Después de mil años por fin me he dignado a actualizar este fic. Bueno, primero cabe aclarar que en este principio es algo como que aburrido pero ya después se pone interesante, lo juro. Y también aclaro que la época en la que se encuentra situada la historia es en el siglo XX, principios, por si hay alguna incoherencia o algo parecido.
10 años después. South Park, Colorado.
Aspiró con placer el aroma que expedía el vaho de la pequeña taza de porcelana. Se le había hecho una mera costumbre el beber té a cierta hora de la tarde, le tranquilizaba, era relajante, y para qué negarlo, el lugar donde siempre lo tomaba era bastante acogedor. Una sutil sonrisa se formó en sus labios una vez procedió a tomar el haza de la tacita, la acercó a sus labios y dio un pequeño sorbo, el líquido tibio se deslizó por su garganta con suavidad, dejando la tacita vacía. Cerró suavemente los ojos y suspiró. Parecía ser un buen día para relajarse de todo el trabajo.
Dejó la taza en el plato a juego y con los dedos tamborileó sobre la madera de la mesa observando a su alrededor. Se encontraba en la esquina de una avenida por lo cual se podían observar algunos vehículos pasar, al igual que las personas del otro lado del cristal caminando por la acera. Bien siendo médico era bastante ajetreado, aquel día estaba muy calmado para ser verdad. South Park en ese momento era uno de los lugares más pacíficos en los que se haya encontrado. Sonrió ampliamente admirando los pequeños destellos que mostraba la porcelana.
—Uh-Uhm, doctor Marsh —una femenina voz le llamó rompiendo su momento de paz. Alzó la vista encontrándose con una jovencita, quien impacientemente le miraba, seguramente debía ser la hija del dueño del local; enfundada en un vestido de alta costura, temblaba ligeramente a causa del nerviosismo, logró deducir. Le examinó de pies a cabeza, era bella sí, pero no era más que una chiquilla.
— ¿Sí, se te ofrece algo, linda? —con algo de galantería se dirigió a la chica de cabellos castaños. La joven comenzó a temblar aún más. Stanley alzó una ceja, los niños eran tremendamente fáciles de leer.
—Al-Alguien le busca —dijo tartamuda la muchacha y apuntó sin dejar de temblar hacia la puerta del local. Miró hacia donde apuntaba encontrándose con un colega, quien examinaba el lugar en su búsqueda, no hizo más que suspirar al saber que su tranquilo día había terminado.
—Gracias por avisarme linda, me retiro —se levantó de su lugar sonriéndole y caminó lentamente hasta llegar donde el hombre que le buscaba, ganándose en el trayecto unas cuantas miradas de curiosidad. Se complació al sentirse notado, era algo que podría presumir, era bastante apuesto, modesto de su parte, pero lo era y se aseguraba cada día para que siguiera siendo así. De complexión media, cabello azabache suave a la vista, tez blanca, cejas no muy abundantes, ojos azules asemejándose al zafiro, tan brillantes como un diamante, y nariz respingada, podría definirse como el médico más atractivo de South Park, pero eso ya sería una completa exageración.
—Ah, doctor, es necesaria su presencia en el hospital —le dijo el hombre algo agitado, parecía haber estado corriendo por un largo tiempo.
— ¿Qué pasa? ¿Qué se les salió de las manos? Son profesionales, deben saber reaccionar, por favor —renegó frunciendo el entrecejo, mostrándose hostil. El hombre que llevaba buscándole por más de una hora no pudo hace más que reír y negar sobre su actitud, sabía que era su día libre y el médico se mostraría bastante negativo con respecto a abandonar el descanso.
—Perdone que tenga que llevarle repentinamente, sé que tenía su descanso, pero podría decirse que es urgente —estaba a punto de continuar cuando Stanley decidió salir del lugar sin escuchar nada más de lo que tenía que decir el hombre, quien le siguió apresuradamente.
—Cuando llegue al hospital ya sabré por qué tanto alboroto. Ahora —susurró deteniéndose repentinamente —Hablemos de esas formalidades, ya te había dicho que no eran necesarias, Donovan — miró inquisitivamente al hombre. El castaño sólo le dio una sonrisa de disculpa. —Tenemos casi la misma edad y aun así te diriges a mí como si fuera un anciano—se abrazó a si mismo fingiendo sentirse ofendido. Donovan rió.
—No seas ridículo, sabes que únicamente te trato de señor cuando son cosas profesionales. Ya, vamos, a Bebe le dará un ataque si no llego pronto contigo —las palabras salían de sus labios tan rápido que Stanley logró entenderle con algo de esfuerzo inconsciente.
—Sí, como sea, todos tendrán su reprimenda por no saber hacer las cosas —refunfuñó entrando al vehículo del castaño. Donovan sonrió, al menos no había huido como se esperaba que lo hiciera.
Clyde Donovan era su compañero desde hace más de 4 años, le ayudó con cualquier traba que encontrase en el camino para poder desarrollarse. Era alguien bastante simpático y muy libre a su punto de vista. Tenía el cabello de color marrón achocolatado, sus ojos eran del mismo color de su cabello solamente que un tono más claro, su tez era perlada, acaramelada, no era muy alto, ni tampoco muy delgado, pero para las chicas tenía su atractivo.
El recorrido hacia el hospital principal, en donde era el jefe 'absoluto', era largo, en aquel día nublado había decidido alejarse lo más posible del hospital. En esos momentos se arrepentía tanto de su decisión.
Ser médico era complicado, ajetreado, fue simplemente suerte por la que pudo tener un día libre, y ni siquiera llegó a ser un día completo. Bufó contrariado en su asiento.
— ¿Dices que Stevens no pudo hacerse cargo? —hizo memoria, y recordó casualmente el nombre de la rubia que le ayudaba en el hospital.
— ¿Eh? Algo así, un paciente se puso necio, y no podía controlarlo así que me pidió que te buscara.
—Uhm, ya veo, esa mocosa, diciendo que tenía todo bajo control en el hospital —soltó aire por las fosas nasales arrugando la nariz un poco. —Eso me pasa por confiar en ella —Bebe Stevens era la segunda a cargo, pero todavía se le dificultaba trabajar bajo presión y con pacientes testarudos.
Miró por la ventana encontrándose con la vista hacia el hospital central, se mordió los labios con ansiedad, ya quería terminar con todo aquello.
Una vez el castaño encontró un buen lugar, bajó del vehículo con elegancia y caminó de la misma forma hasta las puertas del inmenso lugar. Abrió las puertas como sólo él lo hacía, ambas, de par en par, llamando la atención con su presencia. Endureció la mirada al notar barullo al fondo de uno de los pasillos, caminó con paso firme hacia ellos, logró distinguir de entre todas las voces la voz chillona de la rubia, así como otra que la contradecía. Se detuvo a unos cuantos metros antes de acercarse por completo, se apretó el puente de la nariz unas dos veces para después aclararse la garganta.
— ¿Por qué el alboroto en mi hospital, señores? —alzó la voz llamando la atención del pequeño grupo que se armó. Le abrieron paso hasta el centro de todo. Nada más ni nada menos que la rubia voluptuosa y una anciana, quien era una paciente internada ahí desde hacía tiempo. Apretó los dientes y caminó entre los internos hasta llegar donde la rubia. —Señorita, ¿qué pasa aquí? — fríamente le llamó.
—Yo, ella… yo—vaciló la muchacha.
—Doctor, ella simplemente no me puede tratar. Me niego a acatar sus órdenes—gruñó la anciana. Llevó su mirada a la vieja canosa suavizándola.
—Señora Smith ¿Por qué lo dice? —cuestionó prediciendo la respuesta.
—Ella no está lo suficientemente preparada, se lo digo para que reconsidere si debería estar en ese puesto o no.
— ¿Cuál es exactamente el problema con la chica sin experiencia? —susurró cerca de la anciana dejándola embelesada.
—Que no quiero que me atienda una chiquilla porque obviamente su carencia de experiencia terminará con mi delicada vida —exageró la anciana.
— ¡Oiga! Sí tengo experiencia —repentinamente, la rubia que se había mantenido callada hasta ahora, decidió responder a los insultos de la vieja, pero la mirada severa de Stanley la detuvo.
—Mil disculpas por la inconveniente, señora Smith, enseguida le atenderá alguien con un nivel de experiencia más alto. Donovan, por favor encamina a la señora a su habitación y atiende cualquier dolencia que presente — dio las ordenes al castaño que de inmediato las acató guiando a la anciana a una de las puertas.
Una vez observó a la anciana desaparecer por una de las puertas, ordenó silenciosamente a que el grupo formado se deshiciera y que siguieran con sus labores. Se mantuvo de espaldas a la rubia que respondía al nombre de Bebe, respiró profundamente dos veces para después voltearse a la joven.
—Stevens, ¿podrías por favor evitarte este tipo de problemas? Ya es la tercera vez que peleas con la señora Smith.
—No es mi culpa que su memoria empeore cada vez más, ella ya debería estar en otro hospital siendo atendida por otro personal.
—Todavía no tengo la autorización para mandar a algún paciente a otro hospital. Por favor, paciencia Stevens, ya sabes cómo es ella, y aun así sigues cometiendo los errores de principiante.
— ¿Eh? Pero ella ya ha estado aquí por mucho tiempo. Además, yo sólo trataba de atenderla como se debe pero comenzó con sus rabietas de anciana.
—Aun así no es mi zona, y el especialista se niega a hacer un movimiento más. Y no sólo trate, sea diligente, Stevens.
La rubia bajo la mirada por la reprimenda, y se cruzó de brazos molesta.
—En ese caso, no debería acercarme a esa mujer.
—Eso sería lo más prudente. — Stanley giró sobre sus talones dándole nuevamente la espalda a Bebe. —Si eso era todo, entonces me debo ir ya. Asunto arreglado. —Antes de poder dar un paso el llamado de la joven le detuvo. — ¿Qué ocurre?
—Na-Nada, pero… ¿ya debe irse? ¿Y si ocurre algo de verdad grave? —Stanley sonrió de lado. Giró un poco la cabeza para observar a la rubia.
—Lamentablemente, no me incumbe, hoy tú estás a cargo. Debes ser capaz de manejar algo completamente diferente a lo que acaba de ocurrir, ¿o no? Ya sabes, sí tienes la experiencia.
—Pero—
—Listo, ya no se discute más. Con su permiso, debo ir a casa con mi esposa, he estado fuera todo el día, seguramente está muy preocupada. —se detuvo cuando una idea agredió su mente de forma repentina. — Además…
— ¿Sí?
—Si quieres salir de esta ciudad es mejor que sepas hacerte cargo de la mejor manera. Cualquier problema, intenta resolverlo por tus medios. Me voy. —lentamente, comenzó a emprender camino.
—Qué tenga un buen día.
—Antes de este innecesario llamado, lo tenía —cerró la conversación alejándose en dirección a la salida del pulcro lugar. Salió con la misma elegancia con la que entró. Suspiró sonoramente y decidió emprender el camino hacia su mansión. Dobló en la esquina dirigiendo sus pasos hacia los condominios que se encontraban a dos cuadras del hospital.
Aquel día decidió pasar el tiempo recorriendo la ciudad con sus pies, sin ayuda de algún vehículo. A excepción del ferrocarril, que era esencial si se quería alejar del tortuoso lugar en el que trabajaba.
Apresurando ligeramente el paso llegó hasta las colosales puertas de la residencia. Sacudió sus ropas y entró tranquilamente haciendo chillar la madera. Sus pasos resonaron haciendo eco en el largo pasillo con grandes ventanales.
—Querida, he llegado —el tono que utilizó fue neutral pues con el eco que emitía la voz no era necesario subirlo mucho. Detuvo su andar y escuchó atentamente la respuesta de su esposa. La delicada voz de la mujer resonó amortiguada detrás de una de las puertas, siguió su voz hasta llegar al salón principal. Abrió una de las puertas con suavidad y examinó el lugar.
La mujer se encontraba sentada en uno de los grandes sofás que decoraban la habitación. Al escuchar el crujir de la puerta llevó su mirada hacia el hombre detrás de ella, sonrió cálidamente y procedió a levantarse de su lugar.
—Bienvenido, Stanley, preparé algo de té —dijo señalando la pequeña mesita con la vajilla y algunos bocadillos. El mencionado observó la mesa con cierto desdén.
—Gracias, un poco de té no me haría mal —aunque ya había bebido té, no podría negarle ese acto tan dulce y despreocupado a su mujer, así que tomó su respectiva taza para después tomar asiento en su propia silla forrada con terciopelo rojo.
— ¿Tuviste un día atareado? Te noto cansado.
—Algo, sólo un poco —dio dos pequeños sorbos al dulzón té disfrutando del sabor que quedaba en sus papilas gustativas. —Hubieron algunos problemas, pero se solucionaron rápido.
—Me alegro —la mujer le miraba con una sonrisa llena de completo amor. Ella le adoraba, le trataba como un ser superior, tenía su corazón sólo para él, Wendy Testaburger jamás sería capaz de engañarlo, y eso, de una extraña manera, le molestaba.
La pelinegra volvió a su lugar anterior y se dedicó a observar a través del ventanal hacia el jardín. Stanley, por su parte, decidió observarla a ella, era prácticamente perfecta, tan hermosa como una rosa, su piel de porcelana asimilando a su suavidad, su largo cabello azabache y liso, sus ojos tan expresivos. Por tenerla a ella tenía la envidia de algunos hombres, pero qué va, poco le importaban las cosas como el amor. Para qué engañarse, jamás sintió verdadero amor por esa mujer, y nunca lo sentiría, era un simple cariño, quizá combinado con algo de lástima. Ella yacía dolida, destrozada, viuda y él solamente tomó el momento indicado para ganarse su corazón. No estaba en ese puesto por amor, el dinero estaba rigiéndole poco a poco, pero con ella ahí, dedicándole todo su amor, no era capaz de aprovecharlo al máximo.
Su mirada se ensombreció y se levantó del asiento dejando la porcelana con suavidad sobre la mesita. El movimiento fue mínimo pero algo brusco pues provocó que el recipiente con azúcar se ladeara haciendo un desastre. Maldijo entre dientes y se alejó rápidamente, sobresaltando a la pelinegra.
Wendy se levantó preocupada mirando el camino seguido por Stanley.
—Stanley, te has estado comportando muy extraño —dijo temerosa de que algo malo le haya ocurrido a su amado.
Al llegar a su alcoba, Stanley recargó todo su peso sobre la puerta teniendo espasmos agresivos, deslizándose hasta quedar sentado en el piso alfombrado. Se llevó las manos al cabello alborotándolo, respiró agitadamente, comenzaba a alterarse. Sintió sus manos húmedas por el sudor, apretó los ojos contando mentalmente para tranquilizarse sin mucho éxito. Hacía tiempo que no se sentía tan ansioso, ni se hiperventilaba tan violentamente. Jadeó alzando la cabeza y abriendo los ojos. Hizo las manos puños. Comenzaba a tranquilizarse. Se levantó tambaleándose pero sin despegar la espalda de la madera, jadeó nuevamente dos veces hasta que por fin logró tranquilizarse. El pensar lo sumisa que era su mujer provocó una revolución en su interior, no era la primera vez que eso le pasaba, pero sí era la primera en la que una idea descabellada cruzó por su mente sobrepasando los límites de lo imaginable.
Ella, ella… simplemente…
"Debía desaparecer"
Uy, suspenso (?)
bueno, así queda este primer capítulo, espero y no les haya aburrido mucho
Kami fuera ~
