— ¿McCormick? Oh, sí, es un detective privado de la compañía CTM. Aunque no lo creas, es bastante famosa entre los barrios bajos y alguno que otro suburbio, dicen que son muy buenos con lo que hacen, y cualquier persona que esté bajo su mirada debería cuidarse de no ser descubierto pues tarde o temprano lo hacen, sus pruebas nunca fallan, y los sospechosos terminan teniendo sentencias muy severas e incluso pena de muerte.
Recordó las palabras que el farmacéutico de ojos grisáceos le había mencionado con desinterés. McCormick era un detective privado, había llegado a su hospital con una confianza bastante palpable a pesar de estar a punto de caer en un estado de pánico por lo ocurrido con su hermana menor. Quizás todo era más que una simple coincidencia, hilos del destino que se habían entremezclado, pero aun así no podía quedarse tan tranquilo con el hombre estando cerca. Debía ser cuidadoso.
Pero, aunque hubiese pensado todo eso con una antelación meticulosa, ahora se encontraba rodeado de la compañía de Thorn, ¿por qué? Pues así era el azabache, aparecía en los momentos en que simplemente se le quería lo más alejado posible. No mencionar absolutamente nada acerca de "su negocio" se quedó como algo establecido y que el azabache debía seguir al pie de la letra o lo echaría a patadas de ahí. Cuando quería, Thorn cooperaba, y estaba de suerte que ésta vez estuviera dispuesto a cerrar su boca.
—Un soborno —escuchó cómo el de mirada rojiza murmuraba mientras, como la vez que le encontró en su consultorio, miraba sus certificados. Stanley se encontraba sentado al escritorio llenando algunos registros sobre los pacientes que atendió.
Por algunas cuestiones inesperadas, no había podido acompañar al otro a ir donde la construcción. Habían llamado del hospital, necesitaban su ayuda con algunos pacientes, y no, Donovan no se encontraba. Había caído terriblemente enfermo por lo que no estaba disponible para tomar su lugar, así que tuvo que ir al hospital desde temprano atendiendo a los más que pudiese para evitarle algún problema al personal que estaba trabajando tan duro. Llevando al pequeño Theodore consigo, pensando que quizá le causase inconvenientes, pero todo lo contrario. El muchachito, muy amablemente, había sugerido ir a quedarse donde la recepción para evitarle más problemas a su querido tío. El cómo había aceptado llevar también a Thorn consigo quedaba fuera de su raciocinio hasta cierto punto.
— ¿Disculpa? —dijo sin levantar su mirada de las hojas donde se encontraba pasando suavemente el bolígrafo.
—Pensaba en voz alta, no es nada —sorprendentemente, el día de hoy, Thorn se encontraba bastante pasivo, tranquilo, inclusive el tono de su voz era más suave, lo cual Stanley ciertamente agradecía. Marsh alzó una ceja pero le restó importancia y continuó con sus escritos.
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Alternó la mirada entre su reloj de mano y la gran puerta de cristal del hospital. Faltaban quince minutos para que dieran las cinco de la tarde. ¿Había llegado demasiado temprano? Se preguntó mientras fruncía los labios. Suspiró bajando el brazo y acomodándose la manga del saco negro. Había venido a visitar a Karen, por su puesto, sólo a eso, a ver a su querida y adorada hermana, pero, porqué se sentía tan nervioso. Castañeó los dientes, descontento con esta actitud imprudente. Qué demonios estaba pasando con él. Se frotó las manos pues las tenía congeladas por la ventisca que silbaba suavemente. Se arregló las ropas y el cabello de manera inconsciente y procedió a entrar en el hospital después de soltar un largo suspiro, como si le ayudase a tranquilizar su acelerado pulso.
Al entrar, inconscientemente sus ojos se movieron por todo el lugar, explorando, buscando, sintiendo una pizca de decepción por no encontrar aquello que ciegamente buscaba. Se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza. Basta Kenneth. Se dijo mientras palmeaba una y otra vez una de sus mejillas, y cerraba los ojos con fuerza. De un momento a otro se quedó de pie en medio de la recepción con los pacientes, y alguno que otro del personal, pasando por su lado. Hizo su mano puño mientras continuaba caminando para ir a la habitación donde se encontraba Karen, pero por distraído terminó cerca de la sala de emergencias, por los consultorios. Miró a ambos lados pero parecía estar desolado ese sitio en específico. Frunció el entrecejo y se sobó el puente de la nariz. ¿Cómo pudo haberse perdido?
Y una puerta se abrió a uno de sus costados dejando ver a una hermosa mujer de cabellos rizados color oro, atados en una pequeña cola alta. Kenneth pareció embelesado hasta que la mujer le observó con una sonrisa coqueta, quizá algo boba por la vista del apuesto hombre casi frente suyo.
—Disculpa querido, ¿necesitas algo? —le dijo la mujer mientras se pasaba un mechón de cabello suelto por detrás de la oreja, sin dejar de observar al hombre. Kenneth parpadeó regresando a sí, estaba seguro de que era una enfermera pero parecía más una modelo. Negó suavemente.
—Perdona, me he perdido, estaba buscando la habitación aislada —dijo algo avergonzado. Sabía con antelación que Karen era la única por el momento que estaba ocupando una habitación aislada por su intervención. La mujer ensanchó la sonrisa.
—Realmente, no estabas tan perdido, querido —alzó uno de sus brazos para apuntar a lo lejos. —La habitación que buscas se encuentra por aquel pasillo —Kenneth guio su mirada a donde apuntaba y con una leve sonrisa le agradeció; partió a donde se le había indicado. Bebe, la hermosa mujer, se ruborizó siguiendo con la mirada a aquel rubio. Un ángel. Únicamente pudo pensar mientras se aclaraba la garganta y se giraba para ir a urgencias.
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Con paso firme se dirigió donde la habitación. Sonrió al notar la puerta conocida del lugar, quiso apresurar el paso, pero entonces una de las puertas de los consultorios se abrió dejando salir a un hombre de cabellera azabache y gestos bastante serios. Se le veía que refunfuñaba por algo mientras llevaba algunas hojas entre sus manos. Kenneth planeaba detenerse para evitar cruzárselo, a saber, pero algo no le agradó. Pero cuando iba a hacerlo, el hombre giró un poco la cabeza hacia donde se encontraba. Sus ojos tenían un color rojo opaco. Extraño. El hombre se mantuvo de pie junto a la puerta mientras le miraba pasar, y Kenneth, por su parte le observaba seriamente de reojo mientras pasaba por su lado. Carmesí y celeste chocando.
Con el rubio dándole la espalda, Damien le miró arriba-abajo, alzó una ceja y se giró para ir a entregar los papeles que le había dicho Stanley que hiciera. Frunció levemente el ceño, creía haber visto a ese rubio antes.
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Se detuvo a un paso de la puerta destinada, y restregó sus palmas contra la tela de su pantalón, tenía las manos sudorosas por los nervios que se habían apoderado de su ser. Nuevamente, de manera inconsciente, se arregló las ropas antes de dar un suave golpecito a la puerta esperando respuesta de su hermana. Un ligero "pase" se dejó escuchar por parte de una voz femenina que definitivamente no era la de su familiar. Empujó suavemente la puerta para asomar su cabeza de la misma forma por el hueco, observando a su hermana en la cama con una tierna sonrisita, y a una dama completamente vestida de blanco, seguramente la enfermera. No pudo reprimir un quejido de decepción, nuevamente aquello que buscaba ciegamente, no lo encontraba por ningún lado. Se aclaró la garganta y procedió a entrar por completo a la habitación.
—Joven McCormick —dijo la mujer, de al menos unos cuarenta años, con una ligera sonrisa seguido de una leve inclinación. —El médico que atiende a su hermana se encuentra un poco ocupado en estos momentos, así que estoy yo a su cargo, si necesita algo no dude en llamarme, con su permiso —Kenneth únicamente asintió suavemente mientras observaba a la mujer salir algo apresurada. Alzó la ceja, debía ser un día ajetreado. Observó la puerta algunos segundos para después soltar un suspiro pesado que no pasó desapercibido por la jovencita que se encontraba en la cama. Karen soltó una risita llamando la atención del rubio, quien se giró para sentarse en uno de los banquillos junto a la cama. La chica alzó una de sus manos para indicarle al hombre que se acercase, Kenneth se acercó sin protestar. Sonrió tiernamente al sentir la cálida mano de su hermana posada en su mejilla.
—Ya vendrá el doctor Marsh —susurró la muchacha con una sonrisa pulcra antes de retirar la mano de la mejilla del rubio. El rubor invadió las mejillas de Kenneth muy sutilmente, pero aun así siendo captado por las retinas de la menor que rio entre dientes.
—Qué cosas dices —murmuró rodando los ojos y negando efusivamente. Karen volvió a soltar una risita, ésta vez un poco más fuerte.
—Sólo era un comentario, no es para que te pongas así —Kenneth le miró con seriedad aunque aún tuviese las mejillas tenuemente rosadas, y sus ojos destellando a más no poder. Karen podía interpretar todo aquello sin tener que cruzar palabra, después de todo, era muy inteligente, y sin duda alguna se había dado cuenta de que su hermano, indudablemente, había caído por el médico.
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—Pero Staaaanley —el mencionado frunció los labios, el suave tono que Thorn había estado utilizando repentinamente se fue, nada podía complicarse más.
—Pero nada, debo ir a revisar a la paciente, quédate en el maldito consultorio —sentía que estaba tratando con un niño, ni siquiera su sobrino se comportaba de esa manera tan infantil. Sin escuchar las protestas del azabache salió imponente de su consultorio. Cargando con una pequeña carpeta y un bolígrafo, se dirigió a la habitación de Karen McCormick.
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—Por más que me digas que no, es un obvio sí —le dijo Karen con una amplia sonrisa por las reacciones que tenía su hermano ante la pregunta de un posible enamoramiento. Las negaciones incesables que le daba el rubio eran un claro indicio de que no estaba muy lejos de lo correcto. Un tenue golpe en la puerta le hizo detener su ronda de preguntas incómodas hacia su hermano. Kenneth giró bruscamente (imprudente una vez más) la cabeza para encontrarse con el mirar zafiro de Marsh.
—Oh, se encuentra aquí —dijo algo sorprendido el azabache, sinceramente, no había llegado a creer las palabras del rubio, eso de que iba a ir a visitar a su hermana todos los días, pero ahí se encontraba el hombre. Aunque, no debía bajar la guardia, después de todo, era un detective. Kenneth asintió repentinamente mudo, entonces vio al hombre acomodarse el estetoscopio y pensó que lo más prudente sería salir para dejar que diera la revisión de manera tranquila. Se levantó dispuesto a retirarse cuando la voz del médico le hizo detenerse. —Puede quedarse, no tengo ningún problema —con la cabeza gacha regresó rápidamente para sentarse donde antes se encontraba. Qué demonios le estaba pasando. Se recriminó mentalmente, normalmente no tenía este tipo de actitud, siempre era muy imponente pero la pesada y fuerte presencia del médico era más. Suspiró, nuevamente, uno de sus tantos suspiros en aquella tarde. Se mantuvo en silencio mientras observaba al médico hacer sus anotaciones y preguntar si Karen tenía algún dolor. Se mostraba tan atento que todo lo que había leído sobre él parecía una mentira, como anteriormente ya lo había pensado.
Sentir esa mirada curiosa sobre sí, ciertamente no ayudaba mucho, hasta cierto punto le llegaba a incomodar, pero ya estaba acostumbrado a que le mirasen fijamente por un tiempo. Le restó importancia y centró su concentración a lo que estaba escribiendo. Levantó la mirada muy sutilmente para encontrarse con el rubio observándole seriamente, alzó una ceja, y el hombre desvió la mirada para centrarse en su familiar. Quien había atrapado a quién con la guardia baja.
—Bien, parece que su organismo está tomando de buena manera el tratamiento, si continua así es posible que pueda recuperarse en unos pocos meses —dijo Stanley sin despegar la mirada de las hojas que portaba. Se escuchó un muy ligero "Gracias a dios" por parte del rubio, a lo que el azabache alzó la cabeza. —No, gracias a la ciencia —con una sonrisa adornándole el rostro, haciéndole ver como un ser casi perfecto. —Nos vemos mañana —sin dejar de sonreír salió lentamente de la habitación. Dejando a los hermanos embelesados. Karen fue la primera en reaccionar dándole un pequeño golpe en el brazo a su hermano haciendo que se espabilara.
—Ve, despídete bien.
—Karen, qué—
—Ya escuchaste, yo estoy bien, no te quedes aquí y muévete —lo empujó suavemente del brazo, queriendo correrlo de la habitación para que no desaprovechara su tiempo y hablase con el médico. Kenneth, confundido, obedeció a su pequeña y salió rápidamente de la habitación buscando con la mirada al médico que apenas estaba a unos cuantos metros más allá.
Casi trastabillando se acercó a paso apresurado al azabache, quien le observó con curiosidad.
—Joven McCormick ¿Sucede algo? —la curiosidad en los rasgos faciales del azabache eran genuinos, bastante que dejaron sin habla al rubio, cuya boca abría y cerraba sin encontrar las palabras. No le quedó de otra que negar mientras sus mejillas se teñían de rosado, éstas vergüenzas las pasaba únicamente por hacerle caso a Karen.
Con ambas cejas alzadas, Stanley se preguntaba por la actitud del rubio, en un momento estaba como un profesional y al siguiente estaba ahí boqueando cual pez en busca de agua. Qué persona más extraña.
— ¡No! —su voz atorada en la garganta por el repentino nudo salió fuertemente sobresaltando al médico. Se cubrió con las manos la boca. Qué demonios. —Lo siento, no quería alzar la voz era sólo que—
—Staaaanley —fue cortado bruscamente por el llamado a las espaldas del médico, quien rodó los ojos con fastidio. El hombre de mirada rojiza, con el cual anteriormente se había cruzado, se había abalanzado al cuerpo del Marsh abrazándole amistosamente. Contacto que fue cortado por el médico al darle un golpe con el codo en el abdomen. Miró al hombre contraerse por el posible dolor pasajero. Entrecerró los ojos, por algo ese hombre no le había agradado.
—Te dije que te quedaras en el consultorio —el fastidio e irritación era más que palpable en la voz del médico. Con la mirada fija enfrente, la seriedad estaba de nuevo en los rasgos de Stanley, impresionando a Kenneth por el cambio repentino.
—Pero era aburrido estar ahí —murmuró el otro mientras se frotaba la zona lastimada. Estaba a punto de hacer un puchero cuando logró notar la presencia de Kenneth, se irguió y observó fijamente al rubio, y éste a él de igual manera. De pronto, el ambiente se colocó en un tenso trance, y Stanley lo notó. Dejando a los dos de lado, rodó los ojos, comportamientos de niños no eran para nada aceptables, menos en su presencia. Se retiró con un carraspeo, dirigiéndose a otro sector del hospital para entregar los papeles que había llenado.
Claro, cómo pudo Thorn haberlo olvidado, pero si él era McCormick, Kenneth McCormick, aquel detective que se había valido de todo para mandar a su padre a la silla eléctrica. Con razón le había llamado la atención cuando fue mencionado sutilmente por el médico.
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Le habían mandado a la recepción por lo que a trote lento llegó donde, por un momento, olvidó que estaba su sobrino acompañando al hombre que atendía. Le extendió una serie de documentos bajo la atenta mirada del pequeño.
—Tío Stanley —dijo con su tierna y suave vocecilla.
— ¿Qué sucede, Theodore? —preguntó al aire mientras firmaba algunos espacios que le eran marcados por el hombre de cabellos castaños.
—Me tendrá que acompañar a Londres unos meses —detuvo su muñeca y llevó su mirada pasmada al pequeñín.
Creo que todo se está complicando cada vez más, uy. Ya es media noche aquí en mi patria así que perdonen si quedó con algunos errores, pienso que lo corregí bien y revisé lo mejor que pude. Está en su mayoría girando en torno a Ken' así que habrá algunas cosas que no se entiendan muy bien.
Kami fuera ~
