Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.
***Mis dulces niñas, muchas muchas gracias por sus comentarios a: gery02, janalez, Elizabeth Everly y Alexa Swan de Cullen. Son maravillosas, y a todas las personitas que dieron fav y follow, son lo más maravilloso del mundo.***
Capítulo dos: Una noche más.
Isabella suspiró profundamente mientras se estiraba en la pequeña cama. Apenas cabía en aquel lugar, pero para ella seguía siendo el más cómodo del mundo. No importaba cuántas veces su madre insistiera en cambiarla, que Rosalie sugiriera que la cubriría de chinches para que se deshiciera de ella, ni que Muxu, su perro, siguiera haciendo marcas con sus garritas a los lados. Isabella se había enorgullecido toda su vida—su corta vida—de ser una chica decidida, con carácter y principios, aunque su familia simplemente se refiriera a ella como "tonta testaruda".
Un pequeño beso por parte de su pequeña mascota y sonrió de nuevo, el cachorro sabía sus responsabilidades, y una de ellas era despertar a la perezosa de su dueña.
— ¿Estamos de buenas esta mañana, Muxu? —Un fuerte ladrido, no muy amigable, le confirmó a la chica de cabello revuelto que no era así.
Abriendo los ojos, se encontró con los negros del can, enfurruñados y acusadores. La chica no tardó en darse cuenta del por qué.
Colgando de su pequeña placa de metal había un enorme trozo de tela en el que decía, con la perfecta caligrafía de Rosalie: "Llama a tu madre". Isabella casi gruñe tanto como su mascota. Se levantó a trompicones de su cama, arregló lo mejor que pudo las mantas de diversos colores y colocó sobre la almohada un pequeño ramo de lavanda que tenía sobre su mesa de noche.
Se duchó rápidamente, se cambió por un conjunto sencillo de pantalón, tenis y un top, cubierto por un suéter enorme. El otoño se acercaba conforme agosto terminaba y ella, chica delgada por naturaleza, comenzaba a resentirlo.
Como buena dueña de sus mascotas que era, se aprestó a alimentarlas antes que preparar sus propios alimentos, eso lo había aprendido de sus padres, quienes no desayunaban nunca sin antes ella haber comido. No se podía decir que era lo mismo, pero ella igual lo aplicaba.
—Vamos, Muxu bonito, deja que mamá te quite esa cosa horrible del cuello—el perro se acercó dócilmente ante el tono salamero de su ama y permitió que le quitara el pedazo de tela, Isabella estaba tentada de quemarlo, pero sabía que su amiga haría uno nuevo tarde o temprano.
Una vez con su fiel amigo sin la bandera de guerra en su cuello, le colocó comida y agua en su cuenco, limpió el pequeño rincón en el que su manta y almohada se encontraban y lo cepilló delicada pero rápidamente.
Con el canino feliz y comiendo sin preocupaciones se dispuso a sacar a su pequeña tortuga (no tan pequeña en realidad) y cambiar el agua de su acuario, colocó al reptil en el terrario donde tomaba el poco sol que Forks le ofrecía y donde se desperezaba de sus eternas siestas, una vez aseada y alimentada la tortuga igualmente, preparó sus alimentos.
La chica, aunque hippie de una manera revolucionada, mantenía todo realmente ordenado y limpio en su diminuto apartamento, apenas podía creer que además de sus bebés y ella, de vez en cuando Rosalie y Emmett pudieran quedarse también en el lugar, eso gracias a su muy sofisticado sistema de organización espacial.
Terminó su desayuno repleto de dulce, detestaba los desayunos salados con huevos y tocino, ni siquiera le gustaba el tocino, desde los doce no probaba un solo alimento derivado del puerco y seguiría así por el resto de sus días.
—Adiós, bebés, mamá va a trabajar—le canturreó a su muy ocupado cachorro quien se ocupaba de juguetear con su pelota favorita y a su tortuga quien disfrutaba del sol matutino.
El lugar en el que vivía era un edificio pequeño con muchos escalones, bajó los tres pisos que la separaban del suelo y salió como un bólido por la puerta, respiro el aire frío y subió a su camioneta.
Aunque Isabella se encontraba muy orgullosa de su pequeño apartamento, no estaba tan loca como para tener ahí mismo su estudio, estaba tan segura como que amaba a su perro que éste destrozaría cada pintura hecha, no lo haría con mala intención, pero igual lo haría.
Tomó su celular de entre el enorme bolso en el que llevaba todas sus pinturas de aquella mañana, mandó un breve mensaje a su amiga sabiendo que haría reír a la rubia. "Camino a la tercera dimensión". Decía el mensaje, refiriéndose a que se aproximaba a la casa de su madre, era preferible hacerle una breve visita en lugar de llamarla por teléfono, lo sabía por la experiencia.
Llegó al pequeño suburbio lleno de casas un poco descuidadas y bastante pequeñas, no vivían en Beverly hills en absoluto, pero entre tantas casas medio desvaídas, la casa de un impecable tono amarillo de Renee Swan se erguía hermosa, con un jardín perfectamente cuidado y exudando limpieza por todos lados.
La chica detuvo su camioneta azul frente a la casa de su madre, suspiró al verla, seguramente Renee había pasado toda la mañana llamando al espíritu de su abuela para saber si ella se encontraba a su lado.
Sin poder aplazar más tiempo lo inevitable, salió de su destartalado vehículo, recorrió el camino hacia la entrada y abrió la puerta sin llamar, sería inútil.
Como lo había predicho, Renee se encontraba enfundada en su vestido blanco de vidente, había velas, inciensos y en medio de aquel ritual su madre concentrada y en posición de flor de loto.
—Mamá—la llamó quedamente, mientras apagaba las velas a su paso.
— ¿Isabella? —Su madre no abrió sus ojos, pero su rostro se iluminó y pudo jurar que hasta derramó una pequeña lágrima. —Hija mía, ¿desde qué plano me estás llamando, mi cielo?
Isabella suspiró con cansancio, su madre estaba cada día más loca.
—Mamá—volvió a llamarla, tocando ligeramente su hombro.
Cuando Renee Swan abrió los ojos y vio el rostro níveo de su hija, se sobresaltó enormemente. Isabella agradecía conocerla tan bien y haber sido precavida apagando las velas.
— ¡Atrás demonio del infierno! —Renee se levantó como si fuera una adolescente y no la mujer de casi cincuenta años que era— ¡¿Qué le has hecho a mi hija, demonio?!
— ¡Mamá, por favor! —la joven chica tomó el agua que se encontraba en un vaso cercano y lo arrojó al rostro de su madre, con la sorpresa del agua sobre ella y viendo que no era un demonio con la forma de su hija, si no su pequeña Isabella en realidad, saltó a sus brazos.
— ¡Bebé! ¡Estás aquí! — la chica rodó los ojos, todos los meses era lo mismo, se deshizo gentilmente del abrazo de su madre y permitió que la observara.
—Mamá, ya te he dicho que no llames a Rosalie, sabes perfectamente que trabajo por las noches en el bar. —Se dirigió a la siempre pulcra cocina de su madre, mientras llevaba unos cuantos de los artefactos que ésta utilizaba para invocar al más allá.
—Nunca sé con exactitud cuándo trabajas ahí y me preocupas, mi cielo—la joven no pudo más que asentir. A su extraña y excéntrica manera, Renee era la madre más cariñosa y atenta del mundo, que estuviera un poco tocada de la cabeza, era otro asunto.
—Puedes llamarme a mí, no hay necesidad de que le llames a Rose preguntándole si ya han arreglado mi funeral. —La madre con un puchero de arrepentimiento derritió la furia de su hija, no podía culpar a su madre, después de la muerte de Charlie su mundo se había ido abajo, un día Charlie simplemente no había contestado su teléfono y horas después les daban la notificación de su fallecimiento. —Hoy trabajaré de nuevo, así que no te preocupes.
— ¿Estás teniendo problemas de dinero, cariño? —El tono dulce y tranquilo de Renee, aquel que escuchaba pocas veces su hija desde el fallecimiento de Charlie Swan, apareció. Los ojos verdes de su madre la veían preocupada y dispuesta a solucionar sus problemas.
Isabella tenía la certeza de que con una palabra su madre extendería un cheque hacia ella y la liberaría de sus cargas financieras. Pero ya era una adulta, quizá no había hecho todo lo que habría querido hacer con su vida—ir a la universidad, vivir en una gran ciudad—pero no se arrepentía tampoco de sus decisiones, estaba contenta con poder pintar, estar con sus amigos, sus mascotas y su madre.
—Ha sido un mes difícil, pero nada de qué preocuparse, mamá. —Renee observó a su hija sin creerle ni media palabra, era tan buena y sincera como su padre, lo que la señora Swan agradecía con el alma.
—Puedo hacerte un pequeño préstamo—Isabella estaba a punto de rechazarlo, pero Renee la detuvo—Sería muy pequeño y aceptaré cada centavo de interés.
Isabella sonrió pero negó, así era su madre, queriendo salirse con la suya siempre, y lo había hecho durante toda su vida, excepto con su hija.
—Estaré bien, Rose accedió a dejarme cantar sola esta semana y podré completar lo del alquiler de mi estudio.
La joven Swan no se engañaba, Rosalie había hecho de las suyas para que Sam, su jefe en el pequeño bar de Port Angeles donde cantaban en ocasiones, los dejara presentarse en más ocasiones aquel mes, y dejó que Isabella cantara más canciones también, pues el dinero se lo repartían en función de las canciones que cada uno interpretaba.
—Sabes que ese dinero es más tuyo que mío, mi vida—Renee acarició tiernamente el cabello de su hija, mientras veía cómo cocinaba, la señora Swan apenas podía creer que su hija fuera semejante cocinera, siendo ella y su esposo un desastre en la cocina como eran.
—Ese dinero era de Charlie y tuyo, mamá—Renee chasqueó su lengua mientras veía a la testaruda de su hija con el ceño fruncido.
—Ese dinero lo guardamos tu padre y yo para tu universidad, para que cumplieras tus sueños, hija—Isabella sonrió ante la aparentemente enojada Renee.
Ella conocía a la perfección cuáles habían sido los planes de su padre, todo el dinero que ahora estaba en posesión de Renee lo habían guardado para la universidad de Isabella, ella se iría a donde ella quisiera mientras sus padres se quedaran en el pueblo, vivirían holgadamente con el sueldo de policía de Charlie y de maestra de Renee, mas ninguno contó con el intempestivo fallecimiento de él.
Ni Isabella había ido a la universidad, ni su madre había podido mantener su puesto como maestra, ni él había vivido los otros treinta años que había tenido planeado, no, nada de eso había sucedido.
—Las cosas son diferentes y no tienes nada de qué preocuparte—Isabella terminó el asuntó con una sonrisa tajante, le sirvió su desayuno a su madre, besó su frente y salió de la casa. —Te amo, mamá.
Renee dejó escapar una furtiva lágrima mientras escuchaba a su hija irse, sin embargo, ahogó sus penas en aquel mundo mágico que había creado para sí misma y disfrutó del desayuno que tan afanosamente le había preparado.
Isabella arrancó su camioneta sin detenerse a pensar en su madre ni un minuto más, no era de ese tipo de chicas que se dejaban agobiar por sus problemas, era más simple y práctica, su madre podría estar mal de la cabeza, pero la prefería así mil veces a completamente destrozada, como sabía que estaría si viviera en la realidad, esa realidad donde Charlie Swan no existía ya.
Condujo todo el camino hasta su estudio, una hora exactamente de Forks a Port Angeles, cantando a todo pulmón su canción favorita de Olivia Newton-John. Desafinó todo lo que quiso y dio alaridos que salían libres por las ventanas de su camioneta, Emmett la estrangularía si la escuchara cantar así, por eso se cuidaba muy bien de sólo hacerlo cuando se encontraba sola.
Su estudio era pequeño, se encontraba a las afueras de Port Angeles, rodeado de árboles enormes y muy cerca de la cafetería y el bar donde trabajaba. Era pequeño, acogedor y estaba rodeado de las pinturas que ella había hecho desde su infancia, algunos cuadros comprados como capricho personal, y pinturas de su padre, quien nunca ocultó su amor por la pintura y la cual le heredó a su hija.
Ahí era ella misma, sólo Isabella, ecléctica, inusual, rebelde, espiritual, dulce, tierna, todo lo que ella era estaba escondido en aquel santuario en el que ni siquiera su madre había sido capaz de entrar, sólo ella y el recuerdo de Charlie cabían en el estudio de diminutas proporciones.
Pintó por horas, tuvo que descansar unos minutos con una tazo de chocolate caliente pues su mano comenzaba a acalambrarse. Desde hacía días su mente la acosaba con la imagen de un prado verde, rosa y purpura, con olor tierra mojada y suavidad como de nube. Ahora, semanas después, por fin tenía la imagen concreta y necesitaba expulsarla de su ser antes de tener que ir a cantar como loca al bar.
La pintura estaba a medio terminar, eran casi las seis de la tarde y debía regresar con sus mascotas antes de que su turno comenzara, aún debía ensayar medianamente las canciones con los chicos y ayudar a Rosalie a limpiar.
Decepcionada, pero segura de que no podría terminar la pintura sin convertirla en un desastre, salió rumbo a Forks de nuevo.
Corrió en su destartalada camioneta azul, alimentó a sus compañeros que le hicieron fiesta al llegar a su apartamento, llamó a su madre recordándole que trabajaría por la noche y no necesitaba molestar a los espíritus de nuevo.
Se cambió su sencillo conjunto por una camiseta desagarrada de color azul profundo, unos pantalones negros ajustados, unos tenis negros igualmente y una chaqueta de imitación piel—jamás podría utilizar piel real— se maquilló sólo lo justo para que Rosalie no la despellejara y alborotó su cabellera caoba, lista para la acción de aquella noche.
¿Qué les parece? El segundo capítulo y esperemos no tarde tanto el tercero. Besos.
