Capítulo 5 - Antonio Fernández
Antonio esperaba empezar la mañana con una visita a las sábanas de Francis, pero este se había levantado temprano y parecía ir un par de pasos por delante para bajar a desayunar. Era casi como si el rubio le ignorase después de pasar parte del verano juntos en el sur de España, compartiendo cama, casa y todo lo que tenía.
El chico se había marchado de aquel pueblo costero en el que se habían quedado por tres semanas días antes del inicio de curso, según decía para ponerlo todo a punto. Para el chico de ojos verdes era una forma de que Gilbert no se enterase de nada porque supuestamente podía molestarse. "Claro que sí, podía molestarse porque a su segundo mejor amigo le interesaba especialmente meterse en la cama con ellos dos" pensó con ironía.
La realidad era que Francis se la había jugado, que le apetecía pasar un tiempo juntos y haciendo el tonto para después dejarle solo, y fingir que nada había sucedido. Se sentía traicionado y herido, no quería hablar del tema porque le dolía pensar que ni como amigo realmente valía para Francis Bonnefoy y su perfecto y sedoso pelo rubio.
Por aquello y porque después del desayuno tenía que volver con el grupo de prefectos, se tapó con la manta por encima de la cabeza y se negó a levantarse a la hora. Tenían la mañana dispensada de clases para organizarse entre ellos las guardias del trimestre, y seguramente sería Jane Crocker quien lo organizaría todo. Antonio estaba seguro de que a la chica ya se le habría metido en la cabeza cómo debían investigarlo todo y que no deberían centrarse en nada más que en ello porque traería las hojas con horarios y guardias organizadas de casa. Jane no solo era buena organizando el tiempo, sino que además siempre andaba un par de pasos por delante del resto, la envidiaba.
Asumiendo que nadie iba a molestarle, se quitó la ropa desde debajo de las sábanas y pensó que tal vez podría darse unos minutos de felicidad artificial si fantaseaba un poco con las cosas que había hecho con su amigo en la tumbona azul de la piscina. Lejos de conseguir augmentar la erección matinal como esperaba, al pensar en aquellos momentos solo consiguió deprimirse más.
— Antonio — dijo la voz de Gilbert desde el otro lado de las mantas y sábanas. Estaba fastidiando más aquel intento de autosatisfacción matinal —. ¿Es que no bajarás a desayunar? Porque no pienso guardarte ni las migajas.
El chico se destapó la cabeza únicamente, tratando de sonreír pero sin dejar de parecer muy adormiscado.
— Hay reunión de prefectos — dijo dejando ir un bostezo — Jane Crocker traerá pastel de zanahoria, siempre lo hace cuando tenemos la reunión de principio de curso.
Lo había hecho desde el primer curso en que había sido elegida como tal, y antes ya llevaba tarta el primer día a sus amigos. Esperaba que no hiciera otra cosa y hubiera decidido no traer tarta para su último año en Hogwarts.
Se levantó al rato, se vistió y fue a la reunión de prefectos en el salón comedor. Larga y tediosa, pero con pastel y zumo de naranja. Como bien suponía Antonio los turnos ya estaban asignados, y en vez de ir a las aulas inmediatamente, dedicarían horas del día a investigar en la torre de astronomía para averiguar lo ocurrido con el profesor Vantas.
Subieron pues, a la torre de astronomía. Un largo recorrido en el que Tavros hablaba de que había conocido a una chica que le había dado calabazas en verano. Una belleza muggle con mucho carácter que le había dicho que no se enamoraba uno del físico de la gente, que tenían que conocerles de verdad y a fondo.
"El verano de los corazones rotos para los prefectos de Hogwarts" pensó el moreno mientras escuchaba a su compañero. Jane también contó una historia parecida con un chico mayor que había ido detrás suyo durante algún tiempo y que luego la había dejado porque no la vería más en la escuela, y finalmente Arthur se negó a sumarse a aquella lista de desengaños amorosos, seguramente por orgullo o simplemente porque tampoco era tan enamoradizo como el resto. El resto de prefectos todos parecían tener algo que contar, pero no demasiado interesante para el chico.
Respecto a todo lo que le pasaba por la cabeza Antonio les contó que en el verano en España había estado todo genial, pero una vez acabado el verano los amores también se van con el buen tiempo, y las vacaciones.
Una vez en la torre se suponía que debían investigar, pero ¿el qué? Los profesores ya habrían paseado por allí una y mil veces. La mayoría se centraron en observar las ventanas, Arthur cotilleaba la mesa y los apuntes del Profesor Kankri, y Antonio no sabía ni dónde mirar. Se paseó por la sala mirando al suelo y después le dio por abrir los armarios. Si se hubiera escondido para empujar a alguien torre abajo seguramente sería en uno de aquellos armarios, eran grandes, servían para guardar telescopios, una persona podía caber allí perfectamente.
Sonrió al abrir la puerta del primer armario, el que daba directo a la ventana que investigaba Jane Crocker, allí había algo.
Poco a poco su sonrisa se fue difuminando a una especie de desilusión al ver qué era lo que había encontrado. No creía, ni quería creer que aquello era una pista de nada, así que después de mirar cautelosamente que nadie le veía, lo guardó en el bolsillo de su túnica.
No encontraron nada en aquella inspección, Jane reconoció el lugar por el que debería haber caído y poco más. Era difícil encontrar ninguna prueba, pues la sala estaba patas arriba, y seguramente los profesores ya habrían inspeccionado todo. Por suerte para Antonio, aquello que había encontrado no había sido visto por nadie antes que él.
Volvieron a las clases tan pronto como se cansaron de no encontrar nada. Arthur se quejaba por perderse la primera clase de transfiguraciones con la profesora Roxy. Todos sabían que tenía un pequeño cuelgue con aquella profesora que en realidad algunas veces iba bebida a clase y dejaba la hora para no hacer nada. Antonio se preguntaba si había hablado tan mal de Meulin Lejion el día anterior para evitar sospechas sobre él y la profesora Lalonde. Por eso también habría callado respecto a los romances del verano.
Mientras el chico iba a su clase de estudios muggles, Antonio iba imaginando el tipo de relación que podían tener la profesora Roxy y Arthur, se los imaginaba bebiendo juntos en un viaje cultural en México o en la Patagonia, ambos fingiendo de una manera muy poco precisa no conocer todas las culturas mágicas que se extendían por el sur de América de forma abierta entre muggles y magos, antes de que los españoles fueran a conquistarla. La cultura occidental europea y el cristianismo habían hecho mucho daño a todas aquellas nuevas tierras, y Antonio se imaginaba que no hubiera habido quemas de brujas ni nada por el estilo. Tal vez aquel tipo de vacaciones que imaginaba que tenían su compañero y la profesora Lalonde en su affaire, no eran más que las fantasías de unas vacaciones que a él le entusiasmarían.
Trataba de seguir pensando en aquellas vacaciones, y en la historia de la magia, que era su asignatura favorita, para no pensar en nada de lo que había ocurrido en los últimos días. La profesora de Adivinación repetía lo mismo que todos los años. A Antonio le costaba concentrarse, a él la adivinación le salía realmente fácil, todo para él era pura intuición, ni las estrellas, ni los libros servían, él miraba el fondo de una taza de té y las hojas le hablaban, las cartas del tarot bailaban en su cabeza con melodías que le decían qué iba a ocurrir, y sin embargo no era capaz de poder ver si sus amigos le traicionaban o quién había sido el que había intentado matar al profesor de astronomía. Le resultaba irónico, brutalmente divertido, pero de saber la verdad sobre lo ocurrido la noche anterior tampoco sabría qué hacer con ello. Culpar a alguien nunca era la solución a nada, hacían falta pruebas reales, no solo indicios y premoniciones.
Después de aquella clase fue a la sala común a dejar las hojas de rutas de prefectos y coger el material que necesitaría para el resto de clases de la mañana. Su sorpresa fue encontrarse con medio Gryffindor allí, porque las clases de astronomía habían sido canceladas para algunos alumnos de tercero, historia de la magia se había adelantado para los de cuarto y Gilbert y Francis se saltaban las primeras horas del año por estar vacías de contenido según ellos.
— ¿Es que no habéis ido a cuidado de criaturas mágicas? — preguntó casi molesto por verlos holgazaneando.
— Ya sabes que las primeras horas del año nunca hacemos nada — se excusó Gilbert encogiéndose de hombros —. Estaba diciéndole a Francis que podríamos investigar lo que ha pasado con el profesor Vantas, sería divertido para ser nuestro último año.
— ¿De verdad?
— Sí, lo ha propuesto, pero sabes yo pensaba que deberíamos hacer algo más divertido como llenar de espuma los desagües o mover los cuadros de sitio — Dijo el rubio aburrido del tema del profesor de astronomía —. Siempre hacemos cosas divertidas, investigar un intento de asesinato suena de lo más serio y aburrido.
— Piensa en los puntos, la gloria y los cuadros de nosotros si lo solucionásemos, mentecato — difirió Gilbert —. haríamos historia en Hogwarts.
Antonio frunció el ceño, él era prefecto. Con sus compañeros de cargo ya investigaba aquel asesinato, y como prefecto no podía dedicarse a hacer bromas.
— Gil ¿Es que no has visto lo popular que soy? — dijo el francés levantándose del sofá rojo en el que se encontraba —. Yo ya he hecho historia en este colegio. Es más...
El moreno frunció más aún el ceño. Aquello no le gustaba nada.
— Bueno, podemos dejar esta charla para otro momento, ahora deberíamos ir a clase de pociones — dijo Antonio cortando a Francis en su monologo sobre lo que fuera que iba a contar —. ¿Te importa Gil dejarnos un momento hablar a solas? Hay algo que quiero comentar con Francis solo.
El albino se quedó un tanto mortificado con aquella idea. A solas, ¿Qué tendría que decirle que él no pudiera escuchar? Al principio pensó en decirle aquello mismo, negarse, pero se percató de la mirada de su amigo, casi siempre alegre sin importar qué pasara, y se hizo a un lado.
— Iré a por el caldero nuevo que no os he enseñado aún — dijo fingiendo que se marchaba con mucha habilidad. Desde las escaleras que subían a la habitación de los chicos de su curso, trataba de escuchar la conversación de sus dos mejores amigos.
Antonio sacó aquello que había encontrado en el armario de la clase. Una foto de él, con Francis.
— Podrías ir con un poco de más cuidado si no quieres que todo el mundo lo sepa — dijo con cierto retintín en su voz —. ¿Qué tengo que pensar ahora que tú fuiste quien empujó al profesor Kankri por la ventana?
Francis se quedó helado mirando la fotografía, no podía imaginarse por qué su amigo se la enseñaba y le decía aquello.
— Estaba en el aula de astronomía — añadió Antonio tratando de no alzar la voz molesto.
— Estaba contigo y con Gilbert — se excusó el rubio —. No fui yo, no sé cómo ha llegado esa fotografía ahí.
— Me da igual cómo haya sido — dijo el de los ojos verdes molesto —. No pongas excusas, hay muchas formas de estar en más de un sitio a la vez, y tienes muchos secretos, demasiados parece ser.
El rubio guardó la imagen que le había dado en el bolsillo y alargó su brazo a la cadera de Antonio.
— Nunca haría nada para molestarte de este modo, mon cheri.
Francis se acercó a besarle superficialmente en los labios, Antonio se sonrojó y se apartó un poco, rechazándole. No quería más mon cheris, que lo solucionasen todo, estaba más enfadado de lo que creía.
— Yo también tengo que ir a por mi caldero nuevo — anunció. Acto seguido caminó hacia escalera en la que pudo encontrar a Gilbert parado.
— Es que he pensado que podíamos subir juntos y...
Antonio no dijo nada, pero creía que era obvio que había estado escuchando.
— Vamos — dijo tratando se sacar su mejor sonrisa y fingiendo que no sabía que Gilbert había estado curioseando.
Ambos subieron las escaleras hasta la habitación. Mientras que Antonio encontró su caldero enseguida, su amigo rebuscaba entre sus cosas en busca de aquella pieza que le parecía tan importante.
— A lo mejor te lo olvidaste en casa — dijo el prefecto concentrándose por no sollozar respecto a lo que acababa de ocurrir con Francis —. Podemos usar el mío o pedir uno a alguien de otra casa.
Gilbert negó con la cabeza, tenía que estar en algún lugar.
— Solo es un caldero, y hoy seguramente ni lo usemos — trató de decir de nuevo el chico. Esta vez sin poder evitar que se notase como se le quebraba la voz.
El albino se sentó al lado de Antonio, sin haber encontrado el caldero, y algo preocupado por su amigo.
— ¿Es Francis culpable de lo que ocurrió anoche? — preguntó sin más y viendo como Antonio se desmoronaba por completo ante su pregunta —. Porque podemos buscar alguna manera de exculparlo o de hacer que parezca un accidente, si lo que te preocupa es que lo expulsen.
El chico de ojos verdes negaba con la cabeza incapaz de decir nada.
— No lo sé. Creo que no sé nada sobre Francis a estas alturas.
