—Damien, ¿estás bien? Estás más nervioso de lo normal —le dijo el muchacho ladeando la cabeza mientras le observaba con curiosidad.

—Sí, es sólo… tengo uno que otro problema —contestó tranquilamente regalándole una sonrisa al rubio, quien alzó una de sus cejas.

—Por qué no me sorprende, pero he de suponer que es un problema mucho más serio a lo que comúnmente tienes —mencionó riendo un poco por la reacción que tuvo el azabache al con los ojos abiertos con sorpresa y el ceño levemente fruncido, fue tanta la impresión que inclusive no reparó en que se impulsó sobre el asiento para quedar sentado en la orilla del mueble con la espalda completamente recta.

—¿Por qué lo dices?

—Por tu comportamiento, nunca te quedas en la sala sólo a pensar —sonrió ampliamente. El azabache volvió a dejar su espalda contra el respaldo posando ambos brazos en el reposa manos del sofá mordiéndose el labio inferior. Volvió a llevar su mirada hacia el rubio alzando una mano.

—Necesito que llames a Broflovski —dijo pasando a sobarse con esa misma mano, la barbilla meditando lo que le diría al pelirrojo. El rubiecillo alzó ambas cejas esta vez sorprendido porque mencionara al economista.

—Oh, ¿es algo relacionado con Kyle?

—No del todo, pero quizás le interese—dijo con seguridad. Juntó ambas manos como si fuera a rezar mirando suplicante al otro. —Por favor —El rubio, rodó los ojos sonriendo de lado dándose por vencido ante la petición del azabache.

—Está bien, sólo no causes desorden con lo que sea que estés planeando —le advirtió provocando que soltara una carcajada mientras negaba efusivamente con la cabeza.

—Tranquilo Phillip, no te causaré ningún problema —dijo hacia el muchacho, quien respondía al nombre de Phillip Pirrup, un amigo de su infancia, le consideraba como parte de la familia, al ser el único que de verdad le apoyara.

—Sinceramente, eso espero.

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—¿Que vamos a ir a dónde? —dijo desconcertado el pelirrojo con el aparato comunicador en su oído mientras yacía de pie junto a su escritorio.

Ya escuchaste, nos vamos, a Londres —le murmuró entusiasmado el azabache del otro lado de la línea, juraba que lo veía hasta brincoteando en su lugar al decirle eso. Suspiró frotándose la sien.

—¿Y puedo saber la razón? Porque no puedo dejar simplemente así como así la oficina, todavía tengo muchas cosas que hacer —observó la pila de papeles que tenía acomodados de manera alfabética en su escritorio, no seguro de cómo terminaría con todo ese trabajo en una semana pues ese el plazo que tenía.

Podrías dejarle algunas cosas a Patty —sugirió el otro haciendo que el economista frunciera los labios no concordando con la idea.

—Son demasiadas cosas juntas, Damien, y por más que quiera, Patty necesita que la supervise en lo que hace, han estado llegando tantos clientes que necesitan hacer algo con su dinero, son igual de insensatos como tú —señaló con fastidio recordando todas las personas que habían llegado con la intención de hacer negocio pero habían terminado con algunas deudas por sin ningún lado y él debía de intervenir para saber las razones por las cuales habían perdido más dinero del invertido.

Hombre, no soy insensato —bufó el azabache.

—Si quieres seguir con ello está bien, lo siento Damien, pero no te podré acompañar, no al menos hasta que me des una razón aceptable como para dejar todo e ir allá, donde sinceramente no sé qué rayos tengas que hacer —dijo con cansancio recargando un poco de su peso contra la madera del escritorio.

Bien, me harás decirlo, quería guardarlo como un secreto pero

—Basta con tus rodeos y habla que todavía no termino con lo que estaba haciendo —le cortó mirando aburrido entre los papeles mientras tomaba asiento y se ponía a escribir en su cuaderno negro de anotaciones sosteniendo el auricular alzando suavemente su hombro para apoyarlo.

Bien, bien… El Dr. Marsh irá a Londres así que iremos en su compañía.

—Hasta qué punto vas a seguir con tu acoso —murmuró sarcásticamente garabateando sobre el papel.

En ese caso iré solo —dijo fingiendo estar indignado, haciendo que el pelirrojo detuviese su escritura y pasara saliva con dificultad.

—E-Espera, espera, nunca me negué completamente —rápidamente contestó ganándose una carcajada limpia por parte del hombre al otro lado de la línea.

Tan predecible —se dijo en voz alta con una gran sonrisa en el rostro. Kyle rodó los ojos.

—Aish, ¿es lo único que tenías para decir? —preguntó esperando que realmente fuese todo y pudiera seguir con su trabajo.

Prepara tu equipaje que nos vamos en menos de lo que esperas.

—Dam—

Adiós, adiós —y colgó abruptamente dejando al hombre con la palabra en la boca. Colocó la bocina en su lugar mientras se mordisqueaba el labio inferior.

—Qué voy a hacer con este hombre… —suspiró. Pensando en lo que el azabache le había dicho viniéndosele la imagen del médico, quizá éste ni siquiera estaba enterado de lo que tenía planeado el otro. —Mejor debería avisarle…

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—¿Sí? —una cabecilla se asomó por la puerta, de igual forma a como lo había hecho cuando el azabache había ido a visitar al médico. El niño miró con sus orbes expresivos al hombre frente suyo admirándose de su cabello rojo y rizado que se escapaba juguetonamente por debajo del sombrero negro que portaba aquel día.

—Oh, disculpa pequeño, ¿está el Dr. Marsh? —hizo una pequeña inclinación de la cabeza haciendo que su cabello siguiera el movimiento. Theodore, con la boquita entreabierta asintió rápidamente para pasar a sonreír tiernamente. Ese hombre parecía ser una buena persona, definitivamente se notaba en todo su porte.

—Sí, está en el salón de música—dijo abriendo un poco más la puerta para que pudiese pasar la figura del economista, pero éste se quedó afuera mirando hasta el fondo del gran pasillo. Llevó su mirada verdosa hacia el castaño quien le miraba con verdadera curiosidad.

—¿Podría pasar a hablar con él? —preguntó sonriéndole a manera de disculpa al pequeño.

—Seguro que sí—le regaló una sonrisa dejando que el hombre pasara. Cerró la puerta y le tomó suavemente de la mano halándole por el pasillo para encaminarlo. —Acompáñeme —le dijo guiándolo por el pasillo hasta llegar a una de las habitaciones al final. Apuntó a una de las puertas. —Ahí está el tío Stanley —Kyle le observó, así que el pequeñito era su sobrino. Sonrió para sus adentros ante la ternura que le invadió en pensar lo amable que debía ser el hombre con el niño.

—Gracias pequeño —con una leve inclinación, el muchachito se perdió por alguno de los otros pasillos escuchándose sus pasitos subir apresurados las escaleras hasta que se quedó en silencio, entonces prestó atención al salón, el cual no se encontraba en silencio.

Una melodía se dejaba escuchar a través de la gran puerta. Sintiendo como sus manos comenzaban a ponerse sudorosas, se limpió las palmas en su pantalón para después proceder a girar la perilla de la puerta, asomándose por el hueco buscando con la mirada la figura del médico que se encontraba frente al gran instrumento de cuerdas. Embelesado con la melodía, se quedó en el umbral aun sosteniendo la perilla observando cómo las manos se movían por las teclas. Llegó a distinguir, con sus pocos conocimientos sobre la música que era una sinfonía de Mozart, verdaderamente hermosa para sus oídos al ser interpretada por el hombre. De verdad que era alguien de muchos talentos, y ése talento con la música le había sorprendido, un atributo más que lo hacía una persona genuinamente interesante.

Llegó a sentir una presencia en el salón, más no detuvo en movimiento de sus dedos, aquello le relajaba en demasía. Pero previendo que quizá la persona que llegó quería hablar con él se detuvo lentamente, llevándose consigo el sentimiento pacífico y tranquilo que le proporcionaba el sonido del instrumento. Soltó un suspiro cerrando los ojos, disfrutando todavía del melodioso sonido que se repetía en su mente posando sus manos sobre las teclas sin hacer mucha presión. Bajó la pequeña tapa que cubría las teclas para girar suavemente su torso llevando su mirada hacia la puerta donde el pelirrojo yacía de pie observándole. Le regaló una sonrisa volviendo a voltearse para poder incorporarse de su asiento. Acomodó sus ropas mientras caminaba tranquilamente hasta quedar a algunos metros del pelirrojo.

—¿A qué se debe esta inesperada visita?

—Venía a hablar sobre algo que me dijo Damien, que quizás a él ni a mí nos incumbe pero de alguna forma terminó incluyéndome —sonrió nerviosamente disculpándose con la mirada por las acciones que había tomado el azabache.

—¿Será acerca del viaje a Londres? —inquirió el médico pasando por su lado para salir del salón, siendo seguido de cerca por el pelirrojo a lo largo del pasillo.

—Ah… sí, de alguna forma quiere que le acompañemos… que seamos su compañía o algo así trató de decirme, pero para ser verdad, no creo que debamos inmiscuirnos en esto, si es que tiene alguna razón importante para ir allá —murmuró llevando su mirada hacia la alfombra en el piso. El médico le miro por sobre el hombro.

—He de agradecer la consideración que tiene hacia mi persona, señor Broflovski —rió levemente entrando a la salita seguido por el economista, quien llevaba las mejillas levemente sonrosadas.

—Eso… eso no es nada, sólo no pienso que sea lo correcto, quizá y le estorbemos.

—Realmente no tengo algo muy profundo por lo cual debo de ir, pero la presencia de Thorn podría cambiar mi humor significativamente —Tomó asiento en su sofá individual, indicando al pelirrojo que se sentara en el sofá de enfrente siendo obedecido casi inmediatamente.

—Es exasperante —dijo con fastidio mientras se sentaba ganándose una pequeña risa por parte del médico.

—Exacto, así que no pienso que sea bueno que deba ir, o siquiera pensar el acompañarme. Pero aun así, me debo informar sobre lo que tengo que hacer. A pesar de todo, hubiera terminado por ir si hubiese aceptado la invitación a la reunión de médicos que hacen —apuntó mirando hacia la pared mientras pensaba frunciendo levemente el entrecejo. Debía de llamar a su hermana. Sacudió la cabeza y llevó su zafiro mirar hacia el economista. —De todas formas, muchas gracias por decirme acerca de los planes que tiene ese inútil —frotó sus manos sonriendo abiertamente al hombre, quien sintió su rostro enrojecerse furiosamente.

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—Vaya, hasta que la señorita se dignó a contestar —dijo con sarcasmo ganándose un gruñido del otro lado de la línea. No podía creer que después de casi diez intentos había logrado contactar a su hermana.

Señora, mocoso, soy una mujer casada—Masculló haciendo que Stanley rodara los ojos. No importaba cuanto tiempo pasara, ella seguía refiriéndose a su persona como alguien mucho menor a lo que era, podría inclusive reír por ello.

—¿Y bien, mujer casada, exactamente para qué me quiere allá?, hizo que mi querido sobrino mintiera vilmente por sus elaborado planes —se quitó varias pelusas que llevaba en el pantalón murmurando con aburrimiento.

No puedo decírtelo hasta que estés aquí —Stanley gruñó, tan así era como se encontraban las cosas. De verdad que era serio en lo que sea que se metió.

—Eso no suena como un buen plan —curveó las cejas masajeándose el cuello, moviéndolo repetidas veces hasta que sintió el delicioso chasquido de sus vértebras y se relajó.

Mira, necesito decírtelo cuando estés en mi presencia para que no hagas alboroto, cuanto más rápido llegues aquí, mejor será para ti.

—Cómo es que tus planes me van a favorecer, eh —alzó una de sus cejas sospechando acerca de lo que tuviese que hacer.

Lo harán, tú sólo confía.

—No puedo confiar, no está en mis criterios —apuntó haciendo un recuento de qué criterios y principios hasta el momento había roto, quedando ese como el único que no podría deshacer.

Soy parte de tu familia, y exijo mi respeto

—Eso de mi parte no lo tendrás —dijo burlonamente ganándose una maldición por parte de la mujer castaña.

Sólo cállate ya y ven junto con Theodore.

—Si algo se te sale de las manos antes de que llegue allá no me hagas arreglarlo porque simplemente no lo haré y lo sabes —respondió secamente tornándose en su momento bastante serio logrando sacarle escalofríos a la mujer del otro lado de la línea.

Mantendré todo en orden, por cierto, mis condolencias poco sinceras para ti —recordó Shelly, quien se miraba las uñas en la comodidad de su hogar.

—¿Huh?

Ni siquiera pareces un tanto triste, de verdad que es sorprendente, ella que te quería tanto —suspiró frunciendo los labios esperando por la respuesta de su hermano.

—Sólo ve al grano, mujer —frunció las cejas manteniéndose en silencio sólo escuchando la respiración apaciguada de su hermana al otro lado, hasta que ésta soltó una pequeña risa.

Oye, te estoy dando mis condolencias y me tratas así, no has cambiado nada —rodó los ojos frunciendo el ceño. Esa conversación ya estaba siendo innecesaria.

—¿Esto es todo?

¿Por qué debería de serlo? Ah, mentira, sí, es todo, llámame una vez ya estés seguro de que vendrás —y cortó dejando al azabache mirando con aburrimiento hacia el aparato. Sinceramente esperaba que no se le saliera de las manos lo que sea en lo que estuviera metida Shelly.

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No había sido de su intención escuchar la conversación, pero lo había hecho y, no, no se arrepentía de haber escuchado aquello. El doctor se iba a Londres, para qué, por qué, de cuánto tiempo estamos hablando. Se preguntaba mientras acomodaba su cabello posando su mirada en ningún punto fijo de la habitación. Bufó. Estaba siendo demasiado lenta en sus acciones, de esa forma sedentaria ¿cómo atraería al hombre y su dinero? Frunció los labios, saldría a dar un paseo por la ciudad para despejarse, sinceramente, quedarse en su pequeño cuarto observando la nada no le ayudaba. Quizá pasar un tiempo en el pequeño café cerca de las afueras de la ciudad le ayudaría.

Salió rumbo al café, llegando algunos minutos después. Entró admirándose y sonriendo ante el cálido ambiente que ahí reinaba. Caminó entre las personas hasta sentarse cómodamente en una de las mesas junto a la ventana. Era bastante hogareño, le agradaba. Se decidió por tomar un pequeño té de vainilla. Observaba la humeante tacita entre sus dedos y procedió a beber tranquilamente el líquido.

Guio su mirada por el lugar para ver quién había entrado y quién salido hasta que se encontró con un rostro familiar. Bajó la taza colocándola suavemente sobre el platito observando al hombre de cabellos rubios cerca de la gran barra que separaba a los cocineros de los clientes. Era el mismo rubio que había visto en el hospital, y el mismo que había estado platicando casi amenamente con el médico que tan intrigada le tenía. Le miró arriba-abajo notando la pequeña pose de fastidio que tenía, seguido de sus facciones molestas. Parpadeó apartando su mirada para observar por la ventana, sorprendiéndose de encontrar un auto frente al café con un regordete hombre recargado en una de las puertas con el ceño fruncido y una parte de su rostro pintado de un color rojizo con el labio inferior partido por una de las comisuras. Alzó una ceja y siguió tomando su té. Esos hombres se le hacían conocidos y a la vez no.

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—Pero tal vez sí podría dejar a Karen, ella lo entendería, son cuestiones de trabajo —se apoyó con fuerza casi saltando fuera de su asiento con una expresión de completa sorpresa.

—No era como para que te exaltaras, ya ves que lo que digo sí tiene algo de espectacular —sonrió victorioso al notar la reacción precipitada que había logrado hacer tener al rubio. Rio por lo bajo.

—Sí, claro —rodó los ojos haciendo una negación con la cabeza.

—Podrías darle la sugerencia al jefe e ir con él, pero no sé si acepte, digo, yo ya me ofrecí —murmuró socarronamente logrando hacer que el otro hiciera sus manos puños todavía estando recargado contra el escritorio.

—¿Por qué lo hiciste?… Sabes que este caso es mío —usó un tono el cual denotaba lo molesto que se encontraba en esos momentos.

—No estás llegando a ningún lado.

—Tú qué sabes —frunció el entrecejo endureciendo la mirada.

—Lo suficiente como para estar seguro que sólo estás ahí babeando tras ese hombre —le restó importancia chasqueando la lengua y tomando algunos papeles que tenía sobre el escritorio. McCormick respiró erráticamente sintiendo la adrenalina correrle por la sangre al sentirse tan ofendido.

—No es así, sabes que no es así, me lo estoy tomando en serio —alzó un poco la voz sorprendiendo al otro rubio que estaba en silencio esperando que eso no se desenvolviera en algo mucho peor de cómo se veía. Kenneth no se veía como si fuese a soportar mucho e iba a terminar golpeando al castaño. Estaba previéndolo.

—Pues no lo parece —fue la frase detonante para que el rubio abandonara su posición y fuese donde el castaño para tomarlo por el cuello de la camisa que portaba. Observándole con los ojos inyectados de sangre.

—Mira, imbécil, no te metas en mis asuntos, es mi caso, lo sabes, siempre lo has sabido pero aun así tienes tu nariz metida en esto, encárgate de tus propios casos y encierra a tus criminales, déjame a mí hacer lo que tenga que hacer —el castaño se soltó de agarre levantándose de su silla gritándole al rubio.

—¿Lo que tengas que hacer? ¿Ir ahí a exponerte para no hacer nada? —agitó los brazos. Kenneth tensó la mandíbula.

—Estaba claramente estipulado que no iba a hacer ningún movimiento hasta que hiciera algo sospechoso, sabes que la razón por la que fui es Karen y su estado tan delicado —señaló haciendo gestos con sus manos para aclarar el punto a lo que Cartman únicamente alzó una ceja.

—¿Y no ha hecho nada sospechoso? ¿Y todo su dinero? ¿Qué pasó con su dinero? ¿Acaso lo sabes?

—Sí, lo sé porque lo investigué, no estoy como tú supones, babeando tras él —asintió una y otra vez. Acercándose al castaño. —Voy en serio —dijo entre dientes. Eric sonrió de lado.

—Seguro que sí, en hacerlo tu novio —dijo con burla, ganándose un gruñido por parte del rubio.

—Te vas a la mierda —fueron las palabras que dijo antes de estamparle un golpe a puño limpio en la barbilla haciendo que se tambalease y cayera de espaldas contra el escritorio. Tweek se levantó rápidamente de su lugar yendo donde el castaño. —Seré yo el que vaya a Londres y nada queda por discutir —le escupió las palabras al castaño yendo hacia la puerta dando fuertes pasos mientras tomaba su abrigo para salir nuevamente.

—Kenneth, ¿a dónde vas?—Tweek preguntó una vez vio a McCormick con la mano en la perilla de la puerta. El hombre se giró observándole todavía con el ceño fruncido.

—A reclamar mi lugar con el jefe, iré con él aunque a éste estúpido no le guste —dijo apuntando con la cabeza al castaño que se quejaba del dolor, y salió dando un portazo.

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—Lo provocaste de más, Eric —dijo el pequeño rubiecito colocando hielo sobre el golpe que le había proporcionado el otro rubio.

—Quería ver hasta donde llegaba su paciencia, el idiota tiene agallas cuando quiere y sabe tirar golpes, auch —dijo muy apenas el regordete frunciendo el ceño por el dolor que le invadía por la mandíbula extendiéndose por todo el rostro. Tweek reprimió una sonrisilla.

—Supongo que lo estabas subestimando más de la cuenta, sé más precavido la próxima vez.

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—Pero ¡¿por qué?! —se abalanzó sobre el cuerpo del médico haciendo que se tambaleara y frunciera los labios tensando la mandíbula. Fingió sollozar enterrando su rostro en el cuello del contrario. Sintió cómo el azabache suspiraba.

—Porque sí —dijo sin más. Fue a casa del castaño para avisarle sobre su ausencia y que no se preocupara una vez no le viera en el hospital, pero no se esperaba que el castaño casi rompiera a llorar ahí, aunque ya no sabía distinguir si el hombre deliraba por estar saliendo de su episodio de fiebre o simplemente estaba exagerando como siempre. Se dejó abrazar estando con la mirada posada sobre algún punto de la pared, aburrido. —Clyde, se supone que tu reacción debía de ser algo alejado a esto.

—Pero, pero, me vas a dejar solo con las brujas —murmuró separándose del médico mirándole con ojos de cachorro malherido. Stanley rodó los ojos soltando nuevamente un suspiro. Negó mirándole.

—Te servirá para que sepas controlarte —El castaño soltó quejidos mientras volvía a abrazar al hombre. —Además, no te vas a quedar solo, tendrás la compañía del suplente —dijo manteniéndose quieto en su lugar, esperando alguna reacción por parte del moreno.

—Un suplente no es lo mismo, quiero a mi colega —y por un momento, Stanley, recordó al molesto de Thorn, qué bueno que el azabache no lo había abrazado cual niño pequeño como lo estaba haciendo Clyde sino lo hubiera molido a golpes ahí.

—Será poco tiempo Clyde —dijo tomando los brazos del castaño para separarlo de su persona, notando los ojos rojos del castaño. ¿De verdad iba a llorar? Frunció en entrecejo mirándole. —Donovan, no te pongas a llorar —el mencionado soltó un hipido.

—Es que, no quiero, Stanley, quédate —se soltó del agarre volviendo a abalanzarse para el fastidio del médico. Por qué dejaba que hiciera eso, quien sabe, ya no veía razón para pelear con él, con lo testarudo que llegaba a ser.

—Debo acompañar a mi sobrino.

—¿Tienes un sobrino? —preguntó separándose del hombre mirándole con los ojos abiertos a más no poder. ¿Y las ganas de llorar que tenía? Stanley torció los labios, Clyde era bastante cambiante, definitivamente era como un niño. Asintió ante la pregunta, dejando al castaño formar con su boca una perfecta "o". Se pasó la palma de la mano por el rostro cerrando los ojos y negando, haciendo un intento por relajarse. Estaba comenzando a dudar si debía dejar el hospital en manos de éste hombre y el suplente, con quien todavía no había tenido una conversación, y no sabía si podía confiar plenamente en él, porque era obvio que no lo haría con el castaño.


My my, ahora tardé un poco menos, yeih! Casi puedo decir que se escribió solo, ains.

Apareció Pip bebé, bueno, aún no puedo decir si será crucial en la historia o no, así que por mientras ahí se encuentra como un secundario muy cercano a Damien. Y puedo mencionar que adoro escribir a Clyde con éste tipo de personalidad, no lo sé, le da cierta chispa.

Supongo que eso es todo lo que tengo por decir, espero hayan tenido un bonito fin de semana c:

Kami fuera ~