¿Cómo había terminado en esa situación? ¿Cómo es que ahora se encontraba siendo guiado por un completo desconocido en la calle, o colonia de los inversionistas, en busca de un economista? No lo sabía, pero indudablemente se había dejado sonsacar por ese hombre tan extraño. Pero lo más raro y amorfo de todo era que cómo demonios había descubierto algo que estaba seguro había procurado ocultar y librarse de sospechas.

Observaba la mano extendida del hombre, estaba completamente paralizado, se había quedado repentinamente sin habla y sentía la garganta seca. En un momento de lucidez parpadeó volviendo a la realidad. Pasó saliva con dificultad y procedió a aclararse la garganta.

En serio, no sé de qué me está hablando, por favor, retírese de mi consultorio habló con firmeza fingiendo demencia sobre lo que aquél había dicho con anterioridad. El hombre, quien respondía al nombre de Damien, rio quedamente bajando la mano. Se apoyó en el escritorio e inclinó su cuerpo hacia la dirección de Stanley sonriéndole divertido con un toque de malicia en su mirar.

Le dije que no era necesario que se hiciera el desentendido o fingiera demencia, doctor Marsh, sé que usted colocó algo en la bebida de su mujer lo que provocó que irrefutablemente muriera como si fuera algo normal que se avecinaba el médico sintió que dejaba de respirar y palidecía. ¿Cómo…?

Insisto en que es un placer poder trabajar con usted nuevamente estiró la mano en dirección al estático cuerpo del médico, su zafiro mirar detonaba sorpresa. Soltó una ligera risa. Tómelo como, uh, una pequeña recompensa, para mí claro, usted me deja ayudarle y yo no menciono absolutamente nada. Le conviene si sabe a lo que me refiero, más bien, nos beneficia a ambos ¿no le parece? murmuró con la mano extendida en el aire.

Stanley, que nuevamente se encontraba muy lejos, pareció reaccionar y parpadeó volviendo en sí. Frunció el ceño observando la mano del contrario y terminó por estrecharla lo más tenuemente posible alejándose rápidamente. Sinceramente, sí le convenía hacer lo que sea que quisiera el azabache. Aún era demasiado pronto para terminar con su maravillosa vida.

Perfecto susurró el hombre con una sonrisa pasando junto al médico dirigiéndose a la puerta del consultorio. ¿Qué esperas, Stanley? Te llevaré a un buen lugar donde sabrás lo que podríamos lograr el mencionado cayó en la cuenta de que, de un momento a otro el desconocido ya había comenzado a tutearle. Ese tal Damien Thorn tomaba demasiada confianza muy rápidamente. Giró observando al hombre en la puerta. Frunció los labios, contrariado, y avanzó hacia su dirección.

Iré contigo, pero primero deja que avise que me iré la socarrona sonrisa del pelinegro sólo hizo incrementar la molestia. El desconocido asintió y el médico fue con una de las enfermeras de urgencias para avisarle sobre su salida y que si necesitaban ayuda le dijeran a Donovan.

Suspiró con fastidio y algo de exasperación, era un estúpido que se dejaba manipular. Entrecerró los ojos observando al hombre que caminaba frente suyo, era ligeramente más alto que él, frunció el entrecejo. En su vida se habría dejado manipular por un desconocido, pero aunque no quisiera admitirlo le dejaba con algo de intriga, de dónde había salido y a donde sea que él le guiaba cada vez le quedaba más confuso de qué se trataba todo eso.

—Hemos llegado —pasaron al menos veinte minutos desde que comenzaron a caminar por la colonia buscando una oficina en específico. Stanley alzó la mirada, era una de esas oficinas privadas y modestas que lucían como un lugar pobretón más pero ahí era en donde se encontraban los mejores economistas de la ciudad. Thorn entró por la pequeña puerta del local y el médico le siguió de cerca. Pasaron por un largo pasillo con tablones de madera y un tapiz de colores grisáceos, hasta llegar a una pequeñísima salita, o algo parecido, donde una recepcionista escribía en una máquina. El calor en el lugar era sofocante y sólo una diminuta ventana yacía abierta a la distancia. Stanley arrugó la nariz y se repitió una y otra vez en cómo había terminado en esa situación.

—Pero si es mi hermosa Patty Nelson —el hombre con mirada rojiza alzó la voz despabilando a Stanley y tomando por sorpresa a la pelinegra que escribía mecánicamente. La mujer alzó la mirada con el ceño fruncido.

— ¿Qué diablos quieres Thorn?

—Uh, qué fría, Patty querida —observó a la mujer rodar los ojos fastidiada. — ¿Dónde está Broflovski? —la azabache alzó la ceja con sospecha.

—No te atenderá, eso lo sabes, no quiere tratar contigo. Pero está donde siempre, doblando a la derecha —le restó importancia y continuó escribiendo en donde se había quedado.

—Tal vez conmigo no, pero traje a alguien que quizá le interese para hacer algún negocio importante —comenzó a caminar en dirección a la oficina antes nombrada por la mujer. Nelson alzó la mirada para observar al supuesto acompañante del molesto hombre y lo que vio le dejó embelesada. Era nada más y nada menos que el médico Stanley Randall Marsh. La mujer no cabía en su sorpresa, el hombre era incluso mucho más apuesto en persona. Boqueó cual pez varias veces hasta que reaccionó a levantarse bruscamente de su silla mirando incrédula al hombre, quien le miraba extrañado por su repentina acción tratando de descifrar los gestos que hacía.

—Yo… yo s— murmuró queda la mujer bajo la atenta mirada del médico pero el hombre con mirar carmesí no le dejó continuar.

—Ni lo pienses preciosa, viene conmigo y —sujetó la muñeca izquierda del hombre alzándola bruscamente provocando incomodidad en el médico. Ese contacto físico no era necesario. —Acaba de perder a su esposa, es demasiado precipitado —apuntó a la sortija en el dedo anular del médico, quien olvidó quitarse el aro metálico que le unía anteriormente a la difunta. Con una sonrisa, Damien haló suavemente de la muñeca del hombre guiándole al interior del profundo pasillo hasta llegar a otra pequeña oficina que yacía con la puerta entre abierta. Al llegar al lugar, Stanley movió la muñeca de manera tal que torció el brazo del azabache. Le miró molesto y Damien le soltó rápidamente sonriéndole de manera forzada mientras procedía a internarse en la oficina.

—Broflovski —El azabache canturreó el nombre de quien estaba dentro. El médico se dio el lujo de quedarse en el umbral de la puerta y miró a los dos hombres dentro de la habitación, ambos le daban la espalda. Suspiró y se masajeó el puente de la nariz.

— ¿Qué necesitas ahora, Damien? Creí que había quedado claro que cualquier negocio contigo terminaría en un rotundo no. No estoy dispuesto a perder casi todo de nuevo —un hombre pelirrojo parecía maldecir al de carmesí mirar mientras acomodaba papeles. Le recordó tanto cuando fue a ver a Stotch, sólo que esta vez lo único desordenado eran unos pequeños libros sobre el escritorio, todo lo demás yacía en perfecto estado e inclusive mucho más pulcro que la recepción.

—Vengo a proponerte algo a lo que no podrás negarte.

—Sí, claro.

—Es en serio —se giró hacia la puerta observando al médico que continuaba con su expresión de irritación y rio. — ¿Qué estás haciendo? Pasa, Broflovski es de confiar —le dedicó una media sonrisa y a Stanley no le quedó de otra que acatar su orden entrecerrando los ojos desconfiado mientras entraba completamente al lugar con lentitud. —Broflovski, conoce a tu nuevo cliente, no cabrás en la sorpresa.

El pelirrojo rodó los ojos, el azabache ya había traído a una docena de "socios" y cada uno de ellos huyó dejándole sin absolutamente nada. No creía que esta vez fuera diferente. Se giró con pesadez y observó al "nuevo socio". Justo como había pasado con la mujer de la recepción, sucedió con el economista, quien incluso dejó caer varias hojas que portaba. Embelesado por el despampanante médico no notó la mirada de burla que Thorn le dedicaba, tal vez todo resultaría mucho mejor de lo que planeó.

—Oye, oye, oye, quita esa boba mirada Broflovski, venimos para hacer negocios —mencionó con burla mientras se acercaba al médico y miraba el rostro del economista enrojecer casi al mismo tono que su cabello. Era consciente de las tendencias que tenía el hombre pero no pensó que Stanley podría dejarlo tan embobado. Miró de reojo al azabache y no veía nada de otro mundo, era apuesto sí, pero no para exagerar. Escuchó al economista toser incómodo y sonrió más.

—Mil disculpas, soy Kyle Broflovski ¿en qué le puedo ayudar? —murmuró estirando su temblorosa mano. El médico miró con desdén la palidez del hombre y estrechó su mano rápidamente como había hecho con Damien.

—No hay problema, soy Stanley Marsh y fui arrastrado hasta aquí por él —con la mirada apuntó al sonriente azabache que se encontraba a su lado. Los dos hombres posaron sus miradas en el de mirar carmesí.

—Es un negocio en el que no se decepcionaran ninguno de los dos —dijo alzando la barbilla orgulloso. Stanley alzó una ceja y Kyle arrugó la nariz. No parecía que fuese un buen trato si era por parte de ese hombre.

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Sintió la nariz picarle, el típico escozor previo a un estornudo. Se llevó la mano a la nariz tallándola evitando soltar un sonoro estornudo. El polvo comenzaba a afectarle las vías respiratorias, y no estaba en condiciones para caer enfermo, o salir de ahí con un problema respiratorio pues procuró cuidarse bien todo este tiempo.

Nuevamente no sabía cómo terminó por aceptar ese trato completamente incoherente por parte del hombre que apenas hacía algunas horas acababa de conocer.

— ¿Puedes repetirme de nuevo, qué es lo que estamos haciendo aquí? —dijo el médico con fastidio mirando de igual forma al Thorn.

—Es que todavía no lo entiendes ¿qué es lo que pasa con el doctor Marsh? —murmuró con burla el otro. Stanley chasqueó la lengua. —Te dije, esto es un método muy bueno para conseguir mucho dinero.

¿Para qué quería más? Se encontraba completamente rebosante y lleno de vida así, si repentinamente comenzaba a ganar más dinero de la nada parecería algo demasiado sospechoso y por el momento no quería ser investigado por nadie, pero si no cooperaba, su instinto le decía que sería delatado sin piedad. Negó unas cuantas veces ante la incoherencia de las palabras de, por así decirle, su nuevo socio.

Se encontraban en un edificio abandonado, parecía ser una fábrica antigua, de dos plantas, con polvo, telarañas y alimañas por todos lados. El edificio abarcaba toda la cuadra y estaba en el centro de la ciudad, en uno de los lugares más concurrentes de todos. Con su oficio como médico era su deber ser lo más limpio posible, y aquella construcción violaba cada una de sus reglas personales acerca de la higiene.

— ¿Quieres que compre este vejestorio? —murmuró con una expresión de asco en su rostro.

—Por supuesto, y después será remodelado para hacerlo un hermoso hotel. A South Park le falta uno lujoso —alzó los brazos como si admirara la construcción más maravillosa que jamás haya visto. Stanley arrugó el entrecejo.

—Esperas, acaso, ¿que gaste parte de mi dinero en esto para cumplir con tu extraño y repentino capricho? —le masculló mientras se giraba hacia la salida comenzando a caminar, aquello ya estaba llegando a ser muy descabellado.

—No sólo es un capricho doctor Marsh. A usted le beneficiara, ya sabe, con todo aquello de las muertes —llamó la atención del médico al mencionar lo último con un tono bastante sombrío. Sonrió de medio lado al notar cómo el nombrado detenía su paso.

— ¿Qué? —medio giró hacia aquél hombre, de repente volvía a tratarle de usted. Qué hombre más raro. Pero eso no fue lo que llamó la atención, si no que fue el hecho de que mencionara la muerte de por medio.

—Ya me escuchó, usted disfruta de la muerte ¿no es así? Adora poder decir a los familiares de sus pacientes, que éstos han fallecido ¿no? —sonrió un poco más al observar la mirada de desconcierto en el médico.

Stanley rodó los ojos, a ese punto ya sería completamente inútil desmentir lo que saliera por la boca de ese, pues parecía conocerlo bien, y eso le incomodaba.

— ¿A qué quieres llegar? —Damien rio con satisfacción al escuchar la respuesta del médico.

—Mire, en seis meses será la feria mundial, vendrá gente de todos los lugares, y para conseguir un buen hotel aquí es difícil, así que con éste magnífico hotel de primera querrán quedarse aquí todos los extranjeros, y no sólo ellos, sino también la alta clase de la ciudad. No será un despilfarro de dinero. Y, además, el edificio estará repleto de "sorpresas", por eso mismo yo me encargaré de buscar a los trabajadores necesarios para llevar a cabo este proyecto, en un total de tres meses verá la magnificencia alzarse. Doctor, disfrutará más de esto que yo, estoy seguro de eso —se acercó con rapidez al médico mientras hablaba. Pasó su brazo por los hombros del joven, quien hizo un gesto de repulsión mirando su brazo.

— ¿Y para qué sirve el economista que me hiciste contratar? —murmuró quitándose despacio el brazo del hombre.

— ¿No es obvio? Él nos ayudará con las cuentas y la inversión del dinero. Yo soy más como… un contratista, sí, eso mismo —no muy seguro con su respuesta Stanley se giró nuevamente siendo seguido por el de mirar carmesí.

Salieron del lugar y bajaron las escaleras tranquilamente para después acercarse a un hombre de mediana edad que les había llevado al edificio, pues él era el dueño legítimo. Stanley se sacudió las ropas y las manos con una expresión de asco, tosió repetidas veces por las partículas de polvo que se desprendían de sus ropas y volaban en el aire.

— ¿Y bien? ¿Qué les pareció? —dijo ansioso el hombre.

—El lugar en que se ubica es perfectamente estratégico. Nos parece perfecto —Damien se apresuró a contestar con total emoción. Stanley le miraba en silencio con su característica expresión seria y desinteresada.

Cerraron el trato con un apretón de manos y una palmada en la espalda. Para Damien, esa era una muy buena inversión mientras que para Stanley no era más que una gran pérdida de dinero, aunque el otro ya le hubiese explicado que no sería así.

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Al día siguiente, Stanley fue al hospital con la esperanza de no encontrarse con el azabache que no tenía nada que ver con él pero ya le había provocado hacer un montón de estupideces que en su sano juicio no sería capaz de hacer, ni siquiera de pensar.

Se colocó la bata blanca con pesadez, algo le decía que sería un largo día y no estaba seguro el porqué. Salió en camino hacia el área de urgencias, donde siempre estaban sus pacientes más recurrentes. Antes de siquiera acercarse a su destino la voz del moreno a la distancia le llamó.

— ¡Stanley! —el nombrado giró la cabeza en su dirección, y observó a Donovan acercarse rápidamente trotando.

— ¿Sí, se te ofrece algo? —le dijo con un poco de curiosidad.

— ¿Qué si se me ofrece algo? Ayer me dejaste solo en las garras de esas enfermeras, son las peores personas que puede haber —comenzó a decir el moreno con una expresión llena de desesperación. Se abrazó a sí mismo y Stanley entrecerró los ojos, por un momento creyó que lo que sea que le diría el castaño sería de completa importancia.

—No entiendo la justificación de tu agitación —negó mientras le veía con decepción y algo de irritación. Llevó la mirada en dirección al área de urgencias que estaba a unos diez pasos de su ubicación actual, ignorando la crisis del castaño.

—Stanley, no seas cruel. Ayer esos monstruos me obligaron a hacer todas sus labores como enfermeras, se suponía que estaba al mando y ellas me lo quitaron rápidamente —se acercó al médico y se atrevió a sacudirle ligeramente por los hombros. Sabía de antemano que el azabache detestaba el contacto, pero decidió aventurarse pues tenía la confianza del hombre para hacerlo.

—Clyde, es porque no eres firme y te dejas llevar por un par de tetas —murmuró cansado dejándose sacudir por el otro. Últimamente, cada protocolo que se había instruido estaba siendo violado y destruido.

— ¡Hey, eso no es cierto! —sacudió un poco más fuerte al médico y se enmendó de su error solo algunos segundos después de darse cuenta, ya que el azabache le tomó por los brazos separándole bruscamente. Sintió un escalofrío recorrerle de pies a cabeza cuando notó la mirada penetrante zafiro del médico.

—No tengo por qué seguir escuchando tus quejas, eres un debilucho —soltó los brazos del castaño y se dio media vuelta dándole la espalda.

—No me ataques así, Stanley —estiró los brazos en dirección al médico en "busca de ayuda" por parte de éste.

—Bien, no te atacaré si me dices quien fue la mente maestra de esto —giró un poco la cabeza mirando al castaño, quien bajó los brazos y la mirada, apenado.

—… Bebe —murmuró como quien no quiere la cosa. Stanley entrecerró los ojos y frunció el entrecejo.

— ¿Lo ves? Eres un hombre débil, Clyde —se giró por completo empezando a caminar.

—Arggh, Stanley, la carne es débil —el castaño alzó los brazos al aire.

—La tuya mucho más —dijo sin voltear a verlo acercándose cada vez más al área de urgencias.

—Yah, no es así —refunfuño el castaño al punto del llanto.

—Lo es, un día de estos te volveré a dejar a cargo y espero que no te dejes mandar por esas mujeres.

—Pero, pero… todas son muy atractivas.

—Ahí está de nuevo la muestra de tu debilidad —se detuvo y giró hacia Donovan mirándole con aburrimiento.

— ¡Stanley! —el castaño alzó la voz notablemente alterado.

—No grites, no estamos en un lugar público como para que hagas eso. Ya, ve a quejarte a otro lado, iré a urgencias, parecen necesitarme —hizo un gesto con la mano diciéndole que se fuera, irritado.

Dejó al hombre envuelto en su propia crisis y caminó con tranquilidad a su objetivo. Llegando a la sala de urgencias ignoró a las molestas señoras que estaban ahí solamente para que las atendiera cuando no tenían absolutamente nada. Se encontró con un pequeño niño que estaba en medio de un ataque de asma, apresurándose a hacer actuar al equipo que ahí se encontraba.

—Doctor Marsh —escuchó a sus espaldas una voz completamente familiar y mucho más fastidiosa que la de Donovan quejándose. Se giró con pereza.

— ¿Sí? —llevó la mirada a la rubia voluptuosa que yacía de pie a sus espaldas.

—Pidieron medicamentos en el área de cuidados intensivos —la rubia ladeó la cabeza y llevó sus manos detrás de su espalda inclinándose ligeramente hacia adelante.

— ¿Y qué estás esperando? Ve por ellos —le parecía innecesario que avisara la necesidad de ir por medicamentos.

—Específicamente me pidieron que le dijera usted que los trajera.

— ¿Ellos quieren que yo los traiga? —alzó una ceja.

—Sí —asintió lentamente con una sonrisa mostrándose en sus labios.

— ¿La razón? —sintió la necesidad de indagar pues le parecía incongruente.

—No quisieron decírmela.

—Está bien, ¿dónde está la receta? —suspiró sobándose la cien.

—Ouh, aquí —apuntó al doblez de su saco blanco, introdujo una mano sacando el pequeño trozo de papel que estaba cerca de su busto, mostrando su escote— Tenga doctor Marsh —la estiró en dirección al azabache con un toque de coquetería.

—Bárbara Stevens, por favor —la tomó rápidamente con la punta de sus dedos pulgar e índice, acompañado de una expresión de repulsión. —La higiene es esencial, evite esta clase de acciones imprudentes —pasó junto a la mujer rumbo a la salida trasera del hospital.

La rubia torció la boca mirando la espalda del médico alejándose. Su respuesta, seguida de su expresión la había decepcionado un poco. Todo funcionó de manera más producente con Clyde Donovan. Debía conocer los secretos del médico para acercarse un poco más.