Dos semanas después, específicamente, Stanley yacía acomodándose el cabello frente al espejo de cuerpo completo cuando el insistente timbre del teléfono le interrumpió la tarea. Bufó y dejó lo que estaba haciendo para acercarse a la mesita donde se encontraba el aparato negro. Levantó la bocina y murmuró un "¿Diga?" escueto esperando la respuesta de la otra línea.
"Ah, ¿doctor Stanley Marsh?" una delicada pero varonil voz preguntó por él.
"Él mismo, ¿quién es y qué desea?" contestó sin ánimos de alargar la conversación, pero con una curiosidad aniquiladora.
"Soy el abogado Leopold Stotch. Encargado del testamento de su difunta esposa, Wendy Testaburger. Dejó en claro varios de sus últimos deseos, que le incluyen a usted en la mayoría de los puntos a tomar en cuenta. Necesito que se presente en las oficinas públicas donde podremos atender estos aspectos de manera directa."
El silencio embargó al médico, se perdió en sus pensamientos algunos segundos antes de pensar en alguna respuesta que no detonara ningún rastro de emoción.
"Claro, ¿cuándo será posible que vaya?"
"¿Podría ser esta misma tarde, o se encuentra ocupado?"
"No, no, no, iré esta tarde. Puntual a las cinco." Giró la cabeza para mirar el reloj que marcaba las cuatro de la tarde.
"Perfecto, le esperaré a las cinco. No falte, es un tema importante a tratar. Qué tenga un buen día." Y cortó. El médico no cabía en su sorpresa, eso significaba una sola cosa. La herencia. Rio por lo bajo mientras colocaba la bocina en su lugar. Se contoneó de un lugar para otro acercándose nuevamente al espejo, e hizo gestos para alistarse aún más. Debía verse más que presentable una vez que llegara a las oficinas. No iba a salir a ningún lado en específico pero ahora sería paciente y esperaría hasta que dieran las cinco.
En la comodidad de su alcoba esperó hasta que tenía marcado veinte minutos para las cinco, así que decidió que era hora de emprender viaje a las oficinas públicas.
Llevó el vehículo por sí mismo, no quería que nadie le interrumpiera en tan importante tratado que estaba a punto de confirmar. Las oficinas yacían demasiado lejos de su hogar, casi al otro lado de la ciudad. El camino fue tedioso, se encontraba tremendamente ansioso, como nunca antes se había sentido. Una vez logró vislumbrar el edificio que correspondía a las oficinas, no hizo más que sentirse eufórico, como un pequeño niño al que le habían comprado el juguete que más le gustaba.
Entró al lugar con su elocuencia y elegancia tan características, ganándose las miradas curiosas de las mujeres que ahí se encontraban. Les sonrió débilmente y se dirigió al escritorio donde una muchacha limaba sus uñas desinteresadamente. Se aclaró la garganta un poco para llamar su atención. La chica alzó la vista con fastidio y casi salta de la silla al ver a semejante hermosura de pie junto a su escritorio, cambió repentinamente su actitud e inclusive se acomodó derecha en su asiento.
— ¿S-Sí? ¿Q-Qué se le ofrece? —sonrió bobamente esperando la respuesta del apuesto hombre.
—Estoy buscando al abogado Leopold Stotch —murmuró de forma rasposa y buscó con la mirada algo que indicara la ubicación del mencionado.
—Oh, s-sí, se encuentra cruzando el pasillo, a l-la izquierda —apuntó temblorosa la chica hacia el pasillo. Musitó un leve "Gracias" emprendiendo camino hacia la puerta que, decía la joven, era donde se encontraba el hombre.
El nombre del abogado yacía marcado en el cuadro de cristal de la puerta. Tocó varias veces, recibiendo la respuesta amortiguada detrás de la puerta. Giró la perilla suavemente y asomó la cabeza por el hueco formado. Un muchacho rubio enfundado en un elegante traje azul marino, de más o menos 22 años, acomodaba papeles regados por todo el escritorio. Alzó una ceja confundido.
— ¿Leopold Stotch? —dijo abriendo la puerta pero sin pasar completamente a la habitación.
—Él mismo —el joven rubio empleó el mismo tono que había usado el médico durante la llamada. Alzó la muñeca dejando ver su reloj de pulso. —Cinco en punto. Vaya, no me esperaba menos del doctor Marsh —sonrió divertido el muchacho mirando al hombre que todavía se encontraba en el umbral de la puerta. —No se cohíba, entre, vamos, tome asiento. Enseguida arreglaré este desorden —después de hacerle un gesto con las manos al hombre para que entrara, volvió la mirada cristalina hacia los papeles regados por la madera. Stanley titubeó unos instantes antes de entrar a la habitación y cerrar la puerta lentamente.
—Quisiera saber los puntos a tratar inmediatamente —no se tomó la molestia de sentarse en las sillas que ahí se encontraban, estaba desesperado.
Stotch notó la ansiedad en la voz del médico y rio ligeramente.
—No desespere. Tenemos tiempo —alzó la mirada hacia el hombre de cabellera oscura y sonrió. —Insisto en que tome asiento —apuntó a una de las sillas, siendo escuchado de mala gana por parte del azabache. Stanley tomó asiento rápidamente, la adrenalina que corría por sus venas lo hacía querer todo de la manera más veloz posible. Observó al muchacho con detenimiento.
Cogió como pudo todos los papeles para arrojarlos a una caja que se encontraba en el piso, sin cuidado alguno. Sacudió sus palmas bajo la atenta mirada zafiro del médico y él mismo tomó asiento en su acolchonada silla. Abrió algunos archiveros de su escritorio hasta que encontró los papeles que le interesarían al médico. Colocó la carpeta en el escritorio y la abrió sin dejar de ser observado por Stanley.
—Bien, comenzaré con la lectura y todo aquello que llegue a pertenecerle, doctor Marsh —con una última sonrisa cambió su semblante a uno serio comenzando con la lectura del documento.
Salió de las oficinas con un completo goce. Todo resultó de maravilla. Portaba la carpeta en una de sus manos mientras se dirigía a su vehículo. Esa mujer de verdad que le había adorado como a su propia vida, la difunta azabache le dejó gran parte de su herencia, yendo sólo una diminuta parte a su madre, quien no lo necesitaba. La mansión le pertenecía y todo dentro de ella también, cada objeto valioso era parte de su posesión especial. Tanto dinero y no sabía qué tantas cosas podría hacer con él. Por el momento se mantendría a la raya, internaría el dinero en su cuenta bancaria para evitar cualquier acontecimiento desastroso. Cuando llegó a la mansión estaba más que fresco, estaba verdaderamente feliz, era una felicidad pura, y bastante plena.
Inclusive pidió a los empleados una simple cena, un poco de café y que todo fuera a su alcoba donde estaría recostado por largo tiempo admirando la vista que tenía desde su ventana. La ciudad jamás se vio tan hermosa como aquella noche. Todo parecía ir, significativamente, a su favor.
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Al día siguiente se presentó en el hospital siendo "consolado" y recibiendo unos grandes pésame por parte de sus compañeros de trabajo, pues al único que sí había visto semanas atrás fue a Clyde. Les agradeció a todos simbólicamente pues no se encontraba en estado de depresión.
Stevens, la rubia que le ayudaba en ocasiones, se comportó algo extraño (más de usual) y se volvió increíblemente mucho más molesta que antes; reanudando en sus pensamientos, la rubia jamás llegó a darle el pésame por la pérdida de su esposa, lo que lo alertó. Aunque Bebe podría definirse como lo más inútil en el hospital, era buena planeando cosas y siendo sigilosa (en el plano de lo social), por lo que debía agudizar cada sentido cuando llegaba a tener contacto con ella.
Se sorprendió de encontrar ahí a la Señora Testaburger, buscando por su atención. La cual no pudo negarse a dar. Una vez terminada la consulta acompañó a la mujer hasta la puerta del hospital.
—Le dije que se cuidara. No está en posición de dejarse llevar por sus emociones —le dio una reprimenda como todo médico lo haría.
—Lo siento querido, es que es algo muy difícil de digerir — la voz de la mujer yacía rasposa, y respiraba erráticamente.
—Deje cualquier adicción que esté teniendo en estos momentos. Manténgase fuerte —apoyó una mano suavemente sobre el frágil hombro de la mujer. —Por Wendy —sentenció esperando que aquello llamara su atención, y así fue. La señora Testaburger tosió asintiendo débilmente.
—Lo prometo —dictó encorvándose. Stanley suspiró, sabía que sería difícil hacer que la mujer entrara en razón pero no perdía nada con intentarlo.
—Su demacrada apariencia es una muestra clara que debe cuidarse, en serio —curveó las cejas sin dejar de mirar el rostro lleno, repentinamente, de arrugas que le hacían parecer mucho más vieja de lo que era.
—Sí querido —bajó a paso lento por las escaleras hasta llegar al vehículo donde el mozo le esperaba. Stanley endureció la mirada y entró nuevamente al hospital.
—En ese estado no falta mucho para que acompañe a su hija —reconoció la voz de Donovan a sus espaldas. Suspiró girándose hacia el castaño.
—Lo sé, pero está muy empedernida en querer morir, pero no lo hace de manera rápida, si no que parece buscar la madera más dolorosa para deteriorarse. Es triste —alzó los hombros restándole importancia.
— ¿Podrás soportar otra pérdida? —indagó el castaño curioso por la actitud desinteresada del azabache.
— ¿A qué viene eso? Es normal encontrarse con la muerte en este oficio, ¿no lo crees? —sonrió suavemente ante la mirada incrédula del castaño. —Tal vez llegue a debilitarme, pero no creo que caiga en la depresión. Donovan, no soy tan débil como para hacer algo tan tonto —finalizó con un pequeño guiño. Llevó su atención hacia el área de urgencias, se pasaría por ahí unos momentos, sería de gran ayuda.
Dio unos pequeños pasos antes de escuchar la carcajada que lanzó el castaño. Él rio también pero moderadamente.
—Has cambiado mucho, Stanley —gritó burlón el moreno.
—Es por el bien del oficio —le contestó sin más el médico, negando suavemente emprendiendo camino hacia el área de urgencias en donde estaban abarrotados de pacientes inquietos y molestos.
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—"Tragedia en South Park. Fallece la única heredera de los Testaburger, su madre se encuentra devastada, y se duda de su estabilidad mental." —leyó en voz alta el titular del artículo procediendo a leer el resumen que ahí se mostraba. —Hey, esto es interesante. La única persona que estaba con ella era su esposo, el reconocido médico Stanley Randall Marsh. ¿No es algo sospechoso? Deberíamos investigar algo de esto ¿no? —levantó la mirada hacia el escritorio contrario donde un chico de cabellos rebeldes escribía completamente concentrado.
—No quisiera meterme en eso por ahora, gracias —dijo suavemente continuando con su escritura.
—Bah, eres un aguafiestas. —observó al muchacho nervioso que pasaba frente a su escritorio cargando una pila de papeleo— Oye, ¿tú qué me dices Tweek, deberíamos investigar? —el nombrado se sobresaltó y tembló ligeramente provocando que algunas hojas cayeran.
—N-No creo que sea bu-buena opción, Eric. Hay que e-esperar a q-que el jefe mencione algo sobre ese hecho —dijo entrecortado mientras recogía las hojas que habían caído.
—PFFF, tú también eres un aguafiestas. ¿Por qué tuve que tener compañeros tan aburridos?
—No somos tus compañeros, regordete —murmuró el muchacho de cabellos rebeldes que seguía deslizando el bolígrafo sobre el papel. Eric le mandó una mirada de cólera.
—Cierra la boca, Kenneth.
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Terminó lo más pronto posible su ronda en el área de urgencias, no es que le molestara, bueno, sí le molestaba y mucho, pero no podía quedarse ahí todo el tiempo. Usó como excusa un malestar así que fue a su, por así decirlo, consultorio con zancadas apresuradas.
Abrió la puerta y notó algo extraño en el lugar, aunque parecía estar en orden, algo no cuadraba del todo. Avanzó hasta el estante de utensilios médicos quedando con la espalda hacia el escritorio.
— ¿Disculpe, por qué irrumpe en propiedad ajena? —habló alto, escuchando el eco retumbando en las paredes. Una pequeña risa embargó la habitación. Se giró observando a una persona de pie dándole la espalda y observando los títulos suyos en la pared.
—Perdone, pero tenía la curiosidad de conocerle—escuchó la voz grave proveniente del hombre, vestido completamente de negro, quien tomó asiento en su silla junto al escritorio. El inquilino le miró recargado en el escritorio y una sonrisa ladina adornaba su rostro. Stanley frunció el ceño, jamás había visto a aquel hombre de cabellos oscuros y extraña mirada rojiza. — ¿Qué hará con toda la herencia? Yo podría ayudarle a invertirlo de buena manera —tamborileó con sus dedos sobre el escritorio ganándose una mirada de reproche por parte del médico.
— ¿Perdón?
—No es necesario que se haga el desentendido. Me pareció una maniobra poco prevista, impresionante, doctor Marsh —le miró con la burla palpada en su mirar, le parecía completamente gracioso ver al médico fuera de su elemento.
— ¿Qué? —el médico alzó una de sus cejas totalmente confundido.
El hombre se levantó de la silla lentamente sin dejar de sonreír. Estiró su mano en dirección a Stanley.
—Mi nombre es Damien Thorn, y es un placer para mí el poder trabajar con usted. Con mi administración será capaz de utilizar el dinero de una manera inimaginable, y algo más, su secreto está a salvo conmigo —finalizó ampliando su sonrisa incomodando al médico.
"¿Qué?"
Sé que fue una aparición muy fugaz de Ken', pero con esa pequeña información creo que pueden darse una idea de lo que es... o tal vez no(?). Y bueno, apareció Damien, quien va a formar parte importante en la vida de Stanley
Bien, me retiro
Kami fuera ~
