Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía y queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.

***Mis hermosas, espero que realmente les agrade la historia, estoy ansiosa por saber qué opinan y cómo creen que vayan a estar las cosas ahora.

Alexa Cullen de Swan, soledadcullen y jupy, mil gracias por sus comentarios hermosas, son lo mejor del mundo. A las maravillosas niñas que dan follow y favorite, mil gracias igualmente, las amo.

Miles de besos, An-***


Capítulo tres: Una canción.

Cuando Edward le pidió a su buena amiga y secretaria personal, Angela, que le consiguiera un lugar apartado y tranquilo en el cual pudiera descansar y despejar su mente, nunca se imaginó que lo mandaría a semejante lugar.

Era una ciudad minúscula, su destino real era un pequeño pueblo a una hora de ahí, llamado Forks, de donde era la muchacha.

—Si no fueras más inteligente que yo realmente consideraría despedirte, Angie—habló por teléfono, una vez estuvo instalado en el pequeño hotel.

Todo en aquel lugar era minúsculo, las calles, los locales, las habitaciones. Nada ni medianamente cerca de compararse con Nueva York, la ciudad donde vivía. Sin embargo, Edward encontraba una increíble sensación de apacibilidad y seguridad en ese lugar que no podía definir.

Oh, vamos, Edward, estoy segura de que es el lugar indicado para que descanses, nunca pasa nada en Forks—sonrió la chica, quien tecleaba en su computadora mientras arreglaba las citas del día en su agenda y hablaba con su jefe, todo al mismo tiempo—Date una vuelta por la bella Italia, hacen una pasta de muerte y si quieres un poco de distracción por la noche, el bar New moon está a unas cuantas calles de ahí, cantan en vivo y dan unos mojitos bastante decentes, incluso para ti.

Muy a su pesar, Edward rió, la chica era tan buena en su trabajo, estaba casi seguro de que parte de sus vacaciones eran debido a que Jasper bien podía arreglárselas solo por unos días, siempre y cuando Angela estuviera a su lado.

—Lo tendré en cuenta. —Aseguró el cobrizo, mientras terminaba la llamada con su secretaria y hacia la fastidiosa tarea de llamar a su madre y a su hermana, quienes seguramente estarían por llamar a la guardia costera en esos momentos.

¿Edward? —Contestó su madre al primer tono. —Cariño, ¿dónde estás? ¿Estás bien? ¿Por qué no contestabas tu teléfono? Tu padre irá por ti a donde quiera que estés. —Edward suspiró con paciencia, tratando de recordar que aquella mujer era su madre y que, a pesar de tener casi treinta años, ella siempre lo vería como su bebé, le gustase o no.

—Estoy bien, mamá, tal vez Jasper no te lo dijo pero me tomaré unos días para descansar, iré a tu casa en cuanto regrese. —El joven Cullen se cuidó muy bien de evitar decir el por qué, cuánto tiempo estaría fuera y dónde, no tenía ni la menor duda de que sabiendo esto su madre iría corriendo por él.

Muy bien, jovencito, pero quiero que te alimentes bien, duermas ocho horas y me llames por lo menos una vez al día—Edward accedió rápidamente, sin medir las consecuencias de esto. —Y por favor llama a Tanya, está preocupada por ti, cielo.

Cuando el joven Cullen había tomado el avión aquella mañana, no había pensado ni en sus padres, ni en la histérica de su hermana, mucho menos en Tanya, sólo pensaba que necesitaba una buena gorra para Jasper.

—Te llamo, mamá—terminó la llamada, lo menos que quería era comenzar a darle vueltas al asunto de su "novia" antes de llamar a su hermana.

Hizo la temida llamada, y para su sorpresa, Alice se comportó comprensiva, incluso entusiasmada con su viaje, lo cual tampoco lo tranquilizó del todo.

Jasper me aseguró que cuando regreses piensas proponértele a Tanya—Y ahí estaba, no podía estar más lejos de la verdad.

Era normal que Jasper hubiera pensado algo así, pero ni en sus sueños más locos Edward se casaría con alguien como Tanya.

— ¿Cómo está Jason? —Cuestionó Edward, desviando el tema y la atención de su hermana hábilmente, quien no tardó en hablar detalladamente de cuántas veces había lanzado la comida de su plato aquel día. Se sentía un poco culpable por utilizar a su pequeño sobrino como escudo contra Alice, pero no le quedaba de otra.

Espero que regreses pronto, estoy segura de que las cosas cambiaran de ahora en adelante—Edward concordó con ella, aunque los pensamientos de ambos hermanos estuvieran diametralmente opuestos en aquel momento. Se dijeron palabras de cariño veladas con sendos "tonto" y "enana" y cortaron la llamada.

Edward se dispuso a descansar del jet-lag, después de unas horas de sueño reparador, se duchó, cambió la formal ropa ejecutiva que utilizaba de por vida por unos jeans, una camisa blanca y una a cuadros encima, unas botas comunes y una gorra. Se veía al espejo y casi podía ver al hombre de treinta años que era. Jasper por su parte mantenía la juventud gracias a su pequeño niño y a su loca esposa, sin embargo él no tenía aquello y cada día podía ver cómo las canas se disponían a aparecer en su cabello bronce.

Las calles de Port Angeles eran tranquilas, unos cuantos jóvenes iban y venían dispuestos a pasar una noche de viernes lo más alocada que podían, aunque Edward les auguraba un regreso a su casa máximo a las doce de la noche.

Siguiendo las recomendaciones de su querida amiga y secretaria, entró a la bella Italia, donde pidió una mesa apartada y esperó su pasta Alfredo con una copa de vino muy cara que desentonaba con su atuendo casual y la gorra hacia atrás que cubría su cabello.

—Quiero que intentemos un tono más abajo, creo que Bella está por resfriarse— gritó Emmett, desde el fondo del bar desde donde dirigía la prueba de sonido.

Emmett McCarthy, el novio de Rosalie quien observaba divertida cómo su amiga echaba chispas por los ojos con el comentario de éste.

—Un tono más abajo y te juro que estaré por cantar una Opera, Emm—bufó Carter Hale, mejor amigo de Emmett, primo de Rosalie y prácticamente el hermano de Isabella.

—No hay nada malo con mi voz, Emmett, quizás tu edad ya no te permite escuchar bien—Emmett soltó una carcajada seca ante el comentario. Para ninguno de los presentes era secreto que al joven realmente le molestaba ser el mayor de aquel grupo, tener veintiocho años en un grupo donde nadie pasaba de los veinticinco, siendo Carter el segundo más grande con veinticuatro, era una mierda.

—Muy bien, niñita, ahora mueve tu trasero y repite la nota si tan segura estás de que no hay nada malo con tu voz—Isabella rió fuertemente, para nadie tampoco era novedad que el ser la menor de todos, con sólo veinte años, no le molestaba en absoluto a la chica. Era por mucho más madura que Emmett, sólo un poco más que Rosalie, aunque no tanto como Carter, quien era la voz de la razón en aquel cuarteto de chiflados.

—Muy bien, muchachos, es hora de abrir—anunció Sam, entrando e imponiéndose con sus casi dos metros de estatura.

Era sólo un poco más alto que Emmett, no tan fornido como éste, pero su barba y los treinta y cinco años ostentaba le daban un poder que ni siquiera Rosalie, la más audaz de todos, podía negar.

Abrieron el pequeño club "New moon" y en pocos minutos los chicos anhelantes de un poco de alcohol, buena vibra, energía y música empezaron a llenar el lugar. Conforme las presentaciones se alargaban y las canciones mejoraban, los chicos iban ganando reconocimiento.

Emmett había pasado la mitad de su vida entre la batería, el bajo y su guitarra, pero nunca había aspirado a convertirse en un gran cantante, mucho menos los demás. Carter por su parte, con su atractivo bronceado natural, su cabello castaño claro y sus ojos miel tenía el encanto innato para atraer a cualquier chica; sin embargo, él vivía eternamente enamorado de Rita Hayworth y su cámara fotográfica, por lo cual, estaba en aquel lugar más por ayudar a sus amigos y a su prima que por obtener una carrera musical. Finalmente Rosalie e Isabella habían encontrado un buen empleo que les remuneraba lo suficiente para pagar sus deudas, pasar un rato ameno y tener una excusa para llegar tarde a su segundo empleo, en el desayunador que estaba justo cruzando la calle, propiedad de Emily Uley, quien era convenientemente la esposa de Sam.

En el pequeño e improvisado camerino que compartían, los chicos se refrescaban, Rosalie trataba inútilmente de remarcar el maquillaje de Isabella y esperaban a que la gente dejara de entrar para comenzar con el show.

—Demonios, Rosalie, ya te he dicho que esa basura me lastima los ojos—Rosalie bufaba y continuaba forcejeando con la menuda chica.

—Es sólo un maldito delineador de ojos, Isabella Marie, no te va a dejar tuerta un poco de color en esas pestañas—los dos hombres reían viendo cómo finalmente Rosalie se rendía mientras refunfuñaba algo parecido a "maldita testaruda".

—En cinco, chicos— llamó Emily, con su voz suave y dulce.

Como todas las noches, los chicos se juntaron en un círculo, unieron sus frentes y entrelazaron sus dedos, desearon que cualquiera desafinara y terminaron chocando sus manos.

Edward disfrutaba de una cerveza bastante fría recargado en la barra, se sentía joven como nunca, ni siquiera en sus años en la universidad había podido disfrutar de cosas como aquellas, una noche de relajación, bebida y amigos.

El lugar era bastante bueno, pronto comenzaría una banda que parecía un tanto reconocida ahí y la energía en general parecía estar zumbando por doquier, sin duda Angela había estado en lo correcto, debía recordar darle un buen regalo para navidad.

— ¡Qué tal, Port Angeles! — gritó por el micrófono un joven delgado, alto, de tez bronceada y cabello ridículo en opinión de Edward, mas varias de las chicas de ahí comenzaron a chillar al verlo sonreír. —Queremos darles las gracias por continuar acompañándonos y ayudando a que no seamos unos vagabundos. Esperamos que tengan una muy buena noche. ¡A darle!

La luz que lo iluminaba se apagó y en su lugar cuatro focos rosas se encendieron, mostrando al chico flaco, a otro enorme y a dos chicas.

La guitarra eléctrica comenzó a sonar mientras la luz rosa que enfocaba a Isabella se volvía blanca y ella cantaba la primera estrofa de "Game of love".

Rosalie continuó la letra, elevando la nota con precisión y avivando aún más los ánimos del lugar.

Las voces de ambas chicas se sincronizaron y comenzaron a bailar la pequeña y sencilla coreografía que tenían planeada. Los chicos eran un mero adorno en aquella canción, pero acompañaban la coreografía de las chicas hábilmente. Carter a un lado de Rosalie y Emmett al lado de Bella, los cuatro aparentando un coqueteo más que obvio.

Edward no podía ignorar la animación de los jóvenes del lugar, uno y otro lo empujaban en su bailoteo, pero él poco lo notaba, estaba cautivado por la pequeña chica de cabello caoba y despeinado que bailaba junto al gigantón.

Nunca había visto a una chica igual, la lozanía de su juventud era más que patente, Edward no podía sentirse más envejecido que en aquel momento, se sintió incluso ridículo al estar aparentando ser un joven más que sale de juerga el fin de semana. Veía a la chica moverse con ligereza, casi flotando, mientras cantaba con fuerza; no tenía la voz más maravillosa del mundo, pero lo hacía con alegría y honestidad, invitaba a la audiencia a cantar con ella e improvisaba con las notas, dándole un toque propio a las canciones.

Cantaron de todo, desde canciones románticas, un poco de rock ligero, una que otra ochentera y hasta las más populares de Bitney Spears, dándole un colorido y variedad a su show que pocas veces Edward había visto, no es como si hubiera salido a muchos bares como aquel en realidad, pero era notorio que el cuarteto era popular.

Las chicas bailaban sencillas coreografías en la mayoría de las canciones, en otras tomaban unos bancos altos donde se sentaban y bajan el ritmo un poco, para después volver a animar a todo mundo, variando en todo momento sus lugares, pero manteniendo las parejas que estaban formadas.

Edward permaneció con su vista fija en la chica toda la noche, la habían presentado con el nombre de "Mar", ella había sonreído y saludado delicadamente, tímida, pero pudo observar cómo saludaba más afablemente a uno que otro chico o chica que la llamaba, al parecer conocidos; saludaba a otros que parecía no conocer pero con los que interactuaba igualmente, hacía caras graciosas, despeinaba su cabello más si era posible y mantenía el coqueteo con el gigante que no se despegaba de su lado.

Isabella se sentía entusiasmada, aquella noche, pocas de las que quedaban antes de que comenzaran las clases—por lo que se había enterado por medio de Lucy, una chica que visitaba el bar con regularidad acompañada de sus amigas, y con la que había hablado unos segundos desde el escenario—, estaba más lleno el lugar que de costumbre. La energía estaba por reventar el lugar, la pantomima que montaban siempre de "parejas" estaba más desenvuelta que nunca y la elección de canciones estaba resultando mejor que nunca.

Bromearon entre ellos como siempre lo hacían, las admiradoras declaradas de Carter gritaban a todo lo que daban mientras él hacía sus solos, provocando las risas de los tres amigos. Emmett besaba la frente o la mejilla de Isabella en frente de todos, mientras pellizcaba el trasero de su novia sin que nadie se diera cuenta. Carter intentaba por todos los medios que Isabella resbalara en alguna de sus vueltas o pasos, pero ella sorteaba las tretas del moreno siempre.

La chica se sentía tan resplandeciente esa noche, no podía definir lo que era, algo la rodeaba, como si un efluvio de energía la estuviera electrizando en ese momento, si Renee estuviera a su lado seguramente le diría que eran chacras entrando en su órbita sensorial.

El grupo se colocó nuevamente en los bancos mientras se preparaban para terminar su presentación, las luces se volvieron de un azul pálido y enfocaron ligeramente a Isabella mientras las primeras notas de "Chasing pavements" comenzaban.

Isabella sintió más que nunca cada frase de la canción, la emoción se anidó en su pecho y una furtiva lágrima salía de la comisura de sus ojos. En cuanto terminó la canción, su mirada se conectó por unos ínfimos segundos con unos ojos verdes que parecían querer absorberla por completo, justo en ese momento la luz azul se apagó, dejando todo en tinieblas y haciendo estallar los aplausos atronadores de todas las personas ahí.

Sin embargo no fueron los aplausos los que dejaron aturdida a Isabella, sino la certeza de que esa energía magnética y electrizante que la había iluminado esa noche, provenía de unos ojos verdes.


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