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Se precipitó entre el personal yendo rápidamente donde le llamaban. Había ocurrido un accidente por lo cual varias personas habían salido lesionadas, algunas más que otras; de entre las personas lesionadas de gravedad yacía ahí una joven de dieciséis años al borde de la muerte, era su deber como médico hacer lo más que pudiese para salvar la vida de la chiquilla aquella.

Estaba acostumbrado a los accidentes inesperados y desastrosos, pero no por eso podía evitar el hecho de que le aborreciera que casos como esos ocurrieran, pues salían personas de quien sabe dónde reclamando para saber cómo se encontraban sus familiares llenando todo su hospital de una, completamente innecesaria, histeria. No sólo le afectaba a él, sino que a todo su personal pues no podían laborar de manera satisfactoria por estar controlando a los escandalosos. Entre llamadas severas formó su grupo para tratar a la jovencilla; ignorando cualquier objeto distractor llevó a cabo una operación en el tórax de la paciente, salvando su vida. Formidable, como siempre.

—Quiero que la coloquen en una habitación aislada, el alboroto que hay en la sala afectará su delicado estado —dio órdenes a las enfermeras mientras salía del quirófano. Caminó por los pasillos topándose con personas que le pedían algo de atención cuando, a sus ojos experimentados, sus dolencias no eran más que una farsa; evadiéndoles, murmuraba y susurraba lo ocupado que estaba, porque eso también aborrecía, alzar la voz en los pasillos del lugar.

Estuvo alrededor de dos horas con los demás pacientes del accidente, tomando presión, revisando las lesiones, dando, porque así sucedió, la noticia del fallecimiento de la persona, y muchas cosas más hasta que la rubia voluptuosa se le acercó.

—Doctor Marsh, la paciente de la cirugía despertó —se giró y logró sorprenderse un poco al notar a la mujer cerca, demasiado cerca, de su persona. Hizo una mueca retrocediendo unos pasos, más estiró los brazos empujando delicadamente el cuerpo de la rubia por los hombros. Frunció el entrecejo y soltó un largo suspiro.

—Señorita Stevens, el espacio personal es importante. Puede que llegue a funcionar con los otros, pero para mí es esencial que se mantenga al margen con sus actitudes. Se está volviendo demasiado molesta para mí. Y si me disculpa —dicho esto esquivó a la joven y se fue dejándola ahí con la boca entreabierta, esa era la primera vez que el médico había roto con sus principios de caballero y la había empujado, había cambiado algo, sí, aunque aún no lograba engatusarlo como le hubiese gustado. Quería, no, deseaba, descubrir todos aquellos secretos que aquél hombre ocultaba, costara lo que costara.

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Con desesperación bajó del vehículo dando zancadas hasta entrar al hospital. Respiró agitado buscando a alguien que pudiese darle noticias sobre Karen. No podía perderla, era lo único que quedaba.

Alternó los ojos buscando por todos lados hasta que vio a una enfermera pasar tranquilamente a unos cuantos metros dirigiéndose hacia las escaleras, un sonido inhumano salió de su garganta y apresuró el paso hasta llegar donde la mujer.

— ¡Disculpe! —no era su intención gritar pero la adrenalina del momento tomó prioridad. La mujer iba a dar paso al primer escalón y volteó con curiosidad, sus intensos ojos verdes se posaron sobre su persona, dejándole embobado.

— ¿Sí? ¿Si se le ofrece algo puede ir a la recepción? —apuntó a un pequeño cubículo en una de las esquinas del lugar.

—Sólo… Sólo quiero saber cómo y dónde se encuentra Karen McCormick —habló apresurado. La mujer pareció pensarlo ladeando la cabeza mientras alzaba una ceja sin retirar su mirada del hombre rubio, parpadeó y bajó la mirada hacia las carpetas que portaba.

—Oh, sí, McCormick, fue sometida a cirugía y ahora se encuentra en un cuarto aislado —la mujer revisó los papeles en las carpetas y dijo todo aquello, Kenneth se paralizó al escucharle. —No puedo decirle dónde pues eso ya es jurisdicción del médico que la atendió. Con su permiso —hizo una pequeña inclinación con la cabeza y cortésmente se retiró subiendo las escaleras. Kenneth se quedó en su lugar observando la nada hasta regresó a la realidad y se giró bruscamente encaminándose a la recepción.

—Perdone, quisiera saber quién atendió a Karen McCormick —nuevamente habló apresurado, podía sentir el corazón salírsele por la garganta, estaba entrando en pánico. El hombre en la recepción le miró juzgándole de arriba-abajo seguido de una torcedura de boca.

—Lo siento, pero no puedo dar esa información a cualquier extraño—finalizó bajando la mirada y comenzando a escribir con un bolígrafo sobre un papel de color mostaza. Kenneth dejó salir un jadeo de incredibilidad. No puede ser. Exasperado, abrió la boca.

—No soy ningún extraño, yo— a media oración fue interrumpido por una voz rasposa a sus espaldas.

—Yo atendí a Karen McCormick, ¿Quién es usted? ¿Algún familiar? —Kenneth se giró encontrándose con el médico Stanley Marsh quien le miraba esperando la respuesta de su parte. Todo pareció detenerse para el rubio, a pesar de que el médico era algunos escasos centímetros más bajo que él, tenía esa aura imponente, y esos intensos ojos zafiro. Eso era lo que estaba esperando, un encuentro cara a cara con el hombre, aunque las circunstancias que lo llevaron a ese encuentro no eran más que inconvenientes.

Casualmente, el médico pasaba por ahí cuando escuchó al rubio alzar la voz en sinónimo de desesperación, así que pensó que lo mejor sería arreglar aquello antes de que se armara otro lío ahí. Suficiente tenía con el área de urgencias. Hizo un gesto con la cabeza al ver que el hombre parecía perdido en algún lugar muy lejano. El rubio hizo un brusco movimiento volviendo a su realidad.

—Eh… S-Sí, soy su hermano, Kenneth McCormick —dudativo, alzó la mano esperando poder presentarse. El médico alternó la mirada entre su mano y su rostro terminando con una leve negación de cabeza. Kenneth entendió de inmediato la repugnancia indirecta en las acciones del hombre de cabellera azabache, se aclaró la garganta, incómodo, y cerró su mano bajándola suavemente.

—La señorita McCormick se encuentra en un estado muy delicado en estos momentos. Ya despertó, así que únicamente, por ser el único familiar de la paciente que se presentó, le dejaré pasar, más no debe provocar emociones fuertes en ella, me preocupa que llegue a complicarse —McCormick escuchó atentamente lo que salía de los labios del hombre, lo decía con tanta serenidad, sin una pizca de maldad. ¿En serio aquel hombre estaba bajo sospecha de haber asesinado a su esposa? ¿Él? Le observó estupefacto mientras emprendía camino tras él.

El médico le guio hasta llegar a la habitación especial y única donde se encontraba su hermana. Observó cómo el hombre abría suavemente la puerta.

—Señorita McCormick ¿Cómo se encuentra? —dulcemente le llamó abriendo un poco más la puerta muy apenas para poder asomar la cabeza. Kenneth observaba admirado, y embelesado, de la actitud que estaba tomando el médico. Escuchó amortiguada la voz de su hermana y dejó salir un suspiro. Karen estaba bien. —Le traje a alguien que estaba muy preocupado buscando por usted —el hombre le hizo un gesto para que pasara a la habitación esterilizada.

—Kenny —susurró su hermana sobre la cama conectada a pequeños aparatos que medían sus pulsaciones, y algunas cosas más de las cuales desconocía su funcionamiento. Se acercó a su pequeña en la cama y le sonrió ampliamente, manteniéndose en silencio.

—Bien, me retiro, pero sólo será por unos minutos, no puede estar mucho tiempo aquí, ella aún necesita reposar —y sin decir más, el azabache se retiró de la habitación. Kenneth observaba la puerta por donde se había ido el médico. ¿Quién era ese que no pintaba para nada con las descripciones que le habían dado?

—Es un médico muy amable —dijo la muchacha al notar la mirada de su hermano en la puerta, ganándose la atención del rubio. Le sonrió débilmente. Kenneth suspiró inclinándose sobre la cama dejándose caer sobre el suelo apoyando sus brazos en el colchón alejado de su hermana para no perturbarle.

—Me diste un susto de muerte —le dijo mientras le observaba desde el suelo. La jovencita le observó quedamente mientras murmuraba un suave:

—Lo siento.

—No te disculpes, no fue tu culpa —sonrió a su hermana negando suavemente con la cabeza. Se levantó de su lugar. —Lo importante es que ahora estés bien, y deberás mantenerte aquí hasta que te recuperes. No te preocupes, encontraré la forma de pagar todos los gastos que tengas aquí, lo esencial es que puedas regresar a casa mucho mejor ¿Sí? —acarició los cabellos de Karen sonriéndole comprensivamente. No importaba como, pero pagaría todo por el bien de su hermana.

Mientras tanto, el médico, quien había salido de la habitación, se quedó junto a la habitación donde se encontraban los jóvenes. Algo le había intrigado, y estaba seguro que mucho tiempo antes había escuchado el "McCormick" de alguna parte, recordó aquello al ver al hombre de cabellos rubios, pues la jovencita no detonaba algún indicio que llamase su atención. Quería recordar, pero su mente yacía inundada de lagunas mentales, unas profundas lagunas mentales. Su último recurso era preguntar al malnacido de Damien. Desde aquella noche en la mansión que no lo había visto o tenido algún contacto con el hombre, además de que Broflovski tampoco se había comunicado. Podría estar haciendo alguna estupidez con su dinero y no le diría nada. Se pondría en contacto una vez saliera del trabajo. Observó su reloj de pulso, no faltaba mucho para que su turno acabara. Soltó algo parecido a un gruñido mientras rodaba los ojos. No quería llamar al Thorn, pero debía admitir que ese sabía informarse de la mejor manera posible.

Como su turno ya terminaría era necesario que llamara a otro que le apoyara en el cuidado de la muchacha, así que pensó en Donovan como el perfecto sustituto, aunque pensándolo bien, no lo había visto en todo el día. Frunció el entrecejo y se dedicó a ir a buscar al castaño en el poco tiempo que le quedaba de su turno.

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—Bien, princesa, creo que ya me debo ir. Estuve mucho tiempo aquí, mejor irme antes de que me corran —mencionó el McCormick mientras se levantaba y sonreía a su hermana quien asentía divertida por las palabras del mayor. —Preguntaré por las horas de visita y vendré todos los días —besó suavemente su cabeza y se dirigió a la puerta, al abrirla volteó donde Karen, y ella le sonrió agitando su mano como despedida.

—Hasta mañana, Kenny —murmuró muy despacito mientras observaba al mayor salir de la habitación y cerrar la puerta tras de sí.

Kenneth buscó con la mirada al médico más no lo encontró cerca, así que prefirió ir a la recepción para preguntar por las horas de visita. Bajando las escaleras logró divisar a lo lejos al médico acompañado de un hombre castaño, quien parecía abatido. Le restó importancia y se encaminó a la recepción.

—Prácticamente te perdiste todo el día y me vienes con una disculpa seca, poco creíble además de estúpida. Horas de trabajo son horas de trabajo, Donovan. Vete de fiesta o lo que quieras cuando ya no trabajes conmigo, pero son mis reglas y mi horario, debes atenderlo firmemente.

El rubio escuchó parte de la conversación mientras pasaba lentamente hasta llegar a la recepción donde el hombre de antes ya no se encontraba. Frunció los labios y giró observando al médico siendo completamente severo con el hombre de cabellera castaña. Desde su posición lograba observar y escuchar todo sin perturbarles, no se llamaba un metiche, pero esa parecía ser una forma de averiguar acerca del comportamiento duro que tenía el médico con respecto a su personal.

—Pero mira, estaba haciendo mis notas sobre la investigación, no fue nada de fiestas, mira, mira —le dijo el castaño acercándole una pequeña hoja casi estampándosela en la cara. Stanley rodó los ojos y le arrebató la hoja mientras comenzaba a leerla, y de un momento a otro miró al moreno con fastidio.

— ¿Acaso me estás tomando el pelo? Maldita sea, Clyde, la próxima vez que te vayas a beber hasta desfallecer recuerda con quién y dónde trabajas —hizo bola la hoja de papel lanzándosela al rostro. Donovan se cubrió con ambas manos riendo por la actitud del médico, era extraño, muy extraño, verlo exasperarse por cosas como esa. No era la primera vez que llegaba tarde, ni tampoco la primera en que tenía resaca del demonio, pero sí era la primera vez en que Stanley le reprendía de esa manera, al borde de la locura.

—Ya no lo volveré a hacer, en serio —le regaló una sonrisa al médico, quien negó insatisfecho. —Pero creo que tú deberías tranquilizarte un poco, no es la primera vez que me pasa esto pero—

—Pero nada, y estoy completamente tranquilo, sólo quiero que atiendas a lo que te digo. Y quiero que en tu turno te encargues de Karen McCormick en el cuarto aislado, gracias, qué amable —dio unas palmaditas en el hombro al moreno yendo a buscar algunas cosas que debía llevarse de regreso a casa. Clyde le observó con la palabra en la boca, no podía negarse pues el turno de Marsh, ya había terminado. Se mordió el labio inferior, procediendo a recoger la bola de papel y refunfuñó palabras inentendibles mientras desaparecía por uno de los pasillos.

Bajo la atenta mirada del rubio, podía decir que el médico era alguien muy estricto con respecto a su empleo, y no era para menos, sólo con ver la cara del castaño, le recordaba muy superficialmente a Cartman; quizá este, Donovan, era más exasperante que el mismo Eric.

Estuvo alrededor de veinte minutos frente a la recepción esperando señales de vida por parte del hombre que atendía, pero nada. Desistió y se dirigió a la puerta del hospital, pero en ese justo momento, el médico también llevaba ese camino, tal vez podría preguntarle a él sobre las horas de visita.

—Oh, sigue aquí —dijo el médico observándole interrogativo, esperando a que hablase. Kenneth se pasó nerviosamente la lengua por los labios humedeciéndolos para proceder a soltar una oración que aparecía cortada en su mente una vez logró divisar al hombre acercarse.

—Q-Quería saber cuáles son las horas de visita para venir con Karen —titubeó sin más y se regañó mentalmente, eso de ponerse nervioso era poco profesional, qué estaba pasando.

—Tengo entendido que es sólo en la mañana, pero como estoy al cargo de ella, las horas se trasladarían a la tarde, en mi turno. Alrededor de las cinco de la tarde hasta las ocho de la noche —dijo saliendo por las puertas del edificio, seguido del rubio. Dio unos cuantos pasos hasta que logró ver su coche a lo lejos, ladeó un poco su cabeza guiando su vista hacia el hombre de mirada cristalinamente celeste.

—Bien, entonces vendré en ese rango de horas —le miró asintiendo decidido, haciendo que el médico alzara una ceja, sospechando de su acción, pero debía portarse amable, aquel hombre no había causado ningún alboroto en su hospital, así que no le quedó de otra que mostrarse lo más carismático y tranquilo que pudiera.

—Perfecto —una brillante sonrisa hizo acto de presencia en el rostro del azabache, provocando que irremediablemente la respiración del rubio se cortara por unos segundos mientras observaba al médico desaparecer en la lejanía.

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Estaba hojeando entre los documentos del economista, ese día lo tenía libre, hubiese preferido ir a molestar a Stanley al hospital, pero estaba seguro que con su comportamiento lo hubiera corrido inmediatamente en cuanto lo viera pisar las instalaciones.

Se sorprendió de encontrar, mientras husmeaba en los papeles, a un montón de personas que estaban en una lista a ser demandadas por parte del pelirrojo. Nunca hubiese llamado rencoroso a Kyle si no descubría esos papeles. Después se la pasó molestando a Patty, a su querida Patty Nelson, hasta que la pelinegra se hartó por completo corriéndolo de regreso a donde se encontraba el pelirrojo. Ya tenía tiempo que no había visto o sabido algo del médico, era tiempo para que éste se comunicara con él.

Se dejó caer en una silla cerca del escritorio repleto de papeles de Kyle hasta que el teléfono rojo de la oficina sonó intensamente.

— ¿Puedes hacerme el favor de contestar? —le dijo el pelirrojo tendido escribiendo en un pequeñísimo libro negro. Rodó los ojos y se levantó para contestar. El pelirrojo tenía dos teléfonos, uno rojo para personas cercanas y otro color blanco, que era obviamente de negocios. Alzó la bocina y con una voz monótona respondió.

"Diga" aburrido, esperó a que la persona en la otra línea contestase.

"Thorn" una imperceptible sonrisa apareció en su rostro cuando escuchó la voz del médico. Hablando del rey de Roma se dijo.

"Vaya, vaya, qué sorpresa, tanto tiempo de no escuchar tu dulce voz" tanteó, quería molestarlo un poco.

"Eres un imbécil" soltó una pequeña risa, Stanley salía muy rápido de sus cabales.

"Qué rudo Dr. Marsh, ¿qué son esas palabras? Alguien con su distinguido prestigio" escuchó como el médico gruñía fastidiado, casi podía imaginárselo frotándose las cienes, irritado. Amplió su sonrisa.

"Tu desgraciada voz me hastía, pero como no te has dignado a tener una mísera señal de vida-" lo cortó abruptamente al escuchar algo con lo cual podría fastidiarle un poco más.

"Aww, ¿Me extrañaste? ¿Te preocupaste por mí? Qué tierno eres, no conocía esa faceta de ti, Stanley" habló acaramelada-mente, logrando, así, fastidiar aún más al hombre al otro lado de la línea.

"Siempre tan elocuente… idiota"

"Tus insultos me hieren como no te das una idea" dramatizó sin quitar la sonrisa que adornaba su rostro, en serio, en serio que era gratificante hacer enojar a Stanley.

"Ya déjame hablar. No estaba preocupado por ti, inútil, ni mucho menos. Sólo quiero saber que mi dinero se encuentre bien y no estés haciendo otra de tus estupideces" fingió leer entre líneas, esperando que la paciencia del médico durara un poco más.

"Lo único que escucho son escusas, tú me extrañaste" un silencio se hizo presencia en el otro lado hasta que un suspiro de frustración se escuchó.

"Voy a colgar" molesto, el médico dictaminó.

"Ay, Stanley, no seas aburrido, al menos mándame unas lindas palabras de amor" Marsh rechinó los dientes apretando la mandíbula, nunca se podría hablar seriamente con ese.

"Imbécil"

"No cuelgues, no cuelgues, necesito hablar contigo" notó como la paciencia del hombre se estaba lentamente consumiendo así que decidió parar. Quería ajustar algunas cuentas.

"Qué giros tan inesperados, pero ¿no crees que sería mejor en persona?" la tonada del hombre detonaba burla, más la seriedad y el enojo seguían palpables.

"¿Ves que sí me extrañaste?" fue inevitable.

"Si serás…" y bruscamente cortó la llamada fastidiado del hombre.

Del otro lado, Damien, continuaba con la bocina en el oído con una brillante sonrisa. Soltó una carcajada que resonó en el lugar, llamando la atención del pelirrojo que escribía furiosa y rápidamente en la máquina de escribir. El pecoso alzó una ceja mirando al azabache que reía como un idiota.

— ¿Qué pasó?

—Madre, adoro a este hombre —Thorn volvió a soltar una carcajada ante la expresión desconcertada del economista. —Colgó, pero iré a la mansión y usted señor —le apuntó— me va a acompañar.

—Ya no me encuentro cómodo estando tú ahí —murmuró Broflovski con una mueca de asco. Damien alzó ambas cejas algo sorprendido por aquella revelación más una pequeña lucecita se encendió en su cabeza haciéndole sonreír ladinamente.

—Ew, ¿quieres que los deje solos? —pícaramente alzó una de sus perfectas cejas observando como el rostro del hombre pecoso llegaba casi al tono de su cabello.

—Eres un imbécil —entrecerró los ojos y frunció el entrecejo mientras negaba con la cabeza.

—Ya me lo han dicho —pareció meditar un poco más de su frase — tu amado, para ser exactos —finalizó esquivando los objetos que le fueron lanzados por el economista que parecía un tomate.


Sé que está yendo un poco lento el cómo se desenvuelve todo, pero habrá más interacción además de los puntos de vista necesarios de Bebe(¿?). Bueno, y creo que ya no actualizaré hasta Enero, así que les deseo una feliz navidad anticipada y próspero año nuevo, igual, algo anticipado.

Kami fuera ~