PIRATE JOURNEY
-Prisionera-
…
Se sujetó el rostro, sintiendo el líquido correr por su palma.
Intentó respirar correctamente, pero no lo logró.
Se miró la mano, esta bañada de rojo.
Sabía que no estaba bien, sabía que lo que había sucedido excedía cualquier abuso del pasado, pero tampoco podía vislumbrar la magnitud del dolor, por supuesto que no podía. El pánico seguía a flor de piel, sobre todo sabiendo que ahí aún seguía en peligro, aun podía ser atacada una segunda vez, así que debía salir de ahí, debía correr.
Corrió por los pasillos, sintiendo el golpe de adrenalina en el cuerpo, ayudándola a olvidar el dolor, poco a poco aumentando, y siguió avanzando. No estaba vestida para una situación así, pero no tenía tiempo para pensar en su guardarropa, tenía que salir de ahí.
Pronto.
Bajó las escaleras, corriendo, y pasó por al lado de una sirvienta, de inmediato tomó una servilleta de tela desde dentro de su delantal y lo presionó contra su rostro, contra su ojo izquierdo, sintiéndolo arder, pero al menos sería suficiente para detener el sangrado.
Salió por las puertas dobles, escuchándolas golpear como un estruendo.
Podía oír los gritos de su padre, y ya no sabía si era su imaginación, los latidos intensos de su corazón o simplemente era la realidad, el hombre persiguiéndola para acabar lo que había empezado.
Sabía que esa situación, año tras año, lograría llegar a un punto de no retorno, pero no imaginó que sería ahora. Antes temió, antes se vio vulnerable, indefensa incluso, pero ahora, ahora estaba aterrada. No podía estar ahí, no podía. Tenía asesinos tras su espalda, que no se detendrían hasta rebanar su cuerpo, y conociendo todas las cosas que sus progenitores le dijeron, que grabó en su cabeza día y noche, estaba segura de que ese sería el caso.
No tendría escape alguno si permanecía ahí, así que tenía que salir, alejarse lo más posible.
Si él la atrapaba, iba a terminar el trabajo.
Y quería vivir.
Quería vivir.
Sus pies comenzaron a doler, pero no se detuvo, avanzó por los jardines, avanzó por los caminos, su objetivo fijo en su mente.
Salir de ese maldito lugar.
Huir, quería huir, debía huir.
Soltó un bufido, perdiendo el aire, sintiendo el pecho abrumadoramente apretado, sus pulmones siendo atrapados en la cárcel de sus costillas. Miró al frente, viendo el mar, sintiendo un alivio de verse ahí, el único lugar que la llevaría lejos de ese continente, lejos, realmente lejos, y no deseaba nada más en ese mundo.
Avanzó sin dudar, sin siquiera descansar ante lo dolorido de su cuerpo, de su pecho, de sus pies, de su ojo.
No, no podía detenerse ahora, solo era cosa de tiempo para que los guardias la buscasen, para que los lacayos de la familia la persiguieran por todo el lugar, por cada casa, por cada rincón, y no iba a permitirlo, no podía volver a caer prisionera, ya había pasado años desde que ocurrió, desde que supo que eran sus enemigos, y ya no podía soportarlo más.
Era cosa de tiempo para que la destruyeran, y hoy había sido el comienzo de aquella tortura.
Primero era su ojo, ¿Luego que parte de su cuerpo sería la siguiente?
No, iba a vivir, lejos de ellos.
Debió hacerlo antes, y mientras corría, volvía a arrepentirse de su falta de agallas, pero ahora ya no tenía oportunidad, o huía o moría, nada más. Debió correr antes, cuando sospechó que su familia iba en su contra, que la perseguirían por el dinero de la familia, que querrían su parte, así como quisieron la de su hermana mayor. Era la codicia de esa familia, ni siquiera teniéndolo todo se conformaban, al final, querían más y más, y si ganaban dinero con sus hijos, harían lo que sea, como vender su mano al mejor postor.
Y si se rehusaba, la matarían para tener el dinero que estaba a su nombre.
Y esa cacería comenzó antes de lo previsto.
No quería dejar a su hermano, el único que aún no tocaban, pero ya no podía hacer nada más. Se lo advirtió, que saliese de ahí cuanto pudiese, que aún no era un objetivo, pero cuando acabasen con ella, él sería el siguiente, y esperaba que al ver el rastro de sangre alrededor de la casa, al fin entendiese que su advertencia era real.
Miró al frente, el puerto parecía vivido, incluso en la oscuridad de la noche.
Por cosa de un impulso estuvo a punto de meterse a uno de los barcos, pero no podía hacerlo, no podía confiar en nadie, en nadie que la conociese y pudiese devolverla a su hogar, eso sería como devolverla al matadero. Así que tuvo que improvisar, buscar la zona pesquera, buscar a los hombres que estaban tarde en la noche preparándose para salir a pescar, para aprovechar las horas más tranquilas para iniciar la lenta recolección.
Solo podía confiar en sí misma.
Se acercó al muelle, viendo a un grupo subiéndose a sus botes y otros aun sobre la pasarela, preparándose para la labor.
Varios se dieron vuelta cuando escucharon sus tacones contra la madera, y notó, con su ojo bueno, la cara de sorpresa de varios al verla sangrar, pero no contestó ninguna de las preguntas que estos preguntaron a penas la vieron, nada, no tenía tiempo.
"Necesito un bote, ahora."
Estos se miraron entre ellos, sin saber qué hacer, sin saber que decir. Y lo entendía, era su instrumento de trabajo, lo que sea, pero esto era de vida o muerte y quería que estos actuaran con la misma urgencia que ella actuaba.
Tomó el collar en su cuello y lo jaló, la unión rompiéndose, y quedó con el collar en la mano, con las piedras brillantes notándose con la luz de la luna. Ahí estos se dieron cuenta que iba en serio. Uno de ellos inspeccionó el collar, tomándolo, y apuntó a su bote, este listo para ser embarcado, y no dudó, se subió de un salto, tomó el remo, y comenzó a moverse.
Jamás había hecho algo similar, era la primera vez siquiera que entraba a altamar, al menos desde que era una niña, así que era extraño, algo inexplorado, pero el pánico la obligaba a hacer lo que podía, a moverse lo más rápido que podía, saliendo del muelle, alejándose lo más posible de la costa, donde su familia no podría encontrarla. No confiaba en ninguno de ellos, ni en su padre que la atacó, ni en su madre que se quedó mirando, sin hacer nada, esperando pacientemente a que su marido hiciese el trabajo sucio para ella poder beberse las ganancias, tal y como le gustaba hacer.
Estaban enfermos, no los soportaba.
Ahora que ya no corría, podía sentir sus pies latir dentro de sus zapatos, ardiendo, doloridos, probablemente sangrantes, su corazón también latía abrupto, furioso, y no podía hacer nada para calmarlo. Ahora ya podía respirar, si, ya no se sentía agobiada de tanto correr, pero empezaba a cansarse con más facilidad, la adrenalina acabándose.
Ahora eran sus brazos quienes sufrían.
Derecha, izquierda, derecha, izquierda.
Se amarró correctamente la servilleta húmeda en el rostro para que pudiese evitar el sangrado, ahora que ambas manos las tenía ocupadas, pero, aun así, sentía el líquido avanzar.
Se vio mirando hacia atrás, hacia el continente, viéndolo alejarse más y más, o tal vez era su ojo el que empezaba a ver borroso. Se miró las manos, notando que sí, veía borroso, pero eso no era suficiente para detenerse, aún tenía que estar a salvo, aún tenía que seguir luchando, seguir huyendo. No podía quedarse ahí, aun estando cerca de la mano de su familia.
No podía permitirlo.
Pero se veía todo tan borroso.
Su cuerpo comenzó a adormecerse, agotándose, sus brazos ardiendo, acalambrados, así como sus pies, sus piernas, las cuales empezaban a irradiar calor, mucho calor.
Estaba cansada.
Tan cansada.
Pero ya estaba más lejos de la costa, ya no tenía de que preocuparse.
Si, descansaría un poco, solo un poco.
Y cerró su ojo.
…
El mundo le dio vueltas.
Se sentía mareada, se sentía incomoda.
Nauseabunda.
Había mucho movimiento a su alrededor, y no entendía porque, no entendía porque todo parecía moverse, pero ella permanecía inerte, todo girando, pero ella no giraba con el todo.
Dolía.
Su ojo dolía.
El dolor fue suficiente para concentrarse en eso, para dejar de lado el mareo, dejar de lado la incomodidad y las ganas de vomitar que surgían, pero estas seguían ahí, acechando, y empeoró cuando sintió un aroma a alcohol, un aroma rancio, un aroma salino que no recordaba haber sentido en su vida.
Se hacía más fuerte.
Así como el mareo.
Así como el dolor.
Finalmente, abrió los ojos.
Ojo.
Dio un salto, un golpe de pánico abrumándola, sintiendo, ahora consciente, una presión en su cuerpo, en su pecho, en sus brazos, y se vio moviéndose por inercia, empeorando la situación. Lo primero que vio con su ojo, fueron unas sogas alrededor de su cuerpo, lo otro que se percató, fue de lo húmeda que estaban sus ropas, y lo tercero que vio, fue una mesa justo en frente de ella.
No estaba sola.
¿Dónde estaba?
Sus recuerdos se veían borrosos en su cabeza, como un sueño, pero demasiado nítido para ser irreal, y la prueba de que era real, era el dolor en su rostro, el dolor punzante en su ojo izquierdo. Eso había pasado, pero ¿Y el bote? Había tomado un bote, había avanzado, ¿Por qué no estaba ahí? Y si estaba amarrada, significaba que la habían atrapado.
Su familia la había atrapado.
Levantó el rostro, sintiendo el sudor frio bajar por su rostro, y se sentía así, fría, y por lo húmeda de su ropa, era claro que se había dado un baño con su vestido puesto, un baño en el mar.
"Buenos días, bonita."
La voz ajena resonó, grave, rasposa y claramente ebria.
Frente a ella, al otro lado de la mesa, había una mujer sonriéndole, cabello rojizo, ojos plateados, podía distinguir el oro en cada uno de sus accesorios, incluso en el sombrero sobre su cabeza. Le llamó la atención tanto las cicatrices notorias en su piel como la tinta pintándola, y con esa misma atención se enfocó en su atuendo.
No había sido atrapada por su familia.
La mujer parecía satisfecha al verla despierta, acomodándose en la mesa, poniendo ambos antebrazos en la madera, y ahí notó la ausencia de su mano derecha, un garfio en la zona, brillante, plateado, letal.
No era difícil saber qué clase de persona tenía en frente, conocía los rumores, las historias, sabía bien lo odiadas que era esa gente.
Sabía que tenía mala suerte, la tenía, pero esto era incluso irónico.
Ahora volvía a ser una prisionera.
Una prisionera de alguien más.
"Secuestrarme es demasiado incluso para un pirata."
No pudo controlar la acidez en su voz, su vida se estaba volviendo un verdadero suplicio de un día a otro.
La mujer soltó una risa, su aroma sintiéndose incluso más fuerte. Había una lampara colgando del techo, la vela alumbrando lo suficiente para lograr ver el rostro de la mujer, logró ver sus rasgos con facilidad, las cicatrices notándose aun más. Y era tal y como se imaginaba a ese tipo de personas.
Le desagradó de inmediato.
"¿Qué te hizo darte cuenta de que soy un pirata? ¿El sombrero con la calavera, mi elección de mano o el aroma a ron?"
Todas.
No le respondió, sintiendo la ira hervir dentro de su cuerpo, sintiéndose enfadada de ver a esa mujer reírse y disfrutar de la situación mientras la tenía amarrada como si se tratase de un delincuente, el cual no era ni sería, no caería tan bajo.
No era como esa gente despreciable.
Esta la miró, esperando una respuesta, hasta que finalmente negó, rindiéndose, soltando otra risa en el proceso.
"¿Secuestrarte? Has escuchado muchas historias, chica. Te encontramos flotando entre unas tablas de madera, ¿Acaso no te han enseñado que subirte a un bote siendo una inexperta puede terminar en desastre?"
¿Qué?
Maldita sea.
Tenía sentido, había tomado un pequeño bote y había entrado en aguas profundas, probablemente al dormirse no fue consciente de las aguas intensas, y todo se hizo pedazos. Odiaba darle la razón a un pirata, pero tenía sentido. A penas había salido de su hogar en todos esos años, pero no iba a admitir su inexperiencia, nunca, tenía su dignidad bien en alto.
Así que no dijo nada.
Al menos ahora, con esa información, descartaba por completo que hubiese sido capturada por su familia, pero no sabía cómo sentirse que fuese ahora prisionera de gente así, podía ser incluso peor que los asesinos que la esperaban en casa.
La mujer frente a ella se tiró hacia atrás, apoyando la espalda en el asiento en el que estaba, mientras que, con su mano, esta llena de anillos dorados, tomaba una botella de vidrio que estaba sobre la mesa, dándole un sorbo, el aroma a alcohol sintiéndose cada vez más intenso.
Cuando esta la miró, sonreía ampliamente, divertida, y no encontraba nada divertido de esa situación, absolutamente nada.
"Alguien de mi tripulación trató tu herida, la mala noticia es que tu ojo no pudo salvarse, la buena noticia, es que ahora, con la cicatriz y con el parche que tendrás que usar, lucirás como uno de nosotros."
Si, no encontraba nada divertido en eso.
El ardor era mucho, así como el dolor, la herida aun ahí, ya no sangraba al parecer, ni tampoco podía ver lo más mínimo, así que de nuevo tenía que darle la razón a esa desagradable mujer. Su familia le había destruido el ojo, y por poco fue su vida.
Y verse ahí, también era culpa de ellos.
Su maldición continuaba, había huido, pero ahora estaba con alguien así, quien sonreía al decir una mala broma, sin el menor tacto, jugando con la vida de otros, pero que más podía esperar de un pirata. Si tuviese las manos desatadas, no habría dudado de darle una cachetada a esa mujer y dejarla en su lugar.
No permitiría que alguien le hablase así en cualquier otra situación.
Los ojos plateados la miraron, curiosos, para luego volver a sonreír, sus mejillas rojas por el alcohol.
"No pongas esa cara, pequeño Kraken."
La mujer se volvió a apoyar en la mesa, su garfio moviéndose hasta su sombrero, levantándolo ligeramente.
Le desagradaban los piratas, los delincuentes marinos, le desagradaba esa mujer, y sobre todo le desagradaba que le dijese apodos como si fuesen remotamente unidas, el cual no era el caso. Se estaba propasando demasiado, y estaba perdiendo la paciencia.
"Si no fuese por mi…"
Esta habló, un hipo escapándosele, cortando su frase. ¿Hace cuánto que estaba bebiendo?
"Tu cuerpo estaría hundido bajo el mar, chica."
¿Y ahora qué?
¿Se suponía que debía estar agradecida con esa mujer por rescatarla? De seguro que lo hubiese hecho si esta la hubiese tratado con la hospitalidad que cualquier persona decente le otorgaría. Así que no. Agradecía estar viva, pero nunca le agradecería a alguien así.
Solo apretó los dientes, mirando a la mujer, sintiéndose hervir en rabia.
"No te pedí que me salvaras."
Y no lo hizo.
De hecho, si hubiese podido decidir en ese momento, no hubiese elegido irse con piratas.
Los ojos plateados se pusieron intensos, duros, por un segundo, dejando lo que parecía ser esa constante diversión, esa despreocupación, y se vio de un momento a otro realmente preocupada.
Solo la vio como una ebria más, como muchos a los que veía en fiestas, diciendo estupideces sin poder controlarse, pero ahora, se daba cuenta que se trataba de un pirata, alguien que, en ese instante, tenía todas las facilidades para destruirla.
La mujer apoyó los antebrazos en la mesa, su cuerpo notándose grande en esa posición, intimidante, poderosa. El aroma que veía de la mujer se volvió más fuerte ante la cercanía, el aroma a alcohol, el aroma a rosas, el aroma a sangre.
"Te lo voy a decir una vez, pero soy la capitana de este barco, y si me faltas el respeto, puedo buscar a la familia rica de la que vienes y devolverte donde ellos para que acaben la faena que empezaron con tu rostro, y llevarme un buen dinero por el trabajo, por supuesto, o, en cambio, puedes saltar por la borda y volver al mar de donde te recogí."
La mano ajena se movió, la mano real, de carne y hueso, y esta llegó a su mandíbula, sujetándola con firmeza, obligándola a levantar el rostro, a mirarla de frente, obligándola a dejar el enojo, y si, sabía que debía comportarse, era supervivencia básica, sin embargo, no se dejó amedrentar por su familia, mucho menos se dejaría amedrentar por una mujer así.
Podría perder, pero mantendría su dignidad en alto.
Moriría con la frente en alto.
