Tocó repetidas veces la puerta de madera esperando a que le abrieran. Al final, no logró hacer que el pelirrojo saliera de la oficina. Era un testarudo que jamás admitiría lo mucho que había caído por el médico, bufó.
Sacó su reloj de bolsillo, era imposible que a esa hora Stanley haya salido. Volvió a tocar insistentemente la puerta hasta que un joven, de al menos unos diez años, hizo el favor de entreabrir un poco la colosal puerta para dejar asomar su cabecita por el hueco.
— ¿En qué le puedo ayudar? —murmuró el muchacho mirándole con recelo. Damien alzó una ceja.
—Déjame pasar niño, soy amigo del señor Marsh —sonrió ampliamente tratando de convencer al chico que únicamente comenzó a temblar por la sonrisa poco sincera que mostraba el hombre.
—El señor no mencionó nada de alguna visita —dijo firme el muchachito, a pesar de estar temblando algunos segundos antes, observando fijamente al otro. Damien tensó la sonrisa, forzándola un poco más, se inclinó un poco para alcanzar la altura del niño y habló.
—Pues qué pena, es una visita de improviso.
—Al señor Marsh no le gustan las visitar de improvisadas —Thorn se relamió los labios con incredibilidad, sin dejar de sonreír. Parpadeó como si fuese un tic.
—La mía le agrada —murmuró con fastidio, casi yéndose encima del muchachito.
—Usted es el señor Damien Thorn ¿no es así? El señor Marsh siempre dice cuanto le detesta — ¿de dónde diablos había salido ese mocoso? Rechinó los dientes dejando de sonreír y observó severamente al niño.
—Maldita sea, déjame pasar —dijo sin más, su paciencia se estaba acabando. Hasta dónde había llegado el médico para no dejarle pasar.
—No puedo, no tengo la orden de hacerlo —hizo ademanes de cerrar la puerta pero Damien fue más rápido y empujó con algo de fuerza la madera para poder abrir casi por completo la puerta.
—A partir de ahora tienes la orden de hacerlo —le dijo al muchacho con una sonrisa. El jovencito de cabellera castaña frunció el entrecejo. La sonrisa socarrona de Damien se esfumó una vez escuchó al muchachito decir
— ¡Tío Stanley, es el señor Thorn! —seguido de esto corrió hasta llegar a la sala. Thorn se quedó en el umbral de la puerta observando con cara descolocada el camino que el mocoso había recorrido. Con razón sus ropas se veían demasiado costosas como para ser un sirviente.
Espera, ¿tío?
Cerró la puerta y recorrió el pasillo hasta llegar a la pequeña sala donde Stanley estaba tomando su té rutinario, y junto a él estaba el chiquillo meciendo suavemente sus pies por sobre el suelo.
— ¿Tío Stanley? —dijo desconcertado llamando la atención del médico, quien le miró sin expresión y asintió suavemente.
—Es el hijo de Shelly, llegó hoy a la ciudad y me pidió que cuidara de él —le dijo tranquilamente mientras daba unos cuantos sorbos al líquido caliente.
—Qué tierno eres, no conocía esa faceta de ti —citó las palabras que anteriormente le había dicho, con amargura. Los grandes y expresivos ojos del muchachito se posaron sobre su persona, y una traviesa sonrisa apareció en su pequeño rostro. Damien sintió una vena punzarle en la frente. Caminó despacio hasta sentarse en el sofá individual que yacía desocupado. Hizo contacto visual con el chiquillo. No sabía exactamente qué iba a significar la llegada de ese mocoso. — ¿Cómo se llama? —no preguntó directo a Stanley pero por la entonación se notaba que iba dirigida a él. El médico se iba a tomar la molestia de contestar pero el niño se le adelantó.
—Theodore —le contestó el pequeño con una pulcra sonrisa, y con ello, Damien sintió, por primera vez, un escalofrío recorrer su columna.
.
.
— ¿Cómo está tu hermana, Kenneth? —le preguntó el pequeño rubio una vez le vio cruzar el umbral de la puerta.
—Se encuentra estable, fue sometida a cirugía así que se deberá mantener ahí por algunas semanas, quizás meses —dijo tranquilamente mientras colgaba su abrigo y caminaba a paso lento hasta su escritorio. No había rastros de Cartman por lo cual dedujo que quizá el hombre había salido a cenar, merendar o como quisiera llamarle, el punto era comer.
—Hay algo que no entiendo, saliste como alma que lleva el diablo, pero regresas tan tranquilo —miró al hombre que estaba acomodando algunos papeles, como siempre, e inclinó la cabeza sin entender. —Pareces, incluso por ese inconveniente, alegre.
McCormick se tomó su tiempo para responder, inclusive meditó la respuesta, estructurándola en su mente para que sonase lógico.
Tuve el placer de encontrarme con el doctor Marsh, oh Tweek, todas aquellas cosas que se decían sobre él en aquel papeleo no era más que una fachada. Se ve como alguien frío, incluso se negó a darme la mano, pero es un hombre muy amable. Deberías ver su sonrisa, es tan-
Y se dio una bofetada por pensar cual colegiala. Obviamente no podía decirle eso a su compañero.
—No es nada, simplemente fue gratificante el poder ver a Karen despierta y tan alegre como siempre —le dijo al otro con una sonrisa, y procedió a sacar algunas hojas para hacer anotaciones. El rubio le miró con el ceño algo fruncido, no se lo había creído del todo. Sabía que tal vez en parte aquello era cierto, pero debía haber algo más y creía tener la certeza de lo que era.
Duraron varios minutos hasta que la puerta se abrió con estruendo, siendo esta la señal de que Cartman había regresado.
— ¿Podrías ser un poco más brusco con la puerta? Creo que no se ha roto lo suficiente —le dijo Kenneth con molestia. Eric le miró con los ojos en blanco mientras terminaba de masticar el último pedazo de pan que le quedaba a devorar. Se escuchó cómo tragó con dificultad, y caminó hasta el escritorio del hombre rubio. Posó sus manos con brusquedad sobre la madera y se inclinó hasta invadir su espacio personal. Kenneth retrocedió con algunos gestos de molestia en su rostro.
—Seré tan brusco como quiera —le escupió el castaño.
—Excelente, pero no lo seas aquí ¿sí? Ve a tu casa a hacer destrozos —hizo un gesto con su mano para que se retirara a su propio escritorio.
—Haré destrozos donde yo quiera, ¿qué pasa? ¿Buscas pelea? —altanero, el castaño le retó. Kenneth soltó aire por la nariz, eso nunca llevaría a nada.
—Si la buscara, no sería contigo porque obviamente yo ganaría —le dijo con sorna. El castaño gruñó y se separó bruscamente yendo a su escritorio dejándose caer con pesadez sobre su silla. Tweek les observó alternando la mirada en ambos, y soltó un suspiro. Siempre terminaban igual.
—Entonces ¿viste a tu adorado novio? —dijo Eric burlonamente mientras llevaba su mirada al rubio quien le miraba con el ceño fruncido. — ¿No lo viste? Oh, qué pena —soltó una carcajada mientras negaba. McCormick continuaba fulminándole con la mirada.
—Eres un estúpido —masculló mientras escribía sobre el papel con algo de furia. La sonrisa en el regordete se ensanchó.
—Eso quiere decir que sí lo viste, hombre, qué suerte tienes ¿Es tan encantador como lo imaginaste? —se recargó cómodamente en su silla y pasó los brazos por detrás de su cabeza para una mejor comodidad.
—Lo único que estás buscando es que te dé la paliza de tu vida —mencionó McCormick con fastidio por las palabras incoherentes que estaba diciendo el castaño.
— ¿Fue una decepción? ¿Tu corazón está destrozado? —frunció los labios al escuchar al castaño nuevamente.
—Carajo, mantén tu maldita boca cerrada —guio lentamente su mano hasta un enorme libro que estaba ahí para sus consultas. Si ese gordo llegaba a mencionar algo más, se lo lanzaría, y como quien prevé observó al castaño abrir la boca nuevamente, apretó entre sus manos el libro.
—Porque si fue una— y un libro de pasta gruesa se estampó contra su "hermoso" rostro —Argh, hijo de puta, me rompiste la nariz —se quejó el castaño mientras llevaba rápidamente las manos a la zona herida, descubriendo como le escurría sangre.
McCormick le miró sin expresión, únicamente sus gemas azules destellando en ira contenida. Pero no iba a negar que su corazón pareciera estar sin control, demasiado irreal.
—Tú solo te lo buscaste, Eric —el pequeño Tweek, que se había mantenido en silencio observando las reacciones del rubio, decidió hacer una pequeña aclaración. Cartman miró de mala manera al rubiecito mientras se levantaba del escritorio, aun con las manos cubriéndole nariz y boca, y se dirigió al baño. Alzó los hombros negando por lo imprudente que llegaba a ser el castaño y llevó su mirada al rubio.
— ¿Mañana volverás a ir a visitar a Karen? —preguntó esperando que el otro no leyera entre líneas, pero Kenneth yacía algo distraído y le murmuró un suave "Sí" casi como un suspiro. Así que eso significaba que se volvería a encontrar con aquel hombre del que tanto hablaban.
.
.
Intriga. Eso era lo que le invadía, una intriga indescriptible, y cómo no, si el médico había comenzado a comportarse bastante diferente. Sí, lo había notado, tenía un buen ojo para notar las cosas que le rodeaban, y más si se trataba de aquél hombre de cabellos oscuros.
Bárbara Stevens, cuyo apodo era Bebe, estaba genuinamente interesada en el doctor Marsh. Para qué negarlo, le había gustado desde el primer momento que lo vio, y poco le importó que estuviese casado. A pesar del hombre ser tan frío y distante, sabía que debajo de todo eso debía haber alguien con un buen corazón capaz de amar. Quería escarbar, husmear, hurgar, en cualquier lugar para poder encontrar información sobre el hombre de zafiro mirar. Pero claro, debía hacerlo con mucha cautela, con cuidado de no ser descubierta sino se metería en problemas. No se daba alas ni nada parecido, pero estaba seguro que podría hacer a ese hombre suyo.
Aunque el que hurga donde no debe, encuentra lo que menos se espera.
