Bien, y aquí hay otro capítulo... Mis conocimientos en medicina son algo escasos puesto que aún no tomo la carrera, así que cualquier medicamento utilizado no es más que pura creación mía combinada con algunas cosas que llegué a saber. No les entretengo más, disfruten
Ella, ella… simplemente…
—Debe desaparecer —había susurrado mecánicamente, con su voz bajando tres tonos, de forma rasposa, fría, seca.
Una sonrisa torcida y algo desfigurada se formó en su rostro. Era tiempo de prever. Cualquier movimiento que hiciera a partir de ese momento debía ser fríamente calculado, cero sospechas, mantenerse tranquilo aun estando bajo la mira, no provocar disturbios, no ser evidente. Comenzó a reír con una histeria palpable, los espasmos le envolvieron nuevamente pero esta vez ya no era ansiedad. Oh, alegría inmensa que repentinamente inundó cada punto de su ser, cada partícula de su organismo revoloteaba extasiada. Terminó su momento de histeria contenida con un largo suspiro, volviendo a la normalidad. Vaya día había escogido para que todo se revelara frente a sus ojos. Con una última sonrisa de satisfacción salió tranquilamente de la alcoba, totalmente relajado.
Se dirigió con un lento caminar al comedor que ya esperaba con la cena servida por los empleados de la mansión. Entró a la habitación con un aura de superioridad rodeándole, se sentía completamente renovado. Dedicó una pequeña sonrisa a la pelinegra ya ubicada en su sitio esperándole para comenzar la cena. La mujer devolvió la sonrisa iniciando con su ración de comida. Stanley se sentó y acomodó los cubiertos, tomando uno para después comenzar a ingerir los alimentos.
La cena fue amena, algo que no se esperaba. La bella mujer parecía querer entablar una conversación de larga duración, más Stanley sólo se mantuvo sencillo contestando con monosílabos y una que otra frase corta. Miró con sus ojos zafiro lo alegre que estaba la mujer, le complacía, era tan inocente que jamás sospecharía de nada. Cuando el reloj marcó las nueve de la noche, se levantó de la mesa con algo de apuro, se excusó con que tendría que levantarse temprano al día siguiente por cuestión de la cantidad de trabajo que había en el hospital, y se dirigió de la misma forma a la alcoba.
Llegando a la alcoba trazó un pequeño mapa mental que le serviría para hacer todo de forma cuidadosa. Primero que nada, debía hacer que pareciera algo muy natural y para ello necesitaría algunos elementos que le podrían servir de mucho. También sabía quién podría conseguir aquello. Analizando el plan de manera meticulosa se dispuso a acomodarse en la esponjosa cama para dormir sin esperar a su mujer.
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—Vaya, pero qué novedad —dijo con burla el hombre detrás del mostrador de madera al ver a Stanley entrar por la puerta con su tan característica bata blanca, impecable como siempre y con las iniciales S.R.M. bordadas del lado izquierdo. El pelinegro torció la boca con disgusto por las palabras del farmacéutico. — ¿Qué trae al tan distinguido médico de urgencias a mi humilde farmacia? —Stanley rodó los ojos por la exageración en las palabras de aquel.
—Gracias por tan dichosa bienvenida —sonrió de mala gana, ganándose una amplia sonrisa por parte del hombre que, contrario a su actitud, ese día parloteaba tanto. —Tucker, necesito algo —murmuró una vez estando cerca del mostrador. Traía las manos dentro de los bolsillos de la bata, sacó una mano con una pequeña nota doblada entre sus dedos, la deslizó por la madera hasta que llegara al brazo del hombre, quien respondía al nombre de Craig Tucker (un hombre de cabellera oscura, ojos grisáceos y una característica afición por utilizar su dedo medio para insultar), que observó con curiosidad el pedazo de papel. Alzó una ceja observando al médico que le miraba con una seriedad aniquilante. Entrecerró los ojos y tomó el papel con desconfianza. Stanley alzó los hombros restándole importancia, diciendo prácticamente que no había nada para temer.
Tucker desdobló suavemente el papel para después proceder a leer lo escrito ahí. Frunció el entrecejo y alzó la vista hacia Stanley.
— ¿Para qué necesitas esto? ¿Severos problemas para dormir? –Marsh ni se inmutó por las preguntas.
—Sólo lo necesito, no te incumbe para qué lo utilice.
— ¿En serio lo necesitas tanto?
—Sí, y basta de preguntas, Tucker —dijo comenzando a molestarse por la insistencia del hombre.
—Es simple curiosidad inocente —alzó ambas manos y dio media vuelta para buscar los medicamentos que se indicaban en el papel. Volvió con un total de cuatro pequeños frascos repletos de tabletas. En los ojos de Stanley se vislumbraron pequeños destellos de satisfacción y malicia. Con una media sonrisa tomó los frascos para colocar dos en un bolsillo y dos en otro.
— ¿Estamos planeando algo interesante? —rio Tucker. Una delicada risa escapó de los labios de Stanley.
—Como dije, no es algo de tu incumbencia —sonrió abiertamente al hombre de cabellera oscura y giró sobre sus talones rumbo a la puerta. —En unos días vendré a pagarte.
—No es tan necesario, está bien así.
— ¿Seguro? —ladeó la cabeza en dirección a Craig. El pelinegro le veía con un deje sumiso, muy poco común en él. Tucker asintió a la pregunta lentamente, lo que provocó que Stanley riera con ganas. Regresó su vista hacia la puerta y caminó pausadamente hasta llegar a la puerta. La abrió unos cuantos milímetros y justo antes de salir giró hacia el hombre. —Craig, —le llamó esperando tener su atención. —la curiosidad mató al gato, recuerda —una sarcástica sonrisa apareció y salió del lugar con un aura amigable, parecía ser un buen día.
Caminó admirando a las personas con una pulcra sonrisa, una sonrisa limpia, clara, sin dobles intenciones. Estaba feliz, inclusive podría decirse que demasiado para ser verdad.
Con pasos cortos llegó a la parte trasera del hospital. Entró silenciosamente por la puerta, esperaba que nadie hubiera notado su ausencia. Cruzó por los pasillos notando que nadie parecía recibirle, entonces todo había estado bien, nadie notó su ausencia.
—Doctor Marsh, al fin lo encuentro —bueno, casi nadie. Suspiró con cansancio y se giró, hacia la voz que le llamaba, con pereza.
— ¿Qué sucede Stevens?
— ¿Dónde diablos se metió? Lo he estado buscando desde hace una hora —se quejó la muchacha cruzándose de brazos haciendo que su busto resaltara por la ropa blancuzca. Stanley chasqueó la lengua mirándola con aburrimiento.
—No exageres Stevens, no me fui tanto tiempo. Estoy seguro que solamente pasaron al menos quince minutos, la farmacia no está tan lejos de aquí como para tardar tanto tiempo —llevó su mirada al reloj de muñeca que portaba, asegurándose de que la cantidad dicha por la rubia no era más que una exageración sin sentido.
—Estoy segura que sí fue una hora —levantó la vista de su reloj y bufó ante la persistencia de la muchacha.
— ¿Dejarás de quejarte o me dirás qué es lo que ocurre para que estés prácticamente como histérica buscándome? —murmuró el médico con un deje de molestia.
—El… traumatólogo lo estaba buscando —titubeó la rubia. Stanley entrecerró los ojos.
—No mientas Stevens. Si es algo cuya responsabilidad es únicamente tuya, lo siento pero no puedo hacerme cargo por el momento —giró sobre sus talones hacia un pasillo dándole la espalda.
—N-No es mentira —balbuceó casi elevando la voz.
—Entonces puedes decirle al traumatólogo que me busque en el laboratorio, estaré ahí —gruñó de la misma manera comenzado a emprender camino hacia la puerta del laboratorio. Era necesario comenzar a elaborar todo aquello que había planeado.
Escuchó con satisfacción el bufido derrotado de la rubia seguido de sus pasos alejándose y perdiéndose en la infinidad del pasillo.
Como supuso, ningún traumatólogo o médico de diferente área hizo acto de presencia en el laboratorio lo cual facilitó cualquier acción que llevó a cabo con las sustancias. Salió del lugar con un pequeño frasco de color opaco que no dejaba ver el contenido. Lo metió en uno de los bolsillos de su pantalón y se dirigió a su propio lugar privado donde atendía a las personas.
Pasando por los pasillos se tomó la molestia de atender a algunos pacientes que estaban ahí desde tempranas horas sin ser atendidas por ningún médico o enfermera(o). La mayoría había resultado ser un grupo de jóvenes de quince, o catorce, años. En ese tiempo que pasó, la prioridad estaba en las personas de avanzada edad o en los recién nacidos.
Terminó su jornada laboral con una satisfacción poco palpable en sus rasgos faciales, pero en su interior era una persona diferente, una muy alegre por un motivo bastante tenebroso.
Llegó a su "amado hogar" con una reluciente sonrisa. Era la hora perfecta para tomar el té.
—Querida, he llegado —susurró suavemente entrando a la estancia mirando a su mujer estando de pie junto al ventanal, admirando el jardín de vivos colores. Wendy se giró para regarle una tierna y brillante sonrisa, siendo correspondida por Stanley.
—Bienvenido, Stanley —le dijo sin borrar su sonrisa. El médico se acercó a la mujer pasando a estrecharla entre sus brazos, sorprendiéndola. Oh, dulce esencia de inocencia que la envolvía.
—Deberíamos tomar un poco de té —le sonrió después de romper contacto. Wendy asintió ruborizada, esa había sido una de las pocas veces en que Stanley le mostraba afecto y no le había desagradado del todo.
Observó a su esposo sentarse en el sofá doble, algo también muy poco común, debió haber sido un día bastante relajado como para que estuviera haciendo todo aquello. Sonrió ampliamente y se digirió rápidamente a la cocina para prepararle algo de té.
Cuando regresó con la bandeja, Stanley seguía en su sitio recibiéndole con una sonrisa que la dejó embelesada. Colocó la bandeja en la pequeña mesita y sirvió el té en ambas tazas. Sintió al hombre levantarse y llevó su mirada púrpura a él.
— ¿Stanley? —preguntó en cuanto vio al hombre tomar un bocadillo. Él le miró de reojo y sonrió nuevamente. — ¿Te encuentras bien?
— ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé, tus… tus acciones son algo contrariadas a lo usual.
—Oh, esto es porque fue realmente un buen día —dijo despreocupadamente mientras comía el bocadillo.
—Entonces, me alegro mucho por ello —dijo sin prestar atención a que su amado esposo, habilidosamente agregó un polvillo a su taza de té, que tomó sin preámbulos y sorbió del contenido tranquilamente.
—Tu alegría resulta ser la mía —sentenció el hombre tomando su propia taza de té para girarse y caminar hacia el sofá con una media sonrisa torcida en su perfecto rostro. Se sentó el mueble y disfrutó del gesto formado por su esposa. — ¿Qué sucede, querida?
—Nada, sólo… que el té sabe diferente —dijo saboreando el líquido. Stanley tuvo que utilizar todas sus fuerzas para no reír. Todo estaba yendo muy bien, demasiado perfecto para ser verdad.
—Quizá sólo faltó que le agregaras más azúcar, ¿no te parece?
—Creo que sí —y la mujer confió, como siempre lo hacía, sin saber que aquello que ingirió iba a provocar estragos en su organismo.
Y a partir de aquí ya irán apareciendo gradualmente más personajes que son importantes en el desarrollo.
Kami fuera ~
