pero esa era su realidad. Candy no estaba en sus cabales. Algo había sucedido con ella. Él la amaba y podía percibir que esa mujer estaba actuando incongruentemente a su personalidad.

Ella inclinó entonces su rostro avergonzada. Él tenía razón. Ella se estaba comportando en toda forma contraria a sus límites y principios. Aún sentía las manos de Terry sobre sus hombros. Fue incapaz de volver a mirarlo a los ojos. Los colores estaban en su rostro y se esforzó porque las lágrimas no la delataran. Candy no podía ya decir absolutamente nada; había hablado demasiado esa tarde, había hecho y dicho cosas estúpidas esa noche. Ya no podía ir más allá.

Terrence buscó dentro de ella las respuestas, la conocía tan bien. No tuvo que esforzarse demasiado. Dio un rápido viaje a las anécdotas compartidas esa tarde y fue uniendo los cabos. Ella estaba sufriendo, estaba sufriendo mucho. Recordó su propia reacción al sufrimiento. Ambos habían enfrentado su separación de forma distinta, pero finalmente, ambos estaban sufriendo tan intensamente como el otro.

Percibió en ella fragilidad; aquélla fragilidad descubierta en el colegio cuando ante todos parecía ser el pilar mientras que se desmoronaba ante el recuerdo de un novio muerto.

-Lo siento Terry – se atrevió a decir con un hilo de voz – sentí que esta sería la única oportunidad para nosotros – confesó.

-No Candy. Estás vulnerable. Yo no quiero aprovecharme de eso.

-¡Pero yo quiero estar contigo! ¡Y no es porque esté vulnerable! – En cierta forma ella estaba diciendo la verdad. Deseaba estar con él desde siempre. Sentía que ambos se complementaban.

Terrence ya se había colocado su saco nuevamente y se había acercado a la puerta. Tenía que salir de la habitación antes de que su deseo por ella nublara su pensamiento.

-Así no Candy – dijo tristemente sin voltear a verla – así no -.

-Pero yo solo quiero estar contigo – repitió en un murmullo –. Yo… necesito estar contigo – subrayó. Su actitud había cambiado totalmente. Ella estaba ahí, prácticamente en medio de la nada. No había nada certero en su vida, sentía perdido el amor de su vida, su futuro como enfermera en Chicago era incierto y además se empeñaba en dejar de formar parte de los Andrew.

La influencia que Candice tenía en Terrence era indescriptible. Terry se moría por tenerla en sus brazos y las palabras derribaron parte de la muralla que él había construido, no para defensa propia, más bien, para defensa de ella.

-Candy, ten cuidado con lo que dices – se giró y la atrajo con determinación hacia él. En sus ojos brillaba el deseo contenido y la nula oposición de la joven lo dejó presa del deseo de su cuerpo. Acorraló a la joven en la pared, muy cerca de la puerta –. Vas a hacer que olvide que además de ser la mujer que amo, eres mi amiga – le advirtió con su rostro demasiado cerca.

Eso, en lugar de detenerla, le dio nuevos bríos. Precisamente eso era lo que ella deseaba: Que se olvidara de la amiga y pensara en ella como mujer. Increíblemente, aún con su virilidad excitada, Terrence logró separarse de ella.

Ella lo miró casi suplicante, ya no dijo nada, tan solo clavó en él una mirada que él desconocía. La vio transformarse nuevamente, su sensualidad estaba a flor de piel, estaba agitada nuevamente, esperando solo el momento en que él quisiera tomarla. Se acercó peligrosamente a él, pero continuó en silencio, ni siquiera lo tocó tampoco.

Esas esmeraldas estaban llenas de amor puro y apasionado por él. El actor comprendió que ella no era una Matahari en busca de su presa, era la mujer que lo amaba, la mujer que él amaba y estaba frente a él… ahí, simplemente reclamando lo que era suyo. Lo que le pertenecía, lo que no estaba ya dispuesta a ceder a nadie por nada del mundo. ¿No era eso lo que él más deseaba?

-Debes estar consciente de que no voy a volver a dejarte ir. Esta vez las cosas se harán a mi manera – advirtió Terrence con la voz aterciopelada, con un volumen apenas perceptible, sintiendo su cuerpo estremecerse ante un repentino fuego que invadió su cuerpo de tal forma que un súbito calor explotó por cada poro y sabiendo perfectamente que cualquier protocolo de caballerosidad y buenas costumbres habían sido arrojados por la borda por el ardiente deseo que percibía en los ojos de Candice. Ella estaba dispuesta, el aliento de Terrence viajó por la piel sensible de su oído y de su cuello provocando que se estremeciera. Por instinto buscó los brazos aristócratas y se aferró a ellos con sus uñas, acercando provocativamente su cadera hacia él.

No hubo respuesta de los labios femeninos, tan solo la determinación de sus ojos, la respiración agitada, el vaivén de sus senos delicadamente posados en el pecho de Terry… el erótico beso que depositó en los labios masculinos.

Chicas, mi proyecto de minific terminaba aquí. Con la salida de Terry de esa habitación y con el PRESENTIMIENTO de volver a encontrarse pronto. De hecho, incluso este minific iba a formar parte de una idea que tengo "Los capítulos que olvidó Mizuki" y que no deben alterar el final de la historia tal como la conocemos. Pero algo sucedió en el Foro Rosa (solo piensen en cuán apasionadas son las Terrytanas ;D) y con mi linda amiga Annalise Grandchester, a quien le dediqué esta historia… así que esperen el siguiente capítulo para ver cómo termina, OK? Y como el final… "es otra historia" entonces, siendo fiel a la historia real, es aquí donde inserto el siguiente comentario:

Hoy tengo un Agradecimiento exclusivo… ustedes disculpen :D

Al Terrence de mi vida: Gracias por esa cita maravillosa, gracias por protegerme incluso de ti mismo. ¿Sabes? Yo también tengo el presentimiento de que volveremos a encontrarnos.