EYE FOR AN EYE

-Expiación-

Yang no parecía ser ella misma.

Los ojos lilas no la miraban directamente, evitándola, y su voz sonaba monótona, entre dientes.

Ahora confirmaba que esta estaba enojada, Weiss se lo había dicho y por su parte ya creía evidente que la odiarían, que no la perdonarían fácilmente por lo que hizo, por lo que intentó hacer con tal de satisfacer su sed de venganza, de sangre, de muerte.

Sintió una presión desde que se separaron, cuando tomaron caminos separados, y eso no acabó, siguió ahí, la tensión. Había sonrisas, había abrazos, pero lo que tenían, lo que lograron, se desmoronó. Nadie volvió a ver a los otros como antes, no si estuvieron en el lado contrario, donde los valores y la moralidad del equipo contrario se juzgó sin parar.

Escuchó gritos de asombró, gritos incrédulos, cuando decidió cosas por si misma durante ese tiempo, y con cada idea que surgió de ella, algo se rompió. Sus conexiones flaquearon. Sus amigos, su equipo, hasta que se convirtió en una persona ajena, hasta que dejó de ser confiable.

Dejó de ser esa Ruby Rose en la que todos podían confiar.

Ya no era esa niña, nunca más lo sería.

Has cambiado.

Si, por supuesto.

Ruby Rose había muerto en Beacon al momento de ver morir a las personas que quería, y solo fueron los trozos desmoronados de su existencia los que siguieron de pie. Además, aunque siguiese siendo la misma de antes, aunque no se hubiese roto de la forma que se rompió, había crecido, ya no era esa niña, y lamentaba que el resto en su mayoría no hubiese madurado como ella, pero no tenía control sobre eso.

Negó con el rostro, liberándose de los pensamientos que amenazaban con dar vueltas una y otra vez por su cabeza, y se concentró en el bolso pesado a los pies de su camilla, el bolso con sus llamadas pertenencias.

Su ropa no pesaba tanto como Crescent Rose, y tenía claro que esta estaba ahí dentro.

La cuenca de su ojo comenzó a picar de inmediato, y la cruz en su rostro ardió, todo en consecuencia del mero hecho de pensar en su arma firme en sus manos.

Quiso llevar la mano a su rostro, rascar la zona, pero no podía. Había logrado estar esos días, desde la última visita de Weiss, sin problema alguno, sintiéndose ya más tranquila luego de esa conversación, aun así, con la visita de su hermana, sus pensamientos volvían a arremeter. Yang la juzgaba, no como Weiss.

Se concentró en lo seco del vendaje en su rostro, su herida estaba curando mejor, lo suficiente para ya no sentir las fibras en su carne, las cuales parecían incitar aún más el que sus uñas se incrustasen en las heridas frescas.

Ya estaba mejor.

Estaba relativamente curada.

Aunque dudaba dejar de sentir la herida ardiéndole, jamás.

Se levantó de la camilla, ahora sus pies firmes en el suelo, sin tener problema, ya se había acostumbrado a moverse, siendo su rostro lo último que se resistía a curarse. Se acercó al bolso y lo abrió. Encontró ahí su ropa, y la comenzó a sacar, evitando siquiera rozar el metal de su arma. No se sentía lista para sujetarla, para desfundarla, para moverla de un lado a otro, o más bien, no estaba lista para lo que su cuerpo sentiría cuando osara usar el arma de un héroe con sus pecadoras manos.

Yang no le dijo mucho más, solo se quedó mirando por la ventana, esperando a que se cambiase.

Al parecer caminarían por el patio interior, para respirar un poco de aire fresco antes de volver a la realidad. Probablemente tendría que lidiar con más de alguien que quisiera hablar con ella, ya que habían mantenido lo de su situación lo más íntima posible, y lo agradecía.

No quería decir que era una celebridad, pero si se hizo conocida, para bien o para mal.

Y las autoridades querían hablar con ella para que empezara a pagar por la segunda oportunidad que Atlas les había dado, y ahí no podría tomarse un respiro.

Iba a ser egoísta, si, se lo prometió a sí misma, ya luego pagaría por sus pecados, por sus fallos, por su anti heroísmo, y se desviviría por el país que la convirtió en un muñeco más en sus filas.

O tal vez no.

Ya vestida volvió a pararse frente a su querida Crescent Rose. Recordó cuando la forjó, cuando pasó días con su tío, intentando hacerle cuantas mejoras pudiese, para así ser un poco más como él, así poder hacerlo orgulloso a él y a toda su familia, sobre todo, hacer orgullosa a su madre, porque se iba a convertir en una heroína, tal y como esta fue.

Los ojos rojos volvieron a aparecer en su cabeza, luego de días sin presentarse, y ese se suponía que era su color, y ahora se sentía tan ajeno, tan morboso siquiera pensar en su propio color como algo completamente malvado.

No, por el contrario.

Se sentía incluso a la par.

Merecía que el rojo de la sangre fuese su color.

Miró de reojo a su hermana, la cual seguía firme en su posición.

Los ojos de su hermana también simbolizaban peligro, siempre que salían era una furia incontenible, el mismo infierno ardiendo, si, el infierno, el rojo era el color de infierno. ¿Era su hermana una pecadora también? Si, si tenía rojo en ella, debía ser así. Debía de haber maldad. Pero no, nunca sería como ella o Salem. Nadie que escogiese el camino del heroísmo podría caer tan bajo tan pronto.

A Salem le costó toda una vida mortal el romperse, y a ella, solo unos años.

En unos años más, ¿Llegaría a un nivel similar?

Probablemente.

Ya ardería, tenía una larga vida para arder.

Tomó su arma, rápido, evitando sujetarla por más tiempo, y si bien no ardió en sus manos, si fue la cruz en su rostro la que ardió. Pero se había acostumbrado, era el precio que debía pagar, e iba a pagarlo. Dejó el arma sujeta tras su espalda, en el lugar donde la solía llegar, y el peso se sintió normal, más de lo que creyó. Su cuerpo deseaba tener el peso de Crescent Rose.

Quizás había corrompido también a su arma, hecha para el bien.

La había machado de sangre, de impurezas, cada vez que tuvo un mal pensamiento, cada vez que deseó ver a esa mujer sangrar, sujetó a su querida creación con sus manos embarradas de pensamientos repulsivos. Si, por supuesto que la contaminó, ni siquiera entendía como le había costado tanto darse cuenta. Era evidente.

Su arma no iba a arder en sus manos, porque ya estaba acostumbrada a su humanidad rota, a su veneno, a la sangre que ansiaba derramar con ímpetu.

Eran la una para la otra.

La creó para hacer el bien, y ahora que se volvió algo diferente, ahora que perseguía algo tan inmoral como la venganza, su arma estaba ahí para ella, para teñirse de rojo, para acompañarla. Se vio acariciando el lomo de su rifle, disfrutando del frio en sus dedos. No merecía tampoco a esa compañera, pero egoístamente la iba a mantener a su lado.

La necesitaba para seguir adelante.

Para seguir asesinando.

Cuando se dio cuenta, ya estaba caminando por el jardín interior del hospital. Llevaba demasiado tiempo ahí, se sentía eterno. Respiró profundo, sintiendo el rostro adormecido ante el aire fresco y helado de Atlas, pero se sentía bien, permitía que su herida recibiese algo de frescura luego de tanto ardor.

Ojalá sintiese algo más que ardor, pero era codicioso pedir más.

Le faltaba salir un poco, pero si salía, ya debería ser capaz de irse para siempre de ahí, y aun no quería, y Weiss le recomendó no hacerlo hasta ahora, así que le haría caso. Debía ser por algo.

Yang la guiaba por el lugar, sin decirle nada, solo caminando, y la siguió, sin decir nada más. No tenía nada que decirle, ni sabría que decirle. No había palabras para arreglar lo que hizo, nada más que pagarlo ardiendo.

No parecía haber nadie alrededor, solo verde, era como un pequeño pulmón en la gran ciudad.

Yang se detuvo de golpe, y se vio buscándola con la mirada, queriendo preguntarle que le pasaba, pero no quería forzar su ira, no quería que esta se enojase aún más, aunque lo mereciese.

"No puedo creer que hiciste eso."

Su voz sonó de nuevo entre dientes.

"¿Hacer que?"

Preguntó, y era genuino. Había hecho demasiadas cosas el último tiempo, y necesitaba saber con exactitud a que se refería. Habían peleado demasiado desde que llegaron a Atlas, no le extrañaba que hubiese millones de temas que nunca habían sido hablados con la tranquilidad que debían.

"¡Intentar suicidarte! ¡No mencionar nada sobre tu plan! ¡Eso y más cosas, Ruby! ¡Una cosa tras otra!"

Cuando Yang la miró, los ojos de esta estaban rojos, y sintió algo de pánico al recordar los ojos rojos que estaban grabados en su cabeza.

Los ojos del pecado.

Los ojos que la hacían hervir con la mera idea de verlos hundirse.

Corrió la vista, sin ser capaz de soportar unos ojos así de nuevo, corpóreos. No estaba lista, aun no. Necesitaba ganar la determinación necesaria para poder desafiar esos ojos, si, como Weiss lo hizo. Tenía que ser fuerte, llenarse de odio, como la misma Yang, y ahí recién avanzaría. Sería impulsiva, pero debía tener la oportunidad precisa.

Necesitaba una excusa.

Necesitaba una razón para desatar su ira, su venganza.

"¿Por qué lo hiciste?"

Notó como las manos de Yang temblaban a los lados de su cuerpo, incluso aquella mano que no era nada más que una máquina. Podía sentir el calor de su furia desde ahí, pero no quería mirarla, no quería toparse con los ojos de esa mujer, aun no, aun no.

Soltó un suspiro, obligándose a enfocar sus sentidos en algo más.

¿Qué les dijo antes?

¿Cuál fue su razón para ir tras Cinder?

Debía recordarlo, pero solo encontraba la realidad. La realidad que Weiss leyó en ella. La muerte, la venganza, el pecado. ¿Cuál fue la mentira? ¿Cuál fue la excusa? No la recordaba.

"Hice lo correcto, aunque existiese una mínima probabilidad de conseguirlo. Alguien tenía que detenerla."

Si, eso era, algo así.

Suena a lo que un héroe diría, a lo que la pequeña e inocente Ruby Rose pudo haber dicho, la muerta Ruby Rose.

"Pudiste haber muerto."

Si.

Lo sé.

Por supuesto que lo sé.

Al menos así, habría dejado de sentirse hervir, habría dejado de tener esos pensamientos, así al fin habría podido descansar, cerrar los ojos y dormir, para siempre.

"Un riesgo que estaba dispuesta a tomar."

Debió cuidar más su voz, su respuesta, ya que la mano metálica de Yang la sujetó de golpe, firme en su capucha, su capucha teñida de rojo, de sangre, de pecado. La capa de un héroe siendo la de un vengador, de un asesino sediento de sangre.

El puño aun real, de carne, estaba ahí, listo para golpearla.

Se dio cuenta que la situación había escalado demasiado rápido, y debió imaginarlo, si se trataba de Yang.

Debió cuidarse, debió evitar un conflicto, pero ya no podía retener la realidad, ya no podía mantener en secreto lo turbio de sus pensamientos, de sus sentimientos, ya estaba rota, no había forma de que volviese a ser quien era, mucho menos fingirlo, era demasiado difícil, pero iba a tener que intentarlo, iba a tener que seguir adelante para ganarse a más personas, para ganar la determinación que necesitaba, necesitaba tener gente a su alrededor, necesitaba la fuerza y el apoyo para no tener miedo, para poder hacer que Salem pagase.

Una pecadora iba a hacer pagar a otra.

Pero debía mantener su fachada, o los que eran sus amigos la matarían antes de poder llegar cerca del cuello de Salem.

Ya era tarde, ya no alcanzaba a fingir, podía notar como Yang se había perdido a si misma por sus impulsos, se había dejado llevar por la ira. Ese puño iba a llegar a su rostro, estaba claro. Se iba a armar una pelea ahí, y no podía hacer nada para detenerlo.

Pero, curiosamente…

Esperaba ese golpe.

Si, deseaba sentir ese puño en el rostro, tal vez así dejaría de picar tanto, de arder tanto, ese golpe era para expiar sus pecados, al menos un poco. Por supuesto, eso era, era el castigo que necesitaba. Si Yang la golpeaba hasta satisfacerse, entonces ya estaría perdonada por haber fallado, por haber fallado a la familia.

Lo merecía.

Pero Yang no la golpeaba, aun no, el puño temblaba, pero no sucedía nada, no había golpe, no había expiación, y no podía soportar la impaciencia consumiéndola, deseando aquel movimiento como nunca antes había deseado algo.

No, ya entendía.

Yang necesitaba determinación también, por supuesto.

Necesitaba validar su sentimiento, su rabia, darle fuerzas.

Su mente debía detenerla, debía ver a su querida hermana ahí, claro, Yang jamás le haría daño a su pequeña hermana, era evidente. Tenía que decírselo, tenía que demostrarle que esa mujer no era Ruby, que ya no era más su hermana, que esta estaba muerte. Era la única manera de poder sentir el éxtasis de la expiación.

Se sintió sonreír, de pura anticipación.

"Lo volvería a hacer, una y otra vez."

Lo dijo, sabiendo lo que iba a ocasionar al decirlo, pero no le importaba, quería demasiado aquel golpe, quería pagar, quería estar más cerca del perdón, quería poder volver al lado correcto y con aquella ira su camino se enderezaría.

Iba a enderezar su camino, iba a enmendar su camino.

El golpe llego a su lado sin marcar, a su lado sin la marca de su pecado, sin la marca que la convertía en una villana, su lado humano, pero a penas lo sintió.

No, nada, no sintió nada.

¿No había castigo?

Su hermana tenía una fuera increíble, no entendía cómo podía soportarlo. ¿Tan débil era su hermana? O ¿Tan fuerte era ella?

Sea como sea, se vio sonriendo, sabiendo que el puño había vuelto a ponerse en posición, deseoso de seguir golpeando, y por su parte, quería sentirlo, estaba ansiosa. Esperaba que el siguiente no la decepcionase, que sintiese el dolor emerger por su cuerpo, rompiendo sus huesos, su piel, y ahí tener otro castigo. El castigo que le daba Yang por matar a la inocente Ruby Rose.

Era una venganza en sí misma, y aceptaría aquello.

Era una villana, necesitaba más que ese golpe débil, necesitaba más.

Y lo iba a conseguir.