Dejó caer con algo de brutalidad, la pequeña maleta con que cargaba girándose hacia el hombre. Alzó los brazos logrando así tomar el cuello de la camisa del otro, comenzando a sacudirle mientras fruncía el entrecejo.

—Puedes decirme, cómo es que acepté a subir al barco contigo —gruñó entre dientes sin dejar de moverse casi con desesperación, y la risa del otro no ayudaba mucho.

—Tranquila princesa, ya te lo había explicado —dijo alzando ambas palmas sin que la sonrisa en su rostro desapareciera.

—Pero maldita sea, ¿no es un poco antes? —murmuró con fastidio ignorando el sobrenombre que el azabache le había dado debido a su reacción precipitada. Dio uno que otro golpeteo sobre el asfalto con su pie tratando de calmarse. Inhaló una y otra vez hasta que su respiración alcanzó los niveles deseables para que no le diera un ataque y terminara estrangulando al otro ahí, frente a los transeúntes.

—Quizá lo sea, pero cuanto antes mejor, ¿no lo crees? —dijo el de mirada rojiza alzando los hombros. —Tenemos tiempo para disfrutar un poco de la ciudad —sonrió para sí extendiendo los brazos bajo la mirada furibunda del pelirrojo.

—¿Disfrutar? ¿Dejé a Patty sola por esto? Damien —masculló apretando la mandíbula y frunciendo aún más el entrecejo. El mencionado intentó ocultar la carcajada que estaba por salir, ganándose así el pésimo humor del economista.

—¿Qué? No te quejes tanto, madre mía —negó rodando los ojos mientras comenzaba a caminar llevando consigo la maleta del hombre, quien la había dejado caer. —Ya, vayamos al hotel.

—Inclusive encontraste un hotel, no puede ser —se llevó las manos al cabello desordenándolo. Siguió al otro bufando por lo bajo.

—Tengo mis contactos princesa —Broflovski ésta vez prestó atención al apodo, acercándose rápidamente al azabache.

—Uno, deja de decirme princesa; y dos, sinceramente es impresionante eso viniendo de ti —murmuró mirando de reojo al Thorn.

—Me subestimas demasiado.

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—Juro que no puedo estar una hora más aquí —dijo con fastidio masajeándose las sienes bajo la atenta mirada del pequeño castaño, quien soltó una risita ocultándola tras sus pequeñas manitas.

—Pero tío Stanley, todavía tenemos que estar por lo menos 14 horas más antes de llegar a Londres —le dijo con una sonrisa burlona. El médico rodó los ojos.

—Exactamente por eso —el niño volvió a reír.

—No le había visto tan fastidiado desde cuando estaba el señor Thorn en la mansión —una pequeña vena hizo acto de aparición en las sienes del azabache haciendo que su cabeza comenzara a doler. Se masajeó la zona con cuidado gruñendo por lo bajo.

—Agh, no lo menciones, tengo el presentimiento que alguna que otra sorpresa nos estará esperando una vez lleguemos a la ciudad —susurró más para sí, pero fue escuchado perfectamente por el castaño, quien le observó con curiosidad.

—¿El señor Thorn estará implicado?

—Desgraciadamente sí —se maldijo mentalmente y el muchachito sonrió ampliamente.

—Será muy divertido verlo de nuevo.

—Tal vez sí —se dio por vencido ante las palabras de su sobrino, entonces cayó en la cuenta de algo. —Oye, podrías sacarlo de quicio como la última vez —hizo una mueca con la intención de sonreír pero sin llegar a culminarse por completo. Theodore rio entre dientes.

—Se exaspera muy fácilmente.

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—Una vez que llegue a Londres debo de ir donde un tal Jimmy, ¿Jimmy? Qué extraño, pero si el jefe lo pidió, es mi deber ir —se dijo mientras escribía en la pequeña libretita. Se encontraba en la zona imperial, bastante pretensioso de su parte, pero bueno, ahí estaba, en una pequeña y modesta mesa, para ser de esa sección, mientras revisaba las instrucciones que había escrito en la libreta de color marrón cuando fue donde el jefe.

—Disculpe, ¿está ocupado ese asiento? —una armoniosa voz le sacó de su pequeño mundo. Alzó la cabeza para encontrarse con una dama de piel blanca y cabello castaño, sonriéndole de una manera dulce. Llevó la mirada donde la joven apuntaba y negó.

—Eh, oh, no, tome asiento —se levantó tentativamente de su silla para que la dama tomara asiento frente suyo.

—Perdone si le molesto —le mandó una mirada de disculpa mientras se sentaba.

—Nada de eso —acomodó sus ropas y volvió a sus asuntos casi ignorando la fragancia que la mujer emanaba.

—¿Visitará a algún familiar? —quiso hacer indicio de alguna conversación. Recibiendo una titubeante respuesta.

—Sí, tengo, ah, un primo que ver, resultó estar algo enfermo y pues, aquí estoy —sonrió nerviosamente ante la presencia de la dama, quien le examinaba de una manera demasiado meticulosa para su gusto. Se regañó en el interior por dejar que una mujer le distrajera de los planes que estaba formulando, aunque simplemente fueran instrucciones dadas con anterioridad.

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—Por fin fuera de ese lugar, no puedo creer que haya estado tres días rodeado de toda esa gente —masculló mirando con el ceño fruncido a las personas que bajaban e iban por la calle con sus maletas. Theodore rio ganándose una mirada de disgusto por parte del hombre.

—Es tan quisquilloso, tío —sonrió negando suavemente. El médico se vio en la necesidad de argumentar algo a su sobrino cuando fue interrumpido por una voz a sus espaldas, la cual parecía mucho más clara ya que no estaba detrás de algún aparato de comunicación.

—Vaya, vaya, vaya —El azabache se giró para encontrarse con una mujer de cabellos castaños, y ropa un tanto sofisticada, más esa mirada llena de burla. Alzó una ceja sonriendo de medio lado hacia la mujer.

—Miren quién está ahí —dijo para sí haciendo a la mujer sonreír ampliamente.

—¡Mamá! —El niño dio un pequeño salto en su lugar y se apresuró a llegar donde la mujer que le recibía con los brazos abiertos, envolviéndolo así en un dulce abrazo.

—Mi pequeño Theodore, te extrañé tanto ¿me extrañaste? —le murmuró besando repetidas su pequeña carita que acunaba con sus manos, haciéndole reír de manera risueña, Theodore asintió. El médico se acercó lentamente hasta llegar donde los otros dos.

—Señora Marsh —dijo de una manera casi melodiosa. Shelly, que se encontraba inclinada suavemente para abrazar a su hijo, se alzó sonriendo al azabache.

—Prestigioso e inmaculado Dr. Marsh —el médico se permitió reír mientras negaba ante la extravagancia. La castaña tomó la mano del niño. —Vamos a casa.

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Todavía no llegaba a comprender cómo fue que terminó compartiendo el tiempo con la mujer de encantadora figura. Bien podría haberla ignorado pero su lado de caballero no le permitiría cargar con la culpa de dejar a una hermosa dama hablando consigo misma. Así que ahí estaba, siendo lo más amable posible, llevando consigo las maletas de la dama, y también la suya. Soltó un suspiró por lo bajo mientras le entregaba la maleta a la mujer. Ésta sonreía con tanta viveza, que se sintió un poco abrumado con tanto brillo.

—Gracias por ayudarme con las maletas, ehm… —ladeó la cabeza con curiosidad esperando sacar así el nombre de aquel apuesto rubio que se había portado de lo más atento. Kenneth parecía más distraído que presente así que sacudió su cabeza de una manera torpe dejando salir titubeante su nombre.

—Kenneth, Kenneth McCormick —la dama alzó su mano confundiéndole un poco, sonrió mientras decía tranquilamente:

—Mucho gusto, Tammy Warner, con algo de suerte nos volveremos a encontrar —una pizca de coquetería se hacía notar en su tono de voz. Kenneth frunció levemente el entrecejo tomando la mano de la dama, posando un delicado beso en el dorso de esta.

—Seguro.

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Paseó la mirada por todo el lugar meticulosamente. Era una mansión lo suficientemente grande para apreciarla en su totalidad, con adornos muy barrocos, alguno más llamativo que el otro, bastante excéntrico a comparación con su propio hogar, pero estaba de más decir que le gustaban las cosas simples y sobrias. Sumado a los colores neutros e inclusive fríos. Pero aquí había demasiado color para ser verdad.

Entraron a la sala recubierta con colores oro y diferentes tonos rojizos. Realmente no podía esperar menos de su hermana.

—Bonito lugar —se dio la libertad de decir mientras merodeaba por la habitación hasta detenerse cerca de un estante de ojo, lo suficiente brillante para que captara su atención desde que entró en ese cuarto. Estaba tan adornado que llegaría a pasar por una parte de un palacio.

—Es un lugar precioso —escuchó a Shelly decir. Giró un poco la cabeza para encontrar a su hermana tomando asiento cómodamente en uno de los grandes sofás que adornaban y formaban parte de la ornamenta exuberante de la casa. El pequeño castaño tomó asiento a su lado.

—La casa del tío Stanley se ve más linda —murmuró con una sonrisilla mirando al mencionado. El médico sonrió levemente mientras escuchaba a la mayor refunfuñar por lo bajo.

—Gracias Theodore por apoyar a tu indefensa madre —se cruzó de brazos mandándole al niño una mirada de reprimenda a lo que el jovencito sonrió ampliamente. La castaña negó por lo bajo y palmeó suavemente la cabecita del niño. —Querido, ve a acomodar tus cosas en la habitación ¿sí? —el pequeño atendió la orden casi de inmediato, dando un brinco, tomó sus cosas subiendo rápidamente hasta su habitación, escuchándose sus pasitos desaparecer a la lejanía. Stanley, que seguía admirando todo con sus ojos calculadores cayó en la cuenta de que faltaba algo.

—¿Dónde está tu esposo? —dijo por fin girando en dirección la mujer, ella hizo un gesto con la mano restándole importancia.

—Por ahí debe de estar —el médico alzó una ceja ante la escueta y corta respuesta que le fue dada.

—¿Qué clase de respuesta es esa?

—Es mi clase de respuesta —la seriedad con la cual Shelly se lo dijo le hizo alzar ambas cejas.

—Tan curioso —murmuró volviendo a llevar la mirada hacia el estante que antes observaba, quedando su mirada zafiro pegada a un pequeño y brillante objeto. Dio un paso más cerca del estante, estando frente con ambos brazos en su espalda. —Puedo indagar un poco más y preguntar qué está haciendo esto en el estante —dio una última mirada hacia el objeto y volteó hacia la castaña.

—Oh, pero únicamente es un frasquito de adorno —dijo haciendo muecas para evitar que la sonrisa se mostrara en su rostro, fallando en el intento. El azabache entrecerró los ojos.

—Supongo que el arsénico dentro también es un adorno —ironizó. Shelly ambas cejas dejándose sonreír aún más. No iba a negarlo, estaba completamente segura que él lo discurriría sin siquiera abrir el frasco, pero no dejaba de sorprenderle.

—Siempre tan observador, no pude engañar a tus ojos, realmente tienes la habilidad —por más que ella sonriera, el rostro apaciguado y serio del azabache no se iba, parecía penetrarle con ese zafiro mirar, llegó a sentirse inferior pero no se lo haría saber, así que se acomodó con la espalda recargada sobre el sofá paseando las manos por sobre su vestido.

—¿Qué hace algo tan nocivo como el arsénico cómodamente puesto en el estante al descuido de que cualquiera pueda tomarlo? —una pizca de preocupación yacía en la voz resonando en la habitación. Shelly no evitó reír por lo bajo.

—Tranquilo, si te preocupa Theodore, él sabe que no debe acercarse al frasco especial de mami —alzó la barbilla como si estuviese orgullosa. El azabache ladeó la cabeza mientras alzaba una ceja.

—¿Frasco especial? ¿Para qué querrías un frasco lleno de arsénico, es más, dónde lo conseguiste? —la castaña arrugó la nariz ante las preguntas que el médico lanzaba, de dónde había salido toda esa curiosidad. Entreabrió los labios. Había cosas que podía decirle a su hermano y otras que deberían mantenerse en el anonimato.

—Eso ya es algo que no puedo revelar, pero quién sabe, tal vez me sea útil —alzó los hombros sonriendo de medio lado.

—Exactamente para qué —no estaba en su naturaleza hacer tantas preguntas pero ese veneno ahí había sacado a relucir parte de la curiosidad que tenía por saber más acerca de las cosas, sobre todo viniendo de su hermana mayor a quien tenía un buen tiempo sin ver personalmente.

—Oh no lo sé, acabar con mi propia existencia o con la de mi esposo que ha de estar con alguna mujerzuela, o tal vez para darle un simple susto —divagó un poco mirando hacia el techo de la habitación pensando en algunas ideas más. Stanley ignoró el hecho de que ella estuviera haciendo mención de algún engaño, cuando antes se había mostrado tan desinteresada en lo que fuere que estuviese haciendo su esposo. Frunció los labios antes de hablar.

—En serio que no tengo idea de lo que pase con tu matrimonio, y no me interesa saberlo del todo —hizo una pausa apuntando al reluciente frasquito. —Pero aun así, esto debería estar disimulado —Shelly soltó una ligera carcajada mientras negaba.

—Stanley, nadie entra en esta casa, y los que entran no tienen la remota idea de lo que contiene el frasco —frotó ambas manos sonriendo de una manera bastante oscura. Nuevamente entrecerrando los ojos, Stanley se acercó donde la mujer y se sentó en el sofá contiguo al de ella.

—Eres demasiado misteriosa.

—Usted no se queda atrás —el médico frunció el entrecejo al ver cómo la mujer sonreía para sí mientras cruzaba sus piernas por debajo del abultado vestido.

—¿Para qué me quieres? —dijo tomando una postura erguida mirando seriamente a la mujer. Pudo sentir cómo el ambiente cambió ante la simple pregunta.

—Para, bueno, jugar un poco.

—¿Jugar? ¿Me trajiste para jugar? —se sintió ignorante del hecho de que fuese algún tipo de jugarreta que ella hubiese planeado y el que terminaría saliendo mal fuese él. No estaba seguro de los planes de ella pero no debía confiarse tanto.

—Será algo muy divertido, vamos, eres tan cruel como yo —la simple mención le hizo pensar en que definitivamente no sería algún juego de niños, eso estaba escalando demasiado. Por qué había mencionado la crueldad por sobre todo.

—Ve al punto —masculló, y Shelly se removió en su asiento pensando en las palabras correctas antes de clavar su mirada en la zafiro.

—Quiero que te deshagas de alguien con tus habilidades quirúrgicas —estaba segura, definitivamente, que había visto un destello en el azul de los ojos de su hermano, antes de que estos se abrieran casi desmesuradamente, seguido del profundo entrecejo fruncido. Stanley se quedó en silencio por unos largos minutos sintiendo cómo la garganta se le cerraba y su pulso se aceleraba. Se sostuvo las rodillas con las manos, apretándolas con fuerza ante las reacciones de su organismo. Bajó la cabeza respirando con fuerza halando todo el oxígeno que pudiera. Sintió que estaba más tranquilo y se permitió hablar.

—No soy una clase de asesino a sueldo.

—Pero no hay paga —dijo burlonamente ante la extraña reacción que había tenido el médico. Hasta cierto punto se sintió maravillada de ver tan nervioso al serio hombre.

—Por qué no le pediste esta clase de ayuda a alguno de tus amigos médicos —dijo bruscamente luchando por controlar su acelerado pulso. Bien sabía de los contactos que tenía Shelly por su tipo de trabajo, porqué debía de inmiscuirlo a él en eso. Sí, era una tentativa proposición pero qué rayos, lo haría para satisfacer a su hermana, bien le había dicho que él no se haría cargo de ningún tipo de problema en el que ella estuviera metida.

—Porque son demasiado blandos para hacer algo así, a mí no me vas a mentir Stanley, a ti te encanta el sufrimiento, tanto como a mí, aunque tu nivel supera con creces el mío —como ella no podía engañarle, él tampoco podía hacerlo con ella, era algo de lo cual maldecía a su hermana, ella sabía leer y descifrar a las personas, demasiado bien que inclusive podría llegar a producirle algún tipo de temor si no estuvieran relacionados. Se observaron fijamente por largos minutos, ella con esa sonrisa socarrona y él con su seriedad tan propia.

—Aun si aceptase, no traje ninguno de mis instrumentos —la sonrisa de Shelly se amplió al escucharle. Nada podía ser más perfecto. Se levantó de su asiento acercándose al azabache hasta quedar frente suyo. Extendió los brazos.

—Oh, por eso no te preocupes, puedo conseguir algunos para ti.

—Eres perversa —negó observándole desde abajo.

—Y tú, mi hermano —murmuró cruzándose de brazos esperando alguna respuesta concreta, que no tardaría en llegar por la ansiedad reflejada en los ojos del menor. La pierna derecha del médico comenzó a sacudirse. Se mordió el labio inferior.

—Acepto.

Ahora que tenía un perverso pacto, no podía echarse para atrás. Qué estupidez.

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—Hey rubiecito, qué te trae por estos lares —escuchó a una rasposa voz hablarse. Se sintió demasiado incómodo de estar ahí más su rostro mostraba una seriedad absoluta. Sinceramente, no sabía qué estaba haciendo en los barrios bajos y desolados de la ciudad pero el jefe le había mandado ahí y con exactitud ya no sabía si debería confiar. Llevó su mirada hacia el hombre que le observaba con el ceño fruncido. Inhaló una y otra vez antes de poder hacerle frente y hablar claramente sin que algún titubeo hiciera presencia en su voz.

—Estoy buscando a alguien —se tomó una pequeña pausa al ver que el robusto hombre, acompañado de otros dos, se levantaba de su lugar acercándose a su persona. Tensó la mandíbula controlando las reacciones que pudiera tener. —¿Alguno conoce a Jimmy?

—Por qué lo buscas —murmuró entrecerrando los ojos.

—Me mandaron desde South Park específicamente a buscarle —por dentro estaba tan desconfiado pero no podía flaquear en ese momento. Los otros dos hombres hicieron gestos, como si se hablasen en código.

—Es de quien el jefe habló —mencionó uno.

—En ese caso, podemos enseñarte donde se encuentra —dijo el otro sonriendo un tanto macabro. La alerta hizo acto de presencia en la cabeza de Kenneth, aunque hasta ese punto, ya no había vuelta atrás.

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Estaba en lo que parecía una oficina, bastante elegante para estar en ese punto oscuro de la ciudad. Un enorme escritorio se veía al fondo, viéndose a relucir únicamente por la luz que se colaba.

—Tú debes ser Kenneth McCormick —susurró la persona que yacía sentada frente al escritorio, opuesto a la posición que el detective tenía. —Soy James, Jimmy, Valmer, el jefe te mencionó unas cuantas veces —sonrió misteriosamente a lo que Kenneth alzó una de sus cejas. —Yo me encargaré de que tu estadía aquí no tenga inconvenientes, claro, eso sólo es por tiempo limitado —alzó los brazos como si fuese una bienvenida y el rubio sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

Nadie nunca le mencionó que estaría trabajando de la mano con el líder de la mafia que en ese momento dominaba Londres.

¿Qué clase de contactos tenía su jefe?


No sé, no sé, tardé más de lo que quería escribiéndolo ;; y aun así, afsgafs, quedó dos-tres, espero les haya gustado, si quedó alguna duda volando por ahí, por favor haganmelo saber para aclarar cualquier cosa ;; Perdonar si hay algunos errores.

Kami fuera ~